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Populorum progressio
Sobre el desarrollo de los
pueblos
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Pablo VI
26 de
marzo de 1967
El desarrollo de los pueblos -principalmente de
los que ponen su empeño en liberarse del yugo
del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas,
de la incultura; de los que ansían una participación
más intensa en los frutos de la civilización, una
más activa apreciación de sus humanas peculiaridades; y que,
finalmente, se orientan con constante decisión hacia la meta
de su pleno desarrollo-, este desarrollo de los pueblos
-decimos- es observado con tanta atención como esperanza por
la Iglesia misma.
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Índice General
I. INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE:
POR UN DESARROLLO INTEGRAL DEL
HOMBRE
1. Los datos del problema
2. La Iglesia y el desarrollo
3. La acción que se debe emprender
* Hacia un humanismo verdadero y plenario
PARTE SEGUNDA:
HACIA EL DESARROLLO SOLIDARIO DE LA HUMANIDAD
1. Asistencia a los débiles
2. La equidad en las relaciones comerciales
3. La caridad universal
CONCLUSIÓN
* Llamamiento final
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Populorum progressio
Sobre el desarrollo de
los pueblos
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Pablo VI
26
de marzo de 1967
I. INTRODUCCIÓN
El desarrollo de
los pueblos -principalmente de los que ponen su empeño
en liberarse del yugo del hambre, de la miseria,
de las enfermedades endémicas, de la incultura; de los
que ansían una participación más intensa en los frutos
de la civilización, una más activa apreciación de sus
humanas peculiaridades; y que, finalmente, se orientan con constante decisión
hacia la meta de su pleno desarrollo-, este desarrollo
de los pueblos -decimos- es observado con tanta atención
como esperanza por la Iglesia misma.
Porque, en efecto,
una vez terminado el Concilio Ecuménico Vaticano II, el
renovar un concienzudo examen ha movido a la Iglesia
a juzgar y valorar con más claridad lo que
el Evangelio de Jesucristo demandaba, y creyó obligación suya
el colaborar con todos los hombres para que éstos
no sólo investigaran los problemas de esta gravísima cuestión,
sino que se persuadieran de que, en esta hora
decisiva en la historia de la humanidad, es necesaria urgentemente
la acción solidaria de todos.
2. Nuestros Predecesores -León
XIII, al escribir su encíclica Rerum novarum (2) ,
Pío XI al promulgar la encíclica Quadragesimo anno (3)
, y, sin hablar de los radiomensajes de Pío
XII para todo el mundo (4) , Juan XXIII,
al publicar sus encíclicas Mater et Magistra (5) yPacem
in terris (6) - nunca faltaron al deber, propio
de su alto oficio, de proyectar -con tan notables
documentos- la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales
de su tiempo.
3. Hoy el hecho más importante
es que todos tengan clara conciencia de que actualmente la
cuestión social entra por completo en la universal solidaridad
de los hombres. Claramente lo ha afirmado Nuestro Predecesor,
de fel. rec., Juan XXIII (7) , y el
Concilio se ha hecho eco de ello en su
Constitución pastoral sobre La Iglesia en el mundo actual
(8) . Puesto que tanta y tan grave es
la importancia de tal enseñanza, ante todo es necesario
obedecerla sin pérdida de tiempo. Con lastimera voz los
pueblos hambrientos gritan a los que abundan en riquezas.
Y la Iglesia, conmovida ante gritos tales de angustia,
llama a todos y a cada uno de los hombres
para que, movidos por amor, respondan finalmente al clamor
de los hermanos.
4. Ya antes de ser elevados
al Sumo Pontificado, Nuestros dos viajes a la América
Latina (1960) y al Africa (1962), Nos pusieron en
personal contacto con aquellos continentes, atenazados por los problemas
de su propio desarrollo, no obstante sus singulares bienes
materiales y espirituales. Investidos con la paternidad universal, hemos
podido -en Nuestros viajes a Tierra Santa y a
la India- ver con Nuestros ojos y casi tocar
con las manos las gravísimas dificultades que pesan sobre
estos pueblos de antigua civilización en su lucha con los
problemas del desarrollo. Y mientras en Roma se celebraba
el Concilio Vaticano II, circunstancias providenciales Nos permitieron dirigirnos
a la Asamblea general de las Naciones Unidas y
allí, como ante tan honrado Areópago, defender públicamente la
causa de los pueblos pobres.
5. Finalmente, para responder
al voto del Concilio y para concretar la aportación
de la Santa Sede a esta gran causa de
los pueblos en vías de desarrollo, recientemente creímos que
era deber Nuestro añadir a los demás organismos centrales
de la Iglesia una Comisión Pontificia, que tuviese como
misión singular suya "suscitar, en el pueblo de Dios, una
plena conciencia de su misión en el momento presente,
para, de una parte, promover el progreso de los
países pobres y fomentar la justicia social entre las
naciones, y por otra, ayudar a las naciones subdesarrolladas
a que también ellas trabajen por su propio desarrollo"
(9) :Justicia y Paz son su nombre y su
programa. Pensamos que para este programa, junto con Nuestros
hijos católicos y hermanos cristianos, han de unirse en
iniciativas y trabajos todos los hombres de buena voluntad.
Conforme a ello, Nos dirigimos hoy este solemne llamamiento
a todos los hombres para una acción concreta en pro
del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario
de la humanidad.
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PRIMERA PARTE
POR UN DESARROLLO INTEGRAL DEL
HOMBRE
1. LOS DATOS DEL PROBLEMA
6. Verse
libres de la miseria, hallar con mayor seguridad la
propia subsistencia, la salud, una estable ocupación; participar con
más plenitud en las responsabilidades, mas fuera de toda
opresión y lejos de situaciones ofensivas para la dignidad
del hombre; tener una cultura más perfecta -en una
palabra, hacer, conocer y tener más para ser también
más-, tal es la aspiración de los hombres de
hoy, cuando un gran número de ellos se ven
condenados a vivir en tales condiciones que convierten casi en
ilusorio deseo tan legítimo. Por otra parte, pueblos recientemente
transformados en naciones independientes sienten la necesidad de añadir
a la libertad política un crecimiento autónomo y digno,
social no menos que económico, con el cual puedan
asegurar a sus propios ciudadanos un pleno desarrollo humano
y ocupar el puesto que en el concierto de
las naciones les corresponde.
7. Ante la amplitud y
urgencia de la labor que precisa llevar a cabo,
disponemos medios heredados del pasado, aunque sean insuficientes. Ciertamente
se ha de reconocer que las potencias coloniales con
frecuencia no se han fijado sino en su propio interés,
su poderío o su gloria; y, al retirarse, a
veces han dejado una situación económica vulnerable, ligada, por
ejemplo, al monocultivo, cuyos valores hállanse sometidos a tan
bruscas como desproporcionadas variaciones. Mas, aun reconociendo objetivamente los
errores de un cierto tipo de colonialismo y sus
consecuencias, necesario es, al mismo tiempo, rendir homenaje a
las cualidades y a las realizaciones de los colonizadores,
que en tantas regiones abandonadas han aportado su ciencia
y su técnica, dejando en ellas preciosas señales de
su presencia. Aun siendo incompletas, ciertas estructuras establecidas permanecen
y han cumplido su papel, por ejemplo, logrando hacer retroceder
la ignorancia y la enfermedad o habiendo establecido comunicaciones
beneficiosas y mejorado las condiciones de vida.
8. Mas,
aun reconociendo todo esto, es muy cierto que tal
organización es notoriamente insuficiente para enfrentarse con la dura
realidad de la economía moderna. Dejado a sí mismo,
su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación, y
no hacia una atenuación, en la disparidad de los
niveles de vida: los pueblos ricos gozan de un
rápido crecimiento, mientras los pobres no logran sino un
lento desarrollo. Crece el desequilibrio: unos producen excesivamente géneros
alimenticios de los que otros carecen con grave daño, y
estos últimos experimentan cuán inciertas resultan sus exportaciones.
9.
Y al mismo tiempo los conflictos sociales se han
ampliado hasta alcanzar dimensiones exactamente mundiales. La vida inquietud
que se ha adueñado de las clases pobres en
los países que se van industrializando alcanza ahora a
aquellas cuya economía es casi exclusivamente agraria: los campesinos
han llegado -ellos también- a adquirir la conciencia de
su inmerecida miseria (10) . A eso se añade
el escándalo de las irritantes disparidades no sólo en
el goce de los bines, sino, aún más, en
el ejercicio del poder. Mientras en algunas regiones una oligarquía
se goza con una refinada civilización, el resto de
la población -pobre y dispersa- se halla "casi privada
de toda iniciativa y de toda responsabilidad propias, por
vivir frecuentemente en condiciones de vida y de trabajo
indignas de la persona humana" (11) .
10. Por
otra parte, el choque entre las civilizaciones tradicionales y
las novedades traídas por la civilización industrial tiene un
efecto destructor en las estructuras que no se adaptan
a las nuevas condiciones. Dentro del ámbito, a veces
rígido, de tales estructuras se encuadraba la vida personal y
familiar, que encontraba en ellas indispensable apoyo, y a
ellas continúan aferrados los ancianos, mientras los jóvenes tienden
a liberarse de ellas como de un obstáculo inútil,
volviéndose ávidamente hacia las nuevas formas de la vida
social. Así sucede que el conflicto de las generaciones
se agrava con un trágico dilema: o conservar instituciones
y creencias ancestrales, renunciando al progreso, o entregarse a
las técnicas y formas de vida venidas de fuera,
pero rechazando, junto con las tradiciones del pasado, la
riqueza de valores humanos que contenían. De hecho sucede
con frecuencia que van faltando los apoyos morales, espirituales y
religiosos del pasado, sin que la inserción en el
mundo nuevo quede asegurada por otros.
