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Centesimus Annus
Sobre la
cuestión social
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II
en el Centenario de la Rerum Novarum
1 de
mayo de 1991
EL CENTENARIO de la promulgación de
la Encíclica de mi predecesor León XIII, de venerada memoria,
que comienza con las palabras Rerum novarum, marca una
fecha de relevante importancia en la historia reciente de
la Iglesia y también en mi pontificado. A ella,
en efecto, le ha cabido el privilegio de ser
conmemorada, con solemnes Documentos, por los Sumos Pontífices, a
partir de su cuadragésimo aniversario hasta el nonagésimo: se
puede decir que su iter histórico ha sido recordado
con otros escritos que, al mismo tiempo, la actualizaban.
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Índice General
INTRODUCCIÓN
I:
RASGOS CARACTERÍSTICOS DE LA RERUM NOVARUM
II:
HACIA LAS « COSAS NUEVAS» DE HOY
III: EL AÑO 1989
IV: LA PROPIEDAD
PRIVADA Y EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS
BIENES
V: ESTADO Y CULTURA
VI: EL HOMBRE ES EL CAMINO DE LA
IGLESIA
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Centesimus Annus
Sobre la cuestión social
Carta
Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II en el
Centenario de la Rerum Novarum
1 de mayo de 1991
INTRODUCCIÓN
1. El centenario de
la promulgación de la encíclica de mi predecesor León XIII,
de venerada memoria, que comienza con las palabras Rerum novarum
1,marca una fecha de relevante importancia en la historia reciente
de la Iglesia y también en mi pontificado. A ella,
en efecto, le ha cabido el privilegio de ser conmemorada,
con solemnes documentos, por los Sumos Pontífices, a partir de
su cuadragésimo aniversario hasta el nonagésimo: se puede decir que
su íter histórico ha sido recordado con otros escritos que,
al mismo tiempo, la actualizaban 2.
Al hacer yo otro tanto
para su primer centenario, a petición de numerosos obispos, instituciones
eclesiales, centros de estudios, empresarios y trabajadores, bien sea a
título personal, bien en cuanto miembros de asociaciones, deseo ante
todo satisfacer la deuda de gratitud que la Iglesia entera
ha contraído con el gran Papa y con su «inmortal
documento» 3. Es también mi deseo mostrar cómo la rica
savia, que sube desde aquella raíz, no se ha agotado
con el paso de los años, sino que, por el
contrario, se ha hecho más fecunda. Dan testimonio de ello
las iniciativas de diversa índole que han precedido, las que
acompañan y las que seguirán a esta celebración; iniciativas promovidas
por las Conferencias episcopales, por organismos internacionales, universidades e institutos
académicos, asociaciones profesionales, así como por otras instituciones y personas
en tantas partes del mundo.
2. La presente encíclica
se sitúa en el marco de estas celebraciones para dar
gracias a Dios, del cual «desciende todo don excelente y
toda donación perfecta» ( St 1, 17), porque se ha
valido de un documento, emanado hace ahora cien años por
la Sede de Pedro, el cual había de dar tantos
beneficios a la Iglesia y al mundo y difundir tanta
luz. La conmemoración que aquí se hace se refiere a
la encíclica leoniana y también a las encíclicas y demás
escritos de mis predecesores, que han contribuido a hacerla actual
y operante en el tiempo, constituyendo así la que iba
a ser llamada «doctrina social», «enseñanza social» o también «magisterio
social» de la Iglesia.
A la validez de tal enseñanza
se refieren ya dos encíclicas que he publicado en los
años de mi pontificado: la Laborem exercens sobre el trabajo
humano, y la Sollicitudo rei socialis sobre los problemas actuales
del desarrollo de los hombres y de los pueblos 4.
3. Quiero proponer ahora una «relectura» de la encíclica leoniana,
invitando a «echar una mirada retrospectiva» a su propio texto,
para descubrir nuevamente la riqueza de los principios fundamentales formulados
en ella, en orden a la solución de la cuestión
obrera. Invito además a «mirar alrededor», a las «cosas nuevas»
que nos rodean y en las que, por así decirlo,
nos hallamos inmersos, tan diversas de las «cosas nuevas» que
caracterizaron el último decenio del siglo pasado. Invito, en fin,
a «mirar al futuro», cuando ya se vislumbra el tercer
milenio de la era cristiana, cargado de incógnitas, pero también
de promesas. Incógnitas y promesas que interpelan nuestra imaginación y
creatividad, a la vez que estimulan nuestra responsabilidad, como discípulos
del único maestro, Cristo (cf. Mt 23, 8), con miras
a indicar el camino a proclamar la verdad y a
comunicar la vida que es él mismo (cf. Jn 14,
6).
De este modo, no sólo se confirmará el valor
permanente de tales enseñanzas, sino que se manifestará también el
verdadero sentido de la Tradición de la Iglesia, la cual,
siempre viva y siempre vital, edifica sobre el fundamento puesto
por nuestros padres en la fe y, singularmente, sobre el
que ha sido «transmitido por los Apóstoles a la Iglesia»
5, en nombre de Jesucristo, el fundamento que nadie puede
sustituir (cf. 1 Co 3, 11).
Consciente de su misión
como sucesor de Pedro, León XIII se propuso hablar, y
esta misma conciencia es la que anima hoy a su
sucesor. Al igual que él y otros Pontífices anteriores y
posteriores a él, me voy a inspirar en la imagen
evangélica del «escriba que se ha hecho discípulo del Reino
de los cielos», del cual dice el Señor que «es
como el amo de casa que saca de su tesoro
cosas nuevas y cosas viejas» ( Mt 13, 52). Este
tesoro es la gran corriente de la Tradición de la
Iglesia, que contiene las «cosas viejas», recibidas y transmitidas desde
siempre, y que permite descubrir las «cosas nuevas», en medio
de las cuales transcurre la vida de la Iglesia y
del mundo.
De tales cosas que, incorporándose a la Tradición,
se hacen antiguas, ofreciendo así ocasiones y material para enriquecimiento
de la misma y de la vida de fe, forma
parte también la actividad fecunda de millones y millones de
hombres, quienes a impulsos del magisterio social se han esforzado
por inspirarse en él con miras al propio compromiso con
el mundo. Actuando individualmente o bien coordinados en grupos, asociaciones
y organizaciones, ellos han constituido como un gran movimiento para
la defensa de la persona humana y para la tutela
de su dignidad, lo cual, en las alternantes vicisitudes de
la historia, ha contribuido a construir una sociedad más justa
o, al menos, a poner barreras y límites a la
injusticia.
La presente encíclica trata de poner en evidencia la
fecundidad de los principios expresados por León XIII, los cuales
pertenecen al patrimonio doctrinal de la Iglesia y, por ello,
implican la autoridad del Magisterio. Pero la solicitud pastoral me
ha movido además a proponer el análisis de algunos acontecimientos
de la historia reciente. Es superfluo subrayar que la consideración
atenta del curso de los acontecimientos, para discernir las nuevas
exigencias de la evangelización, forma parte del deber de los
pastores. Tal examen sin embargo no pretende dar juicios definitivos,
ya que de por sí no atañe al ámbito específico
del Magisterio.
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I. RASGOS CARACTERISTICOS DE LA RERUM NOVARUM
4. A finales del siglo pasado la Iglesia se encontró
ante un proceso histórico, presente ya desde hacía tiempo, pero
que alcanzaba entonces su punto álgido. Factor determinante de tal
proceso lo constituyó un conjunto de cambios radicales ocurridos en
el campo político, económico y social, e incluso en el
ámbito científico y técnico, aparte el múltiple influjo de las
ideologías dominantes. Resultado de todos estos cambios había sido, en
el campo político, una nueva concepción de la sociedad, del
Estado y, como consecuencia, de la autoridad. Una sociedad tradicional
se iba extinguiendo, mientras comenzaba a formarse otra cargada con
la esperanza de nuevas libertades, pero al mismo tiempo con
los peligros de nuevas formas de injusticia y de esclavitud.
En el campo económico, donde confluían los descubrimientos científicos y
sus aplicaciones, se había llegado progresivamente a nuevas estructuras en
la producción de bienes de consumo. Había aparecido una nueva
forma de propiedad, el capital, y una nueva forma de
trabajo, el trabajo asalariado, caracterizado por gravosos ritmos de producción,
sin la debida consideración para con el sexo, la edad
o la situación familiar, y determinado únicamente por la eficiencia
con vistas al incremento de los beneficios.
El trabajo se
convertía de este modo en mercancía, que podía comprarse y
venderse libremente en el mercado y cuyo precio era regulado
por la ley de la oferta y la demanda, sin
tener en cuenta el mínimo vital necesario para el sustento
de la persona y de su familia. Además, el trabajador
ni siquiera tenía la seguridad de llegar a vender la
«propia mercancía», al estar continuamente amenazado por el desempleo, el
cual, a falta de previsión social, significaba el espectro de
la muerte por hambre.
Consecuencia de esta transformación era «la
división de la sociedad en dos clases separadas por un
abismo profundo» 6. Tal situación se entrelazaba con el acentuado
cambio político. Y así, la teoría política entonces dominante trataba
de promover la total libertad económica con leyes adecuadas o,
al contrario, con una deliberada ausencia de cualquier clase de
intervención. Al mismo tiempo comenzaba a surgir de forma organizada,
no pocas veces violenta, otra concepción de la propiedad y
de la vida económica que implicaba una nueva organización política
y social.
En el momento culminante de esta contraposición, cuando
ya se veía claramente la gravísima injusticia de la realidad
social, que se daba en muchas partes, y el peligro
de una revolución favorecida por las concepciones llamadas entonces «socialistas»,
León XIII intervino con un documento que afrontaba de manera
orgánica la «cuestión obrera». A esta encíclica habían precedido otras
dedicadas preferentemente a enseñanzas de carácter político; más adelante irían
apareciendo otras 7. En este contexto hay que recordar en
particular la encíclica Libertas praestantissimum, en la que se ponía
de relieve la relación intrínseca de la libertad humana con
la verdad, de manera que una libertad que rechazara vincularse
con la verdad caería en el arbitrio y acabaría por
someterse a las pasiones más viles y destruirse a sí
misma. En efecto, ¿de dónde derivan todos los males frente
a los cuales quiere reaccionar la Rerum novarum, sino de
una libertad que, en la esfera de la actividad económica
y social, se separa de la verdad del hombre?
El
Pontífice se inspiraba, además, en las enseñanzas de sus predecesores,
en muchos documentos episcopales, en estudios científicos promovidos por seglares,
en la acción de movimientos y asociaciones católicas, así como
en las realizaciones concretas en campo social, que caracterizaron la
vida de la Iglesia en la segunda mitad del siglo
XIX.
5. Las «cosas nuevas», que el Papa tenía
ante sí, no eran ni mucho menos positivas todas ellas.
Al contrario, el primer párrafo de la encíclica describe las
«cosas nuevas», que le han dado el nombre, con duras
palabras: «Despertada el ansia de novedades que desde hace ya
tiempo agita a los pueblos, era de esperar que las
ganas de cambiarlo todo llegara un día a pasarse del
campo de la política al terreno, con él colindante, de
la economía. En efecto, los adelantos de la industria y
de las profesiones, que caminan por nuevos derroteros; el cambio
operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros; la
acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y
la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de
los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión
entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han
determinado el planteamiento del conflicto» 8.
El Papa, y con él
la Iglesia, lo mismo que la sociedad civil, se encontraban
ante una sociedad dividida por un conflicto, tanto más duro
e inhumano en cuanto que no conocía reglas ni normas.
Se trataba del conflicto entre el capital y el trabajo,
o —como lo llamaba la encíclica— la cuestión obrera, sobre
la cual precisamente, y en los términos críticos en que
entonces se planteaba, no dudó en hablar el Papa.
Nos
hallamos aquí ante la primera reflexión, que la encíclica nos
sugiere hoy. Ante un conflicto que contraponía, como si fueran
«lobos», un hombre a otro hombre, incluso en el plano
de la subsistencia física de unos y la opulencia de
otros, el Papa sintió el deber de intervenir en virtud
de su «ministerio apostólico» 9, esto es, de la misión
recibida de Jesucristo mismo de «apacentar los corderos y las
ovejas» (cf. Jn 21, 15-17) y de «atar y desatar»
en la tierra por el Reino de los cielos (cf.
Mt 16, 19). Su intención era ciertamente la de restablecer
la paz, razón por la cual el lector contemporáneo no
puede menos de advertir la severa condena de la lucha
de clases, que el Papa pronunciaba sin ambages 10 .
Pero era consciente de que la paz se edifica sobre
el fundamento de la justicia: contenido esencial de la encíclica
fue precisamente proclamar las condiciones fundamentales de la justicia en
la coyuntura económica y social de entonces 11 .
De esta
manera León XIII, siguiendo las huellas de sus predecesores, establecía
un paradigma permanente para la Iglesia. Ésta, en efecto, hace
oír su voz ante determinadas situaciones humanas, individuales y comunitarias,
nacionales e internacionales, para las cuales formula una verdadera doctrina,
un corpus, que le permite analizar las realidades sociales, pronunciarse
sobre ellas y dar orientaciones para la justa solución de
los problemas derivados de las mismas.
En tiempos de León
XIII semejante concepción del derecho-deber de la Iglesia estaba muy
lejos de ser admitido comúnmente. En efecto, prevalecía una doble
tendencia: una, orientada hacia este mundo y esta vida, a
la que debía permanecer extraña la fe; la otra, dirigida
hacia una salvación puramente ultraterrena, pero que no iluminaba ni
orientaba su presencia en la tierra. La actitud del Papa
al publicar la Rerum novarum confiere a la Iglesia una
especie de «carta de ciudadanía» respecto a las realidades cambiantes
de la vida pública, y esto se corroboraría aún más
posteriormente. En efecto, para la Iglesia enseñar y difundir la
doctrina social pertenece a su misión evangelizadora y forma parte
esencial del mensaje cristiano, ya que esta doctrina expone sus
consecuencias directas en la vida de la sociedad y encuadra
incluso el trabajo cotidiano y las luchas por la justicia
en el testimonio a Cristo Salvador. Asimismo viene a ser
una fuente de unidad y de paz frente a los
conflictos que surgen inevitablemente en el sector socioeconómico. De esta
manera se pueden vivir las nuevas situaciones, sin degradar la
dignidad trascendente de la persona humana ni en sí mismos
ni en los adversarios, y orientarlas hacia una recta solución.
La validez de esta orientación, a cien años de distancia,
me ofrece la oportunidad de contribuir al desarrollo de la
«doctrina social cristiana». La «nueva evangelización», de la que el
mundo moderno tiene urgente necesidad y sobre la cual he
insistido en más de una ocasión, debe incluir entre sus
elementos esenciales el anuncio de la doctrina social de la
Iglesia, que, como en tiempos de León XIII, sigue siendo
idónea para indicar el recto camino a la hora de
dar respuesta a los grandes desafíos de la edad contemporánea,
mientras crece el descrédito de las ideologías. Como entonces, hay
que repetir que no existe verdadera solución para la «cuestión
social» fuera del Evangelio y que, por otra parte, las
«cosas nuevas» pueden hallar en él su propio espacio de
verdad y el debido planteamiento moral.
6. Con el
propósito de esclarecer el conflicto que se había creado entre
capital y trabajo, León XIII defendía los derechos fundamentales de
los trabajadores. De ahí que la clave de lectura del
texto leoniano sea la dignidad del trabajador en cuanto tal
y, por esto mismo, la dignidad del trabajo, definido como
«la actividad ordenada a proveer a las necesidades de la
vida, y en concreto a su conservación» 12 . El
Pontífice califica el trabajo como «personal», ya que «la fuerza
activa es inherente a la persona y totalmente propia de
quien la desarrolla y en cuyo beneficio ha sido dada»
13 . El trabajo pertenece, por tanto, a la vocación
de toda persona; es más, el hombre se expresa y
se realiza mediante su actividad laboral. Al mismo tiempo, el
trabajo tiene una dimensión social, por su íntima relación bien
sea con la familia, bien sea con el bien común,
«porque se puede afirmar con verdad que el trabajo de
los obreros es el que produce la riqueza de los
Estados» 14 . Todo esto ha quedado recogido y desarrollado
en mi encíclica Laborem exercens 15 .
Otro principio importante es
sin duda el del derecho a la «propiedad privada» 16
.El espacio que la encíclica le dedica revela ya la
importancia que se le atribuye. El Papa es consciente de
que la propiedad privada no es un valor absoluto, por
lo cual no deja de proclamar los principios que necesariamente
lo complementan, como el del destino universal de los bienes
de la tierra 17 .
Por otra parte, no cabe duda
de que el tipo de propiedad privada que León XIII
considera principalmente, es el de la propiedad de la tierra
18 . Sin embargo, esto no quita que todavía hoy
conserven su valor las razones aducidas para tutelar la propiedad
privada, esto es, para afirmar el derecho a poseer lo
necesario para el desarrollo personal y el de la propia
familia, sea cual sea la forma concreta que este derecho
pueda asumir. Esto hay que seguir sosteniéndolo hoy día, tanto
frente a los cambios de los que somos testigos, acaecidos
en los sistemas donde imperaba la propiedad colectiva de los
medios de producción, como frente a los crecientes fenómenos de
pobreza o, más exactamente, a los obstáculos a la propiedad
privada, que se dan en tantas partes del mundo, incluidas
aquellas donde predominan los sistemas que consideran como punto de
apoyo la afirmación del derecho a la propiedad privada. Como
consecuencia de estos cambios y de la persistente pobreza, se
hace necesario un análisis más profundo del problema, como se
verá más adelante.
7. En estrecha relación con el
derecho de propiedad, la encíclica de León XIII afirma también
otros derechos, como propios e inalienables de la persona humana.
Entre éstos destaca, dado el espacio que el Papa le
dedica y la importancia que le atribuye, el «derecho natural
del hombre» a formar asociaciones privadas; lo cual significa ante
todo el derecho a crear asociaciones profesionales de empresarios y
obreros, o de obreros solamente 19 . Ésta es la
razón por la cual la Iglesia defiende y aprueba la
creación de los llamados sindicatos, no ciertamente por prejuicios ideológicos,
ni tampoco por ceder a una mentalidad de clase, sino
porque se trata precisamente de un «derecho natural» del ser
humano y, por consiguiente, anterior a su integración en la
sociedad política. En efecto, «el Estado no puede prohibir su
formación», porque «el Estado debe tutelar los derechos naturales, no
destruirlos. Prohibiendo tales asociaciones, se contradiría a sí mismo» 20
.
Junto con este derecho, que el Papa —es obligado subrayarlo—
reconoce explícitamente a los obreros o, según su vocabulario, a
los «proletarios», se afirma con igual claridad el derecho a
la «limitación de las horas de trabajo», al legítimo descanso
y a un trato diverso a los niños y a
las mujeres 21 en lo relativo al tipo de trabajo
y a la duración del mismo.
Si se tiene presente
lo que dice la historia a propósito de los procedimientos
consentidos, o al menos no excluidos legalmente, en orden a
la contratación sin garantía alguna en lo referente a las
horas de trabajo, ni a las condiciones higiénicas del ambiente,
más aún, sin reparo para con la edad y el
sexo de los candidatos al empleo, se comprende muy bien
la severa afirmación del Papa: «No es justo ni humano
exigir al hombre tanto trabajo que termine por embotarse su
mente y debilitarse su cuerpo». Y con mayor precisión, refiriéndose
al contrato, entendido en el sentido de hacer entrar en
vigor tales «relaciones de trabajo», afirma: «En toda convención estipulada
entre patronos y obreros, va incluida siempre la condición expresa
o tácita» de que se provea convenientemente al descanso, en
proporción con la «cantidad de energías consumidas en el trabajo».
