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Autor: Documentos de la Asamblea Plenaria | Fuente: Conferencia Episcopal Española El plan de Dios sobre el matrimonio y la familia
El matrimonio es un proyecto de Dios: "Al principio...los creó hombre y mujer"
El plan de Dios sobre el matrimonio y la familia
1. El matrimonio y la familia en el plan de
Dios
El matrimonio, un proyecto de Dios
25. “Al principio… los creó
hombre y mujer” (Mt 19,4). De este modo Jesucristo presenta
a sus interlocutores la existencia de un plan que sólo
puede ser plenamente conocido y desarrollado por los creyentes y
que concierne al matrimonio y a la familia. Jesucristo, al
hacer referencia a la creación, manifiesta la unidad del designio
de Dios sobre el hombre y se introduce en el
modo humano de comprenderse a sí mismo y de construir
la propia vida . Con esta respuesta evangélica, la
Iglesia sale al paso de las interpretaciones torcidas que de
esta realidad han realizado algunas corrientes de pensamiento basadas solamente
en los datos sociológicos y psicológicos.
De este modo se establece
una relación intrínseca e inseparable entre la Revelación divina y
la experiencia humana, que van a ser los dos ejes
imprescindibles para el conocimiento completo de la realidad del hombre
y el sentido de la misma. El culmen de esta
conjunción se realiza en Cristo. En el encuentro con Él
entramos en la comunión con Dios Padre que, por su
Espíritu Santo, nos capacita para descubrir y realizar “el beneplácito
de su voluntad” (Ef 1,5).
El matrimonio, unión de hombre y
mujer, fundamento de la familia
26. “Por eso dejará el hombre
a su padre y a su madre se unirá a
su mujer y serán una sola carne” (Gén 2,24). Con
estas palabras se nos manifiesta una gran verdad: el matrimonio
es el fundamento de la familia. La realidad del mutuo
don de sí de los esposos es el único fundamento
verdaderamente humano de una familia. Se ve así la diferencia
específica con cualquier otro pretendido “modelo de familia” que excluya
de raíz el matrimonio. De igual modo, el matrimonio que
no se orienta a la familia, conduce a la negación
propia del don de sí y a la negación de
su propia misión recibida de Dios, para sustituirla con un
equivocado plan humano.
El matrimonio, en la historia de la salvación
27.
El anuncio del “evangelio de la familia” no se puede
desvincular del anuncio del “evangelio del matrimonio”, que es su
origen y su fuente . Para penetrar en la
verdad y bien últimos del matrimonio es necesario partir siempre
de la consideración del mismo en la historia de la
salvación. El conocimiento de esta profunda verdad del matrimonio se
ofrece al hombre por medio de su propia historia, vivida
como una “vocación al amor”.
2. La vocación al amor
Inscrita en
el cuerpo y en todo el ser del hombre y
la mujer
28. La “antropología adecuada” de la que partimos tiene
como afirmación primera el que la persona sólo se puede
conocer, de modo adecuado a su dignidad, cuando es amada.
“El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para
sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de
sentido si no se le revela el amor, si no
se encuentra con el amor, si no lo experimenta y
lo hace propio, si no participa en él vivamente”
. El plan de Dios que revela al hombre la plenitud
de su vocación se ha de comprender entonces como una
verdadera “vocación al amor”. Es una vocación originaria, anterior a
cualquier elección humana, que está inscrita en su propio ser,
incluso en su propio cuerpo. Así nos lo ha revelado
Dios cuando dice: “a imagen de Dios lo creó, hombre
y mujer los creó” (Gén 1,27). En la diferencia sexual
está inscrita una específica llamada al amor que pertenece a
la imagen de Dios . Se trata, por consiguiente,
de una llamada a la libertad del hombre
por la que éste descubre, como fin de su vida,
la construcción de una auténtica comunión de personas. De este
modo y con estos pasos, la vocación originaria al amor
va a permitir la construcción de la vida del hombre
en toda su plenitud. El mensaje y la palabra de
Dios se insertan en lo más íntimo del corazón del
hombre y lo iluminan desde dentro. Es ésta una característica
esencial que debe guiar siempre el anuncio del plan de
Dios en la Pastoral de la Iglesia.
Llamados al amor
Vocación fundamental
e innata de todo ser humano
29. Como imagen de Dios,
que es Amor (cfr. 1 Jn 4,8), la vocación al
amor es constitutiva del ser humano. “Dios (...) llamándolo
a la existencia por amor, le ha llamado también al
mismo tiempo al amor (...). El amor es, por tanto,
la vocación fundamental e innata de todo ser humano”
. La persona llega a la perfección, a que ha
sido destinada “desde toda la eternidad”, en la medida en
que ama. Cuando descubre que ha sido llamado por Dios
al amor y hace de su vida una respuesta a
ese fin.
Incluye la tarea de la integración corpóreo-espiritual
30. Ese hombre,
creado a imagen de Dios, es todo hombre (todos y
cada uno de los seres humanos) y todo el hombre
(el ser humano en su totalidad unificada). El hombre es
llamado al amor en su unidad integral de un ser
corpóreo-espiritual . Nunca puede separarse la vocación al amor
de la realidad corporal del hombre. Los espiritualismos, a lo
largo de la historia, han sido destructivos y anticristianos. Igualmente
se supera todo materialismo: la sexualidad es un “modo de
ser” personal, nunca puede reducirse a la mera genitalidad o
al instinto; afecta al núcleo de la persona en cuanto
tal; está orientada a expresar y realizar la vocación del
hombre y de la mujer al amor . Se
trata de una realidad que debe ser asumida e integrada
progresivamente en la personalidad por medio de la libertad del
hombre. Se da así una íntima relación de carácter moral
entre la sexualidad, la afectividad y la construcción en el
amor de una comunión de personas abierta a la vida.
