La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Zenit | Fuente: Zenit La Ley no es un “cumplimiento” sino libertad
Ofrecemos a continuación el texto de la homilía que pronunció el Papa Benedicto XVI, durante la Eucaristía celebrada el pasado 30 de agosto
La Ley no es un “cumplimiento” sino libertad
CASTEL GANDOLFO, lunes 14 de septiembre de 2009
El texto ha
sido distribuido este lunes por la Oficina de Información de
la Santa Sede.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio nos sale al encuentro uno de los
temas fundamentales de la historia religiosa de la humanidad: la
cuestión de la pureza del hombre ante Dios. Volviendo su
mirada hacia Dios, el hombre reconoce estar "contaminado" y encontrarse
en una condición en la cual no puede acceder al
Santo. Surge así la pregunta sobre cómo puede llegar a
ser puro, liberarse de la "suciedad" que le separa de
Dios. De esta forma han nacido, en las diversas religiones,
ritos purificatorios, caminos de purificación interior y exterior. En el
Evangelio de hoy encontramos ritos de purificación, que se arraigan
en la tradición del Antiguo Testamento, pero que son, con
todo, gestionados de una forma muy unilateral. En consecuencia, ya
no sirven para una apertura del hombre a Dios, ya
no son caminos de purificación y de salvación, sino que
se convierten en elementos de un sistema autónomo de cumplimientos
que, para ser cumplido verdaderamente en plenitud, exige incluso especialistas.
El corazón del hombre ya no es alcanzado. El hombre,
que se mueve dentro de este sistema, o se siente
esclavizado o cae en la soberbia de poderse justificar a
sí mismo.
La exégesis liberal dice que en este Evangelio
se revelaría el hecho de que Jesús habría sustituido el
culto con la moral. Habría dejado aparte el culto con
todas sus prácticas inútiles. La relación entre el hombre y
Dios se basaría ahora únicamente en la moral. Si eso
fuese verdad, significaría que el cristianismo, en su esencia, es
moralidad, es decir, que nosotros mismos nos hacemos puros y
buenos mediante nuestra actuación moral. Si reflexionamos profundamente sobre esta
opinión, resulta obvio que ésta no puede ser la respuesta
completa de Jesús a la cuestión sobre la pureza. Si
queremos oír y comprender plenamente el mensaje del Señor, entonces
debemos escuchar también plenamente, no podemos contentarnos con un detalle,
sino que debemos prestar atención a su mensaje entero. En
otras palabras, debemos leer enteramente los Evangelios, todo el Nuevo
Testamento y el Antiguo junto con él.
La primera lectura
de hoy, sacada del Libro del Deuteronomio, nos ofrece un
aspecto importante de una respuesta y nos hace dar un
paso adelante. Aquí escuchamos una cosa quizás sorprendente para nosotros,
es decir que Israel mismo es invitado por Dios a
serle agradecido y a sentir un humilde orgullo por el
hecho de conocer la voluntad de Dios y así de
ser sabio. Precisamente en aquel periodo la humanidad, tanto en
el ambiente griego como en el semítico, buscaba la sabiduría:
buscaba comprender lo que cuenta. La ciencia nos dice muchas
cosas y nos es útil en muchos aspectos, pero la
sabiduría es el conocimiento de lo esencial - conocimiento del
fin de nuestra existencia y de cómo tenemos que vivir
para que la vida sea del modo justo. La lectura
tomada del Deuteronomio señala el hecho de que la sabiduría,
en último término, es idéntica a la Torá - a
la Palabra de Dios que nos revela lo que es
esencial, para cuyo fin y en cuya forma tenemos que
vivir. Así la Ley no se muestra como una esclavitud,
sino que es - a semejanza de lo que dice
el gran Salmo 119 - causa de una gran alegría:
no andamos a tientas en la oscuridad, no vamos vagando
en vano en busca de lo que pudiera ser recto,
no somos como ovejas sin pastor, que no saben donde
está el camino correcto. Dios se ha manifestado. Él mismo
nos indica el camino. Conocemos su voluntad y con ello
la verdad que cuenta en nuestra vida. Son dos las
cosas que se nos dicen de parte de Dios: por
un lado, que Él se ha manifestado y nos indica
el camino justo; por otro, que Dios es un Dios
que escucha, que está cerca de nosotros, nos responde y
nos guía. Con ello se toca también el tema de
la pureza: su voluntad nos purifica, su cercanía nos guía.
Creo que vale la pena detenerse un momento sobre el
gozo de Israel por el hecho de conocer la voluntad
de Dios y de haber recibido así en regalo la
sabiduría que nos cura y que no podemos encontrar solos.
¿Existe entre nosotros, en la Iglesia de hoy, un sentimiento
parecido de alegría por la cercanía de Dios y por
el don de su Palabra? El que quisiera mostrar un
sentimiento semejante, sería en seguida acusado de triunfalismo. Pero, precisamente,
no es nuestra habilidad la que nos indica la verdadera
voluntad de Dios. Es un don inmerecido que nos hace
al mismo tiempo humildes y contentos. Si reflexionamos sobre la
perplejidad del mundo ante las grandes cuestiones del presente y
del futuro, entonces también dentro de nosotros debería surgir nuevamente
la alegría por el hecho de que Dios nos haya
mostrado gratuitamente su rostro, su voluntad, a sí mismo. Si
esta alegría resurge entre nosotros, tocará también el corazón de
los no creyentes. Sin esta alegría no somos convincentes. Sin
embargo, donde esta alegría está presente, ésta - aun sin
querer - posee una fuerza misionera. Suscita, de hecho, en
los hombres la pregunta de si no está verdaderamente aquí
el camino - si esta alegría no lleve efectivamente a
las huellas del mismo Dios.
Todo esto se profundiza después
en el pasaje, tomado de la Carta de Santiago, que
la Iglesia nos propone hoy. Yo amo la Carta de
Santiago sobre todo porque, gracias a ella, podemos hacernos una
idea de la devoción de la familia de Je´sus. Esta
era una familia religiosa. Religiosa en el sentido de que
vivía la alegría deuteronómica por la cercanía de Dios, que
se nos da en su Palabra y en su Mandamiento.
Es un tipo de observancia completamente distinta de la que
encontramos en los fariseos del Evangelio, que habían hecho de
ella un sistema exteriorizado y esclavizador. Es también un tipo
de observancia distinto de la que Pablo, como rabino, había
aprendido: aquella era - como observamos en sus cartas -
la observancia de un especialista que conocía todo y sabía
todo; que estaba orgulloso de su conocimiento y de su
justicia, y que, sin embargo, sufría bajo el peso de
las prescripciones, de modo que la Ley ya no aparecía
como guia gozosa hacia Dios, sino más bien como una
exigencia que, en definitiva, no podía ser cumplida.
En la
Carta de Santiago encontramos esa observancia que no se mira
a sí misma, sino que se vuelve gozosamente hacia el
Dios cercano, que nos da su cercanía y nos indica
el camino justo. Así la Carta de Santiago habla de
la Ley perfecta de la libertad y entiende con ello
la comprensión nueva y profundizada de la Ley que nos
ha dado el Señor. Para Santiago la Ley no es
una exigencia que pretende demasiado de nosotros, que está frente
a nosotros desde fuera y que nunca puede ser satisfecha.
Él piensa en la perspectiva que encontramos en una frase
de los discursos del adiós de Jesús: "Ya no os
llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace
su señor; os he llamado amigos, porque todo lo que
he oído de mi Padre os lo he dado a
conocer" (Jn 15, 15). Aquel a quien se le ha
revelado todo, pertenece a la familia; ya no es siervo,
sino libre porque, precisamente, forma parte él mismo de la
casa. Una introducción inicial parecida en el pensamiento de Dios
mismo se sucedió a Israel en el monte Sinaí. Ha
sucedido de modo grande y definitivo en el Cenáculo y,
en general, mediante la obra, la vida, la pasión y
la resurrección de Je´sus; en Él Dios nos lo ha
dicho todo, se ha manifestado completamente. Ya no somos siervos,
sino amigos. Y la Ley ya no es una prescripción
para personas no libres, sino que es contacto con el
amor de Dios - el ser introducido a formar parte
de la familia, acto que nos hace libres y "perfectos".
Es en este sentido que Santiago nos dice, en la
lectura de hoy, que el Señor nos ha engendrado por
medio de su Palabra, que Él ha plantado su Palabra
en nuestro interior como fuerza de vida. Aquí se habla
también de la "religión pura" que consiste en el amor
hacia el prójimo - particularmente hacia los huérfanos y las
viudas, hacia aquellos que tienen más necesidad de nosotros -
y en la libertad frente a las modas de este
mundo, que nos contaminan. La Ley, como palabra de amor,
no es una contradicción a la libertad, sino una renovación
desde dentro mediante la amistad con Dios. Algo parecido se
manifiesta cuando Je´sus, en el discurso sobre la vid, dice
a los discípulos: "Vosotros sois puros, por la palabra que
os he anunciado" (Jn 15, 3). Y otra vez aparece
lo mismo en la Oración sacerdotal: vosotros estáis consagrados en
la verdad (cfr Jn 17, 17-19). Así encontramos ahora la
estructura justa del proceso de purificación y de pureza: no
somos nosotros quienes creamos lo que es bueno - esto
sería un simple moralismo - sino que es la Verdad
la que nos sale al encuentro. Él mismo es la
Verdad, la Verdad en persona. La pureza es un acontecimiento
dialógico. Comienza con el hecho de que Él nos sale
al encuentro - Él, que es la Verdad y el
Amor - nos toma de la mano, se compenetra con
nuestro ser. En la medida en que nos dejamos tocar
por Él, en el que el encuentro se convierte en
amistad y amor, somos nosotros mismos, a partir de su
pureza, personas puras y después personas que aman con su
amor, personas que introducen a los demás en su pureza
y en su amor.
Agustín resumió todo este proceso en
esta bella expresión: Da quod iubes et iube quod vis
- concede lo que mandas y después manda lo que
quieres. Esta petición queremos ahora llevar ante el Señor y
rezarle: sí, purifícanos en la verdad. Sé tú la Verdad
que nos hace puros. Haz que mediante la amistad contigo
lleguemos a ser libres y así verdaderamente hijos de Dios,
haz que seamos capaces de sentarnos a tu mesa y
de difundir en este mundo la luz de tu pureza
y bondad. Amén.
(Traducción de la versión oficial italiana por
Inma Álvarez)
Para recibir las noticias de Zenit por correo electrónico
puede suscribirse aquí
Zenit.org, 2004. Todos
los derechos reservados. Para conocer las condiciones de uso, puede
visitar el sitio zenit o con-tactar a infospanish@zenit.org
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR