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| Carta Pastoral del Obispo de Querétaro Mexico Mario de Gasperín |
Hermanos y hermanas en la santa fe católica:
1. Después de
haber celebrado el Año de la Pastoral Social según marca
nuestro Plan Diocesano, y de haber tenido diversos encuentros y
sesiones de estudio relativas a la Doctrina Social de la
Iglesia, y habiendo escuchado las aportaciones y propuestas de numerosos
fieles laicos durante mi Visita Pastoral a las parroquias, y
posteriormente retomadas en el documento titulado “El Compromiso Social de
los Fieles Laicos”, que sirvió para la reflexión común en
la XVII Asamblea Diocesana, me ha parecido necesario escribir esta
Carta Pastoral para reafirmar y aclarar algunos conceptos que utiliza
el Magisterio eclesiástico en el campo de lo social y
estimular a los fieles laicos a asumir más plenamente sus
responsabilidades en la vida pública.
En efecto, este ramo de
la pastoral suele ser el más descuidado no sólo por
las exigencias que lleva consigo, sino por la atmósfera enrarecida
en que ha vivido la comunidad católica en el último
siglo y por la falta de claridad en los conceptos
y en los contenidos de la doctrina social cristiana. Vivimos,
tanto al interior como sobre todo al exterior de la
Iglesia, una especie de “comedia de equivocaciones”, en razón del
significado distinto y hasta contrario que se suele dar a
términos y expresiones como bien común, laico, laicidad, laicismo, política,
política partidista, a la noción misma de Estado laico y
de democracia. Una situación así no facilita el diálogo ni
el mutuo entendimiento.
Raíz de la crisis actual. 2. Esta confusión
se ha generado durante más de un siglo de indoctrinamiento
de corte liberal, alimentado por diversas corrientes filosóficas que han
imperado entre nosotros y que tienen como base el positivismo
científico que invadió también el campo del derecho y de
la moral y cuyo fruto obligado es la dictadura del
relativismo y la vuelta al paganismo. La Iglesia, por su
parte, ha clarificado su doctrina y, sobre todo, ha ofrecido
respuestas actualizadas a los retos que presentan las nuevas realidades
en el campo de las ciencias humanas y de lo
social. Por esta razón, y estimulado por el planteamiento del
Papa Benedicto XVI en su encíclica “Dios es Amor”, he
procurado descubrir en la primera parte de esta Carta Pastoral
las mismas raíces del sistema positivista y liberal que nos
rige en lo político, en lo económico y en lo
social, sobre todo en su expresión más radical del liberalismo
intransigente, como le llama la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones
relativas al compromiso y la conducta de los católicos en
la vida pública (No. 6), de la Congregación para la
Doctrina de la Fe del 22 de Noviembre de 2002.
En efecto, el planteamiento originalísimo del Santo Padre en su
primera encíclica, nos viene a desvelar las causas de la
actual crisis religiosa y cultural, donde lo cristiano es visto
por el hombre contemporáneo no sólo con recelo sino como
su enemigo, con la trágica consecuencia de la vuelta al
más puro paganismo.
La enseñanza social de la Iglesia
3. En la
segunda parte de la Carta presento una reflexión sobre la
relación que guarda la Doctrina Social de la Iglesia católica
con el sistema democrático que nos rige, y con el
que convive necesariamente el católico en sus actividades cotidianas, sobre
todo quien tiene cargos públicos que desempeñar. En este campo
perduran ideas y expresiones que han sido ya superadas por
la experiencia democrática de muchas naciones modernas, más concordes con
el Magisterio de la Iglesia tal y como lo expone,
por ejemplo, el “Compendio de la Doctrina Social de la
Iglesia” al cual remito e invito a conocer y a
estudiar. En esta Carta menciono únicamente las ideas y los
temas que más afectan a nuestra vida común en México
y, necesariamente, lo hago con brevedad.
La lucha entre el
bien y el mal
4. Ofrezco también, al final, una reflexión
breve sobre la raíz teológica de esta lamentable situación, tal
y como se nos revela en la Historia de la
Salvación desde sus inicios, de modo que percibamos que lo
que ahora vivimos debe enmarcarse como un episodio más de
la vieja batalla entre el bien y el mal, la
muerte y la vida, la bendición y la maldición; entre
la Babel terrea y la Jerusalén celestial, donde el Cordero
inmolado y victorioso nos espera y alienta nuestra esperanza. Somos
los católicos Testigos de esta Esperanza en el mundo.
Constructores de
la ciudad terrena
5. El fiel católico sabe que la fe
no es una mera abstracción, sino un itinerario que inicia
con el Bautismo y desemboca en la eternidad; es consciente
de que su paso por este mundo implica un compromiso
real y concreto con todas las realidades que va encontrando
en su camino y que lo orientan hacia su destino
final, feliz o desventurado. Sabemos los católicos con toda claridad
que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que debemos fijar
nuestra mirada en la futura, en la Jerusalén de arriba,
en la que habitará por siempre la justicia que en
esta tierra no encontramos en plenitud, pero que debemos esforzarnos
por construir con tesón y con esperanza. Esta mirada a
lo alto no debilita, sino que más bien estimula nuestro
sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente (Vat. II.
GSp, 39) para implantar, ya desde ahora y en el
lugar en que nos ha tocado vivir, el Reino de
Dios.
I. Las raíces del laicismo
“Dos amores edificaron dos ciudades:
El amor de Dioshasta el desprecio de sí mismo y
el amor de sí mismohasta el desprecio de Dios” (S.
Agustín).
Ubicación histórica
6. El siglo que acaba de concluir ha
sido de grandes transformaciones sociales en nuestra patria y de
dolorosas pruebas para la fe de los católicos mexicanos. El
bienestar social prometido a los ciudadanos sólo es objeto de
disfrute por parte de unos cuantos audaces y afortunados, mientras
que las mayorías siguen aguardando la hora de su cumplimiento;
en cambio, las semillas de animadversión sembradas por doquier contra
los miembros de la Iglesia de Cristo, han generado un
laicismo intransigente y discriminador, que todos los católicos -pastores y
fieles- hemos sufrido con ancestral paciencia. Los grandes Pastores que
han regido a la Iglesia de Dios en México -ejemplo
eximio es San Rafael Guízar Valencia, recientemente canonizado- nos han
enseñado a interpretar estas penalidades como participación en la Cruz
de Cristo, que ha florecido en numerosos mártires y santos
elevados a los altares en los años recientes.
En la
Basílica de San Pedro en Roma han ondeado, ante el
mundo entero, los pendones con las imágenes de numerosos hijos
de la Iglesia aclimatada en nuestras tierras. La fe de
la Iglesia en México es una fe probada y autentificada
por el martirio y esto es don y gracia de
Dios que agradecemos. Pero las amenazas persisten, ya no en
forma de persecución violenta y cruenta, sino de manera más
sutil en la ideología vigente, llámese ésta laicismo, relativismo o
desacralización, fenómenos que ahora se engloban con el nombre genérico
de postmodernidad.
A. La vuelta al Paganismo
La postmodernidad
7. El Papa
Benedicto XVI en su carta encíclica “Dios es amor” plantea
con suma claridad y crudeza el núcleo focal de donde
se originan el día de hoy las acusaciones de mayor
envergadura contra la fe cristiana y, en particular, contra la
Iglesia católica. Dice el Papa: En la crítica al cristianismo
que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de
la Ilustración, esta novedad (el eros-ágape como novedad del cristianismo)
ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según
Fiedrich Nietzsche, habría dado de beber al eros un veneno,
el cual, aunque no le llevó a la muerte, le
hizo degenerar en vicio (Más allá del bien y del
mal, IV, 168).
El filósofo alemán expresó de este modo
una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y
prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de
la vida? ¿No pone quizá carteles de prohibición precisamente allí
donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos
ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo
divino? (No. 3). Aquí tenemos descrito, de manera realista y
clara, el punto doliente que afecta la vida del cristiano
y que lo hace al menos dudar que su pertenencia
a la Iglesia sea para él un bien y que
la observancia de los mandamientos le pueda proporcionar felicidad. Esto
se refleja en la vida apática de numerosos bautizados.
Objeciones
en contra de la Iglesia
8. Las objeciones contra el cristianismo
en general y contra la Iglesia católica en particular hoy
en día, no suelen ser de tipo intelectual o doctrinal;
nadie acusa ahora a la Iglesia de propagar una doctrina
absurda o increíble, como lo hacían los paganos y los
herejes de los primeros siglos; ni la tacha de irracional
o perversa por creer en el dogma de la Santísima
Trinidad, en la Encarnación del Verbo o en la presencia
real de Cristo en la Eucaristía. En México persisten algunas
acusaciones de tipo histórico (puesto que la historia oficial la
escribieron los contradictores de la Iglesia), que se originan muchas
veces en la carencia de objetividad y de perspectiva histórica,
y otras en faltas reales de los hijos de la
Iglesia, por las que el Papa Juan Pablo II nos
invitó a pedir perdón y a purificar la memoria durante
el Gran Jubileo.
