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| Perspectivas para un desarme integral |
Venerado hermano Señor cardenal RENATO RAFFAELE MARTINO Presidente del Consejo
pontificio Justicia y paz
Con vivo placer envío un cordial
saludo a los participantes en el Seminario internacional organizado por
el Consejo pontificio Justicia y paz sobre el tema:
«Desarme, desarrollo y paz. Perspectivas para un desarme integral», expresando
profundo aprecio por una iniciativa tan oportuna. A usted, señor
cardenal, y a cuantos participan en él, les aseguro mi
cercanía espiritual.
El tema sobre el que vais a reflexionar
es muy actual. La humanidad ha alcanzado un formidable progreso
en la ciencia y en la técnica. El ingenio humano
ha producido frutos inimaginables hace pocos decenios. Al mismo tiempo,
en el mundo siguen existiendo áreas sin un adecuado nivel
de desarrollo humano y material; muchos pueblos y personas están
privados de los derechos y las libertades más elementales. Incluso
en las regiones del mundo que gozan de un elevado
nivel de bienestar parecen ensancharse las bolsas de marginación y
miseria.
El proceso mundial de globalización ha abierto nuevos horizontes,
pero tal vez no ha dado aún los resultados esperados.
Y aunque, después de los horrores de la segunda guerra
mundial, la familia humana ha dado prueba de gran civilización
fundando la Organización de las Naciones Unidas, hoy la comunidad
internacional parece desorientada. En diversas áreas del mundo persisten tensiones
y guerras, e incluso donde no se vive la tragedia
de la guerra predominan sentimientos de miedo e inseguridad. Además,
fenómenos como el terrorismo a escala mundial hacen frágil el
confín entre la paz y la guerra, poniendo en serio
peligro la esperanza del futuro de la humanidad.
¿Cómo responder
a estos desafíos? ¿Cómo reconocer los "signos de los tiempos"?
Ciertamente, hace falta una acción común en el ámbito político,
económico y jurídico, pero, antes aún, es necesaria una reflexión
común en el ámbito moral y espiritual; parece cada vez
más urgente promover un "nuevo humanismo", que ilumine al hombre
en la comprensión de sí mismo y del sentido de
su camino en la historia.
Al respecto, cuán actual es
la enseñanza del siervo de Dios Papa Pablo VI y
su propuesta de un humanismo integral, es decir, orientado a
«promover a todos los hombres y a todo el hombre»
(Populorum progressio, 14). El desarrollo no puede reducirse a un
simple crecimiento económico: debe abarcar la dimensión moral y
espiritual; un auténtico humanismo integral debe ser al mismo tiempo
solidario, y la solidaridad es una de las expresiones más
elevadas del espíritu humano; pertenece a sus deberes naturales (cf.
St 2, 15-16) y vale tanto para las personas como
para los pueblos (cf. Gaudium et spes, 86); de su
aplicación dependen el pleno desarrollo y la paz, pues el
hombre, cuando sólo busca el bienestar material permaneciendo encerrado en
su propio yo, se cierra a sí mismo el camino
hacia la plena realización y la auténtica felicidad.
En vuestro
seminario reflexionáis sobre tres elementos interdependientes entre sí: el
desarme, el desarrollo y la paz. En efecto, no se
puede concebir una paz auténtica y duradera sin el desarrollo
de todas las personas y de todos los pueblos:
Pablo VI dijo que «el desarrollo es el nuevo nombre
de la paz» (ib., 87). Y no se puede realizar
una reducción de armamentos si antes no se elimina la
raíz de la violencia, o sea, si antes el hombre
no se orienta decididamente a la búsqueda de la paz,
de lo bueno y de lo justo. La guerra, como
toda forma de mal, tiene su origen en el corazón
del hombre (cf. Mt 15, 19; Mc 7, 20-23). En
este sentido, el desarme no sólo se refiere a los
armamentos de los Estados, sino que también implica a todos
los hombres, llamados a desarmar su corazón y a ser
por doquier constructores de paz.
Mientras exista el peligro de
una agresión, el armamento de los Estados será necesario por
razones de legítima defensa, que constituye uno de los derechos
inalienables de los Estados, pues también guarda relación con el
deber de los Estados de defender la seguridad y la
paz de los pueblos. Sin embargo, no parece lícito cualquier
nivel de armamento, porque «cada Estado puede poseer únicamente las
armas necesarias para garantizar su legítima defensa» (Consejo pontificio Justicia
y paz, El comercio internacional de armas, Ciudad del Vaticano,
1994, p. 13). La falta de respeto de este "principio
de suficiencia" conduce a la paradoja por la que los
Estados amenazan la vida y la paz de los pueblos
que pretenden defender; y los armamentos, en vez de ser
garantía de paz, corren el riesgo de convertirse en una
trágica preparación para la guerra.
Existe, además, una estrecha relación
entre desarme y desarrollo. De hecho, los ingentes recursos materiales
y humanos empleados en gastos militares y en armamentos se
sustraen a los proyectos de desarrollo de los pueblos, especialmente
de los más pobres y necesitados de ayuda. Y esto
va contra lo que afirma la misma Carta de las
Naciones Unidas, que compromete a la comunidad internacional, y a
los Estados en particular, a "promover el establecimiento y el
mantenimiento de la paz y de la seguridad internacional con
el mínimo dispendio de los recursos humanos y económicos mundiales
en armamentos" (art. 26).
En efecto, ya Pablo VI, en
1964, pidió a los Estados que redujeran el gasto militar
de armamentos y crearan, con los recursos ahorrados de este
modo, un fondo mundial destinado a proyectos de desarrollo de
las personas y de los pueblos más pobres y necesitados
(cf. Mensaje a los periodistas para el mundo, 4 de
diciembre de 1964). Pero lo que está sucediendo es que
la producción y el comercio de armas aumentan continuamente y
desempeñan un papel impulsor en la economía mundial. Más aún,
existe una tendencia a superponer la economía civil sobre la
militar, como muestra la difusión continua de bienes y conocimientos
para un «uso dual», o sea, para el posible doble
uso, civil y militar. Este peligro es grave en los
sectores biológico, químico y nuclear, en los que los programas
civiles jamás serán seguros sin el abandono general y completo
de los programas militares y hostiles. Por eso, renuevo el
llamamiento para que los Estados reduzcan los gastos militares en
armamentos y tomen seriamente en consideración la idea de crear
un fondo mundial, que se destine a proyectos de desarrollo
pacífico de los pueblos.
Existe igualmente una estrecha relación entre
el desarrollo y la paz, en un doble sentido. En
efecto, puede haber guerras desencadenadas por graves violaciones de los
derechos humanos, por la injusticia y la miseria, pero no
hay que descuidar el peligro de verdaderas "guerras de bienestar",
es decir, causadas por la voluntad de extender o conservar
el dominio económico en perjuicio de los demás. El simple
bienestar material, sin un coherente desarrollo moral y espiritual, puede
cegar al hombre hasta el punto de impulsarlo a matar
a su hermano (cf. St 4, 1 ss). Hoy, de
modo aún más urgente que en el pasado, es necesaria
una decidida opción de la comunidad internacional en favor de
la paz. En el plano económico, es preciso hacer que
la economía se oriente al servicio de la persona humana,
a la solidariedad, y no sólo al lucro.
En el
ámbito jurídico, los Estados están llamados a renovar su compromiso,
de modo particular por el respeto de los tratados internacionales
vigentes sobre el desarme y el control de todos los
tipos de armas, así como por la ratificación y la
consiguiente entrada en vigor de los instrumentos ya adoptados, como
el Tratado sobre la prohibición general de pruebas nucleares, y
por el éxito de los negociaciones actuales, como las que
se están realizando sobre las armas de racimo, sobre el
comercio de armas convencionales o sobre el material fisible. Por
último, es necesario esforzarse todo lo posible contra la proliferación
de armas ligeras y de bajo calibre, que alimentan las
guerras locales y la violencia urbana, y matan cada día
a demasiadas personas en todo el mundo.
Sin embargo, sin
una conversión del hombre al bien en el plano cultural,
moral y espiritual, será difícil encontrar una solución a las
diversas cuestiones de índole técnica. Todo hombre, en cualquier condición,
está llamado a convertirse al bien y a buscar la
paz, en su corazón, con el prójimo, en el mundo.
En este sentido, sigue siendo siempre válido el magisterio del
beato Papa Juan XXIII, que indicó con claridad el objetivo
de un desarme integral, afirmando: «Ni el cese en
la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas,
ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles
si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta
las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos
por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones
el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra» (Pacem
in terris, 113).
Al mismo tiempo, no hay que descuidar
el efecto que los armamentos producen en el estado de
ánimo y en el comportamiento del hombre, pues las armas
tienden a alimentar a su vez la violencia. Pablo VI
captó de modo muy agudo este aspecto en su Discurso
a la Asamblea general de las Naciones Unidas de 1965.
En aquella sede, a donde también yo me preparo para
ir en los próximos días, afirmó: «Las armas, sobre
todo las terribles armas que os ha dado la ciencia
moderna, antes aún de causar víctimas y ruinas, engendran malos
sueños; alimentan malos sentimientos; crean pesadillas, desconfianzas, negras resoluciones; exigen
enormes gastos; detienen los proyectos de solidaridad y de trabajo
útil; alteran la psicología de los pueblos» (n. 5).
Como
muchas veces reafirmaron mis predecesores, la paz es un don
de Dios, un don valioso que hay que buscar y
conservar también con medios humanos. Por consiguiente, es precisa la
aportación de todos y es cada vez más necesaria una
amplia difusión de la cultura de la paz y una
educación común para la paz, sobre todo de las nuevas
generaciones, con respecto a las cuales las generaciones adultas tienen
graves responsabilidades. Por lo demás, subrayar el deber de cada
hombre de construir la paz no significa descuidar la existencia
de un verdadero derecho humano a la paz. Derecho fundamental
e inalienable; más aún, derecho del que depende el ejercicio
de todos los demás derechos: "Es tan grande el
bien de la paz -escribió san Agustín-, que aun en
las cosas terrenas y mortales no solemos oír cosa de
mayor gusto, ni desear objeto más agradable, ni, finalmente, podemos
hallar cosa mejor" (La Ciudad de Dios, XIX, 11).
Señor
cardenal y participantes en el seminario, dirigiendo la mirada a
las situaciones concretas en las que vive hoy la humanidad,
se podría sentir la tentación del desaliento y la resignación:
en las relaciones internacionales a veces parecen prevalecer la
desconfianza y la soledad; los pueblos se sienten divididos, y
unos contra otros. Una guerra total, de terrible profecía corre
el riesgo de transformarse en trágica realidad. Pero la guerra
jamás es inevitable, y la paz siempre es posible, más
aún, es un deber.
Así pues, ha llegado el momento
de cambiar el curso de la historia, de recuperar la
confianza, de cultivar el diálogo, de alimentar la solidaridad. Estos
son los nobles objetivos que inspiraron a los fundadores de
la Organización de las Naciones Unidas, verdadera experiencia de amistad
entre los pueblos. El futuro de la humanidad depende del
compromiso de todos. Sólo persiguiendo un humanismo integral y solidario,
en cuyo contexto también la cuestión del desarme asume un
carácter ético y espiritual, la humanidad podrá caminar hacia la
anhelada paz auténtica y duradera. Ciertamente, este camino no es
fácil, y está sometido a peligros, como reconoció hace ya
treinta años mi venerado predecesor Pablo VI en el Mensaje
a la primera sesión especial sobre desarme de la Asamblea
general de las Naciones Unidas: «El camino que conduce
a la instauración de un orden internacional nuevo, capaz de
eliminar las guerras y sus causas, y, por consiguiente, capaz
de hacer superfluas las armas, no podrá ser, sin embargo,
tan corto como quisiéramos» (Mensaje del 24 de mayo de
1978, n. 6: L´Osservatore Romano, edición en lengua española,
18 de junio de 1978, p. 11).
Los creyentes encuentran
apoyo en la palabra de Dios, que nos anima a
la fe y a la esperanza, con vistas a la
paz definitiva del reino de Dios, donde «la misericordia y
la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se
besan» (Sal 85, 11). Por eso, con ardiente oración imploramos
de Dios el don de la paz para toda la
humanidad.
Con estos sentimientos, renuevo mi felicitación al Consejo pontificio
Justicia y paz por haber promovido y organizado este encuentro
sobre un tema tan delicado y urgente, aseguro un recuerdo
particular en la oración por el éxito de los trabajos,
y de corazón envío a todos una especial bendición apostólica.
Vaticano,
10 de abril de 2008
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