Autor: ELIO SGRECCIA | Fuente: HUMANITAS NRO.15 Aspectos éticos de la asistencia al paciente moribundo
Cómo se insinúa en la sociedad la cultura de la muerte
Aspectos éticos de la asistencia al paciente moribundo
En el ámbito de la actividad de asistencia sanitaria, el
paciente moribundo ocupa un lugar muy importante que hunde sus
raíces en la concepción de la vida y del hombre.
Acompañar en las últimas fases a un paciente plantea interrogantes
profundas al médico y al personal de enfermería, interrogantes que
no pueden ser resueltas solamente con un método técnico; la
verdadera naturaleza de tales cuestiones es antropología y ética. A
la ética se le reconoce hoy un papel esencial en
la organización de la salud[1]. Por otro lado, usualmente afirmamos
que sabrá afrontar la muerte del paciente sólo aquel que
haya resuelto el problema de la propia muerte. Lamentablemente, tal
conciencia no está difundida y ésta es una de las
razones por las cuales observamos en el mundo el florecimiento
de lo que el Santo Padre llama “la cultura de
la muerte”.
La pobreza de la conciencia antropológica está acompañada por
la influencia de una ética procedimental que procura sustituir la
comprensión profunda del hombre por un equilibrio de principios éticos
que, sin embargo, carecen del fundamento necesario en la ontología
de la persona. Como afirma Gayling en una famosa obra
suya[2], se observa una perversión del concepto mismo de autonomía
del paciente que no respeta su realidad de relación ni
de la autonomía del médico; la relación médico/paciente se desnaturaliza
y envilece en una dinámica cliente / técnico; el consentimiento
informado, lejos de ser el lugar donde se constituye la
alianza terapéutica, se transforma en un procedimiento de salvaguardia jurídica
del médico; la economía sanitaria, en vez de ser una
ciencia dirigida a encontrar los recursos necesarios para asistir al
enfermo, se transforma en un índice cualitativo de la productividad
del enfermo.
No sorprenderá, entonces, que el morir se convierta en
el último absurdo evento de una vida de la cual
no se supo aprehender el significado, absurdo por esto extremadamente
más doloroso y fuente de desesperación.
Esta es la razón por
la cual pensamos que la asistencia al paciente moribundo requiere
un esfuerzo más que técnico, de naturaleza antropológica, capaz de
restituir al hombre el verdadero sentido de su muerte y
de iluminar su conciencia según la verdad. Querer condicionar el
valor objetivo de la vida humana sobre la base de
“índices de calidad”, confundiendo por tanto el valor de la
vida con el valor de la calidad de la vida,
domina la valoración de la vida humana en sus últimos
momentos. De este modo se llega al fenómeno de la
“eutanasia”. Drama moral que puede ser descrito esquemáticamente por tres
etapas sucesivas que en este momento delineamos brevemente[3].
La primera etapa
que conduce hacia la situación actual está dada por aquellas
situaciones que ponen al médico frente a casos de excepcional
gravedad. Éste, habiendo puesto en acción todos los recursos terapéuticos
y asistenciales disponibles, ve sufrir de modo extremo a su
paciente que va, sin duda alguna, hacia una muerte lenta
pero irrevocable. Tal situación, real caso límite[4], convence al médico
de eliminar a su paciente por pura compasión. Esta perturbación
de la vocación médica, mitigada en la conciencia por la
dramaticidad del caso, será el primer paso: de hecho el
valor y la dignidad de la vida humana ya no
serán bienes indispensables.
La segunda etapa consistirá en ensanchar la aplicación
de la eutanasia hacia otros casos clínicos que, si bien
no son tan dramáticos como el primero, son considerados por
el médico, por quien los observa, o por el paciente
mismo, como una “condición de vida no digna”. En este
punto ya no se discute sobre la inviolabilidad de la
vida humana (dando por descontado que no se trata de
un principio moral absoluto), sino sobre la valoración de la
dignidad de la vida en concreto. De este modo, la
eutanasia se convierte en un argumento de habitual reflexión al
interior del forum científico y jurídico donde, poco a poco,
no se hablará ya de su carácter lícito / ilícito,
sino más bien de su mayor o menos conveniencia en
casos concretos, de las normas que deben regular su aplicación
y de su aceptación social y política. Por otro lado,
se pondrá cada vez más en evidencia la conveniencia de
la eutanasia en términos de un cálculo costo/beneficio.
