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Autor: statveritas.com | Fuente: statveritas.com La Solennita della Pentecoste
A propósito del cincuentenario de la Encíclica "Rerum Novarum", se exponen los valores fundamentales de la cuestión social
La Solennita della Pentecoste
Introducción
La Radio Vaticana como puente de amor y unión
La situación
confusa del mundo por la guerra
La Solemnidad de Pentecostés, glorioso
nacimiento de la Iglesia de Cristo, es para Nuestro ánimo,
amados hijos de todo el mundo, una invitación dulce y
propicia, fecunda en profundas enseñanzas, para dirigiros, en medio de
las dificultades y luchas de lo presente, un mensaje de
amor, de exhortación y de consuelo. Os hablamos en un
momento en que todas las energías y fuerzas físicas e
intelectuales de una porción cada día mayor de la humanidad
se hallan, en medida y con ardor nunca antes conocidos,
tensas bajo la férrea e inexorable ley de la guerra;
y desde otras antenas parlantes vuelan acentos impregnados de exasperación
y de acritud, de escisión y de lucha.
Mensaje de amor
y salvación de la Radio Vaticana
Pero las antenas de la
Colina Vaticana, de la tierra consagrada como centro inmaculado de
la Buena Nueva y de su difusión bienhechora en el
mundo por el martirio y por el sepulcro del Primer
PEDRO, no pueden trasmitir sino palabras informadas y animadas por
el espíritu consolador de la predicación que resonó en Jerusalén
y que la conmovió en la primera Pentecostés por boca
de PEDRO: espíritu de ardiente amor apostólico, espíritu que no
siente ansia más viva ni alegría más santa que la
de conducir a todos, amigos y enemigos, a los pies
del Crucificado en el Gólgota, al sepulcro del glorioso Hijo
de Dios y Redentor del género humano, para convencer a
todos de que sólo en Él, en la verdad por
Él enseñada, en el amor de hacer el bien y
de sanar a todos demostrado y vivido por Él hasta
sacrificarse por la vida del mundo, puede encontrarse la verdadera
salvación y la felicidad duradera para los individuos y para
los pueblos.
Ventajas de la Radio Vaticana para el apostolado universal
pacífico
En esta hora, plenamente saturada de acontecimientos pendientes del designio
divino que rige la historia de las naciones y vela
por la Iglesia, Nos es alegría y satisfacción íntima el
haceros sentir, amados hijos, la voz del Padre común, el
llamaros como a una breve pero universal asamblea católica, para
que en el vínculo de la paz podáis por experiencia
probar la dulzura del cor unum y del anima una
que, bajo el impulso del divino Espíritu, unía a la
comunidad de Jerusalén en el día de Pentecostés. Cuanto más
difícil se hace en muchos casos el contacto directo y
eficaz entre el Sumo Pastor y su grey, a causa
de las condiciones de la guerra, con gratitud tanto mayor
saludamos este rapidísimo puente de unión que el genio inventivo
de nuestra época lanza por un rayo a través del
éter, uniendo entre sí todos los rincones de la tierra,
a través de los montes, mares y continentes. Y esto,
que para muchos es arma de lucha, se transforma para
Nos en providencial instrumento de un apostolado activo y pacífico
que cumple, alzándola a un nuevo significado, la palabra de
la Escritura: En todo el universo resonó su voz, y
sus palabras llegaron a toda la tierra. Así parece renovarse
el gran milagro de Pentecostés, cuando las diversas gentes, de
regiones distintas por sus lenguas, reunidas en Jerusalén, escucharon, cada
una en su idioma, la voz de PEDRO y de
los Apóstoles.
La conmemoración de los 50 Años de "Rerum Novarum"
Con
sincera complacencia Nos servimos hoy de este maravilloso medio para
llamar la atención del mundo católico sobre una conmemoración que
merece esculpirse con caracteres de oro en los fastos de
la Iglesia; esto es, sobre el quincuagésimo anianiversario de la
publicación -ésta tuvo lugar el 15 de mayo de 1891-
de la fundamental Encíclica social Rerum Novarum de LEÓN XIII.
Estado
e Iglesia en el orden social
Sobre la Encíclica "Rerum Novarum"
Lo
que León XIII en "Rerum Novarum" no quiso resolver, y
la misión de las corporaciones y la del Estado.
León XIII
dirigió al mundo su mensaje, movido por la profunda convicción
de que a la Iglesia le corresponde no sólo el
derecho, sino también el deber de pronunciar una autorizada palabra
sobre las cuestiones sociales. No fue su intención el establecer
normas tocantes al lado puramente práctico, casi diríamos técnico, de
la constitución social; pues bien sabía y le era evidente
-lo ha declarado Nuestro Predecesor de santa memoria, PÍO XI,
hace ahora diez años, en su Encíclica conmemorativa Quadragesimo anno-
que la Iglesia no se atribuye tal misión. En el
ámbito general del trabajo, en el desarrollo sano y responsable
de todas las energías físicas y espirituales de los individuos
y en sus libres organizaciones, se abre un vastísimo campo
de acción multiforme, en que el poder público interviene con
una actuación suya integrante y ordenadora, primero por medio de
corporaciones locales y profesionales, y en último término con la
fuerza del mismo Estado, cuya autoridad social, que ha de
ser superior y moderadora, tiene el importante deber de prevenir
las perturbaciones del equilibrio económico que pudieran surgir de la
pluralidad y de la oposición de los encontrados egoísmos, individuales
y colectivos.
Competencia de la Iglesia en el aspecto moral del
orden social
Es, por lo contrario, competencia indiscutible de la Iglesia,
en aquella parte del orden social en que éste se
acerca y aun llega a tocar el campo moral, juzgar
si las bases de un determinado ordenamiento social están de
acuerdo con el orden inmutable que Dios Creador y Redentor
ha manifestado por medio del derecho natural y de la
revelación: doble manifestación a que LEÓN XIII se refiere en
su Encíclica. Y con razón; porque las enseñanzas del derecho
natural y las verdades de la revelación se derivan, por
diversos caminos, como dos arroyos de aguas no contrarias sino
acordes, de la misma fuente divina, y porque la Iglesia,
que custodia el orden sobrenatural cristiano, en el que convergen
la naturaleza y la gracia, es la que ha de
formar las conciencias, aun las de quienes están llamados a
encontrar soluciones para los problemas y los deberes impuestos por
la vida social. De la forma que se dé a
la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende
y se insinúa a su vez el bien o el
mal en las almas; es decir, el que los hombres,
llamados todos a ser vivificados por la gracia de Cristo,
en las contingencias terrenas del curso de la vida, respiren
sano y vivificante hálito de la verdad y de la
virtud moral, o el bacilo morboso y a veces mortífero
del error y de la depravación. Ante tal consideración y
previsión, ¿cómo podría la Iglesia, Madre tan amorosa y solícita
del bien de sus hijos, permanecer cual indiferente espectadora de
sus peligros, callar o fingir que no ve ni aprecia
las condiciones sociales que, queridas o no, hacen difícil y
prácticamente imposible una conducta de vida cristiana, ajustada a los
preceptos del Sumo Legislador?
Síntesis de los objetivos de "Rerum Novarum"
Consciente
de tan gravísima responsabilidad, León XIII, al dirigir su Encíclica
al mundo, señalaba a la conciencia cristiana los errores y
los peligros de la concepción de un socialismo materialista, las
fatales consecuencias de un liberalismo económico, harto empeñado en ignorar,
olvidar o despreciar los deberes sociales, y exponía, con tan
magistral claridad como admirable precisión, los principios convenientes y adecuados
para mejorar -gradual y pacíficamente- las condicionees materiales y espirituales
del obrero.
