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Autor: Mons. Alejandro Goic Karmelic | Fuente: iglesia.cl El aporte de la Enseñanza social de la Iglesia frente a los desafíos de la Equidad
Exposición de Mons. Alejandro Goic Karmelic en el encuentro "Cultura de la Solidaridad y Equidad: ¿Utopía o Proyecto Posible?" celebrado en Chile
El aporte de la Enseñanza social de la Iglesia frente a los desafíos de la Equidad
Estimados amigos y amigas,
Quisiera expresar mi gratitud al Departamento de
Acción Social -DAS Nacional- y la Comisión Justicia y Paz
de la Conferencia Episcopal de Chile, y a la Vicaría
de Pastoral Social y de los Trabajadores del Arzobispado de
Santiago, por la invitación a celebrar el Día de las
Encíclicas Sociales con este encuentro "Cultura de la Solidaridad y
Equidad: ¿Utopía o Proyecto Posible?".
Nuestra Iglesia está llamada a
ser discípula misionera de Jesucristo. Ello implica “asumir evangélicamente y
desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen
a la dignificación de todo ser humano” (DA 384). Esto
que se dice en Aparecida no es nuevo para nosotros,
lo que nos desafía es hacerlo actual en medio de
los profundos procesos de cambio que vive nuestra sociedad hoy.
Somos testigos de cómo se constituye una sociedad globalizada por
la vía del desarrollo económico, tecnológico y de las comunicaciones,
que muestra grandes progresos en algunos ámbitos del quehacer humano,
beneficiando a algunos sectores del planeta o de las sociedades
nacionales. Y que, por otra parte, también presenta situaciones sociales,
culturales y éticas inadmisibles que afectan a multitudes que quedan
excluidas del desarrollo.
Estos procesos de cambio acelerado inciden directamente
en la experiencia cotidiana de personas y comunidades, afectando sus
condiciones y estilos de vida, las relaciones sociales y también
el sentido trascendente, la relación con Dios y la vivencia
de la fe.
Frente a este escenario, la Doctrina Social de
la Iglesia ofrece principios rectores que tienen su centro en
la Dignidad de la Persona Humana, hombre y mujer, fundada
en el encuentro personal de Dios con el Hombre en
la persona de Jesús.
La dignidad humana
El punto de partida
de todo orden y forma de convivencia social es el
reconocimiento de la dignidad de toda persona humana, dignidad que
proviene de la condición de hijos e hijas de Dios,
creados a su imagen y semejanza. Reconocer esta dignidad implica
comprometerse con el respeto y promoción de los Derechos Humanos.
Compromiso valorado por la Iglesia “como uno de los esfuerzos
más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de
la dignidad humana” (Compendio de la DSI, 152). De allí
que la organización social, las políticas públicas y el ordenamiento
económico y político, deben incorporar esta perspectiva, que implica promover
la dignidad humana a través del respeto de los DDHH
concebidos integralmente, como eje transversal que marca toda la convivencia
social.
El Principio Del Bien Común
“De la dignidad, unidad e
igualdad de todas las personas deriva, en primer lugar, el
principio del bien común, al que debe referirse todo aspecto
de la vida social para encontrar plenitud de sentido. Según
una primera y vasta acepción, por bien común se entiende
«el conjunto de condiciones de la vida social que hacen
posible a las asociaciones y a cada uno de sus
miembros el logro más pleno y más fácil de la
propia perfección».
El bien común no consiste en la simple suma
de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social.
Siendo de todos y de cada uno es y permanece
común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible
alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro. Como
el actuar moral del individuo se realiza en el cumplimiento
del bien, así el actuar social alcanza su plenitud en
la realización del bien común. El bien común se puede
considerar como la dimensión social y comunitaria del bien moral.”