Las objeciones de tipo histórico se curan
con la investigación objetiva de los hechos para quien quiere
ver la verdad, y con el perdón ofrecido y recibido
por los posibles agravios cometidos.
El laicismo
9. Pero, en la actualidad,
como lo señala el Papa Benedicto XVI, se acusa al
cristianismo en general y a la Iglesia católica en particular,
por motivos psicológicos o sociológicos: por causar daño y hasta
enfermar a la sociedad y al individuo, de impedirle ser
feliz y disfrutar de los bienes de la creación, comenzando
por su propio cuerpo y su sexualidad.
El cristianismo sería
una especie de enfermedad que debilita lo que está vigoroso
y sano, una patología peligrosa que habría que erradicar y
cuyo remedio habría que buscar, no corrigiéndolo, porque se tiene
por incorregible, sino suprimiéndolo o, al menos, excluyéndolo de la
vida pública y social. Este pretendido remedio recibe ahora un
nombre muy conocido: laicismo. Todo lo religioso-cristiano debe ser eliminado
de la vida pública y social, comenzando por la educación
de la niñez y de la juventud, llegando hasta la
destrucción del matrimonio y del núcleo familiar; por eso, la
educación laica en su interpretación laicista, se ha convertido en
un dogma de fe nacional.
Ídolo nuevo con malicia vieja:
el paganismo.
10. El lector medianamente informado sobre el origen de
la cultura moderna y de esta crítica al cristianismo, sabe
que aquí, como bien señala el Papa, está la mano
del filósofo Friedrich Nietzsche, para quien la esencia del cristianismo
consiste, parafraseando groseramente el cántico del Magnificat, en exaltar a
los humildes y humillar a los poderosos, es decir, exaltar
lo inútil y rechazar todo lo que realmente vale y
cuenta, es decir, el poder. Lo decimos con las mismas
palabras del filósofo nihilista: El cristianismo necesita de la enfermedad,
del mismo modo que los griegos necesitaban de la salud...
El cristianismo se contrapone además a cualquier planteamiento intelectual logrado:
tan sólo puede utilizar la razón enferma en cuanto razón
cristiana; toma partido por todo cuanto es idiota..., va en
contra de la soberbia del espíritu sano (El Anticristo, 51
y 52). Según esta falseada interpretación de la fe cristiana,
la actividad de la Iglesia consistiría en exaltar y difundir
la enfermedad; lo demostraría el hecho de ir a contrapelo
de los valores propios que exaltó el paganismo: el poder,
la salud, la fuerza, la belleza, el cuerpo, el placer...
y que el hombre requiere para ser feliz. En consecuencia,
la verdadera salvación del hombre sería la eliminación del cristianismo
y la vuelta al paganismo, que ahora coincide con el
laicismo y sus secuelas el relativismo y el secularismo. Hay,
pues, que superar al hombre con el super-hombre, lo débil
del cristianismo con el poder de lo terrenal: El superhombre
es el sentido de la tierra... ¡Permanezcan fieles a la
tierra y no crean a los que hablan de esperanzas
supraterrenales! Son envenenadores, conscientes o inconscientes... La tierra está cansada
de ellos; ¡muéranse de una vez! (Así hablaba Zaratustra, I,
3).
Propuesta satánica
11. En el campo de concentración de Auschwitz
(28 de mayo, 2006), el Papa Benedicto XVI explicó las
consecuencias de esta propuesta satánica del filósofo alemán, haciendo ver
cómo el nazismo pretendió exterminar al pueblo hebreo y así
quiso asesinar al Dios que llamó a Abraham y que
entregó a Moisés el Decálogo, que contiene la voluntad de
Dios para que el hombre viva en paz sobre la
tierra; al querer eliminar a Dios y a su pueblo,
explicaba el Romano Pontífice, eliminaba también a su Ley y
así pretendía erigirse como amo soberano del hombre y dominador
del mundo. Una vez arrancada la raíz de la fe
hebrea, debía de ser eliminado también el cristianismo, substituyéndolo por
la fe en el hombre autosuficiente y soberbio que dicta
e impone a placer sus propias leyes. El nacionalsocialismo fue
el fruto amargo de esta siembra perversa del filósofo nihilista
alemán.
Entre nosotros, la hostilidad contra la Iglesia y la
subsiguiente persecución religiosa se inspiró más bien en el positivismo
y en el liberalismo anticlerical salpicado de socialismo, pero con
idéntica intención de erradicar el catolicismo del país; ideología que
se sigue difundiendo a granel entre los estudiantes en numerosas
cátedras y entre los lectores de las obras del malogrado
filósofo alemán.
Más allá de toda ley
12. Por tanto, el laicismo
arremete contra el cristianismo y en particular contra la Iglesia
católica, no porque tenga argumentos racionales válidos sino porque está
persuadido de que la fe cristiana se opone y contradice
a todo lo humano y hace infeliz al hombre; por
eso describe a la Iglesia y a la moral cristiana
como antinatural, restrictiva y opresora. El cristianismo ofrecería, en el
mejor de los casos, un ser humano disminuido; debe, por
tanto, ser excluido de la vida pública y social. ¡El
cristianismo, esa negación de vida convertida en religión!, exclama Nietzsche
(El caso Wagner, 2) y llega al extremo de repudiar
todo lo que huela a moral y a autodefinirse como
el primer inmoralista del mundo (Por qué soy un destino,
2). Rechaza no sólo la moral cristiana, sino también la
ética natural, cimentada en principios comunes y universales como es
el Decálogo, dando pie a la degradación del ser humano
y a la desintegración social.
B. Destrucción del orden moral
Palabras prohibidas.
13.
Para el “intelectual” laicista y desacralizado, términos como Dios, mandamientos,
ética, moral, amor, valor, alma, conciencia, virtud, deber, fidelidad, etcétera,
deben ser excluidos del vocabulario oficial; son palabras prohibidas en
el diccionario laicista. Se ha introducido además en la vida
pública la moda de inventar vocablos o giros lingüísticos para
desvirtuar el peso moral de los contenidos de las acciones
implicadas, por ejemplo, a la anticoncepción se le llama “salud
reproductiva”, al aborto “interrupción del embarazo”, al embrión humano simple
“producto” o se habla erróneamente de “pre-embrión”; con el pretexto
de luchar contra el machismo y la discriminación de la
mujer (que buena falta nos hace), negando el hecho biológico
y privilegiando el cultural, se reinventa la noción de género
(ideología de género, equidad de género, etcétera) los cuales no
serían sólo dos como los sexos (o tres con el
neutro gramatical), sino toda una constelación: masculino, femenino, homosexual-lesbiano, bisexual,
transexual, etcétera, dando carta de ciudadanía a la promiscuidad y
a la degradación sexual, como en el más puro paganismo
que describe San Pablo en su carta a los Romanos
(Cf. Rm 1, 24-32). La equivocidad y la confusión en
el lenguaje acompaña siempre a la demagogia y a la
manipulación social.
Ataque a las instituciones.
14. Con particular encono se
atacan las instituciones básicas y fundantes de la sociedad como
son el matrimonio y la familia, las cuales, siendo patrimonio
común de la humanidad, la Iglesia protege y enriquece con
los valores propios del Evangelio, sin quitarles su bien propio
y natural. Pero el laicismo aborrece no sólo la moral
cristiana sino la misma ley natural y, en nombre del
pluralismo y de la tolerancia, aplaude todo género de uniones
y formas aberrantes de convivencia, a las que pretende dar
en las leyes el mismo rango jurídico y social que
al matrimonio natural y a la familia. En esta vuelta
al paganismo, habría que incluir toda una galaxia de doctrinas
y prácticas de moda como son el exagerado cuidado del
cuerpo y la exaltación de la sexualidad y del placer
sin compromiso ni responsabilidad; el endiosamiento de los cultos y
rituales paganos, autóctonos o extranjeros; el sometimiento a las fuerzas
de la naturaleza con el nombre de vibraciones, astrología, nueva
era, curanderismo y prácticas supersticiosas y pseudomísticas; en una palabra,
el renacimiento de la superstición con la ayuda de la
mercadotecnia. Todas estas prácticas primarias y rupestres son una especie
de erupción del alma primitiva que ofrece un variadísimo tianguis
religioso que el laicismo acepta y propaga, consciente o inconscientemente,
confundiendo la libertad de creencias con la banalidad y el
engaño.
Los laicos y el laicismo.
15. Pero, si miramos al
interior de la comunidad creyente, podemos observar que no está
exenta de este prejuicio y de este error, sino que
el laicismo, en buena parte al menos, está incrustado en
la entraña misma del catolicismo nacional. La separación entre la
fe y la vida, entre lo que se cree y
lo que se practica, es una de las llagas más
dolorosas que tiene que soportar la santa Madre Iglesia. El
llamado catolicismo sociológico -el aceptado por tradición y poco ilustrado-
supera en número al convencido y genera unos adeptos indecisos
y apáticos, fácilmente manipulables, en muchas ocasiones temerosos de aparecer
en público como creyentes. Las leyes antirreligiosas obligaron a los
católicos a disimular su fe y a esconder su práctica.