Acción de gracias por la fecundidad del "don de
Dios" que es "Rerum Novarum"
Si ahora, amados hijos, transcurridos ya
cincuenta años de la publicación de la Encíclica, Nos preguntáis
hasta qué punto y medida correspondió la eficacia de su
palabra a las nobles intenciones, a los pensamientos tan ricos
en verdades, a las bienhechoras directrices queridas y sugeridas por
su Sabio Autor, sentimos el deber de responderos: Precisamente para
dar a Dios Omnipotente, desde el fondo de Nuestro ánimo,
humildes gracias por el don que hace cincuenta años otorgó
a la Iglesia con aquella Encíclica de su Vicario en
la tierra, y para alabarlo por el soplo del Espíritu
renovador que por medio de ella se derramó desde entonces
cada vez más creciente sobre la humanidad entera, Nos hemos
propuesto, en esta solemnidad de Pentecostés, dirigiros Nuestra palabra.
Frutos de
"Rerum Novarum": la doctrina social católica, las Asociaciones y gremios
Ya
Nuestro Predecesor Pío XI exaltó en la primera parte de
su Encíclica conmemorativa la espléndida mies que debió su madurez
a la Rerum Novarum, germen fecundo en desarrollar una doctrina
social católica que ofreció a los hijos de la Iglesia,
sacerdotes y seglares, ordenaciones y medios para una reconstrucción social,
exuberante en frutos; de suerte que gracias a ella surgieron
en el campo católico numerosas y variadas instituciones benéficas y
centros florecientes de mutuo auxilio en favor propio y ajeno.
¡Qué prosperidad material y natural, qué frutos espirituales y sobrenaturales,
no se han derivado, para los obreros y para sus
familias, de las uniones católicas! ¡Cuán eficaz y oportuna ha
sido, según las necesidades, la labor de los Sindicatos y
de las Asociaciones en pro de la clase agrícola y
media, para aliviarles las angustias, asegurarles la defensa y la
justicia, y de esta suerte, al mitigar las pasiones preservar
de perturbaciones la paz social!
Otros frutos: la previsión social, política
social y derecho de trabajo
No fue ésta la única ventaja.
La Encíclica Rerum Novarum, al acercarse al pueblo, abrazándole con
estimación y amor, penetró en los corazones y en las
mentes de la clase obrera e infundió en ella el
sentimiento cristiano y la dignidad civil, hasta tal punto, que
el poder de su influencia se desarrolló y difundió tan
eficazmente, en el correr de los años, que llegó a
convertir sus normas en patrimonio casi común de la familia
humana. Y mientras el Estado, durante el siglo XIX, por
una soberbia exaltación de la libertad, consideraba como único fin
suyo el tutelar la libertad con el derecho, León XIII
le avisó que también era deber suyo el aplicarse a
la previsión social, cuidando el bienestar del pueblo entero y
de todos sus miembros, particularmente de los débiles y de
todos los desheredados, con una amplia política social y con
la creación de un derecho del trabajo. Un eco potente
respondió a su voz, y es sincera obligación de justicia
el reconocer los progresos que la solicitud de las Autoridades
civiles de muchas Naciones ha procurado a la condición de
los trabajadores. Con mucha razón se ha dicho, pues, que
la Rerum novarum fue la Carta magna de la actividad
social cristiana.
La Encíclica "Quadragesimo Anno"
El examen de Pío XI en
"Quadragesimo Anno" y los problemas del decenio siguiente.
Mientras tanto iba
pasando medio siglo, que ha dejado surcos profundos y tristes
fermentos en el terreno de las naciones y de las
sociedades. Las cuestiones que los cambios y las revoluciones sociales,
y sobre todo las económicas, ofrecían a un examen moral
después de la Rerum Novarum, han sido tratadas con penetrante
agudeza por Nuestro inmediato Predecesor en la Encíclica Quadragesimo anno.
El decenio que la ha seguido no ha sido menos
rico que los años anteriores por sus sorpresas en la
vida social y económica, lanzando sus inquietas y oscuras aguas
al piélago de una guerra que puede levantar olas imprevistas
que choquen violentas con la economía y con la sociedad.