(Compendio DSI N° 164)
La responsabilidad de construir el bien común
es una tarea de todas las personas y del Estado,
porque el bien común es la razón de ser de
la autoridad política. El Estado debe garantizar cohesión, unidad y
organización a la sociedad civil de la que es expresión,
de manera que se pueda lograr el bien común con
la contribución de todos los ciudadanos. (…) El fin de
la vida social es el bien común históricamente realizable”. (Compendio
DSI N° 168)
El Destino Universal De Los Bienes
Un segundo principio
que no siempre es bien conocido –ni asumido- pero que
está ligado indisolublemente al Bien Común es el del destino
universal de los bienes. Ya desde el libro del Génesis
se nos enseña que “Dios ha dado la tierra a
todo el género humano para que ella sustente a todos
sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno.
He ahí, pues, la raíz primera del destino universal de
los bienes de la tierra. Ésta, por su misma fecundidad
y capacidad de satisfacer las necesidades del hombre, es el
primer don de Dios para el sustento de la vida
humana”. (DSI 171)
La persona, en efecto, no puede prescindir de
los bienes materiales que responden a sus necesidades primarias y
constituyen las condiciones básicas para su existencia; estos bienes le
son absolutamente indispensables para alimentarse y crecer, para comunicarse, para
asociarse y para poder conseguir las más altas finalidades a
que está llamada (Compendio DSI 171).
La riqueza, como resultado
de un proceso productivo en el uso de los recursos
disponibles, puede y debe estar “guiado por la inventiva, por
la capacidad de proyección, por el trabajo de los hombres,
y debe ser empleado como medio útil para promover el
bienestar de los hombres y de los pueblos y para
impedir su exclusión y explotación” (DSI 174).
El principio del
destino universal de los bienes nos invita a cultivar una
visión de la economía basada en valores que permitan tener
siempre presente el origen y la finalidad de los bienes,
ya que sólo así la creación de la riqueza pueda
asumir una función positiva. Esto no es posible sin un
esfuerzo común dirigido a obtener para cada persona y cada
pueblo las condiciones necesarias de un desarrollo integral, de modo
que todos puedan contribuir a la construcción de un mundo
más humano, «donde cada uno pueda dar y recibir, y
donde el progreso de unos no sea obstáculo para el
desarrollo de otros ni un pretexto para su servidumbre».
El principio
del destino universal de los bienes afirma, por una parte
el pleno señorío de Dios sobre toda realidad, y por
otra la exigencia de que los bienes de la creación
sean destinados al desarrollo de todo el hombre y de
la humanidad entera. Este principio no se opone al derecho
de propiedad, sino que indica la necesidad de reglamentarlo. “La
propiedad privada (…) es, en su esencia, sólo un instrumento
para el respeto del principio del destino universal de los
bienes, y por tanto, en último análisis, un medio y
no un fin” (Compendio DSI 178).
La Opción Por Los Pobres
El
principio del destino universal de los bienes exige que se
vele con particular solicitud por los pobres, por aquellos que
se encuentran en situaciones de marginación y por las personas
cuyas condiciones de vida les impiden un crecimiento adecuado. A
este propósito se debe reafirmar, con toda su fuerza, la
opción preferencial por los pobres.
La miseria humana es el
signo evidente de la condición de debilidad del hombre y
de su necesidad de salvación. De ella se compadeció Cristo
Salvador, que se identificó con sus "hermanos más pequeños" (Mt
25, 40.45). "Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que
hayan hecho por los pobres. La buena nueva `anunciada a
los pobres´ (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de
la presencia de Cristo" (Compendio DSI 183).
La caridad hecha
a los pobres es uno de los principales testimonios de
amor fraterno; pero el amor fraterno no se puede reducir
a la caridad como limosna, sino que implica atender a
la dimensión social y política de la pobreza. Sobre esta
relación entre caridad y justicia retorna constantemente la enseñanza de
la Iglesia: “Cuando damos a los pobres las cosas indispensables
no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo
que es suyo. Más que realizar un acto de caridad,
lo que hacemos es cumplir un deber de justicia” (San
Gregorio Magno, citado en el compendio DSI).
La Dignidad Del
Trabajo Humano
Por otra parte, la Doctrina Social de la Iglesia
ha tenido un especial cuidado por los derechos de los
trabajadores que, como todos los demás derechos, se basan en
la naturaleza de la persona humana y en su dignidad.
En especial, el Magisterio de la Iglesia ha considerado oportuno
enunciar algunos de ellos, indicando la conveniencia de su reconocimiento
en los ordenamientos jurídicos: el derecho a una justa remuneración;
el derecho al descanso; el derecho a ambientes de trabajo
y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la
salud física de los trabajadores y no dañen su integridad
moral; el derecho a que sea salvaguardada la propia personalidad
en el lugar de trabajo; el derecho a subsidios adecuados
e indispensables para la subsistencia de los trabajadores desocupados y
de sus familias; el derecho a la pensión, así como
a la seguridad social para la vejez, la enfermedad y
en caso de accidentes relacionados con la prestación laboral; el
derecho a previsiones sociales vinculadas a la maternidad; el derecho
a reunirse y a asociarse. Estos derechos son frecuentemente desatendidos,
como confirman los tristes fenómenos del trabajo infraremunerado, sin garantías
ni representación adecuadas. Con frecuencia sucede que las condiciones de
trabajo para hombres, mujeres y niños, especialmente en los países
en vías de desarrollo, son tan inhumanas que ofenden su
dignidad y dañan su salud (Compendio DSI 301).
Los desafíos
de la equidad en el actual escenario nacional
Sin duda debemos
reconocer importantes avances. Desde el inicio de la transición a
la democracia, a principios de los años 90, Chile ha
alcanzado logros significativos en materias políticas, económicas y sociales. Así
lo demuestran indicadores como el crecimiento económico y la reducción
de la pobreza. Según datos de la CEPAL , a
la fecha, Chile es el único país de América Latina
que ya alcanzó el Objetivo del Milenio propuesto por la
Naciones Unidas para el 2015 de reducir a la mitad
la pobreza. Del mismo modo, el PNUD sitúa a Chile
entre los países con alto desarrollo humano, ocupando el lugar
40 en el ranking que considera 177 países, y el
segundo lugar en la región después de Argentina.
Creemos importante
en este ámbito resaltar el consenso existente en el país
respecto a la necesidad de enfrentar la inequidad, creando espacios
de diálogo para generar propuestas que nos ayuden a avanzar
hacia un desarrollo más inclusivo. Este ha sido el trabajo
realizado por el Consejo Asesor Presidencial sobre Equidad y Trabajo.
Esperamos que sus propuestas efectivamente se conviertan en políticas públicas
que contribuyan a la superación de las desigualdades y que
aquellos aspectos en que no se logró acuerdo, especialmente en
materias de institucionalidad laboral, sigan siendo materia de diálogo, pues
es dificultoso encontrar caminos hacia una convivencia más equitativa sin
considerar un fortalecimiento de la organización de los trabajadores.
En un
marco en que existen aspectos muy positivos, a nuestro país
se le siguen planteando desafíos serios en materias sociales:
1.
Pobreza que disminuye pero que persiste
Reconociendo los avances experimentados por
el país, desde amplios sectores políticos y organismos de la
sociedad civil se plantean, sin embargo, cuestionamientos de fondo al
modelo de desarrollo del país. En materias sociales estos cuestionamientos
tienen que ver la persistencia de altos niveles de pobreza
en un contexto de alto crecimiento económico. De acuerdo a
los datos oficiales entregados por la Encuesta de Caracterización Socioeconómica,
CASEN 2006, la pobreza cayó desde un 18.7% de la
población en 2003 a un 13.7% en 2006; y los
indigentes diminuyeron desde 4,7% a 3,2% en el mismo lapso.
El problema es que de acuerdo a las estimaciones de
la Fundación para la Superación de la Pobreza, los pobres
son muchos más que los reconocidos por las estadísticas oficiales
porque el criterio con que se los ha medido, la
llamada línea de pobreza, está obsoleta. En consecuencia, si bien
la pobreza y la indigencia han disminuido, lo que nos
alegra, los niveles de pobreza e indigencia parecen ser mayores
que lo que indican las cifras oficiales. En todo caso,
sea cual sea la medición de la pobreza se trata
de millones de pobres que nos interpelan, especialmente mujeres, niños
y pueblos indígenas.
En la coyuntura actual se suma la preocupación
por el impacto que ya está teniendo en la calidad
de vida de los más pobres la crisis alimentaria mundial,
que en un contexto globalizado también afecta a nuestro país.
En efecto, las alzas sostenidas de precios de los alimentos
ya está impactando la economía de las familias más pobres,
cuyo presupuesto se destina en un alto porcentaje al consumo
de alimentos. Los expertos señalan que por esta vía lamentablemente
se producirá un alza en los niveles de pobreza, ya
que como sabemos ésta se mide precisamente considerando una línea
de ingresos que se estable a partir de una canasta
básica de alimentos. Frente a ello, desde ya llamamos a
las autoridades y a los actores del mundo económico a
buscar alternativas para enfrentar adecuadamente este fenómeno.
2. Desigualdad
No obstante, el
problema más sustantivo del país se refiere a lo que
los obispos hemos denunciado como las “diferencias sociales (…que…) alcanzan
niveles escandalosos”, que caracterizan el desarrollo de la sociedad chilena
como inequitativo, concentrador y excluyente. En los últimos años, y
pese al aumento significativo del gasto social, la distribución de
la riqueza ha mantenido una estructura extremadamente desigual: las cifras
para el año 2006 indican que el 10% más rico
de la población obtiene ingresos equivalentes a 31 veces más
que los ingresos del 10% más pobre y que mientras
el quintil más pobre de la población accede al 4.1%
de los ingresos, el quintil más rico obtiene el 54.6%
(coeficiente de GINI = 0.54).
Esta regresiva distribución de los
ingresos es sólo una de las expresiones de una desigualdad
estructural que también se manifiesta, entre otras realidades, en las
oportunidades de acceso a educación de calidad, en las posibilidades
de desarrollo de las diversas regiones de un país altamente
centralizado, en la segregación urbana y en la inequidad que
afecta a las mujeres. En definitiva, “Chile tiene una de
las peores distribuciones del ingreso en un continente que tiene,
a su vez, la peor distribución del mundo.”
3. Realidad
Laboral
Pobreza y desigualdad se relacionan con las condiciones laborales vigentes
en Chile. La desigualdad de ingresos chilena se vincula con
las diferencias de remuneración del trabajo asalariado. Más de un
millón de chilenos -1.066.454 personas entre asalariados y no asalariados-
ganan una cifra inferior o igual al ingreso mínimo líquido
y aún en los sectores más dinámicos de la economía,
como el comercio y el forestal, predominan condiciones laborales precarias
y adversas para los trabajadores, en términos del nivel de
las remuneraciones, los horarios de trabajo, el acceso a previsión
social, entre otras. Estas condiciones se ven agudizadas por la
baja tasa de sindicalización, la debilidad de las organizaciones sindicales
y una legislación que limita las posibilidades de negociación de
los trabajadores.
4. El mundo político
En lo político, Chile vive
una etapa de normalidad democrática. En el país incluso se
han dado desarrollos significativos en este aspecto, que se reflejan
en la elección, por primera vez en la historia chilena,
de una mujer a la Presidencia de la República y
en el surgimiento de una ciudadanía cada vez más crítica
y exigente con las autoridades. No obstante, es posible afirmar
que en Chile el proceso de democratización aún presenta debilidades.
Como temas de fondo se puede afirmar que la “sustentabilidad
y el rendimiento de la democracia chilena están desafiados, entre
otras cosas, por la oligarquización de sus élites dirigentes y
su débil renovación generacional, por sus débiles vínculos con la
producción de conocimientos autónomos, por la debilidad en la formulación
de proyectos de largo plazo, y por la transformación de
los partidos en máquinas puramente electorales.”
Ello está asociado con
el desprestigio de la clase política ante la población, como
lo demuestran permanentemente los estudios de opinión pública, con su
retracción a los espacios privados, con una baja adhesión a
la democracia y un déficit de ciudadanía.
