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Sollicitudo rei socialis
Sobre la preocupación
social de la Iglesia
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Juan
Pablo II
30 de diciembre de año 1987
La
preocupación social de la Iglesia, orientada al desarrollo auténtico
del hombre y de la sociedad, que respete y
promueva en toda su dimensión la persona humana, se
ha expresado siempre de modo muy diverso. Uno de
los medios destacados de intervención ha sido, en los últimos
tiempos, el Magisterio de los Romanos Pontífices, que, a
partir de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII
como punto de referencia, 1ha tratado frecuentemente la cuestión,
haciendo coincidir a veces las fechas de publicación de
los diversos documentos sociales con los aniversarios de aquel
primer documento.
Los Sumos Pontífices no han dejado de
iluminar con tales intervenciones aspectos también nuevos de la
doctrina social de la Iglesia.
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Índice General
I. INTRODUCCIÓN
II. NOVEDAD DE LA ENCÍCLICA
POPULORUM PROGRESSIO
III. PANORAMA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO
IV. EL AUTENTICO DESARROLLO HUMANO
V. UNA LECTURA TEOLÓGICA DE LOS PROBLEMAS MODERNOS
VI. ALGUNAS ORIENTACIONES PARTICULARES
VII.
CONCLUSIÓN
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Sollicitudo rei socialis
Sobre la preocupación social de la
Iglesia
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II
30
de diciembre de año 1987
I. INTRODUCCIÓN
1. La preocupación social de la Iglesia, orientada al
desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad, que respete
y promueva en toda su dimensión la persona humana, se
ha expresado siempre de modo muy diverso. Uno de los
medios destacados de intervención ha sido, en los últimos tiempos,
el Magisterio de los Romanos Pontífices, que, a partir de
la Encíclica Rerum Novarum de León XIII como punto de
referencia, 1ha tratado frecuentemente la cuestión, haciendo coincidir a veces
las fechas de publicación de los diversos documentos sociales con
los aniversarios de aquel primer documento. 2Los Sumos Pontífices no
han dejado de iluminar con tales intervenciones aspectos también nuevos
de la doctrina social de la Iglesia. Por consiguiente, a
partir de la aportación valiosísima de León XIII, enriquecida por
las sucesivas aportaciones del Magisterio, se ha formado ya un
« corpus » doctrinal renovado, que se va articulando a
medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra
revelada por Jesucristo 3y mediante la asistencia del Espíritu Santo
(cf. Jn 14, 16.26; 16, 13-15), lee los hechos según
se desenvuelven en el curso de la historia. Intenta guiar
de este modo a los hombres para que ellos mismos
den una respuesta, con la ayuda también de la razón
y de las ciencias humanas, a su vocación de constructores
responsables de la sociedad terrena.
2. En este notable
cuerpo de enseñanza social se encuadra y distingue la Encíclica
Populorum Progressio, 4que mi venerado Predecesor Pablo VI publicó el
26 de marzo de 1967.
La constante actualidad de esta
Encíclica se reconoce fácilmente, si se tiene en cuenta las
conmemoraciones que han tenido lugar a lo largo de este
año, de distinto modo y en muchos ambientes del mundo
eclesiástico y civil. Con esta misma finalidad la Pontificia Comisión
Iustitia et Pax envió el año pasado una carta circular
a los Sínodos de las Iglesias católicas Orientales así como
a las Conferencias Episcopales, pidiendo opiniones y propuestas sobre el
mejor modo de celebrar el aniversario de esta Encíclica, enriquecer
asimismo sus enseñanzas y eventualmente actualizarlas. La misma Comisión promovió,
a la conclusión del vigésimo aniversario, una solemne conmemoración a
la cual yo mismo creí oportuno tomar parte con una
alocución final. 5Y ahora, tomado en consideración también el contenido
de las respuestas dadas a la mencionada carta circular, creo
conveniente, al término de 1987, dedicar una Encíclica al tema
de la Populorum Progressio.
3. Con esto me propongo
alcanzar principalmente dos objetivos de no poca importancia: por un
lado, rendir homenaje a este histórico documento de Pablo VI
y a la importancia de su enseñanza; por el otro,
manteniéndome en la línea trazada por mis venerados Predecesores en
la Cátedra de Pedro, afirmar una vez más la continuidad
de la doctrina social junto con su constante renovación. En
efecto, continuidad y renovación son una prueba de la perenne
validez de la enseñanza de la Iglesia.
Esta doble connotación
es característica de su enseñanza en el ámbito social. Por
un lado, es constante porque se mantiene idéntica en su
inspiración de fondo, en sus « principios de reflexión »,
en sus fundamentales « directrices de acción » 6y, sobre
todo, en su unión vital con el Evangelio del Señor.
Por el otro, es a la vez siempre nueva, dado
que está sometida a las necesarias y oportunas adaptaciones sugeridas
por la variación de las condiciones históricas así como por
el constante flujo de los acontecimientos en que se mueve
la vida de los hombres y de las sociedades.
4. Convencido de que las enseñanzas de la Encíclica Populorum
Progressio, dirigidas a los hombres y a la sociedad de
la década de los sesenta, conservan toda su fuerza de
llamado a la conciencia, ahora, en la recta final de
los ochenta, en un esfuerzo por trazar las líneas maestras
del mundo actual, —siempre bajo la óptica del motivo inspirador,
« el desarrollo de los pueblos », bien lejos todavía
de haberse alcanzado— me propongo prolongar su eco, uniéndolo con
las posibles aplicaciones al actual momento histórico, tan dramático como
el de hace veinte años.
El tiempo —lo sabemos bien—
tiene siempre la misma cadencia; hoy, sin embargo, se tiene
la impresión de que está sometido a un movimiento de
continua aceleración, en razón sobre todo de la multiplicación y
complejidad de los fenómenos que nos tocan vivir. En consecuencia,
la configuración del mundo, en el curso de los últimos
veinte años, aún manteniendo algunas constantes fundamentales, ha sufrido notables
cambios y presenta aspectos totalmente nuevos.
Este período de tiempo,
caracterizado a la vigilia del tercer milenio cristiano por una
extendida espera, como si se tratara de un nuevo «
adviento », que en cierto modo concierne a todos los
hombres, ofrece la ocasión de profundizar la enseñanza de la
Encíclica, para ver juntos también sus perspectivas.
La presente reflexión
tiene la finalidad de subrayar, mediante la ayuda de la
investigación teológica sobre las realidades contemporáneas, la necesidad de una
concepción más rica y diferenciada del desarrollo, según las propuestas
de la Encíclica, y de indicar asimismo algunas formas de
actuación.
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II. NOVEDAD DE LA ENCÍCLICA POPULORUM PROGRESSIO
5. Ya
en su aparición, el documento del Papa Pablo VI llamó
la atención de la opinión pública por su novedad. Se
tuvo la posibilidad de verificar concretamente, con gran claridad, dichas
características de continuidad yde renovación, dentro de la doctrina social
de la Iglesia. Por tanto, el tentativo de volver a
descubrir numerosos aspectos de esta enseñanza, a través de una
lectura atenta de la Encíclica, constituirá el hilo conductor de
la presente reflexión.
Pero antes deseo detenerme sobre la fecha
de publicación: el año 1967. El hecho mismo de que
el Papa Pablo VI tomó la decisión de publicar su
Encíclica social aquel año, nos lleva a considerar el documento
en relación al Concilio Ecuménico Vaticano II, que se había
clausurado el 8 de diciembre de 1965.
6. En
este hecho debemos ver más de una simple cercanía cronológica.
La encíclica Populorum Progressio se presenta, en cierto modo, como
un documento de aplicación de las enseñanzas del Concilio. Y
esto no sólo porque la Encíclica haga continuas referencias a
los texto conciliares, 8sino porque nace de la preocupación de
la Iglesia, que inspiró todo el trabajo conciliar —de modo
particular la Constitución pastoral Gaudium et spes— en la labor
de coordinar y desarrollar algunos temas de su enseñanza social.
Por consiguiente, se puede afirmar que la Encíclica Populorum Progressio
es como la respuesta a la llamada del Concilio, con
la que comienza la Constitución Gaudium et spes: « Los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de
los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres
y de cuantos sufren, son a la vez gozos y
esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada
hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón
» .9Estas palabras expresan el motivo fundamental que inspiró el
gran documento del Concilio, el cual parte de la constatación
de la situación de miseria y de subdesarrollo, en las
que viven tantos millones de seres humanos.
Esta miseria y
el subdesarrollo son, bajo otro nombre, « las tristezas y
las angustias » de hoy, sobre todo de los pobres;
ante este vasto panorama de dolor y sufrimiento, el Concilio
quiere indicar horizontes de « gozo y esperanza ». Al
mismo objetivo apunta la Encíclica de Pablo VI, plenamente fiel
a la inspiración conciliar.
7. Pero también en el
orden temático, la Encíclica, siguiendo la gran tradición de la
enseñanza social de la Iglesia, propone directamente, la nueva exposición
yla rica síntesis, que el Concilio ha elaborado de modo
particular en la Constitución Gaudium et spes. Respecto al contenido
y a los temas, nuevamente propuestos por la Encíclica, cabe
subrayar: la conciencia del deber que tiene la Iglesia, «
experta en humanidad », de « escrutar los signos de
los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio
»; 10 la conciencia, igualmente profunda de su misión de
« servicio », distinta de la función del Estado, aun
cuando se preocupa de la suerte de las personas en
concreto; 11 la referencia a las diferencias clamorosas en la
situación de estas mismas personas; 12 la confirmación de la
enseñanza conciliar, eco fiel de la secular tradición de la
Iglesia, respecto al « destino universal de los bienes »;
13 el aprecio por la cultura y la civilización técnica
que contribuyen a la liberación del hombre, 14 sin dejar
de reconocer sus límites; 15 y finalmente, sobre el tema
del desarrollo, propio de la Encíclica, la insistencia sobre el
« deber gravísimo », que atañe a las naciones más
desarrolladas. 16 El mismo concepto de desarrollo, propuesto por la
Encíclica, surge directamente de la impostación que la Constitución pastoral
da a este problema. 17
Estas y otras referencias explícitas
a la Constitución pastoral llevan a la conclusión de que
la Encíclica se presenta como una aplicación de la enseñanza
conciliar en materia social respecto al problema específico del desarrollo
así como del subdesarrollo de los pueblos.
8. El
breve análisis efectuado nos ayuda a valorar mejor la novedad
de la Encíclica, que se puede articular en tres puntos.
El primero está constituido por el hecho mismo de un
documento emanado por la máxima autoridad de la Iglesia católica
y destinado a la vez a la misma Iglesia y
« a todos los hombres de buena voluntad », 18
sobre una materia que a primera vista es sólo económica
y social: el desarrollo de los pueblos. Aquí el vocablo
« desarrollo » proviene del vocabulario de las ciencias sociales
y económicas. Bajo este aspecto, la Encíclica Populorum Progressio se
coloca inmediatamente en la línea de la Rerum Novarum, que
trata de la « situación de los obreros ». 19
Vistas superficialmente, ambas cuestiones podrían parecer extrañas a la legítima
preocupación de la Iglesia considerada como institución religiosa. Más aún
el « desarrollo » que la « condición obrera ».
En sintonía con la Encíclica de León XIII, al documento
de Pablo VI hay que reconocer el mérito de haber
señalado el carácter ético ycultural de la problemática relativa al
desarrollo y, asimismo a la legitimidad y necesidad de la
intervención de la Iglesia en este campo.
Con esto, la
doctrina social cristiana ha reivindicado una vez más su carácter
de aplicación de la Palabra de Dios a la vida
de los hombres y de la sociedad así como a
las realidades terrenas, que con ellas se enlazan, ofreciendo «
principios de reflexión », « criterios de juicio » y
« directrices de acción ». 20 Pues bien, en el
documento de Pablo VI se encuentran estos tres elementos con
una orientación eminentemente práctica, o sea, orientada a la conducta
moral. Por eso, cuando la Iglesia se ocupa del «
desarrollo de los pueblos » no puede ser acusada de
sobrepasar su campo específico de competencia y, mucho menos, el
mandato recibido del Señor.
9. El segundo punto es
la novedad de la Populorum Progressio, como se manifiesta por
la amplitud de horizonte, abierto a lo que comúnmente se
conoce bajo el nombre de « cuestión social ». En
realidad, la Encíclica Mater et Magistra del Papa Juan XXIII
había entrado ya en este horizonte más amplio 21 y
el Concilio, en la Constitución Pastoral Gaudium et spes, se
había hecho eco de ello. 22 Sin embargo el magisterio
social de la Iglesia no había llegado a afirmar todavía
con toda claridad que la cuestión social ha adquirido una
dimensión mundial, 23 ni había llegado a hacer de esta
afirmación y de su análisis una « directriz de acción
», como hace el Papa Pablo VI en su Encíclica.
Semejante toma de posición tan explícita ofrece una gran riqueza
de contenidos, que es oportuno indicar.
Ante todo, es menester
eliminar un posible equívoco. El reconocimiento de que la «
cuestión social » haya tomado una dimensión mundial, no significa
de hecho que haya disminuido su fuerza de incidencia o
que haya perdido su importancia en el ámbito nacional o
local. Significa, por el contrario, que la problemática en los
lugares de trabajo o en el movimiento obrero y sindical
de un determinado país no debe considerarse como algo aislado,
sin conexión, sino que depende de modo creciente del influjo
de factores existentes por encima de los confines regionales o
de las fronteras nacionales.
Por desgracia, bajo el aspecto económico,
los países en vías de desarrollo son muchos más que
los desarrollados; las multitudes humanas que carecen de los bienes
y de los servicios ofrecidos por el desarrollo, son bastante
más numerosas de las que disfrutan de ellos.
Nos encontramos,
por tanto, frente a un grave problema de distribución desigual
de los medios de subsistencia, destinados originariamente a todos los
hombres, y también de los beneficios de ellos derivantes. Y
esto sucede no por responsabilidad de las poblaciones indigentes, ni
mucho menos por una especie de fatalidad dependiente de las
condiciones naturales o del conjunto de las circunstancias.
La Encíclica
de Pablo VI, al declarar que la cuestión social ha
adquirido una dimensión mundial, se propone ante todo señalar un
hecho moral, que tiene su fundamento en el análisis objetivo
de la realidad. Según las palabras mismas de la Encíclica,
« cada uno debe tomar conciencia » de este hecho,
24 precisamente porque interpela directamente a la conciencia, que es
fuente de las decisiones morales.
En este marco, la novedad
de la Encíclica, no consiste tanto en la afirmación, de
carácter histórico, sobre la universalidad de la cuestión social cuanto
en la valoración moral de esta realidad. Por consiguiente, los
responsables de la gestión pública, los ciudadanos de los países
ricos, individualmente considerados, especialmente si son cristianos, tienen la obligación
moral — según el correspodiente grado de responsabilidad— de tomar
en consideración, en las decisiones personales y de gobierno, esta
relación de universalidad, esta interdependencia que subsiste entre su forma
de comportarse y la miseria y el subdesarrollo de tantos
miles de hombres. Con mayor precisión la Encíclica de Pablo
VI traduce la obligación moral como « deber de solidaridad
», 25 y semejante afirmación, aunque muchas cosas han cambiado
en el mundo, tiene ahora la misma fuerza y validez
de cuando se escribió.
Por otro lado, sin abandonar la
línea de esta visión moral, la novedad de la Encíclica
consiste también en el planteamiento de fondo, según el cual
la concepción misma del desarrollo, si se le considera en
la perspectiva de la interdependencia universal, cambia notablemente. El verdadero
desarrollo no puede consistir en una mera acumulación de riquezas
o en la mayor disponibilidad de los bienes y de
los servicios, si esto se obtiene a costa del subdesarrollo
de muchos, y sin la debida consideración por la dimensión
social, cultural y espiritual del ser humano. 26
10.
Como tercer punto la Encíclica da un considerable aporte de
novedad a la doctrina social de la Iglesia en su
conjunto y a la misma concepción de desarrollo. Esta novedad
se halla en una frase que se lee en el
párrafo final del documento, y que puede ser considerada como
su fórmula recapituladora, además de su importancia histórica: « el
desarrollo es el nombre nuevo de la paz ». 27
De hecho, si la cuestión social ha adquirido dimensión mundial,
es porque la exigencia de justicia puede ser satisfecha únicamente
en este mismo plano. No atender a dicha exigencia podría
favorecer el surgir de una tentación de respuesta violenta por
parte de las víctimas de la injusticia, como acontece al
origen de muchas guerras. Las poblaciones excluidas de la distribución
equitativa de los bienes, destinados en origen a todos, podrían
preguntarse: ¿por qué no responder con la violencia a los
que, en primer lugar, nos tratan con violencia? Si la
situación se considera a la luz de la división del
mundo en bloques ideológicos —ya existentes en 1967— y de
las consecuentes repercusiones y dependencias económicas y políticas, el peligro
resulta harto significativo.
