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Autor: . | Fuente: Análsis Digital
La Cultura de la Vida implica una aceptación incondicional del ser humano
El cardenal Rouco recuerda que ‘la Cultura de la Vida’ implica una aceptación incondicional del ser humano desde que es engendrado hasta su muerte natural
 
La Cultura de la Vida implica una aceptación incondicional del ser humano
La Cultura de la Vida implica una aceptación incondicional del ser humano


03/11/2009


En su habitual alocución en el informativo diocesano de la Cadena COPE, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, afirmó el domingo que “‘la Cultura de la Vida’ no sólo implica una aceptación intelectual y un cultivo práctico del valor incondicional –e incondicionado– de la vida de cada ser humano desde que es engendrado en el seno de su madre hasta su muerte natural, sino también la actitud de un profundo y delicado respeto de sus restos mortales cuando fallece

El cardenal recordó que éste hecho lleva consigo, por muy paradójico que pueda parecer, tanto el imperativo ético y espiritual de la acogida y el cuidado amoroso de toda vida humana por muy minúscula, quebrantada o deforme que perezca, como la exigencia moral del trato exquisitamente respetuoso del cuerpo humano muerto. La razón es muy clara, sobre todo vista a la luz de la fe cristiana: la cultura de la vida parte de la verdad del valor trascendente e inmortal del hombre más allá de la muerte. No sólo el alma, sino también el cuerpo están llamados a la inmortalidad: a la vida eterna ¡a una vida nueva e imperecedera en Dios!”.

Y es que, explicó, “el hombre muere porque desde su principio rompió con Dios. El hombre puede vivir ya eterna y gozosamente si, unido a la oblación infinitamente amorosa de Jesucristo en la Cruz, ofrecida al Padre por la salvación del mundo, vive y muere con El”. “¡Ningún hombre es ‘un ser para la muerte’! ¡ni en su alma, ni en su cuerpo! ¡Todo ser humano es para la Vida, eterna y gloriosa, en su alma y su cuerpo!”, afirmó. Pero, “del hombre, de cada hombre, del uso de su libertad, dependerá de si ese final eterno será glorioso o no”.

Para el cardenal, “la ‘pastoral de la Iglesia’ es siempre ‘una pastoral de la Vida’, en su curso temporal y a la hora de la muerte. La Iglesia conduce a sus hijos por la Palabra, los Sacramentos y la Caridad en el camino de esta vida temporal y perecedera de tal forma que, venciendo al pecado, venzan a la muerte espiritual y corporal. ‘Sus fieles’ son suyos en la vida y en la muerte. Sus hijos, cuando mueren, son sus ‘fieles difuntos’. Rodea sus cuerpos de respeto humano y de plegaria fraterna; más aún, de los ritos más bellos y esperanzadores de su Liturgia. Celebra por ellos el Sacrificio Pascual de Jesucristo, el Sacramento de la Eucaristía”.

“Esa piedad para con los difuntos”, prosiguió, “hemos de renovarla y actualizarla constantemente, siendo fieles a las indicaciones del Vaticano II y de los libros litúrgicos y, de nuestras proposiciones más próximas del III Sínodo de Madrid y de las normas diocesanas que lo aplican. La caridad cristiana nos lleva a la oración y a los sufragios por nuestros fieles difuntos, recomendados por la Iglesia, y alienta a rogar a Dios, al Señor de la vida y de la misericordia, por todos los muertos de la gran familia humana”.

En este sentido, señaló que “es extraordinariamente significativo y elocuente lo que está aconteciendo en la cultura de la modernidad contemporánea, la de nuestra sociedad: se desprecia a la Vida y se minusvalora la muerte. Se trata mal a los vivos y se vilipendia frívolamente a los muertos”. “A este resultado, tan inhumano, en la hora de la vida y de la muerte del hombre, conduce una cultura que no reconoce el valor trascendente del ser humano y que se instala, por tanto, en la bagatelización y en la instrumentalización, cínicamente egoísta, de la vida y de la muerte: en la manipulación utilitarista de los vivos y de los muertos”, precisó.

Por eso, “la oración y la memoria cristiana de nuestros difuntos cobra una importancia pastoral singular en este ambiente de negación práctica de Dios, que se infiltra en nuestras familias y que corroe lo más íntimo y valioso de nuestras mejores tradiciones y costumbres religiosas y culturales. Se convierte en un testamento evangelizador de primer orden y en una contribución impagable a la humanización verdadera de nuestra sociedad: ¡a la recuperación del hombre en toda su dignidad de persona e hijo de Dios!”.

Concluyó exhortando a todos los fieles a guardar “la piadosa memoria de nuestros difuntos. ¡Que nuestra plegaria les acompañe siempre!”.



 
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