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Autor: Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile | Fuente: Conferencia Episcopal de Chile La persona y su dignidad, base de nuestra convivencia
Mensaje al término de la 95ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile
La persona y su dignidad, base de nuestra convivencia
"El Señor ama la justicia y el derecho; la tierra está
llena de su amor” (Sal 32, 5)
Introducción: animar la esperanza.
Ante la realidad social y cultural que vivimos hoy, la
mirada de los cristianos es de fe y esperanza. Fuimos
creados para compartir la felicidad, el amor, la vida y
la paz de Dios. Buscamos estos bienes, y Dios nos
guía en este camino. Por eso los buscamos con esperanza,
apoyándonos en Jesucristo resucitado, que es nuestra esperanza. Es la
esperanza en la vida nueva y plena que Él nos
regala, y que la ofrece a todos. El presente se
puede vivir de otra manera, de una manera nueva, cuando
se tiene esperanza. Somos salvados en la esperanza, nos dice
el Papa Benedicto XVI. “Es verdad que quien no conoce
a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está
sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la
vida. La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste
a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios,
el Dios que nos ha amado y que nos sigue
amando hasta el extremo” (cfr. Spe Salvi, 26 y 27).
Desde estas convicciones, la situación política e institucional que vive
el país, ha sido objeto también de nuestra oración profunda
y de seria reflexión en nuestra Asamblea Plenaria. Anteriormente ya
habíamos alertado sobre el progresivo deterioro de nuestra convivencia y
los preocupantes signos de violencia en el hogar, los colegios
y en la ciudad en general. Esta situación también se
extiende peligrosamente a la arena de la discusión pública, en
un año de elecciones. Al respecto queremos compartir algunas preocupaciones
y desafíos.
1. Respeto por las personas e instituciones. La persona
humana es el fundamento y fin de la comunidad política.
Esto significa, ante todo, trabajar por el reconocimiento y el
respeto de su dignidad, mediante la tutela y la promoción
de los derechos fundamentales e inalienables del hombre para construir
el bien común. La comunidad política contribuye a este objetivo
cuando actúa a favor de la creación de un ambiente
en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad
del ejercicio real de los derechos humanos y del cumplimiento
pleno de los respectivos deberes. En síntesis, ella está sólidamente
fundada cuando tiende a la promoción integral de la persona
y del bien común, en un clima del respeto por
las personas y las instituciones (cfr. Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia, 318-391).
A la luz de este principio
fundante de toda convivencia social, nos preocupa el clima beligerante
y el fuerte tono que se apodera del debate político,
que puede afectar seriamente la orientación al bien común de
la actividad y los proyectos públicos. Es sano proteger la
libertad de pensamiento y de acción, es sano que exista
un amplio espacio para el disenso y que ante los
asuntos de Estado concurran distintas miradas que contribuyen a mejores
proyectos y decisiones. Esto favorece y consolida nuestra institucionalidad. Pero
la falta de respeto hacia personas e instituciones instalada como
costumbre daña profundamente a una sociedad. El nivel de descalificaciones
personales y agresión verbal que hemos oído a algunos actores
políticos en las últimas semanas no se corresponde con la
responsabilidad que la ciudadanía les ha confiado. Por otra parte,
resulta arbitraria la costumbre de diversas autoridades y dirigentes políticos
de evaluar positivamente a las instituciones cuando sus decisiones son
de su agrado, y de rechazar su legitimidad, amenazar con
destituciones y aun convocar a desconocer sus decisiones cuando no
lo son.
Para vivir en democracia necesitamos no sólo la
existencia de una Contraloría General de la República, que vele
por la legitimidad de los actos de gobierno y de
la administración pública, y también por su transparencia, sino además
que ejercite sus funciones gozando del respeto y el apoyo
que se merece en el cumplimiento de su tarea, que
puede resultarles ingrata a quienes se vean investigados. En una
democracia moderna el Tribunal Constitucional existe para velar por la
adecuación de los preceptos y ordenamientos jurídicos a la Constitución.
Sus fallos deben ser acatados, como los de cualquier tribunal.