CONCLUSIÓN
11. Ante
tan variable situación, cada vez se hace más violenta
la tentación que obliga a dejarse arrastrar hacia mesianismos
tan prometedores como forjadores de ilusiones. ¿Quién no ve
los peligros que de ello pueden derivarse, como reacciones
populares violentas, agitaciones insurreccionales y propensión gradual hacia ideologías
totalitarias? Hasta aquí, los datos del problema: su gravedad
a nadie se le puede ocultar.
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2. La Iglesia y el desarrollo
12. Fiel a la enseñanza y al ejemplo de
su Divino Fundador, que como señal de su misión
dio al mundo el anuncio de la Buena Nueva a
los pobres (12) , la Iglesia nunca ha dejado
de promover la elevación humana de los pueblos, a
los cuales llevaba la fe en Jesucristo.
Al mismo
tiempo que iglesias, sus misioneros han construido centros asistenciales
y hospitales, escuelas y universidades. Enseñando a los indígenas
la manera de lograr el mayor provecho de los
recursos naturales, frecuentemente los han protegido contra la explotación
de extranjeros. Indudable que su labor [misioneros], al ser
humana, no fue perfecta; y a veces pudo suceder
que algunos mezclaran no pocos modos de pensar y
de vivir de su país originario con el anuncio del
auténtico mensaje evangélico. Mas también supieron cultivar y aun
promover las instituciones locales. En no pocas regiones fueron
ellos los "pioneros", así del progreso material como del
desarrollo material como del desarrollo cultural. Basta recordar el
ejemplo del P. Carlos de Foucauld, a quien se
juzgó digno de llamarle, por su caridad, el "Hermano
universal", y al que también debemos la compilación de
un precioso diccionario de la lengua "tuareg". Nos queremos
aquí rendir a esos precursores, frecuentemente muy ignorados, el
homenaje que se merecen: tanto a ellos como a
los que, emulándoles, fueron sus sucesores y que, todavía hoy,
siguen dedicándose al servicio tan generoso como desinteresado de
aquellos a quienes evangelizan.
13. Pero ya no bastan
las iniciativas locales e individuales. La actual situación del
mundo exige una solución de conjunto que arranque de
una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales,
culturales y espirituales. Merced a la experiencia que de
la humanidad tiene, la Iglesia, sin pretender en modo
alguno mezclarse en lo político de los Estados, está
"atenta exclusivamente a continuar, guiada por el Espíritu Paráclito,
la obra misma de Cristo, que vino al mundo
para dar testimonio de la verdad, para salvar y no
para juzgar, para servir y no para ser servido"
(13) . Fundada para establecer, ya desde acá abajo,
el Reino de los cielos y no para conquistar
terrenal poder, afirma ella claramente que los dos campos
son distintos, como soberanos son los dos poderes, el
eclesiástico y el civil, cada uno en su campo
de acción (14) . Pero, al vivir en la
historia, ella debe "escudriñar bien las señales de los
tiempos e interpretarlas a la luz del Evangelio" (15)
. En comunión -ella- con las mejores aspiraciones de
los hombres y sufriendo al no verles satisfechos, desea ayudarles
a que consigan su pleno desarrollo, y precisamente para
esto ellas les ofrece lo que posee como propio:
una visión global del hombre y de la humanidad.
14. El desarrollo no se reduce a un simple
crecimiento económico. Para ser auténtico, el desarrollo ha de
ser integral, es decir, debe promover a todos los
hombres y a todo el hombre. Con gran exactitud
lo ha subrayado un eminente experto: "Nosotros no aceptamos
la separación entre lo económico y lo humano, ni
entre el desarrollo y la civilización en que se
halla inserto. Para nosotros es el hombre lo que cuenta,
cada hombre, todo grupo de hombres, hasta comprender la
humanidad entera" (16) .
15. En los designios de
Dios cada hombre está llamado a un determinado desarrollo,
porque toda vida es una vocación. Desde su nacimiento,
a todos se ha dado, como en germen, un
conjunto de aptitudes y cualidades para que las hagan
fructificar: su floración, durante la educación recibida en el
propio ambiente y por el personal esfuerzo propio, permitirá
a cada uno orientarse hacia su destino, que le
ha sido señalado por el Creador. Por la inteligencia y
la libertad, el hombre es responsable, así de su
propio crecimiento como de su salvación. Ayudado -a veces,
estorbado- por los que le educan y le rodean,
cada uno continúa siempre, cualesquiera sean los influjos en
él ejercidos, siendo el principal artífice de su éxito
o de su fracaso: sólo por el esfuerzo de
su inteligencia y de su voluntad el hombre puede
crecer en humanidad, valer más, ser más.
16. Por otra
parte, ese crecimiento no es potestativo. Así como la
creación entera se halla ordenada a su Creador, la
criatura espiritual está obligada a orientar espontáneamente su vida
hacia Dios, verdad primera y bien soberano. Por ello, el
crecimiento humano constituye como una precisa síntesis de nuestros
deberes. Más aún, esta armonía de la naturaleza, enriquecida
por el esfuerzo personal y responsable, está llamada a
superarse a sí misma. Mediante su inserción en Cristo
vivificante, el hombre entra en una nueva dimensión, en
un humanismo trascendente, que le confiere su mayor plenitud:
ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal.
17.
Pero cada uno de los hombres es miembro de
la sociedad, pertenece a la humanidad entera. No se
trata sólo de este o aquel hombre, sino que
todos los hombres están llamados a un pleno desarrollo. Nacen,
crecen y mueren las civilizaciones. Pero, como las olas
del mar durante el flujo de la marea van
avanzando, cada una un poco más, sobre la arena
de la playa, de igual manera la humanidad avanza
por el camino de la historia. Herederos de pasadas
generaciones, pero beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, nos
hallamos obligados para con todos, y no podemos desentendernos
de los que todavía vendrán a aumentar más el
círculo de la familia humana. Solidaridad universal, que es
un hecho a la vez que un beneficio para
todos, y también un deber.
18. Este crecimiento personal y
comunitario correría peligro, si la verdadera escala de valores
se alterase. Legítimo es el deseo de lo necesario,
y trabajar para conseguirlo es un deber: el que
no quiera trabajar, no coma (17) . Mas la
adquisición de bienes temporales puede convertirse en codicia, en
deseo de tener cada vez más y llegar a
la tentación de acrecentar el propio poder. La avaricia
de las personas, de las familias y de las
naciones puede alcanzar tanto a los más pobres como
a los más ricos, suscitando, en unos y en
otros, un materialismo que los ahoga.
19. Luego el tener
más, así para los pueblos como para las personas,
no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente.
Necesario para que el hombre sea más hombre, le
encierra como en una prisión desde el momento que
se convierte en bien supremo, que impide mirar ya
más allá. Entonces los corazones se endurecen, los espíritus
se cierran con relación a los demás; los hombres
ya no se unen por la amistad, sino por
el interés, que pronto coloca a unos frente a
otros y los desune. La búsqueda, pues, exclusiva del
poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del
ser, mientras se opone a su verdadera grandeza: para
las naciones, como para las personas, la avaricia es
la señal de un subdesarrollo moral.
20. Si proseguir
el desarrollo exige un número cada vez mayor de
técnicos, aún exige más hombres de pensamiento, capaces de
profunda reflexión, que se consagren a buscar el nuevo
humanismo que permita al hombre hallarse a sí mismo,
asumiendo los valores espirituales superiores del amor, de la
amistad, de la oración y de la contemplación (18)
. Así es como podrá cumplirse en toda su
plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para todos
y cada uno, de unas condiciones de vida menos
humanas a condiciones más humanas.
21. Menos humanas: la
penuria material de quienes están privados de un mínimo
vital y la penuria moral de quienes por el
egoísmo están mutilados. Menos humanas: las estructuras opresoras, ya
provengan del abuso del tener, ya del abuso del
poder, de la explotación de los trabajadores o de
la injusticia de las transacciones. Más humanas: lograr ascender
de la miseria a la posesión de lo necesario,
la victoria sobre las plagas sociales, la adquisición de
la cultura. Más humanas todavía: el aumento en considerar la
dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu
de pobreza (19) , la cooperación al bien común,
la voluntad de la paz. Más humanas aún: el
reconocimiento, por el hombre, de los valores supremos y
de Dios, fuente y fin de todos ellos. Más
humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de
Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres,
y la unidad en la caridad de Cristo, que
a todos nos llama a participar, como hijos, en
la vida del Dios viviente, Padre de todos los
hombres.
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3.
La acción que se debe emprender
22. Llenad la tierra,
y sometedla (20) : desde sus primeras páginas la
Biblia nos enseña que la creación entera es para
el hombre, al que se le exige que aplique
todo su esfuerzo inteligente para valorizarla y, mediante su
trabajo, perfeccionarla -en cierto modo-, poniéndola a su servicio.
Mas si la tierra está así hecha para que
a cada uno le proporcione medios de subsistencia e instrumentos
para su progreso, todo hombre tiene derecho a encontrar
en ella cuanto necesita. Lo ha recordado el reciente
Concilio: "Dios ha destinado la tierra y todo cuanto
ella contiene, para uso de todos los hombres y
de todos los pueblos, de modo que los bienes
creados, en forma equitativa, deben alcanzar a todos bajo
la dirección de la justicia acompañada por la caridad"
(21) . Y todos los demás derechos, cualesquiera sean,
aun comprendidos en ellos los de propiedad y libre
comercio, a ello están subordinados: no deben estorbar, antes
al contrario, deben facilitar su realización y es un deber
social -grave y urgente- restituirlos hacia su originaria finalidad.
