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Autor: Álvaro del Portillo | Fuente: Opusdei Sal, luz y fermento: La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia
Es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús
Sal, luz y fermento: La tarea de los laicos en la misión de la Iglesia
Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con
Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas,
fueron muy conscientes de su misión de informar con su
fe todas las actividades que realizaban. Con palabras de Tertuliano:
"lo que es el alma para el cuerpo, eso son
los cristianos en el mundo". San Josemaría, como comenta en
este artículo Monseñor Álvaro del Portillo, recordó incansablemente en su
predicación que "es deber de todos y cada uno de
los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres
de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús".
El
encargo que recibió un puñado de hombres en el Monte
de los Olivos, cercano a Jerusalén, durante una mañana primaveral
allá por el año 30 de nuestra era, tenía todas
las características de una "misión imposible". "Recibiréis el poder del
Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos
en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta
los confines de la tierra" (Act 1, 8). Las últimas
palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensión parecían una
locura. Desde un rincón perdido del Imperio romano, unos hombres
sencillos - ni ricos, ni sabios, ni influyentes - tendrían
que llevar a todo el mundo el mensaje de un
ajusticiado.
Menos de trescientos años después, una gran parte del
mundo romano se había convertido al cristianismo. La doctrina del
crucificado había vencido las persecuciones del poder, el desprecio de
los sabios, la resistencia a unas exigencias morales que contrariaban
las pasiones. Y, a pesar de los vaivenes de la
historia, todavía hoy el cristianismo sigue siendo la mayor fuerza
espiritual de la humanidad. Sólo la gracia de Dios puede
explicar esto. Pero la gracia ha actuado a través de
hombres que se sabían investidos de una misión y la
cumplieron.
Cristo no presentó a sus discípulos esta tarea como una
posibilidad, sino como un mandato imperativo. Así leemos en San
Marcos: "Andad a todo el mundo y predicad el Evangelio
a toda criatura. El que crea y se bautice, se
salvará; mas el que no crea, se condenará" (Mc 16,
15-16). Y San Mateo recoge las siguientes palabras de Cristo:
"Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo
estaré con vosotros hasta el fin del mundo" (Mt 28,
19-20). Son palabras que traen a nuestra memoria las pronunciadas
por Jesús en la Última Cena - "como Tú me
enviaste al mundo, así los he enviado Yo al mundo"
(Jn 17, 18) -, de las que el Concilio Vaticano
II ha hecho el siguiente comentario: "Este mandato solemne de
Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo ha
recibido de los Apóstoles con el encargo de llevarlo hasta
el fin de la tierra"(1).
Tarea de todos
Cuando se habla de
la misión de la Iglesia, se corre el riesgo de
pensar que es algo que corresponde a quienes hablan desde
el altar. Pero la misión que Cristo encomienda a sus
discípulos ha de ser llevada a cumplimiento por todos los
que constituyen la Iglesia. Todos, cada uno según su propia
condición, han de cooperar de modo unánime en la común
tarea(2). "La vocación cristiana - precisa el Concilio Vaticano II
- es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado (...).
Hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero una única
misión. A los Apóstoles y a sus sucesores les confirió
Cristo el ministerio de enseñar, de santificar y de gobernar
en su propio nombre y autoridad. Pero los laicos, al
participar de la función sacerdotal, profética y real de Cristo,
cumplen en el mundo su función específica dentro de la
misión de todo el pueblo de Dios"(3). Todo cristiano es
asimilado a Cristo por el Bautismo y participa de su
misión redentora; es deber de todos y cada uno de
los bautizados colaborar activamente en la transmisión a los hombres
de todos los tiempos de la palabra predicada por Jesús.
La
dimensión apostólica de la vocación cristiana ha estado siempre presente
en la vida de la Iglesia; pero ha habido una
larga época en la que la realización de su misión
salvadora parecía estar encomendada a unos pocos cristianos; el resto
era tan sólo sujeto pasivo de la misma. El Concilio
Vaticano II ha supuesto en este campo un retorno a
los principios, al poner repetidamente de manifiesto la universalidad de
esa llamada al apostolado, que constituye no sólo una posibilidad
entre otras, sino un auténtico deber: "Les ha sido impuesta,
por tanto, a todos los fieles la gloriosa tarea de
esforzarse para que el mensaje divino de la salvación sea
conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar
de la tierra"(4).
Donde sólo llegan los laicos
Pero ¿corresponde a los
laicos alguna parcela concreta dentro de esa misión? El Concilio
Vaticano II había dado ya algunas orientaciones precisas. Los fieles
corrientes - se lee en la Constitución Lumen gentium -
"son llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo
de fermento, a la santificación del mundo, mediante el ejercicio
de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y
así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el
testimonio de su vida y con el fulgor de su
fe, esperanza y caridad"(5). Y más adelante: "Los laicos están
particularmente llamados a hacer presente y operante la Iglesia en
los lugares y condiciones donde no puede ser sal de
la tierra si no es a través de ellos"(6). Es
decir, en un hospital la Iglesia no está sólo presente
por el capellán: también actúa a través de los fieles
que, como médicos o enfermeros, procuran prestar un buen servicio
profesional y una delicada atención humana a los pacientes. En
un barrio, el templo será siempre un punto de referencia
indispensable: pero el único modo de llegar a los que
no lo frecuentan será a través de otras familias.
La Exhortación
Apostólica Christifideles laici, recogiendo el trabajo realizado en el sínodo
de 1987, ha profundizado en esta doctrina. Refiriéndose a la
función de los laicos, el Papa recordaba dos peligros que
podían presentarse al intentar definirla: "la tentación de reservar un
interés tan fuerte a los servicios y tareas eclesiales, de
llegar con frecuencia a un práctico olvido de su específica
responsabilidad en el mundo profesional, social, económico, cultural y político;
y la tentación de legitimar la indebida separación entre la
fe y la vida, entre la recepción del Evangelio y
la acción concreta en las mas diversas realidades temporales y
terrenas"(7).
Frente a estos dos extremos, el Papa advertía que lo
que distingue a los laicos es "la índole secular", pues
Dios les ha llamado a que "se santifiquen a sí
mismos en el matrimonio o en el celibato, en la
familia, en la profesión y en las varias actividades sociales"(8).
De
este modo, el Sínodo trató de evitar ese doble riesgo
señalado por el Papa: al estimular la tarea de los
laicos en los asuntos temporales, soslaya la tentación de un
repliegue en las estructuras de la Iglesia, frente a una
sociedad hostil o indiferente; y al pedir una fuerte coherencia
entre fe y vida, quiere impedir una disolución de la
identidad cristiana. Pues, para ser sal de la tierra, hace
falta estar en el mundo, pero también no volverse insípido.
La
misión específica de los laicos queda así claramente descrita: se
trata de llevar el mensaje de Cristo a todas las
realidades terrenas - la familia, la profesión, las actividades sociales...
- y, con la ayuda de la gracia, convertirlas en
ocasiones de encuentro de Dios con los hombres.
Los primeros cristianos
Sin
embargo, no respondería a la realidad considerar todo lo hasta
ahora expuesto como una novedad posterior al Concilio Vaticano II.
Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con
Jesús y los Apóstoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas,
fueron muy conscientes de su misión. Su conversión les llevaba
a un mayor empeño por cumplir los deberes correspondientes a
su posición en el mundo. Tertuliano, por ejemplo, escribe: "Vivimos
como los demás hombres; no nos pasamos sin la plaza,
la carnicería, los baños, las tabernas, los talleres, los mesones,
las ferias y los demás comercios. Con vosotros también navegamos,
con vosotros somos soldados, labramos el campo, comerciamos, entendemos de
oficios y exponemos nuestras obras para vuestro uso"(9).
Y en un
venerable documento de la antigüedad cristiana leemos: "Los cristianos no
se distinguen de los demás hombres por su tierra, ni
por su habla, ni por sus costumbres: porque no habitan
ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan
un género de vida distinto de los demás (...). Habitando
ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada
uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás
género de vida a los usos y costumbres del país,
dan muestra de un tenor peculiar de conducta que es
admirable y, según confesión de todos, sorprendente"(10). Lo que poco
más adelante se escribe en el mismo documento, nos hará
comprender que, permaneciendo en su sitio, los primeros cristianos habían
cambiado notablemente de conducta. "Se casan como todos; como todos
engendran hijos, pero no abandonan a los que nacen (...),
están en la carne, pero no viven según la carne,
pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía
en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con
su vida superan las leyes (...). Para decirlo brevemente, lo
que es el alma para el cuerpo, eso son los
cristianos en el mundo"(11).
Como consecuencia de esa actitud y de
su celosa actividad apostólica, el cristianismo se extendió en poco
tiempo de una manera asombrosa: indudablemente, aquellos hermanos nuestros contaban
con la gracia de Dios, pero, junto a eso, sabemos
que su respuesta fue siempre heroica: no sólo frente al
tormento, sino también en todos los momentos de su vida.
No extraña por tanto que el mismo Tertuliano pudiera escribir:
"Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y
todas vuestras cosas: las ciudades, las islas, los poblados, las
villas, las aldeas, el ejército, el palacio, el senado, el
foro. A vosotros os hemos dejado sólo los templos"(12).
El espíritu
del Opus Dei
Permitidme ahora una digresión que me parece de
justicia. La llamada universal a la santidad y al apostolado,
tan clara en los primeros cristianos y recordada por el
último Concilio(13), es una de las realidades que están en
la base del espíritu de la Prelatura del Opus Dei.
Desde 1928 su fundador, Josemaría Escrivá, no cesó de repetir
que la santidad y el apostolado eran derecho y deber
de todo bautizado. Así, por ejemplo, escribía en 1934: "Tienes
obligación de santificarte. - Tú también. - ¿Quién piensa que
ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos,
sin excepción, dijo el Señor: "Sed perfectos, como mi Padre
celestial es perfecto""(14). Y, refiriéndose al apostolado, escribe: "Aún resuena
en el mundo aquel grito divino: "Fuego he venido a
traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se
encienda?" - Y ya ves: casi todo está apagado... ¿No
te animas a propagar el incendio?"(15).
Justamente, pues, puede considerarse a
Josemaría Escrivá como un pionero de las enseñanzas del Concilio
Vaticano II en este campo. Lo afirmaba claramente el Cardenal
Poletti en el Decreto de Introducción de la Causa de
beatificación del fundador del Opus Dei con las siguientes palabras:
"Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde
que fundó el Opus Dei en 1928, mons. Josemaría Escrivá
ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio, precisamente
en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio,
tan fecundo para la vida de la Iglesia"(16).
Con el ejemplo
y la palabra
En un mundo cada vez más materializado, la
labor del cristiano del siglo XX se asemeja a la
que hubieron de realizar los primeros discípulos de Cristo. Como
ellos, tendrá que transmitir la Buena Nueva con su ejemplo
y con su palabra.
Nunca podremos conocer completamente en esta vida
los efectos de nuestra actuación - el buen ejemplo o
el escándalo causado - en las personas que han estado
a nuestro alrededor. Hay una primera y esencial obligación para
cualquier cristiano: actuar de acuerdo con su fe, ser coherente
con la doctrina que profesa. "Vosotros sois la luz del
mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte,
ni se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín,
sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los
que hay en la casa. Brille así vuestra luz ante
los hombres, de manera que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen
a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,
14-16).
Sin embargo, no basta con el ejemplo. "Este apostolado no
consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol
busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, ya
a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya
a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a un
mayor fervor de vida"(17).
Esto no es una cuestión de "especialistas".
El Concilio Vaticano II ha recordado la obligación que cada
uno de los laicos tiene de hacer apostolado individualmente: "El
apostolado que las personas singulares deben realizar, brotando abundantemente de
la fuente de una verdadera vida cristiana, es la primera
forma y la condición de todo apostolado de los laicos,
incluso del asociado, y es insustituible. A tal apostolado, siempre
y en todas partes fructífero, pero en ciertas circunstancias el
único adecuado y posible, son llamados y obligados todos los
laicos de cualquier condición, incluso si les falta la ocasión
o la posibilidad de colaborar en las asociaciones"(18).
Las ocasiones en
que ese apostolado puede realizarse son innumerables: en realidad, toda
la vida ha de ser un continuo apostolado. Me gustaría
sin embargo centrarme en dos de las circunstancias que constituyen
los ejes en la vida de la mayoría de las
personas: el trabajo y la familia.
A través del trabajo profesional
Entre
los diversos motivos que hacen a los hombres tratarse, entablar
una amistad, se encuentra sin lugar a dudas el ejercicio
de la propia profesión. Podría parecer que el ámbito de
apostolado es reducido, pero no se debe olvidar que, normalmente,
es ahí donde se establecerán relaciones profundas de confianza, que
- en muchas ocasiones - permiten ayudar de forma decisiva
a las personas con las que uno se relaciona.
Algunos trabajos
- pienso, por ejemplo, en los relacionados con la docencia
o con los medios de comunicación social - constituyen una
oportunidad de transmitir ideas a centenares o millares de personas.
Pero sería un error pensar que sólo esas profesiones pueden
ser ocasión de apostolado; en cualquier ocupación, en cualquier circunstancia,
el cristiano debe ayudar a que los demás den un
sentido cristiano a su vida. Ordinariamente, no será necesario hacer
grandes discursos, sino llevar a cabo lo que el fundador
del Opus Dei llamaba "apostolado de amistad y confidencia" y
que describía en los siguientes términos: "Esas palabras, deslizadas tan
a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella
conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional,
que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que
te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es
"apostolado de la confidencia""(19).
Este empeño se convierte en interés real
por cada persona y se encauza normalmente en la conversación
personal de dos amigos. "El apostolado cristiano - y me
refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al
del hombre o la mujer que vive siendo uno más
entre sus iguales - es una gran catequesis, en la
que, a través del trato personal, de una amistad leal
y auténtica, se despierta en los demás el hambre de
Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con
naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una
fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de
la fuerza de la verdad divina"(20).
Un empeño apostólico que, a
través de la iniciativa libre y responsable de los cristianos,
se manifestará también en el esfuerzo por lograr que las
estructuras sociales faciliten a los demás el acercamiento a Dios.
Se realizará de esa manera la animación cristiana del orden
temporal que, como hemos visto, el Concilio considera misión característica
de los laicos. En este contexto, pueden entenderse las llamadas
que en la Exhortación Apostólica Christifideles laici el Papa ha
dirigido a los laicos empeñados en la ciencia y la
técnica, en la medicina, en la política, en la economía
y en la cultura(21), para que no abdiquen de su
responsabilidad en hacer un mundo más humano y, por tanto,
más cristiano.
Para eso cuentan con las inspiraciones y principios que
presenta la doctrina social de la Iglesia. Pero esa doctrina
sólo se hará vida a través de los hombres y
mujeres que, en Wall Street o en un pequeño comercio
del barrio, conciban su trabajo como algo más que una
fuente de ganancias o un medio de escalar puestos: a
través de ciudadanos que, en la alcaldía o en la
asociación de vecinos, se preocupen por hacer más acogedora lo
sociedad; a través de intelectuales que, en la Universidad y
en la escuela, creen cultura con sentido cristiano.
Empezar por la
familia
Junto a toda esa labor apostólica en torno al trabajo
- a la profesión de cada uno -, ocupa un
lagar fundamental la que se realiza a través de la
familia. En el caso de los padres, es ése su
primer campo de apostolado, el lugar en que han sido
puestos por Dios para realizar una tarea insustituible: la educación
de los hijos.
La familia es "la célula primera y vital
de la sociedad"(22), y de su salud o enfermedad dependerá
la salud o enfermedad del entero cuerpo social. La sociedad
será más fraterna, si los hombres aprenden en la familia
a sacrificarse unos por otros. Habrá más tolerancia y respeto
en las relaciones humanas, en la medida en que se
comprendan los padres y los hijos. La lealtad ganará terreno
en la vida social, si se valora también la fidelidad
entre los cónyuges. Y el materialismo estará en retirada, cuando
el norte de la felicidad familiar no sea el creciente
consumo.
En cuanto a la atención de los propios hijos, importa
recordar de nuevo el papel primordial del ejemplo. Juan Pablo
II, en una de las contadas ocasiones en que ha
hablado de sí mismo, comentaba refiriéndose a su padre: "Mi
padre fue una persona admirable y casi todos mis recuerdos
de infancia y adolescencia se refieren a él (...). El
simple hecho de verle arrodillarse ha tenido una influencia decisiva
en mis años de juventud. Era tan severo consigo mismo,
que no necesitaba serlo con su hijo: bastaba su ejemplo
para enseñar la disciplina y el sentido del deber"(23).
Y el
Card. Luciani - luego, Juan Pablo I - escribía: "El
primer libro de religión que los hijos leen son sus
padres. Es bueno que un padre le diga a su
hijo: "Ahora hay en la iglesia un confesor; ¿no crees
que podrías aprovechar la oportunidad?". Pero es mucho mejor si
le habla de este modo: "Voy a la iglesia a
confesarme, ¿quieres venir conmigo?""(24). El ejemplo ofrecido en las más
diversas facetas de la vida - de lealtad a los
amigos, de laboriosidad, de sobriedad y templanza, de alegría ante
las contrariedades, de preocupación por los demás, de generosidad... -
quedará grabado de forma indeleble en las almas de los
hijos.
Y, junto al ejemplo, la atención generosa a su educación.
"El negocio que más habéis de cuidar - solía decir
el fundador del Opus Dei a los hombres de empresa
- es la formación de vuestros hijos". Una educación que
será eficaz si los padres saben hacerse amigos de sus
hijos; si, desde que son pequeños, éstos se acostumbran a
confiar en ellos, a abrirles su corazón cuando tienen alguna
dificultad. Escribía Santo Tomás Moro: "Una vez vuelto a casa,
hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los
hijos, cambiar impresiones con los criados. Todo ello forma parte
de mi vida cuando hay que hacerlo, y hay que
hacerlo a no ser que quieras ser un extraño en
tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la
naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compañeros"(25).
El
ritmo de la vida moderna parece no favorecer esta dedicación.
Cada vez tenemos más de todo, excepto tiempo. Y se
corre el riesgo de que los padres queden absorbidos por
el trabajo, aun con el noble deseo de asegurar lo
mejor posible el porvenir de los hijos. Pero este porvenir
dependerá más del tiempo que se les ha dedicado personalmente
que del confort que se les ha ofrecido. Y así,
cuando los hijos se quejan, no es por lo que
sus padres no les han dado, sino porque no han
sabido darse a sí mismos.
Familia abierta a los demás
Esto ya
es mucho, pero no es todo. Un cristiano consciente de
su misión de levadura en la masa, no puede conformarse
con la atención a los suyos. Ciertamente, en un mundo
competitivo y duro, es normal el deseo de buscar en
la propia familia el afecto y la seguridad que muchas
veces falta fuera. Como también es comprensible que, ante los
diversos tipos de familia que hoy existen en la sociedad,
unos padres cristianos traten de proteger y cultivar el suyo.
Pero la familia cristiana es una familia "abierta".
"La familia -
decía Pablo VI -, al igual que la Iglesia, debe
ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde
donde éste se irradia (...). Una familia así se hace
evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que
ella vive"(26). El ejemplo de una familia cristiana que, con
sus limitaciones y dificultades, intenta vivir su ideal, es siempre
atractivo, incluso humanamente. Sobre todo si esa familia está abierta
a la amistad con otras - de parientes, de colegas,
de vecinos, de los amigos de sus hijos -, animada
con un espíritu apostólico. De este modo, se hará realidad
el ideal que señalaba Juan Pablo II al decir que
la "Iglesia doméstica [la familia] está llamada a ser un
signo luminoso de la presencia de Cristo y de su
amor incluso para los "alejados", para las familias que no
creen todavía y para las familias cristianas que no viven
coherentemente con la fe recibida"(27).
Por otra parte, toda familia está
sujeta a las influencias exteriores, que provienen de las leyes,
de la escuela o la opinión pública. De ahí que,
tanto para proteger la propia familia como para ayudar a
los demás, un cristiano deba preocuparse por que en la
sociedad exista un clima favorable a la institución familiar.
"Las familias
- se lee en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio -
deben ser las primeras en procurar que las leyes e
instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan
y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia.
En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia
de ser "protagonistas" de la llamada "política familiar", y asumir
la responsabilidad de transformar la sociedad"(28).
Ante una nueva evangelización
Los primeros
cristianos supieron cambiar su sociedad, poniendo todo su esfuerzo al
servicio del mandato de Cristo: "Entonces, ellos partieron y predicaron
por todas partes, mientras el Señor estaba con ellos y
confirmaba la palabra con los prodigios que la acompañaban" (Mc
16, 20).
A las puertas del tercer milenio, ante una sociedad
que parece huir alocadamente de Dios, los cristianos de este
siglo hemos sido llamados a realizar una nueva evangelización "en
y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida
humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital,
en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica,
en el taller, en el campo, en el hogar de
familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios
nos espera cada día. Sabedlo bien: hay algo santo, divino,
escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada
uno de vosotros descubrir"(29).
Y, con palabras de Juan Pablo II,
"esto sólo será posible si los fieles laicos saben superar
en sí mismos la fractura entre el Evangelio y la
vida, recomponiendo en su cotidiana actividad en la familia, en
el trabajo y en la sociedad la unidad de vida
que encuentra en el Evangelio inspiración y fuerza para realizarse
en plenitud"(30). El mundo espera cristianos sin fisuras, cristianos de
una pieza. Con fallos, con errores, pero con la firme
voluntad de rectificar cuanta voces sea preciso y seguir adelante
en el camino que, de la mano de la Virgen,
nos lleva al Padre a través de Cristo, Camino, Verdad
y Vida.
Notas
1. Lumen gentium, 17. 2. Cfr. ibid., 30. 3. Apostolicam actuositatem,
2. 4. Ibid., 3 5. Lumen gentium, 31. 6. Ibid., 33. 7. Christifideles laici,
2. 8. Ibid., 15. 9. Tertuliano, Apologético, 42. 10. Epístola a Diogneto, 5. 11.
Ibid. 12. Tertuliano, Apologético, 1. 13. Ha escrito Juan Pablo II: "Esta
llamada universal a la santidad ha sido la consigna fundamental
confiada a todos los hijos e hijas de la Iglesia,
por un Concilio convocado para la renovación evangélica de la
vida cristiana. Consigna que no es una simple exhortación moral,
sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia" (Christifideles
laici, 16). 14. Josemaría Escrivá, Camino, 291. 15. Ibid., 801. 16. Card. Ugo
Poletti, Decreto di Introduzione della Causa di Beatificazione del Servo
di Dio Josemaría Escrivá. 17. Apostolicam actuositatem, 6. 18. Ibid., 16. 19. Josemaría
Escrivá, Camino, 973. 20. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 149. 21.
Cfr. Christifideles laici, 38 y 42 a 44. 22. Apostolicam actuositatem,
11. 23. André Frossard, Non abbiate pausa!, Rusconi, Milano, 1983, 19. 24.
Card. Albino Luciani, Ilustrísimos señores, Bac, Madrid, 1979, 276. 25. Santo
Tomás Moro, Utopía, Introducción. 26. Evangelii nuntiandi, 71. 27. Familiaris consortio, 54. 28.
Ibid., 44. 29. Josemaría Escrivá, Conversaciones, 114. 30. Christifideles laici, 34.
Revista
Mundo Cristiano (España), abril de 1999
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