La tercera etapa
será dar la eutanasia aún a quien no la pida[5].
Se trata de un retorno al peor modelo de paternalismo
médico que, frente a una vida sufriente, decide dar la
muerte como la solución que él mismo elegiría. El operador
sanitario (el médico o enfermero/a) adquiere entonces un poder discrecional
sobre la vida del paciente[6]. De este modo la eutanasia
se transforma en un acto virtuoso, llegándose a negar que
la vida tenga un valor intrínseco[7].
La causa profunda de este
proceso cultural puede ser individualizada en la estrategia para conquistar
el consenso público sobre la eutanasia[8], que culmina en una
idea perversa de libertad, valor que llega a configurarse como
poder sobre los otros y contra los otros[9]. Por este
camino se llega a difundir en la opinión pública la
idea de que o se está a favor de la
eutanasia o se acepta ser cruel con el enfermo: se
construye por tanto un falso dilema que podremos desenmascarar distinguiendo
la defensa de la vida del ensañamiento terapéutico, la eutanasia
de la aceptación de la muerte.
En realidad, “el corazón del
drama”[10] está en el proceso de secularización que ha investido
toda la sociedad, “el eclipse del sentido de Dios y
del hombre, típica del contexto social y cultural dominado por
el secularismo (...)”[11].
Definición de Eutanasia
Partamos de la consideración de la
eutanasia para aclarar cuál debe ser el tipo de asistencia
al paciente terminal.
Podemos definir eutanasia basándonos en distintos puntos de
observación. El esfuerzo definitorio es un tema estrechamente ligado con
la metodología clínica y la distinción semántica de los diversos
términos es de capital importancia no sólo para impedir una
comunicación ambigua, sino también para evitar malentendidos que a veces
confunden el debate bioético.
Tomemos por definición aquella ofrecida por Marcozzi,
sobre la cual se reencuentran también otros juristas y moralistas
de reconocida competencia; por eutanasia se entiende “la supresión indolora
o por piedad de quien sufre o se piensa que
sufre o que pueda sufrir en el futuro de modo
insoportable”[12].
Para evitar posibles confusiones nosotros usaremos el término eutanasia solamente
en el sentido verdadero y propio, definido por el documento
y por los teólogos moralistas, reservando el término “cura del
dolor” o terminología médica más técnica para otros casos. Para
completar el panorama de las definiciones es necesario agregar que
hoy se habla de eutanasia no solamente en relación al
enfermo grave y terminal, sino también en otras situaciones en
el caso del neonato que padezca defectos graves (wrongful life)
para el cual algunos sugieren el abandono mediante sustracción de
alimentos con el fin de evitar el sufrimiento -así se
dice- del sujeto y el peso a la sociedad. En
situaciones como ésta se habla de “eutanasia neonatal”. Está apareciendo
ahora otra acepción de eutanasia llamada “social”, la cual se
plantea no ya como la elección de un simple individuo,
sino de la sociedad.
Se argumenta que, como consecuencia del aumento
de los gastos en salud, la economía de un país
no estaría en condiciones de sostener el gasto financiero requerido
para la asistencia de los enfermos con patologías muy prolongadas
en cuanto al pronóstico y muy onerosas en cuanto a
los costos. Los recursos económicos serían así conservados para los
enfermos que una vez curados, puedan volver a la vida
productiva y laboral. Esta es una de las amenazas de
una economía que quisiera obedecer solamente al criterio del costo-beneficio.
El
examen de la definición nos obliga a subrayar la doble
forma con la cual puede ser llevada a cabo la
eutanasia: a través de una acción o de una omisión.
Se puede hablar por tanto de eutanasia activa u omisiva,
según si se trata de una intervención para anticipar la
muerte (una intención letal) o de la privación de una
asistencia todavía válida y debida. Los periódicos y la prensa
hablan de eutanasia pasiva, confundiéndola con la omisiva: no son
lo mismo. A veces es necesario ser pasivo, es decir,
no llevar a cabo intervenciones desproporcionadas, pero no es lícito
omitir los cuidados debidos.