23. Si alguno tiene bienes de este mundo y
viendo a su hermano en necesidad le cierra las
entrañas, ¿cómo es posible que en él resida el
amor de Dios? (22) . Bien conocida es la
firmeza con que los Padres de la Iglesia precisaban
cuál debe ser la actitud de los que poseen
con relación a los que en necesidad se encontraren:
No te pertenece -dice San Ambrosio- la parte de
bienes que das al pobre; le pertenece lo que
tú le das. Porque lo que para uso de los
demás ha sido dado, tú te lo apropias. La
tierra ha sido dada para todo el mundo, no
tan sólo para los ricos (23) .
Lo cual
es tanto como decir que la propiedad privada para
nadie constituye un derecho incondicional y absoluto. Nadie puede
reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la
propia necesidad le sobra, en tanto que a los
demás falta lo necesario. En una palabra: el derecho
de propiedad no debe ejercerse con detrimento de la
utilidad pública, según la doctrina tradicional de los Padres
de la Iglesia y de los grandes teólogos. Si se
llegase al conflicto entre derechos privados adquiridos y exigencias
comunitarias primordiales, corresponde a los poderes públicos aplicarse a
resolverlos con la activa participación de las personas y
de los grupos sociales (24) .
24. El bien
común, pues, exige algunas veces la expropiación, cuando algunos
fundos -o por razón de su extensión, o por
su explotación deficiente o nula, o porque son causa
de miseria para los habitantes, o por el daño
considerable producido a los intereses de la región- son
un obstáculo para la prosperidad colectiva.
Al afirmarla con toda
claridad (25) , el Concilio recuerda también, con no
menor claridad, que la renta disponible no queda a
merced del libre capricho de los hombres y que
las especulaciones egoístas han de prohibirse. Por consiguiente, no
es lícito en modo alguno que ciudadanos, provistos de
rentas abundantes, provenientes de recursos y trabajos nacionales, las
transfieran en su mayor parte al extranjero, atendiendo únicamente
al provecho propio individual, sin consideración alguna para su
patria, a la cual con tal modo de obrar
producen un daño evidente (26) .
25. La industrialización, tan
necesaria para el crecimiento económico como para el progreso
humano, es a un mismo tiempo signo y causa
del desarrollo. El hombre, al aplicar tenazmente su inteligencia
y su trabajo, paulatinamente arranca sus secretos a la
naturaleza y utiliza mejor sus riquezas [las de la
naturaleza]. Simultáneamente, mientras imprime nueva disciplina a sus costumbres,
se siente atraído cada vez más por las nuevas
investigaciones e inventos, acepta las variantes del riesgo calculado,
se siente audaz para nuevas empresas, para iniciativas generosas
y para intensificar su propia responsabilidad.
26. Con las
nuevas condiciones creadas a la sociedad, en mala hora se
ha estructurado un sistema en el que el provecho
se consideraba como el motor esencial del progreso económico,
la concurrencia como ley suprema en la economía, la
propiedad privada de los medios de producción como un
derecho absoluto, sin límites y obligaciones sociales que le
correspondieran. Este liberalismo sin freno conducía a la dictadura,
denunciada justamente por Pío XI como generadora del imperialismo
internacional del dinero (27) .
Nunca se condenarán bastante
semejantes abusos, recordando una vez más solemnemente que la
economía se halla al servicio del hombre (28) .
Mas si es verdad que cierto capitalismo ha sido la
fuente de tantos sufrimientos, de tantas injusticias y luchas
fratricidas, cuyos efectos aún perduran, injusto sería el atribuir
a la industrialización misma males que son más bien
debidos al nefasto sistema que la acompañaba. Más bien
ha de reconocerse, por razón de justicia, que tanto
la organización del trabajo como la misma industrialización han
contribuido en forma insustituible a la obra toda del
desarrollo.
27. De igual modo, si algunas veces puede
imponerse cierta mística del trabajo, en sí exagerada, no
por ello será menos cierto que el trabajo es
querido y bendecido por Dios. Creado a imagen suya, el
hombre debe cooperar con el Creador a completar la
creación y marcar a su vez la tierra con
la impronta espiritual que él mismo ha recibido (29)
. Dios, que ha dotado al hombre de inteligencia,
también le ha dado el modo de llevar a
cumplimiento su obra: artista o artesano, empresario, obrero o
campesino, todo trabajador es un creador. Inclinado sobre una
materia que le ofrece resistencia, el trabajador le imprime
su sello, mientras él desarrolla su tenacidad, su ingenio,
su espíritu de inventiva. Más aún, vivido en común,
condividiendo esperanzas, sufrimientos, ambiciones y alegrías, el trabajo une las
voluntades, aproxima los espíritus, funde los corazones; al realizarlo
así, los hombres se reconocen como hermanos (30) .
28. El trabajo, sin duda ambivalente, porque promete el
dinero, la alegría, el poder, invita a unos al
egoísmo y a otros a la revuelta; desarrolla también
la conciencia profesional, el sentido del deber y la
caridad hacia el prójimo. Más científico y mejor organizado,
tiene el peligro de deshumanizar al que lo realiza,
convirtiéndolo en esclavo suyo, porque el trabajo no es
humano sino cuando permanece inteligente y libre.
Juan XXIII ha
recordado la urgencia de restituir al trabajador su dignidad,
haciéndole participar realmente en la labor común: se debe
tender a que la empresa llegue a ser una
verdadera asociación humana, que con su espíritu influya profundamente
en las relaciones, funciones y deberes (31) . Pero
el trabajo de los hombres tiene, además, para el
cristiano, la misión de colaborar en la creación del
mundo sobrenatural (32) , no terminado hasta que todos
lleguemos juntos a constituir aquel hombre perfecto del que
habla San Pablo, a la medida de la plenitud
de Cristo (33) .
29. Urge darse prisa. Muchos hombres
sufren, y aumenta la distancia que separa el progreso
de los unos del estancamiento, cuando no del retroceso,
de los otros. Necesario es, además, que la labor
que se ha de realizar progrese armoniosamente, para no
romper los equilibrios indispensables. Una reforma agraria improvisada puede
resultar contraria a su finalidad. Una industrialización acelerada puede
dislocar las estructuras, todavía necesarias, y engendrar miserias sociales
que serían un retroceso en los valores humanos y
en la cultura.
30. Cierto es que hay situaciones
cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones enteras, faltas de
lo necesario, viven en tal dependencia que les impide
toda iniciativa y responsabilidad, y también toda posibilidad de
promoción cultural y de participación en la vida social
y política, es grande la tentación de rechazar con
la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana.
31. Mas, bien lo sabemos: las insurrecciones y las
revoluciones -aun no tratándose de una evidente y prolongada
tiranía que lesione los derechos fundamentales de la persona
a la vez que dañe gravemente al bien común
de la nación- engendran nuevas injusticias, introducen nuevos desequilibrios
y excitan a los hombres a nuevas ruinas. En modo
alguno se puede combatir un mal real si ha
de ser a costa de males aún mayores.
32.
Y deseamos que se entienda bien Nuestro pensamiento: el
presente estado de cosas ha de afrontarse con fortaleza,
y han de combatirse y vencerse las injusticias que
consigo lleva. El desarrollo exige cambios que se han
de acometer con audacia para renovar completamente el estado
actual. Con gran esfuerzo se ha de corregir y
mejorar todo lo que pide urgente reforma. Participen todos
en ello con magnanimidad y decisión, singularmente los que
por cultura, situación y poder tienen mayor influencia. Dando ejemplo,
entreguen para ello una parte de sus haberes, como
lo han hecho algunos de Nuestros Hermanos en el
Episcopado (34) . De esta suerte responderán a la
expectación de la sociedad y obedecerán fielmente al Espíritu
Santo, porque es "el fermento evangélico el que suscitó
y suscita en el corazón del hombre la irrefrenable
exigencia de su dignidad" (35) .
33. Mas las
iniciativas personales y los afanes de imitar, tan sólo
de por sí, no conducirán al desarrollo a dodne
debe éste felizmente llegar. No se ha de proceder de
forma tal que las riquezas y el poderío de
los ricos se aumenten mientras se agravan las miserias
de los pobres y la esclavitud de los oprimidos.
Necesarios, pues, son los programas para animar, estimular, coordinar,
suplir e integrar (36) las actuaciones individuales y las
de los cuerpos intermedios. A los poderes públicos les
corresponde determinar e imponer los objetivos que se han
de conseguir, las metas que se han de fijar,
los medios para llegar a todo ello; también les
corresponde el estimular la actuación de todos los obligados
a esta mancomunada acción. Mas tengan buen cuidado de asociar
a la obra común las iniciativas de los particulares
y de los cuerpos intermedios. Unicamente así se evitarán
la colectivización integral y la planificación arbitraria, que, como
opuestas a la libertad, suprimirían el ejercicio de los
derechos primarios de la persona humana.
34. Porque todo
programa planeado para lograr el aumento de la producción
no tiene otra razón de ser que el servir
a la persona humana; es decir, que le corresponde
reducir las desigualdades, suprimir las discriminaciones, liberar a los
hombres de los lazos de la esclavitud: todo ello
de tal suerte que, por sí mismos y en todo
lo terrenal, puedan mejorar su situación, proseguir su progreso
moral y desarrollar plenamente su destino espiritual.