Ese es el sentido profundo de la sexualidad humana, incluido
en la imagen divina.
La diferencia sexual, ordenada a la
comunión de personas
31. La diferenciación del ser humano en hombre
y mujer, es decir, la diferenciación sexual, está orientada a
la construcción de una comunión de personas (cfr. Gén 1,27).
Ni el hombre ni la mujer pueden llegar al pleno
desarrollo de su personalidad al margen o fuera de su
condición masculina o femenina. Por otro lado, esencial a esa
condición es la orientación a la ayuda y complementariedad: el
ser humano no ha sido creado para vivir en soledad
(cfr. Gén 2,18), sólo se realiza plenamente existiendo con alguien
o, más exactamente, para alguien . La sexualidad tiene
un significado axiológico, está ordenada al amor y la comunión
interpersonal.
Sólo la redención capacita para vivir el plan de
Dios
32. Por el pecado, la imagen de Dios que se
manifiesta en el amor humano se ha oscurecido; al hombre
caído le cuesta comprender y secundar el designio de Dios.
La comunión entre las personas se experimenta como algo frágil,
sometido a las tentaciones de la concupiscencia y del dominio
(cfr. Gén 3,16). Acecha constantemente la tentación del egoísmo en
cualquiera de sus formas, hasta el punto de que “sin
la ayuda de Dios el hombre y la mujer no
pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en
orden a la cual Dios los creó ‘al comienzo’”
. La Redención de Cristo devuelve al corazón del hombre la
verdad original del plan de Dios y lo hace capaz
de realizarla en medio de las oscuridades y obstáculos de
la vida. Ese hombre llamado a la comunión con Dios,
pecador y redimido, es el hombre al que la Iglesia
se dirige en su misión y al cual debe devolver
la esperanza de poder cumplir la plenitud de lo que
anhela su corazón. “¿Y de qué hombre se habla? ¿Del
hombre dominado por la concupiscencia, o del redimido por Cristo?
Porque se trata de esto: de la realidad de la
redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que
Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la
verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio
de la concupiscencia” .
Necesidad de la Comunidad eclesial para
vivir la vocación al amor
33. En el marco de ese
plan de salvación, en el que la iniciativa es siempre
divina, la integración de la sexualidad, la afectividad y el
amor en una historia unitaria y vocacional es una lenta
tarea en la que el fiel, movido por la gracia,
debe contar con la ayuda de la comunidad eclesial. La
Pastoral familiar debe saber introducirse en los “procesos de vida”
en los que cada hombre y cada mujer van configurando
su propia vocación al amor, para iluminarlos desde la fe
y confortarlos con la caridad fraterna.
Amor esponsal
Libertad del don de
sí
34. Esta vocación al amor que implica a toda la
persona en la construcción de su historia, tiene como fin
el don sincero de sí por el que el hombre
encuentra su propia identidad . Se trata de la
libre entrega a otra persona para formar con ella una
auténtica comunión de personas. Entregar la propia vida a otra
persona es expresión máxima de libertad.
Rasgos esenciales del amor
esponsal
35. Realizar esta entrega de modo humano exige una madurez
de la libertad que permite al hombre no sólo dar
cosas, sino darse a sí mismo en totalidad. El fundamento
de esta entrega es un amor peculiar que se denomina
esponsal . El amor esponsal es a la vez corpóreo
y espiritual. En cuanto amor personal, exige la fidelidad al
compromiso y la verdad en su realización; como fundamento de
una comunión, requiere la reciprocidad que será el camino específico
de su crecimiento y corroboración. Por la totalidad de la
entrega que exige va a incluir la corporalidad, que comprende
en sí la afectividad y hace de este amor de
entrega un amor exclusivo. En esa entrega está inscrita, por
la fuerza de la naturaleza del amor, una promesa de
fecundidad que revela la generosidad desbordante del amor creador divino
del cual el hombre participa por su propia entrega.
Aprender a
amar en plenitud
36. Estas características del amor esponsal revelan su
valor único en la vida del hombre y tienen un
significado del todo central para la vocación al amor. Por
eso, el amor esponsal va a ser el fin de
todo el proceso de crecimiento y maduración que el hombre
ha de realizar como preparación a la totalidad de la
entrega.
La fuente: el amor esponsal de Cristo y la Iglesia
37.
El cristiano encuentra la última verdad de este amor en
Jesucristo crucificado que entrega su cuerpo por amor de su
Iglesia. Es la revelación del amor del Esposo -Cristo- que
“amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo
por ella para santificarla” (Ef 5,25). Todo amor humano va
a ser referido a este “gran misterio” de la entrega
de Cristo por la Iglesia, en el que se realiza
y transmite la salvación a los hombres. Esta realidad de
amor implica de tal modo a la Iglesia que ésta
sólo puede realizar su propia misión si la entiende como
la respuesta fiel al amor de su Esposo. La pastoral
de la Iglesia nace así de un amor esponsal que
debe ser, en consecuencia, un amor materno y fecundo. Así,
la Pastoral familiar ayudará a mostrar el rostro esponsal y
materno de la Iglesia.
Sólo se comprende en su totalidad cuando
se vive
38. La entrega de sí es una realidad existencial,
y sólo se comprende en su totalidad cuando se vive.
No basta, pues, un simple conocimiento abstracto de sus notas;
ha de hacerse vida. Una auténtica pastoral matrimonial no puede
contentarse con una información de las características del amor conyugal,
debe saber acompañar a los novios en un proceso formación
hasta la madurez que los haga capaces del “don sincero
de sí”.
El matrimonio, modo específico de realizar la entrega de
sí que exige la vocación esponsal
39. Un modo particular y
específico de realizar la entrega de sí que exige el
amor esponsal, es el matrimonio. Con la promesa de un
amor fiel hasta la muerte y la entrega conyugal de
sus propios cuerpos, los esposos vienen a constituir esa “unidad
de dos” por la que se hacen “una sola carne”
(cfr. Gén 2,24; Mt 19,5). Por eso se puede decir
en verdad que “el matrimonio es la dimensión primera y,
en cierto sentido fundamental, de esta llamada” del hombre y
la mujer a vivir en comunión de amor .
A esta comunión y como expresión de la verdad más
profunda de ser “una carne”, está unida desde “el principio”
la bendición divina de la fecundidad (cfr. Gén 1,28). Se perciben
así las características propias de la vocación al amor que
el hombre va descubriendo en su propia vida, mediante el
amor humano, en referencia a la sexualidad como medio específico
de comunicación entre un hombre y una mujer. Dios se
sirve así de las realidades más humanas para mostrar y
realizar su plan de salvación.
Comunión exclusiva e indisoluble
40. Por otro
lado, la “unidad de dos”, por la que el hombre
y la mujer vienen a ser “una sola carne” en
el matrimonio, es de tal naturaleza y tiene tales propiedades
que sólo puede darse entre un solo hombre y una
sola mujer. El amor conyugal ha de ser signo y
realización de toda la verdad contenida en la vocación al
amor que ha guiado todo el proceso de descubrimiento del
plan de Dios. La fidelidad personal que se sigue a
una entrega conyugal, exige que sea para siempre. La interpretación
que hace el Señor sobre el matrimonio “en el principio”,
habla inequívocamente de la exclusividad y perpetuidad de la unión
conyugal: “lo que Dios ha unido que no lo separe
el hombre” (cfr. Mt 19,3-12).
El modo verdaderamente humano de vivir
el compromiso conyugal, condición necesaria para que sea sacramento
41.
Cuando el Señor “sale al encuentro de los esposos cristianos
por medio del sacramento del matrimonio (...), el amor conyugal
auténtico es asumido por el amor divino y se rige
y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la
acción salvífica de la Iglesia, para conducir eficazmente a los
cónyuges a Dios y fortalecerlos en la sublime misión de
la paternidad y de la maternidad” . El amor
humano, inserto en la Historia de Amor que es el
plan de salvación de Dios, es testimonio de un amor
más grande que el hombre mismo, es imagen real del
amor de Cristo por la Iglesia. El “modo verdaderamente humano”
de vivir el compromiso y la relación conyugal es condición
necesaria para que sea sacramento, es decir, realidad sagrada, signo
eficaz del amor de Cristo por la Iglesia.
Vocación a la
santidad conyugal, por la participación en el mismo amor de
Dios
42. Entonces la donación de Cristo a su Iglesia “hasta
el extremo” (cfr. Jn 13,1) debe configurar siempre las expresiones
del amor conyugal. El amor de los esposos es un
don, una participación del mismo amor creador y redentor de
Dios. Ésa es la razón de que los esposos sean
capaces de superar las dificultades que se les puedan presentar,
llegando hasta el heroísmo, si fuera necesario. Ése es también
el motivo de que puedan y deban crecer más en
su amor: siempre les es posible avanzar más, también en
este aspecto, en la identificación con el Señor. Y la
expresión plena de ese amor de Cristo se encuentra en
las palabras de San Pablo: “Cristo amó a la Iglesia
y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25).
El camino de santidad que se abre al hombre por
medio del amor esponsal, se vive dentro de la comunión
de la Iglesia.
El matrimonio y la virginidad o celibato, vocaciones
recíprocas y complementarias
Dos vocaciones al amor esponsal
43. El misterio de
la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia es,
en su unidad indivisible, el misterio originario de amor esponsal,
un amor que es a la vez fecundo y virginal.
La Iglesia expresa la riqueza del amor esponsal cristiano en
una doble vocación al amor: matrimonio y virginidad o celibato
por el Reino de los cielos. Ambas son signo y
participación de ese misterio de amor y modos específicos de
realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor
. Por ello, “la estima de la virginidad por
el Reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables
y se apoyan mutuamente” . El matrimonio necesita de
la luz de la virginidad y, a la inversa, ésta
de aquél para comprenderse y vivirse adecuadamente. La virginidad o
celibato por el reino de los cielos, recuerda que la
vida en este mundo no es la definitiva y hace
presente a los esposos la necesidad de vivir su matrimonio
con un sentido escatológico. A su vez, el matrimonio hace
presente que la donación universal, propia de la virginidad, ha
de expresarse en manifestaciones concretas, ya que sólo de esa
manera puede hacerse real el amor a las personas.
Belleza y
santidad de ambas
44. La excelencia de la virginidad o celibato
“por el reino de los cielos” (cfr. 1 Co 7,38;
Mt 19,10-12) sobre el matrimonio se debe al vínculo singular
que tiene con el Reino de Dios .
Expresa mejor el estado definitivo del hombre y de la
mujer que tendrá lugar en la resurrección de los muertos
cuando, según dice Jesús, “no se casarán los hombres ni
las mujeres, sino que serán en el cielo como ángeles”
(Mc 12,25; cfr. Lc 20,36; 1 Co 7,31) .