El falso dilema entre eutanasia y crueldad
hacia el paciente
Esta aclaración definitoria puede liberar el campo del
falso dilema que contrapone la aceptación de la eutanasia, dirigida
a dar al paciente una muerte considerada “digna”, a una
postura de cruel desapego hacia el mismo, casi un abandono
en la fase terminal de la enfermedad. Para nosotros este
dilema no existe porque, junto con rechazar la eutanasia, indicamos
siempre la vía de la asistencia clínica, psicológica y pastoral
del paciente, de modo tal que pueda afrontar del mejor
modo posible sus últimas jornadas de existencia terrena.
2. RECHAZO DE
LA EUTANASIA
Evaluación teológica de la eutanasia
Para delinear un itinerario ético
de asistencia al enfermo terminal, es necesario antes que nada
tomar una posición clara frente a la eutanasia verdadera y
propiamente dicha.
En la Encíclica Evangelium Vitae, Su Santidad Juan Pablo
II ha confirmado y sintetizado aquello que es la postura
de la enseñanza magisterial respecto a la vida en general
y a la eutanasia en particular. Este documento nos ofrece
dos indicaciones importantes, que presentamos a continuación de forma esquemática:
La
primera es la conexión, de naturaleza antropológica y teológica, que
existe entre el aborto y la eutanasia, que hace de
estos dos fenómenos el fundamento de aquella cultura de la
muerte que amenaza con penetrar cada vez más las sociedades
consideradas como avanzadas.
No se trata sólo de actos aislados que
ofenden la dignidad humana de quien la sufre y de
quien la cumple, sino que constituyen un verdadero y real
atentado contra la humanidad y contra los derechos fundamentales del
hombre[13].
El aborto y la eutanasia tienen su profunda causa en
la ilusión del hombre de sustituir a Dios como Señor
de la vida y de la muerte. “Se vuelve a
proponer la tentación del Edén: transformarse en Dios -conociendo el
bien y el mal (Gen, 3.5 EV. N. 66)-” que
necesariamente llevará al dominio del más fuerte sobre el más
débil en una lógica inmanente que, infringiendo el verdadero sentido
de la filiación divina, vacía de significado la virtud de
la solidaridad.
Tanto en el aborto como en la eutanasia la
causa próxima de la decisión será el rechazo del sufrimiento
más allá de la comprensión de éste como vía de
identificación con Cristo. El sufrimiento humano es entendido, entonces, como
una cosa sin sentido, actuando un reduccionismo antropológico y existencial
que elige, evidentemente, el materialismo como referencia necesaria.
La segunda indicación
es la valoración moral de la eutanasia como “una grave
violación de la Ley de Dios, en cuanto es moralmente
inaceptable matar deliberadamente a una persona humana (EV. N. 65)”.
Esto es afirmado de modo solemne en la Encíclica, subrayando
que se trata de una enseñanza en continuidad con el
Magisterio precedente de Pío XII[14], de Paulo VI[15], del Concilio
Vaticano II[16], de la doctrina expuesta (...) en Declaraciones de
la Congregación para la Doctrina de la Fe[17] y de
las enseñanzas de inminentes doctores de la Iglesia, como Santo
Tomás de Aquino, que “siempre fue propuesto por la Iglesia
como maestro del pensamiento y modelo del recto modo de
hacer teología”[18], y San Agustín de Hipona[19]. Podemos afirmar que
se trata sin duda de una doctrina enseñada como definitiva
por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia. “Podría
parecer que en la doctrina sobre la eutanasia haya un
elemento puramente racional, dado que la Escritura no parece conocer
el concepto. Sin embargo, emerge en este caso la mutua
interrelación entre el orden de la Fe y el de
la razón: la Escritura excluye, por cierto, con claridad, cualquier
forma de autodisposición de la existencia humana como la supuesta
en la praxis y en la teoría de la eutanasia”[20].
El
Santo Padre recuerda que “tal doctrina está fundada en la
ley natural”[21], de modo que “aún entre dificultades e incertidumbres,
con la luz de la razón y no sin el
influjo secreto de la Gracia, puede llegar a descubrir (...)
el valor sagrado de la vida humana desde su inicio
hasta su término”[22].
Valoración filosófica de la eutanasia
La misma enseñanza de
la Iglesia nos pide justificar también filosóficamente el rechazo de
la eutanasia.