Sus miembros fueron nombrados responsablemente por quienes corresponde. Llamar a
la desobediencia es un camino peligroso, que conduce al caos
institucional. Otra cosa es el análisis de sus deliberaciones o
estudiar proyectos para optimizar su institucionalidad.
A quienes se han visto
agredidos por expresar sus convicciones, sea por su respeto a
la vida o porque su conciencia de creyente les pide
respetar la vida y el derecho de los padres a
educar a sus hijos, les expresamos nuestra solidaridad y respeto
y, al mismo tiempo los animamos en su testimonio. A
todos los católicos, especialmente los responsables del bien común, les
exhortamos a ser coherentes con sus creencias, particularmente en la
defensa de los derechos fundamentales de las personas y la
intangibilidad de toda vida humana ya concebida.
2. Respetar y
acoger la vida. En medio de la pasión que ha
despertado el anuncio del fallo del Tribunal Constitucional sobre la
distribución y recomendación en el sistema público de salud de
los métodos llamados “de anticoncepción hormonal de emergencia”, también conocidos
como “píldora del día después”, creyentes y no creyentes concuerdan
en que la vida es un bien que nos ha
sido dada y que la debemos cuidar. Lo que la
razón humana es capaz de reconocer por sí sola, la
fe lo reafirma cuando postula que el ser humano es
creación de Dios, por lo tanto una realidad sagrada poseedora
de derechos, sobre todo el derecho a que se le
respete su vida. Defender este derecho es la base de
una sociedad auténticamente democrática y humana.
En efecto, no podemos
olvidar la verdad que está en juego, la primera en
materia de derechos humanos. Nadie tiene la potestad, en ninguna
circunstancia, de dar muerte a una vida humana inocente, incluso
pensando que así se están salvaguardando otros bienes. Por eso
mismo, hay que proteger la vida que está por nacer,
como lo afirma nuestra Constitución Política. Nuestro pasado reciente quedó
marcado por el desprecio y por la defensa del derecho
a la vida. Y lo que subyace en la discusión
es si ese fármaco atenta o no contra una vida
humana, la más indefensa de todas. No podemos retroceder en
el respeto de este valor fundante de nuestra vida social.
Tenemos que compatibilizar todos los demás derechos con este deber
irrenunciable de la protección de la vida.
En medio de
la discusión pública suscitada en torno al fallo del Tribunal
Constitucional, cuya argumentación aún no ha sido dada a conocer,
queremos reiterar nuestro compromiso permanente a favor de la vida
del que está por nacer. Hay personas que basan sus
reflexiones afirmando que no está demostrado que la píldora del
día después sea abortiva. Pero, quien quiere proteger absolutamente la
vida de todo ser humano exige que se demuestre que
no impide su desarrollo. Y en esto, los mismos fabricantes
dicen que puede inhibir la anidación.
Nuestro compromiso con la
vida humana nos llama a rechazar tanto su distribución en
el sistema de salud pública como su comercialización en farmacias.
El amor y respeto por la vida nos motiva a
pedir a todos los poderes del Estado que promuevan políticas
públicas coherentes con el derecho a que se respete la
vida, que es sagrada. Con la misma fuerza llamamos a
la comunidad católica y a todas las personas y familias
del país a promover, posibilitar y apoyar actitudes y conductas
que reflejen el amor y respeto por la vida, lo
que debe expresarse en las opciones cotidianas de la gente.
Tales opciones requieren de una forma adecuada y de un
contexto favorable que debemos construir con generosidad entre todos y
que debiera traducirse en que las familias puedan contar con
ingresos suficientes, oportunidades de educación y empleo para acoger a
los hijos y vivir en condiciones dignas. Si sabemos que
la familia, comunidad natural donde se experimenta la sociabilidad humana,
contribuye en modo único e insustituible al bien de la
sociedad, ¿cómo avanzar hacia una sociedad que respete los derechos
de la familia y esté a su servicio? (cfr. Compendio
de la Doctrina Social de la Iglesia, 213, 252 y
ss).
3. Campaña electoral que escuche y acoja la participación de
la gente. Superar la “crispación” de la política y la
violencia verbal, recuperando para la política su finalidad propia que
es el bien común, en un clima de amistad cívica,
resulta fundamental por el escenario electoral que se avecina. Es
de esperar que los candidatos y sus partidos políticos ofrezcan
al electorado un debate de altura, poniendo sobre la mesa
los temas que afectan y preocupan a los habitantes de
las comunas, sin populismo ni demagogia. La confianza de los
electores hacia sus autoridades se construye a partir de la
coherencia entre lo que se promete y lo que se
cumple. Los ciudadanos quisieran ver en los candidatos lo mejor
de su vocación de servicio público: que antes de formular
sus programas se acerquen a la gente, la escuchen y
conozcan sus inquietudes, necesidades y angustias.
También a los votantes
nos corresponde una crucial tarea como ciudadanos que asumen su
responsabilidad en la construcción del bien común, cual es la
de obtener una información adecuada antes de decidir, en conciencia,
a qué persona confiaremos nuestra adhesión mediante nuestro voto. Esperamos
que este debate, tan necesario a nivel de barrios y
municipios, no se contamine con otras polémicas de coyuntura ni
con otros procesos electorales de los cuales nos tendremos que
ocupar en su debido tiempo. Esperamos que los próximos eventos
electorales sean una oportunidad para que se exprese, también de
parte de los jóvenes, el compromiso y la participación ciudadana
que es “uno de los pilares de todos los ordenamientos
democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia
de la democracia” (Compendio de la Doctrina Social de la
Iglesia, 190).
4. Amistad cívica, valoración del diálogo y los acuerdos.
Creemos que no se han valorado en su justa medida
los esfuerzos por establecer amplias bases de acuerdo sobre temas
políticos, económicos y sociales, algunos de los cuales han derivado
en mesas de diálogo cuyos frutos significativos celebramos y esperamos
se multipliquen.
Abordar la tarea política requiere algo más que
apego a los procedimientos formales. La convivencia política “adquiere todo
su significado si está basada en la amistad cívica y
en la fraternidad. El campo del derecho en efecto, es
el de la tutela del interés y el respeto, el
de la protección de los bienes materiales y su distribución
según reglas establecidas. El campo de la amistad, por el
contrario, es el del desinterés, el desapego de los bienes
materiales, la disponibilidad interior a las exigencias del otro. La
amistad civil, así entendida, es la actuación más auténtica del
principio de fraternidad que se ha quedado en gran parte
sin practicar en las sociedades políticas modernas y contemporáneas” y
que es preciso potenciar para la política en Chile, por
el bien de su futuro y de su gente (cfr.
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 390).
Necesitamos que
se dignifique el servicio público. No hay otra misión más
noble al servicio de la sociedad civil que favorecer el
bien común, y preocuparse de manera preferente por el bien
de los marginados y desprotegidos. Agradecemos a los que sin
buscar sus propios intereses y con sacrificio se desempeñan en
el servicio público, ya sea en el Estado o en
otras instituciones que buscan el bien de la sociedad y
de los sectores necesitados. Los ciudadanos quieren ver a sus
dirigentes, de los diferentes partidos políticos, dialogando para solucionar los
grandes problemas, y no en permanente disputa y descalificación. Y
cuánto bien harían los medios de comunicación social si difundieran
las grandes votaciones, casi de consenso, a las cuales llega
ese diálogo a la hora de aprobar la mayoría de
las leyes.
5. Probidad y transparencia. Gran parte de los
debates más acalorados de la hora reciente se relacionan con
denuncias de irregularidades en diversas instituciones, algunas con ribetes de
escándalo. Y esto porque, “entre las deformaciones del sistema democrático,
la corrupción política es una de las más graves porque
traiciona al mismo tiempo los principios de la moral y
las normas de la justicia social; compromete el correcto funcionamiento
del Estado, influyendo negativamente en la relación entre los gobernantes
y los gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las
instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por
la política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de
las instituciones” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia,
411).