Efectivamente, según el
Informe Latinobarómetro 2007, entre los 18 países latinoamericanos, los que
registran una mayor adhesión al sistema democrático son Costa Rica
con un 83 por ciento, Uruguay (75%), Bolivia y Venezuela
(67%) y Ecuador (65%). La media regional se sitúa en
54%. Chile en cambio presenta sólo un 46% de apoyo
a la democracia y un aumento de 13 a 21%
de quienes se manifiestan a favor del autoritarismo, situación que
los autores del estudio atribuyen a la “mala distribución del
ingreso y a la ausencia de movilidad social.”
El mismo
Informe confirma la existencia de un débil desarrollo de la
participación ciudadana. La participación política y social, más allá de
la asistencia a votar, (junto a la preocupación por el
medioambiente) constituye una materia de segundo orden en el concepto
que tienen los latinoamericanos de ciudadanía (pág. 54). Los indicadores
de participación ciudadana utilizados por el estudio sitúan a Chile
bajo el promedio regional y, en algunos casos, en los
últimos lugares. Por ejemplo, la participación en organizaciones políticas y
sociales tiene escasa importancia. Mientras a nivel regional, un 31%
de los ciudadanos no ha participado nunca en ningún tipo
de organización, en Chile esta proporción se eleva al 45%
de la población, la más alta junto a la de
Ecuador (52%).
5. Medioambiente y Desarrollo Sustentable
Además de las debilidades de
carácter sociopolítico, existen crecientes cuestionamientos al costo ecológico de las
principales actividades de la economía chilena, como la minería, el
sector forestal y el pesquero, todas con impactos medioambientales severos
que generan consecuencias adversas en el entorno natural y social
y conflictos medioambientales que afectan más gravemente a las comunidades
pobres. La política y la institucionalidad medioambiental hasta ahora no
han conseguido garantizar un desarrollo sostenible que resuelva los conflictos
entre los requerimientos del crecimiento económico y el cuidado del
medioambiente.
6. La convivencia cotidiana
Todos hemos sido testigos de un
deterioro de la convivencia cotidiana entre los chilenos, que afecta
principalmente a los espacios más íntimos. La violencia intrafamiliar, especialmente
contra niños y mujeres; la violencia en los barrios y
en los estadios, la violencia delictual, son expresiones de una
convivencia que en algunos sectores se hace muy difícil. Requerimos
reconstituir las confianzas y trabajar por proyectos inclusivos, en que
nos respetemos y podamos construir un futuro con sentido de
colaboración y fraternidad.
Junto con constatar estas dificultades, reconocemos las experiencias
positivas de preocupación por el prójimo y el cuidado del
medioambiente, el compromiso serio de muchos por el servicio honesto
al Bien Común, las experiencias solidarias de muchos jóvenes, las
iniciativas de tantos organismos que trabajan por el desarrollo integral.
Todas ellas son signos de esperanza que no siempre son
reconocidos por lo medios de comunicación y que pueden ser
semilla de una forma de convivencia más fraterna.
Como Iglesia estamos
llamados a colaborar en un desarrollo del país en que
se promueva y respete la dignidad de cada persona, debemos
hacernos cargo de estas realidades y para ello necesitamos contar
con la participación de todos –hombres y mujeres- para “trabajar
junto a los demás ciudadanos e instituciones en bien del
ser humano” (DA 384).
Esperamos que estos desafíos estén presentes
en el diseño de las políticas públicas, que sean contenido
fundamental de los eventos electorales que se avecinan y que
sean asumidos como tareas que interpelan también a la sociedad
civil y al mundo empresarial, como responsabilidad nacional que cobra
especial vigencia en el marco del Bicentenario de la Independencia
Nacional, que nos preparamos a celebrar.
Para ello contamos con la
riqueza y vigencia de las enseñanzas de la Encíclicas Sociales,
que son fuente inspiradora y orientadora para avanzar hacia una
cultura de la solidaridad y desarrollo humano integral, más justo
e inclusivo.
Muchas gracias.
Santiago, 15 de mayo de 2008
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