Cuando hablamos,
pues, del desarrollo significamos que ha de entenderse tanto
el progreso social como el aumento de la economía.
Porque no basta aumentar la riqueza común para luego
distribuirla según equidad, como no basta promover la técnica
para que la tierra, como si se tornara más
humana, resulte efectivamente más conforme para ser habitada. Los
que se hallan en camino del desarrollo han de
aprender, de quienes ya recorrieron tal camino, a evitar
los errores en que aquellos cayeron, en tales materias.
El
dominio de los tecnócratas - tecnocracia le llaman- en
un mañana ya próximo puede producir aún mayores daños
que los que antes trajo consigo el liberalismo. La
economía y la técnica carecen de todo valor si
no se aplican plenamente al bien del hombre a
quien deben servir. Y el hombre mismo deja de
ser verdaderamente hombre si no es dueño de sus
propias acciones y juez del valor de éstas; entonces
él mismo es artífice de su propio progreso: todo
ello en conformidad con la naturaleza misma que le
dio el sumo Creador y asumiendo libremente las posibilidades y
las exigencias de aquél.
35. También puede afirmarse que
el crecimiento económico se corresponde totalmente con el progreso
social suscitado por aquél, y que la educación "básica"
es el primer objetivo en un plan de desarrollo.
Porque el hambre de cultura no es menos deprimente
que el hambre de alimentos: un analfabeto es un
espíritu infraalimentado. Saber leer y escribir, adquirir una formación
profesional, es tanto como volver a encontrar la confianza
en sí mismo, y la convicción de que se
puede progresar personalmente junto con los otros.
Como decíamos
en Nuestra Carta al Congreso de la UNESCO, en Teherán,
"la alfabetización es para el hombre un factor primordial
de integración social y de enriquecimiento personal, mientras para
la sociedad es un instrumento privilegiado de progreso económico
y de desarrollo" (37) . Y en verdad que
nos alegra grandemente el hecho de que se haya
logrado tanto trabajo y tan felices resultados en esta
materia, así por la iniciativa particular como por la
de los poderes públicos y organizaciones internacionales: son los
primeros artífices del desarrollo, por el hecho de que
capacitan al hombre mismo para ser personalmente el primer
actuante en el desarrollo mismo.
36. Pero el hombre no
se pertenece verdaderamente sino en su propio ambiente social,
en el cual la familia juega papel tan importante.
Papel que, según tiempos y lugares, ha podido también
ser excesivo, esto es, siempre que se ejercitó en
daño de las libertades fundamentales de la persona humana.
Mas, aunque frecuentemente sean demasiado rígidas y mal organizadas,
las viejas estructuras sociales de los países en vías
de desarrollo, son, sin embargo, necesarias todavía por algún
tiempo, siempre que paulatinamente vayan siendo apartadas de su
excesiva dominación. Pero la familia natural, esto es, la
monógama y estable, tal como ha sido concebida en el
plan divino (38) y ha sido santificada por el
cristianismo, debe continuar siendo "el punto en que se
congregan distintas generaciones y se ayudan mutuamente para adquirir
una mayor sabiduría y para concordar los derechos de
las personas con todas las demás exigencias de la
vida social" (39) .
37. Mas no cabe negar
que un acelerado crecimiento demográfico con frecuencia añade nuevas
dificultades a los problemas del desarrollo, puesto que el
volumen de la población aumenta con mayor rapidez que
los recursos de que se dispone, y ello de tal
suerte que aparentemente se está dentro de un callejón
sin salida. Fácilmente surge entonces la tentación de frenar
el incremento demográfico mediante el empleo de medidas radicales.
Cierto es que los poderes públicos, en aquello que
es de su competencia, pueden intervenir en esta materia,
mediante la difusión de una apropiada información y la
adopción de oportunas medidas, siempre que sean conformes a
la ley moral y a sus exigencias, y también
dentro del respeto debido a la libertad justa de
los cónyuges. Porque el derecho a la procreación es
inalienable; cuando se le daña, se aniquila la verdadera dignidad
humana. En última instancia, a los padres corresponde decidir,
con pleno conocimiento de causa, sobre el número de
sus hijos; derecho y misión que ellos aceptan ante
Dios, ante sí mismos, ante los hijos ya nacidos
y ante la comunidad a la que pertenecen, siguiendo
los dictados de su propia conciencia iluminada por la
ley divina, auténticamente interpretada, y fortificada por la confianza
en El (40) .
38. En la obra del
desarrollo, el hombre, que en su familia tiene su
ambiente de vida primordial y originario, muchas veces es ayudado
por las organizaciones profesionales. Si éstas tienden a promover
los intereses de sus asociados, su responsabilidad y deberes
son grandes con relación a la función educativa que
ellas pueden y deben simultáneamente desarrollar. Porque tales instituciones,
al instruir y formar a los hombres en sus
materias, pueden mucho en el imbuir a todos el
sentimiento del verdadero bien común y de las obligaciones
que éste exige a cada uno.
39. Toda acción
social está encuadrada en una doctrina determinada. El cristiano
debe rechazar la que se funde en una filosofía
materialista o atea, puesto que no respeta ni la orientación
religiosa de la vida hacia su último fin ni
la libertad y dignidad humana. Siempre, pues, que estos
valores queden salvaguardados, puede admitirse un pluralismo en cuanto
a las organizaciones profesionales y sindicales; pluralismo que, desde
ciertos puntos de vista, es útil siempre que sirva
para proteger la libertad y conduzca a la emulación.
De muy buen grado Nos rendimos sincero homenaje a
todos cuantos, renunciando a sus comodidades, trabajan desinteresadamente en
beneficio de sus hermanos.
40. Además de estas organizaciones
profesionales, se muestran muy activas las instituciones culturales, contribuyendo
grandemente al mayor éxito del desarrollo. Con graves palabras afirma
el Concilio: "Gran peligro corre el futuro destino del
mundo si no surgen hombres dotados de sabiduría". Y
aún añade: "Muchas naciones, aun siendo económicamente inferiores, al
ser más ricas en sabiduría, pueden ofrecer a las
demás una extraordinaria aportación en esta materia" (41) .
Rica o pobre, toda nación posee una civilización suya,
propia, heredada de las generaciones pasadas: instituciones requeridas para
el desarrollo de la vida terrenal y manifestaciones superiores
-artísticas, intelectuales y religiosas- de la vida del espíritu.
Cuando estas instituciones contienen verdaderos valores humanos, sería grave
error sustituirlas por otras. Un pueblo que consintiese en ello
perdería lo mejor de sí mismo: para vivir sacrificaría
sus propias razones de vida. También ha de aplicarse
a los pueblos el aviso de Cristo: ¿De qué
le serviría al hombre ganar el mundo, si luego
pierde su alma? (42) .
41. Nunca jamás estarán
bastante prevenidos los pueblos pobres contra la tentación que
de parte de los pueblos ricos les viene. Con
harta frecuencia éstos ofrecen, junto con el ejemplo de
sus éxitos en el campo de la cultura y
de la civilización técnica, un modelo de actividad dirigida preferentemente
a la conquista de la prosperidad material. Y no
es que ésta última por sí misma constituya un
obstáculo a la actividad del espíritu, cuando, por lo
contrario, el espíritu, al hacerse así "menos esclavo de
las cosas, puede elevarse más fácilmente al culto y
contemplación del Creador" (43) . Sin embargo, "la civilización
actual, no ya de por sí, sino por estar
demasiado enredada con las realidades terrenales, puede dificultar cada
vez más el acercarse a Dios" (44) . En
cuanto les viene propuesto, los pueblos en vías de
desarrollo deben, pues, saber hacer una elección: criticar y eliminar
los falsos bienes que llevarían consigo una peyoración del
ideal humano, aceptar los valores sanos y benéficos para
desarrollarlos, junto con los suyos, según su propio genio
particular.
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Hacia
un humanismo verdadero y plenario
CONCLUSIÓN
42. Tal es el verdadero
y plenario humanismo que se ha de promover (45)
. ¿Y qué otra cosa significa sino el desarrollo
de todo el hombre y de todos los hombres?
Un humanismo cerrado, insensible a los valores del espíritu
y a Dios mismo, que es su fuente, podría
aparentemente triunfar. Es indudable que el hombre puede organizar
la tierra sin Dios: pero sin Dios, al fin
y al cabo, no puede organizarla sino contra el
hombre. Un humanismo exclusivo es un humanismo inhumano (46)
. Luego no hay verdadero humanismo si no tiende
hacia el Absoluto por el reconocimiento de la vocación, que
ofrece la idea verdadera de la vida humana. Lejos
de ser la norma última de los valores, el
hombre no se realiza a sí mismo sino cuando
asciende sobre sí mismo, según la justa frase de
Pascal: "El hombre supera infinitamente al hombre" (47) .
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PARTE
SEGUNDA
HACIA EL DESARROLLO SOLIDARIO DE LA HUMANIDAD
43.
El desarrollo integral del hombre no puede realizarse sin
el desarrollo solidario de la humanidad, mediante un mutuo
y común esfuerzo. Nos lo decíamos en Bombay:
"El
hombre debe encontrar al hombre, las naciones se deben encontrar
como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. Dentro
de esta comprensión y de esta amistad mutua, en
esta sacra comunión, debemos también comenzar a trabajar juntos
para edificar el futuro común de la humanidad".
Sugeríamos
también la búsqueda de medios concretos y prácticos de
carácter organizativo y cooperativo a fin de reunir en
común todos los recursos disponibles y realizar así una
verdadera comunión entre las naciones todas.
44. Este deber
concierne, en primer lugar, a los más favorecidos. Sus
obligaciones se fundan radicalmente en la fraternidad humana y
sobrenatural y se presentan bajo un triple aspecto: deber de
solidaridad, esto es, la ayuda que las naciones ricas
deben aportar a las naciones que se hallan en
vías de desarrollo; deber de justicia social, esto es,
enderezar las relaciones comerciales defectuosas entre pueblos fuerte y
pueblos débil; deber de caridad universal, esto es, la
promoción de un mundo más humano para todos, donde
todos tengan algo que dar y que recibir, sin
que el progreso de los unos constituya un obstáculo
para el desarrollo de los demás. Grave es el
problema: de su solución depende el porvenir de la
civilización mundial. (48)
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1. Asistencia a los débiles
45. Si el
hermano o la hermana están desnudos -dice Santiago- y
les falta el cotidiano alimento, y alguno de vosotros
les dijere: "Id en paz, calentaos y hartaos", pero
no les diereis con qué satisfacer lo necesario para
su cuerpo, ¿qué provecho les vendría? (49) .
Hoy,
ya nadie puede ignorarlo, en continentes enteros son innumerables los
hombres y las mujeres torturados por el hambre, innumerables
los niños subalimentados, hasta tal punto que un buen
número de ellos muere en la flor de su
vida, el crecimiento físico y el desarrollo mental de
otros muchos queda impedido por la misma causa, por
todo lo cual regiones enteras desfallecen con la tristeza
y el sufrimiento.
46. Angustiosos llamamientos ya han resonado,
solicitando auxilios. El de Juan XXIII fue calurosamente acogido
(50) . Nos mismo lo reiteramos en Nuestro radiomensaje
navideño de 1963 (51) , y luego de nuevo,
en favor de la India, en 1966 (52) . La
campaña contra el hambre, emprendida por la Organización Internacional
para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y alentada
por la Santa Sede, ha sido secundada con generosidad.
Nuestra Caritas Internationalis actúa en todas partes y numerosos
católicos, bajo el impulso de Nuestros hermanos en el
Episcopado, dan y se entregan sin reserva, aun personalmente,
para ayudar a los necesitados, ensanchando progresivamente el círculo
de cuantos reconocen como prójimos suyos.
47. Mas todo
ello no puede bastar, como no bastan las inversiones
privadas y públicas ya realizadas, las ayudas y los
préstamos otorgados. No se trata tan sólo de vencer el
hambre, y ni siquiera de hacer que retroceda la
pobreza. La lucha contra la miseria, aunque es urgente
y necesaria, es insuficiente. Se trata de construir un
mundo en el que cada hombre, sin exclusión alguna
por raza, religión o nacionalidad, pueda vivir una vida
plenamente humana, liberada de las servidumbres debidas a los
hombres o a una naturaleza insuficientemente dominada; un mundo,
en el que la libertad no sea palabra vana
y en donde el pobre Lázaro pueda sentarse a
la mesa misma del rico (53) . Ello exige
a este último mucha generosidad, numerosos sufrimientos espontáneamente tolerados y
un esfuerzo siempre continuado. Cada uno examine su conciencia,
que tiene una voz nueva para nuestra época. ¿Está
cada uno dispuesto a ayudar, con su propio dinero,
a sostener las obras y empresas debidamente constituidas en
favor de los más pobres? ¿A soportar mayores impuestos,
para que los poderes públicos puedan intensificar su esfuerzo
en pro del desarrollo? ¿A pagar más caros los
productos importados, para así otorgar una remuneración más justa
al productor? ¿A emigrar de su patria, si así
conviniere y se hallare en edad juvenil, para ayudar
a este crecimiento de las naciones jóvenes?
48. El deber
de solidaridad, que está vigente entre las personas, vale
también para los pueblos: "Deber gravísimo de los pueblos
ya desarrollados es el ayudar a los pueblos que
aún se desarrollan" (54) . Hay, pues, que llevar
a la práctica esta enseñanza del Concilio. Si es
normal que una población sea la primera en beneficiarse
con los dones que le ha hecho la Providencia
como frutos de su trabajo, ningún pueblo puede, sin
embargo, pretender la reserva, para exclusivo uso suyo, de
sus riquezas. Cada pueblo debe producir más y mejor
a fin de, por un lado, poder ofrecer a sus
conciudadanos un nivel de vida verdaderamente humano, y, por
otro, contribuir también, al mismo tiempo, al desarrollo solidario
de la humanidad. Frente a la creciente indigencia de
los países en vías de desarrollo, debe considerarse como
normal que un país ya desarrollado consagre una parte
de su producción a satisfacer las necesidades de aquéllos;
igualmente es normal que se preocupe de formar educadores,
ingenieros, técnicos, sabios que pongan su ciencia y su
competencia al servicio de aquéllos.
49. Una cosa se
ha de repetir con firmeza: lo superfluo de los
países ricos debe servir a los países pobres. La regla,
valedera en un tiempo, en favor de los más
próximos, ahora debe aplicarse a la totalidad de los
necesitados del mundo. Por lo demás, los ricos serán
los primeros en beneficiarse de ello. Mas si, por
lo contrario, se obstinaren en su avaricia, no podrán
menos de suscitar el juicio de Dios y la
cólera de los pobres, con consecuencias difíciles de prever.
Replegadas dentro de su coraza, las civilizaciones actualmente florecientes
terminarían atentando a sus valores más altos, sacrificando la
voluntad de ser más al deseo de tener más.
Y se les habría de aplicar aquella parábola del hombre
rico, cuycas tierras habían producido tanto que no sabía
dónde almacenar su cosecha: Dios le dijo: "Insensato, esta
misma noche te pediran el alma" (55) .
50.
Para obtener su plena eficacia, estos esfuerzos no deberían
permanecer dispersos o aislados, menos aún opuestos los unos
a los otros por motivos de prestigio o de
poderío: la situación exige programas concertados. En realidad, un
programa es algo más y mejor que una ayuda
ocasional dejada a la buena voluntad de cada uno.
Supone, Nos ya lo hemos dicho antes, estudios profundos, precisión
de objetivos, determinación de medios, unión de esfuerzos con
que responder a las necesidades presentes y a las
previsibles exigencias futuras. Pero es aún mucho más, porque
sobrepasa las perspectivas del simple crecimiento económico y del
progreso social y confiere sentido y valor a la
obra que ha de realizarse. Al trabajar por el
mejor ordenamiento del mundo, valoriza al hombre mismo.
51.
Pero ha de irse más lejos. En Bombay, Nos
pedíamos la constitución de un gran Fondo mundial, alimentado
con una parte de los gastos militares, a fin
de venir en ayuda de los desheredados (56) . Lo
que vale para la lucha inmediata contra la miseria
vale también para el nivel en escala de desarrollo.
Sólo una colaboración mundial, de la cual un fondo
común sería a la par señal e instrumento, permitiría
superar rivalidades estériles y suscitar un diálogo fecundo y
pacífico entre todos los pueblos.
52. No hay duda de
que acuerdos bilaterales o multilaterales pueden útilmente mantenerse, puesto
que permiten sustituir aquellas relaciones de dependencia y los
rencores, herencia de la época colonial, por provechosas relaciones
de amistad, desarrolladas sobre el plano de igualdad jurídica
y política. Pero, al estar incorporados en un programa
de colaboración mundial, se mantendrían libres de toda sospecha. Las
desconfianzas de los beneficiarios también se atenuarían, porque habrían
de temer mucho menos el que, encubiertas por la
ayuda financiera o la asistencia técnica, se ocultasen ciertas
manifestaciones de lo que se ha dado en llamar
neocolonialismo; fenómeno que se caracteriza por la disminución de
la libertad política o por la imposición de carga
económicas: todo ello para defender o conquistar una hegemonía
dominadora.
53. ¿Y quién, por otra parte, no ve
que tal fondo facilitaría la reducción de ciertos despilfarros,
fruto del temor o del orgullo? Cuando tantos pueblos
tienen hambre, cuando tantas familias son víctimas de la más
absoluta miseria, cuando viven tantos hombres sumergidos en la
ignorancia, cuando quedan por construir tantas escuelas, tantos hospitales,
tantas viviendas dignas de tal nombre, todos los despilfarros
privados o públicos, todos los gastos hechos, privada o
nacionalmente, en plan de ostentación, y finalmente toda -aniquiladora-
carrera de armamentos, todo esto, decimos, resulta un escándalo
intolerable. Nuestro gravísimo deber Nos obliga a denunciarlo. ¡Ojalá
Nos escuchen los que en sus manos tienen el
poder antes de que sea demasiado tarde!
54. Todo
ello significa que es indispensable establecer, entre todos, un
diálogo, por el que formábamos los más intensos deseos ya
en Nuestra primera Encíclica, Ecclesiam Suam (57) . Semejante
diálogo, entre los que aporten los medios y los
que hayan de beneficiarse con ellos, fácilmente logrará que
las aportaciones se midan justamente no sólo según la
generosidad y disponibilidad de los unos, sino también según
el criterio de las necesidades reales y de las
posibilidades de empleo de los otros.
Entonces los países en
vías de desarrollo ya no correrán en adelante el
peligro de verse ahogados por las deudas, cuya satisfacción
absorbe la mayor parte de sus beneficios. Una y
otra parte podrán estipular tanto los intereses como el
tiempo de duración de los préstamos, todo ello en condiciones
soportables para los unos y los otros, logrando el
equilibrio por las ayudas gratuitas, los préstamos sin interés
alguno o bien con un interés mínimo, así como
por la duración de las amortizaciones.