Pero, ¿no fue el Concilio Vaticano II quien, con toda
su autoridad, resaltó el protagonismo de los fieles laicos y
les encargó gestionar y ordenar los asuntos temporales según Dios,
defendiendo su índole secular, para que cooperen a dilatar en
el mundo el Señorío de Cristo y así cumplan su
vocación y se salven? (Cf LG 31, 35, GS 43).
Diez años después, el Papa Pablo VI les recuerda que
su campo de acción está en el corazón del mundo
y de las más variadas realidades temporales (EN, 70) y
Juan Pablo II les señala que el mundo es el
ámbito y el medio de su vocación, de su santificación
y de su salvación (Cf CFL, 17). Los Obispos de
México lo subrayamos también de manera apremiante en nuestra carta
pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos
(Cf. Nos. 270-305), porque, si la luz no alumbra y
la sal no da buen sabor debe ser desechada y
pisoteada por la gente, decía Jesús.
C. El Cristianismo: un
gran sí al amor y a la vida
Jesucristo, el “amén”
del Padre.
16. El Papa Benedicto XVI corrige esta apreciación tan
lastimosa y va a la raíz misma del laicismo contemporáneo.
En su carta encíclica no menciona la palabra pecado; y
no es porque no le interese la ley moral, o
no deban enderezarse los comportamientos humanos equivocados, sino porque el
Papa quiere subrayar que el cristianismo no arranca de una
doctrina o de un sistema intelectual o moral, por más
sublime que sea, sino del encuentro gozoso con una Persona
viviente y real, Jesucristo. No se comienza a ser cristiano
–dice en su encíclica- por una decisión ética o una
gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con
una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida
y, con ello, una orientación decisiva (No. 1); y les
aclaraba recientemente a los fieles de Roma: La fe y
la ética cristiana no quieren sofocar, sino sanar, hacer fuerte
y libre el amor. Este es el sentido de los
diez mandamientos, que no son una serie de “noes” sino
un gran “sí” al amor y a la vida. La
razón le asiste toda al Papa y le agradecemos el
recordárnoslo con tan claras palabras. En efecto, en la sagrada
Escritura, Jesucristo es llamado el Amén del Padre, el que
dijo sí a su voluntad y la cumplió con amor,
a tal grado que la consideró su alimento cotidiano. Si
buscamos de donde le viene al hombre el poder amar
a Dios, la única razón que encontramos es porque Dios
lo amó primero, decía san Agustín (Serm. 34, 1). Porque
el hombre experimentó primero el amor de Dios, que le
salió al encuentro en una persona concreta y real que
se llamó Jesucristo, por eso sus mandamientos no son pesados
y su carga es ligera; o, como diría también san
Agustín, quien cumple la ley, no está bajo la ley,
sino con ella (In Jo. 3,2), la hace su compañera
y guía de camino, su alimento y su gozo.
Lo
que queremos anunciar.
17. Vemos, pues, que el amor cristiano no
nace de una obligación, de un deber, sino de un
encuentro gracioso, de una gratitud. El no que llevan consigo
los mandamientos se desprende de un sí gozoso a la
voluntad de Dios y del encuentro amoroso con su Hijo
Jesucristo. Al aceptar el hombre a Jesucristo necesariamente se sigue
el rechazo de otros maestros y doctrinas, como el hallazgo
de la perla preciosa conlleva la venta de los cachivaches.
Lo acaba de reiterar el Papa Benedicto XVI: Despertar el
valor de atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad
son las únicas que permiten crecer, caminar hacia delante y
alcanzar cualquier objetivo importante en la vida; las únicas que
no destruyen la libertad, sino que ofrecen la justa dirección
en el espacio. Arriesgar esto, este salto -por así decir-
en definitivo, y con ello acoger plenamente la vida, esto
es algo que quisiera poder comunicar (Radio Vaticana, entrevista el
día 5 y 13 de agosto, 2006). Esto es lo
que nosotros quisiéramos también poder trasmitir y comunicar.
El corazón de
la fe cristiana.
18. La frase de San Juan Dios es
amor (1 Jo 4, 16) expresa, según el Romano Pontífice,
con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana; por
eso -añade- deseo hablar del amor, del cual Dios nos
colma y que nosotros debemos comunicar a los demás (No.
1). Se trata, pues, del ser o del no ser
cristiano, según se acepte esta enseñanza y se viva esta
experiencia, o no. Para evitar cualquier confusión, el Papa comienza
esclareciendo la tan sublime y a la vez tan tristemente
manoseada palabra amor. Los griegos lo llamaban eros y lo
entendían como la atracción motivada por la pasión de los
sentidos hasta la embriaguez pseudomística; sus manifestaciones eran desde las
orgías públicas en los cultos al dios Dioniso, hasta la
prostitución sagrada en los templos y los rituales esotéricos de
los círculos de iniciados. Así se experimentaba y vivía el
amor-eros antes de Cristo, en el paganismo. Según Nietzsche, el
cristianismo vino a envenenar este amor y a destruir la
felicidad del hombre (Cf. Más allá de bien y del
mal, IV, 168). El Papa responde que no es así.
El cristianismo no vino a suprimir el eros, ni a
envenenarlo, sino a elevarlo y orientarlo hacia su plenitud; lo
convirtió en ágape, en amor oblativo y donación plena que
comienza por los sentidos –eros-, pero que se purifica y
transforma en ágape por la gracia de Cristo.
El rostro
humano de Dios.
19. Cristo no quita nada, sino que lo
da todo, dijo el Papa Benedicto XVI a los jóvenes
durante su visita a Colonia. ¿Cómo es esto posible? Responde
el Romano Pontífice: Por el misterio de la Encarnación del
Hijo de Dios. Cuando el Hijo eterno de Dios asume
la naturaleza humana en el seno de la Virgen María,
Dios, que es amor, toma carne y figura humana y
asume, purifica y eleva todo lo humano, comenzando por el
eros, el amor pasional humano, y lo trasforma en amor
divino y sobrenatural. Así Dios se desposa con la humanidad
con vínculo indisoluble y todo lo humano queda impregnado con
la luz de la divinidad. Cristo es el rostro humano
de Dios y el rostro divino del hombre, decía el
Papa Juan Pablo II.
La imagen humana más perfecta del
amor divino se da en la unión conyugal; por eso
se habla del desposorio del Hijo de Dios con la
humanidad en el misterio de la Encarnación y, en Cristo,
el amor humano se transforma en divino. El encuentro definitivo
de los redimidos con Cristo se describe en el libro
del Apocalipsis como la fiesta de bodas del Cordero (Cf.
Ap 21, 9s). Como los esposos son una sola carne
sin perder su propia identidad, así, en Cristo y por
Cristo, se unen los opuestos sin desaparecer: lo humano con
lo divino, el cielo con la tierra, el espíritu con
la materia, el hombre con la mujer, el eros en
el ágape. En Él (Cristo) tienen su consistencia todas las
cosas, las del cielo y las de la tierra, enseña
San Pablo (Col. 1, 17), y en esta acción re-creadora
de Dios en Cristo consiste la redención y la salvación.
En Cristo el hombre y la creación entera han llegado
a su plenitud.
El rostro divino del hombre.
20. En esta unión
no desaparece el cuerpo ni la atracción sexual, sino que
ésta asume formas superiores de expresión y es trasformada por
la presencia del ágape en amor que se entrega de
manera total y definitiva. Todo y para siempre. Sólo el
ágape proporciona felicidad porque apunta hacia la eternidad. El amor
humano queda divinizado en Cristo y se convierte en fuente
de santificación para quienes están y permanecen unidos en Él.
El amor conyugal y el amor al prójimo son las
dos grandes fuentes de santificación para el hombre y la
mujer, para todo cristiano. El cristianismo no envenena el eros
sino que lo asume, lo purifica y lo eleva hasta
dimensiones inimaginables de grandeza y dignidad, hasta Dios. Para que
el eros consiga este noble fin hace falta una purificación,
una maduración, que incluye también una renuncia. Esto no es
rechazar el eros ni “envenenarlo”, sino sanearlo para que adquiera
su verdadera grandeza, porque el eros, degradado a puro “sexo”
se convierte en mercancía, en simple “objeto” que se puede
comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma
en mercancía (No. 5). Esta elevación y transformación del amor
es la aportación específica del cristianismo y el servicio inmenso
que ofrece la Iglesia católica a la dignidad de la
persona humana y a la misma humanidad. El laicismo, en
cambio, como toda ideología, termina convirtiendo al hombre en mercancía.
Lo comprobamos fácilmente al ver la manera cómo se enfoca
hoy en día el problema de la prostitución, cuya maldad
intrínseca se minimiza y volatiliza dándole al oficio el nombre
de sexo-servicio, pretendiendo cubrir la explotación de la mujer y
la afrenta a su dignidad con la máscara de un
servicio social remunerado. Se pervierte la dignidad de la mujer
y la del trabajo humano.
El evangelio del eros transformado en
ágape.
21. Esto, decía el Papa, es lo que quisiera comunicar,
lo que los católicos debemos anunciar y pregonar; esta es
la buena nueva, el evangelio del eros elevado y transformado
en ágape, que nos trajo Jesucristo con el misterio de
su Encarnación y redención. De esta valoración de la dignidad
de la persona y del aprecio por el amor humano
purificado, viene el rechazo de la Iglesia a todo lo
degradante y vil, a todos los métodos violentos y antinaturales
de enfocar el origen, transmisión y custodia de la vida,
la educación del hombre y el progreso humano.
Porque el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado (GSp 22), la Iglesia tiene encomendado el cuidado
del hombre como tarea irrenunciable y esencial. Esta es la
buena nueva que el cristianismo anuncia mediante la Iglesia y
lo que el laicismo intransigente no acepta, ni parece interesarle
entender. No lo hace porque la defensa de la dignidad
humana y de su trascendencia no es lucrativa en lo
económico ni eficaz en lo práctico ni correcta en lo
político ni popular en lo social; estos valores deben, por
tanto, ser eliminados de las políticas públicas en el campo
de la salud, de la educación y en los medios
de comunicación.
Esta es la filosofía que campea en el
ambiente desacralizado de la cultura pública y de la política
nacional, y de la cual hace alarde el laicismo oficial.
La guerra del dios Dionisos contra el Crucificado es frontal,
como lo anunciaba el filósofo alemán al final de su
obra Ecce Homo.
D. Frutos amargos del laicismo
El laicismo intransigente.
22.
Las consecuencias prácticas que se desprenden de esta concepción laicista
de la vida en su expresión intolerante, son múltiples. Señalaremos
algunas de manera sucinta, a modo de ejemplo, aunque cada
una requeriría un análisis mayor.
a) Laicismo y moral. Como
para el laicismo no hay ley moral estable que valga,
sea la cristiana o la simplemente natural, cualquier precepto o
límite a la conducta humana, sobre todo en el campo
de las ciencias, se considera como injerencia indebida y enemiga
del progreso; esto sucede particularmente en la esfera de la
vida: anticoncepción, aborto, clonación de seres humanos, manipulación de embriones,
fecundación in vitro, etcétera. Al separar la ética de la
técnica y la moral de la ciencia, nada importa ya
el derecho irrestricto a la vida humana o la dignidad
de la persona, con tal de lograr un “progreso” que,
al final, se volverá necesariamente contra el mismo hombre. No
todo lo que es técnicamente posible es moralmente admisible. Quien
defienda, en cambio, el aborto, la píldora del día siguiente,
la experimentación con embriones humanos, etcétera, se le reconocerá como
“progresista”, con un coro internacional de aplaudidores; a la Iglesia,
en cambio, fiel protectora del derecho irrestricto a la vida
y de la dignidad humana, se le tachará de conservadora,
insensible y enemiga del progreso. Lo mismo sucederá con los
gobiernos y sus gobernantes.
b) Laicismo y democracia. En el campo
de lo social, se presenta a la Iglesia como incompatible
con la democracia, pues no está configurada en su estructura
interna según este modelo sociológico y político al que pretende
apoyar. Esto sucede simplemente porque no la pensó así su
fundador Jesucristo; además, se le recuerda que el respeto debido
al pluralismo democrático exige que se gobierne para todos, no
nada más para los católicos; y esto es verdad, sólo
que no se puede olvidar que se debe gobernar también
para los católicos, es decir, respetando sus convicciones y sus
derechos; de otro modo, se gobierna sólo para algunas minorías
y se excluye a la mayoría, lo cual es antidemocrático.
Esta es una objeción totalmente desenfocada, enredándose el laicismo en
sus propias redes.
c) Laicismo y educación. Lo mismo pasa
en el campo educativo. Es atributo y deber del Estado
el ordenar la educación pública, pero esta atribución está siempre
subordinada al derecho primario de los padres a elegir el
tipo de educación que desean para sus hijos (Cf. ONU,
Declaración Universal..., 1948, No. 26.3). La razón es muy sencilla:
porque los hijos no son del Estado, sino de sus
padres y éste es un derecho natural e intransferible. Por
eso también lo defiende la Iglesia. El Estado no tiene
por qué imponer su gusto al deseo de los progenitores.
Lo normal y justo sería que, a nivel de primaria
y secundaria al menos, la educación fuera según las convicciones
morales y religiosas de los padres de los alumnos, todos
con igualdad de servicios y prestaciones. Esto sería equidad educativa.
A nivel superior, se esperaría una educación científica y de
calidad, no beligerante contra las respectivas creencias y tradiciones religiosas
de los alumnos. Entre la clase dirigente, a consecuencia de
la mentalidad difundida por la ilustración y el positivismo, sólo
lo que cae bajo la experiencia sensible o es comprobable
en el laboratorio, tiene carácter científico. Este criterio, por sí
mismo empobrecedor, excluye el problema de Dios y de la
religión, presentándolo como acientífico o precientífico. Por esta razón, tanto
la moral como la religión no tienen cabida a priori
en la educación oficial; sólo el sujeto y de acuerdo
con su experiencia y sensibilidad, puede decidir lo que considera
religiosa o éticamente válido; por tanto, a la religión y
a la ética no se les reconoce -contra la experiencia-
capacidad social de crear comunidad.
Ante esta manera de pensar
bien valdría la pena preguntarnos, ¿pueden los gobernantes legislar contra
el sentir de la mayoría, contra las tradiciones y el
patrimonio común de un pueblo, contra la estructura social y
moral que ha sostenido la vida de una nación? Es
saludable que las tradiciones se enriquezcan con nuevos aportes, pero
no es prerrogativa del gobierno imponer la ideología propia, generalmente
la del grupo en el poder, usando todo el aparato
jurídico, educativo y propagandístico del Estado. Esto es contrario a
la democracia e inicio del totalitarismo.
d) Laicismo y sexualidad.
En el campo de la sexualidad se tocan muchas cuestiones
morales de suma importancia. La sexualidad humana no es sólo
biología, genitalidad, sino que implica comportamientos y relaciones que inciden
de manera determinante en la vida íntima, afectiva y social
de niños y jóvenes; el sexo, en cierta manera, define
a la persona y su desarrollo futuro como hombre o
mujer y afecta gravemente a toda la sociedad. Lleva siempre
una connotación moral que corresponde en exclusiva a los padres
de familia en su fase inicial. Separar la educación sexual
de la ética es desnaturalizarla y, cuando lo hace el
Estado, es injerencia indebida. Más aún, se dan intromisiones inaceptables
cuando en los textos o en las cátedras se emiten
juicios morales que afectan la conciencia sobre determinados actos o
se desautoriza a los padres y a la Iglesia. La
incitación prematura al uso de la sexualidad sin valores y
sin responsabilidad, genera problemas sociales gravísimos como son los embarazos
de adolescentes a los que se ofrecen “remedios” agresivos contra
la vida y la dignidad (el aborto o la píldora
del día siguiente, etcétera), en lugar de proporcionar valores en
la formación. La subsidiariedad exige que el Estado apoye, no
substituya y mucho menos suplante, a los padres de familia.
e)
Laicismo y política. En el terreno de lo político se
suele asociar a la Iglesia con tendencias llamadas de derecha.
Las nomenclatura “derecha” o “izquierda” no proceden de la Doctrina
Social de la Iglesia ni del lenguaje eclesiástico, sino de
los partidos políticos; ellos son los que se clasifican y
califican a los demás, incluida la Iglesia, según sus apreciaciones
y conveniencias. La Iglesia ni las acepta ni las utiliza.
Cuando la Iglesia invita a respetar y a obedecer a
la autoridad legítima, no lo hace porque sea de derecha
o de izquierda, sino porque dicha autoridad fue elegida por
el pueblo y así lo determinaron las leyes e instituciones
que el pueblo mismo se ha dado mediante sus representantes.
Lo demás es demagogia para sacar ventaja y lo mismo
debe decirse de la utilización de las imágenes y del
lenguaje religioso con fines partidistas. La Iglesia no acata a
la autoridad por su color político, sino por la legitimidad
que le da el pueblo al elegirla libremente; por otra
parte, la historia demuestra que la comunidad católica ha sufrido
vejaciones por regímenes de todos los colores.
Quien rechaza obedecer
a la autoridad que actúa según el orden moral «
se rebela contra el orden divino » (Rm 13,2). Análogamente
la autoridad pública, que tiene su fundamento en la naturaleza
humana y pertenece al orden preestablecido por Dios, si no
actúa en orden al bien común, desatiende su fin propio
y por ello mismo se hace ilegítima, enseña la Doctrina
Social de la Iglesia. (Compendio, 398).f) Laicismo y Magisterio eclesiástico.
Finalmente, la Iglesia siempre ha exigido su derecho a emitir
juicios morales en las diversas circunstancias de la vida de
los ciudadanos, incluido el campo de la política; esto lo
hace para iluminar la conciencia de los católicos en asuntos
tan importantes como es el bien moral de la sociedad.
Es algo totalmente legítimo, pues es atribución de los Pastores
recordar a quienes profesan la misma fe, el deber de
ser coherentes con las creencias que libremente han aceptado. Seguirlas
o no será siempre acto responsable y comprometedor de la
libertad de cada uno en orden a su salvación.
