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Autor: . | Fuente: Ecclesia Discurso del Papa a los políticos en la Republica Checa
Cada generación tiene la tarea de comprometerse en la ardua búsqueda sobre cómo ordenar rectamente las realidades humanas, esforzándose por comprender el uso correcto de la libertad
Discurso del Papa a los políticos en la Republica Checa
26 de septiembre de 2009
Excelencias, Señoras y Señores,
Agradezco por la oportunidad
que me han dado para encontrar, en este extraordinario contexto,
a las autoridades políticas y civiles de la República Checa
y a los miembros de la comunidad diplomática. Agradezco vivamente
al Señor Presidente Klaus por las gentiles palabras de saludo
que ha pronunciado en nombre de ustedes. Expreso, además, mi
aprecio a la Orquesta Filarmónica Checa por la ejecución musical
que ha abierto nuestro encuentro, y que ha expresado de
manera elocuente tanto las raíces de la cultura checa como
la relevante contribución ofrecida por esta Nación a la cultura
europea.
Mi visita pastoral a la República Checa coincide con el
vigésimo aniversario de la caída de los regímenes totalitarios en
Europa Central y Oriental, y de la “Revolución del Terciopelo”
que restableció la democracia en esta nación. La euforia que
siguió fue expresada en términos de libertad. A dos decenios
de distancia de los profundos cambios políticos que transformaron este
continente, el proceso de sanación y reconstrucción continúa ahora en
el interior del más amplio contexto de la unificación europea
y de un mundo cada vez más globalizado. Las aspiraciones
de los ciudadanos y las expectativas creadas por los gobiernos
reclaman nuevos modelos en la vida pública y de solidaridad
entre las naciones y los pueblos, sin los cuales el
futuro de justicia, de paz y prosperidad, esperado por largo
tiempo, quedaría sin respuesta. Tales deseos continúan su desarrollo. Hoy,
especialmente entre los jóvenes, surge de nuevo la pregunta sobre
la naturaleza de la libertad conquistada ¿Para cuál objetivo se
vive en libertad?
¿Cuáles son sus auténticos rasgos distintivos?
Cada generación
tiene la tarea de comprometerse en la ardua búsqueda sobre
cómo ordenar rectamente las realidades humanas, esforzándose por comprender el
uso correcto de la libertad (cfr. Spe salvi, 25). El
deber de reforzar las “estructuras de libertad” es fundamental, pero
no es suficiente: las aspiraciones humanas se elevan más allá
de sí mismas, más allá de lo que cualquier autoridad
política o económica pueda ofrecer, hacia aquella esperanza luminosa (cfr.
ibid., 35), que encuentra su origen más allá de nosotros
mismos y se manifiesta al mundo como verdad, belleza y
bondad. La libertad busca un objetivo y por ello requiere
una convicción. La verdadera libertad presupone la búsqueda de la
verdad – del verdadero bien – y, por tanto, encuentra
su propia perfección precisamente en conocer y hacer aquello que
es recto y justo. La verdad, en otras palabras, es
la norma y guía para la libertad, y la bondad,
es su perfección.
Aristóteles definió el bien como “aquello a
lo que tienden todas las cosas”, y llegó a sugerir
que “si bien es digno conseguir el fin aunque sólo
para un hombre, es más bello aún y más divino
conseguirlo para una nación o para unas polis” (Ética a
Nicómaco, 1; cfr. Caritas in veritate, 2). En verdad, la
alta responsabilidad de tener esta sensibilidad por lo verdadero y
el bien recae sobre quien ejerza el papel de guía:
en el campo religioso, político o cultural, según el modo
que le es propio. Juntos debemos comprometernos en la lucha
por la libertad y la búsqueda de la verdad: las
dos cosas van juntas, mano a mano, o juntas perecen
míseramente (cfr. Fides et ratio, 90).