Ello, sin embargo, en modo alguno ha de interpretarse como
una infravaloración del matrimonio (cfr.1 Co 7,26.29-31). La perfección de
la vida cristiana se mide por la caridad o fidelidad
a la propia vocación. Todos los cristianos, de cualquier clase
y condición, estamos llamados a alcanzar la plenitud de la
vida cristiana y llegar a la santidad.
La existencia de una
y otra vocación manifiesta la necesidad de vivirlas dentro de
la Iglesia; sólo la comunión de ambas vocaciones en la
diversidad, manifiesta al mundo la totalidad del amor esponsal de
Cristo. El anuncio y el acompañamiento del matrimonio, como una
vocación cristiana de santidad, es el eje básico de la
pastoral del matrimonio.
3. El matrimonio, vocación cristiana
El matrimonio, realidad
social y eclesial
45. La llamada al amor que el hombre
descubre y que le pide una totalidad en su entrega,
supone la asunción de un estado de vida ante la
sociedad y la Iglesia. No se ha de entender nunca
como una realidad meramente privada que sólo concierna a los
esposos; su vida común es el fundamento de una nueva
realidad social. En cuanto tal debe ser reconocida dentro de
la convivencia social y protegida por las leyes para que
se fortalezca y contribuya a la construcción de la misma
sociedad y de la Iglesia.
La institución del matrimonio
Fundada por
el Creador, con unas finalidades propias que deben ser reconocidas
socialmente
46. “La alianza matrimonial, por la que el hombre y
la mujer se unen entre sí para toda la vida”
, ha sido fundada por el Creador y provista
desde “el principio” de sus finalidades propias que deben ser
reconocidas socialmente . El vínculo sagrado que, ciertamente, se
establece sobre el consentimiento personal e irrevocable de los cónyuges,
no depende del arbitrio humano . El matrimonio es
una institución que hunde sus raíces en la humanidad del
hombre y de la mujer, en ese misterio de trascendencia
de ser creados a imagen del mismo Dios (cfr. Gén,
1,27). Es una realidad buena y hermosa, salida de las
manos de Dios (cfr. Gén 1,1-25; 1 Co 7,38).
Razones de
la unidad e indisolubilidad
47. Así, del acto humano por el
cual los esposos se dan y se reciben mutua y
libremente, nace, ante la sociedad , un vínculo tan
singular y especial que hace que los casados vengan a
constituir una “unidad de dos” (Gén, 2, 24) .
Hasta el punto que el Señor, refiriéndose a esa unidad,
concluye con lógica coherencia, “de manera que ya no son
dos, sino una sola carne” (Mt 19,8). “Tanto la misma
unión singular del hombre y la mujer como el bien
de los hijos exigen y piden la plena fidelidad de
los cónyuges y también la unidad indisoluble del vínculo”
. Se trata de una unidad tan profunda que abarca
la totalidad de sus personas en cuanto sexualmente distintas y
complementarias. Es una unidad que, por su propia naturaleza, exige
la indisolubilidad. Responde a las exigencias más hondas de la
igual dignidad personal de los esposos, a la naturaleza del
amor que debe unirlos, al bien de los hijos y
de la sociedad .
Defensa y promoción de la estabilidad
matrimonial
48. Nacido de la vocación al amor, el matrimonio es
la institución del amor conyugal. La alianza de amor conyugal
tiene unas notas esenciales, como la definitividad e incondicionalidad, que
transcienden la voluntad de los cónyuges y les han de
ayudar superar las crisis y dificultades por las que pase
su amor conyugal; no se comprende adecuadamente la verdad del
matrimonio como institución si se lo identifica, sin más, con
la experiencia psicológica del amor mutuo; remite siempre a un
amor anterior a los esposos, del que es manifestación y
del que recibe su fuerza. La desaparición del mutuo afecto
conyugal no conlleva una disolución del matrimonio. Cuando se dice
que el amor conyugal pertenece a la esencia del matrimonio
debe entenderse como una exigencia moral de esa original “unidad
de dos” que han llegado a ser por el consentimiento
matrimonial. Porque se han unido en matrimonio ha surgido entre
ellos “una íntima comunidad conyugal de vida y amor”
, una comunidad que debe ser de amor, y renovarse
y crecer cada vez más con cuidadoso esmero. De este modo
se transparenta, en la vida social, el modo concreto de
vivir la vocación al amor y sus características fundamentales. La
defensa y la promoción de esta vida fiel de los
esposos y de la estabilidad matrimonial son de capital importancia
para toda la vida social, y merece un reconocimiento y
protección. Esta realidad de la unión entre un hombre y
una mujer, conforme al proyecto del Creador, “es confirmada, purificada
y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el
sacramento del Matrimonio” .
La presencia de Cristo: el matrimonio,
camino de santidad
Sacramento de la Alianza irrevocable e indisoluble
49. “Cristo
el Señor, al hacer nueva la creación y renovarlo todo
(cfr. 2 Co 5,7), quiso restituir el Matrimonio a la
forma y santidad originales (...), y, además, elevó este indisoluble
pacto conyugal a la dignidad de Sacramento, para que significara
más claramente y remitiera con más facilidad al modelo de
su alianza nupcial con la Iglesia” . La venida
de Cristo nos ha revelado la realización plena del plan
de Dios y el significado del amor humano. El cristiano,
inserto en la vida de Cristo, alcanza un nuevo horizonte
de vida. La alianza matrimonial de los esposos queda integrada
de tal manera en la alianza entre Dios y los
hombres que “su recíproca pertenencia es representación real, mediante el
signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la
Iglesia” . Los esposos son así expresión de la
eterna Alianza de Cristo con la nueva humanidad redimida. Esta
alianza indestructible de la que vive la Iglesia es don
del Espíritu y los esposos la viven por la indisolubilidad
de su vínculo, que manifiesta cómo el don de Dios
es completamente irrevocable.