A esta primera consideración sobre el dramático
contenido de la fórmula de la Encíclica se añade otra,
al que el mismo documento alude: 28 ¿cómo justificar el
hecho de que grandes cantidades de dinero, que podrían y
deberían destinarse a incrementar el desarrollo de los pueblos, son,
por el contrario utilizados para el enriquecimiento de individuos o
grupos, o bien asignadas al aumento de arsenales, tanto en
los Países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo,
trastocando de este modo las verdaderas prioridades? Esto es aún
más grave vistas las dificultades que a menudo obstaculizan el
paso directo de los capitales destinados a ayudar a los
Países necesitados. Si « el desarrollo es el nuevo nombre
de la paz », la guerra y los preparativos militares
son el mayor enemigo del desarrollo integral de los pueblos.
De este modo, a la luz de la expresión del
Papa Pablo VI, somos invitados a revisar el concepto de
desarrollo, que no coincide ciertamente con el que se limita
a satisfacer los deseos materiales mediante el crecimiento de los
bienes, sin prestar atención al sufrimiento de tantos y haciendo
del egoísmo de las personas y de las naciones la
principal razón. Como acertadamente nos recuerda la carta de Santiago:
el egoísmo es la fuente de donde tantas guerras y
contiendas ... de vuestras voluptuosidades que luchan en vuestros miembros.
Codiciáis y no tenéis » ( Sant 4, 1 s).
Por el contrario, en un mundo distinto, dominado por la
solicitud por el bien común de toda la humanidad, o
sea por la preocupación por el « desarrollo espiritual y
humano de todos », en lugar de la búsqueda del
provecho particular, la paz sería posible como fruto de una
« justicia más perfecta entre los hombres ». 29
Esta
novedad de la Encíclica tiene además un valor permanente yactual,
considerada la mentalidad actual que es tan sensible al íntimo
vínculo que existe entre el respeto de la justicia y
la instauración de la paz verdadera.
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III. PANORAMA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO
11. La enseñanza fundamental de la Encíclica Populorum Progressio
tuvo en su día gran eco por su novedad. El
contexto social en que vivimos en la actualidad no se
puede decir que sea exactamente igual al de hace veinte
años. Es, esto, por lo que quiero detenerme, a través
de una breve exposición, sobre algunas características del mundo actual,
con el fin de profundizar la enseñanza de la Encíclica
de Pablo VI, siempre bajo el punto de vista del
« desarrollo de los pueblos ».
12. El primer
aspecto a destacar es que la esperanza de desarrollo, entonces
tan viva, aparece en la actualidad muy lejana de la
realidad.
A este propósito, la Encíclica no se hacía ilusión
alguna. Su lenguaje grave, a veces dramático, se limitaba a
subrayar el peso de la situación y a proponer a
la conciencia de todos la obligación urgente de contribuir a
resolverla. En aquellos años prevalecía un cierto optimismo sobre la
posibilidad de colmar, sin esfuerzos excesivos, el retraso económico de
los pueblos pobres, de proveerlos de infraestructuras y de asistir
los en el proceso de industrialización. En aquel contexto histórico,
por encima de los esfuerzos de cada país, la Organización
de las Naciones Unidas promovió consecutivamente dos decenios de desarrollo.
30 Se tomaron, en efecto, algunas medidas, bilaterales y multilaterales,
con el fin de ayudar a muchas Naciones, algunas de
ellas independientes desde hacía tiempo, otras —la mayoría— nacidas como
Estados a raíz del proceso de descolonización. Por su parte,
la Iglesia sintió el deber de profundizar los problemas planteados
por la nueva situación, pensando sostener con su inspiración religiosa
y humana estos esfuerzos para darles un alma y un
empuje eficaz.
13. No se puede afirmar que estas
diversas iniciativas religiosas, humanas, económicas y técnicas, hayan sido superfluas,
dado que han podido alcanzar algunos resultados. Pero en línea
general, teniendo en cuenta los diversos factores, no se puede
negar que la actual situación del mundo, bajo el aspecto
de desarrollo, ofrezca una impresión más bien negativa.
Por ello,
deseo llamar la atención sobre algunos indicadores genéricos, sin excluir
otros más específicos. Dejando a un lado el análisis de
cifras y estadísticas, es suficiente mirar la realidad de una
multitud ingente de hombres y mujeres , niños, adultos y
ancianos, en una palabra, de personas humanas concretas e irrepetibles,
que sufren el peso intolerable de la miseria. Son muchos
millones los que carecen de esperanza debido al hecho de
que, en muchos lugares de la tierra, su situación se
ha agravado sensiblemente. Ante estos dramas de total indigencia y
necesidad, en que viven muchos de nuestros hermanos y hermanas,
es el mismo Señor Jesús quien viene a interpelarnos (cf.
Mt 25, 31-46).
14. La primera constatación negativa que
se debe hacer es la persistencia y a veces el
alargamiento del abismo entre las áreas del llamado Norte desarrollado
y la del Sur en vías de desarrollo. Esta terminología
geográfica es sólo indicativa, pues no se puede ignorar que
las fronteras de la riqueza y de la pobreza atraviesan
en su interior las mismas sociedades tanto desarrolladas como en
vías de desarrollo. Pues, al igual que existen desigualdades sociales
hasta llegar a los niveles de miseria en los países
ricos, también, de forma paralela, en los países menos desarrollados
se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación desconcertantes
y escandalosas.
A la abundancia de bienes y servicios disponibles
en algunas partes del mundo, sobre todo en el Norte
desarrollado, corresponde en el Sur un inadmisible retraso y es
precisamente en esta zona geopolítica donde vive la mayor parte
de la humanidad.
Al mirar la gama de los diversos
sectores producción y distribución de alimentos, higiene, salud y vivienda,
disponibilidad de agua potable, condiciones de trabajo, en especial el
femenino, duración de la vida y otros indicadores económicos y
sociales, el cuadro general resulta desolador, bien considerándolo en sí
mismo, bien en relación a los datos correspondientes de los
países más desarrollados del mundo. La palabra « abismo »
vuelve a los labios espontáneamente.
Tal vez no es éste
el vocablo adecuado para indicar la verdadera realidad, ya que
puede dar la impresión de un fenómeno estacionario. Sin embargo,
no es así. En el camino de los países desarrollados
y en vías de desarrollo se ha verificado a lo
largo de estos años una velocidad diversa de aceleración, que
impulsa a aumentar las distancias. Así los países en vías
de desarrollo, especialmente los más pobres, se encuentran en una
situación de gravísimo retraso. A lo dicho hay que añadir
todavía las diferencias de cultura y de los sistemas de
valores entre los distintos grupos de población, que no coinciden
siempre con el grado de desarrollo económico, sino que contribuyen
a crear distancias. Son estos los elementos y los aspectos
que hacen mucho más compleja la cuestión social, debido a
que ha asumido una dimensión mundial.
Al observar las diversas
partes del mundo separadas por la distancia creciente de este
abismo, al advertir que cada una de ellas parece seguir
una determinada ruta, con sus realizaciones, se comprende por qué
en el lenguaje corriente se hable de mundos distintos dentro
de nuestro único mundo: Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo
y, alguna vez, Cuarto Mundo. 31 Estas expresiones, que no
pretenden obviamente clasificar de manera satisfactoria a todos los Países,
son muy significativas. Son el signo de una percepción difundida
de que la unidad del mundo, en otras palabras, la
unidad del género humano, está seriamente comprometida. Esta terminología, por
encima de su valor más o menos objetivo, esconde sin
lugar a duda un contenido moral, frente al cual la
Iglesia, que es « sacramento o signo e instrumento... de
la unidad de todo el género humano », 32 no
puede permanecer indiferente.
15. El cuadro trazado precedentemente sería
sin embargo incompleto, si a los « indicadores económicos y
sociales » del subdesarrollo no se añadieran otros igualmente negativos,
más preocupantes todavía, comenzando por el plano cultural. Estos son:
el analfabetismo, la dificultad o imposibilidad de acceder a los
niveles superiores de instrucción, la incapacidad de participar en la
construcción de la propia Nación, las diversas formas de explotación
y de opresión económica, social, política y también religiosa de
la persona humana y de sus derechos, las discriminaciones de
todo tipo, de modo especial la más odiosa basada en
la diferencia racial. Si alguna de estas plagas se halla
en algunas zonas del Norte más desarrollado, sin lugar a
duda éstas son más frecuentes, más duraderas y más difíciles
de extirpar en los países en vías de desarrollo y
menos avanzados.
Es menester indicar que en el mundo actual,
entre otros derechos, es reprimido a menudo el derecho de
iniciativa económica. No obstante eso, se trata de un derecho
importante no sólo para el individuo en particular, sino además
para el bien común. La experiencia nos demuestra que la
negación de tal derecho o su limitación en nombre de
una pretendida « igualdad » de todos en la sociedad,
reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu de
iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano. En consecuencia,
surge, de este modo, no sólo una verdadera igualdad, sino
una « nivelación descendente ». En lugar de la iniciativa
creadora nace la pasividad, la dependencia y la sumisión al
aparato burocrático que, como único órgano que « dispone »
y « decide » —aunque no sea « Poseedor »—
de la totalidad de los bienes y medios de producción,
pone a todos en una posición de dependencia casi absoluta,
similar a la tradicional dependencia del obrero-proletario en el sistema
capitalista. Esto provoca un sentido de frustración o desesperación y
predispone a la despreocupación de la vida nacional, empujando a
muchos a la emigración y favoreciendo, a la vez, una
forma de emigración « psicológica ».
Una situación semejante tiene
sus consecuencias también desde el punto de vista de los
« derechos de cada Nación ». En efecto, acontece a
menudo que una Nación es privada de su subjetividad, o
sea, de la « soberanía » que le compete, en
el significado económico así como en el político-social y en
cierto modo en el cultural, ya que en una comunidad
nacional todas estas dimensiones de la vida están unidas entre
sí.
Es necesario recalcar, además, que ningún grupo social, por
ejemplo un partido, tiene derecho a usurpar el papel de
único guía porque ello supone la destrucción de la verdadera
subjetividad de la sociedad y de las personas-ciudadanos, como ocurre
en todo totalitarismo. En esta situación el hombre y el
pueblo se convierten en « objeto », no obstante todas
las declaraciones contrarias y las promesas verbales. Llegados a este
punto conviene añadir que el mundo actual se dan otras
muchas formas pobreza. En efecto, ciertas carencias o privaciones merecen
tal vez este nombre. La negación o limitación de los
derechos humanos —como, por ejemplo, el derecho a la libertad
religiosa, el derecho a participar en la construcción de la
sociedad, la libertad de asociación o de formar sindicatos o
de tomar iniciativas en materia económica— ¿no empobrecen tal vez
a la persona humana igual o más que la privación
de los bienes materiales? Y un desarrollo que no tenga
en cuenta la plena afirmación de estos derechos ¿es verdaderamente
desarrollo humano?
En pocas palabras, el subdesarrollo de nuestros días
no es sólo económico, sino también cultural, político y simplemente
humano, como ya indicaba hace veinte años la Encíclica Populorum
Progressio. Por consiguiente, es menester preguntarse si la triste realidad
de hoy no sea, al menos en parte, el resultado
de una concepción demasiado limitada, es decir, prevalentemente económica, del
desarrollo.
16. Hay que notar que, a pesar de
los notables esfuerzos realizados en los dos últimos decenios por
parte de las naciones más desarrolladas o en vías de
desarrollo, y de las Organizaciones internacionales, con el fin de
hallar una salida a la situación, o al menos poner
remedio a alguno de sus síntomas, las condiciones se han
agravado notablemente.
La responsabilidad de este empeoramiento tiene causas diversas.
Hay que indicar las indudables graves omisiones por parte de
las mismas naciones en vías de desarrollo, y especialmente por
parte de los que detentan su poder económico y político.
Pero tampoco podemos soslayar la responsabilidad de las naciones desarrolladas,
que no siempre, al menos en la debida medida, han
sentido el deber de ayudar a aquellos países que se
separan cada vez más del mundo del bienestar al que
pertenecen.
No obstante, es necesario denunciar la existencia de unos
mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por
la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático,
haciendo más rígida las situaciones de riqueza de los unos
y de pobreza de los otros. Estos mecanismos, maniobrados por
los países más desarrollados de modo directo o indirecto, favorecen
a causa de su mismo funcionamento los intereses de los
que los maniobran, aunque terminan por sofocar o condicionar las
economías de los países menos desarrollados. Es necesario someter en
el futuro estos mecanismos a un análisis atento bajo el
aspecto ético-moral.
La Populorum Progressio preveía ya que con semejantes
sistemas aumentaría la riqueza de los ricos, manteniéndose la miseria
de los pobres. 33 Una prueba de esta previsión se
tiene con la aparición del llamado Cuarto Mundo.
17.
A pesar de que la sociedad mundial ofrezca aspectos fragmentarios,
expresados con los nombres convencionales de Primero, Segundo, Tercero y
también Cuarto mundo, permanece más profunda su interdependencia la cual,
cuando se separa de las exigencias éticas, tiene unas consecuencias
funestas para los más débiles. Más aún, esta interdependencia, por
una especie de dinámica interior y bajo el empuje de
mecanismos que no puedan dejar de ser calificados como perversos,
provoca efectos negativos hasta en los Países ricos. Precisamente dentro
de estos Países se encuentran, aunque en menor medida, las
manifestaciones más específicas del subdesarrollo. De suerte que debería ser
una cosa sabida que el desarrollo o se convierte en
un hecho común a todas las partes del mundo, o
sufre un proceso de retroceso aún en las zonas marcadas
por un constante progreso. Fenómeno este particularmente indicador de la
naturaleza del auténtico desarrollo: o participan de él todas las
naciones del mundo o no será tal ciertamente.
Entre los
indicadores específicos del subdesarrollo, que afectan de modo creciente también
a los países desarrollados, hay dos particularmente reveladores de una
situación dramática. En primer lugar, la crisis de la vivienda.
En el Año Internacional de las personas sin techo, querido
por la Organización de las Naciones Unidas, la atención se
dirigía a los millones de seres humanos carentes de una
vivienda adecuada o hasta sin vivienda alguna, con el fin
de despertar la conciencia de todos y de encontrar una
solución a este grave problema, que comporta consecuencias negativas a
nivel individual, familiar y social. 34
La falta de viviendas
se verifica a nivel universal y se debe, en parte,
al fenómeno siempre creciente de la urbanización. 35 Hasta los
mismos pueblos más desarrollados presentan el triste espectáculo de individuos
y familias que se esfuerzan literalmente por sobrevivir, sin techo
o con uno tan precario que es como si no
se tuviera.
La falta de vivienda, que es un problema
en sí mismo bastante grave, es digno de ser considerado
como signo o síntesis de toda una serie de insuficiencias
económicas, sociales, culturales o simplemente humanas; y, teniendo en cuenta
la extensión del fenómeno, no debería ser difícil convencerse de
cuan lejos estamos del auténtico desarrollo de los pueblos.
18. Otro indicador, común a gran parte de las naciones,
es el fenómeno del desempleo y del subdesempleo.
No hay
persona que no se dé cuenta de la actualidad yde
la creciente gravedad de semejante fenómeno en los países industrializados.
36 Sí este aparece de modo alarmante en los países
en vía de desarrollo, con su alto índice de crecimiento
demográfico y el número tan elevado de población juvenil, en
los países de gran desarrollo económico parece que se contraen
las fuentes de trabajo, y así, las posibilidades de empleo,
en vez de aumentar, disminuyen.
También este triste fenómeno, con
su secuela de efectos negativos a nivel individual y social,
desde la degradación hasta la pérdida del respeto que todo
hombre y mujer se debe a sí mismo, nos lleva
a preguntarnos seriamente sobre el tipo de desarrollo, que se
ha perseguido en el curso de los últimos veinte años.
A este propósito viene muy oportunamente la consideración de la
Encíclica Laborem exercens: « Es necesario subrayar que el elemento
constitutivo y a su vez la verificación más adecuada de
este progreso en el espíritu de justicia y paz, que
la Iglesia proclama y por el que no cesa de
orar (...), es precisamente la continua revalorización del trabajo humano,
tanto bajo el aspecto de su finalidad objetiva, como bajo
el aspecto de la dignidad del sujeto de todo trabajo,
que es el hombre ». Antes bien, « no se
puede menos de quedar impresionados ante un hecho desconcertante de
grandes proporciones », es decir, que « existen ... grupos
enteros de desocupados o subocupados (...): un hecho que atestigua
sin duda el que, dentro de las comunidades políticas como
en las relaciones existentes entre ellas a nivel continental y
mundial —en lo concerniente a la organización del trabajo y
del empleo— hay algo que no funciona y concretamente en
los puntos más críticos y de mayor relieve social ».
37
Como el precedente, también este fenómeno, por su carácter
universal y en cierto sentido multiplicador, representa un signo sumamente
indicativo, por su incidencia negativa, del estado y de la
calidad del desarrollo de los pueblos, ante el cual nos
encontramos hoy.
19. Otro fenómeno, también típico del último
período —si bien no se encuentra en todos los lugares—,
es sin duda igualmente indicador de la interdependencia existente entre
los países desarrollados y menos desarrollados. Es la cuestión de
la deuda internacional, a la que la Pontificia Comisión Iustitia
et Pax ha dedicado un documento. 38
No se puede
aquí silenciar el profundo vínculo que existe entre este problema,
cuya creciente gravedad había sido ya prevista por la Populorum
Progressio, 39 yla cuestión del desarrollo de los pueblos.
La
razón que movió a los países en vías de desarrollo
a acoger el ofrecimiento de abundantes capitales disponibles fue la
esperanza de poderlos invertir en actividades de desarrollo. En consecuencia,
la disponibilidad de los capitales y el hecho de aceptarlos
a título de préstamo puede considerarse una contribución al desarrollo
mismo, cosa deseable y legítima en sí misma, aunque quizás
imprudente y en alguna ocasión apresurada.
Habiendo cambiado las circunstancias
tanto en los países endeudados como en el mercado internacional
financiador, el instrumento elegido para dar una ayuda al desarrollo
se ha transformado en un mecanismo contraproducente. Y esto ya
sea porque los Países endeudados, para satisfacer los compromisos de
la deuda, se ven obligados a exportar los capitales que
serían necesarios para aumentar o, incluso, para mantener su nivel
de vida, ya sea porque, por la misma razón, no
pueden obtener nuevas fuentes de financiación indispensables igualmente.
Por este
mecanismo, el medio destinado al desarrollo de los pueblos se
ha convertido en un freno, por no hablar, en ciertos
casos, hasta de una acentuación del subdesarrollo.
Estas circunstancias nos
mueven a reflexionar —como afirma un reciente Documento de la
Pontificia Comisión Iustitia et Pax 40 — sobre el carácter
ético de la interdependencia de los pueblos; y, para mantenernos
en la línea de la presente consideración, sobre las exigencias
y las condiciones, inspiradas igualmente en los principios éticos, de
la cooperación al desarrollo.
20. Si examinamos ahora las
causas de este grave retraso en el proceso del desarrollo,
verificado en sentido opuesto a las indicaciones de la Encíclica
Populorum Progressio que había suscitado tantas esperanzas, nuestra atención se
centra de modo particular en las causas políticas de la
situación actual.
Encontrándonos ante un conjunto de factores indudablemente complejos,
no es posible hacer aquí un análisis completo. Pero no
se puede silenciar un hecho sobresaliente del cuadro político que
caracteriza el período histórico posterior al segundo conflicto mundial y
es un factor que no se puede omitir en el
tema del desarrollo de los pueblos.
Nos referimos a la
existencia de dos bloques contrapuestos, designados comúnmente con los nombres
convencionales de Este y Oeste, o bien de Oriente y
Occidente. La razón de esta connotación no es meramente política,
sino también, como se dice, geopolítica. Cada uno de ambos
bloques tiende a asimilar y a agregar alrededor de sí,
con diversos grados de adhesión y participación, a otros Países
o grupos de Países.
La contraposición es ante todo política
, en cuanto cada bloque encuentra su identidad en un
sistema de organización de la sociedad y de la gestión
del poder, que intenta ser alternativo al otro; a su
vez, la contraposición política tiene su origen en una contraposición
más profunda que es de orden ideológico.
En Occidente existe,
en efecto, un sistema inspirado históricamente en el capitalismo liberal,
tal como se desarrolló en el siglo pasado; en Oriente
se da un sistema inspirado en el colectivismo marxista, que
nació de la interpretación de la condición de la clase
proletaria, realizada a la luz de una peculiar lectura de
la historia.
Cada una de estas dos ideologías, al hacer
referencia a dos visiones tan diversas del hombre, de su
libertad y de su cometido social, ha propuesto y promueve,
bajo el aspecto económico, unas formas antitéticas de organización del
trabajo y de estructuras de la propiedad, especialmente en lo
referente a los llamados medios de producción.
Es inevitable que
la contraposición ideológica, al desarrollar sistemas y centros antagónicos de
poder, con sus formas de propaganda y de doctrina, se
convirtiera en una creciente contraposición militar, dando origen a dos
bloques de potencias armadas, cada uno desconfiado y temeroso del
prevalecer ajeno.
A su vez, las relaciones internacionales no podían
dejar de resentir los efectos de esta « lógica de
los bloques » y de sus respectivas « esferas de
influencia ». Nacida al final de la segunda guerra mundial,
la tensión entre ambos bloques ha dominado los cuarenta años
sucesivos, asumiendo unas veces el carácter de « guerra fría
»,otras de « guerra por poder » mediante la instrumentalización
de conflictos locales, o bien teniendo el ánimo angustiado y
en suspenso ante la amenaza de una guerra abierta y
total.
Si en el momento actual tal peligro parece que
es más remoto, aun sin haber desaparecido completamente, y si
se ha llegado a un primer acuerdo sobre las destrucción
de cierto tipo de armamento nuclear, la existencia y la
contraposición de bloques no deja de ser todavía un hecho
real y preocupante, que sigue condicionando el panorama mundial.
21. Esto se verifica con un efecto particularmente negativo en
las relaciones internacionales, que miran a los Países en vías
de desarrollo. En efecto, como es sabido, la tensión entre
Oriente y Occidente no refleja de por sí una oposición
entre dos diversos grados de desarrollo, sino más bien entre
dos concepciones del desarrollo mismo de los hombres y de
los pueblos, de tal modo imperfectas que exigen una corrección
radical. Dicha oposición se refleja en el interior de aquellos
países, contribuyendo así a ensanchar el abismo que ya existe
a nivel económico entre Norte y Sur, y que es
consecuencia de la distancia entre los dos mundos más desarrollados
y los menos desarrollados.
Esta es una de las razones
por las que la doctrina social de la Iglesia asume
una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante
el colectivismo marxista. En efecto, desde el punto de vista
del desarrollo surge espontánea la pregunta: ¿de qué manera o
en qué medida estos dos sistemas son susceptibles de transformaciones
y capaces de ponerse al día, de modo que favorezcan
o promuevan un desarrollo verdadero e integral del hombre y
de los pueblos en la sociedad actual? De hecho, estas
transformaciones y puestas al día son urgentes e indispensables para
la causa de un desarrollo común a todos.
Los Países
independizados recientemente, que esforzándose en conseguir su propia identidad cultural
y política necesitarían la aportación eficaz y desinteresada de los
Países más ricos y desarrollados, se encuentran comprometidos —y a
veces incluso desbordados— en conflictos ideológicos que producen inevitables divisiones
internas, llegando incluso a provocar en algunos casos verdaderas guerras
civiles. Esto sucede porque las inversiones y las ayudas para
el desarrollo a menudo son desviadas de su propio fin
e instrumentalizadas para alimentar los contrastes, por encima y en
contra de los intereses de los Países que deberían beneficiarse
de ello. Muchos de ellos son cada vez más conscientes
del peligro de caer víctimas de un neocolonialismo y tratan
de librarse. Esta conciencia es tal que ha dado origen,
aunque con dificultades, oscilaciones y a veces contradicciones, al Movimiento
internacional de los Países No Alineados, el cual, en lo
que constituye su aspecto positivo, quisiera afirmar efectivamente el derecho
de cada pueblo a su propia identidad, a su propia
independencia y seguridad, así como a la participación, sobre la
base de la igualdad y de la solidaridad, de los
bienes que están destinados a todos los hombres.
22.
Hechas estas consideraciones es más fácil tener una visión más
clara del cuadro de los últimos veinte años y comprender
mejor los contrastes existentes en la parte Norte del mundo,
es decir, entre Oriente y Occidente, como causa no última
del retraso o del estancamiento del Sur.
Los Países subdesarrollados,
en vez de transformarse en Naciones autónomas, preocupadas de su
propia marcha hacia la justa participación en los bienes y
servicios destinados a todos, se convierten en piezas de un
mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo
en el campo de los medios de comunicación social, los
cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la parte
Norte del mundo, no siempre tienen en la debida consideración
las prioridades y los problemas propios de estos Países, ni
respetan su fisonomía cultural; a menudo, imponen una visión desviada
de la vida y del hombre y así no responden
a las exigencias del verdadero desarrollo.
Cada uno de los
dos bloques lleva oculta internamente, a su manera, la tendencia
al imperialismo, como se dice comúnmente, o a formas de
neocolonialismo: tentación nada fácil en la que se cae muchas
veces, como enseña la historia incluso reciente.
Esta situación anormal
—consecuencia de una guerra y de una preocupación exagerada, más
allá de lo lícito, por razones de la propia seguridad—
impide radicalmente la cooperación solidaria de todos por el bien
común del género humano, con perjuicio sobre todo de los
pueblos pacíficos, privados de su derecho de acceso a los
bienes destinados a todos los hombres.
Desde este punto de
vista, la actual división del mundo es un obstáculo directo
para la verdadera transformación de las condiciones de subdesarrollo en
los Países en vías de desarrollo y en aquellos menos
avanzados. Sin embargo, los pueblos no siempre se resignan a
su suerte. Además, la misma necesidad de una economía sofocada
por los gastos militares, así como por la burocracia y
su ineficiencia intrínseca, parece favorecer ahora unos procesos que podrán
hacer menos rígida la contraposición y más fácil el comienzo
de un diálogo útil y de una verdadera colaboración para
la paz.
23. La afirmación de la Encíclica Populorum
Progressio, de que los recursos destinados a la producción de
armas deben ser empleados en aliviar la miseria de las
poblaciones necesitadas, 41 hace más urgente el llamado a superar
la contraposición entre los dos bloques.
Hoy, en la práctica,
tales recursos sirven para asegurar que cada uno de los
dos bloques pueda prevalecer sobre el otro, y garantizar así
la propia seguridad. Esta distorsión, que es un vicio de
origen, dificulta a aquellas Naciones que, desde un punto de
vista histórico, económico y político tienen la posibilidad de ejercer
un liderazgo, al cumplir adecuadamente su deber de solidaridad en
favor de los pueblos que aspiran a su pleno desarrollo.
Es oportuno afirmar aquí —y no debe parecer esto una
exageración— que un papel de liderazgo entre las Naciones se
puede justificar solamente con la posibilidad y la voluntad de
contribuir, de manera más amplia y generosa, al bien común
de todos.
Una Nación que cediese, más o menos conscientemente,
a la tentación de cerrarse en sí misma, olvidando la
responsabilidad que le confiere una cierta superioridad en el concierto
de las Naciones, faltaría gravemente a un preciso deber ético.
Esto es fácilmente reconocible en la contingencia histórica, en la
que los creyentes entrevén las disposiciones de la divina Providencia
que se sirve de las Naciones para la realización de
sus planes, pero que también « hace vanos los proyectos
de los pueblos » (cf. Sal 33 (32) 10).
Cuando
Occidente parece inclinarse a unas formas de aislamiento creciente y
egoísta, y Oriente, a su vez, parece ignorar por motivos
discutibles su deber de cooperación para aliviar la miseria de
los pueblos, uno se encuentra no sólo ante una traición
de las legítimas esperanzas de la humanidad con consecuencias imprevisibles,
sino ante una defección verdadera y propia respecto de una
obligación moral.
24. Si la producción de armas es
un grave desorden que reina en el mundo actual respecto
a las verdaderas necesidades de los hombres y al uso
de los medios adecuados para satisfacerlas, no lo es menos
el comercio de las mismas. Más aún, a propósito de
esto, es preciso añadir que el juicio moral es todavía
más severo. Como se sabe, se trata de un comercio
sin fronteras capaz de sobrepasar incluso las de los bloques.
Supera la división entre Oriente y Occidente y, sobre todo,
la que hay entre Norte y Sur, llegando hasta los
diversos componentes de la parte meridional del mundo. Nos hallamos
así ante un fenómeno extraño: mientras las ayudas económicas y
los planes de desarrollo tropiezan con el obstáculo de barreras
ideológicas insuperables, arancelarias y de mercado, las armas de cualquier
procedencia circulan con libertad casi absoluta en las diversas partes
del mundo. Y nadie ignora —como destaca el reciente documento
de la Pontificia Comisión Iustitia et Pax sobre la deuda
internacional 42 — que en algunos casos, los capitales prestados
por el mundo desarrollado han servido para comprar armamentos en
el mundo subdesarrollado.
Si a todo esto se añade el
peligro tremendo, conocido por todos, que representan las armas atómicas
acumuladas hasta lo increíble, la conclusión lógica es la siguiente:
el panorama del mundo actual, incluso el económico, en vez
de causar preocupación por un verdadero desarrollo que conduzca a
todos hacia una vida « más humana », —como deseaba
la Encíclica Populorum Progressio 43 — parece destinado a encaminarnos
más rápidamente hacia la muerte.
Las consecuencias de este estado
de cosas se manifiestan en el acentuarse de una plaga
típica y reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo
contemporáneo: los millones de refugiados, a quienes las guerras, calamidades
naturales, persecuciones y discriminaciones de todo tipo han hecho perder
casa, trabajo, familia y patria. La tragedia de estas multitudes
se refleja en el rostro descompuesto de hombres, mujeres y
niños que, en un mundo dividido e inhóspito, no consiguen
encontrar ya un hogar.
Ni se pueden cerrar los ojos
a otra dolorosa plaga del mundo actual: el fenómeno del
terrorismo, entendido como propósito de matar y destruir indistintamente hombres
y bienes, y crear precisamente un clima de terror y
de inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes.
Aun cuando se aduce como motivación de esta actuación inhumana
cualquier ideología o la creación de una sociedad mejor, los
actos de terrorismo nunca son justificables. Pero mucho menos lo
son cuando, como sucede hoy, tales decisiones y actos, que
a veces llegan a verdaderas mortandades, ciertos secuestros de personas
inocentes y ajenas a los conflictos, se proponen un fin
propagandístico en favor de la propia causa; o, peor aún,
cuando son un fin en sí mismos, de forma que
se mata sólo por matar. Ante tanto horror y tanto
sufrimiento siguen siendo siempre válidas las palabras que pronuncié hace
algunos años y que quisiera repetir una vez más: «
El cristianismo prohíbe ... el recurso a las vías del
odio, al asesinato de personas indefensas y a los métodos
del terrorismo ». 44
25. A este respecto conviene
hacer una referencia al problema demográfico y a la manera
cómo se trata hoy, siguiendo lo que Pablo VI indicó
en su Encíclica 45 y lo que expuse más extensamente
en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio. 46
No se puede
negar la existencia —sobre todo en la parte Sur de
nuestro planeta— de un problema demográfico que crea dificultades al
desarrollo. Es preciso afirmar enseguida que en la parte Norte
este problema es de signo inverso: aquí lo que preocupa
es la caída de la tasa de la natalidad, con
repercusiones en el envejecimiento de la población, incapaz incluso de
renovarse biológicamente. Fenómeno éste capaz de obstaculizar de por sí
el desarrollo. Como tampoco es exacto afirmar que tales dificultades
provengan solamente del crecimiento demográfico; no está demostrado siquiera que
cualquier crecimiento demográfico sea incompatible con un desarrollo ordenado.
Por
otra parte, resulta muy alarmante constatar en muchos Países el
lanzamiento de campañas sistemáticas contra la natalidad, por iniciativa de
sus Gobiernos, en contraste no sólo con la identidad cultural
y religiosa de los mismos Países, sino también con la
naturaleza del verdadero desarrollo. Sucede a menudo que tales campañas
son debidas a presiones y están financiadas por capitales provenientes
del extranjero y, en algún caso, están subordinadas a las
mismas y a la asistencia económico-financiera. En todo caso, se
trata de una falta absoluta de respeto por la libertad
de decisión de las personas afectadas, hombres y mujeres, sometidos
a veces a intolerables presiones, incluso económicas para someterlas a
esta nueva forma de opresión. Son las poblaciones más pobres
las que sufren los atropellos, y ello llega a originar
en ocasiones la tendencia a un cierto racismo, o favorece
la aplicación de ciertas formas de eugenismo, igualmente racistas.
También
este hecho, que reclama la condena más enérgica, es indicio
de una concepción errada y perversa del verdadero desarrollo humano.
26. Este panorama, predominantemente negativo, sobre la situación real
del desarrollo en el mundo contemporáneo, no sería completo si
no señalara la existencia de aspectos positivos.
