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Estamos intentando construir una civilización sin Dios: ¿legítimo proyecto moderno o... locura humana?
Estamos perdiendo a Dios
Dr. católico, filósofo, laico y casado.
La vida se nos
ha hecho difícil (9)
Hola, amigos:
Estamos intentando construir una civilización sin
Dios: ¿legítimo proyecto moderno o... locura humana? Breve preartículo
Ya no le
agradecemos la vida a Dios, sino a la evolución. Ya
no pensamos que el universo provenga de Dios, sino del
Big-Bang. Ya no queremos aceptar la naturaleza dada por Dios,
sino que pretendemos diseñarla genéticamente. Ya no queremos que la
autoridad venga de Dios, sino del pueblo. Ya no estamos
diferenciando el bien y el mal a partir de la
Ley de Dios, sino de legislaciones decididas democráticamente. Y todo
esto no es exageración ni broma, pues de hecho se
están practicando el aborto, la eutanasia, la pena de muerte,
los “matrimonios” de homosexuales y lesbianas, etcétera, etcétera.
Estamos intentando construir
una civilización sin Dios... ¿Estamos?... o quizás haya que responder
como los niños: “Estamos... ¡es mucha gente!”. Digo esto porque
en Internet han aparecido noticias de que en Estados Unidos
se han hecho encuestas para averiguar si la gente acepta
la tesis creacionista o la evolucionista respecto al origen del
hombre. Los resultados han mostrado que la tesis creacionista es
tan aceptada como la evolucionista, como por mitades. Y un
científico comentaba, alarmado, que nunca habría pensado que la formación
científica del pueblo estadounidense fuera tan pobre. Negar todo creacionismo
sería un evolucionismo radical. Pienso que en la gran mayoría
de los otros países la aceptación del creacionismo habría sido
aun mayor.
¿Qué habríamos respondido nosotros? ¿Qué pensamos en realidad, que
venimos de Dios o de algún tipo de mono?, ¿que
fuimos diseñados y creados por Dios o que somos fruto
de mutaciones genéticas aleatorias y de la selección natural? Además,
pensar que venimos de Dios ¿responderá necesariamente a una falta
de formación científica? ¿No será, más bien, que el hombre
medio tiene sentido común, y que algunos científicos —los “adolescentes”
que quieren llamar la atención— están pretendiendo hablar en nombre
de toda la comunidad científica y que los medios de
comunicación les están haciendo el juego de manera amarillista? Ese
juego ciertamente les conviene a ambos, pues repetir que Dios
es el autor y creador de todo... ¡simplemente no es
noticia!
Los grandes científicos siempre han sido teístas: Pitágoras, Arquímedes, Euclides,
Aristóteles, Copérnico, Galileo, Descartes, Kepler, Newton... Incluso Einstein comentaba que
no le convencía mucho que Dios hubiera diseñado el universo
tirando los dados. El hecho es que algunos científicos modernos,
los que hacen más ruido y trabajan creyéndose mucho unos
a otros, han pretendido que a Dios no se le
crea absolutamente nada y que su palabra quede totalmente excluida
del mundo de la ciencia. Y estos científicos, que no
le creen a Dios, ciertamente pretenden que nosotros les creamos
a ellos. ¿Es esto razonable?
Aunque los artículos de esta serie
pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a
lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno
si previamente se han leído los anteriores, que pueden encontrarse
activando el vínculo que se ofrece en seguida: La vida se
nos ha hecho difícil
Cuerpo del artículo
La noción de Dios es
muy distinta en la cultura oriental y en la occidental.
Los orientales tienen una noción impersonal de Dios, de tipo
panteísta. Dios se manifiesta dispersándose en forma de universo, para
luego recogerse de nuevo, de modo que todas las cosas
vuelven a su origen y se funden en Dios; y
al hacerlo, pierden su individualidad. Todo es Uno: el árbol
es Dios, la fuente es Dios, tú eres Dios, yo
soy Dios...
Y a la pregunta directa, ¿soy yo Dios, en
verdad, sí o no?, vienen las respuestas ambiguas: “Eres la
gota del Gran Océano”, “Eres la chispa de la Divina
Llama”. Toda la fuerza del principio de tercero excluido, sí
o no, queda oculta bajo una poesía que no viene
a cuento, que nada explica ni responde, sino que dispersa
y diluye la fuerza de las preguntas clave. El misticismo
oriental no usa el desarrollo racional; de modo semejante al
pensamiento de algunos científicos modernos, razón y religión le resultan
extrañas entre sí, pero en oriente a favor de su
misticismo.
En la cultura occidental, desde la época de los antiguos
filósofos griegos la religión y la ciencia se complementan. Desde
sus orígenes la Filosofía fue considerada un conocimiento científico. A
lo largo de la historia grandes filósofos y científicos han
analizado diversas demostraciones de la existencia de Dios, y aun
han aportado las suyas propias. Sólo en los últimos siglos
ha surgido entre algunos científicos la tendencia a reducir la
ciencia al mundo de lo material, y a dejar fuera
del ámbito científico la Filosofía y la Teología en su
totalidad. La muerte se ha presentado como la gran victoriosa
El hombre
naturalmente anhela perpetuarse, eternizarse y ser dichoso. Sin embargo, la
muerte ha sido siempre la destructora de todos sus anhelos,
como si fuera su acérrima enemiga, que lo derrota siempre.
Bien se decía en la antigüedad que puedes hacer todos
los planes y proyectos que quieras, que al cabo se
te derrumbarán, se te frustrarán, no los gozarás, porque... ¡morirás!
Ya
puedes enamorarte y declarar fidelidad eterna, e incluso ser bien
correspondido; ese amor se apagará... ¡morirás! Otros vendrán a recoger
tus despojos y los de tu amada.
Ya puedes planear una
vida que busque el saber en continuo estudio e investigación...
¡morirás!
Ya puedes dedicarte al arte y a la conquista de
la belleza... ¡morirás!
Ya puedes emprender proyectos empresariales de la mejor
calidad en beneficio de la humanidad entera... ¡morirás!
No hay escapatoria,
la muerte nos vence siempre; es la gran burladora de
todas nuestras esperanzas; deja que nos entusiasmemos, que nos ilusionemos,
que vayamos fomentando la esperanza... para finalmente dar su golpe
certero, que corta todo sendero, que ciega todo horizonte. Las respuestas
no cristianas
Los orientales han reaccionado ante la muerte procurando apagar
todo anhelo personal, todo deseo personal. Es preferible no anhelar,
que ser frustrado en el anhelo. Es preferible optar uno
mismo por acallar la mente y los sentidos en una
“muerte” prematura, que ser derrotado por la muerte real. Es
preferible estar ya “muertos”... cuando la muerte llegue. Es preferible
pensar que la propia individualidad es un lastre, que soy
sólo una emanación de una Divinidad impersonal y que al
morir me fundo con Ella, liberándome así de esa imperfección
que es mi propio yo.
No quieras, no proyectes, no ames,
no anheles... para que no te frustres. ¡Claudica! Renuncia de
antemano a tu yo. Date por vencido, indefectiblemente derrotado, aun
antes de comenzar la lucha... ¡tan poderosa y victoriosa es
la muerte!
Los griegos reaccionaron de otra manera. Unos dijeron que
hay que aprovechar la vida mientras dura; es preferible ser
mendigo en el mundo de los vivos que rey en
el imperio de los muertos. ¡Comamos y bebamos, que mañana
moriremos!
Otros dijeron que es natural morir, y que hay que
seguir la naturaleza imperturbablemente. La naturaleza sigue su curso, y
no podrás alterarlo. No pretendas, pues, alterarlo; acepta lo que
venga, incluso la muerte, sin alterarte tampoco tú. Muere tranquilo,
sereno, imperturbable, como un árbol...
Los mejores de los griegos aceptaron
la muerte con espíritu aventurero. Al no saber qué había
más allá, porque nadie había vuelto para contarlo, no tenían
más motivos para ser pesimistas que optimistas; mas tampoco tenían
pruebas ni conocimiento cierto de que hubiera otra vida, ni
de que fuera mejor o peor que ésta. La respuesta cristiana
En
todos los casos la muerte fue la burladora de nuestros
más profundos anhelos. La humanidad tuvo que vivir en un
continuo temor a la muerte, más o menos consciente, más
o menos callado. Al menos así fue hasta la profecía
israelita de un Mesías que habría de venir a librarnos
de la muerte; profecía que se cumplió con la Encarnación
del Verbo Divino, con la llegada de Cristo. Él verdaderamente
venció a la muerte, pues resucitó; y como de una
u otra forma todos nosotros somos miembros de su Cuerpo
Místico, nosotros también resucitaremos. De ahí la pregunta cristiana: ¿Dónde
está, muerte, tu victoria?
