La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Roger Card. Etchegaray La Dignidad de toda raza y la unidad del género humano
Cualquiera sea, en el curso de la historia, su dispersión geográfica o la acentuación de sus diferencias, están siempre destinados a formar una sola familia, según el plan de Dios establecido "al principio".
La Dignidad de toda raza y la unidad del género humano
17. La doctrina cristiana sobre el hombre se ha desarrollado
a partir de la revelación bíblica y a su luz,
así como también en una incesante confrontación con las aspiraciones
y experiencias de los pueblos. Es esta doctrina que ha
inspirado las actitudes de la Iglesia, que hemos señalado ya,
en el curso de la historia.
Ha sido reiterada de
manera clara y sintética, para nuestro tiempo, por el Concilio
Vaticano II , en varios textos decisivos. El siguiente texto
puede servir de ilustración: "La igualdad fundamental entre todos los
hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos los
hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de
Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen.
Y
porque redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y
de idéntico destino. Es evidente que no todos los hombres
son iguales en lo que toca a la capacidad física
y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda
forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona,
ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza,
color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y
eliminada, por ser contraria al plan divino".
Esta enseñanza es
reiterada a menudo por los Papas y los obispos. Así,
Pablo VI precisaba ante el cuerpo diplomático: "Para quien cree
en Dios, todos los seres humanos, incluso los menos favorecidos,
son hijos del Padre universal que los ha creado a
su imagen y guía sus destinos con amor solícito.
La
paternidad de Dios significa fraternidad entre los hombres: éste es
uno de los puntos clave del universalismo cristiano, un punto
en común también con otras grandes religiones, y un axioma
de la más profunda sabiduría humana de todos los tiempos,
la que rinde culto a la dignidad del hombre".
Y
Juan Pablo II insiste: "La creación del hombre por Dios
´a su imagen´ confiere a toda persona humana una dignidad
eminente; supone además la igualdad fundamental de todos los seres
humanos.
Para la Iglesia, esta igualdad, enraizada en el mismo
ser del hombre, adquiere la dimensión de una fraternidad especialísima
mediante la encarnación del Hijo de Dios...
En la redención
realizada por Jesucristo, la Iglesia contempla una nueva base para
los derechos y deberes de la persona humana. Por ello,
cualquier forma de discriminación por causa de la raza... es
absolutamente inaceptable”.
18. Este principio de la igual dignidad de
todos los hombres, cualquiera sea la raza a que pertenecen,
encuentra ya un serio apoyo en el plano científico, y
un sólido fundamento en el plano de la filosofía, de
la moral y de las religiones en general.
La fe
cristiana respeta esta intuición y la afirmación consiguiente y se
regocija por ella. Revela una convergencia muy digna de nota
entre las diversas disciplinas que refuerza las convicciones de la
mayoría de los hombres de buena voluntad y permite la
elaboración de declaraciones, convenciones y pactos internacionales para la salvaguardia
de los derechos del hombre y la eliminación de toda
forma de discriminación racial. En este sentido, Pablo VI podía
hablar de "un axioma de la más profunda sabiduría humana
de todos los tiempos".
Sin embargo, todos estos abordajes no
son del mismo orden y es importante respetar sus niveles
respectivos.
Las ciencias, por su parte, contribuyen a disipar no
pocas falsas certidumbres con las cuales se intenta cubrirse cuando
se quiere justificar conductas racistas o retrasar las transformaciones necesarias.
Según el texto de una declaración, redactada en la UNESCO
el 8 de junio de 1951 por un cierto número
de personalidades científicas: "Los sabios reconocen generalmente que todos los
hombres actualmente vivientes pertenecen a una misma especie, el homo
sapiens, y que proceden de un mismo tronco".
Pero las
ciencias no son suficientes para asegurar las convicciones anti-racistas: por
sus métodos mismos, ellas se prohiben a sí mismas decir
una palabra final sobre el hombre y su destino y
definir reglas morales universales obligatorias para las conciencias.