Y después concluye: «un pacto contrario sería inmoral» 22 .
8. A continuación el Papa enuncia otro derecho del obrero
como persona. Se trata del derecho al «salario justo», que
no puede dejarse «al libre acuerdo entre las partes, ya
que, según eso, pagado el salario convenido, parece como si
el patrono hubiera cumplido ya con su deber y no
debiera nada más» 23 . El Estado, se decía entonces,
no tiene poder para intervenir en la determinación de estos
contratos, sino para asegurar el cumplimiento de cuanto se ha
pactado explícitamente. Semejante concepción de las relaciones entre patronos y
obreros, puramente pragmática e inspirada en un riguroso individualismo, es
criticada severamente en la encíclica como contraria a la doble
naturaleza del trabajo, en cuanto factor personal y necesario. Si
el trabajo, en cuanto es personal, pertenece a la disponibilidad
que cada uno posee de las propias facultades y energías,
en cuanto es necesario está regulado por la grave obligación
que tiene cada uno de «conservar su vida»; de ahí
«la necesaria consecuencia —concluye el Papa— del derecho a buscarse
cuanto sirve al sustento de la vida, cosa que para
la gente pobre se reduce al salario ganado con su
propio trabajo» 24 .
El salario debe ser, pues, suficiente para
el sustento del obrero y de su familia. Si el
trabajador, «obligado por la necesidad o acosado por el miedo
de un mal mayor, acepta, aun no queriéndola, una condición
más dura, porque se la imponen el patrono o el
empresario, esto es ciertamente soportar una violencia, contra la cual
clama la justicia» 25 .
Ojalá que estas palabras, escritas cuando
avanzaba el llamado «capitalismo salvaje», no deban repetirse hoy día
con la misma severidad. Por desgracia, hoy todavía se dan
casos de contratos entre patronos y obreros, en los que
se ignora la más elemental justicia en materia de trabajo
de los menores o de las mujeres, de horarios de
trabajo, estado higiénico de los locales y legítima retribución. Y
esto a pesar de las Declaraciones y Convenciones internacionales al
respecto 26 y no obstante las leyes internas de los
Estados. El Papa atribuía a la «autoridad pública» el «deber
estricto» de prestar la debida atención al bienestar de los
trabajadores, porque lo contrario sería ofender a la justicia; es
más, no dudaba en hablar de «justicia distributiva» 27 .
9. Refiriéndose siempre a la condición obrera, a estos derechos
León XIII añade otro, que considero necesario recordar por su
importancia: el derecho a cumplir libremente los propios deberes religiosos.
El Papa lo proclama en el contexto de los demás
derechos y deberes de los obreros, no obstante el clima
general que, incluso en su tiempo, consideraba ciertas cuestiones como
pertinentes exclusivamente a la esfera privada. Él ratifica la necesidad
del descanso festivo, para que el hombre eleve su pensamiento
hacia los bienes de arriba y rinda el culto debido
a la majestad divina 28 . De este derecho, basado
en un mandamiento, nadie puede privar al hombre: «a nadie
es lícito violar impunemente la dignidad del hombre, de quien
Dios mismo dispone con gran respeto». En consecuencia, el Estado
debe asegurar al obrero el ejercicio de esta libertad 29
.
No se equivocaría quien viese en esta nítida afirmación el
germen del principio del derecho a la libertad religiosa, que
posteriormente ha sido objeto de muchas y solemnes Declaraciones y
Convenciones internacionales 30 ,así como de la conocida Declaración conciliar
y de mis constantes enseñanzas 31 . A este respecto
hemos de preguntarnos si los ordenamientos legales vigentes y la
praxis de las sociedades industrializadas aseguran hoy efectivamente el cumplimiento
de este derecho elemental al descanso festivo.
10. Otra
nota importante, rica de enseñanzas para nuestros días, es la
concepción de las relaciones entre el Estado y los ciudadanos.
La Rerum novarum critica los dos sistemas sociales y económicos:
el socialismo y el liberalismo. Al primero está dedicada la
parte inicial, en la cual se reafirma el derecho a
la propiedad privada; al segundo no se le dedica una
sección especial, sino que —y esto merece mucha atención— se
le reservan críticas, a la hora de afrontar el tema
de los deberes del Estado 32 , el cual no
puede limitarse a «favorecer a una parte de los ciudadanos»,
esto es, a la rica y próspera, y «descuidar a
la otra», que representa indudablemente la gran mayoría del cuerpo
social; de lo contrario se viola la justicia, que manda
dar a cada uno lo suyo. Sin embargo, «en la
tutela de estos derechos de los individuos, se debe tener
especial consideración para con los débiles y pobres. La clase
rica, poderosa ya de por sí, tiene menos necesidad de
ser protegida por los poderes públicos; en cambio, la clase
proletaria, al carecer de un propio apoyo tiene necesidad específica
de buscarlo en la protección del Estado. Por tanto es
a los obreros, en su mayoría débiles y necesitados, a
quienes el Estado debe dirigir sus preferencias y sus cuidados»
33 .
Todos estos pasos conservan hoy su validez, sobre todo
frente a las nuevas formas de pobreza existentes en el
mundo; y además porque tales afirmaciones no dependen de una
determinada concepción del Estado, ni de una particular teoría política.
El Papa insiste sobre un principio elemental de sana organización
política, a saber, que los individuos, cuanto más indefensos están
en una sociedad, tanto más necesitan el apoyo y el
cuidado de los demás, en particular, la intervención de la
autoridad pública.
De esta manera el principio que hoy llamamos
de solidaridad y cuya validez, ya sea en el orden
interno de cada nación, ya sea en el orden internacional,
he recordado en la Sollicitudo rei socialis 34 ,se demuestra
como uno de los principios básicos de la concepción cristiana
de la organización social y política. León XIII lo enuncia
varias veces con el nombre de «amistad», que encontramos ya
en la filosofía griega; por Pío XI es designado con
la expresión no menos significativa de «caridad social», mientras que
Pablo VI, ampliando el concepto, de conformidad con las actuales
y múltiples dimensiones de la cuestión social, hablaba de «civilización
del amor» 35 .
11. La relectura de aquella encíclica,
a la luz de las realidades contemporáneas, nos permite apreciar
la constante preocupación y dedicación de la Iglesia por aquellas
personas que son objeto de predilección por parte de Jesús,
nuestro Señor. El contenido del texto es un testimonio excelente
de la continuidad, dentro de la Iglesia, de lo que
ahora se llama «opción preferencial por los pobres»; opción que
en la Sollicitudo rei socialis es definida como una «forma
especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana»
36 . La encíclica sobre la «cuestión obrera» es, pues,
una encíclica sobre los pobres y sobre la terrible condición
a la que el nuevo y con frecuencia violento proceso
de industrialización había reducido a grandes multitudes. También hoy, en
gran parte del mundo, semejantes procesos de transformación económica, social
y política originan los mismos males.
Si León XIII se
apela al Estado para poner un remedio justo a la
condición de los pobres, lo hace también porque reconoce oportunamente
que el Estado tiene la incumbencia de velar por el
bien común y cuidar que todas las esferas de la
vida social, sin excluir la económica, contribuyan a promoverlo, naturalmente
dentro del respeto debido a la justa autonomía de cada
una de ellas. Esto, sin embargo, no autoriza a pensar
que según el Papa toda solución de la cuestión social
deba provenir del Estado. Al contrario, él insiste varias veces
sobre los necesarios límites de la intervención del Estado y
sobre su carácter instrumental, ya que el individuo, la familia
y la sociedad son anteriores a él y el Estado
mismo existe para tutelar los derechos de aquél y de
éstas, y no para sofocarlos 37 .
A nadie se le
escapa la actualidad de estas reflexiones. Sobre el tema tan
importante de las limitaciones inherentes a la naturaleza del Estado,
convendrá volver más adelante. Mientras tanto, los puntos subrayados —ciertamente
no los únicos de la encíclica— están en la línea
de continuidad con el magisterio social de la Iglesia y
a la luz de una sana concepción de la propiedad
privada, del trabajo, del proceso económico de la realidad del
Estado y, sobre todo, del hombre mismo. Otros temas serán
mencionados más adelante, al examinar algunos aspectos de la realidad
contemporánea. Pero hay que tener presente desde ahora que lo
que constituye la trama y en cierto modo la guía
de la encíclica y, en verdad, de toda la doctrina
social de la Iglesia, es la correcta concepción de la
persona humana y de su valor único, porque «el hombre...
en la tierra es la sola criatura que Dios ha
querido por sí misma» 38 . En él ha impreso
su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26), confiriéndole una
dignidad incomparable, sobre la que insiste repetidamente la encíclica. En
efecto, aparte de los derechos que el hombre adquiere con
su propio trabajo, hay otros derechos que no proceden de
ninguna obra realizada por él, sino de su dignidad esencial
de persona.
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II. HACIA LAS "COSAS NUEVAS" DE HOY
12. La conmemoración de la Rerum novarum no sería apropiada
sin echar una mirada a la situación actual. Por su
contenido, el documento se presta a tal consideración, ya que
su marco histórico y las previsiones en él apuntadas se
revelan sorprendentemente justas, a la luz de cuanto sucedió después.
Esto mismo queda confirmado, en particular, por los acontecimientos de
los últimos meses del año 1989 y primeros del 1990.
Tales acontecimientos y las posteriores transformaciones radicales no se explican
si no es a la luz de las situaciones anteriores,
que en cierta medida habían cristalizado o institucionalizado las previsiones
de León XIII y las señales, cada vez más inquietantes,
vislumbradas por sus sucesores. En efecto, el Papa previó las
consecuencias negativas —bajo todos los aspectos, político, social, y económico—
de un ordenamiento de la sociedad tal como lo proponía
el «socialismo», que entonces se hallaba todavía en el estadio
de filosofía social y de movimiento más o menos estructurado.
Algunos se podrían sorprender de que el Papa criticara las
soluciones que se daban a la «cuestión obrera» comenzando por
el socialismo, cuando éste aún no se presentaba —como sucedió
más tarde— bajo la forma de un Estado fuerte y
poderoso, con todos los recursos a su disposición. Sin embargo,
él supo valorar justamente el peligro que representaba para las
masas ofrecerles el atractivo de una solución tan simple como
radical de la cuestión obrera de entonces. Esto resulta más
verdadero aún, si lo comparamos con la terrible condición de
injusticia en que versaban las masas proletarias de las naciones
recién industrializadas.
Es necesario subrayar aquí dos cosas: por una
parte, la gran lucidez en percibir, en toda su crudeza,
la verdadera condición de los proletarios, hombres, mujeres y niños;
por otra, la no menor claridad en intuir los males
de una solución que, bajo la apariencia de una inversión
de posiciones entre pobres y ricos, en realidad perjudicaba a
quienes se proponía ayudar. De este modo el remedio venía
a ser peor que el mal. Al poner de manifiesto
que la naturaleza del socialismo de su tiempo estaba en
la supresión de la propiedad privada, León XIII llegaba de
veras al núcleo de la cuestión.
Merecen ser leídas con
atención sus palabras: «Para solucionar este mal (la injusta distribución
de las riquezas junto con la miseria de los proletarios)
los socialistas instigan a los pobres al odio contra los
ricos y tratan de acabar con la propiedad privada estimando
mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes...;
pero esta teoría es tan inadecuada para resolver la cuestión,
que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras;
y es además sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los
legítimos poseedores, altera la misión del Estado y perturba fundamentalmente
todo el orden social» 39 . No se podían indicar
mejor los males acarreados por la instauración de este tipo
de socialismo como sistema de Estado, que sería llamado más
adelante «socialismo real».
13. Ahondando ahora en esta reflexión
y haciendo referencia a lo que ya se ha dicho
en las encíclicas Laborem exercens ySollicitudo rei socialis, hay que
añadir aquí que el error fundamental del socialismo es de
carácter antropológico. Efectivamente, considera a todo hombre como un simple
elemento y una molécula del organismo social, de manera que
el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo
económico-social. Por otra parte, considera que este mismo bien puede
ser alcanzado al margen de su opción autónoma, de su
responsabilidad asumida, única y exclusiva, ante el bien o el
mal. El hombre queda reducido así a una serie de
relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo
de decisión moral, que es quien edifica el orden social,
mediante tal decisión. De esta errónea concepción de la persona
provienen la distorsión del derecho, que define el ámbito del
ejercicio de la libertad, y la oposición a la propiedad
privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que
pueda llamar «suyo» y no tiene posibilidad de ganar para
vivir por su propia iniciativa, pasa a depender de la
máquina social y de quienes la controlan, lo cual le
crea dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y
entorpece su camino para la constitución de una auténtica comunidad
humana.
Por el contrario, de la concepción cristiana de la
persona se sigue necesariamente una justa visión de la sociedad.
Según la Rerum novarum y la doctrina social de la
Iglesia, la socialidad del hombre no se agota en el
Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando
por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales,
políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma
naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito
del bien común. Es a esto a lo que he
llamado «subjetividad de la sociedad» la cual, junto con la
subjetividad del individuo, ha sido anulada por el socialismo real
40 .
Si luego nos preguntamos dónde nace esa errónea concepción
de la naturaleza de la persona y de la «subjetividad»
de la sociedad, hay que responder que su causa principal
es el ateísmo. Precisamente en la respuesta a la llamada
de Dios, implícita en el ser de las cosas, es
donde el hombre se hace consciente de su trascendente dignidad.
Todo hombre ha de dar esta respuesta, en la que
consiste el culmen de su humanidad y que ningún mecanismo
social o sujeto colectivo puede sustituir. La negación de Dios
priva de su fundamento a la persona y, consiguientemente, la
induce a organizar el orden social prescindiendo de la dignidad
y responsabilidad de la persona.
El ateísmo del que aquí
se habla tiene estrecha relación con el racionalismo iluminista, que
concibe la realidad humana y social del hombre de manera
mecanicista. Se niega de este modo la intuición última acerca
de la verdadera grandeza del hombre, su trascendencia respecto al
mundo material, la contradicción que él siente en su corazón
entre el deseo de una plenitud de bien y la
propia incapacidad para conseguirlo y, sobre todo, la necesidad de
salvación que de ahí se deriva.
14. De la
misma raíz atea brota también la elección de los medios
de acción propia del socialismo, condenado en la Rerum novarum.
Se trata de la lucha de clases. El Papa, ciertamente,
no pretende condenar todas y cada una de las formas
de conflictividad social. La Iglesia sabe muy bien que, a
lo largo de la historia, surgen inevitablemente los conflictos de
intereses entre diversos grupos sociales y que frente a ellos
el cristiano no pocas veces debe pronunciarse con coherencia y
decisión. Por lo demás, la encíclica Laborem exercens ha reconocido
claramente el papel positivo del conflicto cuando se configura como
«lucha por la justicia social» 41 . Ya en la
Quadragesimo anno se decía: «En efecto, cuando la lucha de
clases se abstiene de los actos de violencia y del
odio recíproco, se transforma poco a poco en una discusión
honesta, fundada en la búsqueda de la justicia» 42 .
Lo
que se condena en la lucha de clases es la
idea de un conflicto que no está limitado por consideraciones
de carácter ético o jurídico, que se niega a respetar
la dignidad de la persona en el otro y por
tanto en sí mismo, que excluye, en definitiva, un acuerdo
razonable y persigue no ya el bien general de la
sociedad, sino más bien un interés de parte que suplanta
al bien común y aspira a destruir lo que se
le opone. Se trata, en una palabra, de presentar de
nuevo —en el terreno de la confrontación interna entre los
grupos sociales— la doctrina de la «guerra total», que el
militarismo y el imperialismo de aquella época imponían en el
ámbito de las relaciones internacionales. Tal doctrina, que buscaba el
justo equilibrio entre los intereses de las diversas naciones, sustituía
a la del absoluto predominio de la propia parte, mediante
la destrucción del poder de resistencia del adversario, llevada a
cabo por todos los medios, sin excluir el uso de
la mentira, el terror contra las personas civiles, las armas
destructivas de masa, que precisamente en aquellos años comenzaban a
proyectarse. La lucha de clases en sentido marxista y el
militarismo tienen, pues, las mismas raíces: el ateísmo y el
desprecio de la persona humana, que hacen prevalecer el principio
de la fuerza sobre el de la razón y del
derecho.
15. La Rerum novarum se opone a la
estatalización de los medios de producción, que reduciría a todo
ciudadano a una «pieza» en el engranaje de la máquina
estatal. Con no menor decisión critica una concepción del Estado
que deja la esfera de la economía totalmente fuera del
propio campo de interés y de acción. Existe ciertamente una
legítima esfera de autonomía de la actividad económica, donde no
debe intervenir el Estado. A éste, sin embargo, le corresponde
determinar el marco jurídico dentro del cual se desarrollan las
relaciones económicas y salvaguardar así las condiciones fundamentales de una
economía libre, que presupone una cierta igualdad entre las partes,
no sea que una de ellas supere talmente en poder
a la otra que la pueda reducir prácticamente a esclavitud
43 .
A este respecto, la Rerum novarum señala la vía
de las justas reformas, que devuelven al trabajo su dignidad
de libre actividad del hombre. Son reformas que suponen, por
parte de la sociedad y del Estado, asumirse las responsabilidades
en orden a defender al trabajador contra el íncubo del
desempleo. Históricamente esto se ha logrado de dos modos convergentes:
con políticas económicas, dirigidas a asegurar el crecimiento equilibrado y
la condición de pleno empleo; con seguros contra el desempleo
obrero y con políticas de cualificación profesional, capaces de facilitar
a los trabajadores el paso de sectores en crisis a
otros en desarrollo.
Por otra parte, la sociedad y el
Estado deben asegurar unos niveles salariales adecuados al mantenimiento del
trabajador y de su familia, incluso con una cierta capacidad
de ahorro. Esto requiere esfuerzos para dar a los trabajadores
conocimientos y aptitudes cada vez más amplios, capacitándolos así para
un trabajo más cualificado y productivo; pero requiere también una
asidua vigilancia y las convenientes medidas legislativas para acabar con
fenómenos vergonzosos de explotación, sobre todo en perjuicio de los
trabajadores más débiles, inmigrados o marginales. En este sector es
decisivo el papel de los sindicatos que contratan los mínimos
salariales y las condiciones de trabajo.
En fin, hay que
garantizar el respeto por horarios «humanos» de trabajo y de
descanso, y el derecho a expresar la propia personalidad en
el lugar de trabajo, sin ser conculcados de ningún modo
en la propia conciencia o en la propia dignidad. Hay
que mencionar aquí de nuevo el papel de los sindicatos
no sólo como instrumentos de negociación, sino también como «lugares»
donde se expresa la personalidad de los trabajadores: sus servicios
contribuyen al desarrollo de una auténtica cultura del trabajo y
ayudan a participar de manera plenamente humana en la vida
de la empresa 44 .
Para conseguir estos fines el Estado
debe participar directa o indirectamente. Indirectamente y según el principio
de subsidiariedad, creando las condiciones favorables al libre ejercicio de
la actividad económica, encauzada hacia una oferta abundante de oportunidades
de trabajo y de fuentes de riqueza. Directamente y según
el principio de solidaridad, poniendo, en defensa de los más
débiles, algunos límites a la autonomía de las partes que
deciden las condiciones de trabajo, y asegurando en todo caso
un mínimo vital al trabajador en paro 45 .
La encíclica
y el magisterio social, con ella relacionado, tuvieron una notable
influencia entre los últimos años del siglo XIX y primeros
del XX. Este influjo quedó reflejado en numerosas reformas introducidas
en los sectores de la previsión social, las pensiones, los
seguros de enfermedad y de accidentes; todo ello en el
marco de un mayor respeto de los derechos de los
trabajadores 46 .
16. Las reformas fueron realizadas en parte
por los Estados; pero en la lucha por conseguirlas tuvo
un papel importante la acción del Movimiento obrero. Nacido como
reacción de la conciencia moral contra situaciones de injusticia y
de daño, desarrolló una vasta actividad sindical, reformista, lejos de
las nieblas de la ideología y más cercana a las
necesidades diarias de los trabajadores. En este ámbito, sus esfuerzos
se sumaron con frecuencia a los de los cristianos para
conseguir mejores condiciones de vida para los trabajadores. Después, este
Movimiento estuvo dominado, en cierto modo, precisamente por la ideología
marxista contra la que se dirigía la Rerum novarum.
Las
mismas reformas fueron también el resultado de un libre proceso
de auto-organización de la sociedad, con la aplicación de instrumentos
eficaces de solidaridad, idóneos para sostener un crecimiento económico más
respetuoso de los valores de la persona. Hay que recordar
aquí su múltiple actividad, con una notable aportación de los
cristianos, en la fundación de cooperativas de producción, consumo y
crédito, en promover la enseñanza pública y la formación profesional,
en la experimentación de diversas formas de participación en la
vida de la empresa y, en general, de la sociedad.
Si mirando al pasado tenemos motivos para dar gracias a
Dios porque la gran encíclica no ha quedado sin resonancia
en los corazones y ha servido de impulso a una
operante generosidad, sin embargo hay que reconocer que el anuncio
profético que lleva consigo no fue acogido plenamente por los
hombres de aquel tiempo, lo cual precisamente ha dado lugar
a no pocas y graves desgracias.
17. Leyendo la
encíclica en relación con todo el rico magisterio leoniano 47
, se nota que, en el fondo, está señalando las
consecuencias de un error de mayor alcance en el campo
económico-social. Es el error que, como ya se ha dicho,
consiste en una concepción de la libertad humana que la
aparta de la obediencia de la verdad y, por tanto,
también del deber de respetar los derechos de los demás
hombres. El contenido de la libertad se transforma entonces en
amor propio, con desprecio de Dios y del prójimo; amor
que conduce al afianzamiento ilimitado del propio interés y que
no se deja limitar por ninguna obligación de justicia 48
.
Este error precisamente llega a sus extremas consecuencias durante el
trágico ciclo de las guerras que sacudieron Europa y el
mundo entre 1914 y 1945. Fueron guerras originadas por el
militarismo, por el nacionalismo exasperado, por las formas de totalitarismo
relacionado con ellas, así como por guerras derivadas de la
lucha de clases, de guerras civiles e ideológicas. Sin la
terrible carga de odio y rencor, acumulada a causa de
tantas injusticias, bien sea a nivel internacional bien sea dentro
de cada Estado, no hubieran sido posibles guerras de tanta
crueldad en las que se invirtieron las energías de grandes
naciones; en las que no se dudó ante la violación
de los derechos humanos más sagrados; en las que fue
planificado y llevado a cabo el exterminio de pueblos y
grupos sociales enteros. Recordamos aquí singularmente al pueblo hebreo, cuyo
terrible destino se ha convertido en símbolo de las aberraciones
adonde puede llegar el hombre cuando se vuelve contra Dios.
Sin embargo, el odio y la injusticia se apoderan de
naciones enteras, impulsándolas a la acción, sólo cuando son legitimados
y organizados por ideologías que se fundan sobre ellos en
vez de hacerlo sobre la verdad del hombre 49 .
La Rerum novarum combatía las ideologías que llevan al odio
e indicaba la vía para vencer la violencia y el
rencor mediante la justicia. Ojalá el recuerdo de tan terribles
acontecimientos guíe las acciones de todos los hombres, en particular
las de los gobernantes de los pueblos, en estos tiempos
nuestros en que otras injusticias alimentan nuevos odios y se
perfilan en el horizonte nuevas ideologías que exal- tan la
violencia.
18. Es verdad que desde 1945 las armas
están calladas en el continente europeo; sin embargo, la verdadera
paz —recordémoslo— no es el resultado de la victoria militar,
sino algo que implica la superación de las causas de
la guerra y la auténtica reconciliación entre los pueblos. Por
muchos años, sin embargo, ha habido en Europa y en
el mundo una situación de no- guerra, más que de
paz auténtica. Mitad del continente cae bajo el dominio de
la dictadura comunista, mientras la otra mitad se organiza para
defenderse contra tal peligro. Muchos pueblos pierden el poder de
autogobernarse, encerrados en los confines opresores de un imperio, mientras
se trata de destruir su memoria histórica y la raíz
secular de su cultura. Como consecuencia de esta división violenta,
masas enormes de hombres son obligadas a abandonar su tierra
y deportadas forzosamente.
Una carrera desenfrenada a los armamentos absorbe
los recursos necesarios para el desarrollo de las economías internas
y para ayudar a las naciones menos favorecidas. El progreso
científico y tecnológico, que debiera contribuir al bienestar del hombre,
se transforma en instrumento de guerra: ciencia y técnica son
utilizadas para producir armas cada vez más perfeccionadas y destructivas;
contemporáneamente, a una ideología que es perversión de la auténtica
filosofía se le pide dar justificaciones doctrinales para la nueva
guerra. Ésta no sólo es esperada y preparada, sino que
es también combatida con enorme derramamiento de sangre en varias
partes del mundo. La lógica de los bloques o imperios,
denunciada en los documentos de la Iglesia y más recientemente
en la encíclica Sollicitudo rei socialis 50 ,hace que las
controversias y discordias que surgen en los países del Tercer
Mundo sean sistemáticamente incrementadas y explotadas para crear dificultades al
adversario.
Los grupos extremistas, que tratan de resolver tales controversias
por medio de las armas, encuentran fácilmente apoyos políticos y
militares, son armados y adiestrados para la guerra, mientras que
quienes se esfuerzan por encontrar soluciones pacíficas y humanas, respetuosas
para con los legítimos intereses de todas las partes, permanecen
aislados y caen a menudo víctima de sus adversarios. Incluso
la militarización de tantos países del Tercer Mundo y las
luchas fratricidas que los han atormentado, la difusión del terrorismo
y de medios cada vez más crueles de lucha político-militar
tienen una de sus causas principales en la precariedad de
la paz que ha seguido a la segunda guerra mundial.
En definitiva, sobre todo el mundo se cierne la amenaza
de una guerra atómica, capaz de acabar con la humanidad.
La ciencia utilizada para fines militares pone a disposición del
odio, fomentado por las ideologías, el instrumento decisivo. Pero la
guerra puede terminar, sin vencedores ni vencidos, en un suicidio
de la humanidad; por lo cual hay que repudiar la
lógica que conduce a ella, la idea de que la
lucha por la destrucción del adversario, la contradicción y la
guerra misma sean factores de progreso y de avance de
la historia 51 . Cuando se comprende la necesidad de
este rechazo, deben entrar forzosamente en crisis tanto la lógica
de la «guerra total», como la de la «lucha de
clases».
19. Al final de la segunda guerra mundial,
este proceso se está formando todavía en las conciencias; pero
el dato que se ofrece a la vista es la
extensión del totalitarismo comunista a más de la mitad de
Europa y a gran parte del mundo. La guerra, que
tendría que haber devuelto la libertad y haber restaurado el
derecho de las gentes, se concluye sin haber conseguido estos
fines; más aún, se concluye en un modo abiertamente contradictorio
para muchos pueblos, especialmente para aquellos que más habían sufrido.
Se puede decir que la situación creada ha dado lugar
a diversas respuestas.
En algunos países y bajo ciertos aspectos,
después de las destrucciones de la guerra, se asiste a
un esfuerzo positivo por reconstruir una sociedad democrática inspirada en
la justicia social, que priva al comunismo de su potencial
revolucionario, constituido por muchedumbres explotadas y oprimidas. Estas iniciativas tratan,
en general, de mantener los mecanismos de libre mercado, asegurando,
mediante la estabilidad monetaria y la seguridad de las relaciones
sociales, las condiciones para un crecimiento económico estable y sano,
dentro del cual los hombres, gracias a su trabajo, puedan
construirse un futuro mejor para sí y para sus hijos.
Al mismo tiempo, se trata de evitar que los mecanismos
de mercado sean el único punto de referencia de la
vida social y tienden a someterlos a un control público
que haga valer el principio del destino común de los
bienes de la tierra. Una cierta abundancia de ofertas de
trabajo, un sólido sistema de seguridad social y de capacitación
profesional, la libertad de asociación y la acción incisiva del
sindicato, la previsión social en caso de desempleo, los instrumentos
de participación democrática en la vida social, dentro de este
contexto deberían preservar el trabajo de la condición de «mercancía»
y garantizar la posibilidad de realizarlo dignamente.
Existen, además, otras
fuerzas sociales y movimientos ideales que se oponen al marxismo
con la cons- trucción de sistemas de «seguridad nacional», que
tratan de controlar capilarmente toda la sociedad para imposibilitar la
infiltración marxista. Se proponen preservar del comunismo a sus pueblos
exaltando e incrementando el poder del Estado, pero con esto
corren el grave riesgo de destruir la libertad y los
valores de la persona, en nombre de los cuales hay
que oponerse al comunismo.
Otra forma de respuesta práctica, finalmente,
está representada por la sociedad del bienestar o sociedad de
consumo. Ésta tiende a derrotar al marxismo en el terreno
del puro materialismo, mostrando cómo una sociedad de libre mercado
es capaz de satisfacer las necesidades materiales humanas más plenamente
de lo que aseguraba el comunismo y excluyendo también los
valores espirituales. En realidad, si bien por un lado es
cierto que este modelo social muestra el fracaso del marxismo
para construir una sociedad nueva y mejor, por otro, al
negar su existencia autónoma y su valor a la moral
y al derecho, así como a la cultura y a
la religión, coincide con el marxismo en reducir totalmente al
hombre a la esfera de lo económico y a la
satisfacción de las necesidades materiales.
20. En el mismo
período se va desarrollando un grandioso proceso de «descolonización», en
virtud del cual numerosos países consiguen o recuperan la independencia
y el derecho a disponer libremente de sí mismos. No
obstante, con la reconquista formal de su soberanía estatal, estos
países en muchos casos están comenzando apenas el camino de
la construcción de una auténtica independencia. En efecto, sectores decisivos
de la economía siguen todavía en manos de grandes empresas
de fuera, las cuales no aceptan un compromiso duradero que
las vincule al desarrollo del país que las recibe. En
ocasiones, la vida política está sujeta también al control de
fuerzas extranjeras, mientras que dentro de las fronteras del Estado
conviven a veces grupos tribales, no amalgamados todavía en una
auténtica comunidad nacional. Falta, además, un núcleo de profesionales competentes,
capaces de hacer funcionar, de manera honesta y regular, el
aparato administrativo del Estado, y faltan también equipos de personas
especializadas para una eficiente y responsable gestión de la economía.
Ante esta situación, a muchos les parece que el marxismo
puede proporcionar como un atajo para la edificación de la
nación y del Estado; de ahí nacen diversas variantes del
socialismo con un carácter nacional específico. Se mezclan así en
muchas ideologías, que se van formando de manera cada vez
más diversa, legítimas exigencias de liberación nacional, formas de nacionalismo
y hasta de militarismo, principios sacados de antiguas tradiciones populares,
en sintonía a veces con la doctrina social cristiana, y
conceptos del marxismo-leninismo.
21. Hay que recordar, por último,
que después de la segunda guerra mundial, y en parte
como reacción a sus horrores, se ha ido difundiendo un
sentimiento más vivo de los derechos humanos, que ha sido
reconocido en diversos documentos internacionales 52 ,y en la elaboración,
podría decirse, de un nuevo «derecho de gentes», al que
la Santa Sede ha dado una constante aportación. La pieza
clave de esta evolución ha sido la Organización de la
Naciones Unidas. No sólo ha crecido la conciencia del derecho
de los individuos, sino también la de los derechos de
las naciones, mientras se advierte mejor la necesidad de actuar
para corregir los graves desequilibrios existentes entre las diversas áreas
geográficas del mundo que, en cierto sentido, han desplazado el
centro de la cuestión social del ámbito nacional al plano
internacional 53 .
Al constatar con satisfacción todo este proceso, no
se puede sin embargo soslayar el hecho de que el
balance global de las diversas políticas de ayuda al desarrollo
no siempre es positivo. Por otra parte, las Naciones Unidas
no han logrado hasta ahora poner en pie instrumentos eficaces
para la solución de los conflictos internacionales como alternativa a
la guerra, lo cual parece ser el problema más urgente
que la comunidad internacional debe aún resolver.
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III. EL AÑO
1989
22. Partiendo de la situación mundial apenas descrita,
y ya expuesta con amplitud en la encíclica Sollicitudo rei
socialis, se comprende el alcance inesperado y prometedor de los
acontecimientos ocurridos en los últimos años. Su culminación es ciertamente
lo ocurrido el año 1989 en los países de Europa
central y oriental; pero abarcan un arco de tiempo y
un horizonte geográfico más amplios. A lo largo de los
años ochenta van cayendo poco a poco en algunos países
de América Latina, e incluso de África y de Asia,
ciertos regímenes dictatoriales y opresores; en otros casos da comienzo
un camino de transición, difícil pero fecundo, hacia formas políticas
más justas y de mayor participación. Una ayuda importante e
incluso decisiva la ha dado la Iglesia, con su compromiso
en favor de la defensa y promoción de los derechos
del hombre. En ambientes intensamente ideologizados, donde posturas partidistas ofuscaban
la conciencia de la común dignidad humana, la Iglesia ha
afirmado con sencillez y energía que todo hombre —sean cuales
sean sus convicciones personales— lleva dentro de sí la imagen
de Dios y, por tanto, merece respeto. En esta afirmación
se ha identificado con frecuencia la gran mayoría del pueblo,
lo cual ha llevado a buscar formas de lucha y
soluciones políticas más respetuosas para con la dignidad de la
persona humana.
De este proceso histórico han surgido nuevas formas
de democracia, que ofrecen esperanzas de un cambio en las
frágiles estructuras políticas y sociales, gravadas por la hipoteca de
una dolorosa serie de injusticias y rencores, aparte de una
economía arruinada y de graves conflictos sociales. Mientras en unión
con toda la Iglesia doy gracias a Dios por el
testimonio, en ocasiones heroico, que han dado no pocos pastores,
comunidades cristianas enteras, fieles en particular y hombres de buena
voluntad en tan difíciles circunstancias, le pido que sostenga los
esfuerzos de todos para construir un futuro mejor. Es ésta
una responsabilidad no sólo de los ciudadanos de aquellos países,
sino también de todos los cristianos y de los hombres
de buena voluntad. Se trata de mostrar cómo los complejos
problemas de aquellos pueblos se pueden resolver por medio del
diálogo y de la solidaridad, en vez de la lucha
para destruir al adversario y en vez de la guerra.
23. Entre los numerosos factores de la caída de
los regímenes opresores, algunos merecen ser recordados de modo especial.
El factor decisivo que ha puesto en marcha los cambios
es sin duda alguna la violación de los derechos del
trabajador. No se puede olvidar que la crisis fundamental de
los sistemas que pretenden ser expresión del gobierno y, lo
que es más, de la dictadura del proletariado da comienzo
con las grandes revueltas habidas en Polonia en nombre de
la solidaridad. Son las muchedumbres de los trabajadores las que
desautorizan la ideología, que pretende ser su voz; son ellas
las que encuentran y como si descubrieran de nuevo expresiones
y principios de la doctrina social de la Iglesia, partiendo
de la experiencia, vivida y difícil, del trabajo y de
la opresión.
Merece ser subrayado también el hecho de que
casi en todas partes se haya llegado a la caída
de semejante «bloque» o imperio a través de una lucha
pacífica, que emplea solamente las armas de la verdad y
de la justicia. Mientras el marxismo consideraba que únicamente llevando
hasta el extremo las contradicciones sociales era posible darles solución
por medio del choque violento, las luchas que han conducido
a la caída del marxismo insisten tenazmente en intentar todas
las vías de la negociación, del diálogo, del testimonio de
la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando
de despertar en éste el sentido de la común dignidad
humana.
Parecía como si el orden europeo, surgido de la
segunda guerra mundial y consagrado por los Acuerdos de Yalta,
ya no pudiese ser alterado más que por otra guerra.
Y sin embargo, ha sido superado por el compromiso no
violento de hombres que, resistiéndose siempre a ceder al poder
de la fuerza, han sabido encontrar, una y otra vez,
formas eficaces para dar testimonio de la verdad. Esta actitud
ha desarmado al adversario, ya que la violencia tiene siempre
necesidad de justificarse con la mentira y de asumir, aunque
sea falsamente, el aspecto de la defensa de un derecho
o de respuesta a una amenaza ajena 54 . Doy
también gracias a Dios por haber mantenido firme el corazón
de los hombres durante aquella difícil prueba, pidiéndole que este
ejemplo pueda servir en otros lugares y en otras circunstancias.
¡Ojalá los hombres aprendan a luchar por la justicia sin
violencia, renunciando a la lucha de clases en las controversias
internas, así como a la guerra en las internacionales!
24. El segundo factor de crisis es, en verdad, la
ineficiencia del sistema económico, lo cual no ha de considerarse
como un problema puramente técnico, sino más bien como consecuencia
de la violación de los derechos humanos a la iniciativa,
a la propiedad y a la libertad en el sector
de la economía. A este aspecto hay que asociar en
un segundo momento la dimensión cultural y la nacional. No
es posible comprender al hombre, considerándolo unilateralmente a partir del
sector de la economía, ni es posible definirlo simplemente tomando
como base su pertenencia a una clase social. Al hombre
se le comprende de manera más exhaustiva si es visto
en la esfera de la cultura a través de la
lengua, la historia y las actitudes que asume ante los
acontecimientos fundamentales de la existencia, como son nacer, amar, trabajar,
morir. El punto central de toda cultura lo ocupa la
actitud que el hombre asume ante el misterio más grande:
el misterio de Dios. Las culturas de las diversas naciones
son, en el fondo, otras tantas maneras diversas de plantear
la pregunta acerca del sentido de la existencia personal. Cuando
esta pregunta es eliminada, se corrompen la cultura y la
vida moral de las naciones. Por esto, la lucha por
la defensa del trabajo se ha unido espontáneamente a la
lucha por la cultura y por los derechos nacionales.
La
verdadera causa de las «novedades», sin embargo, es el vacío
espiritual provocado por el ateísmo, el cual ha dejado sin
orientación a las jóvenes generaciones y en no pocos casos
las ha inducido, en la insoslayable búsqueda de la propia
identidad y del sentido de la vida, a descubrir las
raíces religiosas de la cultura de sus naciones y la
persona misma de Cristo, como respuesta existencialmente adecuada al deseo
de bien, de verdad y de vida que hay en
el corazón de todo hombre. Esta búsqueda ha sido confortada
por el testimonio de cuantos, en circunstancias difíciles y en
medio de la persecución, han permanecido fieles a Dios. El
marxismo había prometido desenraizar del corazón humano la necesidad de
Dios; pero los resultados han demostrado que no es posible
lograrlo sin trastocar ese mismo corazón.
25. Los acontecimientos
del año 1989 ofrecen un ejemplo de éxito de la
voluntad de negociación y del espíritu evangélico contra un adversario
decidido a no dejarse condicionar por principios morales: son una
amonestación para cuantos, en nombre del realismo político, quieren eliminar
del ruedo de la política el derecho y la moral.