Visto que el valor de la vida humana “puede
ser conocido en sus rasgos fundamentales aun por la razón
humana”[23] este conocimiento racional de la naturaleza humana y la
comprensión de su dignidad reclama un retorno a un realismo
que sepa ir más allá del realismo puramente ontológico de
estampa aristotélica, más allá del realismo fenomenológico del zurück zum
Gegenstand (regreso al objeto), para llegar a un realismo personalista
del retorno, no tanto al objeto, sino al hombre en
cuanto persona[24]. La vida humana tiene ese valor y dignidad
en sí, por ser vida de una persona. La vida
física es constitutiva de la persona que es espíritu encarnado,
y es condición de su existencia en el mundo; es
su valor fundamental. Por tanto, ella no puede ser valorada
tomando como criterios valores menores y relativos, ni puede ser
declarada a disposición de otros. Es indisponible. No se puede
derivar su ser “digno”, por ejemplo, a partir de la
edad cronológica, ya que ésta depende de la vida y
no al contrario. No podrá ser la salud la que
dé dignidad a la vida humana porque la salud, que
hace referencia al cuerpo, no posee la vida en sí,
sino que participa de la vida. En otras palabras, la
salud es el estado del cuerpo de una persona viva:
en efecto en la muerte el cuerpo pierde su dignidad
porque ésta era participada. Además la vida humana no podrá
ser más o menos digna según la riqueza de la
persona, ya que una relación de posesión es una relación
accidental y no sustancial y, por tanto, no puede ser
constitutiva de la persona misma. En definitiva, la dignidad de
la vida humana no se funda en otros valores que
puedan ser relativos a la persona, sino que será aquel
valor fundamental de la persona misma.
Por otro lado, si la
vida de una persona individual fuera declarada disponible y puesta
al arbitrio, por ejemplo, de la sociedad o de otras
personas, el estado mismo sería homicida y anárquico: en cada
persona existe el bien de toda la humanidad. Esto no
quiere decir absolutizar la vida física respecto de la espiritual
de la persona, porque la vida del cuerpo no es
toda la realidad de la persona y hay bienes que
superan en valor a la vida corpórea. Por lo tanto
la muerte del cuerpo puede y debe ser aceptada cuando
la vida corpórea viene a menos o cuando lo exija
un bien más alto (de la persona). En este sentido
la Evangelium vitae ha puesto en evidencia con claridad el
carácter ilícito de la eutanasia, pidiendo al mismo tiempo la
aceptación de la muerte natural o también del martirio y
del sacrificio por otros: “Ciertamente, la vida del cuerpo en
su condición terrena no es un valor absoluto para el
creyente, sino que se le puede pedir que la ofrezca
por un bien superior; como dice Jesús, “quien quiera salvar
su propia vida, la perderá, pero quien pierda su vida
por causa mía y por el Evangelio, la salvará” (Mc
8,35)[25].
Por tanto, más allá de la razón “teológica”, el Magisterio
Católico funda sus enseñanzas en el derecho natural, confiando en
que estas enseñanzas recogerán el consenso de tantos hombres que,
“por encima de las diferencias filosóficas o ideológicas, tienen una
viva conciencia de los derechos fundamentales de cada persona humana
(...) tratándose de derechos fundamentales de cada persona humana, es
evidente que no se puede recurrir a argumentos sacados del
pluralismo político o de la libertad religiosa para negarles valor
universal”[26]. Nos encontramos ante un valor que, siendo fundamento de
cada derecho, es absolutamente indisponible.
El concepto de dignidad traduce a
nivel axiológico, la concepción cristiana que ve al hombre como
única criatura que Dios ha querido por sí misma[27] y
que está estrechamente ligada a la Gloria de Dios Creador
siendo “su imagen y semejanza” (1 Cor 11,7). Cualquier discurso
sobre bioética debe insistir ante todo en aquello que es
racionalmente válido para cualquier hombre creyente o no creyente, pero
no podemos callar esta visión, propia de gran parte de
los hombres creyentes, y proponible a cualquier hombre. Por esto,
la Constitución pastoral Gaudium et spes habla de la dignidad
del hombre afirmando que: “según la opinión casi máxima de
creyentes y no creyentes, todo lo que existe en la
tierra debe ordenarse al hombre, como su centro y su
culminación”[28].