Como el
laicismo no reconoce validez ni da importancia al campo de
la moral, que es donde se mueve la Iglesia, estos
juicios los reduce simplistamente a meterse en política, sin más.
No acepta la distinción básica que hace la DSI entre
la política en sentido amplio que mira al bien común
y que interesa a la Iglesia y a sus Pastores
(Cf. DP, 521) y la política partidista, campo propio de
los fieles laicos. Insistimos:
La Iglesia no se arroga ingerencia
alguna en el ordenamiento de la sociedad civil, cosa que
no le corresponde, sino que emite juicios morales para el
comportamiento recto de sus hijos. Es su campo específico, ni
más ni menos. Los católicos somos respetuosos de los ordenamientos
sociales justos, estamos dispuestos a vivir en paz con todos
y a colaborar activamente en el campo del bienestar general.
No reclamamos privilegios pero tampoco aceptamos discriminaciones; es de justicia
que se reconozca el aporte valioso que hace la comunidad
católica a la sociedad. Amamos a Dios, a la Iglesia
y a México y estamos empeñados, con cualquier ciudadano de
buena voluntad que nos quiera acompañar, en la construcción de
una patria mejor.
II. La Iglesia y la democracia
“Una auténtica
democracia es posible solamenteen un Estado de derecho y sobre
la base de la rectaconcepción de la persona humana” (Juan
Pablo II).
A. La laicidad del estado
Descripción de la Democracia.
23. Llegados a este punto, es necesario detenernos a considerar
más de cerca la relación que guarda la Iglesia con
el sistema democrático que se busca instaurar entre nosotros. Buscaremos
esclarecer, como advertíamos en la introducción, algunos de los términos
de la DSI que suelen generar confusión y dificultan el
común entendimiento. Como es bien sabido, la Iglesia católica ha
convivido con los más diversos regímenes sociales y políticos en
las más variadas circunstancias de su milenaria historia; ahora, en
nuestra patria, convive con un incipiente régimen democrático, que se
va consolidando con dolor. Por su etimología, democracia significa el
señorío o dominio del pueblo. En la clásica denominación aristotélica
se distinguen: monarquía, aristocracia y democracia.
La democracia, en su
acepción moderna, supone una teoría política basada en la división
de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, constitutiva del “Estado de
derecho”. Es un sistema de gobierno opuesto a los regímenes
absolutistas y totalitarios y se distingue por la participación ciudadana,
que elige y cambia a sus gobernantes y requiere de
la existencia de partidos y del ejercicio libre del voto
ciudadano; implica, por igual, la tutela de los derechos y
el cumplimiento de las obligaciones.
El Papa Pío XII (Radiomensaje
de Navidad, 1944) expresó, no sin ciertas cautelas, una valoración
positiva de la democracia; siguieron muchas aclaraciones de los Papas
Juan XXIII y Pablo VI en sus Encíclicas sociales, pero
fue el Papa Juan Pablo II quien en la Centesimus
annus (No.46) manifiesta abiertamente su complacencia con el régimen democrático
en cuanto asegura a los ciudadanos la posibilidad de elegir,
controlar y sustituir de modo pacífico, cuando así lo exija
el bien común, a sus propios gobiernos. Sin embargo, aclara
con insistencia que la democracia, para ser auténtica, necesita como
condición indispensable la vigencia del Estado de derecho y de
una correcta concepción de la persona humana. Así entendida, la
democracia es aceptada y alabada por la Iglesia no como
un fin en sí misma, sino como un medio e
instrumento valioso para lograr el bienestar general o bien común.
La democracia moderna.
24. La democracia, tal y como la conocemos
sobre todo en Occidente, hunde sus raíces en el sistema
de valores propios del cristianismo; de hecho, se ha consolidado
en los países de origen y cultura cristiana y católica.
En nuestra patria es apenas conocida y practicada y, al
haber nacido marcada por la ideología liberal inspirada en el
positivismo jurídico y contraria al derecho natural, necesariamente condujo a
la separación y enfrentamiento entre el orden jurídico y el
orden ético, hasta desembocar en el relativismo moral. Así se
explica que, en el ordenamiento de la nación, permanecieron en
la Constitución leyes abiertamente hostiles a la libertad de expresión,
de asociación y de religión. Así se originó la anticultura
de la ´simulación forzada´ que no sólo devaluaba el sentido
de las leyes, obligando a componendas o a vivir al
margen de ellas o a ignorarlas, sino al deterioro mismo
del sentido de la ley justa, del papel de la
autoridad y de las formas en las que la sociedad
debe vivir y organizarse dentro del orden jurídico, señalamos los
Obispos de México en la Carta pastoral: “Del encuentro con
Jesucristo a la solidaridad con todos” (No. 40).
Esta descripción
corresponde a un Estado no de derecho, sino antidemocrático y,
por tanto, generador de marginación; por eso añadimos: Lo más
lamentable de esta etapa no fue tanto que marginaran a
la Iglesia quienes detentaban el poder político, sino la paulatina
automarginación de muchos católicos del mundo de la política, de
la economía y de la cultura en general (Ibid. No.
42). Esta situación a nadie beneficia, pues empequeñece al creyente
y debilita al Estado; es necesario, por tanto, que los
fieles católicos, para buscar el remedio oportuno a estos males
sociales, tengan en cuenta lo siguiente:
1°) La sana autonomía
de las realidades temporales. El Concilio Vaticano II proclamó la
sana autonomía de las realidades temporales respecto de la religión
o de la fe, es decir, el reconocimiento que las
ciencias humanas tienen sus propias leyes y normas, que proceden
conforme a determinados principios que les son propios y necesarios
para su particular desempeño. Estas leyes intrínsecas a cada ciencia
o arte, el hombre las va descubriendo con la luz
de su razón y ordenando con su esfuerzo hacia su
propio fin, que no es otro que el bien del
mismo hombre (Cf. GSp., 36); así tributa gloria al Creador
porque, como enseña san Ireneo, la gloria de Dios es
que el hombre viva. Esta sana autonomía en el campo
de la organización social es lo que se llama “Estado
laico” y es una condición indispensable para que el político
creyente pueda expresarse conforme a su conciencia.
2°) Esta autonomía
no es absoluta. Como estas leyes internas a cada ciencia
o arte tienen su origen en el Creador y están
ordenadas al bienestar general y trascendente del hombre, esta autonomía
no es absoluta, sino que está sujeta, para su feliz
realización, a la observancia del orden moral querido por Dios.
No todo lo que es posible es de provecho ni
está permitido hacerlo. Este orden moral y trascendente es el
que el hombre debe siempre respetar, haciendo uso responsable de
la libertad y de la recta razón. De la observancia
del orden moral superior nadie se puede dispensar sin grave
ofensa al Creador y sin daño personal y social en
esta vida, pues la criatura, sin el Creador desaparece (GSp.
36).
La fe católica enseña que la negación de Dios
conduce al deterioro de la creatura y la DSI lo
explica diciendo que el hombre es sólo administrador, no dueño,
mucho menos señor despótico de los bienes de la creación.
3°) La sana laicidad del Estado, legítima y provechosa. El
fiel católico puede escoger el partido político y el ordenamiento
social que juzgue mejor para conseguir el bien general, con
tal que no contradiga el orden moral basado en la
dignidad y respeto de la persona humana y, consecuentemente, en
su propia fe. Lo decimos con palabras del Papa Benedicto
XVI al presidente del Senado italiano, Marcello Pera:
Parece legítima
y provechosa una sana laicidad del Estado, en virtud de
la cual las realidades temporales se rigen según normas que
les son propias, a las que pertenecen también esas instancias
éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del
hombre (17 Oct., 2005). La laicidad del Estado es legítima
y provechosa siempre y cuando sea sana, es decir, no
contaminada con ideologías que la extralimitan y desvirtúan. Sin una
autoridad moral superior a la esfera del Estado, éste se
convierte en amo y señor y la libertad queda avasallada.
4°) Una laicidad positiva. Una consecuencia importante consiste en que
el fiel católico que participa en política o interviene de
cualquier manera en la vida pública, no actúa ni como
representante de la Iglesia, ni como mandatario de la misma,
ni como apoderado de sus intereses espirituales o materiales, sino
que interviene en el ordenamiento de la sociedad por propio
derecho en vistas al bienestar general, es decir, de todos
los ciudadanos sin distinción. Un auténtico hijo de la Iglesia
no niega su fe, ni la oculta, pero tampoco la
utiliza para fines políticos o de gobierno. El fiel católico,
con su participación en el campo político y social, no
pretende un gobierno o un estado confesional; al contrario, contribuye
a la creación de un verdadero y auténtico Estado laico:
respeta toda opción religiosa sin imponer la suya. Esto mismo
se espera de cualquier gobernante de otra creencia o religión.