Tres
calores fundamentales de la sociología cristiana
Uso de bienes materiales, Trabajo
Familia
La incertidumbre del futuro y el esquema de este
radiomensaje
El momento presente hace muy difícil el señalar y el
prever los problemas y asuntos especiales, tal vez completamente nuevos,
que a la solicitud de la Iglesia presentará la vida
social después del conflicto que trae enfrentados a tantos pueblos.
No obstante, si lo futuro tiene sus raíces en lo
pasado y si la experiencia de los últimos años es
para nosotros la maestra para lo por venir, Nos pensamos
servirnos de la conmemoración de hoy para dar ulteriores directivas
morales sobre tres valores fundamentales de la vida social y
económica; y lo haremos animados por el mismo espíritu de
LEÓN XIII y desarrollando su visión, más que profética, anunciadora
ya del surgiente proceso social de los tiempos. Estos tres
valores fundamentales, que se entrecruzan, se unen y se completan
mutuamente son: el uso de los bienes materiales, el trabajo
y la familia.
Uso de los bienes materiales Los bienes de propiedad
y el sustento
Validez de los principios de León XIII sobre
propiedad y salario, recordados en "Sertum Laetitiae".
La Encíclica Rerum Novarum
expresa sobre la propiedad y sobre el sustento del hombre
principios que con el tiempo nada han perdido de su
primitivo vigor y que hoy, pasados ya cincuenta años, conservan
todavía y difunden vivificadora su íntima fecundidad. Nos mismo ya
reclamamos la atención de todos sobre su punto fundamental en
Nuestra Encíclica Sertum laetitiae, dirigida a los Obispos de los
Estados Unidos de América del Norte; punto fundamental que consiste,
como allí decíamos, en la afirmación de la ineludible exigencia
de que los bienes, creados por Dios para todos los
hombres, afluyan equitativamente a todos, según los principios de la
justicia y de la caridad.
El derecho fundamental y los demás
derechos humanos
El derecho inalterable del individuo y de la sociedad
sobre los bienes.
Todo hombre, como viviente dotado de razón, tiene
de hecho, por naturaleza, el derecho fundamental de usar los
bienes materiales de la tierra, aunque se haya dejado a
la voluntad humana y a las formas jurídicas de los
pueblos el regular más particularmente su realización práctica. Semejante derecho
individual no puede en modo alguno ser suprimido, ni siquiera
por otros derechos ciertos y pacíficos sobre los bienes materiales.
Sin duda que el orden natural, que se deriva de
Dios, requiere también la propiedad privada y el libre comercio
recíproco de los bienes por medio de cambios y donaciones,
así como la función reguladora del poder público sobre estas
dos instituciones. Sin embargo, todo esto permanece subordinado al fin
natural de los bienes materiales, y no se podría hacer
independiente del derecho primero y fundamental de su uso que
corresponde a todos, sino que más bien ha de servir
para hacer posible su realización conforme a su fin. Sólo
así se podrá y se deberá lograr que la propiedad
y el uso de los bienes materiales lleven a la
sociedad una paz fecunda y una consistencia vital, y que
no sean tan sólo condiciones precarias, generadoras de luchas y
de odios, y abandonadas al arbitrio del despiadado juego de
la fuerza y de la debilidad.
El derecho originario sobre el uso de los
bienes materiales, por estar en íntima conexión con la dignidad
y con los demás derechos de la persona humana, le
ofrece con las formas antes indicadas una base material segura,
de suma importancia para elevarse al cumplimiento de sus deberes
morales. La tutela de este derecho asegurará la dignidad personal
del hombre y le facilitará el atender y el satisfacer
con justa libertad aquella suma de obligaciones y decisiones estables
de que es directamente responsable ante el Creador. Pertenece, en
efecto, al hombre el deber personalísimo de conservar y conducir
a la perfección su vida material y espiritual, para conseguir
el fin religioso y moral que Dios ha señalado a
todos los hombres y les ha dado cual norma suprema,
obligatoria siempre y en cada caso, antes que todos los
demás deberes.