Hoy muchos tienen un gran empeño en
negar la resurrección de Cristo, pero contamos con el escepticismo
histórico del apóstol Tomás, quien se negó a creer hasta
que metió su dedo en los orificios de los clavos.
Cristo resucitó, indudablemente, y muchos lo presenciaron y fueron sus
testigos. No se puede tapar el sol con un dedo,
ni se le pueden poner puertas al campo.
A partir de
entonces el mundo cristiano, que incluye a la cultura occidental,
pudo al fin anhelar y vivir sin temor a la
muerte, y también sin temor a que cada persona perdiera
su propia individualidad al morir; porque tuvimos ya la legítima
esperanza en una vida futura de conocimiento y amor entre
todos nosotros y con Dios, pero sin fundirnos en Él,
sino conservando cada quien su propio yo.
Dios nos creó en
nuestra individualidad y nos ama en nuestra individualidad. Teresa sigue
siendo Teresa, santa Teresa, incluso en el Cielo. Y esa
esperanza, con la consecuente pérdida del temor a la muerte,
se fue transmitiendo de padres a hijos, y a amigos
y conocidos, difundiéndose a lo largo y a lo ancho
de la cultura occidental, hasta llegar a nosotros. La herencia cristiana
Así
ha sido como los cristianos hemos llegado a poder vivir
anhelando y proyectando, al margen de una temerosa preocupación por
la muerte, y aun sin ser plenamente conscientes de la
causa de semejante liberación. Lo notable es que hoy, apoyados
en la herencia de dicha liberación, haya tantos cristianos occidentales
que, aburridos del cristianismo, lo critican y coquetean con las
doctrinas orientales sin darse cuenta de la situación en que
estarían de no ser por su herencia cultural cristiana.
Ciertamente los
orientales tienen derecho de pensar lo que piensan y de
creer lo que creen, y también de vivirlo y promoverlo;
y nosotros debemos respetarlos y amarlos. Además, su religiosidad representa
una búsqueda importante. Sin embargo, tienen un retraso de 2,500
años, porque parecen no haberse enterado de que hubo una
cultura griega; y de haberse enterado, no parecen haberla entendido.
Es una cultura que busca el desarrollo del intelecto y
de todo lo legítimamente humano, por lo que fue una
preparación para el advenimiento del cristianismo, dado que Cristo, la
Inteligencia Divina en persona, pidió que todo el que fuera
capaz de entender... ¡entendiera! De hecho, la Teología cristiana se
desarrolló sintetizando razón y fe con apoyo en la Filosofía
griega.
Cultura griega y cristianismo aportaron el concepto de persona, cuya
dignidad y derechos son tan importantes hoy. Tenemos dignidad y
derechos no tanto por ser humanos, sino más bien por
ser personas. Por todo lo anterior, el conocimiento occidental de
Dios como Alguien que conoce y ama —creador del universo,
Uno en esencia y Trino en personas, cuyo Hijo se
hizo hombre por amor a nosotros—, es un conocimiento incomparablemente
superior al de las religiones orientales, como también lo es
el misticismo cristiano, consistente en una unión amorosa entre personas.
El
problema es que hoy, al pretender seguir siendo cristianos y
a la vez construir una civilización sin Dios, ni nos
atrevemos a declararnos ateos ni vivimos el cristianismo auténtico, porque
tememos que nos haga aparecer como menos modernos; y entonces
buscamos interpretaciones que lo desvirtúen. En efecto, creer hoy en
Dios con todas sus consecuencias, aceptando todo lo que ha
revelado y todo lo que la Filosofía y la Teología
nos enseñan, nos haría ver como poco ambiciosos, poco competitivos,
poco evolucionistas, poco democráticos...
Nada más conveniente, entonces, que una interpretación
impersonal de Dios, propia de un panteísmo naturalista, como el
oriental, donde Dios se identifique con el universo y sus
leyes, en vez de ser su creador. Pero no podremos
dialogar con un Dios impersonal, ni lo podremos amar, ni
podremos seguir conservando la esperanza en una vida futura, y
acabaremos por volver al temor... Y esto es precisamente lo
que nos está sucediendo: ¡estamos perdiendo a Dios!
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