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Laborem Exercens
Sobre el trabajo Humano
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II en
el 90 aniversario de la Rerum Novarum
14 de
septiembre de 1981
La presente encíclica trata la concepción
del hombre y del trabajo. El enfoque general responde
a un análisis de la época moderna, misma en la
que se han desarrollado con enorme profusión ensayos de carácter
económico, social, histórico, teológico, antropológico, etc...., sobre el trabajo humano,
sobrepasándose en muchas ocasiones, el concepto exacto del trabajo.
Con
la Laboren Exercens la Iglesia va más al fondo, llega
al corazón del concepto mismo del trabajo humano. En
lugar de trazar un modelo ideal, Juan Pablo II ayuda
a comprender lo que ha acontecido y sigue aconteciendo en
la historia, de qué modo puede el hombre transformarse con
su trabajo, hacerse más hombre”.
En este sentido, esta encíclica
es un intento bastante acabado de ir al fondo
de lo que es el trabajo, y de su importancia
para el ser humano. Desarrolla la significación que tiene el
trabajo como fuente de realización de la exigencia de felicidad
que todos los hombres son. Lo anterior, abre la posibilidad
de una realización plena de la condición que todos los
seres humanos viven: la de trabajadores.
“Juan Pablo II reconstruye las
certezas metafísicas tradicionales de la fe a partir del hombre,
a partir de una reflexión profunda sobre lo que es
el hombre. De la experiencia de la vida del hombre
remonta a su esencia y hace de la antropología introducción
y preámbulo de la fe. En otras palabras, la filosofía
del hombre viene a ser el verdadero acceso a la
filosofía del ser. De esta filosofía del hombre forma parte
de modo esencial la filosofía del trabajo humano, que concierne
a los terrenos de la experiencia humana, anteriormente apropiados por
la filosofía marxista de la praxis”. (Rocco Buttiglione).
La civilización occidental
se ha preocupado sobre todo de desarrollar el lado objetivo
del trabajo para someter a la naturaleza y liberar al
hombre de condiciones de vidas de gran pobreza y miseria.
Ha logrado de modo extraordinario acrecentar el control del hombre
sobre la naturaleza. Sin embargo, el lado subjetivo del trabajo
ha sido totalmente descuidado.
El hombre ha elegido las formas
de su cooperación en el trabajo y, por ende, su
organización social en total independencia de la exigencia de asegurar
el justo desarrollo de la persona humana en su trabajo.
El resultado es que hoy nos hallamos infinitamente más seguros
que en el pasado frente a las amenazas que provienen
de la naturaleza (carestía, sequía, inundación, etc.), pero mil veces
más inseguros ante las amenazas que nos vienen de los
demás hombres o que surgen de nuestra propia intimidad personal
(crisis económica, guerras, alienación, neurosis de las grandes concentraciones urbanas...).
De hecho, no noshemos parado a pensar y proyectar nuestro
trabajo de suerte que nos haga plenamente hombres.
He ahí la
reflexión de su SS. Juan Pablo II, quien nos dice
en esta encíclica: "El trabajo humano es una clave, quizá
la clave esencial de toda la cuestión social, si tratamos
de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien
del hombre”. Los temas que trata esta encíclica son los
siguientes:
Índice General
I.
INTRODUCCIÓN
1. El Trabajo humano 90 años después de
la «Rerum Novarum»
2. En una línea de
desarrollo orgánico de la acción y enseñanza social de la
Iglesia
3. El problema del trabajo, clave de la
cuestión social
II. EL TRABAJO Y
EL HOMBRE
4. En el libro del Génesis
5. El trabajo en sentido objetivo: La técnica
6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto
del trabajo
7. Una amenaza al justo orden de
los valores
8. Solidaridad de los hombres del
trabajo
9. Trabajo - dignidad de la persona
10. Trabajo y sociedad: familia, nación
III. CONFLICTO ENTRE TRABAJO Y CAPITAL EN LA
PRESENTE FASE HISTÓRICA
11. Dimensión de este conflicto
12. Prioridad del trabajo
13. Economismo y materialismo
14. Trabajo y propiedad
15. Argumento «personalista»;
IV. DERECHOS DE LOS HOMBRES DEL TRABAJO
16. En el amplio contexto de los derechos humanos
17. Empresario: «indirecto»; y «directo»;
18.
El problema del empleo
19. Salario y otras
prestaciones sociales
20. Importancia de los sindicatos
21. Dignidad del trabajo agrícola
22. La
persona minusválida y el trabajo
23. El trabajo
y el problema de la emigración
V.
ELEMENTOS PARA UNA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO
24. Particular cometido de
la Iglesia
25. El trabajo como participación en
la obra del Creador
26. Cristo, el hombre
del trabajo
27. El trabajo humano a la
luz de la cruz y resurrección de Cristo
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imprimir, puedes descargarlo en tu escritorio dando un click aquí.
Laborem exercens
a los venerables
Hermanos en el Episcopado
a los Sacerdotes
a las Familias religiosas
a
los Hijos e Hijas de la Iglesia
y a todos
los Hombres de Buena Voluntad
sobre el Trabajo Humano
en el
90 aniversario de la
Rerum Novarum
1981.09.14
Ioannes Paulus PP. II
BENDICIÓN
Venerables hermanos,
amadísimos hijos e hijas
salud y
Bendición Apostólica
I. INTRODUCCIÓN
CON SU TRABAJO el
hombre ha de procurarse el pan cotidiano, 1contribuir al continuo
progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo
a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad
en la que vive en comunidad con sus hermanos. Y
«trabajo» significa todo tipo de acción realizada por el hombre
independientemente de sus características o circunstancias; significa toda actividad humana
que se puede o se debe reconocer como trabajo entre
las múltiples actividades de las que el hombre es capaz
y a las que está predispuesto por la naturaleza misma
en virtud de su humanidad. Hecho a imagen y semejanza
de Dios 2en el mundo visible y puesto en él
para que dominase la tierra, 3el hombre está por ello,
desde el principio, llamado al trabajo. El trabajo es una
de las características que distinguen al hombre del resto de
las criaturas, cuya actividad, relacionada con el mantenimiento de la
vida, no puede llamarse trabajo; solamente el hombre es capaz
de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a
la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra.
De este modo el trabajo lleva en sí un signo
particular del hombre y de la humanidad, el signo de
la persona activa en medio de una comunidad de personas;
este signo determina su característica interior y constituye en cierto
sentido su misma naturaleza.
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1. El trabajo humano 90 años después de la
«Rerum novarum»
Habiéndose cumplido, el 15 de mayo del
año en curso, noventa años desde la publicación —por obra
de León XIII, el gran Pontífice de la «cuestión social»—
de aquella Encíclica de decisiva importancia, que comienza con las
palabras Rerum Novarum, deseo dedicar este documento precisamente al trabajo
humano, y más aún deseo dedicarlo al hombre en el
vasto contexto de esa realidad que es el trabajo. En
efecto, si como he dicho en la Encíclica Redemptor Hominis,
publicada al principio de mi servicio en la sede romana
de San Pedro, el hombre «es el camino primero y
fundamental de la Iglesia», 4y ello precisamente a causa del
insondable misterio de la Redención en Cristo, entonces hay que
volver sin cesar a este camino y proseguirlo siempre nuevamente
en sus varios aspectos en los que se revela toda
la riqueza y a la vez toda la fatiga de
la existencia humana sobre la tierra.
El trabajo es uno
de estos aspectos, perenne y fundamental, siempre actual y que
exige constantemente una renovada atención y un decidido testimonio. Porque
surgen siempre nuevos interrogantes y problemas, nacen siempre nuevas esperanzas,
pero nacen también temores y amenazas relacionadas con esta dimensión
fundamental de la existencia humana, de la que la vida
del hombre está hecha cada día, de la que deriva
la propia dignidad específica y en la que a la
vez está contenida la medida incesante de la fatiga humana,
del sufrimiento y también del daño y de la injusticia
que invaden profundamente la vida social dentro de cada Nación
y a escala internacional. Si bien es verdad que el
hombre se nutre con el pan del trabajo de sus
manos, 5es decir, no sólo de ese pan de cada
día que mantiene vivo su cuerpo, sino también del pan
de la ciencia y del progreso, de la civilización y
de la cultura, entonces es también verdad perenne que él
se nutre de ese pan con el sudor de su
frente; 6o sea no sólo con el esfuerzo y la
fatiga personales, sino también en medio de tantas tensiones, conflictos
y crisis que, en relación con la realidad del trabajo,
trastocan la vida de cada sociedad y aun de toda
la humanidad.
Celebramos el 90° aniversario de la Encíclica Rerum
Novarum en vísperas de nuevos adelantos en las condiciones tecnológicas,
económicas y políticas que, según muchos expertos, influirán en el
mundo del trabajo y de la producción no menos de
cuanto lo hizo la revolución industrial del siglo pasado. Son
múltiples los factores de alcance general: la introducción generalizada de
la automatización en muchos campos de la producción, el aumento
del coste de la energía y de las materias básicas;
la creciente toma de conciencia de la limitación del patrimonio
natural y de su insoportable contaminación; la aparición en la
escena política de pueblos que, tras siglos de sumisión, reclaman
su legítimo puesto entre las naciones y en las decisiones
internacionales. Estas condiciones y exigencias nuevas harán necesaria una reorganización
y revisión de las estructuras de la economía actual, así
como de la distribución del trabajo. Tales cambios podrán quizás
significar por desgracia, para millones de trabajadores especializados, desempleo, al
menos temporal, o necesidad de nueva especialización; conllevarán muy probablemente
una disminución o crecimiento menos rápido del bienestar material para
los Países más desarrollados; pero podrán también proporcionar respiro y
esperanza a millones de seres que viven hoy en condiciones
de vergonzosa e indigna miseria.
No corresponde a la Iglesia
analizar científicamente las posibles consecuencias de tales cambios en la
convivencia humana. Pero la Iglesia considera deber suyo recordar siempre
la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo,
denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos,
y contribuir a orientar estos cambios para que se realice
un auténtico progreso del hombre y de la sociedad.
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2. En una línea
de desarrollo orgánico de la acción y enseñanza social de
la Iglesia
Ciertamente el trabajo, en cuanto problema del
hombre, ocupa el centro mismo de la «cuestión social», a
la que durante los casi cien años transcurridos desde la
publicación de la mencionada Encíclica se dirigen de modo especial
las enseñanzas de la Iglesia y las múltiples iniciativas relacionadas
con su misión apostólica. Si deseo concentrar en ellas estas
reflexiones, quiero hacerlo no de manera diversa, sino más bien
en conexión orgánica con toda la tradición de tales enseñanzas
e iniciativas. Pero a la vez hago esto siguiendo las
orientaciones del Evangelio, para sacar del patrimonio del Evangelio «cosas
nuevas y cosas viejas». 7Ciertamente el trabajo es «cosa antigua»,
tan antigua como el hombre y su vida sobre la
tierra. La situación general del hombre en el mundo contemporáneo,
considerada y analizada en sus varios aspectos geográficos, de cultura
y civilización, exige sin embargo que se descubran los nuevos
significados del trabajo humano y que se formulen asimismo los
nuevos cometidos que en este campo se brindan a cada
hombre, a cada familia, a cada Nación, a todo el
género humano y, finalmente, a la misma Iglesia.
En el
espacio de los años que nos separan de la publicación
de la Encíclica Rerum Novarum, la cuestión social no ha
dejado de ocupar la atención de la Iglesia. Prueba de
ello son los numerosos documentos del Magisterio, publicados por los
Pontífices, así como por el Concilio Vaticano II. Prueba asimismo
de ello son las declaraciones de los Episcopados o la
actividad de los diversos centros de pensamiento y de iniciativas
concretas de apostolado, tanto a escala internacional como a escala
de Iglesias locales. Es difícil enumerar aquí detalladamente todas las
manifestaciones del vivo interés de la Iglesia y de los
cristianos por la cuestión social, dado que son muy numerosas.
Como fruto del Concilio, el principal centro de coordinación en
este campo ha venido a ser la Pontificia Comisión Justicia
y Paz, la cual cuenta con Organismos correspondientes en el
ámbito de cada Conferencia Episcopal. El nombre de esta institución
es muy significativo: indica que la cuestión social debe ser
tratada en su dimensión integral y compleja. El compromiso en
favor de la justicia debe estar íntimamente unido con el
compromiso en favor de la paz en el mundo contemporáneo.
Y ciertamente se ha pronunciado en favor de este doble
cometido la dolorosa experiencia de las dos grandes guerras mundiales,
que, durante los últimos 90 años, han sacudido a muchos
Países tanto del continente europeo como, al menos en parte,
de otros continentes. Se manifiesta en su favor, especialmente después
del final de la segunda guerra mundial, la permanente amenaza
de una guerra nuclear y la perspectiva de la terrible
autodestrucción que deriva de ella.
Si seguimos la línea principal
del desarrollo de los documentos del supremo Magisterio de la
Iglesia, encontramos en ellos la explícita confirmación de tal planteamiento
del problema. La postura clave, por lo que se refiere
a la cuestión de la paz en el mundo, es
la de la Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII.
Si se considera en cambio la evolución de la cuestión
de la justicia social, ha de notarse que, mientras en
el período comprendido entre la Rerum Novarum y la Quadragesimo
Anno de Pío XI, las enseñanzas de la Iglesia se
concentran sobre todo en torno a la justa solución de
la llamada cuestión obrera, en el ámbito de cada Nación
y, en la etapa posterior, amplían el horizonte a dimensiones
mundiales. La distribución desproporcionada de riqueza y miseria, la existencia
de Países y Continentes desarrollados y no desarrollados, exigen una
justa distribución y la búsqueda de vías para un justo
desarrollo de todos. En esta dirección se mueven las enseñanzas
contenidas en la Encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII,
en la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano
II y en la Encíclica Populorum Progressio de Pablo VI.
Esta dirección de desarrollo de las enseñanzas y del compromiso
de la Iglesia en la cuestión social, corresponde exactamente al
reconocimiento objetivo del estado de las cosas. Si en el
pasado, como centro de tal cuestión, se ponía de relieve
ante todo el problema de la «clase», en época más
reciente se coloca en primer plano el problema del «mundo».
Por lo tanto, se considera no sólo el ámbito de
la clase, sino también el ámbito mundial de la desigualdad
y de la injusticia; y, en consecuencia, no sólo la
dimensión de clase, sino la dimensión mundial de las tareas
que llevan a la realización de la justicia en el
mundo contemporáneo. Un análisis completo de la situación del mundo
contemporáneo ha puesto de manifiesto de modo todavía más profundo
y más pleno el significado del análisis anterior de las
injusticias sociales; y es el significado que hoy se debe
dar a los esfuerzos encaminados a construir la justicia sobre
la tierra, no escondiendo con ello las estructuras injustas, sino
exigiendo un examen de las mismas y su transformación en
una dimensión más universal.
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3. El problema del trabajo, clave de la cuestión
social
En medio de todos estos procesos —tanto del
diagnóstico de la realidad social objetiva como también de las
enseñanzas de la Iglesia en el ámbito de la compleja
y variada cuestión social— el problema del trabajo humano aparece
naturalmente muchas veces. Es, de alguna manera, un elemento fijo
tanto de la vida social como de las enseñanzas de
la Iglesia. En esta enseñanza, sin embargo, la atención al
problema se remonta más allá de los últimos noventa años.
En efecto, la doctrina social de la Iglesia tiene su
fuente en la Sagrada Escritura, comenzando por el libro del
Génesis y, en particular, en el Evangelio y en los
escritos apostólicos. Esa doctrina perteneció desde el principio a la
enseñanza de la Iglesia misma, a su concepción del hombre
y de la vida social y, especialmente, a la moral
social elaborada según las necesidades de las distintas épocas. Este
patrimonio tradicional ha sido después heredado y desarrollado por las
enseñanzas de los Pontífices sobre la moderna «cuestión social», empezando
por la Encíclica Rerum Novarum. En el contexto de esta
«cuestión», la profundización del problema del trabajo ha experimentado una
continua puesta al día conservando siempre aquella base cristiana de
verdad que podemos llamar perenne.
Si en el presente documento
volvemos de nuevo sobre este problema —sin querer por lo
demás tocar todos los argumentos que a él se refieren—
no es para recoger y repetir lo que ya se
encuentra en las enseñanzas de la Iglesia, sino más bien
para poner de relieve —quizá más de lo que se
ha hecho hasta ahora— que el trabajo humano es una
clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social,
si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista
del bien del hombre. Y si la solución, o mejor,
la solución gradual de la cuestión social, que se presenta
de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja,
debe buscarse en la dirección de «hacer la vida humana
más humana», 8entonces la clave, que es el trabajo humano,
adquiere una importancia fundamental y decisiva.
