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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Vatican.va Veritatis Splendor
A todos los Obispos de la Iglesia Catolica
sobre algunas cuestiones fundamentales
de la Enseñanza Moral de la Iglesia
Veritatis Splendor
Bendición:
Venerables hermanos en el episcopado, salud y bendición apostólica.
El
esplendor de la verdad brilla en todas las obras del
Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a
imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), pues
la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del
hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y
amar al Señor. Por esto el salmista exclama: «¡Alza sobre
nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal 4, 7).
INTRODUCCIÓN
Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre 1. Llamados a
la salvación mediante la fe en Jesucristo, «luz verdadera que
ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), los hombres llegan
a ser «luz en el Señor» e «hijos de la
luz» (Ef 5, 8), y se santifican «obedeciendo a la
verdad» (1 P 1, 22). Mas esta obediencia no siempre es
fácil. Debido al misterioso pecado del principio, cometido por instigación
de Satanás, que es «mentiroso y padre de la mentira»
(Jn 8, 44), el hombre es tentado continuamente a apartar
su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a
los ídolos (cf. 1 Ts 1, 9), cambiando «la verdad
de Dios por la mentira» (Rm 1, 25); de esta
manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y
debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así, abandonándose
al relativismo y al escepticismo (cf. Jn 18, 38), busca
una libertad ilusoria fuera de la verdad misma. Pero las tinieblas
del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en
el hombre la luz de Dios creador. Por esto, siempre
permanece en lo más profundo de su corazón la nostalgia
de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la
plenitud de su conocimiento. Lo prueba de modo elocuente la
incansable búsqueda del hombre en todo campo o sector. Lo
prueba aún más su búsqueda del sentido de la vida.
El desarrollo de la ciencia y la técnica —testimonio espléndido
de las capacidades de la inteligencia y de la tenacidad
de los hombres—, no exime a la humanidad de plantearse
los interrogantes religiosos fundamentales, sino que más bien la estimula
a afrontar las luchas más dolorosas y decisivas, como son
las del corazón y de la conciencia moral.
2. Ningún
hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer?, ¿cómo
puedo discernir el bien del mal? La respuesta es posible
sólo gracias al esplendor de la verdad que brilla en
lo más íntimo del espíritu humano, como dice el salmista:
«Muchos dicen: "¿Quién nos hará ver la dicha?". ¡Alza sobre
nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal 4, 7). La
luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza
en el rostro de Jesucristo, «imagen de Dios invisible» (Col
1, 15), «resplandor de su gloria» (Hb 1, 3), «lleno
de gracia y de verdad» (Jn 1, 14): él es
«el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).
Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre,
en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da
Jesucristo; más aún, como recuerda el concilio Vaticano II, la
respuesta es la persona misma de Jesucristo: «Realmente, el misterio
del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que
había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo,
el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al
propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»1 Jesucristo, «luz de los pueblos», ilumina el rostro de su
Iglesia, la cual es enviada por él para anunciar el
Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15)2 Así la
Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones 3,
mientras mira atentamente a los nuevos desafíos de la historia
y a los esfuerzos que los hombres realizan en la
búsqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la
respuesta que brota de la verdad de Jesucristo y de
su Evangelio. En la Iglesia está siempre viva la conciencia
de su «deber permanente de escrutar a fondo los signos
de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio,
de forma que, de manera adecuada a cada generación, pueda
responder a los permanentes interrogantes de los hombres sobre el
sentido de la vida presente y futura y sobre la
relación mutua entre ambas»4
3. Los pastores de la Iglesia,
en comunión con el Sucesor de Pedro, están siempre cercanos
a los fieles en este esfuerzo, los acompañan y guían
con su magisterio, hallando expresiones siempre nuevas de amor y
misericordia para dirigirse no sólo a los creyentes sino también
a todos los hombres de buena voluntad. El concilio Vaticano
II sigue siendo un testimonio privilegiado de esta actitud de
la Iglesia que, «experta en humanidad»5 se pone al servicio
de cada hombre y de todo el mundo6 La Iglesia
sabe que la cuestión moral incide profundamente en cada hombre;
implica a todos, incluso a quienes no conocen a Cristo,
su Evangelio y ni siquiera a Dios. Ella sabe que
precisamente por la senda de la vida moral está abierto
a todos el camino de la salvación, como lo ha
recordado claramente el concilio Vaticano II: «Los que sin culpa
suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia,
pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en
su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la
voluntad de Dios, conocida a través de lo que les
dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna». Y prosigue:
«Dios, en su providencia, tampoco niega la ayuda necesaria a
los que, sin culpa, todavía no han llegado a conocer
claramente a Dios, pero se esfuerzan con su gracia en
vivir con honradez. La Iglesia aprecia todo lo bueno y
verdadero que hay en ellos, como una preparación al Evangelio
y como un don de Aquel que ilumina a todos
los hombres para que puedan tener finalmente vida»7
Objeto
de la presente encíclica 4. Siempre, pero sobre todo en los
dos últimos siglos, los Sumos Pontífices, ya sea personalmente o
junto con el Colegio episcopal, han desarrollado y propuesto una
enseñanza moral sobre los múltiples y diferentes ámbitos de la
vida humana. En nombre y con la autoridad de Jesucristo,
han exhortado, denunciado, explicado; por fidelidad a su misión, y
comprometiéndose en la causa del hombre, han confirmado, sostenido, consolado;
con la garantía de la asistencia del Espíritu de verdad
han contribuido a una mejor comprensión de las exigencias morales
en los ámbitos de la sexualidad humana, de la familia,
de la vida social, económica y política. Su enseñanza, dentro
de la tradición de la Iglesia y de la historia
de la humanidad, representa una continua profundización del conocimiento moral8 Sin embargo, hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto
de la enseñanza moral de la Iglesia, con el fin
preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina católica,
que en el contexto actual corren el riesgo de ser
deformadas o negadas. En efecto, ha venido a crearse una
nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en la
que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano
y psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente teológico,
sobre las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se
trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de
determinadas concepciones antropológicas y éticas, se pone en tela de
juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral. En
la base se encuentra el influjo, más o menos velado,
de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad
humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad.
