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Autor: Juan José Pérez-Soba Diez del Corral | Fuente: bioeticaweb El bien de la vida y el bien de la salud: el deber de preservarlos
La carencia de los bienes básicos permite descubrir su auténtico valor que, de otro modo, suele darse por descontado
El bien de la vida y el bien de la salud: el deber de preservarlos
31 de enero de 2009
“Aquel que amas está enfermo”
(Jn 11,3). El aviso que enviaron las hermanas de Lázaro
a Jesucristo con la intención de despertar su atención, en
su concisión, refleja muy bien de qué modo el dolor
causado por la enfermedad propia o ajena es una de
las realidades principales en la vida del hombre, pues su
sola mención causa inmediatamente una reacción espontánea de compasión y
se comprende como una invitación a remediarlo.
Hay bienes que por
su naturaleza están en el fundamento de los demás, por
ello no se valoran adecuadamente hasta que se pierden. Sucede
cuando se pierden los bienes necesarios para nuestro trabajo, o
nuestro estado de vida, con las limitaciones de las capacidades
psíquicas, y de modo eminente cuando faltan las personas queridas.
Esto es lo que ocurre, evidentemente, con la salud. La
carencia de los bienes básicos permite descubrir su auténtico valor
que, de otro modo, suele darse por descontado.
De este modo,
la toma de conciencia de estos bienes va a estar
unida a dos actitudes muy diferentes: la primera es la
de asombro porque al provenir su carencia de una situación
imprevista, causa el inicial desconcierto de ver alterada la vida.
Detrás de esta reacción casi espontánea se esconde un descubrimiento
mucho mayor: el de la toma de conciencia de la
radical vulnerabilidad y contingencia de la vida humana. Nuestro modo
de vivir que apunta a un conjunto de deseos e
intenciones, está amenazado en su raíz por la posibilidad de
que no se cumpla ninguno de ellos, y más radicalmente,
por el simple hecho de desaparecer de la existencia.
La segunda
de las actitudes a las que apuntábamos es la de
temor. Si en verdad, como parece indudable, la condición humana
es tal, nuestra vida parece dependiente de una multitud de
circunstancias que no dominamos y cualquier cosa que nos propongamos
puede ser una vana ilusión, anticipo de un mayor dolor.
El temor a perderlo todo, a fracasar en lo que
uno se proponía, aparece ahora con tal fuerza que tiende
a ocupar todo el horizonte y no se sabe bien
cómo encauzar este molesto “invitado” que ahora comienza a acompañar
nuestra vida.
Ante este impacto inicial del que se alimentan esas
actitudes fundamentales caben entonces tres posibilidades.
- La primera es intentar
olvidar, enterrar la experiencia vivida y los significados que despierta
como algo sin importancia. El razonamiento es práctico: la vida
continúa con todas sus exigencias y son a estas a
las que se ha de responder y no a preguntas
a las que no parece que se pueda dar una
contestación adecuada. El hombre puede concentrarse en lo inmediato –“carpe
diem”- de su acción o satisfacción y evitar preguntarse por
una cuestión que es fuente solo de inquietudes. Se puede
elegir este modo de vida, pero la impresión inicial del
asombro permanece, no querer responder a la exigencia manifiesta de
una pregunta es un modo de existencia inauténtica.
- La segunda,
es querer responder con una pretendida invulnerabilidad. Llegar a pensar
que a la persona en cuestión no le afecta esta
pregunta porque está asegurado por otra parte y es en
esta seguridad donde asienta su esperanza. En la actualidad la
ciencia, y más en particular la técnica, juegan tantas veces
este papel de ser garantía de que se alcanzará la
resolución de cualquiera de los problemas que se plantean a
la debilidad humana(1) . Consiste en dar esperanzas por medio
de la eliminación progresiva de cualquier vulnerabilidad que se presente,
entre las cuales hay que poner a la enfermedad en
primer lugar. En un sentido semejante se sitúa una cierta
reducción de “la vida” a la “autoconciencia” del hombre, a
lo que él piensa de sí mismo, de esta forma
se recluye la cuestión de su vida en una esfera
que podría estar en su dominio. Son respuestas sin duda
importantes, pero evidentemente parciales. No se piensa en el significado
inherente a la vulnerabilidad y se acalla el asombro como
algo superficial, pero permanece el temor. Al final se pone
la seguridad en algo incierto, en un futuro que siempre
tarda en llegar y con la íntima certeza de que,
en definitiva, es obviamente imposible la eliminación de tal vulnerabilidad
que sigue allí como una amenaza.
- La tercera es aceptar
el desafío de la pregunta y descubrir en ella un
significado distinto: una cuestión de sentido(2) . Sin duda, esta
opción se trata de una elección personal, de la asunción
profunda de una verdad que provoca e interroga. El hombre
interrogado por la enfermedad no vive las tres posibilidades como
equivalentes, no se le presentan de un modo neutral por
el cual elija desde la indiferencia. De hecho, el entorno
cultural occidental que nos rodea facilita las dos primeras posibilidades:
al ser la nuestra una sociedad que se mueve por
el consumo, incita a acallar cualquier pregunta mediante la satisfacción
de los deseos inmediatos, a modo de un letargo que
impide despertar. Es, además, una cultura que rinde pleitesía a
la técnica y hace que los hombres depositen en ella
la esperanza de su futuro.
Se comprende
muy bien de qué modo estas dos respuestas no solo
tienen carencias, sino que falsean la verdad sobre el hombre.
Se produce así el hecho paradójico, pero manifiesto en la
actualidad, de que lo que se ha pretendido que fuera
un remedio para esa “enfermedad” específica de la vulnerabilidad humana,
se ha convertido en cambio en el fundamento de una
auténtica “cultura de muerte”(3 ), en una larvada amenaza contra
la vida.
Es la mentalidad consumista la
que tiende a valorar cualquier realidad por su apetibilidad y
siempre en relación a un conjunto de impresiones que se
pueden considerar satisfactorias. El dolor abandonado a ser un hecho
sin sentido se convierte, en cuanto se escapa de nuestro
dominio, en insoportable, una amenaza irracional, insuperable y fatal. Desde
esa consideración, puede llegar a pensarse la vida de un
enfermo una “vida sin calidad” y, por consiguiente, juzgarla como
indigna del hombre y eliminable.
Por su
parte, la técnica se mide por el modo de alcanzar
unos fines a modo de productos. Ha sido su aplicación
masiva al campo de la medicina lo que ha permitido
comprobar con gran rapidez la amenaza que supone una mentalidad
exclusivamente técnica en acciones que tienen como fin no simples
productos, sino a las personas. La bioética en cuanto tal
nace de la percepción indudable de la necesidad de fijar
límites éticos a las intervenciones técnicas que no se pueden
justificar por sí mismas. La amenaza se considera tan grave
que la ética se convierte en un argumento esencial para
la supervivencia: “Bioethics: de Science of Survival” (4) . Este
ha sido el título del primer artículo que usó el
término “bioética” y que así ha dado nombre a esa
nueva disciplina dentro del saber ético.
Estos
hechos tan elocuentes nos permiten apuntar a un primer diagnóstico
en lo que se refiere a la causa de tal
evolución en los valores referentes a la vida: lo paradójico
de este cambio se debe al elemento interior que comunica
los extremos. Entre la propuesta social y cultural y la
realidad de la “cultura de muerte” está la crisis del
sentido de la vida. Es esta en definitiva la que
se ha de interpretar como el fundamento de lo que
todos conocen como la “crisis moral”, tomada así en su
raíz más profunda.
Notas
1.Cfr. BENEDICTO XVI, C.Enc. Spe Salvi,
nn. 16-18. 2. La “Magna quaestio” agustiniana: SAN
AGUSTÍN, Confesiones, l. 4, 4, 9 (CCL 27,44). Una reflexión
de gran interés acerca del sentido de la vida que
se desprende de esta cuestión es la de: GRYGIEL S.,
Il pensiero sorge dell’angustia inter vitam ac mortem, en NORIEGA
J., DI PIETRO M.-L. (a cura di), Né accanimento né
eutanasia. La cura del malato in stato vegetativo permanente, Roma:
Lateran University Press, 2002: 25-46. 3. Cfr. JUAN PABLO
II, Evangelium vitae, n. 12. 4. POTTER V.R., Bioethics:
de Science of Survival, Perspectives in Biology and Medicine 1970,
14: 127-153.
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