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II. EL TRABAJO Y EL HOMBRE
4. En el libro del Génesis
La
Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión
fundamental de la existencia del hombre en la tierra. Ella
se confirma en esta convicción considerando también todo el patrimonio
de las diversas ciencias dedicadas al estudio del hombre: la
antropología, la paleontología, la historia, la sociología, la sicología, etc.;
todas parecen testimoniar de manera irrefutable esta realidad. La Iglesia,
sin embargo, saca esta convicción sobre todo de la fuente
de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo
que es una convicción de la inteligencia adquiere a la
vez el carácter de una convicción de fe. El motivo
es que la Iglesia —vale la pena observarlo desde ahora—
cree en el hombre: ella piensa en el hombre y
se dirige a él no sólo a la luz de
la experiencia histórica, no sólo con la ayuda de los
múltiples métodos del conocimiento científico, sino ante todo a la
luz de la palabra revelada del Dios vivo. Al hacer
referencia al hombre, ella trata de expresar los designios eternos
y los destinos trascendentes que el Dios vivo, Creador y
Redentor ha unido al hombre.
La Iglesia halla ya en
las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de
su convicción según la cual el trabajo constituye una dimensión
fundamental de la existencia humana sobre la tierra. El análisis
de estos textos nos hace conscientes a cada uno del
hecho de que en ellos —a veces aun manifestando el
pensamiento de una manera arcaica— han sido expresadas las verdades
fundamentales sobre el hombre, ya en el contexto del misterio
de la Creación. Estas son las verdades que deciden acerca
del hombre desde el principio y que, al mismo tiempo,
trazan las grandes líneas de su existencia en la tierra,
tanto en el estado de justicia original como también después
de la ruptura, provocada por el pecado, de la alianza
original del Creador con lo creado, en el hombre. Cuando
éste, hecho «a imagen de Dios... varón y hembra», 9siente
las palabras: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla
», 10 aunque estas palabras no se refieren directa y
explícitamente al trabajo, indirectamente ya se lo indican sin duda
alguna como una actividad a desarrollar en el mundo. Más
aún, demuestran su misma esencia más profunda. El hombre es
la imagen de Dios, entre otros motivos por el mandato
recibido de su Creador de someter y dominar la tierra.
En la realización de este mandato, el hombre, todo ser
humano, refleja la acción misma del Creador del universo.
El
trabajo entendido como una actividad «transitiva», es decir, de tal
naturaleza que, empezando en el sujeto humano, está dirigida hacia
un objeto externo, supone un dominio específico del hombre sobre
la «tierra» y a la vez confirma y desarrolla este
dominio. Está claro que con el término «tierra», del que
habla el texto bíblico, se debe entender ante todo la
parte del universo visible en el que habita el hombre;
por extensión sin embargo, se puede entender todo el mundo
visible, dado que se encuentra en el radio de influencia
del hombre y de su búsqueda por satisfacer las propias
necesidades. La expresión «someter la tierra» tiene un amplio alcance.
Indica todos los recursos que la tierra (e indirectamente el
mundo visible) encierra en sí y que, mediante la actividad
consciente del hombre, pueden ser descubiertos y oportunamente usados. De
esta manera, aquellas palabras, puestas al principio de la Biblia,
no dejan de ser actuales. Abarcan todas las épocas pasadas
de la civilización y de la economía, así como toda
la realidad contemporánea y las fases futuras del desarrollo, las
cuales, en alguna medida, quizás se están delineando ya, aunque
en gran parte permanecen todavía casi desconocidas o escondidas para
el hombre.
Si a veces se habla de período de
«aceleración» en la vida económica y en la civilización de
la humanidad o de las naciones, uniendo estas «aceleraciones» al
progreso de la ciencia y de la técnica, y especialmente
a los descubrimientos decisivos para la vida socio-económica, se puede
decir al mismo tiempo que ninguna de estas «aceleraciones» supera
el contenido esencial de lo indicado en ese antiquísimo texto
bíblico. Haciéndose —mediante su trabajo— cada vez más dueño de
la tierra y confirmando todavía —mediante el trabajo— su dominio
sobre el mundo visible, el hombre en cada caso y
en cada fase de este proceso se coloca en la
línea del plan original del Creador; lo cual está necesaria
e indisolublemente unido al hecho de que el hombre ha
sido creado, varón y hembra, «a imagen de Dios». Este
proceso es, al mismo tiempo, universal: abarca a todos los
hombres, a cada generación, a cada fase del desarrollo económico
y cultural, y a la vez es un proceso que
se actúa en cada hombre, en cada sujeto humano consciente.
Todos y cada uno están comprendidos en él con temporáneamente.
Todos y cada uno, en una justa medida y en
un número incalculable de formas, toman parte en este gigantesco
proceso, mediante el cual el hombre «somete la tierra» con
su trabajo.
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5.
El trabajo en sentido objetivo: la técnica
Esta universalidad
y a la vez esta multiplicidad del proceso de «someter
la tierra» iluminan el trabajo del hombre, ya que el
dominio del hombre sobre la tierra se realiza en el
trabajo y mediante el trabajo. Emerge así el significado del
trabajo en sentido objetivo, el cual halla su expresión en
las varias épocas de la cultura y de la civilización.
El hombre domina ya la tierra por el hecho de
que domestica los animales, los cría y de ellos saca
el alimento y vestido necesarios, y por el hecho de
que puede extraer de la tierra y de los mares
diversos recursos naturales. Pero mucho más «somete la tierra», cuando
el hombre empieza a cultivarla y posteriormente elabora sus productos,
adaptándolos a sus necesidades. La agricultura constituye así un campo
primario de la actividad económica y un factor indispensable de
la producción por medio del trabajo humano. La industria, a
su vez, consistirá siempre en conjugar las riquezas de la
tierra —los recursos vivos de la naturaleza, los productos de
la agricultura, los recursos minerales o químicos— y el trabajo
del hombre, tanto el trabajo físico como el intelectual. Lo
cual puede aplicarse también en cierto sentido al campo de
la llamada industria de los servicios y al de la
investigación, pura o aplicada.
Hoy, en la industria y en
la agricultura la actividad del hombre ha dejado de ser,
en muchos casos, un trabajo prevalentemente manual, ya que la
fatiga de las manos y de los músculos es ayudada
por máquinas y mecanismos cada vez más perfeccionados. No solamente
en la industria, sino también en la agricultura, somos testigos
de las transformaciones llevadas a cabo por el gradual y
continuo desarrollo de la ciencia y de la técnica. Lo
cual, en su conjunto, se ha convertido históricamente en una
causa de profundas transformaciones de la civilización, desde el origen
de la «era industrial» hasta las sucesivas fases de desarrollo
gracias a las nuevas técnicas, como las de la electrónica
o de los microprocesadores de los últimos años.
Aunque pueda
parecer que en el proceso industrial «trabaja» la máquina mientras
el hombre solamente la vigila, haciendo posible y guiando de
diversas maneras su funcionamiento, es verdad también que precisamente por
ello el desarrollo industrial pone la base para plantear de
manera nueva el problema del trabajo humano. Tanto la primera
industrialización, que creó la llamada cuestión obrera, como los sucesivos
cambios industriales y postindustriales, demuestran de manera elocuente que, también
en la época del «trabajo» cada vez más mecanizado, el
sujeto propio del trabajo sigue siendo el hombre.
El desarrollo
de la industria y de los diversos sectores relacionados con
ella —hasta las más modernas tecnologías de la electrónica, especialmente
en el terreno de la miniaturización, de la informática, de
la telemática y otros— indica el papel de primerísima importancia
que adquiere, en la interacción entre el sujeto y objeto
del trabajo (en el sentido más amplio de esta palabra),
precisamente esa aliada del trabajo, creada por el cerebro humano,
que es la técnica. Entendida aquí no como capacidad o
aptitud para el trabajo, sino como un conjunto de instrumentos
de los que el hombre se vale en su trabajo,
la técnica es indudablemente una aliada del hombre. Ella le
facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica.
Ella fomenta el aumento de la cantidad de productos del
trabajo y perfecciona incluso la calidad de muchos de ellos.
Es un hecho, por otra parte, que a veces, la
técnica puede transformarse de aliada en adversaria del hombre, como
cuando la mecanización del trabajo «suplanta» al hombre, quitándole toda
satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y responsabilidad;
cuando quita el puesto de trabajo a muchos trabajadores antes
ocupados, o cuando mediante la exaltación de la máquina reduce
al hombre a ser su esclavo.
Si las palabras bíblicas
«someted la tierra», dichas al hombre desde el principio, son
entendidas en el contexto de toda la época moderna, industrial
y postindustrial, indudablemente encierran ya en sí una relación con
la técnica, con el mundo de mecanismos y máquinas que
es el fruto del trabajo del cerebro humano y la
confirmación histórica del dominio del hombre sobre la naturaleza.
La
época reciente de la historia de la humanidad, especialmente la
de algunas sociedades, conlleva una justa afirmación de la técnica
como un coeficiente fundamental del progreso económico; pero al mismo
tiempo, con esta afirmación han surgido y continúan surgiendo los
interrogantes esenciales que se refieren al trabajo humano en relación
con el sujeto, que es precisamente el hombre. Estos interrogantes
encierran una carga particular de contenidos y tensiones de carácter
ético y ético-social. Por ello constituyen un desafío continuo para
múltiples instituciones, para los Estados y para los gobiernos, para
los sistemas y las organizaciones internacionales; constituyen también un desafío
para la Iglesia.
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6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto del
trabajo
Para continuar nuestro análisis del trabajo en relación
con la palabras de la Biblia, en virtud de las
cuales el hombre ha de someter la tierra, hemos de
concentrar nuestra atención sobre el trabajo en sentido subjetivo, mucho
más de cuanto lo hemos hecho hablando acerca del significado
objetivo del trabajo, tocando apenas esa vasta problemática que conocen
perfecta y detalladamente los hombres de estudio en los diversos
campos y también los hombres mismos del trabajo según sus
especializaciones. Si las palabras del libro del Génesis, a las
que nos referimos en este análisis, hablan indirectamente del trabajo
en sentido objetivo, a la vez hablan también del sujeto
del trabajo; y lo que dicen es muy elocuente y
está lleno de un gran significado.
El hombre debe someter
la tierra, debe dominarla, porque como «imagen de Dios» es
una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar
de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de
sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como
persona, el hombre es pues sujeto del trabajo. Como persona
él trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo;
éstas, independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas
ellas a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de
esa vocación de persona, que tiene en virtud de su
misma humanidad. Las principales verdades sobre este tema han sido
últimamente recordadas por el Concilio Vaticano II en la Constitución
Gaudium et Spes, sobre todo en el capítulo I, dedicado
a la vocación del hombre.
Así ese «dominio» del que
habla el texto bíblico que estamos analizando, se refiere no
sólo a la dimensión objetiva del trabajo, sino que nos
introduce contemporáneamente en la comprensión de su dimensión subjetiva. El
trabajo entendido como proceso mediante el cual el hombre y
el género humano someten la tierra, corresponde a este concepto
fundamental de la Biblia sólo cuando al mismo tiempo, en
todo este proceso, el hombre se manifiesta y confirma como
el que «domina». Ese dominio se refiere en cierto sentido
a la dimensión subjetiva más que a la objetiva: esta
dimensión condiciona la misma esencia ética del trabajo. En efecto
no hay duda de que el trabajo humano tiene un
valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al
hecho de que quien lo lleva a cabo es una
persona, un sujeto consciente y libre, es decir, un sujeto
que decide de sí mismo.
Esta verdad, que constituye en
cierto sentido el meollo fundamental y perenne de la doctrina
cristiana sobre el trabajo humano, ha tenido y sigue teniendo
un significado primordial en la formulación de los importantes problemas
sociales que han interesado épocas enteras.
La edad antigua introdujo
entre los hombres una propia y típica diferenciación en gremios,
según el tipo de trabajo que realizaban. El trabajo que
exigía de parte del trabajador el uso de sus fuerzas
físicas, el trabajo de los músculos y manos, era considerado
indigno de hombres libres y por ello era ejecutado por
los esclavos. El cristianismo, ampliando algunos aspectos ya contenidos en
el Antiguo Testamento, ha llevado a cabo una fundamental transformación
de conceptos, partiendo de todo el contenido del mensaje evangélico
y sobre todo del hecho de que Aquel, que siendo
Dios se hizo semejante a nosotros en todo, 11 dedicó
la mayor parte de los años de su vida terrena
al trabajo manual junto al banco del carpintero. Esta circunstancia
constituye por sí sola el más elocuente «Evangelio del trabajo»,
que manifiesta cómo el fundamento para determinar el valor del
trabajo humano no es en primer lugar el tipo de
trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien
lo ejecuta es una persona. Las fuentes de la dignidad
del trabajo deben buscarse principalmente no en su dimensión objetiva,
sino en su dimensión subjetiva.
En esta concepción desaparece casi
el fundamento mismo de la antigua división de los hombres
en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen.
Esto no quiere decir que el trabajo humano, desde el
punto de vista objetivo, no pueda o no deba ser
de algún modo valorizado y cualificado. Quiere decir solamente que
el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre
mismo, su sujeto. A esto va unida inmediatamente una consecuencia
muy importante de naturaleza ética: es cierto que el hombre
está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el
trabajo está «en función del hombre» y no el hombre
«en función del trabajo». Con esta conclusión se llega justamente
a reconocer la preeminencia del significado subjetivo del trabajo sobre
el significado objetivo. Dado este modo de entender, y suponiendo
que algunos trabajos realizados por los hombres puedan tener un
valor objetivo más o menos grande, sin embargo queremos poner
en evidencia que cada uno de ellos se mide sobre
todo con el metro de la dignidad del sujeto mismo
del trabajo, o sea de la persona, del hombre que
lo realiza. A su vez, independientemente del trabajo que cada
hombre realiza, y suponiendo que ello constituya una finalidad —a
veces muy exigente— de su obrar, esta finalidad no posee
un significado definitivo por sí mismo. De hecho, en fin
de cuentas, la finalidad del trabajo, de cualquier trabajo realizado
por el hombre —aunque fuera el trabajo «más corriente», más
monótono en la escala del modo común de valorar, e
incluso el que más margina— permanece siempre el hombre mismo.
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7. Una amenaza
al justo orden de los valores
Precisamente estas afirmaciones
básicas sobre el trabajo han surgido siempre de la riqueza
de la verdad cristiana, especialmente del mensaje mismo del «Evangelio
del trabajo», creando el fundamento del nuevo modo humano de
pensar, de valorar y de actuar. En la época moderna,
desde el comienzo de la era industrial, la verdad cristiana
sobre el trabajo debía contraponerse a las diversas corrientes del
pensamiento materialista y «economicista».
Para algunos fautores de tales ideas,
el trabajo se entendía y se trataba como una especie
de «mercancía», que el trabajador —especialmente el obrero de la
industria— vende al empresario, que es a la vez poseedor
del capital, o sea del conjunto de los instrumentos de
trabajo y de los medios que hacen posible la producción.
Este modo de entender el trabajo se difundió, de modo
particular, en la primera mitad del siglo XIX. A continuación,
las formulaciones explícitas de este tipo casi han ido desapareciendo,
cediendo a un modo más humano de pensar y valorar
el trabajo. La interacción entre el hombre del trabajo y
el conjunto de los instrumentos y de los medios de
producción ha dado lugar al desarrollo de diversas formas de
capitalismo —paralelamente a diversas formas de colectivismo— en las que
se han insertado otros elementos socio-económicos como consecuencia de nuevas
circunstancias concretas, de la acción de las asociaciones de lostrabajadores
y de los poderes públicos, así como de la entrada
en acción de grandes empresas transnacionales. A pesar de todo,
el peligro de considerar el trabajo como una «mercancia sui
generis», o como una anónima «fuerza» necesaria para la producción
(se habla incluso de «fuerza-trabajo»), existe siempre, especialmente cuando toda
la visual de la problemática económica esté caracterizada por las
premisas del economismo materialista.
Una ocasión sistemática y, en cierto
sentido, hasta un estímulo para este modo de pensar y
valorar está constituido por el acelerado proceso de desarrollo de
la civilización unilateralmente materialista, en la que se da importancia
primordial a la dimensión objetiva del trabajo, mientras la subjetiva
—todo lo que se refiere indirecta o directamente al mismo
sujeto del trabajo— permanece a un nivel secundario. En todos
los casos de este género, en cada situación social de
este tipo se da una confusión, e incluso una inversión
del orden establecido desde el comienzo con las palabras del
libro del Génesis: el hombre es considerado como un instrumento
de producción ,12 mientras él, —él solo, independientemente del trabajo
que realiza— debería ser tratado como sujeto eficiente y su
verdadero artífice y creador. Precisamente tal inversión de orden, prescindiendo
del programa y de la denominación según la cual se
realiza, merecería el nombre de «capitalismo» en el sentido indicado
más adelante con mayor amplitud. Se sabe que el capitalismo
tiene su preciso significado histórico como sistema, y sistema económico-social,
en contraposición al «socialismo» o «comunismo». Pero, a la luz
del análisis de la realidad fundamental del entero proceso económico
y, ante todo, de la estructura de producción —como es
precisamente el trabajo— conviene reconocer que el error del capitalismo
primitivo puede repetirse dondequiera que el hombre sea tratado de
alguna manera a la par de todo el complejo de
los medios materiales de producción, como un instrumento y no
según la verdadera dignidad de su trabajo, o sea como
sujeto y autor, y, por consiguiente, como verdadero fin de
todo el proceso productivo.