Y así, se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley
natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus
preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la
Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir
en cuestiones morales más que para «exhortar a las conciencias»
y «proponer los valores» en los que cada uno basará
después autónomamente sus decisiones y opciones de vida.
Particularmente hay que
destacar la discrepancia entre la respuesta tradicional de la Iglesia
y algunas posiciones teológicas —difundidas incluso en seminarios y facultades
teológicas— sobre cuestiones de máxima importancia para la Iglesia y
la vida de fe de los cristianos, así como para
la misma convivencia humana. En particular, se plantea la cuestión
de si los mandamientos de Dios, que están grabados en
el corazón del hombre y forman parte de la Alianza,
son capaces verdaderamente de iluminar las opciones cotidianas de cada
persona y de la sociedad entera. ¿Es posible obedecer a
Dios y, por tanto, amar a Dios y al prójimo,
sin respetar en todas las circunstancias estos mandamientos? Está también
difundida la opinión que pone en duda el nexo intrínseco
e indivisible entre fe y moral, como si sólo en
relación con la fe se debieran decidir la pertenencia a
la Iglesia y su unidad interna, mientras que se podría
tolerar en el ámbito moral un pluralismo de opiniones y
de comportamientos, dejados al juicio de la conciencia subjetiva individual
o a la diversidad de condiciones sociales y culturales.
5.
En ese contexto —todavía actual— he tomado la decisión de
escribir —como ya anuncié en la carta apostólica Spiritus Domini,
publicada el 1 de agosto de 1987 con ocasión del
segundo centenario de la muerte de san Alfonso María de
Ligorio— una encíclica destinada a tratar, «más amplia y profundamente,
las cuestiones referentes a los fundamentos mismos de la teología
moral»9 , fundamentos que sufren menoscabo por parte de algunas
tendencias actuales. Me dirijo a vosotros, venerables hermanos en el episcopado,
que compartís conmigo la responsabilidad de custodiar la «sana doctrina»
(2 Tm 4, 3), con la intención de precisar algunos
aspectos doctrinales que son decisivos para afrontar la que sin
duda constituye una verdadera crisis, por ser tan graves las
dificultades derivadas de ella para la vida moral de los
fieles y para la comunión en la Iglesia, así como
para una existencia social justa y solidaria. Si esta encíclica —esperada
desde hace tiempo— se publica precisamente ahora, se debe también
a que ha parecido conveniente que la precediera el Catecismo
de la Iglesia católica, el cual contiene una exposición completa
y sistemática de la doctrina moral cristiana. El Catecismo presenta
la vida moral de los creyentes en sus fundamentos y
en sus múltiples contenidos como vida de «los hijos de
Dios». En él se afirma que «los cristianos, reconociendo en
la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en
adelante una "vida digna del evangelio de Cristo" (Flp 1,
27). Por los sacramentos y la oración reciben la gracia
de Cristo y los dones de su Espíritu que les
capacitan para ello» 10 , Por tanto, al citar el
Catecismo como «texto de referencia seguro y auténtico para la
enseñanza de la doctrina católica»11, la encíclica se limitará a
afrontar algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la
Iglesia, bajo la forma de un necesario discernimiento sobre problemas
controvertidos entre los estudiosos de la ética y de la
teología moral. Éste es el objeto específico de la presente
encíclica, la cual trata de exponer, sobre los problemas discutidos,
las razones de una enseñanza moral basada en la sagrada
Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia ,
12poniendo de relieve, al mismo tiempo, los presupuestos y consecuencias
de las contestaciones de que ha sido objeto tal enseñanza.
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