El primero es
la plena conciencia, en muchísimos hombres y mujeres, de su
propia dignidad y de la de cada ser humano. Esta
conciencia se expresa, por ejemplo, en una viva preocupación porel
respeto de los derechos humanos y en el más decidido
rechazo de sus violaciones. De esto es un signo revelador
el número de asociaciones privadas, algunas de alcance mundial, de
reciente creación, y casi todas comprometidas en seguir con extremo
cuidado y loable objetividad los acontecimientos internacionales en un campo
tan delicado.
En este sentido hay que reconocer la influencia
ejercida por la Declaración de los Derechos Humanos, promulgada hace
casi cuarenta años por la Organización de las Naciones Unidas.
Su misma existencia y su aceptación progresiva por la comunidad
internacional son ya testimonio de una mayor conciencia que se
está imponiendo. Lo mismo cabe decir —siempre en el campo
de los derechos humanos— sobre los otros instrumentos jurídicos de
la misma Organización de las Naciones Unidas o de otros
Organismos internacionales. 47
La conciencia de la que hablamos no
se refiere solamente a los individuos, sino también a las
Naciones y a los pueblos, los cuales, como entidades con
una determinada identidad cultural, son particularmente sensibles a la conservación,
libre gestión y promoción de su precioso patrimonio.
Al mismo
tiempo, en este mundo dividido y turbado por toda clase
de conflictos, aumenta la convicción de una radical interdependencia, y
por consiguiente, de una solidaridad necesaria, que la asuma y
traduzca en el plano moral. Hoy quizás más que antes,
los hombres se dan cuenta de tener un destino común
que construir juntos, si se quiere evitar la catástrofe para
todos. Desde el fondo de la angustia, del miedo y
de los fenómenos de evasión como la droga, típicos del
mundo contemporáneo, emerge la idea de que el bien, al
cual estamos llamados todos, y la felicidad a la que
aspiramos no se obtienen sin el esfuerzo y el empeño
de todos sin excepción, con la consiguiente renuncia al propio
egoísmo.
Aquí se inserta también, como signo del respeto por
la vida, — no obstante todas las tentaciones por destruirla,
desde el aborto a la eutanasia— la preocupación concomitante por
la paz; y, una vez más, se es consciente de
que ésta es indivisible: o es de todos, o de
nadie. Una paz que exige, cada vez más, el respeto
riguroso de la justicia, y, por consiguiente, la distribución equitativa
de los frutos del verdadero desarrollo. 48
Entre las señales
positivas del presente, hay que señalar igualmente la mayor conciencia
de la limitación de los recursos disponibles, la necesidad de
respetar la integridad y los ritmos de la naturaleza y
de tenerlos en cuenta en la programación del desarrollo, en
lugar de sacrificarlo a ciertas concepciones demagógicas del mismo. Es
lo que hoy se llama la preocupación ecológica.
Es justo
reconocer también el empeño de gobernantes, políticos, economistas, sindicalistas, hombres
de ciencia y funcionarios internacionales —muchos de ellos inspirados por
su fe religiosa— por resolver generosamente con no pocos sacrificios
personales, los males del mundo y procurar por todos los
medios que un número cada vez mayor de hombres y
mujeres disfruten del beneficio de la paz y de una
calidad de vida digna de este hombre.
A ello contribuyen
en gran medida las grandes Organizaciones internacionales y algunas Organizaciones
regionales, cuyos esfuerzos conjuntos permiten intervenciones de mayor eficacia.
Gracias
a estas aportaciones, algunos Países del Tercer Mundo, no obstante
el peso de numerosos condicionamientos negativos, han logrado alcanzar una
cierta autosuficiencia alimentaria, o un grado de industrialización que les
permite subsistir dignamente y garantizar fuentes de trabajo a la
población activa.
Por consiguiente, no todo es negativo en el
mundo contemporáneo —y no podía ser de otra manera— porque
la Providencia del Padre celestial vigila con amor también sobre
nuestras preocupaciones diarias (cf. Mt 6, 25-32; 10, 23-31; Lc
12, 6-7; 22, 20); es más, los valores positivos señalados
revelan una nueva preocupación moral, sobre todo en orden a
los grandes problemas humanos, como son el desarrollo y la
paz.
Esta realidad me mueve a reflexionar sobre la verdadera
naturaleza del desarrollo de los pueblos, de acuerdo con la
Encíclica cuyo aniversario celebramos, y como homenaje a su enseñanza.
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IV.
EL AUTENTICO DESARROLLO HUMANO
27. La mirada que la
Encíclica invita a dar sobre el mundo contemporáneo nos hace
constatar, ante todo, que el desarrollo no es un proceso
rectilíneo, casi automático yde por sí ilimitado, como si, en
ciertas condiciones, el género humano marchara seguro hacia una especie
de perfección indefinida. 49 Esta concepción —unida a una noción
de « progreso » de connotaciones filosóficas de tipo iluminista,
más bien que a la de « desarrollo », 50
usada en sentido específicamente económico-social— parece puesta ahora seriamente en
duda, sobre todo después de la trágica experiencia de las
dos guerras mundiales, de la destrucción planeada y en parte
realizada de poblaciones enteras y del peligro atómico que amenaza.
A un ingenuo optimismo mecanicista le reemplaza una fundada inquietud
por el destino de la humanidad.
28. Pero al
mismo tiempo ha entrado en crisis la misma concepción «
económica » o « economicista » vinculada a la palabra
desarrollo. En efecto, hoy se comprende mejor que la mera
acumulación de bienes y servicios, incluso en favor de una
mayoría, no basta para proporcionar la felicidad humana. Ni, por
consiguiente, la disponibilidad de múltiples beneficios reales, aportados en los
tiempos recientes por la ciencia y la técnica, incluida la
informática, traen consigo la liberación de cualquier forma de esclavitud.
Al contrario, la experiencia de los últimos años demuestra que
si toda esta considerable masa de recursos y potencialidades, puestas
a disposición del hombre, no es regida por un objetivo
moral y por una orientación que vaya dirigida al verdadero
bien del género humano, se vuelve fácilmente contra él para
oprimirlo.
Debería ser altamente instructiva una constatación desconcertante de este
período más reciente: junto a las miserias del subdesarrollo, que
son intolerables, nos encontramos con una especie de superdesarrollo, igualmente
inaceptable porque, como el primero, es contrario al bien y
a la felicidad auténtica. En efecto, este superdesarrollo, consistente en
la excesiva disponibilidad de toda clase de bienes materiales para
algunas categorías sociales, fácilmente hace a los hombres esclavos de
la « posesión » y del goce inmediato, sin otro
horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de los
objetos que se poseen por otros todavía más perfectos. Es
la llamada civilización del « consumo » o consumismo, que
comporta tantos « desechos » o « basuras ». Un
objeto poseído, y ya superado por otro más perfecto, es
descartado simplemente, sin tener en cuenta su posible valor permanente
para uno mismo o para otro ser humano más pobre.
Todos somos testigos de los tristes efectos de esta ciega
sumisión al mero consumo: en primer término, una forma de
materialismo craso, y al mismo tiempo una radical insatisfacción, porque
se comprende rápidamente que, —si no se está prevenido contra
la inundación de mensajes publicitarios y la oferta incesante y
tentadora de productos— cuanto más se posee más se desea,
mientras las aspiraciones más profundas quedan sin satisfacer, y quizás
incluso sofocadas.
La Encíclica del Papa Pablo VI señalaba esta
diferencia, hoy tan frecuentemente acentuada, entre el « tener »
y el « ser », 51 que el Concilio Vaticano
II había expresado con palabras precisas. 52 « Tener »
objetos y bienes no perfecciona de por sí al sujeto,
si no contribuye a la maduración y enriquecimiento de su
« ser », es decir, a la realización de la
vocación humana como tal.
Ciertamente, la diferencia entre « ser
» y « tener », y el peligro inherente a
una mera multiplicación o sustitución de cosas poseídas respecto al
valor del « ser », no debe transformarse necesariamente en
una antinomia. Una de las mayores injusticias del mundo contemporáneo
consiste precisamente en esto: en que son relativamente pocos los
que poseen mucho, y muchos los que no poseen casi
nada. Es la injusticia de la mala distribución de los
bienes y servicios destinados originariamente a todos.
Este es pues
el cuadro: están aquéllos —los pocos que poseen mucho— que
no llegan verdaderamente a « ser », porque, por una
inversión de la jerarquía de los valores, se encuentran impedidos
por el culto del « tener »; y están los
otros —los muchos que poseen poco o nada— los cuales
no consiguen realizar su vocación humana fundamental al carecer de
los bienes indispensables.
El mal no consiste en el «
tener » como tal, sino en el poseer que no
respeta la calidad y la ordenada jerarquía de los bienes
que se tienen. Calidad y jerarquía que derivan de la
subordinación de los bienes y de su disponibilidad al «
ser » del hombre y a su verdadera vocación.
Con
esto se demuestra que si el desarrollo tiene una necesaria
dimensión económica, puesto que debe procurar al mayor número posible
de habitantes del mundo la disponibilidad de bienes indispensables para
« ser », sin embargo no se agota con esta
dimensión. En cambio, si se limita a ésta, el desarrollo
se vuelve contra aquéllos mismos a quienes se desea beneficiar.
Las características de un desarrollo pleno, « más humano »,
el cual —sin negar las necesidades económicas— procure estar a
la altura de la auténtica vocación del hombre y de
la mujer, han sido descritas por Pablo VI. 53
29. Por eso, un desarrollo no solamente económico se mide
y se orienta según esta realidad y vocación del hombre
visto globalmente, es decir, según un propio parámetro interior. Este,
ciertamente, necesita de los bienes creados y de los productos
de la industria, enriquecida constantemente por el progreso científico y
tecnológico. Y la disponibilidad siempre nueva de los bienes materiales,
mientras satisface las necesidades, abre nuevos horizontes. El peligro del
abuso consumístico y de la aparición de necesidades artificiales, de
ninguna manera deben impedir la estima y utilización de los
nuevos bienes y recursos puestos a nuestra disposición. Al contrario,
en ello debemos ver un don de Dios y una
respuesta a la vocación del hombre, que se realiza plenamente
en Cristo.
Mas para alcanzar el verdadero desarrollo es necesario
no perder de vista dicho parámetro, que está en la
naturaleza específica del hombre, creado por Dios a su imagen
y semejanza (cf. Gén 1, 26). Naturaleza corporal y espiritual,
simbolizada en el segundo relato de la creación por dos
elementos: la tierra, con la que Dios modela al hombre,
y el hálito de vida infundido en su rostro (cf.
Gén 2, 7).
El hombre tiene así una cierta afinidad
con las demás creaturas: está llamado a utilizarlas, a ocuparse
de ellas y —siempre según la narración del Génesis (2,
15)— es colocado en el jardín para cultivarlo y custodiarlo,
por encima de todos los demás seres puestos por Dios
bajo su dominio (cf. ibid. 1, 15 s.). Pero al
mismo tiempo, el hombre debe someterse a la voluntad de
Dios, que le pone límites en el uso y dominio
de las cosas (cf. ibid. 2, 16 s.), a la
par que le promete la inmortalidad (cf. ibid. 2, 9;
Sab 2, 23). El hombre, pues, al ser imagen de
Dios, tiene una verdadera afinidad con El. Según esta enseñanza,
el desarrollo no puede consistir solamente en el uso, dominio
y posesión indiscriminada de las cosas creadas y de los
productos de la industria humana, sino más bien en subordinar
la posesión, el dominio y el uso a la semejanza
divina del hombre y a su vocación a la inmortalidad.
Esta es la realidad trascendente del ser humano, la cual
desde el principio aparece participada por una pareja, hombre y
mujer (cf. Gén 1, 27), y es por consiguiente fundamentalmente
social.
30. Según la Sagrada Escritura, pues, la noción
de desarrollo no es solamente « laica » o «
profana », sino que aparece también, aunque con una fuerte
acentuación socioeconómica, como la expresión moderna de una dimensión esencial
de la vocación del hombre. En efecto, el hombre no
ha sido creado, por así decir, inmóvil y estático. La
primera presentación que de él ofrece la Biblia, lo describe
ciertamente como creatura y como imagen, determinada en su realidad
profunda por el origen y el parentesco que lo constituye.
Pero esto mismo pone en el ser humano, hombre y
mujer, el germen y la exigencia de una tarea originaria
a realizar, cada uno por separado y también como pareja.
La tarea es « dominar » las demás creaturas, «
cultivar el jardín »; pero hay que hacerlo en el
marco de obediencia a la ley divina y, por consiguiente,
en el respeto de la imagen recibida, fundamento claro del
poder de dominio, concedido en orden a su perfeccionamiento (cf.
Gén 1, 26-30; 2, 15 s.; Sab 9, 2 s.).
Cuando el hombre desobedece a Dios y se niega a
someterse a su potestad, entonces la naturaleza se le rebela
y ya no le reconoce como señor, porque ha empañado
en sí mismo la imagen divina. La llamada a poseer
y usar lo creado permanece siempre válida, pero después del
pecado su ejercicio será arduo y lleno de sufrimientos (cf.
Gén 3, 17-19).
En efecto, el capítulo siguiente del Génesis
nos presenta la descendencia de Caín, la cual construye una
ciudad, se dedica a la ganadería, a las artes (la
música) y a la técnica (la metalurgia), y al mismo
tiempo se empezó a « invocar el nombre del Señor
» (cf. ibid. 4, 17-26).
La historia del género humano,
descrita en la Sagrada Escritura, incluso después de la caída
en el pecado, es una historia de continuas realizaciones que,
aunque puestas siempre en crisis y en peligro por el
pecado, se repiten, enriquecen y se difunden como respuesta a
la vocación divina señalada desde el principio al hombre y
a la mujer (cf. Gén 1, 26-28) y grabada en
la imagen recibida por ellos.
Es lógico concluir, al menos
para quienes creen en la Palabra de Dios, que el
« desarrollo » actual debe ser considerado como un momento
de la historia iniciada en la creación y constantemente puesta
en peligro por la infidelidad a la voluntad del Creador,
sobre todo por la tentación de la idolatría, pero que
corresponde fundamentalmente a las premisas iniciales. Quien quisiera renunciar a
la tarea, difícil pero exaltante, de elevar la suerte de
todo el hombre y de todos los hombre, bajo el
pretexto del peso de la lucha y del esfuerzo incesante
de superación, o incluso por la experiencia de la derrota
y del retorno al punto de partida, faltaría a la
voluntad de Dios Creador. Bajo este aspecto en la Encíclica
Laborem exercens me he referido a la vocación del hombre
al trabajo, para subrayar el concepto de que siempre es
él el protagonista del desarrollo. 54
Más aún, el mismo
Señor Jesús, en la parábola de los talentos pone de
relieve el trato severo reservado al que osó esconder el
talento recibido: « Siervo malo y perezoso, sabías que yo
cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí... Quitadle,
por tanto, su talento y dádselo al que tiene los
diez talentos » ( Mt 25, 26-28). A nosotros, que
recibimos los dones de Dios para hacerlos fructificar, nos toca
« sembrar » y « recoger ». Si no lo
hacemos, se nos quitará incluso lo que tenemos.
Meditar sobre
estas severas palabras nos ayudará a comprometernos más resueltamente en
el deber, hoy urgente para todos, de cooperar en el
desarrollo pleno de los demás: « desarrollo de todo el
hombre y de todos los hombres ». 55
31.
La fe en Cristo Redentor, mientras ilumina interiormente la naturaleza
del desarrollo, guía también en la tarea de colaboración. En
la Carta de San Pablo a los Colosenses leemos que
Cristo es « el primogénito de toda la creación »
y que « todo fue creado por él y para
él » (1, 15-16). En efecto, « todo tiene en
él su consistencia » porque « Dios tuvo a bien
hacer residir en él toda la plenitud y reconciliar por
él y para él todas las cosas ». ( Ibid.,
1, 20).
En este plan divino, que comienza desde la
eternidad en Cristo, « Imagen » perfecta del Padre, y
culmina en él, « Primogénito de entre los muertos »
( Ibid., 1, 15. 18), se inserta nuestra historia, marcada
por nuestro esfuerzo personal y colectivo por elevar la condición
humana, vencer los obstáculos que surgen siempre en nuestro camino,
disponiéndonos así a participar en la plenitud que « reside
en el Señor » y que la comunica « a
su Cuerpo, la Iglesia » ( Ibid., 1, 18; cf.
Ef 1, 22-23), mientras el pecado, que siempre nos acecha
y compromete nuestras realizaciones humanas, es vencido y rescatado por
la « reconciliación » obrada por Cristo (cf. Col 1,
20).