La filosofía,
la moral y las grandes religiones se interesan, ellas también,
del origen, la naturaleza y el destino del hombre, y
ello en un plano que supera la investigación científica abandonada
a sus fuerzas. Procuran fundamentar el respeto incondicional de toda
vida humana sobre una base más firme que la observación
de las costumbres y el consenso, siempre frágil y ambiguo,
de una época. Logran así, en el mejor de los
casos, adoptar un universalismo que la doctrina cristiana apoya sólidamente
en la revelación divina.
19. Según esta revelación bíblica, Dios
ha creado al ser humano -hombre y mujer- a su
imagen y semejanza.
Este vínculo del hombre con su Creador
funda su dignidad y sus derechos humanos inalienables, con Dios
mismo como garante. A esos derechos personales corresponden evidentemente deberes
hacia los demás hombres. Ni el individuo, ni la sociedad,
ni el Estado, ni ninguna otra institución humana, pueden reducir
al hombre -o un grupo de hombres- al estado de
objeto.
La fe en un Dios que está en el
origen del género humano, trasciende, unifica y da sentido a
todas las observaciones parciales que la ciencia puede acumular sobre
el proceso de la evolución y el desenvolvimiento de las
sociedades. Es la afirmación más radical de la idéntica dignidad
de todos los hombres en Dios.
Conforme a esta concepción,
la persona escapa a todas las manipulaciones de los poderes
humanos y de la propaganda ideológica destinada a justificar la
sujeción de los más débiles. La fe en un solo
Dios, creador y redentor de todo el género humano, hecho
a su imagen y semejanza, constituye la negación absoluta e
insoslayable de toda ideología racista.
Pero es preciso extraer de
ella todas sus consecuencias: "No podemos invocar a Dios, Padre
de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos
hombres, creados a imagen de Dios".
20. La revelación insiste,
en efecto, igualmente en la unidad de la familia humana:
todos los hombres creados tienen en Dios un mismo origen.
Cualquiera sea, en el curso de la historia, su dispersión
geográfica o la acentuación de sus diferencias, están siempre destinados
a formar una sola familia, según el plan de Dios
establecido "al principio". En el primer hombre, la unidad de
todo el género humano, presente y futuro, es tipológicamente afirmada.
Adán -de adama, la tierra- es un singular colectivo. Es
la especie humana que es "imagen de Dios". Eva, la
primera mujer, es llamada "la madre de todos los vivientes".
De la primera pareja "proviene la raza de los hombres".
Todos son de la "familia de Adán". San Pablo declarará
a los atenienses: "Dios creó, de un solo principio, todo
el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz
de la tierra"; de manera que todos pueden decir con
el poeta que son del "linaje" mismo de Dios.
La elección
del pueblo judío no contradice este universalismo, se trata de
una pedagogía divina que se propone asegurar la preservación y
el desarrollo de la fe en el Eterno, que es
único, y fundamentar así las responsabilidades consiguientes.
Si el pueblo
de Israel ha tomado conciencia de una relación especial con
Dios, ha afirmado también que hay una alianza con él
de todo el género humano, y que, aún en la
Alianza concluida con él, todos los pueblos son llamados a
la salvación: "Y serán bendecidas en ti todas las familias
de la tierra" declara Dios a Abraham.
21. El Nuevo
Testamento refuerza esta revelación de la dignidad de todos los
hombres, de su unidad fundamental y de su deber de
fraternidad, porque todos han sido igualmente salvados y reunidos por
Cristo.
El misterio de la encarnación manifiesta en qué honor
Dios ha tenido la naturaleza humana, ya que, en su
Hijo, ha querido, sin confusión ni separación, unirla a la
suya. Cristo se ha unido, en cierto modo con todo
hombre . Cristo es, por título exclusivo, la "imagen de
Dios invisible". Sólo él revela de manera perfecta el ser
de Dios en la humilde condición humana que ha asumido
libremente.