La participación en la Alianza se inicia en
el bautismo; el matrimonio, una especificación de la misma
50.
Por el Bautismo los esposos cristianos participan ya en la
vida de hijos de Dios; se da en ellos, por
voluntad del Padre, una identificación con la vida del “Hijo
amado” (Mt 3,17) que los inserta, ya en su inicio,
con la alianza de amor definitiva entre Cristo y la
Iglesia. Esa participación, sin embargo, tiene una especificidad propia por
el sacramento del Matrimonio en cuanto tiene lugar a través
del vínculo conyugal. “Así su comunidad conyugal es asumida en
la caridad de Cristo y enriquecida con la fuerza de
su sacrificio” .
El matrimonio, vocación específica a la santidad
51.
Como bautizados, los esposos cristianos están llamados a la plenitud
de la vida cristiana que alcanzan en su identificación con
Cristo. La vocación matrimonial es incomprensible sin su radicación en
la vocación bautismal que es, por sí misma, una vocación
a la santidad. Desde esta perspectiva no hay diversidad, sino
radical igualdad de vocación en todos los que han sido
llamados a ser hijos de Dios en Cristo por la
iniciativa de Dios Padre. Por consiguiente, la esencia de la
misión pastoral de la Iglesia, el fin de todas sus
acciones, es conducir a los fieles a la perfección en
la caridad que es la santidad. Existen, sin embargo, caminos o
modos diversos de seguir esa vocación. El matrimonio es uno
de ellos: señala a los casados el modo concreto como
deben vivir la vocación cristiana iniciada en el bautismo. El
sacramento del matrimonio no da lugar, en los esposos, a
una segunda vocación (la matrimonial) que vendría a sumarse a
la primera (la bautismal). Pero sí da lugar a un
modo específico de ser en la Iglesia y de relacionarse
con Cristo, cuyo despliegue existencial es un quehacer vocacional
. El existir matrimonial comporta por consiguiente las exigencias de
radicalidad, irreversibilidad, etc., propias de la vocación cristiana.
Dóciles a
la acción del Espíritu, los esposos, protagonistas de su santificación
52.
Valorar el sentido vocacional del matrimonio supone penetrar en la
“novedad” que significa el bautismo, es decir, la irrupción del
Espíritu nuevo de la regeneración bautismal en la existencia humana.
El verdadero protagonista de este camino de santidad que es
el matrimonio para los cónyuges es el Paráclito, el Espíritu
de Cristo . Lo específico del sacramento del matrimonio
se inserta en la dinámica de la conformación e identificación
con Cristo en que se resume la vida cristiana iniciada
en el bautismo. Dóciles a la acción del Espíritu, los
propios esposos son intérpretes y autores de su santificación; y
toda la acción de la Iglesia, respecto al matrimonio, alcanza
su sentido verdadero como colaboración con esta labor de santificación.
La vida del matrimonio en la Iglesia
Los esposos,
a través de su amor conyugal descubren su identidad y
misión dentro de la Iglesia
53. “Los esposos cristianos participan [del
amor nupcial de Cristo por la Iglesia] en cuanto esposos,
los dos, como pareja (...). Y el contenido de la
participación en la vida de Cristo es también específico: el
amor conyugal comporta una totalidad en la que todos los
componentes de la persona -llamada del cuerpo y del instinto,
fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu
y la voluntad-; apunta a una unidad profundamente personal que,
más allá de la unión en una sola carne, conduce
a no tener más que un solo corazón y una
sola alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad en la
donación recíproca definitiva; y se abre a la fecundidad”
. La específica vocación de los esposos cristianos a la
santidad se realiza por medio de su caridad conyugal. Es
a través de ella como descubren su ser y su
misión dentro de la Iglesia . Es su misma
vida conyugal, vivificada en Cristo, la gran aportación que realizan
a la vida de la Iglesia.
El crecimiento en el amor
mutuo
54. Los medios propios de crecimiento en el amor
mutuo, como son el diálogo conyugal, la apertura a la
vida, la oración en común, la mutua corrección, el discernimiento
de la voluntad de Dios en sus propias vidas y
en la educación de sus hijos, van a ser ahora
el cauce de su participación del amor de Cristo a
su Iglesia. Para ello, nunca pueden olvidar que la expresión
más alta de la entrega de Cristo es el sacrificio
de la Cruz. En la conciencia de la vocación a
la que han sido llamados está la raíz de la
serenidad y la esperanza con que los esposos cristianos
han de afrontar las dificultades que les puedan sobrevenir. ¡El
amor de Cristo que participan es más fuerte que las
dificultades! . La conciencia de esa realidad deberá constituir
el hilo conductor de la espiritualidad matrimonial. El sacramento del
matrimonio es una expresión eficaz del poder salvífico de Dios,
capaz de llevarles hasta la realización plena del designio divino
sobre sus vidas.