Lo explica el Papa Benedicto XVI al senador Pera:
Un
Estado sanamente laico también tendrá que dejar lógicamente espacio en
su legislación a esta dimensión fundamental del espíritu humano: ese
´sentido religioso´ con el que se expresa la apertura del
ser humano a la Trascendencia. Se trata, en realidad, de
una ‘laicidad positiva’, que garantice a cada ciudadano el derecho
de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso
en el ámbito público. Un funcionario público, como cualquier ciudadano
y cualquiera que sea su creencia religiosa, debe gozar de
la plena libertad de practicarla tanto en público como en
privado, solo o de manera asociada; negarle a un ciudadano
o limitarle este ejercicio de su fe por ejercer algún
puesto publico, es violar un derecho humano fundamental e incurrir
en la intransigencia (Cfr. ONU, “Declaración universal...”, No 18).5°) Laico,
es decir, aconfesional. Otra consecuencia importante que se desprende de
lo dicho, consiste en que el Estado sanamente laico es
aquel que respeta toda creencia o confesión religiosa, pero no
inmiscuye ni la suya ni ninguna otra en la vida
pública. Cada ciudadano, incluido el gobernante, tiene el derecho de
profesar su propia fe, tanto en público como en privado,
sin que nadie se lo pueda impedir, pero tampoco debe
imponerla a los demás ni utilizarla con fines partidistas.
El
Estado sanamente laico no tiene religión oficial, ni es confesional,
pero tampoco es neutral porque, pretender ser neutral en el
campo de los valores, es una ficción; mucho menos es
antirreligioso, sino aconfesional. Dice la Carta pastoral de los obispos:
El Estado laico no impone ninguna propuesta religiosa de modo
institucional sino que trabaja activamente a favor del derecho a
la libertad religiosa de las personas y de las iglesias
(Del encuentro..., No. 274); y explica: Entendemos la laicidad del
Estado como la aconfesionalidad basada en el respeto y promoción
de la dignidad humana y por tanto en el reconocimiento
explícito de los derechos humanos, particularmente del derecho a la
libertad religiosa (Ibid. 279).
B. La laicidad negativa
La autonomía no se
extiende al campo moral.
25. Descrita así la sana laicidad o
laicidad positiva del Estado, es necesario describir la laicidad negativa
o enfermiza, y distinguir cuidadosamente entre laico y laicista (y
entre laicidad y laicismo), pues de aquí provienen las confusiones
y los malentendidos que no nos dejan avanzar en el
común entendimiento y en el respeto integral a los derechos
humanos. Dijimos que el fiel laico que interviene en la
vida pública, goza de autonomía en el ámbito político y
que su fe y su Iglesia no le imponen ninguna
preferencia partidista ni un sistema de gobierno en especial. Él
busca, promueve y participa en el partido político o en
el gobierno que, según sus alcances y convicciones, mejor promueve
el bien de la comunidad. No espera para asumir su
compromiso político ninguna directiva inmediata de su Iglesia, ni actúa
en su nombre; éste es su derecho y su responsabilidad
inalienables. Pero también debe saber que esta autonomía no se
extiende a la esfera moral, porque ésta se fundamenta en
la inviolable e inmutable dignidad de la persona humana, y
no olvida que su fe le proporciona otros valores superiores
necesarios para la vida social como son el perdón, la
gratuidad, la hospitalidad, la solidariedad, etcétera.
No afirmamos que la
moral pública se fundamente en los dogmas de la fe
o, como suelen decir, en “valores confesionales”, sino en la
dignidad de la persona humana, que se expresa en los
preceptos de la ley natural, común a todos los hombres
y a todas las grandes religiones, pero siempre debe quedar
abierta la posibilidad de practicar los valores cristianos, salvaguardada la
paz y el orden social. El gobernante laico debe gobernar
para todos, pero también para los cristianos.
La revelación perfecciona,
no substituye a la razón.
26. Los católicos sabemos que la
revelación divina tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, confirma
y esclarece pero no anula ni cambia la naturaleza de
esta ley natural. Por tanto, el fiel laico auténticamente libre
y responsable es el que respeta y observa el orden
querido por Dios, es decir, la ley natural que tutela
la dignidad de la persona humana y sus derechos inviolables.
Lo dice el Papa Benedicto XVI en su carta encíclica
“Dios es Amor”: La doctrina social de la Iglesia argumenta
desde la razón y el derecho natural, es decir, a
partir de lo que es conforme a la naturaleza de
todo ser humano (No. 28). Cuando se ignora la distinción
entre ley natural y revelación divina, entre orden moral natural
(expresado en el Decálogo) y contenidos de la fe (enumerados
en el Credo), y se desconocen sus mutuas relaciones, se
generan las confusiones en las que por décadas hemos vivido.
Lo que retrae a un ciudadano católico de apoyar a
un determinado partido o candidato no es en primer lugar
su Iglesia o su fe, sino su conciencia, que le
exige respetar el orden moral natural y, en concreto, la
dignidad de la persona humana y sus derechos irrenunciables, anteriores
a su propia fe y, por supuesto, anteriores al Estado.
En la obediencia a la conciencia radica su responsabilidad y
su dignidad.
Exigencias éticas irrenunciables.
27. La Congregación para la Doctrina de
la Fe recuerda que “ante estas exigencias éticas fundamentales e
irrenunciables, los creyentes deben saber que está en juego la
esencia del orden moral, que concierne al bien integral de
la persona”, y enumera las siguientes:
a) “Las leyes civiles
en materia de aborto y eutanasia..., que deben tutelar el
derecho primario a la vida desde su concepción hasta su
término natural.
b) El deber de respetar y proteger los
derechos del embrión humano.
c) La tutela y la promoción
de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas
de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad,
frente a las leyes modernas del divorcio...
d) La libertad de
los padres en la educación de sus hijos es un
derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los
derechos humanos.
e) La tutela social de los menores y las
víctimas de las modernas formas de esclavitud: droga, prostitución...
f)
El derecho a la libertad religiosa.
g) El desarrollo de
una economía que esté al servicio de la persona y
del bien común, y h) El gran tema de paz
que, ‘como obra de la justicia y efecto de la
caridad´, exige un rechazo radical y absoluto de la violencia
y del terrorismo” (“El compromiso y la conducta de los
católicos en la vida política”, No. 4). Estos son los
cimientos que sostienen el edificio de la sana convivencia social
y el futuro venturoso de la humanidad.
El laicismo.
28. El
laicista o el laicismo no admite, por lo general, estar
sujeto a normas morales estables e inmutables, sino que profesa
el positivismo jurídico y el relativismo moral, y sostiene que
los valores sociales y las normas morales se establecen mediante
un “pacto social”, es decir, por consenso ciudadano, por el
voto de la mayoría o por la utilidad del momento.
El laicista extiende así ilegítimamente las reglas de la democracia
al campo de la moral, al ámbito de la conducta
humana, propiciando un relativismo moral que ha permitido a los
poderosos y a los dictadores de todo género cometer los
mayores crímenes de la historia. Un laicista como el descrito,
cuando asume el poder, se convierte fácilmente en dictador, aunque
sea disfrazado, y en el ámbito de las ideas profesa
un laicismo intransigente que lo lleva a negar a los
demás las libertades que reclama para sí. En otras palabras,
hace del laicismo una verdadera y auténtica “religión laica”, excluyente
y antidemocrática. Fundamentalista, se dice ahora. Si al Estado sanamente
laico bien podemos calificarlo de bendición (Bendito Jesús que separó
al César de Dios), del laicismo intransigente lo menos que
podemos decir es que es una aberración (Hacer del César
un dios). Es una constatación histórica irrefutable que el tirano
comienza siempre por saquear los templos, como advierte Platón (La
República, Libro VIII), y prosigue combatiendo a la religión para
reducirla a su mínima expresión. Nuevamente llamamos al Papa Benedicto
XVI para que nos ilumine: El Estado -dice- no puede
imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y
la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la
Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su
parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada
en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos
esferas distintas, pero siempre en relación recíproca (“Dios es amor”,
No. 28).
C. Los fieles católicos laicos
Decálogo, patrimonio de la
humanidad.
29. El laico católico respeta y se propone salvaguardar y
cumplir la ley moral natural, común a todas las grandes
religiones. Esta ley natural no se identifica con ninguna creencia
religiosa en particular, ni siquiera con la religión católica aunque
ésta la proclame en toda su integridad y la defienda
con particular empeño. La expresión privilegiada de esta ley natural
se encuentra en el Decálogo (Cf. Catecismo, No. 2070), que
también fue objeto de revelación de parte de Dios en
el Sinaí y fue perfeccionado por Cristo en el Sermón
de la Montaña; pero, esta revelación sinaítica a Moisés y
el perfeccionamiento evangélico de Jesús, no le cambian su naturaleza
fundamental de expresión de la ley natural, común a toda
la humanidad, grabada antes que en tablas de piedra en
el corazón del hombre y que obliga en conciencia a
todos y en todas partes, es decir siempre. La observancia
de esta ley natural, aceptada por todas las grandes religiones
del mundo, es de tal trascendencia que de ella depende,
por caminos que sólo Dios conoce, la salvación eterna para
todos los hombres sin distinción; esta es la razón por
la que la doctrina católica admite la posibilidad de salvación
para quien cumpla a cabalidad esta ley natural, aunque se
encuentre, sin culpa de su parte, fuera del ámbito visible
de la Iglesia (Cf. LG 16). El Decálogo constituye un
patrimonio precioso de la humanidad, que le ha permitido sobrevivir
a pesar de las barbaries perpetradas por dictadores de todo
género. En resumen, el católico participa en la política guiado
por el Decálogo, no por las Bienaventuranzas; pero, si vive
conforme a éstas, añade a la vida social el perfume
del Evangelio.