Para los cristianos, la verdad
tiene un nombre: Dios. Y el bien tiene un rostro:
Jesucristo. La fe cristiana, desde el tiempo de los Santos
Cirilo y Metodio y de los primeros misioneros, ha jugado
en realidad un papel decisivo en el plasmar la herencia
espiritual y cultural de este país. Debe ser lo mismo
en el presente y en el futuro. El rico patrimonio
de valores espirituales y culturales, que se expresan los unos
a través de los otros, no sólo ha dado forma
a la identidad de esta nación, sino que también la
ha dotado de la perspectiva necesaria para ejercitar un papel
de cohesión en el corazón de Europa. Por siglos esta
tierra ha sido punto de encuentro entre pueblos, tradiciones y
culturas diversas. Como bien sabemos, ella ha conocido capítulos dolorosos
y lleva cicatrices de los trágicos sucesos causados por la
incomprensión, por la guerra y las persecuciones. Y es verdad
también que sus raíces cristianas han favorecido el crecimiento de
un considerable espíritu de perdón, de reconciliación y de colaboración,
que ha permitido a la gente de estas tierras ser
capaz de encontrar la libertad e inaugurar una nueva era,
una nueva síntesis, una renovada esperanza.
¿No es, precisamente, de
éste espíritu que tiene necesidad la Europa de hoy?
Europa es
más que un continente. ¡Es una casa! Y la libertad
encuentra su significado más profundo en el ser una patria
espiritual. En el pleno respecto de la distinción entre las
esferas política y religiosa – distinción que garantiza la libertad
de los ciudadanos de expresar su propio credo religioso y
de vivir en sintonía con él – deseo remarcar el
insustituible papel del cristianismo para la formación de la conciencia
de cada generación y para la promoción de un consenso
ético de fondo, al servicio de toda persona humana que
llama a este continente ¡“casa”!
En este espíritu, doy acto a
las voces de cuantos hoy, en este País y en
Europa, tratan de aplicar la propia fe, de modo respetuoso
pero determinado, en la arena política, en la expectativa que
las normas sociales y las líneas políticas sean inspiradas por
el deseo de vivir según la verdad que hace libre
a cada hombre y mujer (cfr. Caritas in veritate, 9).
La
fidelidad a los pueblos que ustedes sirven y representan requiere
la fidelidad a la verdad que, solo, es la garantía
de la libertad y del desarrollo humano integral (cfr. ibid.,
9). En efecto, el coraje de presentar claramente la verdad
es un servicio a todos los miembros de la sociedad:
eso, en efecto, ilumina el camino del progreso humano, indica
los fundamentos éticos y morales, y garantiza que las directivas
políticas se inspiren en el tesoro de la sabiduría humana.
La atención a la verdad universal no debería ser nunca
eclipsada por los intereses particularistas, por muy importantes que sean,
porque ello conduciría únicamente a nuevos casos de fragmentación social
o discriminación, que, precisamente, aquellos grupos de interés o de
presión declaran querer superar. En efecto, la búsqueda de la
verdad, lejos de amenazar la tolerancia de las diferencias o
el pluralismo cultural, hace posible el consenso y permite al
debate público mantenerse lógico, honesto y responsable, asegurando aquella unidad
que las vagas nociones de integración simplemente no están en
grado de realizar.
Tengo confianza que, a la luz de la
tradición eclesial acerca de la dimensión material, intelectual y espiritual
de las obras de caridad, los miembros de la comunidad
católica, junto a los de las otras Iglesias, comunidades eclesiales
y religiones, continuarán persiguiendo, en esta nación y más allá,
objetivos de desarrollo que posean un valor más humano y
humanizante (cfr. ibid., 9).