A quienes proporcionen
medios financieros se les habrán de dar garantías sobre
el empleo del dinero, de suerte que todo se
cumpla según el plan convenido y con razonable preocupación
de eficacia, puesto que no se trata de favorecer
ni a perezosos ni a parásitos. Los beneficiarios, a
su vez, podrán exigir que no haya injerencia alguna
en su política y que no se perturben sus estructuras
sociales. Por ser Estados soberanos, sólo a ellos les
corresponde dirigir con autonomía sus asuntos, precisar su política,
orientarse libremente hacia el tipo de sociedad que prefirieren.
Es, por lo tanto, una colaboración lo que se
desea instaurar, una eficaz coparticipación de los unos con
los otros, en un clima de igual dignidad, para
construir un mundo más humano.
55. Semejante plan podría
aparecer como irrealizable en las regiones donde las familias
se ven limitadas a la única preocupación de prepararse
la diaria subsistencia y que, por lo tanto, difícilmente
pueden concebir un trabajo que les prepare para un porvenir
de vida, que pudiera parecer menos miserable. Mas precisamente
a estos hombres y mujeres es a los que
se ha de ayudar, convenciéndoles primero de la necesidad
de que ellos mismos pongan mano al trabajo y
adquieran gradualmente los medios necesarios para ello. Ciertamente esta
obra común sería imposible sin un esfuerzo concertado, constante
y animoso. Pero, sobre todo, quede bien claro para
todos y cada uno que se trata del peligro
en que se hallan la vida misma de los
pueblos pobres, la paz civil en los países en
desarrollo y aun la misma paz mundial.
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2. La equidad en las
relaciones comerciales
56. Mas todos los esfuerzos, aun los
ciertamente no pequeños, que se están haciendo financiera o
técnicamente para ayudar a los países en vías de
desarrollo serán falaces e ilusoros, si su resultado es
parcialmente anulado en gran parte por la variabilidad en
las relaciones comerciales mantenidas entre los pueblos ricos y
los pobres. Porque éstos perderán toda esperada confianza desde
el momento en que teman que los otros les
quitan con una mano lo que con la otra
se les ha ofrecido.
57. Las naciones altamente industrializadas
-en número y en productividad- exportan principalmente sus manufacturas, mientras
las economías poco desarrolladas no pueden vender sino productos
agrícolas o materias primas. Gracias al progreso técnico, los
primeros rápidamente aumentan su valor y encuentran fácilmente su
colocación en los mercados, mientras, por lo contrario, los
productos primarios procedentes de países en desarrollo sufren amplias
y bruscas variaciones en los precios, que se mantienen
siempre a gran distancia de la progresiva plusvalía de
los primeros. De aquí las grandes dificultades con que
han de enfrentarse las naciones poco industrializadas cuando deben
contar con las exportaciones para equilibrar su economía y
realizar sus planes de desarrollo. Así, los pueblos pobres continúan
siempre aun más pobres, mientras los pueblos ricos cada
vez se hacen aun más ricos.
58. Claro, pues,
aparece que la llamada ley del libre cambio no
puede, ella sola, seguir rigiendo las relaciones públicas internacionales.
Puede, sin embargo, aprovechar bien cuando se trata de
partes no muy desiguales en potencia económica: es un
estímulo del progreso y una recompensa a los esfuerzos.
Por eso, las naciones muy industrializadas juzgan que en
dicha ley existe clara la justicia. Pero de otro
modo se ha de pensar cuando se trata de
condiciones muy desiguales entre los países: los precios formados "libremente"
por los negociadores pueden conducir a resultados totalmente injustos.
Ha de reconocerse, por lo tanto, que el principio
fundamental del liberalismo, como norma de los intercambios comerciales,
se halla aquí en no recta posición.
59. Luego
la doctrina de León XIII en su Rerum novarum
mantiene toda su validez, aun en nuestro tiempo: el
consentimiento de las partes, cuando se hallan en situaciones
muy desiguales, no basta para garantizar la justicia del
pacto; y entonces la regla del libre consentimiento queda
subordinada a las exigencias del derecho natural (58) .
Mas lo que allí se enseña como justo sobre el
salario de los individuos, debe acomodarse a los pactos
internacionales, porque una economía de intercambio no puede fundarse
tan sólo en la ley de la libre concurrencia,
que, a su vez, con demasiada frecuencia conduce a
una dictadura económica. Por lo tanto, el libre intercambio
tan sólo ha de ser tenido por justo cuando
se subordine a las exigencias de la justicia social.
60. Por lo demás, esto lo han comprendido muy
bien los países mismos más desarrollados económicamente, puesto que
se esfuerzan con medidas adecuadas en restablecer, aun dentro
de la propia economía de cada uno, el equilibrio que
los intereses encontrados de los concurrentes perturban en la
mayoría de los casos. Esta es la razón de
que estas naciones frecuentemente favorezcan a la agricultura a
costa de sacrificios impuestos a los sectores económicos que
mayores incrementos han logrado. E igualmente, para mantener bien
las mutuas relaciones comerciales, principalmente dentro de los confines
de un mercado común y asociado, su política financiera,
fiscal y social se esfuerza por procurar, a industrias
concurrentes de prosperidad desigual, oportunidades semejantes para restablecer la
competencia.
61. No está bien usar aquí dos pesos
y dos medidas. Lo que vale en un mismo campo,
dentro de una economía nacional, lo que se admite
entre países desarrollados, vale también en las relaciones comerciales
entre países ricos y países pobres. No se trata
de abolir el mercado de concurrencia; quiere decirse tan
sólo que ha de mantenerse dentro de los límites
que lo hagan justo y moral y, por lo
tanto, humano. En el comercio entre las economías desarrolladas
y las infradesarrolladas, las situaciones iniciales fundamentalmente son muy
distintas, como están también muy desigualmente distribuidas las libertades
reales. La justicia social impone que el comercio internacional,
si ha de ser humano y moral, restablezca entre las
partes por lo menos una relativa igualdad de posibilidades.
Claro que esto no puede realizarse sino a largo
plazo. Mas, para lograrlo ya desde ahora, se ha
de crear una real igualdad, así en las deliberaciones
como en las negociaciones. Materia en la cual también
serían convenientes convenciones internacionales de una geografía suficientemente vasta:
podrían establecer normas generales para regularizar ciertos precios, garantizar
ciertas producciones y sostener ciertas industrias en su primer
tiempo. Todos ven la eficacia del auxilio que resultaría
de semejante esfuerzo hacia una mayor justicia en las
relaciones internacionales para los pueblos en vías de desarrollo, un
positivo auxilio que tendría resultados no tan sólo inmediatos,
sino también duraderos.
62. Pero hay todavía otros obstáculos
que se oponen a la estructuración de un mundo
más justo, fundado firme y plenamente en la mutua
solidaridad universal de los hombres: nos referimos al nacionalismo
y al racismo. Todos saben que los pueblos que
tan sólo recientemente han llegado a la independencia política
son celosos de una unidad nacional aún frágil y
se empeñan en defenderla a toda costa. Natural es
también que naciones de vieja cultura estén muy orgullosas
del patrimonio que su historia les ha legado. Pero sentimientos
tan legítimos han de ser elevados a su máxima
perfección mediante la caridad universal, en la que caben
los miembros todos de la familia humana. El nacionalismo
aisla a los pueblos, con daño de su verdadero
bien; y resultaría singularmente nocivo allí donde la debilidad
de las economías nacionales exige, por lo contrario, mancomunidad
en los esfuerzos, en los conocimientos y en la
financiación, para poder realizar los programas del desarrollo e
intensificar los cambios comerciales y culturales.
63. El racismo
no es propio tan sólo de las naciones jóvenes,
en las que a veces se disfraza bajo el velo
de las rivalidades entre los clanes y los partidos
políticos, con gran perjuicio para la justicia y con
peligro para la misma paz civil. Durante la era
colonial multiplicó a veces las diferencias entre colonizadores e
indígenas, suscitando obstáculos para una fecunda inteligencia recíproca y
provocando odios como consecuencia de reales injusticias. También constituye
un obstáculo a la colaboración entre naciones menos favorecidas
y un fermento generador de división y de odio
en el seno mismo de los Estados, cuando, con
menosprecio de los imprescriptibles derechos de la persona humana,
individuos y familias se convencen de estar sometidos a un
régimen de excepción, por causa de su raza o
de su color.
64. Semejante situación, tan saturada de
peligros para lo futuro, Nos aflige profundamente. Pero aún
conservamos la esperanza de que una necesidad más sentida
de colaboración, un sentimiento más agudo de solidaridad terminarán
venciendo las incomprensiones y los egoísmos. Esperamos que los
países de menos elevado nivel de desarrollo sabrán aprovecharse
de las buenas relaciones de vecindad con los otros
limítrofes, para organizar entre sí, sobre áreas territoriales más
vastas, zonas de desarrollo bien concertado; estableciendo programas comunes,
coordinando inversiones, distribuyendo las zonas de producción, organizando los cambios.
Esperamos también que las organizaciones multilaterales e internacionales encuentren,
mediante una reorganización que se impone, los caminos que
permitan a los pueblos, todavía infradesarrollados, salir de los
puntos muertos en que parecen cerrados y descubrir por
sí mismos, con la fidelidad debida a su índole
nativa, los medios para su progreso humano y social.
65. Porque ésta es la meta a la que
ha de llegarse. La solidaridad mundial, cada día más
eficiente, debe lograr que todos los pueblos por sí
mismos, sean los artífices de su propio destino. Los
tiempos pasados se han caracterizado, con frecuencia mayor que la
debida, por la fuerza violenta en las relaciones mutuas
entre naciones: alboree, por fin, la serena edad en
que las relaciones internacionales lleven la impronta del mutuo
respeto y de la amistad, de la interdependencia en
la colaboración y de la promoción común bajo la
responsabilidad de cada uno. Los pueblos más jóvenes y
los más débiles reclaman la parte activa que les
corresponde en la construcción de un mundo mejor, más
respetuoso de los derechos y de la vocación de
cada uno. Su llamada es justa: luego todos y
cada uno deben escucharla y responder a ella.
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3. La caridad universal
66. Gravemente enfermo está el mundo. Su mal está
menos en la dilapidación de los recursos o en
su acaparamiento por parte de algunos que en la falta
de caridad entre los hombres y entre los pueblos.
67. Por ello, nunca dejaremos de aconsejar bastante sobre
el deber de la hospitalidad -deber de solidaridad humana
y de caridad cristiana-, que corresponde tanto a las
familias como a las organizaciones culturales de los países
que acogen a extranjeros. Sobre todo, para acoger a
los jóvenes, deben multiplicarse hogares y residencias.
Ante todo,
para protegerles contra la soledad, el sentimiento de abandono
y la angustia que destruyen todo resorte moral; pero
también para defenderlos contra la situación malsana en que se
encuentran, por la que se ven forzados a comparar
la pobreza de su patria con el lujo y
derroche que a menudo les rodea. Más todavía: para
ponerlos a buen recaudo de doctrinas subversivas y de
las tentaciones agresivas, a las que les expone el
recuerdo de tanta miseria inmerecida (59) . Sobre todo,
en fin, para ofrecerles, con el calor de una
acogida fraternal, el ejemplo de una vida sana, el
goce de una caridad cristiana, auténtica y eficaz, el
estímulo para apreciar los valores espirituales.
68. Gran dolor
Nos causa el pensamiento de que numerosos jóvenes, venidos a
países más avanzados para aprender la ciencia, la preparación
y la cultura que les hagan aptos para servir
a su patria, en no pocos casos terminan perdiendo
el sentido de los valores espirituales que con frecuencia
estaban presentes, cual precioso patrimonio, en las civilizaciones que
les habían visto nacer.
69. La misma acogida debe
dispensarse a los trabajadores emigrados, que viven en condiciones
frecuentemente inhumanas, obligados a ahorrar su propio salario, para
poder remitirlo a fin de aliviar un poco a
las familias que quedaron entre miserias en su tierra
natal.
70. También dirigimos Nuestra exhortación a todos aquellos que,
en virtud de su actividad económica, acuden a países
entrados recientemente en industrialización: industriales, comerciantes, jefes y representantes
de las grandes empresas. Y tratándose de hombres que
en su propio país no están desprovistos de sentido
social, ¿por qué retroceden a los principios inhumanos del
individualismo cuando trabajan en países menos desarrollados? Precisamente su
propia condición de superioridad en la fortuna, debe, por
lo contrario, moverles a hacerse iniciadores del progreso social
y de la promoción humana, también allí donde sus
negocios les conducen.
Su mismo sentido de la organización
deberá sugerirles la mejor manera para valorizar el trabajo indígena,
para formar operarios cualificados, para preparar ingenieros y dirigentes,
dejar espacio a su iniciativa, introducirlos gradualmente en los
puestos más elevados, preparándolos así a condividir, en un
tiempo no lejano, las responsabilidades en la dirección. Que
por lo menos la justicia regule siempre las relaciones
entre jefes y subordinados, que han de sujetarse a
contratos regulares con obligaciones recíprocas. Finalmente, que nadie, cualquiera
que sea su condición, quede injustamente sometido a merced
de la arbitrariedad.
71. Cada vez son más numerosos,
y Nos alegramos de ello, los técnicos enviados en
misión de desarrollo por instituciones internacionales o bilaterales o por
organismos privados: "Han de portarse no como dominadores, sino
como auxiliares y cooperadores" (60) . Toda población percibe
en seguida si los que vienen en su ayuda
lo hacen con o sin benevolencia, si se hallan
allí tan sólo para aplicar métodos técnicos o también
para dar al hombre todo su valor. Su mensaje
peligra con no ser acogido, si no va acompañado
por un espíritu de amor fraternal.
72. A la
competencia técnica indispensable han de juntar, pues, señales auténticas
de un amor desinteresado. Libres tanto de todo orgullo
nacionalista como de cualquier apariencia de racismo, los técnicos han
de aprender a trabajar en colaboración con todos. Sepan
bien que su competencia no les confiere superioridad en
todos los campos. La civilización en que se han
formado contiene indudablemente elementos de humanismo universal, pero no
es única ni exclusiva y no puede ser importada
sin conveniente adaptación. Los responsables de estas misiones deben
preocuparse por descubrir, junto con su historia, las características
y riquezas culturales del país que los acoge. Surgirá
así una aproximación que resultará fecunda para ambas civilizaciones.
73. Entre las civilizaciones, como entre las personas, un
diálogo sincero de hecho es creador de fraternidad. La empresa
del desarrollo acercará a los pueblos en las realizaciones
proseguidas mancomunadamente si todos, comenzando por los gobiernos y
sus representantes, hasta el más humilde técnico, se hallaren
animados por un espíritu de amor fraterno y movidos
por el sincero deseo de construir una civilización fundada
en la solidaridad mundial.
Un diálogo, centrado sobre el
hombre y no sobre los productos y las técnicas,
podrá abrirse entonces, siendo fecundo cuando traiga a los
pueblos que de él se benefician los medios de
elevarse y de alcanzar un más alto grado de
vida espiritual; si los técnicos supieren también hacerse educadores y
si la enseñanza transmitida llevare la señal de una
cualidad espiritual y moral tan elevada que garantice un
desarrollo, no tan sólo económico, sino también humano. Pasada
ya la fase de asistencia, las relaciones así establecidas
perdurarán, y nadie deja de ver la importancia que
tales relaciones tendrán para la paz del mundo.
74.
Nos consta que muchos jóvenes han respondido ya con
ardorosa solicitud al llamamiento de Pío XII para un
laicado misionero (61) . También son numerosos los jóvenes
que espontáneamente se han incorporado a organismos, oficiales o
privados, de colaboración con los pueblos en vías de desarrollo.
También Nos alegra grandemente saber que en algunas naciones
el "servicio militar" puede cambiarse en parte con un
"servicio civil", un "servicio puro y simple"; bendecimos tales
iniciativas y las buenas voluntades que a ellas responden.
¡Ojalá que todos cuantos se dicen "de Cristo" obedezcan
a su ruego! Porque tuve hambre y me disteis
de comer; tuve sed, y me disteis de beber;
era extranjero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me
vestisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me
visitasteis; preso, y vinisteis a verme (62) . Porque
a nadie le es lícito permanecer indiferente ante la suerte
de sus hermanos que todavía yacen en la miseria,
son presa de la ignorancia o víctimas de la
inseguridad. Que el corazón de todo cristiano, imitando al
Corazón de Cristo, ante miserias tantas se mueva a
compasión y exclame con el Señor: Siento compasión por
esta muchedumbre (63) .
75. Que la oración suplicante
de todos ascienda a Dios Padre omnipotente para que
la humanidad, consciente de tan grandes males, con inteligencia
y con corazón se dedique a abolirlos. Mas con
la oración constante de todos ha de corresponder la firme
resolución de cada uno, en la medida de sus
fuerzas, en la lucha contra el subdesarrollo. ¡Ojalá que
los hombres, los grupos sociales, las naciones todas se
den fraternalmente las manos, ayudando los fuertes a los
débiles, poniendo en esto toda su competencia, su entusiasmo
y su amor desinteresado!
El animado por la verdadera
caridad es más ingenioso que todo otro en descubrir
las causas de la miseria, en encontrar los medios
para combatirla, en vencerla resueltamente. Siendo colaborador de la
paz, él recorrerá su camino, encendiendo la antorcha de
la alegría e infundiendo luz y gracia en los corazones
de todos los hombres por toda la superficie de
la tierra, ayudándoles a descubrir, una vez pasadas todas
las fronteras, y sin cesar, rostros de hermanos y
rostros de amigos (64) .
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CONCLUSIÓN
Llamamiento final
81. Nos
conjuramos, ante todo, a Nuestros hijos. En los países
en vías de desarrollo, no menos que en los
otros, los seglares deben tomar como su tarea propia
la renovación del orden temporal.
Si es oficio de la
Jerarquía enseñar e interpretar en modo auténtico los principios
morales que en este terreno hayan de seguirse, a
los seglares les corresponde, por su libre iniciativa y
sin esperar pasivamente consignas o directrices, penetrar con espíritu
cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y
las estructuras de sus comunidades de vida (69) .
Necesarios son los cambios, indispensables las reformas profundas: deben
emplearse en infundirles resueltamente el soplo del espíritu evangélico.
A Nuestros hijos católicos pertenecientes a los países más
favorecidos, Nos les pedimos que aporten su activa participación
en las organizaciones oficiales o privadas, civiles o religiosas, que
se dedican a vencer las dificultades de las naciones
en vía de desarrollo. Estamos muy seguros de que
tendrán empeño en hallarse en la primera fila entre
los que trabajan para traducir en hechos una moral
internacional de justicia y de equidad.
82. Todos los
cristianos, nuestros hermanos, Nos estamos seguros de ello, querrán
ampliar su esfuerzo común y concertado a fin de
ayudar al mundo a triunfar sobre el egoísmo, el
orgullo y las rivalidades, a superar las ambiciones y
las injusticias, a abrir a todos los caminos para
una vida más humana, en la que cada uno sea
amado y ayudado como su prójimo y su hermano.