Es derecho, no intromisión.
30. Es, por tanto, un
derecho y un deber de los fieles católicos laicos, como
de todo ciudadano razonable y responsable, defender los valores y
las virtudes morales naturales como son la justicia, la verdad,
la libertad, la honradez, la lealtad, la solidaridad, el respeto
a la persona humana, la paz, etcétera; y esta participación
no puede calificarse, por ningún motivo, de intromisión de la
Iglesia en el ámbito de los gobiernos, de los partidos
políticos o de la educación. Se trata de un profundo
llamado de la conciencia cristiana a la coherencia entre lo
que se cree y lo que se hace, entre la
fe y la vida; es una exigencia intrínseca a la
misma fe y no proviene de una imposición externa, si
bien es deber del Magisterio eclesiástico el recordarlo con frecuencia.
Negarle o limitarle, por tanto, a los Pastores de la
Iglesia este deber de enseñar y recordar a los fieles
sus obligaciones, es una intromisión indebida del Estado en el
espacio moral y espiritual que no le corresponde. Igualmente, pretender
apartar a los católicos de la vida política o del
ámbito de la enseñanza por el hecho de manifestarse creyentes
y de ser coherentes con la doctrina de la Iglesia
en la enseñanza de la ley natural, es una forma
de laicismo intransigente y discriminador. Sería negar relevancia política y
cultural a la fe católica y al cristianismo en general,
lo cual es inadmisible.
Al querer impedir a los católicos
participar plenamente en la construcción del bien común, el Estado
se ha empobrecido y los creyentes han desmerecido en su
condición de ciudadanos por verse limitados en sus derechos y
en su dignidad . La separación entre la fe que
profesamos y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada
como uno de los errores más graves de nuestro tiempo,
recordaba a los Obispos de México el Papa Benedicto XVI
durante la visita ad limina (15 Sept., 2005. Cf. GSp.
43).
D. Relación entre fe y política
La Iglesia no sustituye al
Estado.
31. El Estado tiene como fin propio el establecimiento de
la justicia. El orden justo de la sociedad y del
Estado es una tarea principal de la política, nos ha
dicho el Papa; y añade: Un Estado que no se
rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda
de ladrones, y cita a S. Agustín (“Dios es amor”,
No. 28). No es, pues, tarea de la Iglesia como
institución y mucho menos de sus Pastores, el establecer la
justicia en los diversos ámbitos de la sociedad; éste es
el cometido propio del Estado, y de la consecución de
la justicia depende su legitimidad y el derecho a la
supervivencia, porque, como explica el Papa Benedicto XVI, la justicia
es el objeto y, por tanto también la medida de
toda política.
El fiel católico, como todo ciudadano responsable, tiene
el deber de participar en esta tarea común de instaurar
la justicia en el mundo. El velar por el derecho
del pobre, del huérfano y de la viuda es su
obligación en cualquier partido en que milite o en cualquier
institución a la que pertenezca. Los hermanos pobres no son
botín de nadie sino responsabilidad de todos y la Iglesia
los acoge como en su casa, porque ve en ellos
el rostro sufriente de Cristo, su Señor (Cf. Mt 25).
Arte
noble y difícil.
32. El Magisterio de la Iglesia se refiere
a la actividad política como a un arte noble y
difícil y como a una forma eminente de caridad, puesto
que está ordenada al bien de todos. Por eso, el
Papa Benedicto XVI enseña que la política es más que
una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen
y meta está precisamente en la justicia, y ésta es
de naturaleza ética. Así, pues, el Estado se encuentra inevitablemente
de hecho ante la cuestión de cómo realizar la justicia
aquí y ahora. Este es un problema que concierne a
la razón práctica; pero para llevar a cabo realmente su
función, la razón debe purificarse constantemente, porque su ceguera ética,
que deriva de la preponderancia del interés y del poder
que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede
descartar totalmente. (Ibid. No. 28).
El ser humano, y más
cuando está dotado de poder, se verá siempre acosado por
la tentación de anteponer el interés propio al de los
demás y su razón se verá obnubilada por sus pasiones.
Este es un hecho de experiencia y constatación diaria en
todo el mundo; se le suele llamar corrupción, porque roe
y descompone a la sociedad desde sus entrañas.
El punto
de encuentro.
33. Para poder superar eficazmente este deslumbramiento del poder
y del propio interés, es necesario que la política oiga
a la moral y la obedezca y supere así la
ceguera ética, como le llama el Papa; por eso, añade:
En este punto política y fe se encuentran. Sin duda,
la naturaleza específica de la fe es la relación con
el Dios vivo... Pero, al mismo tiempo, es una fuerza
purificadora para la razón misma. A partir de la perspectiva
de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda
así a ser mejor ella misma (Dios es amor, No.28)
. Esto es de máxima importancia. La fe no suplanta,
sino que sirve a la razón y la ayuda a
ser ella misma y a cumplir cabalmente su misión. La
fe, cualquiera que sea el terreno en que opera, no
es para desplazar o humillar al ser humano, sino para
curarlo de sus miserias y ayudarlo a ser él mismo.
Le restituye su dignidad. Entre fe y razón no puede
haber rivalidad. Explica el Papa:
La fe permite a la razón
desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente
lo que le es propio. En este punto se sitúa
la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia
un poder sobre el Estado. Tampoco pretende imponer a los
que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos
de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la
razón y aportar su propia ayuda para que lo que
es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después
puesto en práctica (Ibid.). Este es el inmenso servicio que
la fe ofrece a la razón humana y a la
humanidad entera. Si la comunidad católica encontrara el lenguaje apropiado
para hacer comprender esto a los políticos y si éstos
tuvieran la necesaria prudencia y humildad para aceptarlo, daríamos un
paso enorme hacia el diálogo constructivo, el mejoramiento de la
sociedad y la reconciliación nacional. Aquí la tarea de los
fieles laicos ilustrados es indispensable.
La mesa del diálogo.
34. En
un régimen democrático quien no sabe dialogar no logra gobernar
con sabiduría y con eficacia. El diálogo es cualidad y
propiedad del ser humano, creado a imagen de la santísima
Trinidad. Todo diálogo auténtico parte de la propia identidad, que
no es cerrazón sino condición para escuchar con serenidad y
aplomo a quien piensa distinto. El diálogo no es para
convencer al adversario, sino para enriquecer las propias convicciones, escuchando
con atención al interlocutor. En la intimidad profunda de todo
ser humano está la imagen de Dios, idéntica para todos;
por tanto, siempre es posible entre los hombres un punto
de acuerdo y de comunión, a pesar de la legítima
diversidad. La verdad, dondequiera que se encuentre, proviene del Espíritu
Santo. Es necesario que primero los dialogantes escuchen su propia
conciencia -sagrario del Espíritu- que los invita a preferir la
paz al enfrentamiento, la verdad a la mentira, la sinceridad
a la malicia pensando en la dignidad de la persona
humana, que está sobre cualquier interés particular o ideología. Resistir
a la verdad, venga de donde venga, es resistir al
Espíritu Santo. El diálogo verdadero mira más al futuro por
construir que al pasado que rememorar. Los hechos del pasado
son irreversibles; además, son susceptibles de múltiples interpretaciones; por eso,
con respecto al pasado la única actitud racional y razonable
es asumirlo, ofrecer el perdón si es el caso y
buscar la reconciliación.
Con respecto al futuro, es indispensable tener
la mente abierta para la propuesta y la mano tendida
para la colaboración. El hombre verdadero no es el que
guarda rencor perpetuo o está siempre acusando como amonesta el
salmo (Ps 103), sino el hombre reconciliado, que ofrece y
acepta el perdón. Este es el hombre creado a imagen
y semejanza de Dios, el nuevo Adán, en cuyo rostro
brilla la luz esplendorosa de Cristo resucitado.
III. Ser como
Dios o ser imágen de Dios
Serán como dioses, conocedoresdel bien
y del mal (Gn 2,5)Religiosidad probada.
35. El pueblo mexicano es
un pueblo eminentemente religioso aún a costa de grandes sacrificios,
forjado en la matriz cristiana de la Iglesia católica a
lo largo de casi quinientos años de evangelización y del
acompañamiento generoso de sus pastores y misioneros. En su inmensa
mayoría ha dado su aceptación gozosa y generosa a la
Iglesia Católica, a Cristo Rey presente en la santa Eucaristía
y a la Virgen María. Celebra con júbilo las fiestas
patrias y las fiestas religiosas, busca la palabra de Dios
y los signos de la fe, recibe con fervor los
Sacramentos y ha permanecido fiel a la Iglesia hasta el
martirio. La fe católica del pueblo mexicano ha superado gloriosamente
la prueba suprema de la sangre derramada en muchos de
sus hijos por gracia singular de Dios e intercesión de
Santa María de Guadalupe y de su fiel servidor San
Juan Diego.