Por ello, es el "nuevo Adán", prototipo de una
humanidad nueva, "primogénito entre muchos hermanos", en quien ha sido
restaurada la semejanza divina empañada por el pecado. Al hacerse
carne entre nosotros, el Verbo eterno de Dios "ha compartido
nuestra humanidad" para conformarnos a su divinidad. La obra de
salvación realizada por Cristo es universal. No tiene como destinatario
solamente el pueblo elegido. Toda la "raza de Adán" es
afectada, "recapitulada" en Cristo, según la expresión de san Ireneo
En Cristo, todos los hombres son llamados a entrar, por
la fe, en la Alianza definitiva con Dios, al margen
de la circuncisión, de la Ley de Moisés y de
la raza.
Esta Alianza ha sido realizada y sellada por el
sacrificio de Cristo, que obró la redención de una humanidad
pecadora. Por su cruz fue abolida la división religiosa -que
se había hecho más rígida como división étnica- entre el
pueblo de la promesa, ahora cumplida, y el resto de
la humanidad. Los gentiles, hasta ahora "excluidos de la ciudadanía
de Israel y extraños a las alianzas de la promesa",
"han llegado a estar cerca por la sangre de Cristo".
El, "de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro
que los separaba, la enemistad". A partir del judío y
del gentil, Cristo ha querido "crear en sí mismo, de
los dos, un solo Hombre Nuevo". Este "Hombre Nuevo" es
el nombre colectivo de la humanidad redimida por él, en
toda la variedad de sus componentes, reconciliada con Dios para
formar un solo cuerpo que es la Iglesia, gracias a
la cruz que ha suprimido la enemistad.
De esta manera,
no hay ya más "griego ni judío, circuncisión e incircuncisión:
bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y
en todos". El creyente, cualquiera fuera su condición anterior, ha
revestido así ese Hombre Nuevo, que no cesa de ser
renovado a imagen de su Creador. Y Cristo reúne los
hijos de Dios que estaban dispersos.
El mensaje de Cristo no
mira solamente a una fraternidad espiritual. Presupone y pone en
marcha comportamientos concretos, muy importantes en la vida cotidiana: Cristo
mismo ha dado el ejemplo. El marco estrecho de Palestina,
donde se ha desarrollado casi toda su vida terrestre, no
le brindaba demasiadas ocasiones de encontrar gente de otras razas.
No obstante, se ha mostrado acogedor con todas las categorías
de personas con las cuales entró en contacto. No temió
dedicarse a los samaritanos y ponerlos como ejemplo , cuando
eran menospreciados por los judíos y tratados como herejes. Ha
hecho beneficiarios de su salvación a todos los que estaban
marginados por una u otra razón: los enfermos, los pecadores
hombres y mujeres, las prostitutas, los publicanos, los paganos como
la mujer sirofenicia.
Han quedado excluidos solamente los que se
auto-excluyen, por su suficiencia, como algunos fariseos. Y él nos
amonesta solemnemente: habremos de ser juzgados según la actitud que
tuvimos hacia el extranjero, o hacia el más pequeño de
sus hermanos. Incluso sin saberlo, encontramos en ellos a él
mismo.
La resurrección de Cristo y el don del Espíritu Santo
en Pentecostés han inaugurado esta humanidad nueva. La incorporación a
ella se realiza por la fe y el bautismo, a
la zaga de la predicación y la libre adhesión al
evangelio. Y esta buena nueva está destinada a todas las
razas. "Haced discípulos a todas las gentes”.
22. La Iglesia
tiene en consecuencia la vocación de ser, en medio del
mundo, "el pueblo de los redimidos", reconciliados con Dios y
entre sí, siendo ´un solo cuerpo y un solo espíritu"
en Cristo y manifestando a todos los hombres respeto y
amor.
"Todas las naciones que hay bajo el cielo" estaban
representadas simbólicamente en Jerusalén, el día de Pentecostés, superación y
anticipo de la dispersión de Babel . Como afirma Pedro,
cuando fue llamado a casa del pagano Cornelio: "A mí
me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano
o impuro a ningún hombre... Verdaderamente comprendo que Dios no
hace acepción de personas".