Ciertamente la lucha que ha desem- bocado en los cambios
del 1989 ha exigido lucidez, moderación, sufrimientos y sacrificios; en
cierto sentido, ha nacido de la oración y hubiera sido
impensable sin una ilimitada confianza en Dios, Señor de la
historia, que tiene en sus manos el corazón de los
hombres. Uniendo el propio sufrimiento por la verdad y por
la libertad al de Cristo en la cruz, es así
como el hombre puede hacer el milagro de la paz
y ponerse en condiciones de acertar con el sendero a
veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y
la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava.
Sin embargo,
no se pueden ignorar los innumerables condicionamientos, en medio de
los cuales viene a encontrarse la libertad individual a la
hora de actuar: de hecho la influencian, pero no la
determinan; facilitan más o menos su ejercicio, pero no pueden
destruirla. No sólo no es lícito desatender desde el punto
de vista ético la naturaleza del hombre que ha sido
creado para la libertad, sino que esto ni siquiera es
posible en la práctica. Donde la sociedad se organiza reduciendo
de manera arbitraria o incluso eliminando el ámbito en que
se ejercita legítimamente la libertad, el resultado es la desorganización
y la decadencia progresiva de la vida social.
Por otra
parte, el hombre creado para la libertad lleva dentro de
sí la herida del pecado original que lo empuja continuamente
hacia el mal y hace que necesite la redención. Esta
doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana,
sino que tiene también un gran valor hermenéutico en cuanto
ayuda a comprender la realidad humana. El hombre tiende hacia
el bien, pero es también capaz del mal; puede trascender
su interés inmediato y, sin embargo, permanece vinculado a él.
El orden social será tanto más sólido cuanto más tenga
en cuenta este hecho y no oponga el interés individual
al de la sociedad en su conjunto, sino que busque
más bien los modos de su fructuosa coordinación. De hecho,
donde el interés individual es suprimido violentamente, queda sustituido por
un oneroso y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza
toda iniciativa y creatividad. Cuando los hombres se creen en
posesión del secreto de una organización social perfecta que hace
imposible el mal, piensan también que pueden usar todos los
medios, incluso la violencia o la mentira, para realizarla. La
política se convierte entonces en una «religión secular», que cree
ilusoriamente que puede construir el paraíso en este mundo. De
ahí que cualquier sociedad política, que tiene su propia autonomía
y sus propias leyes 55 , nunca podrá confundirse con
el Reino de Dios. La parábola evangélica de la buena
semilla y la cizaña (cf. Mt 13, 24-30; 36-43) nos
enseña que corresponde solamente a Dios separar a los seguidores
del Reino y a los seguidores del Maligno, y que
este juicio tendrá lugar al final de los tiempos. Pretendiendo
anticipar el juicio ya desde ahora, el hombre trata de
suplantar a Dios y se opone a su paciencia.
Gracias
al sacrificio de Cristo en la cruz, la victoria del
Reino de Dios ha sido conquistada de una vez para
siempre; sin embargo, la condición cristiana exige la lucha contra
las tentaciones y las fuerzas del mal. Solamente al final
de los tiempos, volverá el Señor en su gloria para
el juicio final (cf. Mt 25, 31) instaurando los cielos
nuevos y la tierra nueva (cf. 2 Pe 3, 13;
Ap 21, 1), pero, mientras tanto, la lucha entre el
bien y el mal continúa incluso en el corazón del
hombre.
Lo que la Sagrada Escritura nos enseña respecto de
los destinos del Reino de Dios tiene sus consecuencias en
la vida de la sociedad temporal, la cual —como indica
la palabra misma— pertenece a la realidad del tiempo con
todo lo que conlleva de imperfecto y provisional. El Reino
de Dios, presente en el mundo sin ser del mundo,
ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que las
energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así se
perciben mejor las exigencias de una sociedad digna del hombre;
se corrigen las desviaciones y se corrobora el ánimo para
obrar el bien. A esta labor de animación evangélica de
las realidades humanas están llamados, junto con todos los hombres
de buena voluntad, todos los cristianos y de manera especial
los seglares 56 .
26. Los acontecimientos del año 1989
han tenido lugar principalmente en los países de Europa oriental
y central; sin embargo, revisten importancia universal, ya que de
ellos se desprenden consecuencias positivas y negativas que afectan a
toda la familia humana. Tales consecuencias no se dan de
forma mecánica o fatalista, sino que son más bien ocasiones
que se ofrecen a la libertad humana para colaborar con
el designio misericordioso de Dios que actúa en la historia.
La primera consecuencia ha sido, en algunos países, el encuentro
entre la Iglesia y el Movimiento obrero, nacido como una
reacción de orden ético y concretamente cristiano contra una vasta
situación de injusticia. Durante casi un siglo dicho Movimiento en
gran parte había caído bajo la hegemonía del marxismo, no
sin la convicción de que los proletarios, para luchar eficazmente
contra la opresión, debían asumir las teorías materialistas y economicistas.
En la crisis del marxismo brotan de nuevo las formas
espontáneas de la conciencia obrera, que ponen de manifiesto una
exigencia de justicia y de reconocimiento de la dignidad del
trabajo, conforme a la doctrina social de la Iglesia 57
. El Movimiento obrero desemboca en un movimiento más general
de los trabajadores y de los hombres de buena voluntad,
orientado a la liberación de la persona humana y a
la consolidación de sus derechos; hoy día está presente en
muchos países y, lejos de contraponerse a la Iglesia católica,
la mira con interés.
La crisis del marxismo no elimina
en el mundo las situaciones de injusticia y de opresión
existentes, de las que se alimentaba el marxismo mismo, instrumentalizándolas.
A quienes hoy día buscan una nueva y auténtica teoría
y praxis de liberación, la Iglesia ofrece no sólo la
doctrina social y, en general, sus enseñanzas sobre la persona
redimida por Cristo, sino también su compromiso concreto de ayuda
para combatir la marginación y el sufrimiento.
En el pasado
reciente, el deseo sincero de ponerse de parte de los
oprimidos y de no quedarse fuera del curso de la
historia ha inducido a muchos creyentes a buscar por diversos
caminos un compromiso imposible entre marxismo y cristianismo. El tiempo
presente, a la vez que ha superado todo lo que
había de caduco en estos intentos, lleva a reafirmar la
positividad de una auténtica teología de la liberación humana integral
58 . Considerados desde este punto de vista, los acontecimientos
de 1989 vienen a ser importantes incluso para los países
del llamado Tercer Mundo, que están buscando la vía de
su desarrollo, lo mismo que lo han sido para los
de Europa central y oriental.
27. La segunda consecuencia
afecta a los pueblos de Europa. En los años en
que dominaba el comunismo, y también antes, se cometieron muchas
injusticias individuales y sociales, regionales y nacionales; se acumularon muchos
odios y rencores. Y sigue siendo real el peligro de
que vuelvan a explotar, después de la caída de la
dictadura, provocando graves conflictos y muertes, si disminuyen a su
vez la tensión moral y la firmeza consciente en dar
testimonio de la verdad, que han animado los esfuerzos del
tiempo pasado. Es de esperar que el odio y la
violencia no triunfen en los corazones, sobre todo de quienes
luchan en favor de la justicia, sino que crezca en
todos el espíritu de paz y de perdón.
Sin embargo,
es necesario a este respecto que se den pasos concretos
para crear o consolidar estructuras internacionales, capaces de intervenir, para
el conveniente arbitraje, en los conflictos que surjan entre las
naciones, de manera que cada una de ellas pueda hacer
valer los propios derechos, alcanzando el justo acuerdo y la
pacífica conciliación con los derechos de los demás. Todo esto
es particularmente necesario para las naciones europeas, íntimamente unidas entre
sí por los vínculos de una cultura común y de
una historia milenaria. En efecto, hace falta un gran esfuerzo
para la reconstrucción moral y económica en los países que
han abandonado el comunismo. Durante mucho tiempo las relaciones económicas
más elementales han sido distorsionadas y han sido zaheridas virtudes
relacionadas con el sector de la economía, como la veracidad,
la fiabilidad, la laboriosidad. Se siente la necesidad de una
paciente reconstrucción material y moral, mientras los pueblos extenuados por
largas privaciones piden a sus gobernantes logros de bienestar tangibles
e inmediatos y una adecuada satisfacción de sus legítimas aspiraciones.
Naturalmente, la caída del marxismo ha tenido consecuencias de gran
alcance por lo que se refiere a la repartición de
la tierra en mundos incomunicados unos con otros y en
recelosa competencia entre sí; por otra parte, ha puesto más
de manifiesto el hecho de la interdependencia, así como que
el trabajo humano está destinado por su naturaleza a unir
a los pueblos y no a dividirlos. Efectivamente, la paz
y la prosperidad son bienes que pertenecen a todo el
género humano, de manera que no es posible gozar de
ellos correcta y duraderamente si son obtenidos y mantenidos en
perjuicio de otros pueblos y naciones, violando sus derechos o
excluyéndolos de las fuentes del bienestar.
28. Para algunos
países de Europa comienza ahora, en cierto sentido, la verdadera
postguerra. La radical reestructuración de las economías, hasta ayer colectivizadas,
comporta problemas y sacrificios, comparables con los que tuvieron que
imponerse los países occidentales del continente para su reconstrucción después
del segundo conflicto mundial. Es justo que en las presentes
dificultades los países excomunistas sean ayudados por el esfuerzo solidario
de las otras naciones: obviamente, han de ser ellos los
primeros artífices de su propio desarrollo; pero se les ha
de dar una razonable oportunidad para realizarlo, y esto no
puede lograrse sin la ayuda de los otros países. Por
lo demás, las actuales condiciones de dificultad y penuria son
la consecuencia de un proceso histórico, del que los países
excomunistas han sido a veces objeto y no sujeto; por
tanto, si se hallan en esas condiciones no es por
propia elección o a causa de errores cometidos, sino como
consecuencia de trágicos acontecimientos históricos impuestos por la violencia, que
les han impedido proseguir por el camino del desarrollo económico
y civil.
La ayuda de otros países, sobre todo europeos,
que han tenido parte en la misma historia y de
la que son responsables, corresponde a una deuda de justicia.
Pero corresponde también al interés y al bien general de
Europa, la cual no podrá vivir en paz, si los
conflictos de diversa índole, que surgen como consecuencia del pasado,
se van agravando a causa de una situación de desorden
económico, de espiritual insatisfacción y desesperación.
Esta exigencia, sin embargo,
no debe inducir a frenar los esfuerzos para prestar apoyo
y ayuda a los países del Tercer Mundo, que sufren
a veces condiciones de insuficiencia y de pobreza bastante más
graves 59 . Será necesario un esfuerzo extraordinario para movilizar
los recursos, de los que el mundo en su conjunto
no carece, hacia objetivos de crecimiento económico y de desarrollo
común, fijando de nuevo las prioridades y las escalas de
valores, sobre cuya base se deciden las opciones económicas y
políticas. Pueden hacerse disponibles ingentes recursos con el desarme de
los enormes aparatos militares, creados para el conflicto entre Este
y Oeste. Éstos podrán resultar aún mayores, si se logra
establecer procedimientos fiables para la solución de los conflictos, alternativas
a la guerra, y extender, por tanto, el principio del
control y de la reducción de los armamentos incluso en
los países del Tercer Mundo, adoptando oportunas medidas contra su
comercio 60 . Sobre todo será necesario abandonar una mentalidad
que considera a los pobres —personas y pueblos— como un
fardo o como molestos e importunos, ávidos de consumir lo
que otros han producido. Los pobres exigen el derecho de
participar y gozar de los bienes materiales y de hacer
fructificar su capacidad de trabajo, creando así un mundo más
justo y más próspero para todos. La promoción de los
pobres es una gran ocasión para el crecimiento moral, cultural
e incluso económico de la humanidad entera.
29. En
fin, el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente
económica, sino bajo una dimensión humana integral 61 . No
se trata solamente de elevar a todos los pueblos al
nivel del que gozan hoy los países más ricos, sino
de fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna,
hacer crecer efectivamente la dignidad y la creatividad de toda
persona, su capacidad de responder a la propia vocación y,
por tanto, a la llamada de Dios. El punto culminante
del desarrollo conlleva el ejercicio del derecho-deber de buscar a
Dios, conocerlo y vivir según tal conocimiento 62 . En
los regímenes totalitarios y autoritarios se ha extremado el principio
de la primacía de la fuerza sobre la razón. El
hombre se ha visto obligado a sufrir una concepción de
la realidad impuesta por la fuerza, y no conseguida mediante
el esfuerzo de la propia razón y el ejercicio de
la propia libertad. Hay que invertir los términos de ese
principio y reconocer íntegramente los derechos de la conciencia humana,
vinculada solamente a la verdad natural y revelada. En el
reconocimiento de estos derechos consiste el fundamento primario de todo
ordenamiento político auténticamente libre 63 . Es importante reafirmar este
principio por varios motivos:
a) porque las antiguas formas de
totalitarismo y de autoritarismo todavía no han sido superadas completamente
y existe aún el riesgo de que recobren vigor: esto
exige un renovado esfuerzo de colaboración y de solidaridad entre
todos los países;
b) porque en los países desarrollados se
hace a veces excesiva propaganda de los valores puramente utilitarios,
al provocar de manera desenfrenada los instintos y las tendencias
al goce inmediato, lo cual hace difícil el reconocimiento y
el respeto de la jerarquía de los verdaderos valores de
la existencia humana;
c) porque en algunos países surgen nuevas
formas de fundamentalismo religioso que, velada o también abiertamente, niegan
a los ciudadanos de credos diversos de los de la
mayoría el pleno ejercicio de sus derechos civiles y religiosos,
les impiden participar en el debate cultural, restringen el derecho
de la Iglesia a predicar el Evangelio y el derecho
de los hombres que escuchan tal predicación a acogerla y
convertirse a Cristo. No es posible ningún progreso auténtico sin
el respeto del derecho natural y originario a conocer la
verdad y vivir según la misma. A este derecho va
unido, para su ejercicio y profundización, el derecho a descubrir
y acoger libremente a Jesucristo, que es el verdadero bien
del hombre 64 .
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IV. LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL DESTINO
UNIVERSAL DE LOS BIENES
30. En la Rerum novarum
León XIII afirmaba enérgicamente y con varios argumentos el carácter
natural del derecho a la propiedad privada, en contra del
socialismo de su tiempo 65 . Este derecho, fundamental en
toda persona para su autonomía y su desarrollo, ha sido
defendido siempre por la Iglesia hasta nuestros días. Asimismo, la
Iglesia enseña que la propiedad de los bienes no es
un derecho absoluto, ya que en su naturaleza de derecho
humano lleva inscrita la propia limitación.
A la vez que
proclamaba con fuerza el derecho a la propiedad privada, el
Pontífice afirmaba con igual claridad que el «uso» de los
bienes, confiado a la propia libertad, está subordinado al destino
primigenio y común de los bienes creados y también a
la voluntad de Jesucristo, manifestada en el Evangelio. Escribía a
este respecto: «Así pues los afortunados quedan avisados...; los ricos
deben temer las tremendas amenazas de Jesucristo, ya que más
pronto o más tarde habrán de dar cuenta severísima al
divino Juez del uso de las riquezas»; y, citando a
santo Tomás de Aquino, añadía: «Si se pregunta cómo debe
ser el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin
vacilación alguna: "a este respecto el hombre no debe considerar
los bienes externos como propios, sino como comunes"... porque "por
encima de las leyes y de los juicios de los
hombres está la ley, el juicio de Cristo"» 66 .
Los
sucesores de León XIII han repetido esta doble afirmación: la
necesidad y, por tanto, la licitud de la propiedad privada,
así como los límites que pesan sobre ella 67 .
También el Concilio Vaticano II ha propuesto de nuevo la
doctrina tradicional con palabras que merecen ser citadas aquí textualmente:
«El hombre, usando estos bienes, no debe considerar las cosas
exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como
comunes, en el sentido de que no le aprovechen a
él solamente, sino también a los demás». Y un poco
más adelante: «La propiedad privada o un cierto dominio sobre
los bienes externos aseguran a cada cual una zona absolutamente
necesaria de autonomía personal y familiar, y deben ser considerados
como una ampliación de la libertad humana... La propiedad privada,
por su misma naturaleza, tiene también una índole social, cuyo
fundamento reside en el destino común de los bienes» 68
. La misma doctrina social ha sido objeto de consideración
por mi parte, primeramente en el discurso a la III
Conferencia del Episcopado latinoamericano en Puebla y posteriormente en las
encíclicas Laborem exercens ySollicitudo rei socialis 69 .
31. Releyendo
estas enseñanzas sobre el derecho a la propiedad y el
destino común de los bienes en relación con nuestro tiempo,
se puede plantear la cuestión acerca del origen de los
bienes que sustentan la vida del hombre, que satisfacen sus
necesidades y son objeto de sus derechos.
El origen primigenio
de todo lo que es un bien es el acto
mismo de Dios que ha creado el mundo y el
hombre, y que ha dado a éste la tierra para
que la domine con su trabajo y goce de sus
frutos (cf. Gn 1, 28-29). Dios ha dado la tierra
a todo el género humano para que ella sustente a
todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a
ninguno. He ahí, pues, la raíz primera del destino universal
de los bienes de la tierra. Ésta, por su misma
fecundidad y capacidad de satisfacer las necesidades del hombre, es
el primer don de Dios para el sustento de la
vida humana. Ahora bien, la tierra no da sus frutos
sin una peculiar respuesta del hombre al don de Dios,
es decir, sin el trabajo. Mediante el trabajo, el hombre,
usando su inteligencia y su libertad, logra dominarla y hacer
de ella su digna morada. De este modo, se apropia
una parte de la tierra, la que se ha conquistado
con su trabajo: he ahí el origen de la propiedad
individual. Obviamente le incumbe también la responsabilidad de no impedir
que otros hombres obtengan su parte del don de Dios,
es más, debe cooperar con ellos para dominar juntos toda
la tierra.
A lo largo de la historia, en los
comienzos de toda sociedad humana, encontramos siempre estos dos factores,
el trabajo y la tierra; en cambio, no siempre hay
entre ellos la misma relación. En otros tiempos la natural
fecundidad de la tierra aparecía, y era de hecho, como
el factor principal de riqueza, mientras que el trabajo servía
de ayuda y favorecía tal fecundidad. En nuestro tiempo es
cada vez más importante el papel del trabajo humano en
cuanto factor productivo de las riquezas inmateriales y materiales; por
otra parte, es evidente que el trabajo de un hombre
se conecta naturalmente con el de otros hombres. Hoy más
que nunca, trabajar es trabajar con otros ytrabajar para otros:
es hacer algo para alguien. El trabajo es tanto más
fecundo y productivo, cuanto el hombre se hace más capaz
de conocer las potencialidades productivas de la tierra y ver
en profundidad las necesidades de los otros hombres, para quienes
se trabaja.
32. Existe otra forma de propiedad, concretamente
en nuestro tiempo, que tiene una importancia no inferior a
la de la tierra: es la propiedad del conocimiento, de
la técnica y del saber. En este tipo de propiedad,
mucho más que en los recursos naturales, se funda la
riqueza de las naciones industrializadas.
Se ha aludido al hecho
de que el hombre trabaja con los otros hombres, tomando
parte en un «trabajo social» que abarca círculos progresivamente más
amplios. Quien produce una cosa lo hace generalmente —aparte del
uso personal que de ella pueda hacer— para que otros
puedan disfrutar de la misma, después de haber pagado el
justo precio, establecido de común acuerdo mediante una libre negociación.