Aquí se abren las perspectivas. El sueño de un
« progreso indefinido » se verifica, transformado radicalmente por la
nueva óptica que abre la fe cristiana, asegurándonos que este
progreso es posible solamente porque Dios Padre ha decidido desde
el principio hacer al hombre partícipe de su gloria en
Jesucristo resucitado, porque « en él tenemos por medio de
su sangre el perdón de los delitos » ( Ef
1, 7), y en él ha querido vencer al pecado
y hacerlo servir para nuestro bien más grande, 56 que
supera infinitamente lo que el progreso podría realizar.
Podemos decir,
pues, —mientras nos debatimos en medio de las oscuridades y
carencias del subdesarrollo y del superdesarrollo— que un día, cuando
a este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este
ser mortal se revista de inmortalidad » ( 1 Cor
15, 54), cuando el Señor « entregue a Dios Padre
el Reino » ( Ibid. ,15,24), todas las obras y
acciones, dignas del hombre, serán rescatadas.
Además, esta concepción de
la fe explica claramente por qué la Iglesia se preocupa
de la problemática del desarrollo, lo considera un deber de
su ministerio pastoral, yayuda a todos a reflexionar sobre la
naturaleza y las características del auténtico desarrollo humano. Al hacerlo,
desea por una parte, servir al plan divino que ordena
todas las cosas hacia la plenitud que reside en Cristo
(cf. Col 1, 19) y que él comunicó a su
Cuerpo, y por otra, responde a la vocación fundamental de
« sacramento; o sea, signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el
género humano ». 57
Algunos Padres de la Iglesia se
han inspirado en esta visión para elaborar, de forma original,
su concepción del sentido de la historia y del trabajo
humano, como encaminado a un fin que lo supera y
definido siempre por su relación con la obra de Cristo.
En otras palabras, es posible encontrar en la enseñanza patrística
una visión optimista de la historia y del trabajo, o
sea, del valor perenne de las auténticas realizaciones humanas, en
cuanto rescatadas por Cristo y destinadas al Reino prometido. 58
Así, pertenece a la enseñanza y a la praxis más
antigua de la Iglesia la convicción de que ella misma,
sus ministros y cada uno de sus miembros, están llamados
a aliviar la miseria de los que sufren cerca o
lejos, no sólo con lo « superfluo », sino con
lo « necesario ». Ante los casos de necesidad, no
se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los
templos y a los objetos preciosos del culto divino; al
contrario, podría ser obligatorio enajenar estos bienes para dar pan,
bebida, vestido y casa a quien carece de ello. 59
Como ya se ha dicho, se nos presenta aquí una
« jerarquía de valores » —en el marco del derecho
de propiedad— entre el « tener » y el «
ser », sobre todo cuando el « tener » de
algunos puede ser a expensas del « ser » de
tantos otros.
El Papa Pablo VI, en su Encíclica, sigue
esta enseñanza, inspirándose en la Constitución pastoral Gaudium et spes.
60 Por mi parte, deseo insistir también sobre su gravedad
y urgencia, pidiendo al Señor fuerza para todos los cristianos
a fin de poder pasar fielmente a su aplicación práctica.
32. La obligación de empeñarse por el desarrollo de
los pueblos no es un deber solamente individual, ni mucho
menos individualista, como si se pudiera conseguir con los esfuerzos
aislados de cada uno. Es un imperativo para todos y
cada uno de los hombres y mujeres, para las sociedades
y las naciones, en particular para la Iglesia católica y
para las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, con las que
estamos plenamente dispuestos a colaborar en este campo. En este
sentido, así como nosotros los católicos invitamos a los hermanos
separados a participar en nuestras iniciativas, del mismo modo nos
declaramos dispuestos a colaborar en las suyas, aceptando las invitaciones
que nos han dirigido. En esta búsqueda del desarrollo integral
del hombre podemos hacer mucho también con los creyentes de
las otras religiones, como en realidad ya se está haciendo
en diversos lugares. En efecto, la cooperación al desarrollo de
todo el hombre y de cada hombre es un deber
de todos para con todos y, al mismo tiempo, debe
ser común a las cuatro partes del mundo: Este y
Oeste, Norte y Sur; o, a los diversos « mundos
», como suele decirse hoy. De lo contrario, si trata
de realizarlo en una sola parte, o en un solo
mundo, se hace a expensas de los otros; y allí
donde comienza, se hipertrofia y se pervierte al no tener
en cuenta a los demás. Los pueblos y las Naciones
también tienen derecho a su desarrollo pleno, que, si bien
implica —como se ha dicho— los aspectos económicos y sociales,
debe comprender también su identidad cultural y la apertura a
lo trascendente. Ni siquiera la necesidad del desarrollo puede tomarse
como pretexto para imponer a los demás el propio modo
de vivir o la propia fe religiosa.
33. No
sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que
no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales,
económicos y políticos, incluidos los derechos de las Naciones y
de los pueblos.
Hoy, quizá más que antes, se percibe
con mayor claridad la contradicción intrínseca de un desarrollo que
fuera solamente económico. Este subordina fácilmente la persona humana y
sus necesidades más profundas a las exigencias de la planificación
económica o de la ganancia exclusiva.
La conexión intrínseca entre
desarrollo auténtico y respeto de los derechos del hombre, demuestra
una vez más su carácter moral: la verdadera elevación del
hombre, conforme a la vocación natural e histórica de cada
uno, no se alcanza explotando solamente la abundancia de bienes
y servicios, o disponiendo de infraestructuras perfectas.
Cuando los individuos
y las comunidades no ven rigurosamente respetadas las exigencias morales,
culturales y espirituales fundadas sobre la dignidad de la persona
y sobre la identidad propia de cada comunidad, comenzando por
la familia y las sociedades religiosas, todo lo demás —disponibilidad
de bienes, abundancia de recursos técnicos aplicados a la vida
diaria, un cierto nivel de bienestar material— resultará insatisfactorio y,
a la larga, despreciable. Lo dice claramente el Señor en
el Evangelio, llamando la atención de todos sobre la verdadera
jerarquía de valores: « ¿De qué le servirá al hombre
ganar el mundo entero, si arruina su vida? » (
Mt 16, 26).
El verdadero desarrollo, según las exigencias propias
del ser humano, hombre o mujer, niño, adulto o anciano,
implica sobre todo por parte de cuantos intervienen activamente en
ese proceso y son sus responsables, una viva conciencia del
valor de los derechos de todos y de cada uno,
así como de la necesidad de respetar el derecho de
cada uno a la utilización plena de los beneficios ofrecidos
por la ciencia y la técnica. En el orden interno
de cada Nación, es muy importante que sean respetados todos
los derechos: especialmente el derecho a la vida en todas
las fases de la existencia; los derechos de la familia,
como comunidad social básica o « célula de la sociedad
»; la justicia en las relaciones laborales; los derechos concernientes
a la vida de la comunidad política en cuanto tal,
así como los basados en la vocación trascendente del ser
humano, empezando por el derecho a la libertad de profesar
y practicar el propio credo religioso.
En el orden internacional,
o sea, en las relaciones entre los Estados o, según
el lenguaje corriente, entre los diversos « mundos », es
necesario el pleno respeto de la identidad de cada pueblo,
con sus características históricas y culturales. Es indispensable además, como
ya pedía la Encíclica Populorum progressio que se reconozca a
cada pueblo igual derecho a « sentarse a la mesa
del banquete común », 61 en lugar de yacer a
la puerta como Lázaro, mientras « los perros vienen y
lamen las llagas » (cf. Lc 16, 21). Tanto los
pueblos como las personas individualmente deben disfrutar de una igualdad
fundamental 62 sobre la que se basa, por ejemplo, la
Carta de la Organización de las Naciones Unidas: igualdad que
es el fundamento del derecho de todos a la participación
en el proceso de desarrollo pleno. Para ser tal, el
desarrollo debe realizarse en el marco de la solidaridad y
de la libertad, sin sacrificar nunca la una a la
otra bajo ningún pretexto. El carácter moral del desarrollo y
la necesidad de promoverlo son exaltados cuando se respetan rigurosamente
todas las exigencias derivadas del orden de la verdad y
del bien propios de la creatura humana. El cristiano, además,
educado a ver en el hombre la imagen de Dios,
llamado a la participación de la verdad y del bien
que es Dios mismo, no comprende un empeño por el
desarrollo y su realización sin la observancia y el respeto
de la dignidad única de esta « imagen ». En
otras palabras, el verdadero desarrollo debe fundarse en el amor
a Dios y al prójimo, y favorecer las relaciones entre
los individuos y las sociedades. Esta es la « civilización
del amor », de la que hablaba con frecuencia el
Papa Pablo VI.
34. El carácter moral del desarrollo
no puede prescindir tampoco del respeto por los seres que
constituyen la naturaleza visible y que los griegos, aludiendo precisamente
al orden que lo distingue, llamaban el « cosmos ».
Estas realidades exigen también respeto, en virtud de una triple
consideración que merece atenta reflexión.
La primera consiste en la
conveniencia de tomar mayor conciencia de que no se pueden
utilizar impunemente las diversas categorías de seres, vivos o inanimados
—animales, plantas, elementos naturales— como mejor apetezca, según las propias
exigencias económicas. Al contrario, conviene tener en cuenta la naturaleza
de cada ser ysu mutua conexión en un sistema ordenado,
que es precisamente el cosmos.
La segunda consideración se funda,
en cambio, en la convicción, cada vez mayor también de
la limitación de los recursos naturales, algunos de los cuales
no son, como suele decirse, renovables. Usarlos como si fueran
inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura
disponibilidad, no sólo para la generación presente, sino sobre todo
para las futuras.
La tercera consideración se refiere directamente a
las consecuencias de un cierto tipo de desarrollo sobre la
calidad de la vida en las zonas industrializadas. Todos sabemos
que el resultado directo o indirecto de la industrialización es,
cada vez más, la contaminación del ambiente, con graves consecuencias
para la salud de la población.
Una vez más, es
evidente que el desarrollo, así como la voluntad de planificación
que lo dirige, el uso de los recursos y el
modo de utilizarlos no están exentos de respetar las exigencias
morales. Una de éstas impone sin duda límites al uso
de la naturaleza visible. El dominio confiado al hombre por
el Creador no es un poder absoluto, ni se puede
hablar de libertad de « usar y abusar », o
de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación
impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada
simbólicamente con la prohibición de « comer del fruto del
árbol » (cf. Gén 2, 16 s.), muestra claramente que,
ante la naturaleza visible, estamos sometidos a leyes no sólo
biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune. Una
justa concepción del desarrollo no puede prescindir de estas consideraciones
—relativas al uso de los elementos de la naturaleza, a
la renovabilidad de los recursos y a las consecuencias de
una industrialización desordenada—, las cuales ponen ante nuestra conciencia la
dimensión moral, que debe distinguir el desarrollo. 63
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V. UNA LECTURA
TEOLÓGICA DE LOS PROBLEMAS MODERNOS
35. A la luz
del mismo carácter esencial moral, propio del desarrollo, hay que
considerar también los obstáculos que se oponen a él. Si
durante los años transcurridos desde la publicación de la Encíclica
no se ha dado este desarrollo —o se ha dado
de manera escasa, irregular, cuando no contradictoria—, las razones no
pueden ser solamente económicas. Hemos visto ya cómo intervienen también
motivaciones políticas. Las decisiones que aceleran o frenan el desarrollo
de los pueblos, son ciertamente de carácter político. Y para
superar los mecanismos perversos que señalábamos más arriba y sustituirlos
con otros nuevos, más justos y conformes al bien común
de la humanidad, es necesaria una voluntad política eficaz. Por
desgracia, tras haber analizado la situación, hemos de concluir que
aquella ha sido insuficiente. En un documento pastoral como el
presente, un análisis limitado únicamente a las causas económicas y
políticas del subdesarrollo y con las debidas referencias al llamado
superdesarrollo, sería incompleto. Es, pues, necesario individuar las causas de
orden moral que, en el plano de la conducta de
los hombres, considerados como personas responsables, ponen un freno al
desarrollo e impiden su realización plena. Igualmente, cuando se disponga
de recursos científicos y técnicos que mediante las necesarias y
concretas decisiones políticas deben contribuir a encaminar finalmente los pueblos
hacia un verdadero desarrollo, la superación de los obstáculos mayores
sólo se obtendrá gracias a decisiones esencialmente morales, las cuales,
para los creyentes y especialmente los cristianos, se inspirarán en
los principios de la fe, con la ayuda de la
gracia divina.
36. Por tanto, hay que destacar que
un mundo dividido en bloques, presididos a su vez por
ideologías rígidas, donde en lugar de la interdependencia y la
solidaridad, dominan diferentes formas de imperialismo, no es más que
un mundo sometido a estructuras de pecado. La suma de
factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del
bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, parece
crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de
superar. 64 Si la situación actual hay que atribuirla a
dificultades de diversa índole, se debe hablar de « estructuras
de pecado », las cuales —como ya he dicho en
la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia— se fundan en el
pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos
concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil
su eliminación. 65 Y así estas mismas estructuras se refuerzan,
se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la
conducta de los hombres.
« Pecado » y « estructuras
de pecado », son categorías que no se aplican frecuentemente
a la situación del mundo contemporáneo. Sin embargo, no se
puede llegar fácilmente a una comprensión profunda de la realidad
que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un nombre a
la raíz de los males que nos aquejan.
Se puede
hablar ciertamente de « egoísmo » y de « estrechez
de miras ». Se puede hablar también de « cálculos
políticos errados » y de « decisiones económicas imprudentes ».
Y en cada una de estas calificaciones se percibe una
resonancia de carácter ético-moral. En efecto la condición del hombre
es tal que resulta difícil analizar profundamente las acciones y
omisiones de las personas sin que implique, de una u
otra forma, juicios o referencias de orden ético.
Esta valoración
es de por sí positiva, sobre todo si llega a
ser plenamente coherente y si se funda en la fe
en Dios y en su ley, que ordena el bien
y prohíbe el mal.
En esto está la diferencia entre
la clase de análisis socio-político y la referencia formal al
« pecado » y a las « estructuras de pecado
». Según esta última visión, se hace presente la voluntad
de Dios tres veces Santo, su plan sobre los hombres,
su justicia y su misericordia. Dios « rico en misericordia
», « Redentor del hombre », « Señor y dador
de vida », exige de los hombres actitudes precisas que
se expresan también en acciones u omisiones ante el prójimo.
Aquí hay una referencia a la llamada « segunda tabla
» de los diez Mandamientos (cf. Ex 20, 12-17; Dt
5, 16-21). Cuando no se cumplen éstos se ofende a
Dios y se perjudica al prójimo, introduciendo en el mundo
condicionamientos y obstáculos que van mucho más allá de las
acciones y de la breve vida del individuo. Afectan asimismo
al desarrollo de los pueblos, cuya aparente dilación o lenta
marcha debe ser juzgada también bajo esta luz.
37.
A este análisis genérico de orden religioso se pueden añadir
algunas consideraciones particulares , para indicar que entre las opiniones
y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien
del prójimo y las « estructuras » que conllevan, dos
parecen ser las más características: el afán de ganancia exclusiva,
por una parte; y por otra, la sed de poder,
con el propósito de imponer a los demás la propia
voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para
caracterizarlas aún mejor, la expresión: « a cualquier precio ».
En otras palabras, nos hallamos ante la absolutización de actitudes
humanas, con todas sus posibles consecuencias.
Ambas actitudes, aunque sean
de por sí separables y cada una pueda darse sin
la otra, se encuentran —en el panorama que tenemos ante
nuestros ojos— indisolublemente unidas, tanto si predomina la una como
la otra.
Y como es obvio, no son solamente los
individuos quienes pueden ser víctimas de estas dos actitudes de
pecado pueden serlo también las Naciones y los bloques. Y
esto favorece mayormente la introducción de las « estructuras de
pecado », de las cuales he hablado antes. Si ciertas
formas de « imperialismo » moderno se consideraran a la
luz de estos criterios morales, se descubriría que bajo ciertas
decisiones, aparentemente inspiradas solamente por la economía o la política,
se ocultan verdaderas formas de idolatría: dinero, ideología, clase social
y tecnología.
He creído oportuno señalar este tipo de análisis,
ante todo para mostrar cuál es la naturaleza real del
mal al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo
de los pueblos; es un mal moral, fruto de muchos
pecados que llevan a « estructuras de pecado ». Diagnosticar
el mal de esta manera es también identificar adecuadamente, a
nivel de conducta humana, el camino a seguir para superarlo.
38. Este camino es largo y complejo y además
está amenazado constantemente tanto por la intrínseca fragilidad de los
propósitos y realizaciones humanas, cuanto por la mutabilidad de las
circunstancias externas tan imprevisibles. Sin embargo, debe ser emprendido decididamente
y, en donde se hayan dado ya algunos pasos, o
incluso recorrido una parte del mismo, seguirlo hasta el final.
En el plano de la consideración presente, la decisión de
emprender ese camino o seguir avanzando implica ante todo un
valor moral, que los hombres y mujeres creyentes reconocen como
requerido por la voluntad de Dios, único fundamento verdadero de
una ética absolutamente vinculante.
Es de desear que también los
hombres y mujeres sin una fe explícita se convenzan de
que los obstáculos opuestos al pleno desarrollo no son solamente
de orden económico, sino que dependen de actitudes más profundas
que se traducen, para el ser humano, en valores absolutos.
En este sentido, es de esperar que todos aquéllos que,
en una u otra medida, son responsables de una «
vida más humana » para sus semejantes —estén inspirados o
no por una fe religiosa— se den cuenta plenamente de
la necesidad urgente de un cambio en las actitudes espirituales
que definen las relaciones de cada hombre consigo mismo, con
el prójimo, con las comunidades humanas, incluso las más lejanas
y con la naturaleza; y ello en función de unos
valores superiores, como el bien común, o el pleno desarrollo
« de todo el hombre y de todos los hombres
», según la feliz expresión de la Encíclica Populorum Progressio.
66
Para los cristianos, así como para quienes la palabra
« pecado » tiene un significado teológico preciso, este cambio
de actitud o de mentalidad, o de modo de ser,
se llama, en el lenguaje bíblico: « conversión » (cf.
Mc 1, 15; Lc 13, 35; Is 30, 15). Esta
conversión indica especialmente relación a Dios, al pecado cometido, a
sus consecuencias, y, por tanto, al prójimo, individuo o comunidad.
Es Dios, en « cuyas manos están los corazones de
los poderosos », 67 y los de todos, quien puede,
según su promesa, transformar por obra de su Espíritu los
« corazones de piedra », en « corazones de carne
» (cf. Ez 36, 26).
En el camino hacia esta
deseada conversión hacia la superación de los obstáculos morales para
el desarrollo, se puede señalar ya, como un valor positivo
ymoral, la conciencia creciente de la interdependencia entre los hombres
y entre las Naciones. El hecho de que los hombres
y mujeres, en muchas partes del mundo, sientan como propias
las injusticias y las violaciones de los derechos humanos cometidas
en países lejanos, que posiblemente nunca visitarán, es un signo
más de que esta realidad es transformada en conciencia, que
adquiere así una connotación moral.
Ante todo se trata de
la interdependencia, percibida como sistema determinante de relaciones en el
mundo actual, en sus aspectos económico, cultural, político y religioso,
y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida
así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y
como « virtud », es la solidaridad. Esta no es,
pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas,
cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y
perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por
el bien de todos y cada uno, para que todos
seamos verdaderamente responsables de todos. Esta determinación se funda en
la firme convicción de que lo que frena el pleno
desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de
poder de que ya se ha hablado. Tales « actitudes
y estructuras de pecado » solamente se vencen —con la
ayuda de la gracia divina— mediante una actitud diametralmente opuesta:
la entrega por el bien del prójimo, que está dispuesto
a « perderse », en sentido evangélico, por el otro
en lugar de explotarlo, y a « servirlo » en
lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10,
40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27).
39. El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad
es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a
otros como personas. Los que cuentan más, al disponer de
una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de
sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con
ellos lo que poseen. Estos, por su parte, en la
misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente
pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus
legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para
el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios
no han de insistir egoísticamente en sus intereses particulares, sino
que deben respetar los intereses de los demás.
Signos positivos
del mundo contemporáneo son la creciente conciencia de solidaridad de
los pobres entre sí, así como también sus iniciativas de
mutuo apoyo y su afirmación pública en el escenario social,
no recurtiendo a la violencia, sino presentando sus carencias y
sus derechos frente a la ineficiencia o a la corrupción
de los poderes públicos. La Iglesia, en virtud de su
compromiso evangélico, se siente llamada a estar junto a esas
multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y
a ayudar a hacerlas realidad sin perder de vista al
bien de los grupos en función del bien común. El
mismo criterio se aplica, por analogía, en las relaciones internacionales.
La interdependencia debe convertirse en solidaridad, fundada en el principio
de que los bienes de la creación están destinados a
todos. Y lo que la industria humana produce con la
elaboración de las materias primas y con la aportación del
trabajo, debe servir igualmente al bien de todos.
Superando los
imperialismos de todo tipo y los propósitos por mantener la
propia hegemonía, las Naciones más fuertes y más dotadas deben
sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de
instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la
igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto
de sus legítimas diferencias. Los Países económicamente más débiles, o
que están en el límite de la supervivencia, asistidos por
los demás pueblos y por la comunidad internacional, deben ser
capaces de aportar a su vez al bien común sus
tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo
se perderían para siempre.
La solidaridad nos ayuda a ver
al « otro » —persona, pueblo oNación—, no como un
instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de
trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino
como un « semejante » nuestro, una « ayuda »
(cf. Gén 2, 18. 20), para hacerlo partícipe, como nosotros,
del banquete de la vida al que todos los hombres
son igualmente invitados por Dios. De aquí la importancia de
despertar la conciencia religiosa de los hombres y de los
pueblos.
Se excluyen así la explotación, la opresión y la
anulación de los demás. Tales hechos, en la presente división
del mundo en bloques contrapuestos, van a confluir en el
peligro de guerra y en la excesiva preocupación por la
propia seguridad, frecuentemente a expensas de la autonomía, de la
libre decisión y de la misma integridad territorial de las
Naciones más débiles, que se encuentran en las llamadas «
zonas de influencia » o en los « cinturones de
seguridad ».
Las « estructuras de pecado », y los
pecados que conducen a ellas, se oponen con igual radicalidad
a la paz y al desarrollo, pues el desarrollo, según
la conocida expresión de la Encíclica de Pablo VI, es
« el nuevo nombre de la paz ». 68
De
esta manera, la solidaridad que proponemos es un camino hacia
la paz yhacia el desarrollo. En efecto, la paz del
mundo es inconcebible si no se logra reconocer, por parte
de los responsable, que la interdependencia exige de por sí
la superación de la política de los bloques, la renuncia
a toda forma de imperialismo económico, militar o político, y
la transformación de la mutua desconfianza en colaboración. Este es,
precisamente, el acto propio de la solidaridad entre los individuos
y entre las Naciones.
EL lema del pontificado de mi
venerado predecesor Pío XII era Opus iustitiae pax, la paz
como fruto de la justicia. Hoy se podría decir, con
la misma exactitud y análoga fuerza de inspiración bíblica (cf.
Is 32, 17; Sant 32, 17), Opus solidaritatis pax, la
paz como fruto de la solidaridad. El objetivo de la
paz, tan deseada por todos, sólo se alcanzará con la
realización de la justicia social e internacional, y además con
la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y
nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y
recibiendo, una sociedad nueva y un mundo mejor.
40.
La solidaridad es sin duda una virtud cristiana. Ya en
la exposición precedente se podían vislumbrar numerosos puntos de contacto
entre ella y la caridad, que es signo distintivo de
los discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35).
A la
luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a
sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de
gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es
solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad
fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen
viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo
y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por
tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo
amor con que le ama el Señor, y por él
se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo: « dar
la vida por los hermanos » (cf. 1 Jn 3,
16).
Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios,
de la hermandad de todos los hombres en Cristo, «
hijos en el Hijo », de la presencia y acción
vivificadora del Espíritu Santo, conferirá a nuestra mirada sobre el
mundo un nuevo criterio para interpretarlo. Por encima de los
vínculos humanos y naturales, tan fuertes y profundos, se percibe
a la luz de la fe un nuevo modelo de
unidad del género humano, en el cual debe inspirarse en
última instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo
de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas,
es lo que los cristianos expresamos con la palabra «
comunión ». Esta comunión, específicamente cristiana, celosamente custodiada, extendida y
enriquecida con la ayuda del Señor, es el alma de
la vocación de la Iglesia a ser « sacramento »,
en el sentido ya indicado.
Por eso la solidaridad debe
cooperar en la realización de este designio divino, tanto a
nivel individual, como a nivel nacional e internacional. Los «
mecanismos perversos » y las « estructuras de pecado »,
de que hemos hablado, sólo podrán ser vencidos mediante el
ejercicio de la solidaridad humana y cristiana, a la que
la Iglesia invita y que promueve incansablemente. Sólo así tantas
energías positivas podrán ser dedicadas plenamente en favor del desarrollo
y de la paz. Muchos santos canonizados por la Iglesia
dan admirable testimonio de esta solidaridad y sirven de ejemplo
en las difíciles circunstancias actuales. Entre ellos deseo recordar a
San Pedro Claver, con su servicio a los esclavos en
Cartagena de Indias, y a San Maximiliano María Kolbe, dando
su vida por un prisionero desconocido en el campo de
concentración de Auschwitz-Oswiecim.
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VI. ALGUNAS ORIENTACIONES PARTICULARES
41. La Iglesia
no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo
en cuanto tal, como ya afirmó el Papa Pablo VI,
en su Encíclica. 69 En efecto, no propone sistemas o
programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o
por otros, con tal que la dignidad del hombre sea
debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario
para ejercer su ministerio en el mundo. Pero la Iglesia
es « experta en humanidad », 70 y esto la
mueve a extender necesariamente su misión religiosa a los diversos
campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades,
en busca de la felicidad, aunque siempre relativa, que es
posible en este mundo, de acuerdo con su dignidad de
personas.
Siguiendo a mis predecesores, he de repetir que el
desarrollo para que sea auténtico, es decir, conforme a la
dignidad del hombre y de los pueblos, no puede ser
reducido solamente a un problema « técnico ». Si se
le reduce a esto, se le despoja de su verdadero
contenido y se traiciona al hombre y a los pueblos,
a cuyo servicio debe ponerse.
Por esto la Iglesia tiene
una palabra que decir, tanto hoy como hace veinte años,
así como en el futuro, sobre la naturaleza, condiciones exigencias
y finalidades del verdadero desarrollo y sobre los obstáculos que
se oponen a él. Al hacerlo así, cumple su misión
evangelizadora, ya que da su primera contribución a la solución
del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre
Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a
una situación concreta. 71
A este fin la Iglesia utiliza
como instrumento su doctrina social. En la difícil coyuntura actual,
para favorecer tanto el planteamiento correcto de los problemas como
sus soluciones mejores, podrá ayudar mucho un conocimiento más exacto
y una difusión más amplia del « conjunto de principios
de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de
acción » propuestos por su enseñanza. 72
Se observará así
inmediatamente, que las cuestiones que afrontamos son ante todo morales;
y que ni el análisis del problema del desarrollo como
tal, ni los medios para superar las presentes dificultades pueden
prescindir de esta dimensión esencial.
La doctrina social de la
Iglesia no es, pues, una « tercera vía » entre
el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera
una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino
que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología,
sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión
sobre las complejas realidades de la vida del hombre en
la sociedad y en el contexto internacional, a la luz
de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo
principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia
con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y
su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar
en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al
ámbito de la ideología, sino al de la teología y
especialmente de la teología moral.
La enseñanza y la difusión
de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora
de la Iglesia. Y como se trata de una doctrina
que debe orientar la conducta de las personas, tiene como
consecuencia el « compromiso por la justicia » según la
función, vocación y circunstancias de cada uno.
Al ejercicio de
este ministerio de evangelización en el campo social, que es
un aspecto de la función profética de la Iglesia, pertenece
también la denuncia de los males y de las injusticias.
Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre mas importante
que la denuncia, y que ésta no puede prescindir de
aquél, que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza
de su motivación más alta.
42. La doctrina social
de la Iglesia, hoy más que nunca tiene el deber
de abrirse a una perspectiva internacional en la línea del
Concilio Vaticano II, 73 de las recientes Encíclicas 74 y,
en particular, de la que conmemoramos. 75 No será, pues,
superfluo examinar de nuevo y profundizar bajo esta luz los
temas y las orientaciones características, tratados por el Magisterio en
estos años.
Entre dichos temas quiero señalar aquí la opción
o amor preferencial por los pobres. Esta es una opción
o una forma especial de primacía en el ejercicio de
la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la
tradición de la Iglesia. Se refiere a la vida de
cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo,
pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales y, consiguientemente,
a nuestro modo de vivir y a las decisiones que
se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso
de los bienes.
Pero hoy, vista la dimensión mundial que
ha adquirido la cuestión social, 76 este amor preferencial, con
las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar
a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin
cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro
mejor: no se puede olvidar la existencia de esta realidad.
Ignorarlo significaría parecernos al « rico epulón » que fingía
no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta (cf.
Lc 16, 19-31). 77
Nuestra vida cotidiana, así como nuestras
decisiones en el campo político y económico deben estar marcadas
por estas realidades. Igualmente los responsables de las Naciones y
los mismos Organismos internacionales, mientras han de tener siempre presente
como prioritaria en sus planes la verdadera dimensión humana, no
han de olvidar dar la precedencia al fenómeno de la
creciente pobreza. Por desgracia, los pobres, lejos de disminuir, se
multiplican no sólo en los Países menos desarrollados sino también
en los más desarrollados, lo cual resulta no menos escandaloso.
Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de
la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente
destinados a todos. 78 El derecho a la propiedad privada
es válido y necesario, pero no anula el valor de
tal principio. En efecto, sobre ella grava « una hipoteca
social », 79 es decir, posee, como cualidad intrínseca, una
función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del
destino universal de los bienes. En este empeño por los
pobres, no ha de olvidarse aquella forma especial de pobreza
que es la privación de los derechos fundamentales de la
persona, en concreto el derecho a la libertad religiosa y
el derecho, también, a la iniciativa económica.
43. Esta
preocupación acuciante por los pobres —que, según la significativa fórmula,
son « los pobres del Señor » 80 — debe
traducirse, a todos los niveles, en acciones concretas hasta alcanzar
decididamente algunas reformas necesarias. Depende de cada situación local determinar
las más urgentes y los modos para realizarlas; pero no
conviene olvidar las exigidas por la situación de desequilibrio internacional
que hemos descrito.
A este respecto, deseo recordar particularmente: la
reforma del sistema internacional de comercio, hipotecado por el proteccionismo
y el creciente bilateralismo; la reforma del sistema monetario y
financiero mundial, reconocido hoy como insuficiente; la cuestión de los
intercambios de tecnologías yde su uso adecuado; la necesidad de
una revisión de la estructura de las Organizaciones internacionales existentes,
en el marco de un orden jurídico internacional.
El sistema
internacional de comercio hoy discrimina frecuentemente los productos de las
industrias incipientes de los Países en vías de desarrollo, mientras
desalienta a los productores de materias primas. Existe, además, una
cierta división internacional del trabajo por la cual los productos
a bajo coste de algunos Países, carentes de leyes laborales
eficaces o demasiado débiles en aplicarlas, se venden en otras
partes del mundo con considerables beneficios para las empresas dedicadas
a este tipo de producción, que no conoce fronteras.
El
sistema monetario y financiero mundial se caracteriza por la excesiva
fluctuación de los métodos de intercambio y de interés, en
detrimento de la balanza de pagos y de la situación
de endeudamiento de los Países pobres.
Las tecnologías y sus
transferencias constituyen hoy uno de los problemas principales del intercambio
internacional y de los graves daños que se derivan de
ellos. No son raros los casos de Países en vías
de desarrollo a los que se niegan las tecnologías necesarias
o se les envían las inútiles.
Las Organizaciones internacionales, en
opinión de muchos, habrían llegado a un momento de su
existencia, en el que sus mecanismos de funcionamiento, los costes
operativos y su eficacia requieren un examen atento y eventuales
correciones. Evidentemente no se conseguirá tan delicado proceso sin la
colaboración de todos. Esto supone la superación de las rivalidades
políticas y la renuncia a la voluntad de instrumentalizar dichas
Organizaciones, cuya razón única de ser es el bien común.
Las instituciones y las Organizaciones existentes han actuado bien en
favor de los pueblos. Sin embargo, la humanidad, enfrentada a
una etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo,
necesita hoy un grado superior de ordenamiento internacional, al servicio
de las sociedades, de las económicas y de las culturas
del mundo entero.
44. El desarrollo requiere sobre todo
espíritu de iniciativa por parte de los mismos Países que
lo necesitan. 81 Cada uno de ellos ha de actuar
según sus propias responsabilidades, sin esperarlo todo de los Países
más favorecidos y actuando en colaboración con los que se
encuentran en la misma situación. Cada uno debe descubrir y
aprovechar lo mejor posible el espacio de su propia libertad.
Cada uno debería llegar a ser capaz de iniciativas que
respondan a las propias exigencias de la sociedad. Cada uno
debería darse cuenta también de las necesidades reales, así, como
de los derechos y deberes a que tienen que hacer
frente. El desarrollo de los pueblos comienza y encuentra su
realización más adecuada en el compromiso de cada pueblo para
su desarrollo, en colaboración con todos los demás.
Es importante,
además, que las mismas Naciones en vías de desarrollo favorezcan
la autoafirmación de cada uno de sus ciudadanos mediante el
acceso a una mayor cultura y a una libre circulación
de las informaciones. Todo lo que favorezca la alfabetización y
la educación de base, que la profundice y complete, como
proponía la Encíclica Populorum Progressio, 82 —metas todavía lejos de
ser realidad en tantas partes del mundo— es una contribución
directa al verdadero desarrollo.
Para caminar en esta dirección, las
mismas Naciones han de individuar sus prioridades y detectar bien
las propias necesidades según las particulares condiciones de su población,
de su ambiente geográfico y de sus tradiciones culturales. Algunas
Naciones deberán incrementar la producción alimentaria para tener siempre a
su disposición lo necesario para la nutrición y la vida.
En el mundo contemporáneo,—en el que el hambre causa tantas
víctimas, especialmente entre los niños— existen algunas Naciones particularmente no
desarrolladas que han conseguido el objetivo de la autosuficiencia alimentaria
y que se han convertido en exportadoras de alimentos.
Otras
Naciones necesitan reformar algunas estructuras y, en particular, sus instituciones
políticas, para sustituir regímenes corrompidos, dictatoriales o autoritarios, por otros
democráticos yparticipativos. Es un proceso que, es de esperar, se
extienda y consolide, porque la « salud » de una
comunidad política —en cuanto se expresa mediante la libre participación
y responsabilidad de todos los ciudadanos en la gestión pública,
la seguridad del derecho, el respeto y la promoción de
los derechos humanos— es condición necesaria y garantía segura para
el desarrollo de « todo el hombre y de todos
los hombres ».
45. Cuanto se ha dicho no
se podrá realizar sin la colaboración de todos, especialmente de
la comunidad internacional, en el marco de una solidaridad que
abarque a todos, empezando por los más marginados. Pero las
mismas Naciones en vías de desarrollo tienen el deber de
practicar la solidaridad entre sí ycon los Países más marginados
del mundo.
Es de desear, por ejemplo, que Naciones de
una misma área geográfica establezcan formas de cooperación que las
hagan menos dependientes de productores más poderosos; que abran sus
fronteras a los productos de esa zona; que examinen la
eventual complementariedad de sus productos; que se asocien para la
dotación de servicios, que cada una por separado no sería
capaz de proveer; que extiendan esa cooperación al sector monetario
y financiero.
La interdependencia es ya una realidad en muchos
de estos Países. Reconocerla, de manera que sea más activa,
representa una alternativa a la excesiva dependencia de Países más
ricos y poderosos, en el orden mismo del desarrollo deseado,
sin oponerse a nadie, sino descubriendo y valorizando al máximo
las propias responsabilidades. Los Países en vías de desarrollo de
una misma área geográfica, sobre todo los comprendidos en la
zona « Sur » pueden y deben constituir —como ya
se comienza a hacer con resultados prometedores— nuevas organizaciones regionales
inspiradas en criterios de igualdad, libertad y participación en el
concierto de las Naciones.
La solidaridad universal requiere, como condición
indispensable su autonomía y libre disponibilidad, incluso dentro de asociaciones
como las indicadas. Pero, al mismo tiempo, requiere disponibilidad para
aceptar los sacrificios necesarios por el bien de la comunidad
mundial.
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VII. CONCLUSIÓN
46. Los pueblos y los individuos aspiran
a su liberación: la búsqueda del pleno desarrollo es el
signo de su deseo de superar los múltiples obstáculos que
les impiden gozar de una « vida más humana ».
Recientemente, en el período siguiente a la publicación de la
Encíclica Populorum Progressio, en algunas áreas de la Iglesia católica,
particularmente en América Latina, se ha difundido un nuevo modo
de afrontar los problemas de la miseria y del subdesarrollo,
que hace de la liberación su categoría fundamental y su
primer principio de acción. Los valores positivos, pero también las
desviaciones y los peligros de desviación, unidos a esta forma
de reflexión y de elaboración teológica, han sido convenientemente señalados
por el Magisterio de la Iglesia. 83
Conviene añadir que
la aspiración a la liberación de toda forma de esclavitud,
relativa al hombre y a la sociedad, es algo noble
y válido. A esto mira propiamente el desarrollo y la
liberación, dada la íntima conexión existente entre estas dos realidades.
Un desarrollo solamente económico no es capaz de liberar al
hombre, al contrario, lo esclaviza todavía más. Un desarrollo que
no abarque la dimensión cultural, trascendente y religiosa del hombre
y de la sociedad, en la medida en que no
reconoce la existencia de tales dimensiones, no orienta en función
de las mismas sus objetivos y prioridades, contribuiría aún menos
a la verdadera liberación. El ser humano es totalmente libre
sólo cuando es él mismo, en la plenitud de sus
derechos y deberes; y lo mismo cabe decir de toda
la sociedad.
El principal obstáculo que la verdadera liberación debe
vencer es el pecado y las estructuras que llevan al
mismo, a medida que se multiplican y se extienden. 84
La libertad con la cual Cristo nos ha liberado (cf.
Gál 5, 1) nos mueve a convertirnos en siervos de
todos. De esta manera el proceso del desarrollo y de
la liberación se concreta en el ejercicio de la solidaridad,
es decir, del amor y servicio al prójimo, particularmente a
los más pobres. « Porque donde faltan la verdad y
el amor, el proceso de liberación lleva a la muerte
de una libertad que habría perdido todo apoyo ». 85
47. En el marco de las tristes experiencias de
estos últimos años y del panorama prevalentemente negativo del momento
presente, la Iglesia debe afirmar con fuerza la posibilidad de
la superación de las trabas que por exceso o por
defecto, se interponen al desarrollo, y la confianza en una
verdadera liberación. Confianza y posibilidad fundadas, en última instancia, en
la conciencia que la Iglesia tiene de la promesa divina,
en virtud de la cual la historia presente no está
cerrada en sí misma sino abierta al Reino de Dios.
La Iglesia tiene también confianza en el hombre, aun conociendo
la maldad de que es capaz, porque sabe bien —no
obstante el pecado heredado y el que cada uno puede
cometer— que hay en la persona humana suficientes cualidades y
energías, y hay una « bondad » fundamental (cf .
Gén 1, 31), porque es imagen de su Creador, puesta
bajo el influjo redentor de Cristo, « cercano a todo
hombre », 86 y porque la acción eficaz del Espíritu
Santo « llena la tierra » ( Sab 1, 7).
Por tanto, no se justifican ni la desesperación, ni el
pesimismo, ni la pasividad. Aunque con tristeza, conviene decir que,
así como se puede pecar por egoísmo, por afán de
ganancia exagerada y de poder, se puede faltar también —ante
las urgentes necesidades de unas muchedumbres hundidas en el subdesarrollo—
por temor, indecisión y, en el fondo, por cobardía. Todos
estamos llamados, más aún obligados, a afrontar este tremendo desafío
de la última década del segundo milenio. Y ello, porque
unos peligros ineludibles nos amenazan a todos: una crisis económica
mundial, una guerra sin fronteras, sin vencedores ni vencidos. Ante
semejante amenaza, la distinción entre personas y Países ricos, entre
personas y Países pobres, contará poco, salvo por la mayor
responsabilidad de los que tienen más y pueden más.
Pero
éste no es el único ni el principal motivo. Lo
que está en juego es la dignidad de la persona
humana, cuya defensa ypromoción nos han sido confiadas por el
Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores
los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia.
El panorama actual —como muchos ya perciben más o menos
claramente—, no parece responder a esta dignidad. Cada uno está
llamado a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica
que hay que realizar con medios pacíficos para conseguir el
desarrollo en la paz, para salvaguardar la misma naturaleza y
el mundo que nos circunda. También la Iglesia se siente
profundamente implicada en este camino, en cuyo éxito final espera.
Por eso, siguiendo la Encíclica Populorum progressio del Papa Pablo
VI, 87 con sencillez y humildad quiero dirigirme a todos,
hombres y mujeres sin excepción, para que, convencidos de la
gravedad del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual,
pongamos por obra, —con el estilo personal y familiar de
vida, con el uso de los bienes, con la participación
como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas y
políticas y con la propia actuación a nivel nacional e
internacional— las medidas inspiradas en la solidaridad y en el
amor preferencial por los pobres. Así lo requiere el momento,
así lo exige sobre todo la dignidad de la persona
humana, imagen indestructible de Dios Creador, idéntica en cada uno
de nosotros.
En este empeño deben ser ejemplo y guía
los hijos de la Iglesia, llamados, según el programa enunciado
por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a
« anunciar a los pobres la Buena Nueva ... a
proclamar la liberación de los cautivos, la vista a los
ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar
un año de gracia del Señor » ( Lc 4,
18-19). Y en esto conviene subrayar el papel preponderante que
cabe a los laicos, hombres y mujeres, como se ha
dicho varias veces durante la reciente Asamblea sinodal. A ellos
compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en
ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de
justicia
Quiero dirigirme especialmente a quienes por el sacramento del
Bautismo y la profesión de un mismo Credo, comparten con
nosotros una verdadera comunión, aunque imperfecta. Estoy seguro de que
tanto la preocupación que esta Encíclica transmite, como las motivaciones
que la animan, les serán familiares, porque están inspiradas en
el Evangelio de Jesucristo. Podemos encontrar aquí una nueva invitación
a dar un testimonio unánime de nuestras comunes convicciones sobre
la dignidad del hombre, creado por Dios, redimido por Cristo,
santificado por el Espíritu, y llamado en este mundo a
vivir una vida conforme a esta dignidad.
A quienes comparten
con nosotros la herencia de Abrahán, « nuestro padre en
la fe » (cf. Rom 4, 11 s.), 88 y
la tradición del Antiguo Testamento, es decir, los Judíos; y
a quienes, como nosotros, creen en Dios justo y misericordioso,
es decir, los Musulmanes, dirijo igualmente este llamado, que hago
extensivo, también, a todos los seguidores de las grandes religiones
del mundo.
El encuentro del 27 de septiembre del año
pasado en Asís, ciudad de San Francisco, para orar y
comprometernos por la paz — cada uno en fidelidad a
la propia profesión religiosa— nos ha revelado a todos hasta
qué punto la paz y, su necesaria condición, el desarrollo
de « todo el hombre y de todos los hombres
», son una cuestión también religiosa, y cómo la plena
realización de ambos depende de la fidelidad a nuestra vocación
de hombres y mujeres creyentes. Porque depende ante todo de
Dios.
48. La Iglesia sabe bien que ninguna realización
temporal se identifica con el Reino de Dios, pero que
todas ellas no hacen más que reflejar y en cierto
modo anticipar la gloria de ese Reino, que esperamos al
final de la historia, cuando el Señor vuelva. Pero la
espera no podrá ser nunca una excusa para desentenderse de
los hombres en su situación personal concreta y en su
vida social, nacional e internacional, en la medida en que
ésta —sobre todo ahora— condiciona a aquélla. Aunque imperfecto y
provisional, nada de lo que se puede y debe realizar
mediante el esfuerzo solidario de todos y la gracia divina
en un momento dado de la historia, para hacer «
más humana » la vida de los hombres, se habrá
perdido ni habrá sido vano. Esto enseña el Concilio Vaticano
II en un texto luminoso de la Constitución pastoral Gaudium
et spes: « Pues los bienes de la dignidad humana,
la unión fraterna y la libertad, en una palabra, todos
los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo,
después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu
del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a
encontrarlos, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo
entregue al Padre el reino eterno y universal ...; reino
que está ya misteriosamente presente en nuestra tierra ». 89
El Reino de Dios se hace, pues, presente ahora, sobre
todo en la celebración del Sacramento de la Eucaristía, que
es el Sacrificio del Señor. En esta celebración los frutos
de la tierra y del trabajo humano —el pan y
el vino— son transformados misteriosa, aunque real y substancialmente, por
obra del Espíritu Santo y de las palabras del ministro,
en el Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo, Hijo de
Dios e Hijo de María, por el cual el Reino
del Padre se ha hecho presente en medio de nosotros.
Los bienes de este mundo y la obra de nuestras
manos —el pan y el vino— sirven para la venida
del Reino definitivo, ya que el Señor, mediante su Espíritu,
los asume en sí mismo para ofrecerse al Padre y
ofrecernos a nosotros con él en la renovación de su
único sacrificio, que anticipa el Reino de Dios y anuncia
su venida final.
Así el Señor, mediante la Eucaristía, sacramento
y sacrificio, nos une consigo y nos une entre nosotros
con un vínculo más perfecto que toda unión natural; y
unidos nos envía al mundo entero para dar testimonio, con
la fe y con las obras, del amor de Dios,
preparando la venida de su Reino y anticipándolo en las
sombras del tiempo presente.
Quienes participamos de la Eucaristía estamos
llamados a descubrir, mediante este Sacramento, el sentido profundo de
nuestra acción en el mundo en favor del desarrollo y
de la paz; y a recibir de él las energías
para empeñarnos en ello cada vez más generosamente, a ejemplo
de Cristo que en este Sacramento da la vida por
sus amigos (cf. Jn 15, 13). Como la de Cristo
y en cuanto unida a ella, nuestra entrega personal no
será inútil sino ciertamente fecunda.
49. En este Año
Mariano, que he proclamado para que los fieles católicos miren
cada vez más a María, que nos precede en la
peregrinación de la fe, 90 y con maternal solicitud intercede
por nosotros ante su Hijo, nuestro Redentor, deseo confiar a
ella y a su intercesión la difícil coyuntura del mundo
actual, los esfuerzos que se hacen y se harán, a
menudo con considerables sufrimientos, para contribuir al verdadero desarrollo de
los pueblos, propuesto y anunciado por mi predecesor Pablo VI.
Como siempre ha hecho la piedad cristiana, presentamos a la
Santísima Virgen las difíciles situaciones individuales, a fin de que,
exponiéndolas su Hijo, obtenga de él que las alivie y
transforme. Pero le presentamos también las situaciones sociales y la
misma crisis internacional, en sus aspectos preocupantes de miseria, desempleo,
carencia de alimentos, carrera armamentista, desprecio de los derechos humanos,
situaciones o peligros de conflicto parcial o total. Todo esto
lo queremos poner filialmente ante sus « ojos misericordiosos »,
repitiendo una vez más con fe y esperanza la antigua
antífona mariana: « Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre
de Dios. No deseches las súplicas que te dirigimos en
nuestras necesidades; antes bien líbranos siempre de peligro, oh Virgen
gloriosa y bendita ».
María Santísima, nuestra Madre y Reina,
es la que, dirigiéndose a su Hijo, dice: « No
tienen vino » ( Jn 2, 3) y es también
la que alaba a Dios Padre, porque « derribó a
los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los
ricos sin nada » ( Lc 1, 52 s.). Su
solicitud maternal se interesa por los aspectos personales ysociales de
la vida de los hombres en la tierra. 91
Ante
la Trinidad Santísima, confío a María todo lo que he
expuesto en esta Carta, invitando a todos a reflexionar y
a comprometerse activamente en promover el verdadero desarrollo de los
pueblos, como adecuadamente expresa la oración de la Misa por
esta intención: « Oh Dios, que diste un origen a
todos los pueblos y quisiste formar con ellos una sola
familia en tu amor, llena los corazones del fuego de
tu caridad y suscita en todos los hombres el deseo
de un progreso justo y fraternal, para que se realice
cada uno como persona humana y reinen en el mundo
la igualdad y la paz ». 92
Al concluir, pido
esto en nombre de todos los hermanos y hermanas, a
quienes, en señal de benevolencia, envío mi especial Bendición.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30
de diciembre del año 1987, décimo de mi Pontificado.
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Notas
1León XIII, Carta Encíc.
Rerum Novarum (15 de mayo de 1891): Leonis XIII P.
M. Acta, XI, Romae 1892, pp. 97-144.
2Pío XI, Carta
Encíc. Quadragesimo Anno, (15 de mayo de 1931): AAS 23
(1931), pp.177-228; Juan XXIII, Carta Encíc. Mater et Magistra (15
de mayo de 1961): AAS 53 (1961), pp. 401-464; Pablo
VI, Carta Apost. Octogesima Adveniens (14 de mayo de 1971):
AAS 63 (1971), pp. 401-441; Juan Pablo II, Carta Encíc.