Y, todavía conmovidos por el recuerdo del inolvidable encuentro
de Bombay con nuestros hermanos no cristianos, Nos les
invitamos de nuevo a laborar con todo su corazón
y toda su inteligencia, a fin de que todos
los hijos de los hombres puedan llevar una vida
digna de los hijos de Dios.
83. Finalmente, Nos nos
dirigimos a todos los hombres de buena voluntad, conscientes
de que el camino de la paz pasa por
el desarrollo. Delegados en las instituciones internacionales, hombres de
Estado, publicistas, educadores, todos, cada uno en vuestro sitio,
vosotros sois los constructores de un mundo nuevo.
Nos suplicamos
al Dios Todopoderoso que ilumine vuestras inteligencias y os
dé nuevas fuerzas y aliento para poner en estado
de alerta a la opinión pública y comunicar entusiasmo
a los pueblos. Educadores, a vosotros os pertenece despertar
ya desde la infancia el amor a los pueblos
que se encuentran en la miseria. Publicistas, os corresponde
poner ante nuestros ojos el esfuerzo realizado para promover
la mutua ayuda entre los pueblos, así como también
el espectáculo de las miserias que los hombres tienen
tendencia a olvidar para tranquilizar sus conciencias: que los
ricos sepan, por lo menos, que los pobres estan junto
a su puerta y que esperan las migajas de
sus banquetes.
84. Hombres de Estado: os incumbe movilizar
vuestras comunidades en una solidaridad mundial más eficaz, y,
ante todo, hacerles aceptar las necesarias disminuciones de sus
lujos y de sus dispendios para promover el desarrollo
y salvar la paz. Delegados de las Organizaciones Internacionales,
de vosotros depende que el peligroso y estéril enfrentamiento
de fuerzas deje paso a la colaboración amistosa, pacífica
y desinteresada para lograr un progreso solidario de la
humanidad: una humanidad, en la que todos los hombres
puedan desarrollarse.
85. Y si es verdad que el mundo
se encuentra en un lamentable vacío de ideas, Nos
hacemos un llamamiento a los pensadores y a los
sabios, católicos, cristianos, adoradores de Dios, ávidos de lo
absoluto, de la justicia y de la verdad, y
a todos los hombres de buena voluntad. A ejemplo
de Cristo, Nos nos atrevemos a rogaros con insistencia:
Buscad y encontraréis (70) , emprended los caminos que
conducen a través de la mutua ayuda, de la
profundización del saber, de la grandeza del corazón, a
una vida más fraterna en una comunidad humana verdaderamente
universal.
86. Vosotros todos, los que habéis oído la llamada
de los pueblos que sufren; vosotros, los que trabajáis
para darles una respuesta; vosotros sois los apóstoles del
desarrollo auténtico y verdadero que no consiste en la
riqueza egoísta y deseada por sí misma, sino en
la economía al servicio del hombre, el pan de
cada día distribuido a todos, como fuente de fraternidad
y signo de la Providencia.
87. De todo corazón
Nos os bendecimos, y Nos hacemos un llamamiento a
todos los hombres para que se unan fraternalmente a
vosotros. Porque si el desarrollo es el nuevo nombre
de la paz, ¿quién no querrá trabajar con todas sus
fuerzas para lograrlo? Sí, Nos os invitamos a todos
para que respondáis a Nuestro grito de angustia, en
el nombre del Señor.
Dado en Roma, junto a
San Pedro, el 26 de marzo, fiesta de la
Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, año cuarto de Nuestro
Pontificado.
Notas
1. Dirigida: A los Obispos, a los
Sacerdotes, a los Religiosos, y a los cristianos de
todo el orbe católico y a los hombres de
buena voluntad.- Pascua (26 de marzo) 1967
2. Cf.
AL 11 (1892) 97-148.
3. Cf. A. A. S.
23 (1931) 177-228.
4. Cf. principalmente, Rm. 1 junio
1941 (L. aniversario de la RN ): A. A.
S. 33 (1941) 195-205; Rm. Navidad 1942 A. A.
S.: 35 (1943) 9-24; Aloc. a trabajadores en el
aniversario de la RN 14 de mayo 1953: A.
A. S. 45 (1953) 402-408.
5. Cf. A. A.
S. 53 (1961) 401-464.
6. Cf. A. A. S.
55 (1963) 257-304.
7. Cf. e. MM 15 mayo
1961 A. A. S. 53 (1961) 440.
8. GS
n. 63-72 A. A. S. 58 (1966) 1084-1094.
9.
M. pr. Catholicam Christi Ecclesiam: A. A. S. 59 (1967)
27.
10. Enc. RN l. c., 98.
11. GS
n. 63 A. A. S. 58 (1966) 1026.
12.
Cf. Luc. 7, 22.
13. GS n. 3, l. c.
1026.
14. Cf. e. ID 1 nov. 1885 AL
5 (1885) 127.
15. GS n. 4, l. c., 1027.
16. L. J. Lebret. O. P., Dynamique concrete du
développement. Paris, "Economie et Humanisme", Les Editions Ouvrieres, 1961,
28.
17. 2Thes. 3, 10.
18. Cf., p. e.,
J. Maritain, Les conditions spirituelles du progres et de
la paix, en "Rencontre de cultures a l´UNESCO sous
le signe du Conc. Oecumén. Vat. II", París, Mame,
1966, 66.
19. Cf. Mat. 5, 3.
20. Gen.
1, 28.
21. GS n. 69, l. c. 1090.
22. 1 Io. 3, 17.
23. De Nabuthe 12,
53 PL 14, 747. Cf. J. R. Palanque, Saint
Ambroise et l´empire romain. Paris, De Boccard, 1933, 336
ss.
24. Carta a la Semana social de Brest,
en L´homme et la révolution urbaine. Lyon, Chron. Soc.
1965, 8-9.
25. GS n. 71, l. c. 1093.
26. Cf. ibid. n. 65, l. c. 1086.
27.
Enc. QA l. c. 212.
28. Cf., p. e., Colin
Clark, The conditions of economic progress 3a. ed., London,
Macmillan & Co., New York, St. Martin´s Press, 1960,
3-6.
29. Carta a la Semana Social de Lyon,
en Le travail et les travailleurs dans la societé
contemporaine Lyon, Chron. Soc. 1965. 6.
30. Cf., p. e.,
M. D. Chenu, O. P., Pour une théologie du
travail. Paris, Edit. du Seuil, 1955.
31. MM l. c.
423.
32. Cf., p. e., O. von Nell-Breuning, S.
J., Wirtschaft u. Gesellschaft, t. 1, Grundfragen. Freiburg, Herder,
1956, 183-184.
33. Eph. 4, 13.
34. Cf., p. e.,
Mons. M. Larrain Errazuriz, Ob. de Talca (Chile), Pres.
del CELAM. Carta past. sobre el desarrollo y la
paz. Paris, Pax Christi, 1965.
35. GS n. 26,
l. c. 1046.
36. MM l. c. 414.
37.
Osserv. Rom. 11 sett. 1965. Doc. cathol., t. 62
Paris, 1965, col. 1674-1675.
38. Cf. Mat. 19, 6.
39. GS n. 52, l. c. 1073.
40. Cf.
ibid. n. 50-51 (con nota 14), l. c. 1070-1073;
y n. 87, l. c. 1110.
41. Ibid. n. 15
l. c. 1036.
42. Mat. 16, 26.
43. GS
n. 57, l. c. 1078.
44. Ibid. n. 19, l.
c. 1039.
45. Cf., p. e., J. Maritain, L´humanisme
intégral. Paris, Aubier, 1936.
46. H. de Lubac, S. I.,
Le drame de l´humanisme athée, 3a. ed., Paris, Spes,
1945, 10.
47. Pensées, ed. Brunschvieg, n. 434. Cf. M.
Zundel, L´homme passe l´homme. Le Caire, Ed. du lien.
1944.
48. Alloc. ai Rappresentanti delle religioni non cristiane, 3
dic. 1964. A. A. S. 57 (1965), 132.
49. Iac.
2, 15-16.
50. Cf. MM l. c. 440 ss.
51. Cf. Rm. Nav. 1963 A. A. S. 56
(1964), 57-58.
52. Cf. Osserv. Rom. 10 febr. 1966.
Enc. e Disc. di Paolo VI, vol. 9. Roma,
Ed. Paoline, 1966, 132-136.
53. Cf. Luc. 16, 19-31.
54. GS n. 86, l. c. 1109.
55. Luc. 12,
20.
56. Messagio al mondo affidato ai giornalisti, 4
dic. 1964. A. A. S. 57 (1965), 135.
57.
Cf. A. A. S. 56 (1964) 639 ss.
58.
Cf. AL 11 (1892) 131.
59. Cf. ibid. 98.
60. GS n. 85, l. c. 1108.
61. Cf.
e. FD l. c. 246.
62. Mat. 25, 35-36.
63.
Marc. 8, 2.
64. Cf. Alloc. di Giovanni XXIII per
la consegna del "Premio Balzan", 10 mag. 1963. A.
A. S. 55 (1963), 455.
65. A. A. S.
57 (1965) 896.
66. Cf. e. PT l. c.
301.
67. A. A. S. 57 (1965) 880.
68. Cf.
Eph. 4, 12; LG n. 13 A. A. S.
57 (1965) 17.
69. Cf. AA n. 7. 13.
24. A. A. S. 58 (1966) 843. 849. 856.
70. Luc. 11, 9.
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