La presencia de Santa María de Guadalupe en
el Tepeyac nos ha marcado profundamente y sentimos a la
vez el honor y la responsabilidad de compartir esta dicha
con otros pueblos. Somos, sin lugar a dudas, un pueblo
singular.
Ser como Dios.
36. En el último siglo, el pueblo creyente
se ha visto distanciado de la clase gobernante a causa
de la corriente de pensamiento antirreligioso y persecutorio conocido como
laicismo en su expresión más radical e intransigente, que ha
propiciado en la práctica un retorno al paganismo bajo la
bandera de la dictadura del relativismo moral y religioso.
¿Qué
es lo que está en la raíz de este fenómeno
pseudorreligioso englobante desde el punto de vista de nuestra fe
católica?
La Historia de la Salvación nos dice que aquí
subyace la vieja historia del paraíso terrenal, la de siempre:
El hombre moderno piensa que Dios es competidor del hombre,
que es enemigo de su felicidad y que, sin Él,
podría irle mejor. Nietzsche, blasfemo como siempre, llega a opinar
que bajo el árbol del paraíso quien se escondía era
el mismo Dios en la figura de la serpiente (Más
allá del bien y del mal, 2).
Eso mismo piensa
el laicismo, aunque no lo diga de manera tan burda;
sospecha que en Dios hay algo oculto que le impide
al hombre ser plenamente hombre y ser feliz. Si Dios
no es alguien digno de fiar, mucho menos lo será
la Iglesia. Para ser feliz el hombre no necesita del
amor de Dios, mucho menos de su misericordia; le basta
su propio poder y su razón para conocer el bien
y el mal, para saber lo que le conviene y
labrarse su propio destino. Es fácil constar como en la
vida pública la lucha por el poder es el alma
que sostiene la economía, mueve la política, rige la vida
social y, en particular, sustenta a los medios de comunicación.
En el contexto político nacional, la Iglesia católica, aceptada mayoritariamente
por el pueblo y depositaria de su confianza, se percibe
como una entidad en competencia con del poder en cualquiera
de sus expresiones, y como un obstáculo que hay que
eliminar o, al menos, silenciar.
Imagen y semejanza de Dios.
37. A
la Iglesia, en cambio, no le interesa el poder, sino
el hombre. Es absurdo presentarla o presentarse como alternativa al
Estado o casada con algún partido o color político. La
Iglesia quiere ser servidora de todos y no competidora de
nadie; busca colaborar en todo lo que es justo, noble
y bueno, respetando las esferas de la propia competencia. El
amor que predica no genera dependencia ni poder sino vida
y propicia espacios de libertad. La Iglesia quiere hombres y
ciudadanos libres que, como criaturas, reconozcan los límites de su
libertad y puedan así generar relaciones de respeto y crear
comunidad. La libertad que pide para los demás y para
cada uno de sus hijos, la reclama como derecho propio
para cumplir su misión. ¿ Qué os pide hoy, dice
el Concilio Vaticano II a los poderosos, la Iglesia? No
os pide más que libertad; la libertad de creer y
de predicar su fe; la libertad de amar a su
Dios y servirle; la libertad de vivir y de llevar
a los hombres su mensaje de vida (Mensaje a los
gobernantes, 4). La libertad humana sólo es verdadera si se
comparte con los demás, si se aceptan sus límites y
se convive con otros. Esta es la libertad que está
en la base de nuestro ser creatural y la que
sustenta a la democracia; por eso decimos que estamos hechos
a imagen y semejanza de Dios, en quien conviven las
tres Personas divinas en armonía, sin perder su identidad ni
romper su unidad ¡La fe en la Santísima Trinidad nos
ayuda comprender la verdadera democracia!
El esplendor de la verdad.
38. La
democracia necesita de la verdad para subsistir, si no, ambas
perecen miserablemente. El cumplimiento de los Mandamientos de la ley
de Dios, la ley natural, no es exigencia extrínseca al
hombre, no le viene de una imposición externa, sino de
su propia naturaleza, de su “verdad” como hombre para poder
subsistir. La observancia de la ley natural es el único
camino hacia la libertad y hacia la democracia; sus contrarios,
llámense laicismo, liberalismo intransigente, relativismo o todo lo que se
le parezca, destruyen a la persona humana y a la
sociedad. Si vivimos contra el amor de Dios manifestado en
su ley, vivimos contra la verdad, contra nosotros mismos y
contra la sociedad.
Creer en Dios y aceptarlo en nuestra
vida no es una cuestión meramente “privada” o sólo “devocional”,
sino un asunto que trae gravísimas consecuencias políticas y sociales.
Desechar a Dios de la vida pública y social y
minimizar o ridiculizar la práctica religiosa de los ciudadanos de
cualquier condición, es atentar contra las fuentes mismas de la
dignidad humana y de la convivencia fraterna. La paz social
sólo se sustenta en la verdad y la última verdad
del hombre es Dios.
La Virgen María, icono del pueblo mexicano.
39. La cercanía con Dios no disminuye al hombre sino
que lo engrandece, no lo empobrece sino que lo enriquece
y ensancha su corazón para que acoja y sirva a
los demás. María Santísima es ejemplo y modelo de esta
entrega a Dios y de servicio incondicional a los hombres.
La cercanía con Dios la elevó a alturas insospechadas y
la situó en las encrucijadas más dolorosas de la vida
humana. En la cruz nos fue entregada por su propio
Hijo como Madre nuestra; por eso, el pueblo católico la
siente suya y la invoca como auxilio, refugio, consuelo y
esperanza que no defrauda. Ella es Salud de los enfermos
porque ha curado y cura infinitas llagas y dolencias que
ni la medicina ni la economía ni la política pueden
sanar. El pueblo creyente lo sabe muy bien, lo entiende
y lo agradece y con confianza filial la llama Madre
de la Esperanza. Ella, dice el Papa Pablo VI, es
la mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento,
la huída y el exilio (Cf Mt 2, 13-22): situaciones
estas que no pueden escapar a la atención de quien
quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre
y de la sociedad (MC, 37).
La Virgen María es
el icono anticipado del pueblo mexicano, creyente y sufrido, pero
que esconde en su alma la fuerza liberadora de Jesucristo;
por eso, la Virgen María ha estado siempre presente, y
lo seguirá estando, en los momentos decisivos de la historia
de nuestra patria, que es para nosotros Historia de Salvación.
En Ella podemos y debemos encontrar las energías liberadoras que
sostengan la esperanza de lograr una vida digna y justa
para todos los habitantes de esta gran nación.
Conclusión
Testigos de la
esperanza.
40. En la exhortación postsinodal “Pastores gregis” se recuerda al
Obispo que, siendo un ser humano tomado de entre los
hombres, actúa en nombre de Jesucristo y que es el
mismo Jesucristo quien, por su medio, apacienta a sus fieles.
Por eso, entre otras cosas, se le pide defender a
sus ovejas de los múltiples males que las acechan por
doquier. Se le recuerda que, afianzado en el radicalismo evangélico,
tiene el deber de desenmascarar las falsas antropologías, rescatar los
valores despreciados por los procesos ideológicos y discernir la verdad
(No. 66); que debe ser testigo y servidor de la
esperanza, sobre todo donde más fuerte es la presión de
una cultura inmanentista, que margina toda apertura a la trascendencia,
es decir, a Dios y que debilita la fe y
apaga la caridad (No. 3). Esto es lo que, según
mis posibilidades y las circunstancias actuales lo requieren, he tratado
de hacer en esta Carta Pastoral. Quizá a algunos estas
consideraciones parezcan algo extraño por inusuales; pero si bien lo
miramos, como lo hace el Papa Benedicto XVI en su
primera encíclica, en las falsas antropologías y en los procesos
ideológicos viciados, radican los numerosos males que nos afligen y
que parecen no tener remedio. Por eso la “Pastores gregis”
prosigue, diciendo:
Ante las situaciones de injusticia, y muchas veces
sumidos en ellas, que abren inevitablemente la puerta a conflictos
y a la muerte, el Obispo es defensor de los
derechos del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
Predica la doctrina moral de la Iglesia, defiende el derecho
a la vida desde la concepción hasta su término natural;
predica la Doctrina Social de la Iglesia, fundada en el
Evangelio, y asume la defensa de los débiles, haciéndose voz
de quien no tiene voz para hacer valer sus derechos.
Y concluye: No cabe duda de que la Doctrina Social
de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza incluso en
las situaciones más difíciles, porque, si no hay esperanza para
los pobres, no la habrá para nadie, ni siquiera para
los llamados ricos (No. 67). Los hijos de la Iglesia
—pastores y fieles— estamos llamados a ser Testigos de la
Esperanza en el mundo. † Mario De Gasperín GasperínObispo de
Querétaro Hna. Lic. Ana Isabel
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