La condena de la eutanasia vale también para el suicidio
asistido. El hecho de que al paciente le sea reservado
el último gesto de supresión de la vida luego que
el médico haya dispuesto lo necesario para tal fin, constituye
sólo técnicamente un desplazamiento de la función de agente material
del acto ilícito hacia el paciente, transformándose el médico en
un colaborador profesional de tal acto de muerte. Es claro
que ni siquiera el sujeto paciente puede pedir la supresión
de la propia vida ni realizar tal supresión, porque no
es dueño de la propia vida. El suicidio, por tanto,
no es un acto conforme a la verdadera naturaleza de
la libertad, porque priva al sujeto de la raíz de
la libertad que es la vida y constituye una ofensa
a la responsabilidad.
Valoración deontológica de la eutanasia
Relacionada con la valoración
filosófica existe también una valoración deontológica que, para ser breve,
esquematizaremos a continuación:
1. El acto eutanásico no es de
competencia médica, dado que el fin de la profesión sanitaria
es la salvaguarda y la protección de la salud y
de la vida. 2. Dar muerte a un enfermo no
puede ser considerado un acto científico (en el ámbito de
la ciencia médica), porque no puede ser valorado desde un
punto de vista experimental. Configura por tanto, una ruptura metodológica
con la ciencia médica misma. 3. Es imposible llevar a
cabo la eutanasia obteniendo del enfermo un verdadero consentimiento informado.
La razón de esto es evidente, pues nadie podrá informar
al paciente sobre lo que será para él la muerte.
Esta es la raíz que nos lleva a considerar la
eutanasia como una grave lesión del principio de autonomía del
enfermo, aún cuando éste esté consciente.
El rechazo del ensañamiento terapéutico
y de la distanasia
El Magisterio católico, en armonía con la
recta razón, rechaza con claridad el “ensañamiento terapéutico” que, en
un intento por prolongar la vida a cualquier costo, llega
al extremo opuesto, que es la distanasia. El ensañamiento terapéutico
es definido de modo preciso. Este se configura en tres
situaciones precisas definidas por los autores: Continuar la ventilación mecánica después
de la muerte cerebral total; Realizar terapias ineficaces, que aumentan el
dolor; Realizar terapias claramente desproporcionadas en relación a los costos humanos
y la utilidad para el paciente.
Para definir estos conceptos es
necesario recordar los criterios de “constatación de muerte”. Se sabe
que el problema de la definición del “juicio de muerte”
es objeto de varias “declaraciones” internacionales que fijan los parámetros
dentro de los cuales el médico puede firmar el certificado
de muerte. La declaración de Ginebra de 1968 define el
“estado de muerte”, cuando se determinan los siguientes datos de
modo acumulativo: cesación de cualquier signo de vida de relación,
ausencia de respiración espontánea, atonía muscular y falta de reflejos,
caída de la presión arterial a partir del momento en
el cual no es sostenida farmacológicamente, nulidad del trazado electroencefalográfico
(EEG). Sabemos que estos criterios son siempre objeto de discusiones
y profundización. Sin embargo, nos parece que éstos deben ser
tomados como obligatorios. Hoy, gracias al progreso conjunto de las
ciencias neurológicas y diagnósticas, se reconoce casi unánimemente que la
muerte clínica del individuo puede ser lícitamente establecida luego de
la verificación del estado de muerte cerebral total. En este
ámbito, por tanto, es oportuno considerar ulteriormente algunos casos delicados,
de pacientes en coma, en atención a los documentos de
algunos episcopados, en particular el Secretariado del Episcopado francés.
En el
caso del coma entendido como “reversible” es obligatorio usar todos
los medios a disposición, porque la recuperación de la vida,
posible o probable, vale cualquier tipo de sacrificio económico o
asistencial. Esto parece tanto más necesario cuanto el paciente en
coma no puede expresarse y dar su consentimiento; por tanto,
sus parientes y el cuerpo médico tienen el deber de
hacer todo lo posible con los medios de reanimación, aun
extraordinarios, siempre y cuando estén accesibles.