El papel del "bien común"
La limitación que los derechos
del poder público encuentran en el derecho individual y el
bien común.
Tutelar el intangible campo de los derechos de la
persona humana y facilitarle el cumplimiento de sus deberes ha
de ser oficio esencial de todo poder público. ¿No es
acaso esto lo que lleva consigo el significado genuino del
bien común, que es lo que el Estado debe promover?
De aquí nace que el cuidado del bien común no
lleva consigo un poder tan amplio sobre los miembros de
la comunidad, que en su virtud esté concedido a la
autoridad pública disminuir el desarrollo de la acción individual antes
descrita, decidir directamente en torno al comienzo o, excluido el
caso de una legítima pena, sobre el final de la
vida humana, determinar por su propia voluntad el modo de
ser de su movimiento físico, espiritual, religioso y moral en
oposición a los derechos y deberes personales del hombre, y
para ello abolir el derecho natural a los bienes materiales,
o dejarlos sin eficacia. Deducir del cuidado del bien común
una extensión tan grande del poder, sería tanto como trastornar
el significado mismo del bien común y caer en el
error de afirmar que el propio fin del hombre sobre
la tierra es la sociedad, que la sociedad es el
fin de sí misma, y que el hombre no tiene
otra vida que esperar sino la que se termina en
la tierra.
La verdadera riqueza
El objetivo de la economía nacional: base
material suficiente para el bienestar personal de todos.
La misma economía
nacional, como fruto que es de la actividad de los
hombres que trabajan unidos dentro de la comunidad del Estado,
no tiene otro fin que asegurar sin interrupción las condiciones
materiales en que pueda desarrollarse plenamente la vida individual de
los ciudadanos. Donde esto se lograre en forma duradera, el
pueblo será económicamente rico, porque el bienestar general y, por
consiguiente, el derecho personal de todos al uso de los
bienes terrenos, se realizará entonces conforme a la finalidad establecida
por el Creador.
De todo lo cual fácil os será, amados
hijos, el deducir que la riqueza económica de un pueblo
no consiste propiamente en la abundancia de bienes medida según
el cómputo mera y estrictamente material de su valor, sino
más bien en que tal abundancia represente y ofrezca real
y eficazmente la base material suficiente para el debido bienestar
personal de sus miembros. Si no se realizare esta distribución
de los bienes o lo fuere sólo imperfectamente, no se
logrará el verdadero fin de la economía nacional, pues, por
muy grande que fuera la afortunada abundancia de los bienes
disponibles, el pueblo, al no ser llamado a participar de
ellos, no sería económicamente rico, sino pobre. Haced, por lo
contrario, que esa justa distribución se realice plenamente y en
forma duradera, y veréis cómo un pueblo se hace y
es económicamente sano, aunque disponga de menor cantidad de bienes.
Es
falso el criterio cuantitativo del bienestar
Particularmente oportuno Nos parece poner
hoy ante vuestra consideración estos conceptos fundamentales, que se refieren
a la riqueza y a la pobreza de los pueblos,
cuando es común la inclinación a pesar y juzgar tal
riqueza y pobreza con balanzas y con criterios simplemente cuantitativos,
ya del espacio, ya de la abundancia de los bienes.
Mas si se pondera rectamente el fin de la economía
nacional, entonces éste se tornará luz para los esfuerzos de
los hombres de Estado y de los pueblos, y los
iluminará para dirigirse espontáneamente por un camino que no les
exigirá continuos gravámenes en bienes y en sangre, sino que
les dará frutos de paz y de bienestar general.
Carácter personal
y necesario del trabajo
Vosotros mismos, amados hijos, comprenderéis cómo el
trabajo se halla unido con el uso de los bienes
materiales. La Rerum Novarum enseña que son dos las propiedades
del trabajo humano: es personal y es necesario. Es personal,
porque se realiza con el ejercicio de las fuerzas particulares
del hombre; es necesario, porque sin él no se puede
procurar lo indispensable para la vida, mantener la cual es
un deber natural, grave e individual. Al deber personal del
trabajo impuesto por la naturaleza corresponde y sigue el derecho
natural de cada individuo para convertir el trabajo en el
medio de proveer a su propia vida y a la
de sus hijos. ¡Tan altamente está ordenado a la conservación
del hombre el imperio sobre la naturaleza!