Laborem exercens (14 de septiembre de 1981): AAS 73 (1981),
pp. 577-647. Pío XII había pronunciado también un Mensaje radiofónico
(1 de junio de 1941) con ocasión del 50 aniversario
de la Encíclica de Leon XIII: ASS 33 (1941), pp.
195-205.
3Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la
divina Revelación, Dei Verbum, 4.
4Pablo VI, Carta Encíc. Populorum
Progressio (26 marzo de 1967): AAS 59 (1967), pp. 257-299.
5Cf. L´Osservatore Romano, 25 de marzo de 1987.
6Cf. Congr.
para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la libertad
cristiana y liberación Libertatis Conscientia (22 de marzo de 1986),
72: AAS 79 (1987), p. 586; Pablo VI, Carta Apost.
Octogesima Adveniens (14 de mayo de 1971), 4: AAS 63
(1971), pp. 403 s.
7Cf. Carta Encíc. Redemptoris Mater (25
de marzo de 1987), 3: AAS 79 (1987), pp. 363
s; Homilía de la Misa de Año Nuevo de 1987:
L´Osservatore Romano, 2 de enero de 1987.
8La Encíclica Populorum
Progressio cita 19 veces los documentos del Conciclio Vaticano II,
de las que 16 se refieren concretamente a la Const.
past. sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo Gaudium et
spes.
9Gaudium et spes, 1.
10 Ibid., 4; Carta Encíc.
Populorum Progressio, 13: l.c., p. 263-264.
11 Cf. Gaudium et
spes, 3; Carta Encíc. Populorurn Progressio, 13: l.c., p. 264.
12 Cf. Gaudium et spes, 63; Carta Encíc. Populorum Progressio,
9: l.c., p. 261 s.
13 Cf. Gaudium et spes,
69; Carta Encíc. Populorum Progressio, 22: l.c., p. 269.
14
Cf. Gaudium et spes, 57; Carta Encíc. Populorum Progressio, 41:
l.c., p. 277.
15 Cf. Gaudium et spes, 19; Carta
Encíc. Populorurn Progressio, 41: l.c., pp. 277 s.
16 Cf.
Gaudium et spes, 86; Carta Encíc. Populorum Progressio ,48: l.c.,
p. 281.
17 Cf. Gaudium et spes, 69; Carta Encíc.
Populorum Progressio, 14-21: l.c., pp. 264-268.
18 Cf. el título
de la Encíclica Populorum Progressio: l.c., p. 257.
19 La
Encíclica Rerum Novarum de León XIII tiene como argumento principal
« la condición de los trabajadores »: Leonis XIII P.M.
Acta, XI, Romae 1892, p. 97.
20 Cf. Congregación para
Doctrina de la la Fe, Instrucción sobre la libertad cristiana
y liberación Libertatis Conscientia (22 de marzo de 1986), 72:
AAS 79 (1987), p. 586; Pablo VI, Carta Apost. Octogesima
Adveniens (de 1971), 4: AAS 63 (1971), pp. 403 s.
21 Cf. Carta Encíc. Mater et Magistra (15 de mayo
de 1961): AAS 53 (1961), p. 440.
22 Cf. Gaudium
et spes, 63 .
23 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio,
3: l.c., p. 258; cf. también ibid., 9: l.c., p.
261.
24 Cf. ibid., 3: l.c., p. 258.
25 Ibid.,
48: l.c., p. 281.
26 Cf. ibid., 14: l.c., p.
264: « El desarrollo no se reduce al simple crecimiento
económico. Para ser auténtico debe ser integral, es decir, promover
a todos los hombres y a el hombre ».
27
Ibid., 87: l.c., p. 299.
28 Cf. ibid., 53: l.c.,
p. 283.
29 Cf. ibid., 76: l.c., p. 295.
30
Las décadas se refieren a los años 1960-1970 y 1970-1980;
ahora estamos en la tercera década (1980-1990).
31 La expresión
« Cuarto Mundo » se emplea no sólo circunstancialmente para
los llamados Países menos avanzados (PMA), sino también y sobre
todo para las zonas de grande o extrema pobreza de
los Países de media o alta renta.
32 Conc. Ecum.
Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,1.
33
Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 33: l.c., p. 273.
34
Como es sabido, la Santa Sede ha querido asociarse a
la celebración de este Año internacional con un documento especial
de la Pontif. Com. « Iustitia et Pax », ¿Qué
has hecho tu de tu hermano sin techo? La Iglesia
ante la crisis de la vivienda (27 de diciembre de
1987).
35 Cf. Pablo VI, Carta Apost. Octogesima Adveniens, (14
de mayo de 1971), 8-9: AAS 63 (1971), pp. 406-408.
36 El reciente Etude sur l´Economie mondiale 1987, publido por
las Naciones Unidas, contiene los últimos datos al respecto (cf.
pp. 8-9). El índice de los desocupados en los Países
desarrollados con economía de mercado ha pasado del 3% de
la fuerza laboral en el año 1970 al 8% en
el año 1986. En la actualidad llegan a los 29
millones.
37 Carta Encíc. Laborem exercens (14 de septiembre de
1981), 18: AAS 73 (1981), pp.624-625.
38 Al servicio de
la comunidad humana: una consideración ética de la deuda internacional
(27 de diciembre de1986).
39 Carta Encíc. Populorum Progressio, 54:
l.c., pp 283s.: « Los Países en vía de desarrollo
no correrán en adelante el riesgo de estar abrumados de
deudas, cuya satisfacción absorbe la mayor parte de sus beneficios.
Las tasas de interés y a duración de los préstamos
deberán disponerse de mandra soportable para los unos y los
otros, equilibrando las ayudas gratuitas, los préstamos sin interés mínimo
y la duración las amortizaciones ».
40 Cf. « Presentación
» del Documento: Al servicio de la deuda internacional (27
de diciembre de 1986).
41 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio,
53: l.c., p 283.
42 Al servicio de la Comunidad
humana: una consideración ética de la deuda internacional (27 de
diciembre de 1986), III.2.1.
43 Cf. Carta Encíc.Populorum Progressio, 20-21:
l.c., pp. 267 s.
44 Homilía en Drogheda, Irlanda (29
de septiembre de 1979), 5: AAS 71 (1979), II, p.
1079.
45 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 37: l.c., pp.
275 s.
46 Cf. Exhort. Apost. Familiaris consortio (22 de
noviembre de 1981), especialmente en el n. 30: AAS 74
(1982), pp. 115-117.
47 Cf. Droits de l´homme. Recueil d´instruments
internationaux, Nations Unies, New York 1983. Juan Pablo II, Carta
Encíc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 17: AAS
7 (1979), p. 296.
48 Cf. Conc. Ecum. Vat II,
Const. past. Gaudiutn et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 78; Pablo VI, Carta Encíc Populorum Progressio, 76:
l.c., pp. 294 s.: « Combatir la miseria y luchar
contra la injusticia es promover, a la par que el
mayor bienestar, el progreso humano y espiritual de todos, y,
por consiguiente, el bien común de la humanidad. La paz....
se construye día a día en la instauración de un
orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta
entre los hombres ».
49 Cf. Exhort. Apost. Familiaris consortio
(22 de noviembre de 1981), 6: AAS 74 (1982), p.
88: « la historia no es simplemente un progreso necesario
hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de liberad,
más aún, un combate entre libertades ».
50 Por este
motivo se ha preferido usar en el texto de esta
Encíclica la palabra « desarrollo » en vez de la
palabra « progreso », pero procurando dar a la palabra
« desarrollo » el sentido más pleno.
51 Carta Encíc.
Populorum Progressio, 19: l.c., pp. 266 s.: « El tener
más, lo mismo para los pueblos que para las personas,
no es el último fin. Todo crecimiento es ambivalente. La
búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para
el crecimiento del ser y se opone a su verdadera
grandeza; para las naciones como para las personas, la avaricia
es la forma más evidente de un subdesarrollo moral »;
cf. también Pablo VI, Carta Apost. Octogesima adveniens (14 de
mayo de 1971), 9: AAS 63 (1971), pp. 407 s.
52 Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 35; Pablo VI, Alocución al Cuerpo
Diplomático (7 de enero de 1965): AAS 57 (1965), p.
232.
53 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 20-21: l.c, pp.
267 s.
54 Cf. Carta Encíc. Laborem exercens (14 de
septiembre de 1981), 4: AAS, 73 (1981), pp. 584 s.;
Pablo VI, Carta Encíc. Populorum Progressio, 15: l.c., p. 265.
55 Carta Encíc. Populorum Progressio, 42: l.c., p 278.
56
Cf. Praeconium Paschale, Missale Romanum, ed typ. altera 1975, p.
272: « Necesario fue el pecado de Adán, que ha
sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz culpa que
mereció tal Redentor! ».
57 Conc. Ecum. Vatic. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.
58 Cf. por
ejemplo, S. Basilio el Grande, Regulae fusius tractatae interrogatio, XXXVII,
1-2: PG 31, 1009-l012; Teodoreto de Ciro, De Providentia, Oratio
VII: PG 83, 665-686; S. Agustín, De Civitate Dei, XIX,
17: CCL 48, 683-685.
59 Cf. por ejemplo, S. Juan
Crisóstomo, In Evang. S. Matthaei, hom. 50, 3-4: PG 58,
508-510; S. Ambrosio, De Officis Ministrorum, lib. II, XXVIII, 136-140:
PL 16, 139-141; Possidio, Vita S. Augustini Episcopi, XXIV: PL
32, 53 s.
60 Carta Encíc. Populorum Progressio, 23: l.c.,
p. 268: « ´Si alguno tiene bienes de este mundo
y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra las
entrañas, ¿cómo es posible que resida en él el amor
de Dios?´ (1 Jn 3, 17). Sabido es con qué
firmeza los Padres de la Iglesia han precisado cuál debe
ser la actitud de los que poseen respecto a los
que se encuentran en necesidad ». En el número anterior,
el Papa habia citado el n. 69 de la Const.
past. Gaudium et spes del Concilio Ecuménico Vaticano II.
61
Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 47: l.c., p. 280: «
... un mundo donde la libertad no sea una palabra
vana y donde el pobre Lázaro pueda sentarse a la
misma mesa que el rico ».
62 Cf. Ibid., 47:
l.c., p. 280: « Se trata de construir un donde
todo hombre, sin excepcion de raza, religión o nacionalidad, pueda
vivir una vida plenamente humana, emancipado de las servidumbres que
le vienen de la parte de los hombres ... »,
cf. también Conc. Ecum. Vatic. II, Const. past Gaudium et
spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 29. Esta
igualdad fundamental es uno de los motivos básicos por los
que la Iglesia se ha opuesto siempre a toda forma
de racismo.
63 Cf. Homilía en Val Visdende (12 de
julio de 1987), 5: L´Osservatore Romano, edic. en lengua española,
19 de julio de 1987; Pablo VI, Carta Apost. Octogesima
adveniens (14 de mayo de 1971), 21: AAS 63 (1971),
pp. 416 s.
64 Cf. Conc. Ecum. Vatic. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 25.
65 Exhort. Apost. Reconciliatio et paenitentia (2 de
diciembre de 1984), 16: « Ahora bien la Iglesia, cuando
habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales
determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o
menos amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de
Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social
son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos
pecados personales. Se trata de pecados muy personales de quien
engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer
algo por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males
sociales, omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por
complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en
la presunta imposibilidad de cambiar el mundo; y también de
quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas
razones de orden superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades
son de las personas. Una situación —como una institucion, una
estructura, una sociedad—no es, de suyo, sujeto de actos morales;
por lo tanto, no puede ser buena o mala en
sí misma » AAS 77 (1985), p. 217.
66 Carta
Encíc. Populorum Progressio, 42: l.c., p. 278.
67 Cf. Liturgia
Horarum, Feria III Hebdomadae IIIae Temporis per annum. Preces ad
Vesperas.
68 Carta Encíc. Populorum Progressio, 87: l.c., p. 299.
69 Cf. Ibid., 13; 81: l.c., p. 263 s.; 296
s.
70 Cf. Ibid., 13: l.c., p. 263.
71 Cf.
Discurso de Apertura de la III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979), pp.
189-196.
72 Congr. para la Doctrina de la Fe, Instrucción
sobre libertad cristiana y liberación, Libertatis conscientia (22 de marzo
de 1986), 72: AAS 79 (1987), p. 586, Pablo VI,
Carta Apost. Octogesima adveniens (14 de mayo de 1971), 4:
AAS 63 (1971) p. 403 s.
73 Cf. Conc. Ecum.
Vatic. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, parte II, c. V, secc. II:
« La construcción de la comunidad internacional » (nn. 83-90).
74 Cf. Juan XXIII, Carta Encíc. Mater et Magistra (15
de mayo de 1961): AAS 53 (1961), p. 440; Carta
Encíc. Pacem in terris (11 de abril de 1963), parte
IV: AAS 55 (1963), pp. 291-296; Pablo VI, Carta Apost.
Octogesima adveniens (14 de mayo de 1971), 2-4: AAS 63
(1971), pp. 402-404.
75 Cf. Carta Encíc. Populorum Progressio, 3;
9: l.c., p. 258; 261.
76 Ibid., 3: l.c., p.
258.
77 Carta Encíc. Populorum Progressio, 47: l.c., 280; Congr.
para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre libertad cristiana
y liberaración, Libertatis conscientia (22 de marzo de 1986), 68:
AAS 79 (1987), pp. 583 s.
78 Cf. Conc. Ecum.
Vatic. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia
en el mundo actual, 69; Pablo VI, Carta Encíc. Populorum
Progressio, 22: l.c., p. 268; Congr. para la Doctrina de
la Fe, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, Libertatis conscientia
(22 de marzo de 1986), 90: AAS 79 (1987), p.
594; S. Tomás de aquino, Summa Theol. IIa IIae, q.
66, art. 2.
79 Cf. Discurso de Apertura de la
III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (28 de enero de
1979): AAS 71 (1979), pp. 189-196; Discurso a un gmpo
de Obispos de Polonia en Visita « ad limina Apostolorum
» (17 de diciembre de 1987), 6: L´Osservatore Romano edic.
en lengua española (10 de enero de 1988).
80 Porque
el Señor ha querido identificarse con ellos (Mt 25, 31-46)
y cuida de ellos (Cf. Sal 12[11], 6; Lc 1,
52 s.)
81 Carta Encíc. Populorum Progressio, 55: l.c., p.
284: « ... es precisamente a estos hombres y mujeres
a quienes hay que ayudar, a quienes hay que convencer
que realicen ellos mismos su propio desarrollo y que adquieran
progresivamente los medios para ello »; cf. Const. past. Gaudium
et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 86.
82 Carta Encíc. Populorum Progressio, 35: l.c., p. 274: «
la educación básica es el primer objetivo de un plan
de desarrollo ».
83 Cf. Congr. para la Doctrina de
la Fe, Instrucción sobre los aspectos de la Teología de
la Liberación, Libertatis nuntius, (6 de agosto de 1984), Introducción:
AAS 76 (1984), pp. 876 s.
84 Cf. Exhort. Apost.
Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 16: AAS
77 (1985), pp. 213-217; Cong. para la Doctrina de la
Fe, Instrucción sobre la libertad cristiana y liberación, Libertatis conscientia
(22 de marzo de 1886), 38; 42: AAS 79 (1987),
pp. 569; 571.
85 Congr. para la Doctrina de la
Fe, Instrucción sobre la a cristiana y liberación, Libertatis conscientia
(22 de marzo de 1986), 24: AAS 79 (1987), p.
564.
86 Cf. Conc. Ecum. Vatic. II, Const. past. Gaudium
et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22;
Juan Pablo II, Carta Encíc. Redemptor hominis (4 de marzo
de 1979), 8: AAS 71 (1979), p 272.
87 Carta
Encíc. Populorum Progressio, 5: l.c., p .259: « Pensamos que
este programa puede y debe juntar a los hombres de
buena voluntad con nuestros hijos católicos y hermanos cristianos »;
cf. también nn. 81-83, 87: l.c., pp. 296-298; 299.
88
Cf. Conc. Ecum. Vatic. II, Declaración Nostra aetate, sobre las
relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 4.
89 Gaudium et spes, 39.
90 Cf. Conc. Ecum. Vatic.
II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 58; Juan
Pablo II, Carta Encíc. Redemptoris Mater (25 de marzo de
1987), 5-6; AAS 79 (1987), pp. 365-367.
91 Cf. Pablo
VI, Exhort. Apost. Marialis cultus ( 2 de febrero de
1974), 37: AAS 66 (1974), pp. 148 s.; Juan Pablo
II, Homilía en el Santuario de N.S. de Zapopan, México
(30 de enero de 1979), 4: AAS 71 (1979), p.
230.
92 Colecta de la Misa « Pro Populorum Progressione
»: Missale Romanum ed. typ. altera 1975, p. 820.
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