Crecimiento en la fe, la esperanza y la
caridad
55. La misma vida de los esposos está marcada entonces
por ese “mutuo sometimiento” que es el propio de la
Iglesia a Cristo (cfr. Ef 5,21). Su vida no puede
reducirse a un proyecto privado; el fortalecimiento y crecimiento de
su comunión de vida está ligado al crecimiento en fe,
esperanza y caridad que conforma la vida de la Iglesia
. Es un modo específico de vivir la realidad
de la comunión de los santos por la que “todo
el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que
lo unen y nutren según la operación de cada miembro,
va obrando mesuradamente su crecimiento en orden a su conformación
en la caridad” (Ef 4,16).
Vitalidad de los matrimonios cristianos para
la vitalidad de la Iglesia
56. Por todo ello, la vitalidad
de la misma Iglesia está en gran medida vinculada a
la vida auténticamente cristiana de los matrimonios. De ningún modo
se les puede considerar una parte poco significativa de la
vida eclesial. El matrimonio como vocación eclesial es todavía una
realidad no suficientemente valorada en nuestras comunidades y no pasa
muchas veces de ser una afirmación nominal. La pastoral familiar
debe comenzar por la revitalización de esta conciencia eclesial de
los matrimonios cristianos, para que sean, no sólo miembros activos
de propio derecho dentro de la Iglesia, sino también con
una misión específica de la que son los responsables y
para la que han de contar con la ayuda y
los medios necesarios para llevarla a plenitud.
El matrimonio y la
vida sacramental
La gracia del sacramento se prolonga toda su vida
57.
Como sacramento, el matrimonio, que da razón del “lugar” que
corresponde a los casados en el Pueblo de Dios
, es fuente permanente de la gracia. Hace que los
esposos puedan llevar a su plenitud existencial la vocación a
la santidad que han recibido en el bautismo. La gracia
sacramental posibilita a los esposos recorrer el camino de la
mutua santificación y les capacita para realizar con
perfección sus obligaciones como matrimonio y como padres. La alianza
matrimonial, en virtud de la relación y pertenencia recíproca que
ha surgido entre ellos, los vincula en unidad y los
hace “imagen viva y real de la singularísima unidad que
hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo Místico del Señor
Jesús” . Así como la Iglesia sólo es ella
si está unida a Cristo, su Cabeza, así los esposos
sólo viven su condición de tales si están unidos el
uno al otro.
Santificación recíproca de los esposos
58. Las realidades que
configuran su relación y su vida, como la convivencia familiar,
la vida conyugal, el trabajo en relación a la familia,
son entonces los cauces propios del vivir el sacramento del
matrimonio como expresión real del amor de Cristo que se
hace efectivo en su vida. Se concluye, pues, que en
la tarea de la propia y personal respuesta a la
vocación, los casados han de tener presente siempre su condición
de esposos, es decir, al otro cónyuge y a la
familia. La fidelidad a la propia vocación, como vía a
la santidad, lleva consigo el ser instrumento y mediación para
la santificación del otro cónyuge y de la familia entera.
Confirmación y matrimonio
59. Esta realidad dinámica del sacramento del matrimonio
se relaciona intrínsecamente con toda la vida sacramental de los
esposos. Es, como ya hemos dicho, una concreción de la
radical vocación bautismal que les configura con la vida de
Cristo y que vivifica internamente su entrega esponsal. Especifica la
vocación apostólica propia de la Confirmación que los inserta a
la misión de la Iglesia y al impulso del Espíritu.
El primer efecto del Espíritu se da en el fortalecimiento
de su caridad conyugal que les permite su vida en
comunión en el amor de Cristo. Es también éste su
primer testimonio como cristianos y la fuente de una gran
fecundidad apostólica.
Eucaristía y matrimonio
60. La esponsalidad del amor de
Cristo es máxima en el momento en que, por su
entrega corporal de la Cruz, hace a su Iglesia cuerpo
suyo, de modo que son “una sola carne”. Este misterio
esponsal se renueva en la Eucaristía. En el “don” eucarístico,
que es fundamento de la “comunión” eclesial, los esposos descubren
y hacen suyo el amor esponsal de Cristo. La participación
en la celebración eucarística es la mejor escuela y alimento
de amor conyugal y el culmen de toda comunión familiar. La
conciencia de esta realidad ha de llevar a la participación
en la Eucaristía dominical, centro de la semana familiar. También
se anima a la participación diaria -si es posible- en
la Eucaristía. Y, como consecuencia, a convertir toda la jornada
y toda la vida familiar en prolongación y preparación de
la ofrenda de Cristo al Padre en el Espíritu. La
Eucaristía es así el fin de toda acción de la
Iglesia, a la que debe tender toda pastoral, que no
puede ser sino la participación más plena en ese misterio
y el despliegue del mismo en la vida.
Reconciliación y matrimonio
61.
También el sacramento de la Reconciliación ha de ocupar un
lugar importante en la vida de los esposos cristianos como
respuesta a la vocación matrimonial. En el perdón se manifiesta
la dimensión más profunda del amor que responde al mal
venciéndolo con la fuerza del bien (cfr. Rom 12,21). En
un ámbito íntimo las ofensas son especialmente dolorosas y es
difícil la reconciliación: el pecado, muchas veces cometido contra el
cónyuge, daña la comunión familiar. Sólo un amor que perdona
es signo de ese “amor que no pasa nunca” (1
Cor 13,8) y que permite siempre volver a empezar. El
perdón sacramental es así imprescindible en la vida conyugal para
encontrar la fuente escondida del Amor misericordioso que sostiene la
débil voluntad de los esposos. Desde la recepción del perdón
divino con “su momento sacramental específico” , el hombre
se capacita para “perdonar a los que nos ofenden” (Mt
6,12) y ser constructor de una nueva comunión: la de
los hombres reconciliados. Este perdón deberá ser ofrecido a los
hijos como un momento específico de su educación en el
amor de Dios. Deberá valorarse adecuadamente la práctica del sacramento
de la Reconciliación en la pastoral familiar.
Fecundidad del amor conyugal
62.
Podemos ver entonces, desde la verdad más profunda del amor
conyugal como camino de santidad, la fecundidad tan grande que
encierra. Los esposos, al realizar existencialmente el proyecto de Dios
sobre sus vidas, se abren a un plan más grande
que su propia unión: la familia. La comunión conyugal está
ordenada por medio de la procreación a la formación de
la comunión familiar como una de las dimensiones intrínsecas de
su vocación . Por eso, la pastoral de la Iglesia,
que ha de cuidar en sus acciones la integridad del
ámbito al que se dirige, ha de verse desde la
comunión completa que se establece a partir del matrimonio: la
familia. Reconociendo la centralidad del matrimonio, sólo se puede acceder
a él como totalidad desde la realidad de la familia,
que será así el marco adecuado a la pastoral y
permitirá definirla como pastoral familiar.
4. La familia: Iglesia doméstica
La familia,
transmisora del amor y de la vida
63. El plan de
Dios del que hemos partido y que el hombre descubre
en su vocación al amor, es que el matrimonio encuentre
su plenitud en la familia. El despliegue del matrimonio en
la familia es expresión verdadera de la fecundidad del amor,
que se ha de entender en toda su amplitud de
una vida llena que se transmite, dando la vida, enseñando
a vivir y transmitiendo esa vida eterna que es la
herencia de los hijos de Dios. El amor conyugal que
se vive en matrimonio está ordenado, por designio divino, además
de a la unión entre los esposos, a la procreación
y educación de los hijos ; de este origen
y finalidad deriva la identidad y la misión de la
familia que se puede describir como: descubrir, acoger, “custodiar, revelar
y comunicar el amor” . El origen de esta fecundidad
está en Dios Padre, “fuente de toda paternidad” (Ef
3,15), Amor originario del que procede la vocación al amor.
Cuando la Revelación habla de Dios como Padre y del
Verbo como Hijo, ese lenguaje, que sirve para iluminar el
misterio de la Trinidad, ayuda también a descubrir la identidad
de la familia: una comunidad de personas llamada a existir
y vivir en comunión . De esa manera el
“Nosotros” divino constituye el modelo y la vitalidad permanente del
“nosotros” específico que constituye la familia .
Llamada a realizar
a su escala la misión misma de la Iglesia
64. En
cuanto nace del sacramento del matrimonio, en la recepción común
de un único don divino con una misión específica, la
familia cristiana, en su vida y sus acciones, es signo
y revelación específica de la unidad y la comunión de
la Iglesia. La familia cristiana constituye, “a su manera, una
imagen y una representación histórica del misterio de la Iglesia”
. Por eso está llamada a realizar, a
su escala, la misión misma de la Iglesia. Es como
una “iglesia en miniatura”, y puede y debe llamarse también
“iglesia doméstica” .
La pastoral familiar, para ayudar a
la familia a vivir plenamente y realizar su misión
65. Precisamente
por esta íntima relación entre la familia cristiana y la
Iglesia, la familia cristiana en cuanto comunión de personas es,
por propio derecho, una comunión eclesial y un foco de
evangelización. El primer elemento de la pastoral familiar es la
misma vida cristiana de las familias. Este es el centro,
el motor y el fin de toda pastoral que quiera
ser en verdad familiar. No podrá consistir en actividades ajenas
al vivir de la familia o a espaldas de su
realidad, sino que, partiendo del protagonismo de la familia para
llevar a cabo la misión recibida del mismo Cristo, la
Pastoral familiar prestará todas las ayudas necesarias: anuncio del evangelio,
asistencia en la vida de oración y sacramental, ayuda en
las dificultades específicas de convivencia, educación y problemas familiares. De
este modo, la Pastoral familiar les ayuda a llevar a
plenitud su vida familiar. La Iglesia, como sacramento de salvación de
los hombres, necesita de las familias cristianas para llevar a
cabo su misión. Existen dimensiones específicamente familiares de la evangelización
que sólo se pueden llevar a cabo adecuadamente en el
ámbito familiar y por el testimonio valiente y sincero de
las familias cristianas. El desconocimiento de esta realidad conduce a
una pastoral que se convierte en una estructura separada de
la vida y es un mal servicio a la causa
del Evangelio.
Lugar privilegiado para la transmisión de la fe
Ámbito del
despertar religioso
66. Como “iglesia doméstica” se da en la familia
una realización verdadera de la misión de la Iglesia. La
primera manifestación de esta misión es la transmisión de la
fe . En este punto la familia, como comunión
de personas, se ve como el lugar privilegiado para esta
transmisión, en especial en el momento que se denomina “despertar
religioso”.
La fe no es sólo una serie de contenidos, sino
la realidad del plan de Dios realizado en Cristo y
vivido en la Iglesia. A partir del contenido humano de
las relaciones familiares se revelan a los hijos los elementos
fundamentales de la vida humana, las respuestas primeras y más
verdaderas de quién es el hombre y cuál es su
destino. Este despertar a la vida humana se realiza en
la familia, donde se introduce al niño progresivamente en toda
la gama de experiencias fundamentales en las que va a
encontrar las claves para interpretar su mundo, sus relaciones, el
sentido y el fin de su vida.
Las relaciones familiares abren,
de modo natural y profundo, a las verdades fundamentales
de la fe
67. En especial, la misión de la familia
se refiere a las relaciones personales vividas en su seno:
el amor conyugal fiel y seguro, la relación de paternidad
y maternidad como principio de vida y de educación con
amor y con autoridad, la realidad de la fraternidad, que
brota de compartir un mismo amor que se nos ha
dado. Todo ello abre, de modo natural y profundo, a
las verdades fundamentales de la fe. La confianza mutua de
la relación familiar es el mejor modo de experimentar y
expresar esa fe de hijos de Dios, unidos en la
gran familia de la Iglesia.
Visión de fe y oración en
familia
68. La unión en una vida familiar entre el amor
humano y el amor de Dios, la oración y el
trabajo, la intimidad y el servicio, la gratuidad, la acción
de gracias y el perdón, el modo de unirse en
los acontecimientos dolorosos y la misma muerte de los seres
queridos, son el modo de vivir la fe en la
cotidianeidad.
La oración en familia es expresión de fe y
ayuda a la integración de fe y vida. La familia
que reza unida, permanece unida; recupera la capacidad de mirarse
a los ojos, de comunicarse, solidarizarse, perdonarse mutuamente y comenzar
de nuevo con un pacto de amor renovado por el
Espíritu de Dios.
La educación al amor
La familia, cauce donde se
manifiesta y vive el amor que configura la identidad
personal
69. Esa unidad específica entre gracia sobrenatural y experiencia humana
se realiza en la familia en la medida en que
es una auténtica “comunidad de vida y amor”. El amor
es así la fuerza y el hilo conductor de la
vida de la familia como educación de la persona.
La vocación
al amor es la que nos ha señalado el camino
por el que Dios revela al hombre su plan de
salvación. Es en la conjunción original de los distintos amores
en la familia –amor conyugal, paterno filial, fraternal, de abuelos
y nietos, etc.- como la vocación al amor encuentra el
cauce humano de manifestarse y desarrollarse conformando la auténtica identidad
del hombre, hijo o hija, esposo o esposa, padre o
madre, hermano o hermana.
Lugar privilegiado para la educación afectivo-sexual
70. La
familia realiza así la primera educación al amor como un
proceso que tiene sus propios momentos y que acompaña al
hombre y a la mujer en su maduración personal
. Esta educación permite comprender la importancia de la confianza
en un maestro de vida para alcanzar la plenitud de
esa sabiduría que consiste en saber vivir con plenitud. Se
vence así la tentación de un subjetivismo individualista que se
encierre, ante las cuestiones fundamentales de la existencia, en una
serie de razones que no están integradas en una visión
integral de “lo humano”. Un punto específico de esta educación
es el ámbito afectivo-sexual cuyo lugar de educación privilegiado es
la familia .
La revelación de la vocación al amor
de cada hombre o mujer depende en gran medida de
esta inicial educación al amor que se ha de realizar
en la familia; su falta es, en cambio, un grave
obstáculo para que el plan de Dios llegue a echar
raíces en el corazón del hombre y éste pueda vivir
la comunión con Dios.
Un camino integrado en los procesos vitales
de la familia
71. Podemos constatar, así, cómo la verdad del
matrimonio y la familia en el plan de Dios conforma
las claves de una pastoral familiar. Cómo ésta es, en
verdad, una manifestación del ser de la Iglesia como “la
gran familia” de los hijos de Dios y es una
dimensión esencial de su propia misión. Por ello, debe ser
un camino integrado en los procesos vitales de la familia,
y no una serie de estructuras o acciones puntuales que
no manifiestan suficientemente la vocación al amor que es el
núcleo vital de esta pastoral. Seguiremos, por tanto, esos momentos
que tienen su centro en la constitución del matrimonio, es
decir, la preparación al matrimonio (capítulo II), la celebración del
matrimonio mismo (capítulo III) y la atención pastoral a la
familia (capítulo IV). Es el mismo Evangelio el que nos
abre un horizonte inmenso que nace del corazón de Dios;
es su promesa de “un amor hermoso” la que nos
anima a realizarlo y constituye el motivo primero de toda
pastoral familiar .
Resumen
Es fundamental que todos comprendan que:
El matrimonio no
es una invención humana o un pacto privado, al arbitrio
de las partes, sino un “gran misterio”, un proyecto maravilloso
de Dios, que comunica su amor eterno al hombre, creado
varón y mujer a su imagen y semejanza.
Los rasgos esenciales
del amor conyugal los ha establecido Dios, autor del matrimonio,
y los ha inscrito en los significados de la sexualidad
humana: unidad, indisolubilidad, exclusividad, fecundidad, fidelidad.
La gracia de la redención
capacita al hombre dividido por el pecado para descubrir y
realizar el plan de Dios sobre el amor conyugal en
toda su belleza.
Por el sacramento del matrimonio los esposos, injertados
en la alianza de Cristo por el bautismo, participan como
cónyuges en la misma.
El matrimonio cristiano es un camino de
santidad en la Iglesia, es decir, a la plenitud del
amor y al compromiso por la extensión del Reino de
Dios.
El celibato y el matrimonio cristianos son dos vocaciones complementarias
y de valor inestimable.
La santificación de la vida conyugal requiere
diligente cuidado. La Iglesia ofrece a los esposos medios adecuados
para que cultiven la vida en el Espíritu: sacramentos, enseñanzas,
acompañamiento espiritual, etc.
La familia cristiana, “iglesia doméstica”, es la primera
transmisora del amor y de la fe.
El fin de toda
la pastoral familiar –que es una dimensión esencial de la
acción de la Iglesia- es llevar a plenitud la vocación
matrimonial.
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