Precisamente la capacidad de conocer oportunamente las necesidades de los
demás hombres y el conjunto de los factores productivos más
apropiados para satisfacerlas es otra fuente importante de riqueza en
una sociedad moderna. Por lo demás, muchos bienes no pueden
ser producidos de manera adecuada por un solo individuo, sino
que exigen la colaboración de muchos. Organizar ese esfuerzo productivo,
programar su duración en el tiempo, procurar que corresponda de
manera positiva a las necesidades que debe satisfacer, asumiendo los
riesgos necesarios: todo esto es también una fuente de riqueza
en la sociedad actual. Así se hace cada vez más
evidente y determinante el papel del trabajo humano, disciplinado y
creativo, y el de las capacidades de iniciativa y de
espíritu emprendedor, como parte esencial del mismo trabajo 70 .
Dicho
proceso, que pone concretamente de manifiesto una verdad sobre la
persona, afirmada sin cesar por el cristianismo, debe ser mirado
con atención y positivamente. En efecto, el principal recurso del
hombre es, junto con la tierra, el hombre mismo. Es
su inteligencia la que descubre las potencialidades productivas de la
tierra y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer
las necesidades humanas. Es su trabajo disciplinado, en solidaria colaboración,
el que permite la creación de comunidades de trabajo cada
vez más amplias y seguras para llevar a cabo la
transformación del ambiente natural y la del mismo ambiente humano.
En este proceso están comprometidas importantes virtudes, como son la
diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables,
la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales, la
resolución de ánimo en la ejecución de decisiones difíciles y
dolorosas, pero necesarias para el trabajo común de la empresa
y para hacer frente a los eventuales reveses de fortuna.
La moderna economía de empresa comporta aspectos positivos, cuya raíz
es la libertad de la persona, que se expresa en
el campo económico y en otros campos. En efecto, la
economía es un sector de la múltiple actividad humana y
en ella, como en todos los demás campos, es tan
válido el derecho a la libertad como el deber de
hacer uso responsable del mismo. Hay, además, diferencias específicas entre
estas tendencias de la sociedad moderna y las del pasado
incluso reciente. Si en otros tiempos el factor decisivo de
la producción era la tierra y luego lo fue el
capital, entendido como conjunto masivo de maquinaria y de bienes
instrumentales, hoy día el factor decisivo es cada vez más
el hombre mismo, es decir, su capacidad de conocimiento, que
se pone de manifiesto mediante el saber científico, y su
capacidad de organización solidaria, así como la de intuir y
satisfacer las necesidades de los demás.
33. Sin embargo,
es necesario descubrir y hacer presentes los riesgos y los
problemas relacionados con este tipo de proceso. De hecho, hoy
muchos hombres, quizá la gran mayoría, no disponen de medios
que les permitan entrar de manera efectiva y humanamente digna
en un sistema de empresa, donde el trabajo ocupa una
posición realmente central. No tienen posibilidad de adquirir los conocimientos
básicos, que les ayuden a expresar su creatividad y desarrollar
sus capacidades. No consiguen entrar en la red de conocimientos
y de intercomunicaciones que les permitiría ver apreciadas y utilizadas
sus cualidades. Ellos, aunque no explotados propiamente, son marginados ampliamente
y el desarrollo económico se realiza, por así decirlo, por
encima de su alcance, limitando incluso los espacios ya reducidos
de sus antiguas economías de subsistencia. Esos hombres, impotentes para
resistir a la competencia de mercancías producidas con métodos nuevos
y que satisfacen necesidades que anteriormente ellos solían afrontar con
sus formas organizativas tradicionales, ofuscados por el esplendor de una
ostentosa opulencia, inalcanzable para ellos, coartados a su vez por
la necesidad, esos hombres forman verdaderas aglomeraciones en las ciudades
del Tercer Mundo, donde a menudo se ven desarraigados culturalmente,
en medio de situaciones de violencia y sin posibilidad de
integración. No se les reconoce, de hecho, su dignidad y,
en ocasiones, se trata de eliminarlos de la historia mediante
formas coactivas de control demográfico, contrarias a la dignidad humana.
Otros muchos hombres, aun no estando marginados del todo, viven
en ambientes donde la lucha por lo necesario es absolutamente
prioritaria y donde están vigentes todavía las reglas del capitalismo
primitivo, junto con una despiadada situación que no tiene nada
que envidiar a la de los momentos más oscuros de
la primera fase de industrialización. En otros casos sigue siendo
la tierra el elemento principal del proceso económico, con lo
cual quienes la cultivan, al ser excluidos de su propiedad,
se ven reducidos a condiciones de semi-esclavitud 71 . Ante
estos casos, se puede hablar hoy día, como en tiempos
de la Rerum novarum, de una explotación inhumana. A pesar
de los grandes cambios acaecidos en las sociedades más avanzadas,
las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de
las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido;
es más, para los pobres, a la falta de bienes
materiales se ha añadido la del saber y de conocimientos,
que les impide salir del estado de humillante dependencia.
Por
desgracia, la gran mayoría de los habitantes del Tercer Mundo
vive aún en esas condiciones. Sería, sin embargo, un error
entender este mundo en sentido solamente geográfico. En algunas regiones
y en sectores sociales del mismo se han emprendido procesos
de desarrollo orientados no tanto a la valoración de los
recursos materiales, cuanto a la del «recurso humano».
En años
recientes se ha afirmado que el desarrollo de los países
más pobres dependía del aislamiento del mercado mundial, así como
de su confianza exclusiva en las propias fuerzas. La historia
reciente ha puesto de manifiesto que los países que se
han marginado han experimentado un estancamiento y retroceso; en cambio,
han experimentado un desarrollo los países que han logrado introducirse
en la interrelación general de las actividades económicas a nivel
internacional. Parece, pues, que el mayor problema está en conseguir
un acceso equitativo al mercado internacional, fundado no sobre el
principio unilateral de la explotación de los recursos naturales, sino
sobre la valoración de los recursos humanos 72 .
Con todo,
aspectos típicos del Tercer Mundo se dan también en los
países desarrollados, donde la transformación incesante de los modos de
producción y de consumo devalúa ciertos conocimientos ya adquiridos y
profesionalidades consolidadas, exigiendo un esfuerzo continuo de recalificación y de
puesta al día. Los que no logran ir al compás
de los tiempos pueden quedar fácilmente marginados, y junto con
ellos, lo son también los ancianos, los jóvenes incapaces de
inserirse en la vida social y, en general, las personas
más débiles y el llamado Cuarto Mundo. La situación de
la mujer en estas condiciones no es nada fácil.
34. Da la impresión de que, tanto a nivel de
naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado es el
instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente
a las necesidades. Sin embargo, esto vale sólo para aquellas
necesidades que son «solventables», con poder adquisitivo, y para aquellos
recursos que son «vendibles», esto es, capaces de alcanzar un
precio conveniente. Pero existen numerosas necesidades humanas que no tienen
salida en el mercado. Es un estricto deber de justicia
y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades
humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas.
Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados
a conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de
las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes para poder valorar mejor
sus capacidades y recursos. Por encima de la lógica de
los intercambios a base de los parámetros y de sus
formas justas, existe algo que es debido al hombre porque
es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo
debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar
activamente en el bien común de la humanidad.
En el
contexto del Tercer Mundo conservan toda su validez —y en
ciertos casos son todavía una meta por alcanzar— los objetivos
indicados por la Rerum novarum, para evitar que el trabajo
del hombre y el hombre mismo se reduzcan al nivel
de simple mercancía: el salario suficiente para la vida de
familia, los seguros sociales para la vejez y el desempleo,
la adecuada tutela de las condiciones de trabajo.
35.
Se abre aquí un vasto y fecundo campo de acción
y de lucha, en nombre de la justicia, para los
sindicatos y demás organizaciones de los trabajadores, que defienden sus
derechos y tutelan su persona, desempeñando al mismo tiempo una
función esencial de carácter cultural, para hacerles participar de manera
más plena y digna en la vida de la nación
y ayudarles en la vía del desarrollo.
En este sentido
se puede hablar justamente de lucha contra un sistema económico,
entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital,
la posesión de los medios de producción y la tierra,
respecto a la libre subjetividad del trabajo del hombre 73
. En la lucha contra este sistema no se pone,
como modelo alternativo, el sistema socialista, que de hecho es
un capitalismo de Estado, sino una sociedad basada en el
trabajo libre, en la empresa y en la participación. Esta
sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que
éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por
el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de
las exigencias fundamentales de toda la sociedad.
La Iglesia reconoce
la justa función de los beneficios, como índice de la
buena marcha de la empresa. Cuando una empresa da beneficios
significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y
que las correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas debidamente. Sin
embargo, los beneficios no son el único índice de las
condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos
sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que
constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados
y ofendidos en su dignidad. Además de ser moralmente inadmisible,
esto no puede menos de tener reflejos negativos para el
futuro, hasta para la eficiencia económica de la empresa. En
efecto, finalidad de la empresa no es simplemente la producción
de beneficios, sino más bien la existencia misma de la
empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan
la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo
particular al servicio de la sociedad entera. Los beneficios son
un elemento regulador de la vida de la empresa, pero
no el único; junto con ellos hay que considerar otros
factores humanos y morales que, a largo plazo, son por
lo menos igualmente esenciales para la vida de la empresa.
Queda mostrado cuán inaceptable es la afirmación de que la
derrota del socialismo deja al capitalismo como único modelo de
organización económica. Hay que romper las barreras y los monopolios
que colocan a tantos pueblos al margen del desarrollo, y
asegurar a todos —individuos y naciones— las condiciones básicas que
permitan participar en dicho desarrollo. Este objetivo exige esfuerzos programados
y responsables por parte de toda la comunidad internacional. Es
necesario que las naciones más fuertes sepan ofrecer a las
más débiles oportunidades de inserción en la vida internacional; que
las más débiles sepan aceptar estas oportunidades, haciendo los esfuerzos
y los sacrificios necesarios para ello, asegurando la estabilidad del
marco político y económico, la certeza de perspectivas para el
futuro, el desarrollo de las capacidades de los propios trabajadores,
la formación de empresarios eficientes y conscientes de sus responsabilidades
74 .
Actualmente, sobre los esfuerzos positivos que se han llevado
a cabo en este sentido grava el problema, todavía no
resuelto en gran parte, de la deuda exterior de los
países más pobres. Es ciertamente justo el principio de que
las deudas deben ser pagadas. No es lícito, en cambio,
exigir o pretender su pago, cuando éste vendría a imponer
de hecho opciones políticas tales que llevaran al hambre y
a la desesperación a poblaciones enteras. No se puede pretender
que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables. En
estos casos es necesario —como, por lo demás, está ocurriendo
en parte— encontrar modalidades de reducción, dilación o extinción de
la deuda, compatibles con el derecho fundamental de los pueblos
a la subsistencia y al progreso.
36. Conviene ahora
dirigir la atención a los problemas específicos y a las
amenazas, que surgen dentro de las economías más avanzadas y
en relación con sus peculiares características. En las precedentes fases
de desarrollo, el hombre ha vivido siempre condicionado bajo el
peso de la necesidad. Las cosas necesarias eran pocas, ya
fijadas de alguna manera por las estructuras objetivas de su
constitución corpórea, y la actividad económica estaba orientada a satisfacerlas.
Está claro, sin embargo, que hoy el problema no es
sólo ofrecer una cantidad de bienes suficientes, sino el de
responder a un demanda de calidad: calidad de la mercancía
que se produce y se consume; calidad de los servicios
que se disfrutan; calidad del ambiente y de la vida
en general.
La demanda de una existencia cualitativamente más satisfactoria
y más rica es algo en sí legítimo; sin embargo
hay que poner de relieve las nuevas responsabilidades y peligros
anejos a esta fase histórica. En el mundo, donde surgen
y se delimitan nuevas necesidades, se da siempre una concepción
más o menos adecuada del hombre y de su verdadero
bien. A través de las opciones de producción y de
consumo se pone de manifiesto una determinada cultura, como concepción
global de la vida. De ahí nace el fenómeno del
consumismo. Al descubrir nuevas necesidades y nuevas modalidades para su
satisfacción, es necesario dejarse guiar por una imagen integral del
hombre, que respete todas las dimensiones de su ser y
que subordine las materiales e instintivas a las interiores y
espirituales. Por el contrario, al dirigirse directamente a sus instintos,
prescindiendo en uno u otro modo de su realidad personal,
consciente y libre, se pueden crear hábitos de consumo y
estilos de vida objetivamente ilícitos y con frecuencia incluso perjudiciales
para su salud física y espiritual. El sistema económico no
posee en sí mismo criterios que permitan distinguir correctamente las
nuevas y más elevadas formas de satisfacción de las nuevas
necesidades humanas, que son un obstáculo para la formación de
una personalidad madura. Es, pues, necesaria y urgente una gran
obra educativa y cultural, que comprenda la educación de los
consumidores para un uso responsable de su capacidad de elección,
la formación de un profundo sentido de responsabilidad en los
productores y sobre todo en los profesionales de los medios
de comunicación social, además de la necesaria intervención de las
autoridades públicas.
Un ejemplo llamativo de consumismo, contrario a la
salud y a la dignidad del hombre y que ciertamente
no es fácil controlar, es el de la droga. Su
difusión es índice de una grave disfunción del sistema social,
que supone una visión materialista y, en cierto sentido, destructiva
de las necesidades humanas. De este modo la capacidad innovadora
de la economía libre termina por realizarse de manera unilateral
e inadecuada. La droga, así como la pornografía y otras
formas de consumismo, al explotar la fragilidad de los débiles,
pretenden llenar el vacío espiritual que se ha venido a
crear.
No es malo el deseo de vivir mejor, pero
es equivocado el estilo de vida que se presume como
mejor, cuando está orientado a tener y no a ser,
y que quiere tener más no para ser más, sino
para consumir la existencia en un goce que se propone
como fin en sí mismo 75 . Por esto, es
necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de
los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza
y del bien, así como la comunión con los demás
hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen
las opciones del consumo, de los ahorros y de las
inversiones. A este respecto, no puedo limitarme a recordar el
deber de la caridad, esto es, el deber de ayudar
con lo propio «superfluo» y, a veces, incluso con lo
propio «necesario», para dar al pobre lo indispensable para vivir.
Me refiero al hecho de que también la opción de
invertir en un lugar y no en otro, en un
sector productivo en vez de otro, es siempre una opción
moral y cultural. Dadas ciertas condiciones económicas y de estabilidad
política absolutamente imprescindibles, la decisión de invertir, esto es, de
ofrecer a un pueblo la ocasión de dar valor al
propio trabajo, está asimismo determinada por una actitud de querer
ayudar y por la confianza en la Providencia, lo cual
muestra las cualidades humanas de quien decide.
37. Es
asimismo preocupante, junto con el problema del consumismo y estrictamente
vinculado con él, la cuestión ecológica. El hombre, impulsado por
el deseo de tener y gozar, más que de ser
y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los
recursos de la tierra y su misma vida. En la
raíz de la insensata destrucción del ambiente natural hay un
error antropológico, por desgracia muy difundido en nuestro tiempo. El
hombre, que descubre su capacidad de transformar y, en cierto
sentido, de «crear» el mundo con el propio trabajo, olvida
que éste se desarrolla siempre sobre la base de la
primera y originaria donación de las cosas por parte de
Dios. Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola
sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese
una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios,
y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no
debe traicionar. En vez de desempeñar su papel de colaborador
de Dios en la obra de la creación, el hombre
suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de
la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él 76
.
Esto demuestra, sobre todo, mezquindad o estrechez de miras del
hombre, animado por el deseo de poseer las cosas en
vez de relacionarlas con la verdad, y falto de aquella
actitud desinteresada, gratuita, estética que nace del asombro por el
ser y por la belleza que permite leer en las
cosas visibles el mensaje de Dios invisible que las ha
creado. A este respecto, la humanidad de hoy debe ser
consciente de sus deberes y de su cometido para con
las generaciones futuras.
38. Además de la destrucción irracional
del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave
aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está
lejos de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente,
aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los «habitat»
naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque
nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta
su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos
esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una
auténtica «ecología humana». No sólo la tierra ha sido dada
por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la
intención originaria de que es un bien, según la cual
le ha sido dada; incluso el hombre es para sí
mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar
la estructura natural y moral de la que ha sido
dotado. Hay que mencionar en este contexto los graves problemas
de la moderna urbanización, la necesidad de un urbanismo preocupado
por la vida de las personas, así como la debida
atención a una «ecología social» del trabajo.
El hombre recibe
de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad
de trascender todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad
y el bien. Sin embargo, está condicionado por la estructura
social en que vive, por la educación recibida y por
el ambiente. Estos elementos pueden facilitar u obstaculizar su vivir
según la verdad. Las decisiones, gracias a las cuales se
constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado,
impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas
maneras por las mismas. Demoler tales estructuras y sustituirlas con
formas más auténticas de convivencia es un cometido que exige
valentía y paciencia 77 .
39. La primera estructura fundamental
a favor de la «ecología humana» es la familia, en
cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la
verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y
ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto
ser una persona. Se entiende aquí la familia fundada en
el matrimonio, en el que el don recíproco de sí
por parte del hombre y de la mujer crea un
ambiente de vida en el cual el niño puede nacer
y desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y
prepararse a afrontar su destino único e irrepetible. En cambio,
sucede con frecuencia que el hombre se siente desanimado a
realizar las condiciones auténticas de la reproducción humana y se
ve inducido a considerar la propia vida y a sí
mismo como un conjunto de sensaciones que hay que experimentar
más bien que como una obra a realizar. De aquí
nace una falta de libertad que le hace renunciar al
compromiso de vincularse de manera estable con otra persona y
engendrar hijos, o bien le mueve a considerar a éstos
como una de tantas «cosas» que es posible tener o
no tener, según los propios gustos, y que se presentan
como otras opciones.
Hay que volver a considerar la familia
como el santuario de la vida. En efecto, es sagrada:
es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede
ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples
ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las
exigencias de un auténtico crecimiento humano. Contra la llamada cultura
de la muerte, la familia constituye la sede de la
cultura de la vida.
El ingenio del hombre parece orientarse,
en este campo, a limitar, suprimir o anular las fuentes
de la vida, recurriendo incluso al aborto, tan extendido por
desgracia en el mundo, más que a defender y abrir
las posibilidades a la vida misma. En la encíclica Sollicitudo
rei socialis han sido denunciadas las campañas sistemáticas contra la
natalidad, que, sobre la base de una concepción deformada del
problema demográfico y en un clima de «absoluta falta de
respeto por la libertad de decisión de las personas interesadas»,
las someten frecuentemente a «intolerables presiones... para plegarlas a esta
forma nueva de opresión» 78 . Se trata de políticas
que con técnicas nuevas extienden su radio de acción hasta
llegar, como en una «guerra química», a envenenar la vida
de millones de seres humanos indefensos.
Estas críticas van dirigidas
no tanto contra un sistema económico, cuanto contra un sistema
ético-cultural. En efecto, la economía es sólo un aspecto y
una dimensión de la compleja actividad humana. Si es absolutizada,
si la producción y el consumo de las mercancías ocupan
el centro de la vida social y se convierten en
el único valor de la sociedad, no subordinado a ningún
otro, la causa hay que buscarla no sólo y no
tanto en el sistema económico mismo, cuanto en el hecho
de que todo el sistema sociocultural, al ignorar la dimensión
ética y religiosa, se ha debilitado, limitándose únicamente a la
producción de bienes y servicios 79 .
Todo esto se puede
resumir afirmando una vez más que la libertad económica es
solamente un elemento de la libertad humana. Cuando aquella se
vuelve autónoma, es decir, cuando el hombre es considerado más
como un productor o un consumidor de bienes que como
un sujeto que produce y consume para vivir, entonces pierde
su necesaria relación con la persona humana y termina por
alienarla y oprimirla 80 .
40. Es deber del Estado
proveer a la defensa y tutela de los bienes colectivos,
como son el ambiente natural y el ambiente humano, cuya
salvaguardia no puede estar asegurada por los simples mecanismos de
mercado. Así como en tiempos del viejo capitalismo el Estado
tenía el deber de defender los derechos fundamentales del trabajo,
así ahora con el nuevo capitalismo el Estado y la
sociedad tienen el deber de defender los bienes colectivos que,
entre otras cosas, constituyen el único marco dentro del cual
es posible para cada uno conseguir legítimamente sus fines individuales.
He ahí un nuevo límite del mercado: existen necesidades colectivas
y cualitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos;
hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica; hay
bienes que, por su naturaleza, no se pueden ni se
deben vender o comprar. Ciertamente, los mecanismos de mercado ofrecen
ventajas seguras; ayudan, entre otras cosas, a utilizar mejor los
recursos; favorecen el intercambio de los productos y, sobre todo,
dan la prima- cía a la voluntad y a las
preferencias de la persona, que, en el contrato, se confrontan
con las de otras personas. No obstante, conllevan el riesgo
de una «idolatría» del mercado, que ignora la existencia de
bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser
simples mercancías.
41. El marxismo ha criticado las sociedades
burguesas y capitalistas, reprochándoles la mercantilización y la alienación de
la existencia humana. Ciertamente, este reproche está basado sobre una
concepción equivocada e inadecuada de la alienación, según la cual
ésta depende únicamente de la esfera de las relaciones de
producción y propiedad, esto es, atribuyéndole un fundamento materialista y
negando, además, la legitimidad y la positividad de las relaciones
de mercado incluso en su propio ámbito. El marxismo acaba
afirmando así que sólo en una sociedad de tipo colectivista
podría erradicarse la alienación. Ahora bien, la experiencia histórica de
los países socialistas ha demostrado tristemente que el colectivismo no
acaba con la alienación, sino que más bien la incrementa,
al añadirle la penuria de las cosas necesarias y la
ineficacia económica.
La experiencia histórica de Occidente, por su parte,
demuestra que, si bien el análisis y el fundamento marxista
de la alienación son falsas, sin embargo la alienación, junto
con la pérdida del sentido auténtico de la existencia, es
una realidad incluso en las sociedades occidentales. En efecto, la
alienación se verifica en el consumo, cuando el hombre se
ve implicado en una red de satisfacciones falsas y superficiales,
en vez de ser ayudado a experimentar su personalidad auténtica
y concreta. La alienación se verifica también en el trabajo,
cuando se organiza de manera tal que «maximaliza» solamente sus
frutos y ganancias y no se preocupa de que el
trabajador, mediante el propio trabajo, se realice como hombre, según
que aumente su participación en una auténtica comunidad solidaria, o
bien su aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada
competencia y de recíproca exclusión, en la cual es considerado
sólo como un medio y no como un fin.
Es
necesario iluminar, desde la concepción cristiana, el concepto de alienación,
descubriendo en él la inversión entre los medios y los
fines: el hombre, cuando no reconoce el valor y la
grandeza de la persona en sí mismo y en el
otro, se priva de hecho de la posibilidad de gozar
de la propia humanidad y de establecer una relación de
solidaridad y comunión con los demás hombres, para lo cual
fue creado por Dios. En efecto, es mediante la propia
donación libre como el hombre se realiza auténticamente a sí
mismo 81 , y esta donación es posible gracias a
la esencial «capacidad de trascendencia» de la persona humana. El
hombre no puede darse a un proyecto solamente humano de
la realidad, a un ideal abstracto, ni a falsas utopías.
En cuanto persona, puede darse a otra persona o a
otras personas y, por último, a Dios, que es el
autor de su ser y el único que puede acoger
plenamente su donación 82 . Se aliena el hombre que
rechaza trascenderse a sí mismo y vivir la experiencia de
la autodonación y de la formación de una auténtica comunidad
humana, orientada a su destino último que es Dios. Está
alienada una sociedad que, en sus formas de organización social,
de producción y consumo, hace más difícil la realización de
esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana.
En
la sociedad occidental se ha superado la explotación, al menos
en las formas analizadas y descritas por Marx. No se
ha superado, en cambio, la alienación en las diversas formas
de explotación, cuando los hombres se instrumentalizan mutuamente y, para
satisfacer cada vez más refinadamente sus necesidades particulares y secundarias,
se hacen sordos a las principales y auténticas, que deben
regular incluso el modo de satisfacer otras necesidades 83 .
El hombre que se preocupa sólo o prevalentemente de tener
y gozar, incapaz de dominar sus instintos y sus pasiones
y de subordinarlas mediante la obediencia a la verdad, no
puede ser libre. La obediencia a la verdad sobre Dios
y sobre el hombre es la primera condición de la
libertad, que le permite ordenar las propias necesidades, los propios
deseos y el modo de satisfacerlos según una justa jerarquía
de valores, de manera que la posesión de las cosas
sea para él un medio de crecimiento. Un obstáculo a
esto puede venir de la manipulación llevada a cabo por
los medios de comunicación social, cuando imponen con la fuerza
persuasiva de insistentes campañas, modas y corrientes de opinión, sin
que sea posible someter a un examen crítico las premisas
sobre las que se fundan.
42. Volviendo ahora a
la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del
fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y
que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países
que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es
quizá éste el modelo que es necesario proponer a los
países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero
progreso económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si
por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el
papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de
la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con
los medios de producción, de la libre creatividad humana en
el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva,
aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa»,
«economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si
por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la
libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un
sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la
libertad humana integral y la considere como una particular dimensión
de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces
la respuesta es absolutamente negativa.
La solución marxista ha fracasado,
pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación,
especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alienación
humana, especialmente en los países más avanzados; contra tales fenómenos
se alza con firmeza la voz de la Iglesia. Ingentes
muchedumbres viven aún en condiciones de gran miseria material y
moral. El fracaso del sistema comunista en tantos países elimina
ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar de manera
adecuada y realista estos problemas; pero eso no basta para
resolverlos. Es más, existe el riesgo de que se difunda
una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el
tomarlos en consideración, porque a priori considera condenado al fracaso
todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta, confía su
solución al libre desarrollo de las fuerzas de mercado.
43. La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos
reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas
situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que
afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos,
políticos y culturales que se relacionan entre sí 84 .
Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e
indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho—
reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero
al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados
hacia el bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad
de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno
respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación
en la vida de la empresa, de manera que, aun
trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros,
puedan considerar en cierto sentido que «trabajan en algo propio»
85 , al ejercitar su inteligencia y libertad.
El desarrollo
integral de la persona humana en el trabajo no contradice,
sino que favorece más bien la mayor productividad y eficacia
del trabajo mismo, por más que esto puede debilitar centros
de poder ya consolidados. La empresa no puede considerarse única-
mente como una «sociedad de capitales»; es, al mismo tiempo,
una «sociedad de personas», en la que entran a formar
parte de manera diversa y con responsabilidades específicas los que
aportan el capital necesario para su actividad y los que
colaboran con su trabajo. Para conseguir estos fines, sigue siendo
necesario todavía un gran movimiento asociativo de los trabajadores, cuyo
objetivo es la liberación y la promoción integral de la
persona.
A la luz de las «cosas nuevas» de hoy
ha sido considerada nuevamente la relación entre la propiedad individual
o privada y el destino universal de los bienes. El
hombre se realiza a sí mismo por medio de su
inteligencia y su libertad y, obrando así, asume como objeto
e instrumento las cosas del mundo, a la vez que
se apropia de ellas. En este modo de actuar se
encuentra el fundamento del derecho a la iniciativa y a
la propiedad individual. Mediante su trabajo el hombre se compromete
no sólo en favor suyo, sino también en favor de
los demás y con los demás: cada uno colabora en
el trabajo y en el bien de los otros. El
hombre trabaja para cubrir las necesidades de su familia, de
la comunidad de la que forma parte, de la nación
y, en definitiva, de toda la humanidad 86 . Colabora,
asimismo, en la actividad de los que trabajan en la
misma empresa e igualmente en el trabajo de los proveedores
o en el consumo de los clientes, en una cadena
de solidaridad que se extiende progresivamente. La propiedad de los
medios de producción, tanto en el campo industrial como agrícola,
es justa y legítima cuando se emplea para un trabajo
útil; pero resulta ilegítima cuando no es valorada o sirve
para impedir el trabajo de los demás u obtener unas
ganancias que no son fruto de la expansión global del
trabajo y de la riqueza social, sino más bien de
su compresión, de la explotación ilícita, de la especulación y
de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral
87 . Este tipo de propiedad no tiene ninguna justificación
y constituye un abuso ante Dios y los hombres.
La
obligación de ganar el pan con el sudor de la
propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad
en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las
medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar
niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética
ni la justa paz social 88 . Así como la
persona se realiza plenamente en la libre donación de sí
misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea,
en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y
crecimiento humano para todos.
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V. ESTADO Y CULTURA
44.
León XIII no ignoraba que una sana teoría del Estado
era necesaria para asegurar el desarrollo normal de las actividades
humanas: las espirituales y las materiales, entrambas indispensables 89 .
Por esto, en un pasaje de la Rerum novarum el
Papa presenta la organización de la sociedad estructurada en tres
poderes —legislativo, ejecutivo y judicial—, lo cual constituía entonces una
novedad en las enseñanzas de la Iglesia 90 . Tal
ordenamiento refleja una visión realista de la naturaleza social del
hombre, la cual exige una legislación adecuada para proteger la
libertad de todos. A este respecto es preferible que un
poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de
competencia, que lo mantengan en su justo límite. Es éste
el principio del «Estado de derecho», en el cual es
soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los
hombres.
A esta concepción se ha opuesto en tiempos modernos
el totalitarismo, el cual, en la forma marxista-leninista, considera que
algunos hombres, en virtud de un conocimiento más profundo de
las leyes de desarrollo de la sociedad, por una particular
situación de clase o por contacto con las fuentes más
profundas de la conciencia colectiva, están exentos del error y
pueden, por tanto, arrogarse el ejercicio de un poder absoluto.
A esto hay que añadir que el totalitarismo nace de
la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no
existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista
su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice
relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo
o nación, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no
se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder,
y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los
medios de que dispone para imponer su propio interés o
la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás.
Entonces el hombre es respetado solamente en la medida en
que es posible instrumentalizarlo para que se afirme en su
egoísmo. La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por
tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la
persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por
esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni
el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación
o el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayoría de
un cuerpo social, poniéndose en contra de la minoría, marginándola,
oprimiéndola, explotándola o incluso intentando destruirla 91 .
45. La
cultura y la praxis del totalitarismo comportan además la negación
de la Iglesia. El Estado, o bien el partido, que
cree poder realizar en la historia el bien absoluto y
se erige por encima de todos los valores, no puede
tolerar que se sostenga un criterio objetivo del bien y
del mal, por encima de la voluntad de los gobernantes
y que, en determinadas circunstancias, puede servir para juzgar su
comportamiento. Esto explica por qué el totalitarismo trata de destruir
la Iglesia o, al menos, someterla, convirtiéndola en instrumento del
propio aparato ideológico 92 .
El Estado totalitario tiende, además, a
absorber en sí mismo la nación, la sociedad, la familia,
las comunidades religiosas y las mismas personas. Defendiendo la propia
libertad, la Iglesia defiende la persona, que debe obedecer a
Dios antes que a los hombres (cf. Hch 5, 29);
defiende la familia, las diversas organizaciones sociales y las naciones,
realidades todas que gozan de un propio ámbito de autonomía
y soberanía.
46. La Iglesia aprecia el sistema de
la democracia, en la medida en que asegura la participación
de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a
los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus
propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera
pacífica 93 . Por esto mismo, no puede favorecer la
formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o
por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado.
Una auténtica
democracia es posible solamente en un Estado de derecho y
sobre la base de una recta concepción de la persona
humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la
promoción de las personas concretas, mediante la educación y la
formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad»
de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación
y de corresponsabilidad. Hoy se tiende a afirmar que el
agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la
actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que
cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren
a ella con firmeza no son fiables desde el punto
de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea
determinada por la mayoría o que sea variable según los
diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que,
si no existe una verdad última, la cual guía y
orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones
humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una
democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo
visible o encubierto, como demuestra la historia.
La Iglesia tampoco
cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o fundamentalismo
de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de
científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás
hombres su concepción de la verdad y del bien. No
es de esta índole la verdad cristiana. Al no ser
ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido
esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida
del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas
y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente
la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio
el respeto de la libertad 94 .
La libertad, no obstante,
es valorizada en pleno solamente por la aceptación de la
verdad. En un mundo sin verdad la libertad pierde su
consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de
las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos. El cristiano
vive la libertad y la sirve (cf. Jn 8, 31-32),
proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera de su
vocación, la verdad que ha conocido. En el diálogo con
los demás hombres y estando atento a la parte de
verdad que encuentra en la experiencia de vida y en
la cultura de las personas y de las naciones, el
cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han
dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de
su razón 95 .
47. Después de la caída del
totalitarismo comunista y de otros muchos regímenes totalitarios y de
«seguridad nacional», asistimos hoy al predominio, no sin contrastes, del
ideal democrático junto con una viva atención y preocupación por
los derechos humanos. Pero, precisamente por esto, es necesario que
los pueblos que están reformando sus ordenamientos den a la
democracia un auténtico y sólido fundamento, mediante el reconocimiento explícito
de estos derechos 96 . Entre los principales hay que
recordar: el derecho a la vida, del que forma parte
integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón
de la madre, después de haber sido concebido; el derecho
a vivir en una familia unida y en un ambiente
moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho
a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a
través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad;
el derecho a participar en el trabajo para valorar los
bienes de la tierra y recabar del mismo el sustento
popio y de los seres queridos; el derecho a fundar
libremente una familia, a acoger y educar a los hijos,
haciendo uso responsable de la propia sexualidad. Fuente y síntesis
de estos derechos es, en cierto sentido, la libertad religiosa,
entendida como derecho a vivir en la verdad de la
propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de
la propia persona 97 .
También en los países donde están
vigentes formas de gobierno democrático no siempre son repetados totalmente
estos derechos. Y nos referimos no solamente al escándalo del
aborto, sino también a diversos aspectos de una crisis de
los sistemas democráticos, que a veces parece que han perdido
la capacidad de decidir según el bien común. Los interrogantes
que se plantean en la sociedad a menudo no son
examinados según criterios de justicia y moralidad, sino más bien
de acuerdo con la fuerza electoral o financiera de los
grupos que los sostienen. Semejantes desviaciones de la actividad política
con el tiempo producen desconfianza y apatía, con lo cual
disminuye la participación y el espíritu cívico entre la población,
que se siente perjudicada y desilusionada. De ahí viene la
creciente incapacidad para encuadrar los intereses particulares en una visión
coherente del bien común. Éste, en efecto, no es la
simple suma de los intereses particulares, sino que implica su
valoración y armonización, hecha según una equilibrada jerarquía de valores
y, en última instancia, según una exacta comprensión de la
dignidad y de los derechos de la persona 98 .
La
Iglesia respeta la legítima autonomía del orden democrático; pero no
posee título alguno para expresar preferencias por una u otra
solución institucional o constitucional. La aportación que ella ofrece en
este sentido es precisamente el concepto de la dignidad de
la persona, que se manifiesta en toda su plenitud en
el misterio del Verbo encarnado 99 .
48. Estas consideraciones
generales se reflejan también sobre el papel del Estado en
el sector de la economía. La actividad económica, en particular
la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de
un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario, supone
una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad,
además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes.
La primera incumbencia del Estado es, pues, la de garantizar
esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda
gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto,
se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente. La falta
de seguridad, junto con la corrupción de los poderes públicos
y la proliferación de fuentes impropias de enriquecimiento y de
beneficios fáciles, basados en actividades ilegales o puramente especulativas, es
uno de los obstáculos principales para el desarrollo y para
el orden económico.
Otra incumbencia del Estado es la de
vigilar y encauzar el ejercicio de los derechos humanos en
el sector económico; pero en este campo la primera responsabilidad
no es del Estado, sino de cada persona y de
los diversos grupos y asociaciones en que se articula la
sociedad. El Estado no podría asegurar directamente el derecho a
un puesto de trabajo de todos los ciudadanos, sin estructurar
rígidamente toda la vida económica y sofocar la libre iniciativa
de los individuos. Lo cual, sin embargo, no significa que
el Estado no tenga ninguna competencia en este ámbito, como
han afirmado quienes propugnan la ausencia de reglas en la
esfera económica. Es más, el Estado tiene el deber de
secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren
oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en
momentos de crisis.
El Estado tiene, además, el derecho a
intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u obstáculos
al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y
dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de suplencia
en situaciones excepcionales, cuando sectores sociales o sistemas de empresas,
demasiado débiles o en vías de formación, sean inadecuados para
su cometido. Tales intervenciones de suplencia, justificadas por razones urgentes
que atañen al bien común, en la medida de lo
posible deben ser limitadas temporalmente, para no privar establemente de
sus competencias a dichos sectores sociales y sistemas de empresas
y para no ampliar excesivamente el ámbito de intervención estatal
de manera perjudicial para la libertad tanto económica como civil.
En los últimos años ha tenido lugar una vasta ampliación
de ese tipo de intervención, que ha llegado a constituir
en cierto modo un Estado de índole nueva: el «Estado
del bienestar». Esta evolución se ha dado en algunos Estados
para responder de manera más adecuada a muchas necesidades y
carencias tratando de remediar formas de pobreza y de privación
indignas de la persona humana. No obstante, no han faltado
excesos y abusos que, especialmente en los años más recientes,
han provocado duras críticas a ese Estado del bienestar, calificado
como «Estado asistencial». Deficiencias y abusos del mismo derivan de
una inadecuada comprensión de los deberes propios del Estado. En
este ámbito también debe ser respetado el principio de subsidiariedad.
Una estructura social de orden superior no debe interferir en
la vida interna de un grupo social de orden inferior,
privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla
en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción
con la de los demás componentes sociales, con miras al
bien común 100 .
Al intervenir directamente y quitar responsabilidad a
la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de energías
humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados
por lógicas burocráticas más que por la preocupación de servir
a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos. Efectivamente,
parece que conoce mejor las necesidades y logra sastisfacerlas de
modo más adecuado quien está próximo a ellas o quien
está cerca del necesitado. Además, un cierto tipo de necesidades
requiere con frecuencia una respuesta que sea no sólo material,
sino que sepa descubrir su exigencia humana más profunda. Conviene
pensar también en la situación de los prófugos y emigrantes,
de los ancianos y enfermos, y en todos los demás
casos, necesitados de asistencia, como es el de los drogadictos:
personas todas ellas que pueden ser ayudadas de manera eficaz
solamente por quien les ofrece, aparte de los cuidados necesarios,
un apoyo sinceramente fraterno.
49. En este campo la
Iglesia, fiel al mandato de Cristo, su Fundador, está presente
desde siempre con sus obras, que tienden a ofrecer al
hombre necesitado un apoyo material que no lo humille ni
lo reduzca a ser únicamente objeto de asistencia, sino que
lo ayude a salir de su situación precaria, promoviendo su
dignidad de persona. Gracias a Dios, hay que decir que
la caridad operante nunca se ha apagado en la Iglesia
y, es más, tiene actualmente un multiforme y consolador incremento.
A este respecto, es digno de mención especial el fenómeno
del voluntariado, que la Iglesia favorece y promueve, solicitando la
colaboración de todos para sostenerlo y animarlo en sus iniciativas.
Para superar la mentalidad individualista, hoy día tan difundida, se
requiere un compromiso concreto de solidaridad y caridad, que comienza
dentro de la familia con la mutua ayuda de los
esposos y, luego, con las atenciones que las generaciones se
prestan entre sí. De este modo la familia se cualifica
como comunidad de trabajo y de solidaridad. Pero ocurre que
cuando la familia decide realizar plenamente su vocación, se puede
encontrar sin el apoyo necesario por parte del Estado, que
no dispone de recursos suficientes. Es urgente, entonces, promover iniciativas
políticas no sólo en favor de la familia, sino también
políticas sociales que tengan como objetivo principal a la familia
misma, ayudándola mediante la asignación de recursos adecuados e instrumentos
eficaces de ayuda, bien sea para la educación de los
hijos, bien sea para la atención de los ancianos, evitando
su alejamiento del núcleo familiar y consolidando las relaciones entre
las generaciones 101 .
Además de la familia, desarrollan también funciones
primarias y ponen en marcha estructuras específicas de solidaridad otras
sociedades intermedias. Efectivamente, éstas maduran como verdaderas comunidades de personas
y refuerzan el tejido social, impidiendo que caiga en el
anonimato y en una masificación impersonal, bastante frecuente por desgracia
en la sociedad moderna. En medio de esa múltiple inter-
acción de las relaciones vive la persona y crece la
«subjetividad de la sociedad». El individuo hoy día queda sofocado
con frecuencia entre los dos polos del Estado y del
mercado. En efecto, da la impresión a veces de que
existe sólo como productor y consumidor de mercancías, o bien
como objeto de la administración del Estado, mientras se olvida
que la convivencia entre los hombres no tiene como fin
ni el mercado ni el Estado, ya que posee en
sí misma un valor singular a cuyo servicio deben estar
el Estado y el mercado. El hombre es, ante todo,
un ser que busca la verdad y se esfuerza por
vivirla y profundizarla en un diálogo continuo que implica a
las generaciones pasadas y futuras 102 .
50. Esta búsqueda
abierta de la verdad, que se renueva cada generación, caracteriza
la cultura de la nación. En efecto, el patrimonio de
los valores heredados y adquiridos, es con frecuencia objeto de
contestación por parte de los jóvenes. Contestar, por otra parte,
no quiere decir necesariamente destruir o rechazar a priori, sino
que quiere significar sobre todo someter a prueba en la
propia vida y, tras esta verificación existencial, hacer que esos
valores sean más vivos, actuales y personales, discerniendo lo que
en la tradición es válido respecto de falsedades y errores
o de formas obsoletas, que pueden ser sustituidas por otras
más en consonancia con los tiempos.
En este contexto conviene
recordar que la evangelización se inserta también en la cultura
de las naciones, ayudando a ésta en su camino hacia
la verdad y en la tarea de purificación y enriquecimiento
103 . Pero, cuando una cultura se encierra en sí
misma y trata de perpetuar formas de vida anticuadas, rechazando
cualquier cambio y confrontación sobre la verdad del hombre, entonces
se vuelve estéril y lleva a su decadencia.
51.
Toda la actividad humana tiene lugar dentro de una cultura
y tiene una recíproca relación con ella. Para una adecuada
formación de esa cultura se requiere la participación directa de
todo el hombre, el cual desarrolla en ella su creatividad,
su inteligencia, su conocimiento del mundo y de los demás
hombres. A ella dedica también su capacidad de autodominio, de
sacrificio personal, de solidaridad y disponibilidad para promover el bien
común. Por esto, la primera y más importante labor se
realiza en el corazón del hombre, y el modo como
éste se compromete a construir el propio futuro depende de
la concepción que tiene de sí mismo y de su
destino. Es a este nivel donde tiene lugar la contribución
específica y decisiva de la Iglesia en favor de la
verdadera cultura. Ella promueve el nivel de los comportamientos humanos
que favorecen la cultura de la paz contra los modelos
que anulan al hombre en la masa, ignoran el papel
de su creatividad y libertad y ponen la grandeza del
hombre en sus dotes para el conflicto y para la
guerra. La Iglesia lleva a cabo este servicio predicando la
verdad sobre la creación del mundo, que Dios ha puesto
en las manos de los hombres para que lo hagan
fecundo y más perfecto con su trabajo, y predicando la
verdad sobre la Redención, mediante la cual el Hijo de
Dios ha salvado a todos los hombres y al mismo
tiempo los ha unido entre sí haciéndolos responsables unos de
otros. La Sagrada Escritura nos habla continuamente del compromiso activo
en favor del hermano y nos presenta la exigencia de
una corresponsabilidad que debe abarcar a todos los hombres.
Esta
exigencia no se limita a los confines de la propia
familia, y ni siquiera de la nación o del Estado,
sino que afecta ordenadamente a toda la humanidad, de manera
que nadie debe considerarse extraño o indiferente a la suerte
de otro miembro de la familia humana. En efecto, nadie
puede afirmar que no es responsable de la suerte de
su hermano (cf. Gn 4, 9; Lc 10, 29-37; Mt
25, 31-46). La atenta y premurosa solicitud hacia el prójimo,
en el momento mismo de la necesidad, —facilitada incluso por
los nuevos medios de comunicación que han acercado más a
los hombres entre sí— es muy importante para la búsqueda
de los instrumentos de solución de los conflictos internacionales que
puedan ser una alternativa a la guerra. No es difícil
afirmar que el ingente poder de los medios de destrucción,
accesibles incluso a las medias y pequeñas potencias, y la
conexión cada vez más estrecha entre los pueblos de toda
la tierra, hacen muy arduo o prácticamente imposible limitar las
consecuencias de un conflicto.
52. Los Pontífices Benedicto XV
y sus sucesores han visto claramente este peligro 104 ,
y yo mismo, con ocasión de la reciente y dramática
guerra en el Golfo Pérsico, he repetido el grito: «¡Nunca
más la guerra!». ¡No, nunca más la guerra!, que destruye
la vida de los inocentes, que enseña a matar y
trastorna igualmente la vida de los que matan, que deja
tras de sí una secuela de rencores y odios, y
hace más difícil la justa solución de los mismos problemas
que la han provocado. Así como dentro de cada Estado
ha llegado finalmente el tiempo en que el sistema de
la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido
por el imperio de la ley, así también es urgente
ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional.
No hay que olvidar tampoco que en la raíz de
la guerra hay, en general, reales y graves razones: injusticias
sufridas, frustraciones de legítimas aspiraciones, miseria o explotación de grandes
masas humanas desesperadas, las cuales no ven la posibilidad objetiva
de mejorar sus condiciones por las vías de la paz.
Por eso, el otro nombre de la paz es el
desarrollo 105 . Igual que existe la responsabilidad colectiva de
evitar la guerra, existe también la responsabilidad colectiva de promover
el desarrollo. Y así como a nivel interno es posible
y obligado construir una economía social que oriente el funcionamiento
del mercado hacia el bien común, del mismo modo son
necesarias también intervenciones adecuadas a nivel internacional. Por esto hace
falta un gran esfuerzo de comprensión recíproca, de conocimiento y
sensibilización de las conciencias. He ahí la deseada cultura que
hace aumentar la confianza en las potencialidades humanas del pobre
y, por tanto, en su capacidad de mejorar la propia
condición mediante el trabajo y contribuir positivamente al bienestar económico.
Sin embargo, para lograr esto, el pobre —individuo o nación—
necesita que se le ofrezcan condiciones realmente asequibles. Crear tales
condiciones es el deber de una concertación mundial para el
desarrollo, que implica además el sacrificio de las posiciones ventajosas
en ganancias y poder, de las que se benefician las
economías más desarrolladas 106 .
Esto puede comportar importantes cambios en
los estilos de vida consolidados, con el fin de limitar
el despilfarro de los recursos ambientales y humanos, permitiendo así
a todos los pueblos y hombres de la tierra el
poseerlos en medida suficiente. A esto hay que añadir la
valoración de los nuevos bienes materiales y espirituales, fruto del
trabajo y de la cultura de los pueblos hoy marginados,
para obtener así el enriquecimiento humano general de la familia
de las naciones.
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VI. EL HOMBRE ES EL CAMINO DE
LA IGLESIA
53. Ante la miseria del proletariado decía
León XIII: «Afrontamos con confianza este argumento y con pleno
derecho por parte nuestra... Nos parecería faltar al deber de
nuestro oficio si callásemos» 107 . En los últimos cien
años la Iglesia ha manifestado repetidas veces su pensamiento, siguiendo
de cerca la continua evolución de la cuestión social, y
esto no lo ha hecho ciertamente para recuperar privilegios del
pasado o para imponer su propia concepción. Su única finalidad
ha sido la atención y la responsabilidad hacia el hombre,
confiado a ella por Cristo mismo, hacia este hombre, que,
como el Concilio Vaticano II recuerda, es la única criatura
que Dios ha querido por sí misma y sobre la
cual tiene su proyecto, es decir, la participación en la
salvación eterna. No se trata del hombre abstracto, sino del
hombre real, concreto e histórico: se trata de cada hombre,
porque a cada uno llega el misterio de la redención,
y con cada uno se ha unido Cristo para siempre
a través de este misterio 108 . De ahí se
sigue que la Iglesia no puede abandonar al hombre, y
que «este hombre es el primer camino que la Iglesia
debe recorrer en el cumplimiento de su misión..., camino trazado
por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del
misterio de la encarnación y de la redención» 109 .
Es
esto y solamente esto lo que inspira la doctrina social
de la Iglesia. Si ella ha ido elaborándola progresivamente de
forma sistemática, sobre todo a partir de la fecha que
estamos conmemorando, es porque toda la riqueza doctrinal de la
Iglesia tiene como horizonte al hombre en su realidad concreta
de pecador y de justo.
54. La doctrina social,
especialmente hoy día, mira al hombre, inserido en la compleja
trama de relaciones de la sociedad moderna. Las ciencias humanas
y la filosofía ayudan a interpretar la centralidad del hombre
en la sociedad y a hacerlo capaz de comprenderse mejor
a sí mismo, como «ser social». Sin embargo, solamente la
fe le revela plenamente su identidad verdadera, y precisamente de
ella arranca la doctrina social de la Iglesia, la cual,
valiéndose de todas las aportaciones de las ciencias y de
la filosofía, se propone ayudar al hombre en el camino
de la salvación.
La encíclica Rerum novarum puede ser leída
como una importante aportación al análisis socioeconómico de finales del
siglo XIX, pero su valor particular le viene de ser
un documento del Magisterio, que se inserta en la misión
evangelizadora de la Iglesia, junto con otros muchos documentos de
la misma índole. De esto se deduce que la doctrina
social tiene de por sí el valor de un instrumento
de evangelización: en cuanto tal, anuncia a Dios y su
misterio de salvación en Cristo a todo hombre y, por
la misma razón, revela al hombre a sí mismo. Solamente
bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás: de los
derechos humanos de cada uno y, en particular, del «proletariado»,
la familia y la educación, los deberes del Estado, el
ordenamiento de la sociedad nacional e internacional, la vida económica,
la cultura, la guerra y la paz, así como del
respeto a la vida desde el momento de la concepción
hasta la muerte.
55. La Iglesia conoce el «sentido
del hombre» gracias a la Revelación divina. «Para conocer al
hombre, el hombre verdadero, el hombre integral, hay que conocer
a Dios», decía Pablo VI, citando a continuación a santa
Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma
idea: «En la naturaleza divina, Deidad eterna, conoceré la naturaleza
mía» 110 .
Por eso, la antropología cristiana es en realidad
un capítulo de la teología y, por esa misma razón,
la doctrina social de la Iglesia, preocupándose del hombre, interesándose
por él y por su modo de comportarse en el
mundo, «pertenece... al campo de la teología y especialmente de
la teología moral» 111 . La dimensión teológica se hace
necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la
convivencia humana. Lo cual es válido —hay que subrayarlo— tanto
para la solución «atea», que priva al hombre de una
parte esencial, la espiritual, como para las soluciones permisivas o
consumísticas, las cuales con diversos pretextos tratan de convencerlo de
su independencia de toda ley y de Dios mismo, encerrándolo
en un egoísmo que termina por perjudicarle a él y
a los demás.
La Iglesia, cuando anuncia al hombre la
salvación de Dios, cuando le ofrece y comunica la vida
divina mediante los sacramentos, cuando orienta su vida a través
de los mandamientos del amor a Dios y al prójimo,
contribuye al enriquecimiento de la dignidad del hombre. Pero la
Iglesia, así como no puede abandonar nunca esta misión religiosa
y trascendente en favor del hombre, del mismo modo se
da cuenta de que su obra encuentra hoy particulares dificultades
y obstáculos. He aquí por qué se compromete siempre con
renovadas fuerzas y con nuevos métodos en la evangelización que
promueve al hombre integral. En vísperas del tercer milenio sigue
siendo «signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona
humana» 112 , como ha tratado de hacer siempre desde
el comienzo de su existencia, caminando junto al hombre a
lo largo de toda la historia. La encíclica Rerum novarum
es una expresión significativa de ello.
56. En el
primer centenario de esta Encíclica, deseo dar las gracias a
todos los que se han dedicado a estudiar, profundizar y
divulgar la doctrina social cristiana. Para ello es indispensable la
colaboración de las Iglesias locales, y yo espero que la
conmemoración sea ocasión de un renovado impulso para su estudio,
difusión y aplicación en todos los ámbitos.
Deseo, en particular,
que sea dada a conocer y que sea aplicada en
los distintos países donde, después de la caída del socialismo
real, se manifiesta una grave desorientación en la tarea de
reconstrucción. A su vez, los países occidentales corren el peligro
de ver en esa caída la victoria unilateral del propio
sistema económico, y por ello no se preocupen de introducir
en él los debidos cambios. Los países del Tercer Mundo,
finalmente, se encuentran más que nunca ante la dramática situación
del subdesarrollo, que cada día se hace más grave.
León
XIII, después de haber formulado los principios y orientaciones para
la solución de la cuestión obrera, escribió unas palabras decisivas:
«Cada uno haga la parte que le corresponde y no
tenga dudas, porque el retraso podría hacer más difícil el
cuidado de un mal ya tan grave»; y añade más
adelante: «Por lo que se refiere a la Iglesia, nunca
ni bajo ningún aspecto ella regateará su esfuerzo» 113 .
57. Para la Iglesia el mensaje social del Evangelio no
debe considerarse como una teoría, sino, por encima de todo,
un fundamento y un estímulo para la acción. Impulsados por
este mensaje, algunos de los primeros cristianos distribuían sus bienes
a los pobres, dando testimonio de que, no obstante las
diversas proveniencias sociales, era posible una convivencia pacífica y solidaria.
Con la fuerza del Evangelio, en el curso de los
siglos, los monjes cultivaron las tierras; los religiosos y las
religiosas fundaron hospitales y asilos para los pobres; las cofradías,
así como hombres y mujeres de todas las clases sociales,
se comprometieron en favor de los necesitados y marginados, convencidos
de que las palabras de Cristo: «Cuantas veces hagáis estas
cosas a uno de mis hermanos más pequeños, lo habéis
hecho a mí» ( Mt 25, 40) no deben quedarse
en un piadoso deseo, sino convertirse en compromiso concreto de
vida.
Hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de
que su mensaje social se hará creíble por el testimonio
de las obras, antes que por su coherencia y lógica
interna. De esta conciencia deriva también su opción preferencial por
los pobres, la cual nunca es exclusiva ni discriminatoria de
otros grupos. Se trata, en efecto, de una opción que
no vale solamente para la pobreza material, pues es sabido
que, especialmente en la sociedad moderna, se hallan muchas formas
de pobreza no sólo económica, sino también cultural y religiosa.
El amor de la Iglesia por los pobres, que es
determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a
dirigirse al mundo en el cual, no obstante el progreso
técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas. En los
países occidentales existe la pobreza múltiple de los grupos marginados,
de los ancianos y enfermos, de las víctimas del consumismo
y, más aún, la de tantos prófugos y emigrados; en
los países en vías de desarrollo se perfilan en el
horizonte crisis dramáticas si no se toman a tiempo medidas
coordinadas internacionalmente.
58. El amor por el hombre y,
en primer lugar, por el pobre, en el que la
Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de
la justicia. Ésta nunca podrá realizarse plenamente si los hombres
no reconocen en el necesitado, que pide ayuda para su
vida, no a alguien inoportuno o como si fuera una
carga, sino la ocasión de un bien en sí, la
posibilidad de una riqueza mayor. Sólo esta conciencia dará la
fuerza para afrontar el riesgo y el cambio implícitos en
toda iniciativa auténtica para ayudar a otro hombre. En efecto,
no se trata solamente de dar lo superfluo, sino de
ayudar a pueblos enteros —que están excluidos o marginados— a
que entren en el círculo del desarrollo económico y humano.
Esto será posible no sólo utilizando lo superfluo que nuestro
mundo produce en abundancia, sino cambiando sobre todo los estilos
de vida, los modelos de producción y de consumo, las
estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad. No
se trata tampoco de destruir instrumentos de organización social que
han dado buena prueba de sí mismos, sino de orientarlos
según una concepción adecuada del bien común con referencia a
toda la familia humana. Hoy se está experimentando ya la
llamada «economía planetaria», fenómeno que no hay que despreciar, porque
puede crear oportunidades extraordinarias de mayor bienestar. Pero cada día
se siente más la necesidad de que a esta creciente
internacionalización de la economía correspondan adecuados órganos internacionales de control
y de guía válidos, que orienten la economía misma hacia
el bien común, cosa que un Estado solo, aunque fuese
el más poderoso de la tierra, no es capaz de
lograr. Para poder conseguir este resultado, es necesario que aumente
la concertación entre los grandes países y que en los
organismos internacionales estén igualmente representados los intereses de toda la
gran familia humana. Es preciso también que a la hora
de valorar las consecuencias de sus decisiones, tomen siempre en
consideración a los pueblos y países que tienen escaso peso
en el mercado internacional y que, por otra parte, cargan
con toda una serie de necesidades reales y acuciantes que
requieren un mayor apoyo para un adecuado desarrollo. Indudablemente, en
este campo queda mucho por hacer.
59. Así pues,
para que se ejercite la justicia y tengan éxito los
esfuerzos de los hombres para establecerla, es necesario el don
de la gracia, que viene de Dios. Por medio de
ella, en colaboración con la libertad de los hombres, se
alcanza la misteriosa presencia de Dios en la historia que
es la Providencia.
La experiencia de novedad vivida en el
seguimiento de Cristo exige que sea comunicada a los demás
hombres en la realidad concreta de sus dificultades y luchas,
problemas y desafíos, para que sean iluminadas y hechas más
humanas por la luz de la fe. Ésta, en efecto,
no sólo ayuda a encontrar soluciones, sino que hace humanamente
soportables incluso las situaciones de sufrimiento, para que el hombre
no se pierda en ellas y no olvide su dignidad
y vocación.
La doctrina social, por otra parte, tiene una
importante dimensión interdisciplinar. Para encarnar cada vez mejor, en contextos
sociales económicos y políticos distintos, y continuamente cambiantes, la única
verdad sobre el hombre, esta doctrina entra en diálogo con
las diversas disciplinas que se ocupan del hombre, incorpora sus
aportaciones y les ayuda a abrirse a horizontes más amplios
al servicio de cada persona, conocida y amada en la
plenitud de su vocación.
Junto a la dimensión interdisciplinar, hay
que recordar también la dimensión práctica y, en cierto sentido,
experimental de esta doctrina. Ella se sitúa en el cruce
de la vida y de la conciencia cristiana con las
situaciones del mundo y se manifiesta en los esfuerzos que
realizan los individuos, las familias, cooperadores culturales y sociales, políticos
y hombres de Estado, para darles forma y aplicación en
la historia.
60. Al enunciar los principios para la
solución de la cuestión obrera, León XIII escribía: «La solución
de un problema tan arduo requiere el concurso y la
cooperación eficaz de otros» 114 . Estaba convencido de que
los graves problemas causados por la sociedad industrial podían ser
resueltos solamente mediante la colaboración entre todas las fuerzas. Esta
afirmación ha pasado a ser un elemento permanente de la
doctrina social de la Iglesia, y esto explica, entre otras
cosas, por qué Juan XXIII dirigió su encíclica sobre la
paz a «todos los hombres de buena voluntad».
El Papa
León, sin embargo, constataba con dolor que las ideologías de
aquel tiempo, especialmente el liberalismo y el marxismo, rechazaban esta
colaboración. Desde entonces han cambiado muchas cosas, especialmente en los
años más recientes. El mundo actual es cada vez más
consciente de que la solución de los graves problemas nacionales
e internacionales no es sólo cuestión de producción económica o
de organización jurídica o social, sino que requiere precisos valores
ético-religiosos, así como un cambio de mentalidad, de comportamiento y
de estructuras. La Iglesia siente vivamente la responsabilidad de ofrecer
esta colaboración, y —como he escrito en la encíclica Sollicitudo
rei socialis— existe la fundada esperanza de que también ese
grupo numeroso de personas que no profesa una religión pueda
contribuir a dar el necesario fundamento ético a la cuestión
social 115 .
En el mismo documento he hecho también una
llamada a las Iglesias cristianas y a todas las grandes
religiones del mundo, invitándolas a ofrecer el testimonio unánime de
las comunes convicciones acerca de la dignidad del hombre, creado
por Dios 116 . En efecto, estoy persuadido de que
las religiones tendrán hoy y mañana una función eminente para
la conservación de la paz y para la construcción de
una sociedad digna del hombre.
Por otra parte, la disponibilidad
al diálogo y a la colaboración incumbe a todos los
hombres de buena voluntad y, en particular, a las personas
y los grupos que tienen una específica responsabilidad en el
campo político, económico y social, tanto a nivel nacional como
internacional.
61. Fue «el yugo casi servil», al comienzo
de la sociedad industrial, lo que obligó a mi predecesor
a tomar la palabra en defensa del hombre. La Iglesia
ha permanecido fiel a este compromiso en los pasados cien
años. Efectivamente, ha intervenido en el período turbulento de la
lucha de clases, después de la primera guerra mundial, para
defender al hombre de la explotación económica y de la
tiranía de los sistemas totalitarios. Después de la segunda guerra
mundial, ha puesto la dignidad de la persona en el
centro de sus mensajes sociales, insistiendo en el destino universal
de los bienes materiales, sobre un orden social sin opresión
basado en el espíritu de colaboración y solidaridad. Luego, ha
afirmado continuamente que la persona y la sociedad no tienen
necesidad solamente de estos bienes, sino también de los valores
espirituales y religiosos. Además, dándose cuenta cada vez mejor de
que demasiados hombres viven no en el bienestar del mundo
occidental, sino en la miseria de los países en vías
de desarrollo y soportan una condición que sigue siendo la
del «yugo casi servil», la Iglesia ha sentido y sigue
sintiendo la obligación de denunciar tal realidad con toda claridad
y franqueza, aunque sepa que su grito no siempre será
acogido favorablemente por todos.
A cien años de distancia de
la publicación de la Rerum novarum, la Iglesia se halla
aún ante «cosas nuevas» y ante nuevos desafíos. Por esto,
el presente centenario debe corroborar en su compromiso a todos
los «hombres de buena voluntad» y, en concreto, a los
creyentes.
62. Esta encíclica de ahora ha querido mirar
al pasado, pero sobre todo está orientada al futuro. Al
igual que la Rerum novarum, se sitúa casi en los
umbrales del nuevo siglo y, con la ayuda divina, se
propone preparar su llegada.
En todo tiempo, la verdadera y
perenne «novedad de las cosas» viene de la infinita potencia
divina: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (
Ap 21, 5). Estas palabras se refieren al cumplimiento de
la historia, cuando Cristo entregará «el reino a Dios Padre...,
para que Dios sea todo en todas las cosas» (
1 Co 15, 24. 28). Pero el cristiano sabe que
la novedad, que esperamos en su plenitud a la vuelta
del Señor, está presente ya desde la creación del mundo,
y precisamente desde que Dios se ha hecho hombre en
Cristo Jesús y con él y por él ha hecho
«una nueva creación» ( 2 Co 5, 17; Ga 6,
15).
Al concluir esta encíclica doy gracias de nuevo a
Dios omnipotente, porque ha dado a su Iglesia la luz
y la fuerza de acompañar al hombre en el camino
terreno hacia el destino eterno. También en el tercer milenio
la Iglesia será fiel en asumir el camino del hombre,
consciente de que no peregrina sola, sino con Cristo, su
Señor. Es él quien ha asumido el camino del hombre
y lo guía, incluso cuando éste no se da cuenta.
Que María, la Madre del Redentor, la cual permanece junto
a Cristo en su camino hacia los hombres y con
los hombres, y que precede a la Iglesia en la
peregrinación de la fe, acompañe con materna intercesión a la
humanidad hacia el próximo milenio, con fidelidad a Jesucristo, nuestro
Señor, que «es el mismo ayer y hoy y lo
será por siempre» (cf. Hb 13, 8), en cuyo nombre
os bendigo a todos de corazón.
Dado en Roma,
junto a san Pedro, el día 1 de mayo —fiesta
de san José obrero— del año 1991, décimo tercero de
pontificado.
NOTAS
1. León XIII, Enc. Rerum novarum (15
mayo 1891): Leonis XIII P. M. Acta , XI, Romae
1892, 97-144.
2. Pío XI, Enc. Quadragesimo anno (15 mayo
1931): AAS 23 (1931), 177-228; Pío XII, Radiomensaje 1 junio
1941: AAS 33 (1941), 195-205; Juan XXIII, Enc. Mater et
Magistra (15 mayo 1961): AAS 53 (1961), 401-464; Pablo VI,
Cart. Apo. Octogesima adveniens (14 mayo 1971): AAS 63 (1971),
401-441).
3. Cf. Pío XI, Enc. Quadragesimo anno , III:
l. c ., 228.
4. Enc. Laborem exercens (14 setiembre
1981 ) : AAS 73 ( 1981 ), 577-647; Enc.
Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987): AAS 84 ( 1988),
513-586.
5. Cf. S. Ireneo, Adversus haereses , I, 10;
III, 4, 1: PG 7, 549 s.; 855 s.; S.
Ch. 264, 154 s.; 211, 44-46.
6. León XIII, Enc.
Rerum novarum :l. c. , 132.
7. Cf., por ejemplo,
León XIII, Enc. Arcanum divinae sapientiae (10 febrero 1880): Leonis
XIII P. M. Acta , II, Romae 1882, 10-40; Enc.
Diuturnum illud (29 junio 1881): Leonis XIII P. M. Acta
, II, Romae 1882, 269-287; Enc. Libertas praestantissimum (20 junio
1888): Leonis XIII P. M. Acta , VIII, Romae 1889,
212-246; Enc. Graves de communi (18 enero 1901): Leonis XIII
P. M. Acta , XXI, Romae 1902, 3-20.
8.
Enc. Rerum novarum :l. c. , 97.
9.Ibid .: l.
c ., 98.
10 . Cf. ibid. :l. c .,
109 s.
11 . Cf. ibid. , 16: descripción de
las condiciones de trabajo; asociaciones obreras anticristianas: l. c. ,
110 s.; 136 s.
12 .Ibid. :l. c. , 130;
cf. también 114 s.
13 .Ibid .: l. c. ,
130.
14 .Ibid. :l. c. , 123.
15 . Cf.
Enc. Laborem exercens , 1, 2, 6: l. c. ,
578-583; 589-592.
16 . Cf. Enc. Rerum novarum :l. c.
, 99-107.
17 . Cf. ibid. :l. c. , 102
s.
18 . Cf, ibid. :l. c. , 101-104.
19
. Cf, ibid .: l. c ., 134 s.; 137
s.
20 .Ibid. :l. c. , 135.
21 .Ibid. :l.
c. , 128-129.
22 .Ibid. :l. c. , 129.
23
.Ibid. :l. c. , 129.
24 .Ibid. :l. c. ,
130 s.
25 .Ibid. :l. c. , 131.
26 .
Cf. Declaración Universal de los Derechos del Hombre.
27 .
Cf. Enc. Rerum novarum :l. c. , 121-123.
28 .
Cf , ibid. :l. c. , 127.
29 .Ibid .:
l. c. , 126.
30 . Cf. Declaración Universal de
los Derechos del Hombre; Declaración sobre la eliminación de toda
forma de intolerancia y discriminación fundadas en la religión o
en la convicción.
31 . Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa, Juan Pablo II,
Carta a los Jefes de Estado (1 septiembre 1980): AAS
72 (1980),1252-1260; Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
1988: AAS 80 (1988), 278-286.
32 . Cf. Enc. Rerum
novarum :l. c. , 99-105; 130 s.; 135.
33 .Ibid.
: l. c., 125.
34 . Cf. Enc. Sollicitudo rei
socialis , 38-40; l. c ., 564-569; Juan XXIII, Enc.
Mater et Magistra ,l. c. , 407.
35 . Cf.
León XIII, Enc. Rerum novarum :l. c. , 114-116; Pío
XI, Enc. Quadragesimo anno , III: l. c. , 208;
Pablo VI, Homilía en la misa de clausura del Año
Santo (25 diciembre 1975): AAS 68 (1976), 145; Mensaje para
la Jornada Mundial de la Paz 1977: AAS 68 (
1976), 709.
36 . Enc. Sollicitudo rei socialis , 42:
l. c., 572.
37 . Cf. León XIII, Enc. Rerum
novarum :l. c. , 101 s.;104 s.; 130 s.; 136.
38 . Conc. Ecum. Vat. II, Const, past. Gaudium et
spes , sobre la Iglesia en el mundo actual, 24.
39 . Enc. Rerum novarum :l. c. , 99.
40
. Cf. Enc. Sollicitudo rei socialis , 15, 28: l.
c ., 530; 548 s.
41 . Cf. Enc. Laborem
exercens , 11-15: l. c ., 602-618.
42 .
Pío XI, Enc. Quadragesimo anno , III: l. c .,
213.
43 . Cf. Enc. Rerum novarum: l.c ., 121-125.
44 . Cf. Enc. Laborem exercens , 20: l. c.
, 629-632; Discurso a la Organización Internacional del Trabajo (O.I.T.)
en Ginebra (15 junio 1982): Insegnamenti V/2 (1982), 2250-2266; Pablo
VI, Discurso a la misma Organización ( 10 junio 1969):
AAS 61 ( 1969), 491-502.
45 . Cf. Enc. Laborem
exercens , 8: l. c. , 594-598.
46 . Cf.
Pío XI, Enc. Quadragesimo anno: l. c. , 181.
47
. Cf. Enc. Arcanum divinae sapientiae ( 10 febrero 1880):
Leonis XIII P. M. Acta , II, Romae 1882, 10-40;
Enc. Diuturnum illud (29 junio 1881): Leonis XIII P. M.
Acta , II, Romae 1882, 269-287; Enc. Immortale Dei (
1 noviembre 1885 ): Leonis XIII P. M. Acta ,
V, Romae 1886, 118-150; Enc. Sapientiae christianae (10 enero 1890):
Leonis XIII P. M. Acta , X, Romae 1891,10-41; Enc.
Quod Apostolici muneris (28 diciembre 1878): Leonis XIII P. M.
Acta , I, Romae 1881,170-183; Enc. Libertas praestantissimum (20 junio
1888): Leonis XIII P. M. Acta , VIII, Romae 1889,
212-246.
48 . Cf. León XIII, Enc. Libertas praestantissimum: l.
c. , 224-226.
49 . Cf. Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 1980: AAS 71 (1979), 1572-1580.
50
. Cf. Enc. Sollicitudi rei socialis , 20: l. c.
, 536 s.
51 . Cf. Juan XXIII, Enc. Pacem
in terris (11 abril 1963), III; AAS 55 ( 1963
), 286-289.
52 . Cf. Declaración Universal de los Derechos
del Hombre, de 1948; Juan XXI I I, Enc. Pacem
in terris , IV: l. c., 291-296; «Acta Final» de
la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa
(CSCE), Helsinki 1975.
53 . Cf. Pablo VI, Enc. Populorum
progressio (26 marzo 1967), 61-65: AAS 59 (1967), 287-289.
54
. Cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
1980: l. c., 1572-1580.
55 . Cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Gaudium et spes , Const. past. sobre la Iglesia
en el mundo actual, 36; 39.
56 . Cf. Exh.
Ap. Christifideles laici (30 diciembre 1988), 32-44: ASS 81 (1989),
431-481.
57 . Cf. Enc. Laborem exercens , 20: l.
c., 629-632.
58 . Congregación para la Doctrina de la
Fe, Instrucción sobre la libertad cristiana y la liberación Libertatis
conscientia (22 marzo 1986): ASS 79 (1987), 554-559.
59 .
Cf. Discurso en la sede del Consejo de la C.E.A.O.,
en ocasión del X aniversario de la «Llamada a favor
del Sahel» (Ouagadougou, Burkina Faso, 29 enero 1990): ASS 82
(1990), 816-821.
60 . Cf. Juan XXIII, Enc. Pacem in
terris , III: l, c ., 286-288.
61 . Cf.
Enc. Sollicitudo rei socialis , 27-28: l. c. , 547-550;
Pablo VI, Enc. Populorum progressio , 43-44: l. c .,
278 s.
62 . Cf. Enc. Sollicitudo rei socialis ,
29-31: l. c ., 550-556.
63 . Cf. Acta de
Helsinki y Acuerdo de Viena; León XIII, Enc. Libertas praestantissimum:
l. c. , 215-217.
64 . Cf. Enc. Redemptoris missio
(7 diciembre 1990): L´Osservatore Romano , ed. semanal en lengua
española, 25 enero 1991.
65 . Cf. Enc, Rerum novarum:
l. c. , 99-107; 131-133.
66 .Ibid. :l. c. ,
111.113 s.
67 . Cf, Pío XI, Enc. Quadragesimo anno
, II: l. c., 191; Pío XII, Radiomensaje, 1 de
junio de 1941: l, c ., 199; Juan XXIII, Enc.
Mater et magistra: l. c ., 428-429; Pablo VI, Enc.
Populorum progressio , 22-24: l. c. , 268 s.
68
. Const, past. Gaudium et spes , sobre la Iglesia
en el mundo actual, 69; 71.
69 Discurso a los
Obispos latinoamericanos en Puebla, 28 de enero de 1979, III,
4: AAS 71 (1979),199-201; Enc, Laborem exercens , 14: l.
c ., 612-616; Enc. Sollicitudo rei sociali s, 42: l.
c ., 572-574.
70 . Cf. Enc. Sollicitudo rei sociali
s, 15: l.c. , 528-531.
71 .Cf. Enc. Laborem exercens
, 21: l.c. , 632-634.
72 . Cf. Pablo VI,
Enc. Populorum progressio , 33-42: l. c., 273-278.
73 .
Cf. Enc. Laborem exercens , 7: l.c ., 592-594.
74
. Cf. ibid ., 8: l. c. , 594-598.
75
. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et
spes , sobre la Iglesia en el mundo actual, 35;
Pablo VI, Enc. Populorum progressio , 19: l. c .,
266 s.
76 . Cf. Enc. Sollicitudo rei socialis ,
34: l. c ., 559 s.; Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 1990: AAS 82 ( 1990), 147-156.
77 . Cf. Exh. Ap. Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre
1984), 16: AAS 77 (1985), 213-217; Pío XI, Enc. Quadragesimo
anno , III: l. c. , 219.
78 . Enc.
Sollicitudo rei socialis , 25: l. c. , 544.
79
.Ibid. , 34: l. c ., 559 s.
80 .
Cf. Enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 15: AAS 71
( 1979), 286-289.
81 . Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const, past. Gaudium et spes , sobre la Iglesia en
el mundo actual, 24.
82 . Cf . ibid .,
41.
83 . Cf. ibid ., 26.
84 . Cf.
ibid. Pablo VI, Cart. Ap. Octogesima adveniens, 2-5: L. c.,
402-405.
85 . Cf. Enc. Laborem exercens, 15: l. c.,
616-618.
86 . Cf. ibid ,, 10: l. c., 600-602.
87 . Cf, ibid ,, 14: l. c. , 612-616.
88 . Cf. ibid ., 18: l. c., 622-625.
89
. Cf. Enc. Rerum novarum: l. c. , 126-128.
90
. Cf. ibid.: l. c. , 121 s,
91 .
Cf. León XIII, Enc. Libertas praestantissimum: l. c. , 224-226.
92 . Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes , sobre la Iglesia en el mundo actual,
76.
93 . Cf. ibid ., 29; Pío XII, Radiomensaje
de Navidad (24 diciembre 1944): AAS 37 (1945), 10-20.
94
. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Declaración Dignitatis humanae ,
sobre la libertad religiosa.
95 . Cf. Enc. Redemptoris missio
, 11: L´Osservatore Romano , ed. semanal en lengua española,
25 enero 1991.
96 . Enc. Redemptor hominis , 17:
l. c. , 270-272.
97 . Cf. Mensaje para la
Jornada Mundial de la Paz 1988: l. c ., 1572-1580;
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1991: L´Osservatore
Romano , ed. semanal en lengua española, 21 diciembre 1990;
Conc. Ecum. Vat. II, Declaración Dignitatis humanae , sobre la
libertad religiosa 1-2.
98 . Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. past. Gaudium et spes , sobre la Iglesia en
el mundo actual, 26.
99 . Cf. ibid. , 22.
100 . Cf. Pío XI, Enc. Quadragesimo anno , I:
l.c. , 184-186.
101 . Cf. Exh. Ap. Familiaris consortio
(22 noviembre 1981), 45: AAS 74 (1982), 136 s.
102
. Cf. Alocución a la UNESCO (2 junio 1980): AAS
72 (1980), 735-752.
103 . Cf. Enc. Redemptoris missio ,
39; 52: L´Osservatore Romano , ed. semanal en lengua española,
25 enero 1991.
104 . Cf. Benedicto XV, Exh. Ubi
primum (8 setiembre 1914): AAS 6 (1914), 501 s.; Pío
XI, Radiomensaje a todos los fieles católicos y a todo
el mundo (29 setiembre 1938): AAS 30 (1938), 309 s.;
Pío XII, Radiomensaje a todo el mundo (24 agosto 1939):
AAS 31 (1939), 333-335; Juan XXIII, Enc. Pacem in terris
, III: l c. , 285-289; Pablo VI, Discurso a
la O.N.U. (4 octubre 1965): AAS 57 ( 1965 ),
877-885.
105 . Cf. Pablo VI, Enc. Populorum progressio ,
76-77: l. c ., 294 s.
106 . Cf. Exh.
Ap. Familiaris consortio , 48: l. c. , 139 s.
107 . Enc. Rerum novarum: l. c. , 107.
108
. Cf. Enc. Redemptor hominis , 13: l. c. ,
283.
109 .Ibid. , 14: l. c. , 284 s.
110 . Pablo VI, Homilía en la última sesión pública
del Concilio Vaticano II (7 diciembre 1965): AAS 58 (1966),
58.
111 . Enc. Sollicitudo rei socialis , 41: l.
c. , 571.
112 . Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes , sobre la Iglesia en el
mundo actual, 76; cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis
, 13: l. c., 283.
113 . Enc. Rerum novarum:
l. c. , 143.
114 . Ibid., 13: l.c. ,
107.
115 . Cf. Sollicitudo rei socialis , 38: l.
c., 564-566.
116 . Cf. ibid ., 47: l. c
., 582.
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