Sobre todo hoy, cuando el país enfrenta una difícil
situación económica y energética, que se traduce en un alza
de precios de bienes y servicios que golpea duramente a
los sectores más modestos, resulta incomprensible que algunas personas no
cumplan de manera responsable sus tareas de servicio público, o
peor aún, que abusen de sus cargos públicos o privados
para obtener dividendos económicos, escalar en posiciones de privilegio o
ejercer influencias ajenas al nivel ético que la sociedad les
exige. Cuando se falta a la transparencia y a la
probidad se erosiona la confianza pública, esencial para una sana
convivencia. Hace algunos años los Obispos dijimos que esta “falta
de confianza puede llegar a afectar nuestras legítimas esperanzas y
aun la gobernabilidad del país” (Comité Permanente, 21 de marzo
de 2003). A todos corresponde desplegar esfuerzos por construir una
sociedad honesta y transparente, también a la Iglesia y sus
organismos. Esperamos que las leyes de transparencia en la modernización
del Estado y las propuestas recientemente hechas sean analizadas y
ponderadas seriamente para avanzar en esta ámbito.
6. Soluciones que esperan.
Este nuevo clima es del todo necesario para abordar otros
campos que esperan pronta solución. Por eso, queremos hacer un
llamado a autoridades y dirigentes a realizar todo lo que
esté en sus posibilidades por resolver aquellas graves dificultades que
enfrentan los sectores más pobres del país, y que continúan
sin solución como una lista de asuntos “pendientes”. Apreciamos la
buena voluntad del Gobierno, del Parlamento y de sectores privados
sensibles para avanzar en cuestiones de fondo, como la reforma
previsional ya aprobada, las reformas legislativas acordadas en cuanto a
la Educación, el Programa “Chile Crece Contigo” y otras iniciativas
particulares, como la “Comunidad de Organizaciones Solidarias”. Asimismo esperamos que
los aportes del Consejo Asesor Presidencial de Equidad y Trabajo,
que pronto conoceremos, den frutos de justicia social en materia
de sueldo mínimo ético, de cancelación de imposiciones impagas, que
se traduzcan en mayor bienestar para todas las familias del
país. También esperamos creatividad y eficiencia para abordar las causas
de los problemas de inseguridad que se viven en nuestras
ciudades, y que afectan, a veces de manera dramática, sobre
todo en las poblaciones pobres. Sabemos que diversas instituciones están
abocadas a ello, y queremos recordar, con el Papa Juan
Pablo II, que “los pobres no pueden esperar”.
Sin perjuicio de
los esfuerzos que se han hecho, hay algunos obstáculos que
requieren una especial atención. Se trata de las problemáticas laborales
que surgen desde varios sectores productivos y sociales, y que
plantean la necesidad de no recurrir a la violencia, sino
a un mayor diálogo y a acuerdos que armonicen el
desarrollo, la productividad y la sustentabilidad, por una parte, con
la equidad, el bienestar y la paz social, por otra.
Las crecientes demandas energéticas exigen con urgencia una política de
Estado, con amplia y ponderada investigación, acompañada de la participación
ciudadana; de este modo podrán superarse los desafíos éticos y
de cuidado de la naturaleza que están implícitos. Además, resulta
auspicioso que los temas indígenas comiencen a tratarse con una
perspectiva más amplia, reconociendo que para Chile son una riqueza
las aportaciones de las culturas de los pueblos originarios, y
por tanto merece promoverse cuanto se haga para que tengan
pleno acceso a una educación de calidad.
Son grandes los
desafíos que el Señor nos ofrece a todas las personas
de buena voluntad que tenemos la dicha de vivir en
esta tierra. De un modo especial, a quienes compartimos la
fe en Cristo nos cabe una crucial responsabilidad, pues de
la adhesión a su Evangelio y de la vida nueva
que brota del encuentro con el Señor surgirá la fuerza
interior que será capaz de renovar las estructuras y transformar
nuestra convivencia.
A la Virgen del Carmen, patrona de nuestra
patria querida, que nos ha acompañado a lo largo de
nuestra historia, y que siempre vela por los más débiles
y afligidos, a ella confiamos nuestros anhelos y nuestras esperanzas.
La
Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile
Punta de Tralca,
18 de abril de 2008
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