Autor: Francisco Rodríguez Barragán | Fuente: ForumLibertas Nuestra civilización y nuestra fe
La ignorancia acerca de nuestra propia civilización nos impide, cada vez más, gozar del arte que nos rodea, de entender el significado de una catedral, de un retablo, de un cuadro, de una sinfonía, de un poema.
Nuestra civilización y nuestra fe
Cuando nos encontramos con amigos de nuestra misma o similar
edad, es decir bastante viejos, lo más usual es que
nos dediquemos a hacer inventario de nuestros achaques. Hace poco
al preguntar a uno de ellos sobre su estado, ya
que lo vi bastante desmejorado, me respondió: pues, ya ves,
en las postrimerías.
Seguramente para la mayoría de la gente esto
de las postrimerías no tendrá ni idea de lo que
significa. Quizás deduzcan que se trata del final de algo
y si lo dice un anciano tembloroso y desmejorado pueden
pensar que le falta poco para morirse.
Los que en nuestra
infancia nos aprendimos de memoria el catecismo de la doctrina
cristiana de los Padres Ripalda y Astete, con preguntas y
respuestas, sí sabemos lo que son los novísimos o postrimerías,
por aquello de que los mayores olvidamos las cosas que
nos dijeron hace un rato, pero recordamos las cosas aprendidas
en nuestra niñez.
A la pregunta de ¿Cuántos son los
novísimos? Se respondía: cuatro, a saber, muerte, juicio, infierno y
gloria y a continuación se explicaba qué es la gloria
y lo que habíamos de hacer para llegar a ella.
La educación de las siguientes generaciones abandonó la utilización del
poderoso instrumento de la memoria para fijar cuestiones fundamentales para
nuestra vida. No es lo mismo memorizar algo de forma
sintética, que rellenar una ficha o escuchar con mayor o
menor atención una explicación más o menos larga. Definiciones sintéticas
de matemáticas, geometría, gramática o religión, si fueron memorizadas nos
servirán para siempre.
Leer en alta voz, escribir al dictado,
hacer una redacción, sumar, restar, multiplicar y dividir con soltura,
son cosas que me han resultado utilísimas en mi vida,
para comprender lo que leo, para fijar la ortografía y
sintaxis de lo que escribo, para ajustar cualquier cuenta sin
recurrir a la calculadora.
Mi vida creyente se inició con
aquellos catecismos, en los que mi madre me repasaba las
preguntas para ver si me sabía de memoria las respuestas.
Sin aquella base quizás no habría tenido oportunidad de profundizar,
dentro de la iglesia, en las preguntas fundamentales acerca de
quién soy, cuál es mi fin, qué debo hacer, qué
me cabe esperar, quién es Dios para mí, qué representa
Cristo en mi vida.
Comprendo que haya mucha gente que
no sea creyente, la fe es un don de Dios,
que puede aceptarse o rechazarse, en uso de nuestra libertad.
Pero no es comprensible que también se de la espalda
a la cultura que ha hecho posible la civilización en
que vivimos. Es bochornoso comprobar la ignorancia acerca de cuestiones
religiosas de los concursantes que aparecen en la televisión. En
estos días de Navidad cuando les preguntaron dónde nació Jesús,
según la Biblia, ¡no lo sabían!
La ignorancia acerca de
nuestra propia civilización nos impide, cada vez más, gozar del
arte que nos rodea, de entender el significado de una
catedral, de un retablo, de un cuadro, de una sinfonía,
de un poema. Dos milenios de civilización se están disolviendo.
Hay que salvar, como sea, nuestra cultura occidental y nuestra
fe cristiana.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR