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A la embajada de Italia ante la Santa Sede el
Papa recuerda la distinción y la autonomía entre Estado e
Iglesia, que “la Iglesia no sólo reconoce y respeta, sino
que se alegra de ellas, como de un gran progreso
de la humanidad y de una condición fundamental para su
misma libertad y el cumplimiento de su misión universal de
salvación entre todos los pueblos”
Ciudad del Vaticano
El sábado por
la mañana, 13 de diciembre, el Santo Padre Benedicto XVI
se dirigió en visita a la Embajada de Italia ante
la Santa Sede. En la Capilla de la Embajada, recientemente
restaurada, en presencia de los dependientes de la Embajada y
e de sus familiares, después de un breve momento de
adoración del Santísimo Sacramento, el Papa pronunció un discurso de
saludo en el que recordó la figura de San Carlos
Borromeo, a quien está dedicada la capilla. Él, junto a
su hermano Federico, recibió como regalo todo el edificio de
su tío, el Pontífice Pío IV. El Pontífice subrayó el
proceso de maduración espiritual del joven Borromeo, que lo llevó
a una profunda conversión marcada por una decidida opción de
vida evangélica. “El camino humano y espiritual de San Carlos
Borromeo – destacó – muestra cómo la gracia divina puede
transformar el corazón del hombre y hacerlo capaz de un
amor hacia los hermanos hasta el sacrificio de sí”. Luego, en
el Salón de la Embajada, se realizó el Encuentro oficial.
En su discurso Benedicto XVI ante todo recordó las visitas
de tres Predecesores suyos: los Siervos de Dios Pío XII,
Pablo VI y Juan Pablo II. Después de haber citado
los recientes encuentros con el Presidente de la República italiana,
el Pontífice retomó cuanto ya afirmó en la visita al
Quirinal, es decir, que “en la ciudad de Roma conviven
pacíficamente y colaboran fructuosamente el Estado Italiano y la Sede
Apostólica”.
El Santo Padre reconoció asimismo el importante papel “que ha
llevado a cabo y sigue llevando a cabo la Embajada
de Italia en las intensas y particulares relaciones ente la
Santa Sede y la República Italiana”, recordando que el próximo
mes de febrero se conmemoran 80 años de la firma
de los Pactos Lateranenses y 25 años del Acuerdo de
modificación del Concordato, y finalmente ha subrayado una vez más
“la fructuosa relación que existe entre Italia y la Santa
Sede. Se trata de un acuerdo sumamente importante y significativo
en la actual situación mundial, en la que el perdurar
de conflictos y tensiones entre los pueblos hace cada vez
más necesaria una colaboración entre todos aquellos que comparten los
mismos ideales de justicia, solidaridad y paz”. “Esta breve visita –
prosiguió el Pontífice – me permite reafirmar cómo la Iglesia
es bastante consciente de que ‘a la estructura fundamental del
cristianismo le pertenece la distinción entre lo que es del
César y lo que es de Dios, es decir la
distinción entre Estado e Iglesia’. Dicha distinción y autonomía la
Iglesia no sólo las reconoce y respeta, sino que se
alegra de ellas, como de un gran progreso de la
humanidad y de una condición fundamental para su misma libertad
y el cumplimiento de su misión universal de salvación entre
todos los pueblos. Al mismo tiempo, sin embargo, la Iglesia
siente que su tarea, siguiendo los dictámenes de la doctrina
social, argumentada ‘a partir de aquello que es conforme a
la naturaleza de todo ser humano’, de despertar en la
sociedad las fuerzas morales y espirituales, contribuyendo a abrir las
voluntades a las auténticas exigencias del bien. Por lo tanto,
recordando el valor que tienen para la vida no sólo
privada sino también y sobre todo pública algunos fundamentales principios
éticos, de hecho la Iglesia contribuye a garantizar y promover
la dignidad de la persona y el bien común de
la sociedad, y en este sentido se realiza la esperada
auténtica cooperación entre Estado e Iglesia.
El Papa terminó su discurso
invitando a cuantos trabajan en la Embajada a encontrar en
San Carlos Borromeo a “un constante protector, y al mismo
tiempo, un modelo al cual inspirarse en el desarrollo de
sus tareas cotidianas”, y mandó sus saludos natalicios “a las
Autoridades italianas, comenzando por el Presidente de la República, y
a todo el querido pueblo de esta amada Península.
Mi
deseo de paz abraza también a todos los países de
la tierra, sea que estén oficialmente representados ante la Santa
Sede o no. Es un deseo de luz y de
auténtico progreso humano, de prosperidad y de concordia, realidades todas
a las que podemos aspirar con confiada esperanza, porque son
dones que Jesús ha traído al mundo naciendo en Belén”.
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