La Iglesia ha recibido la vocación
sublime de realizar, primero en sí misma, la unidad del
género humano, más allá de toda división étnica, cultural, nacional,
social y otras todavía, a fin de significar precisamente el
término de esas divisiones, abolidas por la cruz de Cristo.
Al hacerlo, contribuye a promover la convivencia fraterna entre los
pueblos. El Concilio Vaticano II ha definido muy justamente la
Iglesia "como un sacramento, o sea signo e instrumento de
la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano, porque "Cristo y la Iglesia... trascienden
todo particularismo de raza o de nación". En la Iglesia
no hay "ninguna desigualdad por razón de la raza o
de la nacionalidad, de la condición social o del sexo".
Es precisamente el sentido del término "católico", es decir, universal;
él caracteriza la Iglesia. Y a medida que esta realiza
su expansión, la catolicidad se vuelve más manifiesta: la Iglesia
reúne efectivamente los fieles de Cristo de todas las naciones
del mundo, con las culturas más variadas, guiadas por los
pastores de sus pueblos, comulgando todos en la misma fe
y en la misma caridad.
Aquello que la Iglesia tiene vocación
y misión de realizar, por mandato divino, sus fracasos repetidos,
obra de la dureza de los hombres y de los
pecados de sus miembros, no pueden de ninguna manera anularlo.
Esto confirma que no se trata de una empresa de
hombres, sino de un proyecto que supera las fuerzas humanas.
Es importante, en todo caso, que los cristianos se den
cuenta mejor que son llamados, todos ellos, a ejercer el
papel de signos en el mundo. A través de su
conducta, que excluye toda forma de discriminación racial, étnica, nacional
o cultural, el mundo debe poder reconocer la novedad del
evangelio de la reconciliación. Les toca anticipar, en la Iglesia,
la comunidad escatológica y definitiva del reino de Dios.
23. La
doctrina cristiana, que acabamos de exponer, tiene, en efecto, serias
consecuencias morales, que se puede resumir en tres palabras claves:
respeto de las diferencias, fraternidad, solidaridad.
Si los hombres y
las comunidades humanas, son todos iguales en dignidad, ello no
quiere decir que todos disfruten, simultáneamente, de las mismas capacidades
físicas, los mismos dones culturales, las mismas fuerzas intelectuales y
morales, el mismo estadio de desarrollo.
La igualdad no es
uniformidad. Importa reconocer la diversidad y la complementariedad de las
riquezas culturales y las cualidades morales de unos y de
otros.
La igualdad de trato presupone así un cierto reconocimiento
de la diferencia, que las minorías reclaman a fin de
desenvolverse según su genio propio, en el respeto de los
demás y del bien común de la sociedad y de
la comunidad mundial. Pero ningún grupo humano se puede engreír
de poseer sobre otros una superioridad de naturaleza, ni de
ejercer ninguna discriminación que afecte los derechos fundamentales de la
persona.
Sin embargo, el mutuo respeto no basta. Es preciso instaurar
una fraternidad. El dinamismo necesario para tal fraternidad no es
otro que la caridad, que está, también ella, en el
corazón del mensaje cristiano: "Todo hombre es mi hermano".
La
caridad no es un simple sentimiento de benevolencia o de
piedad; se orienta más bien a hacer que cada uno
se beneficie efectivamente de aquellas condiciones de vida dignas que
le corresponden por justicia, en orden a su subsistencia, su
libertad y su desarrollo bajo todos los aspectos. Ella hace
ver en todo hombre y en toda mujer otro ser
como uno, en Cristo, conforme al precepto divino: "amarás a
tu prójimo como a ti mismo".
El reconocimiento de la fraternidad
no basta. Se trata de ir hasta la solidaridad activa
con todos, y en especial entre ricos y pobres. La
reciente encíclica de Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis (30
de diciembre de 1987) insiste en el hecho de la
interdependencia, "percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo
actual... y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es
reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social,
y como ´virtud´, es la solidaridad". En esto se juega
la paz entre hombres y naciones: "Opus solidaritatis pax, la
paz como fruto de la solidaridad.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR