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Autor: Francisco Rodríguez Barragán | Fuente: ForumLibertas Seréis como Dioses
Una y otra vez los hombres quieren olvidarse de su condición de criatura y convertirse en sus propios dioses
Seréis como Dioses
02/11/2009
La vieja tentación del Paraíso sigue resonando en
los oídos de la humanidad a través de los tiempos:
si no hacéis caso a Dios y coméis del árbol
de la ciencia del bien y del mal, seréis como
dioses. Una y otra vez los hombres quieren olvidarse de
su condición de criatura y convertirse en sus propios dioses
y a pesar de que todos sus intentos terminan en
dolor y fracaso piensan que la próxima vez lo conseguirán.
Siempre hay quienes dirigen la maniobra, los que proponen construir
una torre tan alta que desafíe al cielo, aunque termine
en la confusión de Babel.
Los hombres en lugar de reconocer
que habían recibido el regalo de la vida y agradecerlo,
pensaron que existían dioses poderosos que constituían una amenaza y
trataron de conjurarlos, de librarse de ellos o de conseguir
su ayuda para vencer a sus enemigos. Los jefes de
todos los imperios antiguos buscaron ser divinizados, ser considerados como
dioses cuya voluntad fuera la ley, decidir acerca del bien
y el mal.
Cristo irrumpe en la historia para ofrecer
la salvación. Dios que nos creó y en el que
vivimos, nos movemos y existimos, sigue amando a los hombres
a pesar de su loca tendencia a considerarse absolutamente libres
y autosuficientes. Su oferta de salvación a través del amor
y la verdad respeta la libertad de cada persona. Unos
aceptan el amor de Dios y aman y otros siguen
empecinados en salvarse a sí mismos confiando en sus propios
medios: la ciencia y la técnica, sin caer en la
cuenta que estos medios también son dones de Dios.
El
tentador sigue insistiendo: Dios no es necesario, ni siquiera como
hipótesis para explicar el universo, dicen algunos con altanería. Otros
hacen publicidad de “probablemente no exista, por lo que deben
dejar de preocuparse y disfrutar de la vida”. La muerte
inevitable de todos pone un inquietante contrapunto. La situación del
mundo, sus guerras, sus rivalidades, sus hambres, sus crisis, cuestionan
eso de disfrutar de la vida.
La humanidad va gastando
milenios ensayando fórmulas maravillosas que resuelvan todos los problemas. Todas
fracasan. Recordemos las últimas: el marxismo eliminando las clases sociales
convertiría el mundo futuro en un paraíso. Millones de personas
han sido sacrificadas a este idea y todo el tinglado
se ha venido abajo.
La mano invisible podía regular
las relaciones sociales a través del mercado. El egoísmo de
cada uno daría como resultado la prosperidad. Pero el egoísmo
es una pasión insaciable de la que no puede salir
amor ni solidaridad. La crisis que padecemos es buena prueba
de los males que puede acarrear el egoísmo.
La
creación del estado del bienestar en el que tanta gente
ha confiado puede venirse abajo tanto por la crisis económica
como por el desequilibrio entre esperanza de vida y reducción
de la natalidad.
Pero hay más. El deseo de decidir
sobre el bien y del mal, se hace realidad con
campañas planetarias para reducir la población mediante cualquier medio, con
la difusión de la ideología de género que trata de
imponer que la sexualidad es una opción personal y un
producto cultural, con la incitación al placer sin trabas ni
responsabilidades. La política educativa para borrar la influencia de la
familia o de las religiones y realizar una ingeniería social
en la que los gobiernos decidan sobre lo bueno y
lo malo, lo justo y lo injusto.
Todo ello
adobado con una palabrería eufemística: abortar no es matar a
un inocente sino el ejercicio de un extraño derecho de
la mujer, la sexualidad no es una fuerza que necesita
ser dominada por la voluntad sino ejercitada sin trabas ni
cortapisas desde la más tierna infancia. La familia no es
una unidad compuesta por padre, madre e hijos sino una
forma más entre otras muchas fluidas y cambiantes. La ecología
como argumento para modificar las conductas y tantas cosas más.
Por eso la Encíclica de Benedicto XVI –Caritas in veritate-
no puede ser más oportuna. Señala que la única fuerza
capaz de orientar el desarrollo de los pueblos y de
las personas es la caridad en la verdad. La caridad
es el amor exigente y comprometido que se preocupa del
bien de los que ama y la verdad que reconoce
que somos criaturas, dotadas de razón y de conciencia por
Dios, que quiere nuestro bien, que consiste en amarle a
Él y amarnos entre nosotros.
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