Deber y derecho natural
al trabajo
El deber y derecho de trabajar nace con la
persona humana. La misión supletoria del Estado.
Pero notad que tal
deber y su correlativo derecho al trabajo se ha impuesto
y se ha concedido al individuo primordialmente por la naturaleza,
y no ya por la sociedad, como si el hombre
no fuera sino un simple siervo o funcionario de la
comunidad. De donde se deriva que el deber y el
derecho de organizar el trabajo del pueblo pertenecen ante todo
a los inmediatamente interesados: patronos y obreros. Si éstos no
cumplen con su deber o no lo pueden cumplir por
especiales circunstancias extraordinarias, corresponde entonces al Estado, como deber suyo,
el intervenir en el campo, en la división y en
la distribución del trabajo, según la forma y medida que
requiera el bien común rectamente entendido.
Los derechos de la
persona humana que debe respetar el Estado
En todo caso, cualquier
intervención legítima y bienhechora del Estado en el campo del
trabajo, ha de ser tal que salve y respete su
carácter personal, así en la teoría como en la práctica,
dentro de los límites de lo posible. Y esto se
cumplirá cuando las normas estatales no abolieren ni hicieren irrealizable
el ejercicio de otros derechos y deberes igualmente personales. Tales
son el derecho al verdadero culto de Dios; el derecho
al matrimonio; el derecho de los cónyuges, del padre y
de la madre, a realizar su vida conyugal y doméstica;
el derecho a una razonable libertad en la elección de
estado y en seguir una verdadera vocación. Derecho este último
personal, como ningún otro, del espíritu del hombre; y excelso,
cuando se le vienen a añadir los derechos superiores e
imprescindibles de Dios y de la Iglesia, como sucede en
la elección y en el cumplimiento de las vocaciones sacerdotales
y religiosas.
La propiedad vinculada a la familia
Según la doctrina de
la Rerum Novarum, la misma naturaleza ha unido íntimamente la
propiedad particular con la existencia de la sociedad humana y
con su verdadera civilización, y en grado eminente con la
existencia y con el desarrollo de la familia. Tal vínculo
aparece con una claridad que ya no puede ser mayor.
¿Acaso no debe la propiedad privada asegurar al padre de
familia la sana libertad de que tiene necesidad para poder
cumplir los deberes que el Creador le ha señalado, concernientes
al bienestar físico, espiritual y religioso de la familia?
El Estado
debe proteger y perfeccionar y no destruir el derecho de
la familia a la propiedad y el espacio vital familiar.
En
la familia es donde la Nación encuentra la raíz natural
y fecunda de su grandeza y de su poderío. Si
la propiedad privada ha de conducir al bien de la
familia, todas las normas públicas, más aún, todas las del
Estado que regulan su posesión, deben no sólo hacer posible
y conservar tal función -función que en ciertos aspectos es
superior a toda otra del orden natural-, sino también perfeccionarla
cada vez más. Sería en verdad antinatural un pretendido progreso
civil que, o por la superabundancia de cargas o por
excesivas injerencias inmediatas, hiciese vacía de sentido la propiedad privada,
quitando prácticamente a la familia y a su cabeza la
libertad de conseguir el fin señalado por Dios al perfeccionamiento
de la vida familiar.
La posesión de un pedazo de tierra,
es conforme a la naturaleza
Entre todos los bienes que pueden
ser objeto de la propiedad privada ninguno es más conforme
a la naturaleza, según enseña la Rerum Novarum, que la
tierra, esto es, la finca en que habita toda una
familia y de cuyos frutos saca íntegramente, o al menos
en parte, lo necesario para vivir. Y en el espíritu
de la Rerum Novarum está el afirmar que, regularmente, sólo
aquella estabilidad que arraiga en un patrimonio propio hace de
la familia la célula vital más perfecta y fecunda de
la sociedad, reuniendo espléndidamente con su progresiva cohesión las generaciones
presentes con las futuras. Si hoy el concepto y la
creación de los espacios vitales ocupa el centro de las
metas sociales y políticas, ¿no se debería pensar tal vez,
antes que en ninguna otra cosa, en el espacio vital
de la familia y en librarla de las trabas de
condiciones que ni siquiera permiten formarse la idea de una
casa propia?
El espacio vital familiar y la emigración
En nuestro planeta,
que posee tan extensos océanos, mares y lagos, con montes
y llanos cubiertos de nieves y de hielos perpetuos, con
dilatados desiertos y tierras inhóspitas y estériles, no faltan, sin
embargo, regiones y lugares vitales abandonados al capricho vegetativo de
la naturaleza y que se prestan al cultivo por la
mano del hombre, para sus necesidades y sus operaciones civiles;
y más de una vez es inevitable que algunas familias,
emigrando de acá y de allá, busquen en otra región
una nueva patria. En este caso, según señala la Rerum
Novarum, se respeta el derecho de la familia a un
espacio vital. Donde esto suceda, la emigración logrará -según a
veces confirma la experiencia-, su fin natural, esto es, la
distribución más favorable de los hombres en la superficie terrestre
que se preste para colonias de agricultores; superficie que Dios
creó y preparó para el uso de todos. Si las
dos partes, la que concede permiso para dejar el lugar
de origen y la que admite a los emigrados, se
mantienen lealmente solícitas para eliminar cuanto pudiere impedir que nazca
y se desarrolle la verdadera confianza entre el país de
emigración y el país de inmigración, todos los que participen
en tal cambio de lugares y de personas reportarán sus
ventajas: las familias recibirán un terreno que para ellas será
tierra patria en el verdadero sentido de la palabra; las
tierras de densa población se verán aligeradas y sus pueblos
se crearán nuevos amigos en territorios extranjeros; y los Estados
que acogen a los emigrados se habrán ganado unos laboriosos
ciudadanos. De esta suerte las Naciones que dan emigrados y
los Estados que los reciben contribuirán a porfía al incremento
del bienestar humano y al progreso de la civilización.
Epílogo
Recuerdo de
"Rerum Novarum" y el Nuevo orden:
Tales son, amados hijos, los
principios, los conceptos y las normas con que, ya desde
ahora, querríamos Nos cooperar a la futura organización de aquel
nuevo orden que todos esperan y se prometen que nacerá
del horrendo fermento de la guerra presente, de suerte tal
que tranquilice a los pueblos en la paz y en
la justicia. ¿Qué Nos queda ya sino, con el mismo
espíritu de LEÓN XIII, y con las mismas intenciones de
sus enseñanzas y fines tan nobles, exhortaros a proseguir y
promover la obra que la precedente generación de vuestros hermanos
y vuestras hermanas ha fundado con tan valeroso ánimo? Que
no se extinga en vosotros ni se haga débil la
voz insistente de los dos Pontífices de las Encíclicas sociales,
que proclama gravemente, a los que creen en la regeneración
sobrenatural de la humanidad, el ineludible deber moral de cooperar
al ordenamiento de la sociedad y, en modo especial, de
la vida económica, excitando a la acción no sólo a
quienes participan de dicha vida, sino también al mismo Estado.
¿No es esto un deber sagrado para todo cristiano?
Las falsas
corrientes que pretenden eliminar la Religión del ambiente
No os acobarden,
amados hijos, las dificultades externas, ni os desanime el obstáculo
del creciente paganismo de la vida pública. No os conduzcan
a engaño los suscitadores de errores y de teorías malsanas,
perversas corrientes, no de crecimiento, sino más bien de destrucción
y de corrupción de la vida religiosa; corrientes que pretenden
que, al pertenecer la redención al orden de la gracia
sobrenatural y al ser, por lo tanto, obra exclusiva de
Dios, no necesita nuestra cooperación en este mundo. ¡Oh miserable
ignorancia de la obra de Dios! Pregonando que eran sabios,
se mostraron necios.
La misión cultural del cristianismo a través de
los siglos
Como si la primera eficacia de la gracia no
fuera el corroborar nuestros sinceros esfuerzos para cumplir diariamente los
mandatos de Dios, como individuos y como miembros de la
sociedad; como si hace dos milenios no viviera y perseverara
en el alma de la Iglesia el sentido de la
responsabilidad colectiva de todos por todos, que ha movido y
mueve a los espíritus hasta el heroísmo caritativo de los
monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los curadores
de enfermos, de los abanderados de la fe, de la
civilización y de la ciencia en todas las épocas y
en todos los pueblos, para crear las únicas condiciones sociales
que a todos pueden hacer posible y placentera una vida
digna del hombre y del cristiano. Pero vosotros, conscientes y
convencidos de tan sacra responsabilidad, no os conforméis jamás, en
el fondo de vuestra alma, con aquella general mediocridad pública
en que el común de los hombres no puede, si
no es con actos heroicos de virtud, observar los divinos
preceptos, siempre y en todo caso inviolables.
Esperanza de la realización
del nuevo ordenamiento social
Si entre el propósito y la realidad
apareció alguna vez evidente la desproporción: si hubo errores, comunes
por lo demás a toda humana actividad; si surgieron diversos
pareceres sobre el método seguido o el que habría de
seguirse, todo esto no puede en modo alguno ni hacer
decaer el ánimo, ni detener vuestro paso, ni suscitar lamentos
o acusaciones; tampoco se ha de olvidar el hecho consolador
de que el inspirado mensaje del Pontífice de la Rerum
Novarum hizo nacer, pura y vivificadora, una fuente que, si
en parte puede estar hoy oculta por una avalancha de
acontecimientos diversos y más fuertes, mañana, removidas las ruinas de
este huracán mundial, al iniciarse el trabajo de reconstrucción de
un nuevo orden social que todos imploramos, digno de Dios
y del hombre, infundirá un nuevo y fuerte impulso y
una nueva oleada de vida y de crecimiento a toda
la floración de la civilización humana.
Renovar el espíritu que animó
a los realizadores de los principios proclamados por "Rerum Novarum"
Conservad
la noble llama del fraterno espíritu social que, hace medio
siglo, encendió en los corazones de vuestros padres la luminosa
y esplendente antorcha de la palabra de León XIII: no
dejéis ni permitáis jamás que le falte el alimento y
que muera con sus últimas luces al terminar vuestras solemnidades
conmemorativas, apagada por una cobarde, despectiva y recelosa indiferencia hacia
las necesidades de nuestros más pobres hermanos, o envuelta en
el polvo y en el fango por el tempestuoso soplo
de un espíritu anticristiano o no cristiano. Nutridla, avivadla, elevadla,
ensanchad esta llama; llevadla doquier que oyereis vosotros un gemido
de sufrimiento, un lamento de miseria, un grito de dolor;
reanimadla sin cesar con el fuego del amor bebido en
el Corazón del Redentor, a quien está consagrado el mes
que hoy comienza.
Buscar ayuda en sentimientos y la bendición del
Sagrado Corazón de Jesús
Acudid a aquel Corazón divino, manso y
humilde, fuente de todo consuelo en el trabajo y en
el peso de toda actividad: es el Corazón de Aquel
que a toda obra, genuina y pura, realizada en su
nombre y con su espíritu, en favor de los que
sufren, de los angustiados, de los abandonados por el mundo
y de los desheredados de todo bien y fortuna, ha
prometido la eterna recompensa de la bienaventuranza: ¡Vosotros, benditos de
mi Padre! ¡Cuanto hicisteis al más pequeño de mis hermanos
me lo hicisteis a Mí!.
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