Se comprende así cómo el análisis
del trabajo humano hecho a la luz de aquellas palabras,
que se refieren al «dominio» del hombre sobre la tierra,
penetra hasta el centro mismo de la problemática ético-social. Esta
concepción debería también encontrar un puesto central en toda la
esfera de la política social y económica, tanto en el
ámbito de cada uno de los países, como en el
más amplio de las relaciones internacionales e intercontinentales, con particular
referencia a las tensiones, que se delinean en el mundo
no sólo en el eje Oriente-Occidente, sino también en el
del Norte-Sur. Tanto el Papa Juan XXIII en la Encíclica
Mater et Magistra como Pablo VI en la Populorum Progressio
han dirigido una decidida atención a estas dimensiones de la
problemática ético-social contemporánea.
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8. Solidaridad de los hombres del trabajo
Si se
trata del trabajo humano en la fundamental dimensión de su
sujeto, o sea del hombrepersona que ejecuta un determinado trabajo,
se debe bajo este punto de vista hacer por lo
menos una sumaria valoración de las transformaciones que, en los
90 años que nos separan de la Rerum Novarum, han
acaecido en relación con el aspecto subjetivo del trabajo. De
hecho aunque el sujeto del trabajo sea siempre el mismo,
o sea el hombre, sin embargo en el aspecto objetivo
se verifican transformaciones notables. Aunque se pueda decir que el
trabajo, a causa de su sujeto, es uno (uno y
cada vez irrepetible) sin embargo, considerando sus direcciones objetivas, hay
que constatar que existen muchos trabajos: tantos trabajos distintos. El
desarrollo de la civilización humana conlleva en este campo un
enriquecimiento continuo. Al mismo tiempo, sin embargo, no se puede
dejar de notar cómo en el proceso de este desarrollo
no sólo aparecen nuevas formas de trabajo, sino que también
otras desaparecen. Aun concediendo que en línea de máxima sea
esto un fenómeno normal, hay que ver todavía si no
se infiltran en él, y en qué manera, ciertas irregularidades,
que por motivos ético-sociales pueden ser peligrosas.
Precisamente, a raíz
de esta anomalía de gran alcance surgió en el siglo
pasado la llamada cuestión obrera, denominada a veces «cuestión proletaria».
Tal cuestión —con los problemas anexos a ella— ha dado
origen a una justa reacción social, ha hecho surgir y
casi irrumpir un gran impulso de solidaridad entre los hombres
del trabajo y, ante todo, entre los trabajadores de la
industria. La llamada a la solidaridad y a la acción
común, lanzada a los hombres del trabajo —sobre todo a
los del trabajo sectorial, monótono, despersonalizador en los complejos industriales,
cuando la máquina tiende a dominar sobre el hombre— tenía
un importante valor y su elocuencia desde el punto de
vista de la ética social. Era la reacción contra la
degradación del hombre como sujeto del trabajo, y contra la
inaudita y concomitante explotación en el campo de las ganancias,
de las condiciones de trabajo y de previdencia hacia la
persona del trabajador. Semejante reacción ha reunido al mundo obrero
en una comunidad caracterizada por una gran solidaridad.
Tras las
huellas de la Encíclica Rerum Novarum y de muchos documentos
sucesivos del Magisterio de la Iglesia se debe reconocer francamente
que fue justificada, desde la óptica de la moral social,
la reacción contra el sistema de injusticia y de daño,
que pedía venganza al cielo, 13 y que pesaba sobre
el hombre del trabajo en aquel período de rápida industrialización.
Esta situación estaba favorecida por el sistema socio-político liberal que,
según sus premisas de economismo, reforzaba y aseguraba la iniciativa
económica de los solos poseedores del capital, y no se
preocupaba suficientemente de los derechos del hombre del trabajo, afirmando
que el trabajo humano es solamente instrumento de producción, y
que el capital es el fundamento, el factor eficiente, y
el fin de la producción.
Desde entonces la solidaridad de
los hombres del trabajo, junto con una toma de conciencia
más neta y más comprometida sobre los derechos de los
trabajadores por parte de los demás, ha dado lugar en
muchos casos a cambios profundos. Se han ido buscando diversos
sistemas nuevos. Se han desarrollado diversas formas de neocapitalismo o
de colectivismo. Con frecuencia los hombres del trabajo pueden participar,
y efectivamente participan, en la gestión y en el control
de la productividad de las empresas. Por medio de asociaciones
adecuadas, ellos influyen en las condiciones de trabajo y de
remuneración, así como en la legislación social. Pero al mismo
tiempo, sistemas ideológicos o de poder, así como nuevas relaciones
surgidas a distintos niveles de la convivencia humana, han dejado
perdurar injusticias flagrantes o han provocado otras nuevas. A escala
mundial, el desarrollo de la civilización y de las comunicaciones
ha hecho posible un diagnóstico más completo de las condiciones
de vida y del trabajo del hombre en toda la
tierra, y también ha manifestado otras formas de injusticia mucho
más vastas de las que, en el siglo pasado, fueron
un estímulo a la unión de los hombres del trabajo
para una solidaridad particular en el mundo obrero. Así ha
ocurrido en los Países que han llevado ya a cabo
un cierto proceso de revolución industrial; y así también en
los Países donde el lugar primordial de trabajo sigue estando
en el cultivo de la tierra u otras ocupaciones similares.
Movimientos de solidaridad en el campo del trabajo —de una
solidaridad que no debe ser cerrazón al diálogo y a
la colaboración con los demás —pueden ser necesarios incluso con
relación a las condiciones de grupos sociales que antes no
estaban comprendidos en tales movimientos, pero que sufren, en los
sistemas sociales y en las condiciones de vida que cambian,
una «proletarización» efectiva o, más aún, se encuentran ya realmente
en la condición de «proletariado», la cual, aunque no es
conocida todavía con este nombre, lo merece de hecho. En
esa condición pueden encontrarse algunas categorías o grupos de la
«inteligencia» trabajadora, especialmente cuando junto con el acceso cada vez
más amplio a la instrucción, con el número cada vez
más numeroso de personas, que han conseguido un diploma por
su preparación cultural, disminuye la demanda de su trabajo. Tal
desocupación de los intelectuales tiene lugar o aumenta cuando la
instrucción accesible no está orientada hacia los tipos de empleo
o de servicios requeridos por las verdaderas necesidades de la
sociedad, o cuando el trabajo para el que se requiere
la instrucción, al menos profesional, es menos buscado o menos
pagado que un trabajo manual. Es obvio que la instrucción
de por sí constituye siempre un valor y un enriquecimiento
importante de la persona humana; pero no obstante, algunos procesos
de «proletarización» siguen siendo posibles independientemente de este hecho.
Por
eso, hay que seguir preguntándose sobre el sujeto del trabajo
y las condiciones en las que vive. Para realizar la
justicia social en las diversas partes del mundo, en los
distintos Países, y en las relaciones entre ellos, son siempre
necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo
y de solidaridad con los hombres del trabajo. Esta solidaridad
debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación
social del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores,
y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre.
La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la
considera como su misión, su servicio, como verificación de su
fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la «Iglesia de
los pobres». Y los «pobres» se encuentran bajo diversas formas;
aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen en
muchos casos come resultado de la violación de la dignidad
del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades
del trabajo —es decir por la plaga del desempleo—, bien
porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen
del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la
seguridad de la persona del trabajador y de su familia.
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9. Trabajo -
dignidad de la persona
Continuando todavía en la perspectiva
del hombre como sujeto del trabajo, nos conviene tocar, al
menos sintéticamente, algunos problemas que definen con mayor aproximación la
dignidad del trabajo humano, ya que permiten distinguir más plenamente
su específico valor moral. Hay que hacer esto, teniendo siempre
presente la vocación bíblica a «dominar la tierra», 14 en
la que se ha expresado la voluntad del Creador, para
que el trabajo ofreciera al hombre la posibilidad de alcanzar
el «dominio» que le es propio en el mundo visible.
La intención fundamental y primordial de Dios respecto del hombre,
que Él «creó... a su semejanza, a su imagen», 15
no ha sido revocada ni anulada ni siquiera cuando el
hombre, después de haber roto la alianza original con Dios,
oyó las palabras: «Con el sudor de tu rostro comerás
el pan», 16 Estas palabras se refieren a la fatiga
a veces pesada, que desde entonces acompaña al trabajo humano;
pero no cambian el hecho de que éste es el
camino por el que el hombre realiza el «dominio», que
le es propio sobre el mundo visible «sometiendo» la tierra.
Esta fatiga es un hecho universalmente conocido, porque es universalmente
experimentado. Lo saben los hombres del trabajo manual, realizado a
veces en condiciones excepcionalmente pesadas. La saben no sólo los
agricultores, que consumen largas jornadas en cultivar la tierra, la
cual a veces «produce abrojos y espinas», 17 sino también
los mineros en las minas o en las canteras de
piedra, los siderúrgicos junto a sus altos hornos, los hombres
que trabajan en obras de albañilería y en el sector
de la construcción con frecuente peligro de vida o de
invalidez. Lo saben a su vez, los hombres vinculados a
la mesa de trabajo intelectual; lo saben los científicos; lo
saben los hombres sobre quienes pesa la gran responsabilidad de
decisiones destinadas a tener una vasta repercusión social. Lo saben
los médicos y los enfermeros, que velan día y noche
junto a los enfermos. Lo saben las mujeres, que a
veces sin un adecuado reconocimiento por parte de la sociedad
y de sus mismos familiares, soportan cada día la fatiga
y la responsabilidad de la casa y de la educación
de los hijos. Lo saben todos los hombres del trabajo
y, puesto que es verdad que el trabajo es una
vocación universal, lo saben todos los hombres.
No obstante, con
toda esta fatiga —y quizás, en un cierto sentido, debido
a ella— el trabajo es un bien del hombre. Si
este bien comporta el signo de un «bonum arduum», según
la terminología de Santo Tomás; 18 esto no quita que,
en cuanto tal, sea un bien del hombre. Y es
no sólo un bien «útil» o «para disfrutar», sino un
bien «digno», es decir, que corresponde a la dignidad del
hombre, un bien que expresa esta dignidad y la aumenta.
Queriendo precisar mejor el significado ético del trabajo, se debe
tener presente ante todo esta verdad. El trabajo es un
bien del hombre —es un bien de su humanidad—, porque
mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza
adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a
sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido
«se hace más hombre».
Si se prescinde de esta consideración
no se puede comprender el significado de la virtud de
la laboriosidad y más en concreto no se puede comprender
por qué la laboriosidad debería ser una virtud: en efecto,
la virtud, como actitud moral, es aquello por lo que
el hombre llega a ser bueno como hombre. 19 Este
hecho no cambia para nada nuestra justa preocupación, a fin
de que en el trabajo, mediante el cual la materia
es ennoblecida, el hombre mismo no sufra mengua en su
propia dignidad. 20 Es sabido además, que es posible usar
de diversos modos el trabajo contra el hombre, que se
puede castigar al hombre con el sistema de trabajos forzados
en los campos de concentración, que se puede hacer del
trabajo un medio de opresión del hombre, que, en fin,
se puede explotar de diversos modos el trabajo humano, es
decir, al hombre del trabajo. Todo esto da testimonio en
favor de la obligación moral de unir la laboriosidad como
virtud con el orden social del trabajo, que permitirá al
hombre «hacerse más hombre» en el trabajo, y no degradarse
a causa del trabajo, perjudicando no sólo sus fuerzas físicas
(lo cual, al menos hasta un cierto punto, es inevitable),
sino, sobre todo, menoscabando su propia dignidad y subjetividad.
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10. Trabajo y sociedad:
familia, nación
Confirmada de este modo la dimensión personal
del trabajo humano, se debe luego llegar al segundo ámbito
de valores, que está necesariamente unido a él. El trabajo
es el fundamento sobre el que se forma la vida
familiar, la cual es un derecho natural y una vocación
del hombre. Estos dos ámbitos de valores —uno relacionado con
el trabajo y otro consecuente con el carácter familiar de
la vida humana— deben unirse entre sí correctamente y correctamente
compenetrarse. El trabajo es, en un cierto sentido, una condición
para hacer posible la fundación de una familia, ya que
ésta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere
normalmente mediante el trabajo. Trabajo y laboriosidad condicionan a su
vez todo el proceso de educación dentro de la familia,
precisamente por la razón de que cada uno «se hace
hombre», entre otras cosas, mediante el trabajo, y ese hacerse
hombre expresa precisamente el fin principal de todo el proceso
educativo. Evidentemente aquí entran en juego, en un cierto sentido,
dos significados del trabajo: el que consiente la vida y
manutención de la familia, y aquel por el cual se
realizan los fines de la familia misma, especialmente la educación.
No obstante, estos dos significados del trabajo están unidos entre
sí y se complementan en varios puntos.
En conjunto se
debe recordar y afirmar que la familia constituye uno de
los puntos de referencia más importantes, según los cuales debe
formarse el orden socio-ético del trabajo humano. La doctrina de
la Iglesia ha dedicado siempre una atención especial a este
problema y en el presente documento convendrá que volvamos sobre
él. En efecto, la familia es, al mismo tiempo, una
comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela
interior de trabajo para todo hombre.
El tercer ámbito de
valores que emerge en la presente perspectiva —en la perspectiva
del sujeto del trabajo— se refiere a esa gran sociedad,
a la que pertenece el hombre en base a particulares
vínculos culturales e históricos. Dicha sociedad— aun cuando no ha
asumido todavía la forma madura de una nación— es no
sólo la gran «educadora» de cada hombre, aunque indirecta (porque
cada hombre asume en la familia los contenidos y valores
que componen, en su conjunto, la cultura de una determinada
nación), sino también una gran encarnación histórica y social del
trabajo de todas las generaciones. Todo esto hace que el
hombre concilie su más profunda identidad humana con la pertenencia
a la nación y entienda también su trabajo como incremento
del bien común elaborado juntamente con sus compatriotas, dándose así
cuenta de que por este camino el trabajo sirve para
multiplicar el patrimonio de toda la familia humana, de todos
los hombres que viven en el mundo.
Estos tres ámbitos
conservan permanentemente su importancia para el trabajo humano en su
dimensión subjetiva. Y esta dimensión, es decir la realidad concreta
del hombre del trabajo, tiene precedencia sobre la dimensión objetiva.
En su dimensión subjetiva se realiza, ante todo, aquel «dominio»
sobre el mundo de la naturaleza, al que el hombre
está llamado desde el principio según las palabras del libro
del Génesis. Si el proceso mismo de «someter la tierra»,
es decir, el trabajo bajo el aspecto de la técnica,
está marcado a lo largo de la historia y, especialmente
en los últimos siglos, por un desarrollo inconmensurable de los
medios de producción, entonces éste es un fenómeno ventajoso y
positivo, a condición de que la dimensión objetiva del trabajo
no prevalezca sobre la dimensión subjetiva, quitando al hombre o
disminuyendo su dignidad y sus derechos inalienables.
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III. CONFLICTO ENTRE TRABAJO Y
CAPITAL EN LA PRESENTE FASE HISTÓRICA
11. Dimensión
de este conflicto
El esbozo de la problemática fundamental
del trabajo, tal como se ha delineado más arriba haciendo
referencia a los primeros textos bíblicos, constituye así, en un
cierto sentido, la misma estructura portadora de la enseñanza de
la Iglesia, que se mantiene sin cambio a través de
los siglos, en el contexto de las diversas experiencias de
la historia. Sin embargo, en el transfondo de las experiencias
que precedieron y siguieron a la publicación de la Encíclica
Rerum Novarum, esa enseñanza adquiere una expresividad particular y una
elocuencia de viva actualidad. El trabajo aparece en este análisis
como una gran realidad, que ejerce un influjo fundamental sobre
la formación, en sentido humano del mundo dado al hombre
por el Creador y es una realidad estrechamente ligada al
hombre como al propio sujeto y a su obrar racional.
Esta realidad, en el curso normal de las cosas, llena
la vida humana e incide fuertemente sobre su valor y
su sentido. Aunque unido a la fatiga y al esfuerzo,
el trabajo no deja de ser un bien, de modo
que el hombre se desarrolla mediante el amor al trabajo.
Este carácter del trabajo humano, totalmente positivo y creativo, educativo
y meritorio, debe constituir el fundamento de las valoraciones y
de las decisiones, que hoy se toman al respecto, incluso
referidas a los derechos subjetivos del hombre, como atestiguan las
Declaraciones internacionales y también los múltiples Códigos del trabajo, elaborados
tanto por las competentes instituciones legisladoras de cada País, como
por las organizaciones que dedican su actividad social o también
científico-social a la problemática del trabajo. Un organismo que promueve
a nivel internacional tales iniciativas es la Organización Internacional del
Trabajo, la más antigua Institución especializada de la ONU.
En
la parte siguiente de las presentes consideraciones tengo intención de
volver de manera más detallada sobre estos importantes problemas, recordando
al menos los elementos fundamentales de la doctrina de la
Iglesia sobre este tema. Sin embargo antes conviene tocar un
ámbito mucho más importante de problemas, entre los cuales se
ha ido formando esta enseñanza en la última fase, es
decir en el período, cuya fecha, en cierto sentido simbólica,
es el año de la publicación de la Encíclica Rerum
Novarum.
Se sabe que en todo este período, que todavía
no ha terminado, el problema del trabajo ha sido planteado
en el contexto del gran conflicto, que en la época
del desarrollo industrial y junto con éste se ha manifestado
entre el «mundo del capital» y el «mundo del trabajo»,
es decir, entre el grupo restringido, pero muy influyente, de
los empresarios, propietarios o poseedores de los medios de producción
y la más vasta multitud de gente que no disponía
de estos medios, y que participaba, en cambio, en el
proceso productivo exclusivamente mediante el trabajo. Tal conflicto ha surgido
por el hecho de que los trabajadores, ofreciendo sus fuerzas
para el trabajo, las ponían a disposición del grupo de
los empresarios, y que éste, guiado por el principio del
máximo rendimiento, trataba de establecer el salario más bajo posible
para el trabajo realizado por los obreros. A esto hay
que añadir también otros elementos de explotación, unidos con la
falta de seguridad en el trabajo y también de garantías
sobre las condiciones de salud y de vida de los
obreros y de sus familias.
Este conflicto, interpretado por algunos
como un conflicto socio-económico con carácter de clase, ha encontrado
su expresión en el conflicto ideológico entre el liberalismo, entendido
como ideología del capitalismo, y el marxismo, entendido como ideología
del socialismo científico y del comunismo, que pretende intervenir como
portavoz de la clase obrera, de todo el proletariado mundial.
De este modo, el conflicto real, que existía entre el
mundo del trabajo y el mundo del capital, se ha
transformado en la lucha programada de clases , llevada con
métodos no sólo ideológicos, sino incluso, y ante todo, políticos.
Es conocida la historia de este conflicto, como conocidas son
también las exigencias de una y otra parte. El programa
marxista, basado en la filosofía de Marx y de Engels,
ve en la lucha de clases la única vía para
eliminar las injusticias de clase, existentes en la sociedad, y
las clases mismas. La realización de este programa antepone la
«colectivización » de los medios de producción, a fin de
que a través del traspaso de estos medios de los
privados a la colectividad, el trabajo humano quede preservado de
la explotación.
A esto tiende la lucha conducida con métodos
no sólo ideológicos, sino también políticos. Los grupos inspirados por
la ideología marxista como partidos políticos, tienden, en función del
principio de la «dictadura del proletariado», y ejerciendo influjos de
distinto tipo, comprendida la presión revolucionaria, al monopolio del poder
en cada una de las sociedades, para introducir en ellas,
mediante la supresión de la propiedad privada de los medios
de producción, el sistema colectivista. Según los principales ideólogos y
dirigentes de ese amplio movimiento internacional, el objetivo de ese
programa de acción es el de realizar la revolución social
e introducir en todo el mundo el socialismo y, en
definitiva, el sistema comunista.
Tocando este ámbito sumamente importante de
problemas que constituyen no sólo una teoría, sino precisamente un
tejido de vida socio-económica, política e internacional de nuestra época,no
se puede y ni siquiera es necesario entrar en detalles,
ya que éstos son conocidos sea por la vasta literatura,
sea por las experiencias prácticas. Se debe, en cambio, pasar
de su contexto al problema fundamental del trabajo humano, al
que se dedican sobre todo las consideraciones contenidas en el
presente documento. Al mismo tiempo pues, es evidente que este
problema capital, siempre desde el punto de vista del hombre,
—problema que constituye una de las dimensiones fundamentales de su
existencia terrena y de su vocación— no puede explicarse de
otro modo si no es teniendo en cuenta el pleno
contexto de la realidad contemporánea.
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12. Prioridad del trabajo
Ante la realidad
actual, en cuya estructura se encuentran profundamente insertos tantos conflictos,
causados por el hombre, y en la que los medios
técnicos —fruto del trabajo humano— juegan un papel primordial (piénsese
aquí en la perspectiva de un cataclismo mundial en la
eventualidad de una guerra nuclear con posibilidades destructoras casi inimaginables)
se debe ante todo recordar un principio enseñado siempre por
la Iglesia. Es el principio de la prioridad del «trabajo»
frente al «capital». Este principio se refiere directamente al proceso
mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre
una causa eficiente primaria, mientras el «capital», siendo el conjunto
de los medios de producción, es sólo un instrumento o
la causa instrumental. Este principio es una verdad evidente, que
se deduce de toda la experiencia histórica del hombre.
Cuando
en el primer capítulo de la Biblia oímos que el
hombre debe someter la tierra, sabemos que estas palabras se
refieren a todos los recursos que el mundo visible encierra
en sí, puestos a disposición del hombre. Sin embargo, tales
recursos no pueden servir al hombre si no es mediante
el trabajo. Con el trabajo ha estado siempre vinculado desde
el principio el problema de la propiedad: en efecto, para
hacer servir para sí y para los demás los recursos
escondidos en la naturaleza, el hombre tiene como único medio
su trabajo. Y para hacer fructificar estos recursos por medio
del trabajo, el hombre se apropia en pequeñas partes, de
las diversas riquezas de la naturaleza: del subsuelo, del mar,
de la tierra, del espacio. De todo esto se apropia
él convirtiéndolo en su puesto de trabajo.
Se lo apropia
por medio del trabajo y para tener un ulterior trabajo.
El mismo principio se aplica a las fases sucesivas de
este proceso, en el que la primera fase es siempre
la relación del hombre con los recursos y las riquezas
de la naturaleza. Todo el esfuerzo intelectual, que tiende a
descubrir estas riquezas, a especificar las diversas posibilidades de utilización
por parte del hombre y para el hombre, nos hace
ver que todo esto, que en la obra entera de
producción económica procede del hombre, ya sea el trabajo como
el conjunto de los medios de producción y la técnica
relacionada con éstos (es decir, la capacidad de usar estos
medios en el trabajo), supone estas riquezas y recursos del
mundo visibile, que el hombre encuentra, pero no crea. Él
los encuentra, en cierto modo, ya dispuestos, preparados para el
descubrimiento intelectual y para la utilización correcta en el proceso
productor. En cada fase del desarrollo de su trabajo, el
hombre se encuentra ante el hecho de la principal donación
por parte de la «naturaleza», y en definitiva por parte
del Creador. En el comienzo mismo del trabajo humano se
encuentra el misterio de la creación. Esta afirmación ya indicada
como punto de partida, constituye el hilo conductor de este
documento, y se desarrollará posteriormente en la última parte de
las presentes reflexiones.
La consideración sucesiva del mismo problema debe
confirmarnos en la convicción de la prioridad del trabajo humano
sobre lo que, en el transcurso del tiempo, se ha
solido llamar «capital». En efecto, si en el ámbito de
este último concepto entran, además de los recursos de la
naturaleza puestos a disposición del hombre, también el conjunto de
medios, con los cuales el hombre se apropia de ellos,
transformándolos según sus necesidades (y de este modo, en algún
sentido, «humanizándolos»), entonces se debe constatar aquí que el conjunto
de medios es fruto del patrimonio histórico del trabajo humano.
Todos los medios de producción, desde los más primitivos hasta
los ultramodernos, han sido elaborados gradualmente por el hombre: por
la experiencia y la inteligencia del hombre. De este modo,
han surgido no sólo los instrumentos más sencillos que sirven
para el cultivo de la tierra, sino también —con un
progreso adecuado de la ciencia y de la técnica— los
más modernos y complejos: las máquinas, las fábricas, los laboratorios
y las computadoras. Así, todo lo que sirve al trabajo,
todo lo que constituye —en el estado actual de la
técnica— su «instrumento» cada vez más perfeccionado, es fruto del
trabajo.
Este gigantesco y poderoso instrumento —el conjunto de los
medios de producción, que son considerados, en un cierto sentido,
como sinónimo de «capital»— , ha nacido del trabajo y
lleva consigo las señales del trabajo humano. En el presente
grado de avance de la técnica, el hombre, que es
el sujeto del trabajo, queriendo servirse del conjunto de instrumentos
modernos, o sea de los medios de producción, debe antes
asimilar a nivel de conocimiento el fruto del trabajo de
los hombres que han descubierto aquellos instrumentos, que los han
programado, construido y perfeccionado, y que siguen haciéndolo. La capacidad
de trabajo —es decir, de participación eficiente en el proceso
moderno de producción— exige una preparación cada vez mayor y,
ante todo, una instrucción adecuada. Está claro obviamente que cada
hombre que participa en el proceso de producción, incluso en
el caso de que realice sólo aquel tipo de trabajo
para el cual son necesarias una instrucción y especialización particulares,
es sin embargo en este proceso de producción el verdadero
sujeto eficiente, mientras el conjunto de los instrumentos, incluso el
más perfecto en sí mismo, es sólo y exclusivamente instrumento
subordinado al trabajo del hombre.
Esta verdad, que pertenece al
patrimonio estable de la doctrina de la Iglesia, deber ser
siempre destacada en relación con el problema del sistema de
trabajo, y también de todo el sistema socio-económico. Conviene subrayar
y poner de relieve la primacía del hombre en el
proceso de producción, la primacía del hombre respecto de las
cosas. Todo lo que está contenido en el concepto de
«capital» —en sentido restringido— es solamente un conjunto de cosas.
El hombre como sujeto del trabajo, e independientemente del trabajo
que realiza, el hombre, él solo, es una persona. Esta
verdad contiene en sí consecuencias importantes y decisivas.
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13. Economismo y materialismo
Ante todo, a la luz de esta verdad, se ve
claramente que no se puede separar el «capital» del trabajo,
y que de ningún modo se puede contraponer el trabajo
al capital ni el capital al trabajo, ni menos aún
—como se dirá más adelante— los hombres concretos, que están
detrás de estos conceptos, los unos a los otros. Justo,
es decir, conforme a la esencia misma del problema; justo,
es decir, intrínsecamente verdadero y a su vez moralmente legítimo,
puede ser aquel sistema de trabajo que en su raíz
supera la antinomia entre trabajo y el capital, tratando de
estructurarse según el principio expuesto más arriba de la sustancial
y efectiva prioridad del trabajo, de la subjetividad del trabajo
humano y de su participación eficiente en todo el proceso
de producción, y esto independientemente de la naturaleza de las
prestaciones realizadas por el trabajador.
La antinomia entre trabajo y
capital no tiene su origen en la estructura del mismo
proceso de producción, y ni siquiera en la del proceso
económico en general. Tal proceso demuestra en efecto la compenetración
recíproca entre el trabajo y lo que estamos acostumbrados a
llamar el capital; demuestra su vinculación indisoluble. El hombre, trabajando
en cualquier puesto de trabajo, ya sea éste relativamente primitivo
o bien ultramoderno, puede darse cuenta fácilmente de que con
su trabajo entra en un doble patrimonio, es decir, en
el patrimonio de lo que ha sido dado a todos
los hombres con los recursos de la naturaleza y de
lo que los demás ya han elaborado anteriormente sobre la
base de estos recursos, ante todo desarrollando la técnica, es
decir, formando un conjunto de instrumentos de trabajo, cada vez
más perfectos: el hombre, trabajando, al mismo tiempo «reemplaza en
el trabajo a los demás». 21 Aceptamos sin dificultad dicha
imagen del campo y del proceso del trabajo humano, guiados
por la inteligencia o por la fe que recibe la
luz de la Palabra de Dios. Esta es una imagen
coherente, teológica y al mismo tiempo humanística. El hombre es
en ella el «señor» de las criaturas, que están puestas
a su disposición en el mundo visible. Si en el
proceso del trabajo se descubre alguna dependencia, ésta es la
dependencia del Dador de todos los recursos de la creación,
y es a su vez la dependencia de los demás
hombres, a cuyo trabajo y a cuyas iniciativas debemos las
ya perfeccionadas y ampliadas posibilidades de nuestro trabajo. De todo
esto que en el proceso de producción constituye un conjunto
de «cosas», de los instrumentos, del capital, podemos solamente afirmar
que condiciona el trabajo del hombre; no podemos, en cambio,
afirmar que ello constituya casi el «sujeto» anónimo que hace
dependiente al hombre y su trabajo.
La ruptura de esta
imagen coherente, en la que se salvaguarda estrechamente el principio
de la primacía de la persona sobre las cosas, ha
tenido lugar en la mente humana, alguna vez, después de
un largo período de incubación en la vida práctica. Se
ha realizado de modo tal que el trabajo ha sido
separado del capital y contrapuesto al capital, y el capital
contrapuesto al trabajo, casi como dos fuerzas anónimas, dos factores
de producción colocados juntos en la misma perspectiva «economística». En
tal planteamiento del problema había un error fundamental, que se
puede llamar el error del economismo, si se considera el
trabajo humano exclusivamente según su finalidad económica. Se puede también
y se debe llamar este error fundamental del pensamiento un
error del materialismo, en cuanto que el economismo incluye, directa
o indirectamente, la convicción de la primacía y de la
superioridad de lo que es material, mientras por otra parte
el economismo sitúa lo que es espiritual y personal (la
acción del hombre, los valores morales y similares) directa o
indirectamente, en una posición subordinada a la realidad material. Esto
no es todavía el materialismo teórico en el pleno sentido
de la palabra; pero es ya ciertamente materialismo práctico, el
cual, no tanto por las premisas derivadas de la teoría
materialista, cuanto por un determinado modo de valorar, es decir,
de una cierta jerarquía de los bienes, basada sobre la
inmediata y mayor atracción de lo que es material, es
considerado capaz de apagar las necesidades del hombre.
El error
de pensar según las categorías del economismo ha avanzado al
mismo tiempo que surgía la filosofía materialista y se desarrollaba
esta filosofía desde la fase más elemental y común (llamada
también materialismo vulgar, porque pretende reducir la realidad espiritual a
un fenómeno superfluo) hasta la fase del llamado materialismo dialéctico.
Sin embargo parece que —en el marco de las presentes
consideraciones— , para el problema fundamental del trabajo humano y,
en particular, para la separación y contraposición entre «trabajo» y
«capital», como entre dos factores de la producción considerados en
aquella perspectiva «economística» dicha anteriormente, el economismo haya tenido una
importancia decisiva y haya influido precisamente sobre tal planteamiento no
humanístico de este problema antes del sistema filosófico materialista. No
obstante es evidente que el materialismo, incluso en su forma
dialéctica, no es capaz de ofrecer a la reflexión sobre
el trabajo humano bases suficientes y definitivas, para que la
primacía del hombre sobre el instrumento-capital, la primacía de la
persona sobre las cosas, pueda encontrar en él una adecuada
e irrefutable verificación y apoyo. También en el materialismo dialéctico
el hombre no es ante todo sujeto del trabajo y
causa eficiente del proceso de producción, sino que es entendido
y tratado como dependiendo de lo que es material, como
una especie de «resultante» de las relaciones económicas y de
producción predominantes en una determinada época.
Evidentemente la antinomia entre
trabajo y capital considerada aquí —la antinomia en cuyo marco
el trabajo ha sido separado del capital y contrapuesto al
mismo, en un cierto sentido ónticamente como si fuera un
elemento cualquiera del proceso económico— inicia no sólo en la
filosofía y en las teorías económicas del siglo XVIII sino
mucho más todavía en toda la praxis económico-social de aquel
tiempo, que era el de la industrialización que nacía y
se desarrollaba precipitadamente, en la cual se descubría en primer
lugar la posibilidad de acrecentar mayormente las riquezas materiales, es
decir los medios, pero se perdía de vista el fin,
o sea el hombre, al cual estos medios deben servir.
Precisamente este error práctico ha perjudicado ante todo al trabajo
humano, al hombre del trabajo , y ha causado la
reacción social éticamente justa, de la que se ha hablado
anteriormente. El mismo error, que ya tiene su determinado aspecto
histórico, relacionado con el período del primitivo capitalismo y liberalismo,
puede sin embargo repetirse en otras circunstancias de tiempo y
lugar, si se parte, en el pensar, de las mismas
premisas tanto teóricas como prácticas. No se ve otra posibilidad
de una superación radical de este error, si no intervienen
cambios adecuados tanto en el campo de la teoría, como
en el de la práctica, cambios que van en la
línea de la decisiva convicción de la primacía de la
persona sobre las cosas, del trabajo del hombre sobre el
capital como conjunto de los medios de producción.
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14. Trabajo y propiedad
El proceso histórico —presentado aquí brevemente— que ciertamente ha salido
de su fase inicial, pero que sigue en vigor, más
aún que continúa extendiéndose a las relaciones entre las naciones
y los continentes, exige una precisación también desde otro punto
de vista. Es evidente que, cuando se habla de la
antinomia entre trabajo y capital, no se trata sólo de
conceptos abstractos o de «fuerzas anónimas», que actúan en la
producción económica. Detrás de uno y otro concepto están los
hombres, los hombres vivos, concretos; por una parte aquellos que
realizan el trabajo sin ser propietarios de los medios de
producción, y por otra aquellos que hacen de empresarios y
son los propietarios de estos medios, o bien representan a
los propietarios. Así pues, en el conjunto de este difícil
proceso histórico, desde el principio está el problema de la
propriedad. La Encíclica Rerum Novarum, que tiene como tema la
cuestión social, pone el acento también sobre este problema, recordando
y confirmando la doctrina de la Iglesia sobre la propiedad,
sobre el derecho a la propiedad privada, incluso cuando se
trata de los medios de producción. Lo mismo ha hecho
la Encíclica Mater et Magistra.
El citado principio, tal y
como se recordó entonces y como todavía es enseñado por
la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado
por el marxismo y realizado en diversos Países del mundo
en los decenios siguientes a la época de la Encíclica
de León XIII. Tal principio se diferencia al mismo tiempo,
del programa del capitalismo, practicado por el liberalismo y por
los sistemas políticos, que se refieren a él. En este
segundo caso, la diferencia consiste en el modo de entender
el derecho mismo de propiedad. La tradición cristiana no ha
sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario,
siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del
derecho común de todos a usar los bienes de la
entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado
al derecho al uso común, al destino universal de los
bienes.
Además, la propiedad según la enseñanza de la Iglesia
nunca se ha entendido de modo que pueda constituir un
motivo de contraste social en el trabajo. Como ya se
ha recordado anteriormente en este mismo texto, la propiedad se
adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva
al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la
propiedad de los medios de producción. El considerarlos aisladamente como
un conjunto de propiedades separadas con el fin de contraponerlos
en la forma del «capital» al «trabajo», y más aún
realizar la explotación del trabajo, es contrario a la naturaleza
misma de estos medios y de su posesión. Estos no
pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser ni
siquiera poseídos para poseer, porque el único título legítimo para
su posesión —y esto ya sea en la forma de
la propiedad privada, ya sea en la de la propiedad
pública o colectiva— es que sirvan al trabajo; consiguientemente que,
sirviendo al trabajo, hagan posible la realización del primer principio
de aquel orden, que es el destino universal de los
bienes y el derecho a su uso común. Desde ese
punto de vista, pues, en consideración del trabajo humano y
del acceso común a los bienes destinados al hombre, tampoco
conviene excluir la socialización, en las condiciones oportunas, de ciertos
medios de producción. En el espacio de los decenios que
nos separan de la publicación de la Encíclica Rerum Novarum,
la enseñanza de la Iglesia siempre ha recordado todos estos
principios, refiriéndose a los argumentos formulados en la tradición mucho
más antigua, por ejemplo, los conocidos argumentos de la Summa
Theologiae de Santo Tomás de Aquino. 22
En este documento,
cuyo tema principal es el trabajo humano, es conveniente corroborar
todo el esfuerzo a través del cual la enseñanza de
la Iglesia acerca de la propiedad ha tratado y sigue
tratando de asegurar la primacía del trabajo y, por lo
mismo, la subjetividad del hombre en la vida social, especialmente
en la estructura dinámica de todo el proceso económico. Desde
esta perspectiva, sigue siendo inaceptable la postura del «rígido» capitalismo,
que defiende el derecho exclusivo a la propiedad privada de
los medios de producción, como un «dogma» intocable en la
vida económica. El principio del respeto del trabajo, exige que
este derecho se someta a una revisión constructiva en la
teoría y en la práctica. En efecto, si es verdad
que el capital, al igual que el conjunto de los
medios de producción, constituye a su vez el producto del
trabajo de generaciones, entonces no es menos verdad que ese
capital se crea incesantemente gracias al trabajo llevado a cabo
con la ayuda de ese mismo conjunto de medios de
producción, que aparecen como un gran lugar de trabajo en
el que, día a día, pone su empeño la presente
generación de trabajadores. Se trata aquí, obviamente, de las distintas
clases de trabajo, no sólo del llamado trabajo manual, sino
también del múltiple trabajo intelectual, desde el de planificación al
de dirección.
Bajo esta luz adquieren un significado de relieve
particular las numerosas propuestas hechas por expertos en la doctrina
social católica y también por el Supremo Magisterio de la
Iglesia. 23 Son propuestas que se refieren a la copropiedad
de los medios de trabajo, a la participación de los
trabajadores en la gestión y o en los beneficios de
la empresa, al llamado «accionariado» del trabajo y otras semejantes.
Independientemente de la posibilidad de aplicación concreta de estas diversas
propuestas, sigue siendo evidente que el reconocimiento de la justa
posición del trabajo y del hombre del trabajo dentro del
proceso productivo exige varias adaptaciones en el ámbito del mismo
derecho a la propiedad de los medios de producción; y
esto teniendo en cuenta no sólo situaciones más antiguas, sino
también y ante todo la realidad y la problemática que
se ha ido creando en la segunda mitad de este
siglo, en lo que concierne al llamado Tercer Mundo y
a los distintos nuevos Países independientes que han surgido, de
manera especial pero no únicamente en África, en lugar de
los territorios coloniales de otros tiempos.
Por consiguiente, si la
posición del «rígido» capitalismo debe ser sometida continuamente a revisión
con vistas a una reforma bajo el aspecto de los
derechos del hombre, entendidos en el sentido más amplio y
en conexión con su trabajo, entonces se debe afirmar, bajo
el mismo punto de vista, que estas múltiples y tan
deseadas reformas no pueden llevarse a cabo mediante la eliminación
apriorística de la propiedad privada de los medios de producción.
En efecto, hay que tener presente que la simple substracción
de esos medios de producción (el capital) de las manos
de sus propietarios privados, no es suficiente para socializarlos de
modo satisfactorio. Los medios de producción dejan de ser propiedad
de un determinado grupo social, o sea de propietarios privados,
para pasar a ser propiedad de la sociedad organizada, quedando
sometidos a la administración y al control directo de otro
grupo de personas, es decir, de aquellas que, aunque no
tengan su propiedad por más que ejerzan el poder dentro
de la sociedad, disponen de ellos a escala de la
entera economía nacional, o bien de la economía local.
Este
grupo dirigente y responsable puede cumplir su cometido de manera
satisfactoria desde el punto de vista de la primacía del
trabajo; pero puede cumplirlo mal, reivindicando para sí al mismo
tiempo el monopolio de la administración y disposición de los
medios de producción, y no dando marcha atrás ni siquiera
ante la ofensa a los derechos fundamentales del hombre. Así
pues, el mero paso de los medios de producción a
propiedad del Estado, dentro del sistema colectivista, no equivale ciertamente
a la «socialización» de esta propiedad. Se puede hablar de
socialización únicamente cuando quede asegurada la subjetividad de la sociedad,
es decir, cuando toda persona, basándose en su propio trabajo,
tenga pleno título a considerarse al mismo tiempo «copropietario» de
esa especie de gran taller de trabajo en el que
se compromete con todos. Un camino para conseguir esa meta
podría ser la de asociar, en cuanto sea posible, el
trabajo a la propiedad del capital y dar vida a
una rica gama de cuerpos intermedios con finalidades económicas, sociales,
culturales: cuerpos que gocen de una autonomía efectiva respecto a
los poderes públicos, que persigan sus objetivos específicos manteniendo relaciones
de colaboración leal y mutua, con subordinación a las exigencias
del bien común y que ofrezcan forma y naturaleza de
comunidades vivas; es decir, que los miembros respectivos sean considerados
y tratados como personas y sean estimulados a tomar parte
activa en la vida de dichas comunidades. 24
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15. Argumento «personalista»
Así
pues el principio de la prioridad del trabajo respecto al
capital es un postulado que pertenece al orden de la
moral social. Este postulado tiene importancia clave tanto en un
sistema basado sobre el principio de la propiedad privada de
los medios de producción, como en el sistema en que
se haya limitado, incluso radicalmente, la propiedad privada de estos
medios. El trabajo, en cierto sentido, es inseparable del capital,
y no acepta de ningún modo aquella antinomia, es decir,
la separación y contraposición con relación a los medios de
producción, que han gravado sobre la vida humana en los
últimos siglos, como fruto de premisas únicamente económicas. Cuando el
hombre trabaja, sirviéndose del conjunto de los medios de producción,
desea a la vez que los frutos de este trabajo
estén a su servicio y al de los demás y
que en el proceso mismo del trabajo tenga la posibilidad
de aparecer como corresponsable y coartífice en el puesto de
trabajo, al cual está dedicado.
Nacen de ahí algunos derechos
específicos de los trabajadores, que corresponden a la obligación del
trabajo. Se hablará de ellos más adelante. Pero hay que
subrayar ya aquí, en general, que el hombre que trabaja
desea no sólo la debida remuneración por su trabajo, sino
también que sea tomada en consideración, en el proceso mismo
de producción, la posibilidad de que él, a la vez
que trabaja incluso en una propiedad común, sea consciente de
que está trabajando «en algo propio». Esta conciencia se extingue
en él dentro del sistema de una excesiva centralización burocrática,
donde el trabajador se siente engranaje de un mecanismo movido
desde arriba; se siente por una u otra razón un
simple instrumento de producción, más que un verdadero sujeto de
trabajo dotado de iniciativa propia. Las enseñanzas de la Iglesia
han expresado siempre la convicción firme y profunda de que
el trabajo humano no mira únicamente a la economía, sino
que implica además y sobre todo, los valores personales. El
mismo sistema económico y el proceso de producción redundan en
provecho propio, cuando estos valores personales son plenamente respetados. Según
el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, 25 es primordialmente
esta razón la que atestigua en favor de la propiedad
privada de los mismos medios de producción. Si admitimos que
algunos ponen fundados reparos al principio de la propiedad privada—
y en nuestro tiempo somos incluso testigos de la introducción
del sistema de la propiedad «socializada»— el argumento personalista sin
embargo no pierde su fuerza, ni a nivel de principios
ni a nivel práctico. Para ser racional y fructuosa, toda
socialización de los medios de producción debe tomar en consideración
este argumento. Hay que hacer todo lo posible para que
el hombre, incluso dentro de este sistema, pueda conservar la
conciencia de trabajar en «algo propio». En caso contrario, en
todo el proceso económico surgen necesariamente daños incalculables; daños no
sólo económicos, sino ante todo daños para el hombre.
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IV. DERECHOS DE
LOS HOMBRES DEL TRABAJO
16. En el amplio
contexto de los derechos humanos
Si el trabajo —en
el múltiple sentido de esta palabra— es una obligación, es
decir, un deber, es también a la vez una fuente
de derechos por parte del trabajador. Estos derechos deben ser
examinados en el amplio contexto del conjunto de los derechos
del hombre que le son connaturales, muchos de los cuales
son proclamados por distintos organismos internacionales y garantizados cada vez
más por los Estados para sus propios ciudadanos. El respeto
de este vasto conjunto de los derechos del hombre, constituye
la condición fundamental para la paz del mundo contemporáneo: la
paz, tanto dentro de los pueblos y de las sociedades
como en el campo de las relaciones internacionales, tal como
se ha hecho notar ya en muchas ocasiones por el
Magisterio de la Iglesia especialmente desde los tiempos de la
Encíclica «Pacem in terris». Los derechos humanos que brotan del
trabajo, entran precisamente dentro del más amplio contexto de los
derechos fundamentales de la persona.
Sin embargo, en el ámbito
de este contexto, tienen un carácter peculiar que corresponde a
la naturaleza específica del trabajo humano anteriormente delineada; y precisamente
hay que considerarlos según este carácter. El trabajo es, como
queda dicho, una obligación, es decir, un deber del hombre
y esto en el múltiple sentido de esta palabra. El
hombre debe trabajar bien sea por el hecho de que
el Creador lo ha ordenado, bien sea por el hecho
de su propia humanidad, cuyo mantenimiento y desarrollo exigen el
trabajo. El hombre debe trabajar por respeto al prójimo, especialmente
por respeto a la propia familia, pero también a la
sociedad a la que pertenece, a la nación de la
que es hijo o hija, a la entera familia humana
de la que es miembro, ya que es heredero del
trabajo de generaciones y al mismo tiempo coartífice del futuro
de aquellos que vendrán después de él con el sucederse
de la historia. Todo esto constituye la obligación moral del
trabajo, entendido en su más amplia acepción. Cuando haya que
considerar los derechos morales de todo hombre respecto al trabajo,
correspondientes a esta obligación, habrá que tener siempre presente el
entero y amplio radio de referencias en que se manifiesta
el trabajo de cada sujeto trabajador.
En efecto, hablando de
la obligación del trabajo y de los derechos del trabajador,
correspondientes a esta obligación, tenemos presente, ante todo, la relación
entre el empresario —directo e indirecto— y el mismo trabajador.
La distinción entre empresario directo e indirecto parece ser muy
importante en consideración de la organización real del trabajo y
de la posibilidad de instaurar relaciones justas o injustas en
el sector del trabajo.
Si el empresario directo es la
persona o la institución, con la que el trabajador estipula
directamente el contrato de trabajo según determinadas condiciones, como empresario
indirecto se deben entender muchos factores diferenciados, además del empresario
directo, que ejercen un determinado influjo sobre el modo en
que se da forma bien sea al contrato de trabajo,
bien sea, en consecuencia, a las relaciones más o menos
justas en el sector del trabajo humano.
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17. Empresario: «indirecto» y «directo»
En el concepto de empresario indirecto entran tanto las personas
como las instituciones de diverso tipo, así como también los
contratos colectivos de trabajo y los principios de comportamiento, establecidos
por estas personas e instituciones, que determinan todo el sistema
socio-económico o que derivan de él. El concepto de empresario
indirecto implica así muchos y variados elementos. La responsabilidad del
empresario indirecto es distinta de la del empresario directo, como
lo indica la misma palabra: la responsabilidad es menos directa;
pero sigue siendo verdadera responsabilidad: el empresario indirecto determina sustancialmente
uno u otro aspecto de la relación de trabajo y
condiciona de este modo el comportamiento del empresario directo cuando
este último determina concretamente el contrato y las relaciones laborales.
Esta constatación no tiene como finalidad la de eximir a
este último de su propia responsabilidad sino únicamente la de
llamar la atención sobre todo el entramado de condicionamientos que
influyen en su comportamiento. Cuando se trata de determinar una
política laboral correcta desde el punto de vista ético hay
que tener presentes todos estos condicionamientos. Tal política es correcta
cuando los derechos objetivos del hombre del trabajo son plenamente
respetados.
El concepto de empresario indirecto se puede aplicar a
toda sociedad y, en primer lugar, al Estado. En efecto,
es el Estado el que debe realizar una política laboral
justa. No obstante es sabido que, dentro del sistema actual
de relaciones económicas en el mundo, se dan entre los
Estados múltiples conexiones que tienen su expresión, por ejemplo, en
los procesos de importación y exportación, es decir, en el
intercambio recíproco de los bienes económicos, ya sean materias primas
o a medio elaborar o bien productos industriales elaborados. Estas
relaciones crean a su vez dependencias recíprocas y, consiguientemente, sería
difícil hablar de plena autosuficiencia, es decir, de autarquía, por
lo que se refiere a qualquier Estado, aunque sea el
más poderoso en sentido económico.
Tal sistema de dependencias recíprocas,
es normal en sí mismo; sin embargo, puede convertirse fácilmente
en ocasión para diversas formas de explotación o de injusticia,
y de este modo influir en la política laboral de
los Estados y en última instancia sobre el trabajador que
es el sujeto propio del trabajo. Por ejemplo, los Países
altamente industrializados y, más aún, las empresas que dirigen a
gran escala los medios de producción industrial (las llamadas sociedades
multinacionales o transnacionales), ponen precios lo más alto posibles para
sus productos, mientras procuran establecer precios lo más bajo posibles
para las materias primas o a medio elaborar, lo cual
entre otras causas tiene como resultado una desproporción cada vez
mayor entre los réditos nacionales de los respectivos Países. La
distancia entre la mayor parte de los Países ricos y
los Países más pobres no disminuye ni se nivela, sino
que aumenta cada vez más, obviamente en perjuicio de estos
últimos. Es claro que esto no puede menos de influir
sobre la política local y laboral, y sobre la situación
del hombre del trabajo en las sociedades económicamente menos avanzadas.
El empresario directo, inmerso en concreto en un sistema de
condicionamientos, fija las condiciones laborales por debajo de las exigencias
objetivas de los trabajadores, especialmente si quiere sacar beneficios lo
más alto posibles de la empresa que él dirige (o
de las empresas que dirige, cuando se trata de una
situación de propiedad «socializada» de los medios de producción).
Este
cuadro de dependencias, relativas al concepto de empresario indirecto —como
puede fácilmente deducirse— es enormemente vasto y complicado. Para definirlo
hay que tomar en consideración, en cierto sentido, el conjunto
de elementos decisivos para la vida económica en la configuración
de una determinada sociedad y Estado; pero, al mismo tiempo,
han de tenerse también en cuenta conexiones y dependencias mucho
más amplias. Sin embargo, la realización de los derechos del
hombre del trabajo no puede estar condenada a constituir solamente
un derivado de los sistemas económicos, los cuales, a escala
más amplia o más restringida, se dejen guiar sobre todo
por el criterio del máximo beneficio. Al contrario, es precisamente
la consideración de los derechos objetivos del hombre del trabajo
—de todo tipo de trabajador: manual, intelectual, industrial, agrícola, etc.—
lo que debe constituir el criterio adecuado y fundamental para
la formación de toda la economía, bien sea en la
dimensión de toda sociedad y de todo Estado, bien sea
en el conjunto de la política económica mundial, así como
de los sistemas y relaciones internacionales que de ella derivan.
En esta dirección deberían ejercer su influencia todas las Organizaciones
Internacionales llamadas a ello, comenzando por la Organización de las
Naciones Unidas. Parece que la Organización Mundial del trabajo (OIT),
la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y
la Agricultura (FAO) y otras tienen que ofrecer aún nuevas
aportaciones particularmente en este sentido. En el ámbito de los
Estados existen ministerios o dicasterios del poder público y también
diversos Organismos sociales instituidos para este fin. Todo esto indica
eficazmente cuánta importancia tiene— como se ha dicho anteriormente —el
empresario indirecto en la realización del pleno respeto de los
derechos del hombre del trabajo, dado que los derechos de
la persona humana constituyen el elemento clave de todo el
orden moral social.
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18. El problema del empleo
Considerando los derechos de
los hombres del trabajo, precisamente en relación con este «empresario
indirecto», es decir, con el conjunto de las instancias a
escala nacional e internacional responsables de todo el ordenamiento de
la política laboral, se debe prestar atención en primer lugar
a un problema fundamental. Se trata del problema de conseguir
trabajo, en otras palabras, del problema de encontrar un empleo
adecuado para todos los sujetos capaces de él. Lo contrario
de una situación justa y correcta en este sector es
el desempleo, es decir, la falta de puestos de trabajo
para los sujetos capacitados. Puede ser que se trate de
falta de empleo en general, o también en determinados sectores
de trabajo. El cometido de estas instancias, comprendidas aquí bajo
el nombre de empresario indirecto, es el de actuar contra
el desempleo, el cual es en todo caso un mal
y que, cuando asume ciertas dimensiones, puede convertirse en una
verdadera calamidad social. Se convierte en problema particularmente doloroso, cuando
los afectados son principalmente los jóvenes, quienes, después de haberse
preparado mediante una adecuada formación cultural, técnica y profesional, no
logran encontrar un puesto de trabajo y ven así frustradas
con pena su sincera voluntad de trabajar y su disponibilidad
a asumir la propia responsabilidad para el desarrollo económico y
social de la comunidad. La obligación de prestar subsidio a
favor de los desocupados, es decir, el deber de otorgar
las convenientes subvenciones indispensables para la subsistencia de los trabajadores
desocupados y de sus familias es una obligación que brota
del principio fundamental del orden moral en este campo, esto
es, del principio del uso común de los bienes o,
para hablar de manera aún más sencilla, del derecho a
la vida y a la subsistencia.
Para salir al paso
del peligro del desempleo, para asegurar empleo a todos, las
instancias que han sido definidas aquí como «empresario indirecto» deben
proveer a una planificación global, con referencia a esa disponibilidad
de trabajo diferenciado, donde se forma la vida no solo
económica sino también cultural de una determinada sociedad; deben prestar
atención además a la organización correcta y racional de tal
disponibilidad de trabajo. Esta solicitud global carga en definitiva sobre
las espaldas del Estado, pero no puede significar una centralización
llevada a cabo unilateralmente por los poderes públicos. Se trata
en cambio de una coordinación, justa y racional, en cuyo
marco debe ser garantizada la iniciativa de las personas, de
los grupos libres, de los centros y complejos locales de
trabajo, teniendo en cuenta lo que se ha dicho anteriormente
acerca del carácter subjetivo del trabajo humano.
El hecho de
la recíproca dependencia de las sociedades y Estados, y la
necesidad de colaborar en diversos sectores requieren que, manteniendo los
derechos soberanos de todos y cada uno en el campo
de la planificación y de la organización del trabajo dentro
de la propia sociedad, se actúe al mismo tiempo en
este sector importante, en el marco de la colaboración internacional
mediante los necesarios tratados y acuerdos. También en esto es
necesario que el criterio a seguir en estos pactos y
acuerdos sea cada vez más el trabajo humano, entendido como
un derecho fundamental de todos los hombres, el trabajo que
da análogos derechos a todos los que trabajan, de manera
que el nivel de vida de los trabajadores en las
sociedades presente cada vez menos esas irritantes diferencias que son
injustas y aptas para provocar incluso violentas reacciones. Las Organizaciones
Internacionales tienen un gran cometido a desarrollar en este campo.
Es necesario que se dejen guiar por un diagnóstico exacto
de las complejas situaciones y de los condicionamientos naturales, históricos,
civiles, etc.; es necesario además que tengan, en relación con
los planes de acción establecidos conjuntamente, mayor operatividad, es decir,
eficacia en cuanto a la realización.
En este sentido se
puede realizar el plan de un progreso universal y proporcionado
para todos, siguiendo el hilo conductor de la Encíclica de
Pablo VI Populorum Progressio. Es necesario subrayar que el elemento
constitutivo y a su vez la verificación más adecuada de
este progreso en el espíritu de justicia y paz, que
la Iglesia proclama y por el que no cesa de
orar al Padre de todos los hombres y de todos
los pueblos, es precisamente la continua revalorización del trabajo humano,
tanto bajo el aspecto de su finalidad objetiva, como bajo
el aspecto de la dignidad del sujeto de todo trabajo,
que es el hombre. El progreso en cuestión debe llevarse
a cabo mediante el hombre y por el hombre y
debe producir frutos en el hombre. Una verificación del progreso
será el reconocimiento cada vez más maduro de la finalidad
del trabajo y el respeto cada vez más universal de
los derechos inherentes a él en conformidad con la dignidad
del hombre, sujeto del trabajo.
Una planificación razonable y una
organización adecuada del trabajo humano, a medida de las sociedades
y de los Estados, deberían facilitar a su vez el
descubrimiento de las justas proporciones entre los diversos tipos de
empleo: el trabajo de la tierra, de la industria, en
sus múltiples servicios, el trabajo de planificación y también el
científico o artístico, según las capacidades de los individuos y
con vistas al bien común de toda sociedad y de
la humanidad entera. A la organización de la vida humana
según las múltiples posibilidades laborales debería corresponder un adecuado sistema
de instrucción y educación que tenga como principal finalidad el
desarrollo de una humanidad madura y una preparación específica para
ocupar con provecho un puesto adecuado en el grande y
socialmente diferenciado mundo del trabajo.
Echando una mirada sobre la
familia humana entera, esparcida por la tierra, no se puede
menos de quedar impresionados ante un hecho desconcertante de grandes
proporciones, es decir, el hecho de que, mientras por una
parte siguen sin utilizarse conspicuos recursos de la naturaleza, existen
por otra grupos enteros de desocupados o subocupados y un
sinfín de multitudes hambrientas: un hecho que atestigua sin duda
el que, dentro de las comunidades políticas como en las
relaciones existentes entre ellas a nivel continental y mundial —en
lo concerniente a la organización del trabajo y del empleo—
hay algo que no funciona y concretamente en los puntos
más críticos y de mayor relieve social.
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19. Salario y otras prestaciones sociales
Una vez delineado el importante cometido que tiene el
compromiso de dar un empleo a todos los trabajadores, con
vistas a garantizar el respeto de los derechos inalienables del
hombre en relación con su trabajo, conviene referirnos más concretamente
a estos derechos, los cuales, en definitiva, surgen de la
relación entre el trabajador y el empresario directo. Todo cuanto
se ha dicho anteriormente sobre el tema del empresario indirecto
tiene como finalidad señalar con mayor precisión estas relaciones mediante
la expresión de los múltiples condicionamientos en que indirectamente se
configuran. No obstante, esta consideración no tiene un significado puramente
descriptivo; no es un tratado breve de economía o de
política. Se trata de poner en evidencia el aspecto deontológico
y moral. El problema-clave de la ética social es el
de la justa remuneración por el trabajo realizado. No existe
en el contexto actual otro modo mejor para cumplir la
justicia en las relaciones trabajador-empresario que el constituido precisamente por
la remuneración del trabajo. Independientemente del hecho de que este
trabajo se lleve a efecto dentro del sistema de la
propiedad privada de los medios de producción o en un
sistema en que esta propiedad haya sufrido una especie de
«socialización», la relación entre el empresario (principalmente directo) y el
trabajador se resuelve en base al salario: es decir, mediante
la justa remuneración del trabajo realizado.
Hay que subrayar también
que la justicia de un sistema socio-económico y, en todo
caso, su justo funcionamiento merecen en definitiva ser valorados según
el modo como se remunera justamente el trabajo humano dentro
de tal sistema. A este respecto volvemos de nuevo al
primer principio de todo el ordenamiento ético-social: el principio del
uso común de los bienes. En todo sistema que no
tenga en cuenta las relaciones fundamentales existentes entre el capital
y el trabajo, el salario, es decir, la remuneración del
trabajo, sigue siendo una vía concreta, a través de la
cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a
los bienes que están destinados al uso común: tanto los
bienes de la naturaleza como los que son fruto de
la producción. Los unos y los otros se hacen accesibles
al hombre del trabajo gracias al salario que recibe como
remuneración por su trabajo. De aquí que, precisamente el salario
justo se convierta en todo caso en la verificación concreta
de la justicia de todo el sistema socio-económico y, de
todos modos, de su justo funcionamiento. No es esta la
única verificación, pero es particularmente importante y es en cierto
sentido la verificación-clave.
Tal verificación afecta sobre todo a la
familia. Una justa remuneración por el trabajo de la persona
adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea
suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar
su futuro.Tal remuneración puede hacerse bien sea mediante el llamado
salario familiar —es decir, un salario único dado al cabeza
de familia por su trabajo y que sea suficiente para
las necesidades de la familia sin necesidad de hacer asumir
a la esposa un trabajo retribuido fuera de casa— bien
sea mediante otras medidas sociales, como subsidios familiares o ayudas
a la madre que se dedica exclusivamente a la familia,
ayudas que deben corresponder a las necesidades efectivas, es decir,
al número de personas a su cargo durante todo el
tiempo en que no estén en condiciones de asumirse dignamente
la responsabilidad de la propia vida.
La experiencia confirma que
hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones
maternas, de la fatiga unida a ellas y de la
necesidad que tienen los hijos de cuidado, de amor y
de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y
religiosamente maduras y sicológicamente equilibradas. Será un honor para la
sociedad hacer posible a la madre —sin obstaculizar su libertad,
sin discriminación sicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante
sus compañeras— dedicarse al cuidado y a la educación de
los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad. El
abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera
de casa, es incorrecto desde el punto de vista del
bien de la sociedad y de la familia cuando contradice
o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna.
26
En este contexto se debe subrayar que, del modo
más general, hay que organizar y adaptar todo el proceso
laboral de manera que sean respetadas las exigencias de la
persona y sus formas de vida, sobre todo de su
vida doméstica, teniendo en cuenta la edad y el sexo
de cada uno. Es un hecho que en muchas sociedades
las mujeres trabajan en casi todos los sectores de la
vida. Pero es conveniente que ellas puedan desarrollar plenamente sus
funciones según la propia índole, sin discriminaciones y sin exclusión
de los empleos para los que están capacitadas, pero sin
al mismo tiempo perjudicar sus aspiraciones familiares y el papel
específico que les compete para contribuir al bien de la
sociedad junto con el hombre. La verdadera promoción de la
mujer exige que el trabajo se estructure de manera que
no deba pagar su promoción con el abandono del carácter
específico propio y en perjuicio de la familia en la
que como madre tiene un papel insustituible.
Además del salario,
aquí entran en juego algunas otras prestaciones sociales que tienen
por finalidad la de asegurar la vida y la salud
de los trabajadores y de su familia. Los gastos relativos
a la necesidad de cuidar la salud, especialmente en caso
de accidentes de trabajo, exigen que el trabajador tenga fácil
acceso a la asistencia sanitaria y esto, en cuanto sea
posible, a bajo costo e incluso gratuitamente. Otro sector relativo
a las prestaciones es el vinculado con el derecho al
descanso; se trata ante todo de regular el descanso semanal,
que comprenda al menos el domingo y además un reposo
más largo, es decir, las llamadas vacaciones una vez al
año o eventualmente varias veces por períodos más breves. En
fin, se trata del derecho a la pensión, al seguro
de vejez y en caso de accidentes relacionados con la
prestación laboral. En el ámbito de estos derechos principales, se
desarrolla todo un sistema de derechos particulares que, junto con
la remuneración por el trabajo, deciden el correcto planteamiento de
las relaciones entre el trabajador y el empresario. Entre estos
derechos hay que tener siempre presente el derecho a ambientes
de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio
a la salud física de los trabajadores y no dañen
su integridad moral.
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20. Importancia de los sindicatos
Sobre la base
de todos estos derechos, junto con la necesidad de asegurarlos
por parte de los mismos trabajadores, brota aún otro derecho,
es decir, el derecho a asociarse; esto es, a formar
asociaciones o uniones que tengan como finalidad la defensa de
los intereses vitales de los hombres empleados en las diversas
profesiones. Estas uniones llevan el nombre de sindicatos. Los intereses
vitales de los hombres del trabajo son hasta un cierto
punto comunes a todos; pero al mismo tiempo, todo tipo
de trabajo, toda profesión posee un carácter específico que en
estas organizaciones debería encontrar su propio reflejo particular.
Los sindicatos
tienen su origen, de algún modo, en las corporaciones artesanas
medievales, en cuanto que estas organizaciones unían entre sí a
hombres pertenecientes a la misma profesión y por consiguiente en
base al trabajo que realizaban. Pero al mismo tiempo, los
sindicatos se diferencian de las corporaciones en este punto esencial:
los sindicatos modernos han crecido sobre la base de la
lucha de los trabajadores, del mundo del trabajo y ante
todo de los trabajadores industriales para la tutela de sus
justos derechos frente a los empresarios y a los propietarios
de los medios de producción. La defensa de los intereses
existenciales de los trabajadores en todos los sectores, en que
entran en juego sus derechos, constituye el cometido de los
sindicatos. La experiencia histórica enseña que las organizaciones de este
tipo son un elemento indispensable de la vida social, especialmente
en las sociedades modernas industrializadas. Esto evidentemente no significa que
solamente los trabajadores de la industria puedan instituir asociaciones de
este tipo. Los representantes de cada profesión pueden servirse de
ellas para asegurar sus respectivos derechos. Existen pues los sindicatos
de los agricultores y de los trabajadores del sector intelectual,
existen además las uniones de empresarios. Todos, como ya se
ha dicho, se dividen en sucesivos grupos o subgrupos, según
las particulares especializaciones profesionales.
La doctrina social católica no considera
que los sindicatos constituyan únicamente el reflejo de la estructura
de «clase» de la sociedad y que sean el exponente
de la lucha de clase que gobierna inevitablemente la vida
social. Sí, son un exponente de la lucha por la
justicia social, por los justos derechos de los hombres del
trabajo según las distintas profesiones. Sin embargo, esta «lucha» debe
ser vista como una dedicación normal «en favor» del justo
bien: en este caso, por el bien que corresponde a
las necesidades y a los méritos de los hombres del
trabajo asociados por profesiones; pero no es una lucha «contra»
los demás. Si en las cuestiones controvertidas asume también un
carácter de oposición a los demás, esto sucede en consideración
del bien de la justicia social; y no por «la
lucha» o por eliminar al adversario. El trabajo tiene como
característica propia que, antes que nada, une a los hombres
y en esto consiste su fuerza social: la fuerza de
construir una comunidad. En definitiva, en esta comunidad deben unirse
de algún modo tanto los que trabajan como los que
disponen de los medios de producción o son sus propietarios.
A la luz de esta fundamental estructura de todo trabajo
— a la luz del hecho de que en definitiva
en todo sistema social el «trabajo» y el «capital» son
los componentes indispensables del proceso de producción— la unión de
los hombres para asegurarse los derechos que les corresponden, nacida
de la necesidad del trabajo, sigue siendo un factor constructivo
de orden social y de solidaridad, del que no es
posible prescindir.
Los justos esfuerzos por asegurar los derechos de
los trabajadores, unidos por la misma profesión, deben tener siempre
en cuenta las limitaciones que impone la situación económica general
del país. Las exigencias sindicales no pueden transformarse en una
especie de «egoísmo» de grupo o de clase, por más
que puedan y deban tender también a corregir —con miras
al bien común de toda la sociedad— incluso todo lo
que es defectuoso en el sistema de propiedad de los
medios de producción o en el modo de administrarlos o
de disponer de ellos. La vida social y económico-social es
ciertamente como un sistema de «vasos comunicantes», y a este
sistema debe también adaptarse toda actividad social que tenga como
finalidad salvaguardar los derechos de los grupos particulares.
En este
sentido la actividad de los sindicatos entra indudablemente en el
campo de la «política», entendida ésta como una prudente solicitud
por el bien común. Pero al mismo tiempo, el cometido
de los sindicatos no es «hacer política» en el sentido
que se da hoy comúnmente a esta expresión. Los sindicatos
no tienen carácter de «partidos políticos» que luchan por el
poder y no deberían ni siquiera ser sometidos a las
decisiones de los partidos políticos o tener vínculos demasiado estrechos
con ellos. En efecto, en tal situación ellos pierden fácilmente
el contacto con lo que es su cometido específico, que
es el de asegurar los justos derechos de los hombres
del trabajo en el marco del bien común de la
sociedad entera y se convierten en cambio en un instrumento
para otras finalidades.
Hablando de la tutela de los justos
derechos de los hombres del trabajo, según sus profesiones, es
necesario naturalmente tener siempre presente lo que decide acerca del
carácter subjetivo del trabajo en toda profesión, pero al mismo
tiempo, o antes que nada, lo que condiciona la dignidad
propia del sujeto del trabajo. Se abren aquí múltiples posibilidades
en la actuación de las organizaciones sindicales y esto incluso
en su empeño de carácter instructivo, educativo y de promoción
de la autoeducación. Es benemérita la labor de las escuelas,
de las llamadas «universidades laborales» o «populares», de los programas
y cursos de formación, que han desarrollado y siguen desarrollando
precisamente este campo de actividad. Se debe siempre desear que,
gracias a la obra de sus sindicatos, el trabajador pueda
no solo «tener» más, sino ante todo «ser» más: es
decir pueda realizar más plenamente su humanidad en todos los
aspectos.
Actuando en favor de los justos derechos de sus
miembros, los sindicatos se sirven también del método de la
«huelga», es decir, del bloqueo del trabajo, como de una
especie de ultimátum dirigido a los órganos competentes y sobre
todo a los empresarios. Este es un método reconocido por
la doctrina social católica como legítimo en las debidas condiciones
y en los justos límites. En relación con esto los
trabajadores deberían tener asegurado el derecho a la huelga, sin
sufrir sanciones penales personales por participar en ella. Admitiendo que
es un medio legítimo, se debe subrayar al mismo tiempo
que la huelga sigue siendo, en cierto sentido, un medio
extremo. No se puede abusar de él; no se puede
abusar de él especialmente en función de los «juegos políticos».
Por lo demás, no se puede jamás olvidar que cuando
se trata de servicios esenciales para la convivencia civil, éstos
han de asegurarse en todo caso mediante medidas legales apropiadas,
si es necesario. El abuso de la huelga puede conducir
a la paralización de toda la vida socio-económica, y esto
es contrario a las exigencias del bien común de la
sociedad, que corresponde también a la naturaleza bien entendida del
trabajo mismo.
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21.
Dignidad del trabajo agrícola
Todo cuanto se ha dicho
precedentemente sobre la dignidad del trabajo, sobre la dimensión objetiva
y subjetiva del trabajo del hombre, tiene aplicación directa en
el problema del trabajo agrícola y en la situación del
hombre que cultiva la tierra en el duro trabajo de
los campos. En efecto, se trata de un sector muy
amplio del ambiente de trabajo de nuestro planeta, no circunscrito
a uno u otro continente, no limitado a las sociedades
que han conseguido ya un determinado grado de desarrollo y
de progreso. El mundo agrícola, que ofrece a la sociedad
los bienes necesarios para su sustento diario, reviste una importancia
fundamental. Las condiciones del mundo rural y del trabajo agrícola
no son iguales en todas partes, y es diversa la
posición social de los agricultores en los distintos Países. Esto
no depende únicamente del grado de desarrollo de la técnica
agrícola sino también, y quizá más aún, del reconocimiento de
los justos derechos de los trabajadores agrícolas y, finalmente, del
nivel de conciencia respecto a toda la ética social del
trabajo.
El trabajo del campo conoce no leves dificultades, tales
como el esfuerzo físico continuo y a veces extenuante, la
escasa estima en que está considerado socialmente hasta el punto
de crear entre los hombres de la agricultura el sentimiento
de ser socialmente unos marginados, hasta acelerar en ellos el
fenómeno de la fuga masiva del campo a la ciudad
y desgraciadamente hacia condiciones de vida todavía más deshumanizadoras. Se
añada a esto la falta de una adecuada formación profesional
y de medios apropiados, un determinado individualismo sinuoso, y además
situaciones objetivamente injustas. En algunos Países en vía de desarrollo,
millones de hombres se ven obligados a cultivar las tierras
de otros y son explotados por los latifundistas, sin la
esperanza de llegar un día a la posesión ni siquiera
de un pedazo mínimo de tierra en propiedad. Faltan formas
de tutela legal para la persona del trabajador agrícola y
su familia en caso de vejez, de enfermedad o de
falta de trabajo. Largas jornadas de pesado trabajo físico son
pagadas miserablemente. Tierras cultivables son abandonadas por sus propietarios; títulos
legales para la posesión de un pequeño terreno, cultivado como
propio durante años, no se tienen en cuenta o quedan
sin defensa ante el «hambre de tierra» de individuos o
de grupos más poderosos. Pero también en los Países económicamente
desarrollados, donde la investigación científica, las conquistas tecnológicas o la
política del Estado han llevado la agricultura a un nivel
muy avanzado, el derecho al trabajo puede ser lesionado, cuando
se niega al campesino la facultad de participar en las
opciones decisorias correspondientes a sus prestaciones laborales, o cuando se
le niega el derecho a la libre asociación en vista
de la justa promoción social, cultural y económica del trabajador
agrícola.
Por consiguiente, en muchas situaciones son necesarios cambios radicales
y urgentes para volver a dar a la agricultura —y
a los hombres del campo— el justo valor como base
de una sana economía, en el conjunto del desarrollo de
la comunidad social. Por lo tanto es menester proclamar y
promover la dignidad del trabajo, de todo trabajo, y, en
particular, del trabajo agrícola, en el cual el hombre, de
manera tan elocuente, «somete» la tierra recibida en don por
parte de Dios y afirma su «dominio» en el mundo
visible.
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22. La
persona minusválida y el trabajo
Recientemente, las comunidades nacionales
y las organizaciones internacionales han dirigido su atención a otro
problema que va unido al mundo del trabajo y que
está lleno de incidencias: el de las personas minusválidas. Son
ellas también sujetos plenamente humanos, con sus correspondientes derechos innatos,
sagrados e inviolables, que, a pesar de las limitaciones y
los sufrimientos grabados en sus cuerpos y en sus facultades,
ponen más de relieve la dignidad y grandeza del hombre.
Dado que la persona minusválida es un sujeto con todos
los derechos, debe facilitársele el participar en la vida de
la sociedad en todas las dimensiones y a todos los
niveles que sean accesibles a sus posibilidades. La persona minusválida
es uno de nosotros y participa plenamente de nuestra misma
humanidad. Sería radicalmente indigno del hombre y negación de la
común humanidad admitir en la vida de la sociedad, y,
por consiguiente, en el trabajo, únicamente a los miembros plenamente
funcionales porque, obrando así, se caería en una grave forma
de discriminación, la de los fuertes y sanos contra los
débiles y enfermos. El trabajo en sentido objetivo debe estar
subordinado, también en esta circunstancia, a la dignidad del hombre,
al sujeto del trabajo y no a las ventajas económicas.
Corresponde por consiguiente a las diversas instancias implicadas en el
mundo laboral, al empresario directo como al indirecto, promover con
medidas eficaces y apropiadas el derecho de la persona minusválida
a la preparación profesional y al trabajo, de manera que
ella pueda integrarse en una actividad productora para la que
sea idónea. Esto plantea muchos problemas de orden práctico, legal
y también económico; pero corresponde a la comunidad, o sea,
a las autoridades públicas, a las asociaciones y a los
grupos intermedios, a las empresas y a los mismos minusválidos
aportar conjuntamente ideas y recursos para llegar a esta finalidad
irrenunciable: que se ofrezca un trabajo a las personas minusválidas,
según sus posibilidades, dado que lo exige su dignidad de
hombres y de sujetos del trabajo. Cada comunidad habrá de
darse las estructuras adecuadas con el fin de encontrar o
crear puestos de trabajo para tales personas tanto en las
empresas públicas y en las privadas, ofreciendo un puesto normal
de trabajo o uno más apto, como en las empresas
y en los llamados ambientes «protegidos».
Deberá prestarse gran atención,
lo mismo que para los demás trabajadores, a las condiciones
físicas y psicológicas de los minusválidos, a la justa remuneración,
a las posibilidades de promoción, y a la eliminación de
los diversos obstáculos. Sin tener que ocultar que se trata
de un compromiso complejo y nada fácil, es de desear
que una recta concepción del trabajo en sentido subjetivo lleve
a una situación que dé a la persona minusválida la
posibilidad de sentirse no al margen del mundo del trabajo
o en situación de dependencia de la sociedad, sino como
un sujeto de trabajo de pleno derecho, útil, respetado por
su dignidad humana, llamado a contribuir al progreso y al
bien de su familia y de la comunidad según las
propias capacidades.
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23.
El trabajo y el problema de la emigración
Es
menester, finalmente, pronunciarse al menos sumariamente sobre el tema de
la llamada emigración por trabajo. Este es un fenómeno antiguo,
pero que todavía se repite y tiene, también hoy, grandes
implicaciones en la vida contemporánea. El hombre tiene derecho a
abandonar su País de origen por varios motivos —como también
a volver a él— y a buscar mejores condiciones de
vida en otro País. Este hecho, ciertamente se encuentra con
dificultades de diversa índole; ante todo, constituye generalmente una pérdida
para el País del que se emigra. Se aleja un
hombre y a la vez un miembro de una gran
comunidad, que está unida por la historia, la tradición, la
cultura, para iniciar una vida dentro de otra sociedad, unida
por otra cultura, y muy a menudo también por otra
lengua. Viene a faltar en tal situación un sujeto de
trabajo, que con el esfuerzo del propio pensamiento o de
las propias manos podría contribuir al aumento del bien común
en el propio País; he aquí que este esfuerzo, esta
ayuda se da a otra sociedad, la cual, en cierto
sentido, tiene a ello un derecho menor que la patria
de origen.
Sin embargo, aunque la emigración es bajo cierto
aspecto un mal, en determinadas circunstancias es, como se dice,
un mal necesario. Se debe hacer todo lo posible —y
ciertamente se hace mucho— para que este mal, en sentido
material, no comporte mayores males en sentido moral, es más,
para que, dentro de lo posible, comporte incluso un bien
en la vida personal, familiar y social del emigrado, en
lo que concierne tanto al País donde llega, como a
la Patria que abandona. En este sector muchísimo depende de
una justa legislación, en particular cuando se trata de los
derechos del hombre del trabajo. Se entiende que tal problema
entra en el contexto de las presentes consideraciones, sobre todo
bajo este punto de vista.
Lo más importante es que
el hombre, que trabaja fuera de su País natal, como
emigrante o como trabajador temporal, no se encuentre en desventaja
en el ámbito de los derechos concernientes al trabajo respecto
a los demás trabajadores de aquella determinada sociedad. La emigración
por motivos de trabajo no puede convertirse de ninguna manera
en ocasión de explotación financiera o social. En lo referente
a la relación del trabajo con el trabajador inmigrado deben
valer los mismos criterios que sirven para cualquier otro trabajador
en aquella sociedad. El valor del trabajo debe medirse con
el mismo metro y no en relación con las diversas
nacionalidades, religión o raza. Con mayor razón no puede ser
explotada una situación de coacción en la que se encuentra
el emigrado. Todas estas circunstancias deben ceder absolutamente, —naturalmente una
vez tomada en consideración su cualificación específica—, frente al valor
fundamental del trabajo, el cual está unido con la dignidad
de la persona humana. Una vez más se debe repetir
el principio fundamental: la jerarquía de valores, el sentido profundo
del trabajo mismo exigen que el capital esté en función
del trabajo y no el trabajo en función del capital.
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V. ELEMENTOS
PARA UNA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO
24. Particular cometido
de la Iglesia
Conviene dedicar la última parte de
las presentes reflexiones sobre el tema del trabajo humano, con
ocasión del 90 aniversario de la Encíclica Rerum Novarum, a
la espiritualidad del trabajo en el sentido cristiano de la
expresión. Dado que el trabajo en su aspecto subjetivo es
siempre una acción personal, actus personae, se sigue necesariamente que
en él participa el hombre completo, su cuerpo y su
espíritu, independientemente del hecho de que sea un trabajo manual
o intelectual. Al hombre entero se dirige también la Palabra
del Dios vivo, el mensaje evangélico de la salvación, en
el que encontramos muchos contenidos —como luces particulares— dedicados al
trabajo humano. Ahora bien, es necesaria una adecuada asimilación de
estos contenidos; hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano,
guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con
el fin de dar al trabajo del hombre concreto, con
la ayuda de estos contenidos, aquel significado que el trabajo
tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual
entra en la obra de la salvación al igual que
sus tramas y componentes ordinarios, que son al mismo tiempo
particularmente importantes.
Si la Iglesia considera como deber suyo pronunciarse
sobre el trabajo bajo el punto de vista de su
valor humano y del orden moral, en el cual se
encuadra, reconociendo en esto una tarea específica importante en el
servicio que hace al mensaje evangélico completo, contemporáneamente ella ve
un deber suyo particular en la formación de una espiritualidad
del trabajo, que ayude a todos los hombres a acercarse
a través de él a Dios, Creador y Redentor, a
participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al
mundo, y a profundizar en sus vidas la amistad con
Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su
triple misión de Sacerdote, Profeta y Rey, tal como lo
enseña con expresiones admirables el Concilio Vaticano II.
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25. El trabajo como participación
en la obra del Creador
Como dice el Concilio
Vaticano II: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la
actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de
esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los
siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí
mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre
a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el
mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra
y cuanto en ella se contiene y de orientar a
Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a
Dios como Creador de todo, de modo que con el
sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el
nombre de Dios en el mundo». 27
En la palabra
de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad
fundamental, que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante
su trabajo participa en la obra del Creador, y según
la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa
desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el
descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en
todo lo creado. Encontramos esta verdad ya al comienzo mismo
de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, donde
la misma obra de la creación está presentada bajo la
forma de un «trabajo» realizado por Dios durante los «seis
días», 28 para «descansar» el séptimo. 29 Por otra parte,
el último libro de la Sagrada Escritura resuena aún con
el mismo tono de respeto para la obra que Dios
ha realizado a través de su «trabajo» creativo, cuando proclama:
«Grandes y estupendas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso», 30
análogamente al libro del Génesis, que finaliza la descripción de
cada día de la creación con la afirmación: «Y vio
Dios ser bueno». 31
Esta descripción de la creación, que
encontramos ya en el primer capítulo del libro del Génesis
es, a su vez, en cierto sentido el primer «evangelio
del trabajo». Ella demuestra, en efecto, en qué consiste su
dignidad; enseña que el hombre, trabajando, debe imitar a Dios,
su Creador, porque lleva consigo —él solo— el elemento singular
de la semejanza con Él. El hombre tiene que imitar
a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo
ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma
del trabajo y del reposo. Esta obra de Dios en
el mundo continúa sin cesar, tal como atestiguan las palabras
de Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía ...»; 32 obra
con la fuerza creadora, sosteniendo en la existencia al mundo
que ha llamado de la nada al ser, y obra
con la fuerza salvífica en los corazones de los hombres,
a quienes ha destinado desde el principio al «descanso» 33
en unión consigo mismo, en «la casa del Padre». 34
Por lo tanto, el trabajo humano no sólo exige el
descanso cada «siete días», 35 sino que además no puede
consistir en el mero ejercicio de las fuerzas humanas en
una acción exterior; debe dejar un espacio interior, donde el
hombre, convirtiéndose cada vez más en lo que por voluntad
divina tiene que ser, se va preparando a aquel «descanso»
que el Señor reserva a sus siervos y amigos .36
La conciencia de que el trabajo humano es una participación
en la obra de Dios, debe llegar —como enseña el
Concilio— incluso a «los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres
y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y
su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso
y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar
que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven
al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal
a que se cumplan los designios de Dios en la
historia». 37
Hace falta, por lo tanto, que esta espiritualidad
cristiana del trabajo llegue a ser patrimonio común de todos.
Hace falta que, de modo especial en la época actual,
la espiritualidad del trabajo demuestre aquella madurez, que requieren las
tensiones y las inquietudes de la mente y del corazón:
«Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por
el hombre se oponen al poder de Dios y que
la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por
el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son
signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su
inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre,
más amplia es su responsabilidad individual y colectiva ... El
mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación
del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno,
sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo».
38
La conciencia de que a través del trabajo el
hombre participa en la obra de la creación, constituye el
móvil más profundo para emprenderlo en varios sectores: «Deben, pues,
los fieles —leemos en la Constitución Lumen Gentium— conocer la
naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su
ordenación a la gloria de Dios y, además, deben ayudarse
entre sí, también mediante las actividades seculares, para lograr una
vida más santa, de suerte que el mundo se impregne
del espíritu de Cristo y alcance más eficazmente su fin
en la justicia, la caridad y la paz ... Procuren,
pues, seriamente, que por su competencia en los asuntos profanos
y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia
de Cristo, los bienes creados se desarrollen... según el plan
del Creador y la iluminación de su Verbo, mediante el
trabajo humano, la técnica y la cultura civil». 39
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26. Cristo, el hombre
del trabajo
Esta verdad, según la cual a través
del trabajo el hombre participa en la obra de Dios
mismo, su Creador, ha sido particularmente puesta de relieve por
Jesucristo, aquel Jesús ante el que muchos de sus primeros
oyentes en Nazaret «permanecían estupefactos y decían: «¿De dónde le
viene a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta
que le ha sido dada? ... ¿No es acaso el
carpintero? 40 En efecto, Jesús no solamente lo anunciaba, sino
que ante todo, cumplía con el trabajo el «evangelio» confiado
a él, la palabra de la Sabiduría eterna. Por consiguiente,
esto era también el «evangelio del trabajo», pues el que
lo proclamaba, él mismo era hombre del trabajo, del trabajo
artesano al igual que José de Nazaret. 41 Aunque en
sus palabras no encontremos un preciso mandato de trabajar —más
bien, una vez, la prohibición de una excesiva preocupación por
el trabajo y la existencia— 42 no obstante, al mismo
tiempo, la elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca:
pertenece al «mundo del trabajo», tiene reconocimiento y respeto por
el trabajo humano; se puede decir incluso más: él mira
con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada
una de ellas un aspecto particular de la semejanza del
hombre con Dios, Creador y Padre. ¿No es Él quien
dijo «mi Padre es el viñador» ..., 43 transfiriendo de
varias maneras a su enseñanza aquella verdad fundamental sobre el
trabajo, que se expresa ya en toda la tradición del
Antiguo Testamento, comenzando por el libro del Génesis?
En los
libros del Antiguo Testamento no faltan múltiples referencias al trabajo
humano, a las diversas profesiones ejercidas por el hombre. Baste
citar por ejemplo la de médico, 44 farmacéutico, 45 artesano-artista,
46 herrero 47 —se podrían referir estas palabras al trabajo
del siderúrgico de nuestros días—, la de alfarero, 48 agricultor,
49 estudioso, 50 navegante, 51 albañil, 52 músico, 53 pastor,
54 y pescador. 55 Son conocidas las hermosas palabras dedicadas
al trabajo de las mujeres. 56 Jesucristo en sus parábolas
sobre el Reino de Dios se refiere constantemente al trabajo
humano: al trabajo del pastor, 57 del labrador, 58 del
médico, 59 del sembrador, 60 del dueño de casa, 61
del siervo, 62 del administrador, 63 del pescador, 64 del
mercader, 65 del obrero. 66 Habla además de los distintos
trabajos de las mujeres. 67 Presenta el apostolado a semejanza
del trabajo manual de los segadores 68 o de los
pescadores. 69 Además se refiere al trabajo de los estudiosos.
70
Esta enseñanza de Cristo acerca del trabajo, basada en
el ejemplo de su propia vida durante los años de
Nazaret, encuentra un eco particularmente vivo en las enseñanzas del
Apóstol Pablo. Este se gloriaba de trabajar en su oficio
(probablemente fabricaba tiendas), 71 y gracias a esto podía también,
como apóstol, ganarse por sí mismo el pan. 72 «Con
afán y con fatiga trabajamos día y noche para no
ser gravosos a ninguno de vosotros». 73 De aquí derivan
sus instrucciones sobre el tema del trabajo, que tienen carácter
de exhortación y mandato: «A éstos ... recomendamos y exhortamos
en el Señor Jesucristo que, trabajando sosegadamente, coman su pan»,
así escribe a los Tesalonicenses. 74 En efecto, constatando que
«algunos viven entre vosotros desordenadamente, sin hacer nada», 75 el
Apóstol también en el mismo contexto no vacilará en decir:
«El que no quiere trabajar no coma», 76 En otro
pasaje por el contrario anima a que: «Todo lo que
hagáis, hacedlo de corazón como obedeciendo al Señor y no
a los hombres, teniendo en cuenta que del Señor recibiréis
por recompensa la herencia». 77
Las enseñanzas del Apóstol de
las Gentes tienen, como se ve, una importancia capital para
la moral y la espiritualidad del trabajo humano. Son un
importante complemento a este grande, aunque discreto, evangelio del trabajo,
que encontramos en la vida de Cristo y en sus
parábolas, en lo que Jesús «hizo y enseñó». 78
En
base a estas luces emanantes de la Fuente misma, la
Iglesia siempre ha proclamado esto, cuya expresión contemporánea encontramos en
la enseñanza del Vaticano II: «La actividad humana, así como
procede del hombre, así también se ordena al hombre. Pues
éste, con su acción, no sólo transforma las cosas y
la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende
mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Tal
superación, rectamente entendida, es más importante que las riquezas exteriores
que puedan acumularse... Por tanto, ésta es la norma de
la actividad humana que, de acuerdo con los designios y
voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano
y permita al hombre, como individuo y miembro de la
sociedad, cultivar y realizar íntegramente su plena vocación». 79
En
el contexto de tal visión de los valores del trabajo
humano, o sea de una concreta espiritualidad del trabajo, se
explica plenamente lo que en el mismo número de la
Constitución pastoral del Concilio leemos sobre el tema del justo
significado del progreso: «El hombre vale más por lo que
es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a
cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y
un más humano planteamiento en los problemas sociales, vale más
que los progresos técnicos. Pues dichos progresos pueden ofrecer, como
si dijéramos, el material para la promoción humana, pero por
sí solo no pueden llevarla a cabo». 80
Esta doctrina
sobre el problema del progreso y del desarrollo —tema dominante
en la mentalidad moderna— puede ser entendida únicamente como fruto
de una comprobada espiritualidad del trabajo humano, y sólo en
base a tal espiritualidad ella puede realizarse y ser puesta
en práctica. Esta es la doctrina, y a la vez
el programa, que ahonda sus raíces en el «evangelio del
trabajo».
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27. El
trabajo humano a la luz de la cruz y resurrección
de Cristo
Existe todavía otro aspecto del trabajo humano,
una dimensión suya esencial, en la que la espiritualidad fundada
sobre el Evangelio penetra profundamente. Todo trabajo — tanto manual
como intelectual— está unido inevitablemente a la fatiga. El libro
del Génesis lo expresa de manera verdaderamente penetrante, contraponiendo a
aquella originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo
de la creación, y unida a la elevación del hombre
como imagen de Dios, la maldición, que el pecado ha
llevado consigo: «Por ti será maldita la tierra. Con trabajo
comerás de ella todo el tiempo de tu vida», 81
Este dolor unido al trabajo señala el camino de la
vida humana sobre la tierra y constituye el anuncio de
la muerte: «Con el sudor de tu rostro comerás el
pan hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella
has sido tomado», 82 Casi como un eco de estas
palabras, se expresa el autor de uno de los libros
sapienciales: «Entonces miré todo cuanto habían hecho mis manos y
todos los afanes que al hacerlo tuve». 83 No existe
un hombre en la tierra que no pueda hacer suyas
estas palabras.
El Evangelio pronuncia, en cierto modo, su última
palabra, también al respecto, en el misterio pascual de Jesucristo.
Y aquí también es necesario buscar la respuesta a estos
problemas tan importantes para la espiritualidad del trabajo humano. En
el misterio pascual está contenida la cruz de Cristo, su
obediencia hasta la muerte, que el Apóstol contrapone a aquella
desobediencia, que ha pesado desde el comienzo a lo largo
de la historia del hombre en la tierra. 84 Está
contenida en él también la elevación de Cristo, el cual
mediante la muerte de cruz vuelve a sus discípulos con
la fuerza del Espíritu Santo en la resurrección.
El sudor
y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la
condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a
cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo,
la posibilidad de participar en el amor a la obra
que Cristo ha venido a realizar. 85 Esta obra de
salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de
la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en
unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en
cierto modo con el Hijo de Dios en la redención
de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando
a su vez la cruz de cada día 86 en
la actividad que ha sido llamado a realizar.
Cristo «sufriendo
la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su
ejemplo a llevar la cruz que la carne y el
mundo echan sobre los hombros de los que buscan la
paz y la justicia»; pero, al mismo tiempo, «constituido Señor
por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada
toda potestad en el cielo y en la tierra, obra
ya por la virtud de su Espíritu en el corazón
del hombre... purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos
generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer
más llevadera su propia vida y someter la tierra a
este fin». 87
En el trabajo humano el cristiano descubre
una pequeña parte de la cruz de Cristo y la
acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual
Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo,
merced a la luz que penetra dentro de nosotros por
la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de
la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio
de los «nuevos cielos y otra tierra nueva», 88 los
cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo son participados por
el hombre y por el mundo. A través del cansancio
y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo
indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano;
pero, por otra parte, se descubre en esta cruz y
fatiga, un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo:
con el trabajo entendido en profundidad y bajo todos sus
aspectos, y jamás sin él.
¿No es ya este nuevo
bien — fruto del trabajo humano— una pequeña parte de
aquella «tierra nueva», en la que mora la justicia? 89
¿En qué relación está ese nuevo bien con la resurrección
de Cristo, si es verdad que la múltiple fatiga del
trabajo del hombre es una pequeña parte de la cruz
de Cristo? También a esta pregunta intenta responder el Concilio,
tomando la luz de las mismas fuentes de la Palabra
revelada: «Se nos advierte que de nada le sirve al
hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí
mismo (cfr. Lc 9, 25). No obstante la espera de
una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar,
la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo
de la nueva familia humana, el cual puede de alguna
manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque
hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino
de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir
a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida
al reino de Dios». 90
Hemos intentado, en estas reflexiones
dedicadas al trabajo humano, resaltar todo lo que parecía indispensable,
dado que a través de él deben multiplicarse sobre la
tierra no sólo «los frutos de nuestro esfuerzo», sino además
«la dignidad humana, la unión fraterna, y la libertad». 91
El cristiano que está en actitud de escucha de la
palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración,
sepa qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el
progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de
Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del
Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio.
Al finalizar
estas reflexiones, me es grato impartir de corazón a vosotros,
venerados Hermanos, Hijos a Hijas amadísimos, la propiciadora Bendición Apostólica.
Este documento, que había preparado para que fuese publicado el
día 15 de mayo pasado, con ocasión del 90 aniversario
de la Encíclica Rerum Novarum, he podido revisarlo definitivamente sólo
después de mi permanencia en el hospital.
Dado en Castelgandolfo,
el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la
Santa Cruz, del año 1981, tercero de mi Pontificado.
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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
1. Cfr. Sal 127 (128),
2; cfr. también Gén 3, 17-19; Prov 10, 22; Ex
1, 8-14; Jer 22, 13.
2. Cfr. Gén 1, 26.
3. Cfr. Ibid . 1, 28.
4. Carta Encíclica Redemptor
hominis , 14: AAS 71 (1979) p. 284.
5. Cfr. Sal
127 (128), 2.
6.Gén 3, 19.
7. Cfr. Mt 13,
52.
8. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la
Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes , 38:
AAS 58 (1966), p. 1055.
9.Gén 1, 27.
10 .Gén
1, 28.
11 . Cfr. Heb 2, 17; Flp 2,
5-8.
12 . Cfr. Pío XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno
:AAS 23 (1931) p. 221.
13 .Dt 24, 15; Sant
5, 4; y también Gén 4 10.
14 . Cfr.
Gén 1, 28.
15 . cfr. Gén 1, 26-27.
16
.Gén 3, 19.
17 .Heb 6, 8; cfr. Gén
3, 18.
18 . Cfr. Summa Th. , I-II,
q. 40, a. 1 c; I-II, q. 34, a. 2,
ad 1.
19 . Cfr. Summa Th. , I-II, q.
40, a. 1 c; I-II, q. 34, a. 2, ad
1.
20 . Cfr. Pío XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno
:AAS 23 (1931) p. 221-222.
21 . Cfr. Jn 4,
38.
22 . Sobre el derecho a la propiedad cfr.
Summa Th. , II-II, q. 66, aa. 2, 6; De
Regimine principum , L. I., cc 15, 17. Respecto a
la función social de la propiedad cfr.: Summa Th. II-II,
q. 134, a. 1, ad 3.
23 . Cfr. Pío
XI, Carta Encíclica Quadragesimo anno :AAS 23 (1931) p. 199;.Conc.
Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes , 68: AAS 58 (1966),
p. 1089-1090.
24 . Cfr. Juan XXIII, Carta Encíclica Mater
et Magistra: ASS 53 (1961) p. 419.
25 .
Cfr. Summa Th. , II-II, q. 65, a. 2.
26
. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la
Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes , 67:
AAS 58 (1966), p. 1089.
27 . Conc. Ecum. Vat.
II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes , 34: AAS 58 (1966), p. 1052
s.
28 . Cfr. Gén 2, 2; Ex 20, 8.11;
Dt 5, 12-14.
29 . Cfr. Gén 2, 3.
30
.Ap 15, 3.
31 .Gén 1, 4. 10. 12. 18.
21. 25. 31.
32 .Jn 5, 17.
33 .Heb 4,
1. 9-10.
34 .Jn 14, 2.
35 .Dt 5, 12-14;
Ex 20, 8-12.
36 . Cfr. Mt 25, 21.
37
. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes , 34: AAS
58 (1966), p. 1052 s.
38 .Ibid .
39 . Conc.
Ecum. Vat. II, Const. Dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium
, 36: AAS 57 (1965), p.41.
40 .Mc 6, 2-3.
41 . Cfr. Mt 13, 55.
42 . Cfr. Mt
6, 25-34.
43 .Jn 15, 1.
44 . Cfr. Eclo
38, 1-3.
45 . Cfr. Eclo 38, 4-8.
46 .
Cfr. Ex 31, 1-5; Eclo 38, 27.
47 . Cfr.
Gén 4, 22; Is 44, 12.
48 . Cfr. Jer
18, 3-4; Eclo 38, 29-30.
49 . Cfr. Gén 9,
20; Is 5, 1-2.
50 . Cfr. Ecl 12, 9-12;
Eclo 39, 1-8.
51 . Cfr. Sal 107 (108), 23-30;
Sab 14, 2-3a.
52 . Cfr. Gén 11, 3; 2
Re 12, 12-13; 22, 5-6.
53 . Cfr. Gén 4,
21.
54 . Cfr. Gén 4, 2; 37, 3; Ex
3, 1; 1 Sam 16, 11; passim.
55 . Cfr.
Ez 47, 10.
56 . Cfr. Prov 31,
15-27.
57 . Por ej. Jn 10, 1-16.
58 .
Cfr. Mc 12, 1-12.
59 . Cfr. Lc 4, 23.
60 . Cfr. Mc 4, 1-9.
61 . Cfr. Mt
13, 52.
62 . Cfr. Mt 24, 45; Lc 12,
42-48.
63 . Cfr. Lc 16, 1-8.
64 .Cfr. Mt
13, 47-50.
65 . Cfr. Mt 13, 45-46.
66 .
Cfr. Mt 20, 1-16.
67 . Cfr. Mt 13, 33;
Lc 15, 8-9.
68 . Cfr. Mt 9, 37; Jn
4, 35-38.
69 . Cfr. Mt 4, 19.
70 .
Cfr. Mt 13, 52.
71 . Cfr. Act 18, 3.
72 . Cfr. Act 20, 34-35.
73 2 Tes 3,
8. S. Pablo reconoce a los misioneros el derecho a
los medios de subsistencia: 1 Cor 9, 6-14; Gál 6,
6; 2 Tes 3, 9; cfr. Lc 10, 7.
74
.2 Tes 3, 12.
75 . 2 Tes 3,
11.
76 .2 Tes 3, 10.
77 .Co 3, 23-24.
78 .Act 1, 1.
79 . Con. Ecum. Vat. II,
Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes , 35 AAS 58 (1966) p. 1053.
80
Ibid .
81 .Gén 3, 17.
82 .Gén 3, 19.
83
.Ecl 2, 11.
84 . Cfr. Rom 5, 19.
85
. Cfr. Jn 17, 4.
86 . Cfr. Lc 9,
23.
87 . Con. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre
la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes ,
38 AAS 58 (1966) p. 1055 s.
88 . Cfr.
2 Pe 3, 13, Ap 21, 1.
89 . Cfr.
2 Pe 3, 13.
90 . Con. Ecum. Vat. II,
Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes , 39 AAS 58 (1966) p. 1057.
91
.Ibid .
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