Queridos amigos, nuestra presencia en esta magnífica
capital, con frecuencia llamada “el corazón de Europa”, nos estimula
a preguntarnos en qué consiste este “corazón”. Es cierto que
no hay una respuesta fácil a tal pregunta, pero un
indicio es constituido seguramente por las joyas arquitectónicas que adornan
esta ciudad. La estupefaciente belleza de sus iglesias, del castillo,
de las plazas y de los puentes no pueden sino
orientar hacia Dios nuestras mentes. Su belleza expresa fe; son
epifanías de Dios que justamente nos permiten considerar las grandes
maravillas a las que nosotros, criaturas, podemos aspirar cuando damos
expresión a la dimensión estética y cognoscitiva de nuestro ser
más profundo. Como sería trágico si admiraran tales ejemplos de
belleza, ignorando el misterio trascendente que ellas indican. El encuentro
creativo de la tradición clásica con el Evangelio ha dado
vida a una visión del hombre y de la sociedad
sensible a la presencia de Dios entre nosotros. Tal visión,
en el plasmar el patrimonio cultural de este continente, ha
puesto caramente a la luz que la razón no termina
con aquello que el ojo ve, es más, es atraída
por aquello que está más allá, aquello que nosotros profundamente
anhelamos: el Espíritu, podemos decir, de la Creación.
En el contexto
de la actual encrucijada de la civilización, con frecuencia marcada
por la escisión de la unidad de bondad, verdad y
belleza, y por la consiguente dificultad para encontrar un consenso
sobre los valores comunes, cada esfuerzo por el humano progreso
debe inspirarse en aquella herencia viviente. Europa, fiel a sus
raíces cristianas, tiene una particular vocación a sostener esta visión
trascendente en sus iniciativas al servicio del bien común de
los individuos, comunidades y naciones. De particular importancia es la
tarea de animar a los jóvenes europeos mediante una formación
que respete y alimente la capacidad, dada a ellos por
Dios, de trascender los límites que tal vez se presume
que deban atraparlos. Que en los deportes, en las artes
creativas y en la investigación académica, los jóvenes encuentren la
oportunidad de sobresalir. ¿No es igualmente verdadero que, si confrontados
con altos ideales, ellos aspirarán también a la virtud moral
y a una vida basada en el amor y la
bondad? Animo con vivacidad a los padres y responsables de
las comunidades que se esperan de las autoridades la promoción
de los valores capaces de integrar la dimensión intelectual, humana
y espiritual en una sólida formación, digna de las aspiraciones
de nuestros jóvenes. “Veritas vincit”. Este es le lema de la
bandera del Presidente de la República Checa: al final, la
verdad vence, no con la fuerza, sino gracias a la
persuasión, al testimonio heroico de hombres y mujeres de sólidos
principios, al diálogo sincero que sabe mirar más allá de
los intereses personales, a la necesidad del bien común. La
sed de verdad, bondad y belleza, impresa en todos los
hombres y mujeres por el Creador, se entinde que conduce
a las personas juntas a la búsqueda de la justicia,
la libertad y la paz. La historia ha demostrado ampliamente
que la verdad puede ser traicionada y manipulada en servicio
a falsas ideologías, a la opresión y a la injusticia.
Pero, ¿los desafíos que debe afrontar la familia humana no
nos llaman, tal vez, a mirar más allá de estos
peligros? Al final, ¿que cosa es más deshumana y destructiva
que el cinismo que quisiera negar la grandeza de nuestra
búsqueda de la verdad, y del relativismo que corroe los
valores mismos que sostienen la construcción de un mundo unido
y fraterno? Nosotros, por el contrario, debemos adquirir confianza en
la nobleza y grandeza del espíritu humano por su capacidad
de alcanzar la verdad, y dejar que la confianza nos
guíe en el paciente trabajo de la política y la
diplomacia.
Señoras y señores, con estos sentimientos expreso en la oración
el augurio que el trabajo de ustedes sea inspirado y
sostenido por la luz de aquella verdad que es el
reflejo de la eterna Sabiduría de Dios Creador. Sobre Ustedes
y sus familias, invoco de corazón la abundancia de las
bendiciones divinas.
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