Cuando el coma se presenta,
al parecer de los expertos, como “irreversible”, queda la obligación
de los cuidados ordinarios (entre los que se incluyen la
hidratación y la nutrición parenteral). No se está obligado a
practicar medios particularmente debilitantes y costosos para el paciente, condenándolo
a la prolongación de una agonía vivida en condiciones privadas
de cualquier posibilidad de recuperación de la conciencia y de
la capacidad racional. Se tendría, en este caso, un indebido
“ensañamiento terapéutico”. El juicio sobre la irreversibilidad del coma y
sobre la condición de irrecuperabilidad de la conciencia no es
fácil y se apoya en la consideración de personal sanitario
competente y consciente. En el caso en el cual todas las
funciones cerebrales del paciente, incluidas aquellas del troncoencéfalo, estén completa
e irreversiblemente dañadas -según los criterios neurológicos ya expuestos- sería
un inútil ensañamiento y un engaño prolongar de modo artificial
algunas funciones biológicas de una vida que ya no existe
como un todo[29].
Es necesario reconocer que, no obstante estas indicaciones,
existen casos no solamente de coma profundo e irreversible, sino
también casos de coma prolongado en los que el enfermo
permanece en ese estado aún cuando se apliquen solamente cuidados
ordinarios. Existen casos en los cuales este estado comatoso irreversible,
con una vida puramente biológica, ha durado por meses o
años (estado vegetativo persistente). Tal fue, tal vez, la situación
de Karen Ann Quinlan, la joven americana de quien se
ocupó la prensa a lo largo de diez años. Análogo
fue el conocido caso de la joven Nancy B. Cruzan
que en estado vegetativo persistente, fue alimentada artificialmente durante aproximadamente
ocho años. Pero luego de varias sentencias de tribunales se
decidió cesar tal alimentación -ocurriendo su muerte unos diez días
después- en la presunción, apoyada en testimonios, de que ésta
fuese su voluntad[30].
En estos casos la familia debe ser sostenida
en este compromiso excepcional y costoso.
Valoración crítica del Living Will,
Do not resucitate order y criptoeutanasia
En el Nuevo Código de
Deontología Médica Italiano, se indica que el médico deberá referirse
a la voluntad precedentemente expresada por el paciente, naturalmente en
los casos en que éste no esté consciente. Tal postura
se incluye en el debate que desde hace varios años
se está desarrollando en torno al llamado “testamento vital” o
Living Will.
En los Estados Unidos de Norteamérica el “Natural Death
Act” (ley sobre la muerte natural) emitido en el Estado
de California y extendido en términos equivalentes en otros Estados
de la Unión, data de 1976. La ley en concreto
concede a cada adulto disponer de la no aplicación y
de la interrupción de las “terapias de soporte vital” en
el caso cercano al “extremo de las condiciones existenciales”.
Por extremo
de las condiciones existenciales se entiende la fase terminal, en
la cual el empleo de estas terapias pospondría la muerte,
pero no podría recuperar la vida. Por cuidados de soporte
vital se entiende cualquier medio o intervención médica que use
aparatos mecánicos artificiales para sostener, reactivar o sustituir una función
vital natural y que, si son aplicados, servirían solamente para
posponer el momento de la muerte. El paciente debe haber
recibido un diagnóstico infausto firmado por dos médicos.
Es necesario reconocer
que, a primera vista, este procedimiento puede corresponder a cuanto
fue dicho en la Declaración de la Congregación para la
Doctrina de la Fe sobre la Eutanasia donde se afirma:
“Es siempre lícito contentarse con los medios ordinarios que la
medicina puede ofrecer. No se puede, por tanto, imponer a
nadie la obligación de recurrir a un tipo de terapia
que, aunque esté en uso, aún no está exenta de
riesgos o es demasiado onerosa”, o también en el pasaje
precedente que afirma: “Es lícito interrumpir la aplicación de tales
medios (los medios puestos a disposición de la medicina más
avanzada - n.d.A.), cuando los resultados defraudan las esperanzas puestas
en ellos. Pero al tomar una decisión tal deberá tenerse
en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus
familiares, así como el parecer de médicos verdaderamente competentes”.
También la
“United States Catholic Health Association” distribuyó en 1974 un documento
(Christian Affirmation of Life) que contiene esta afirmación: “considero que,
si es posible, me sea consultado respecto a los procedimientos
médicos que podrían ser usados para prolongar mi vida, cuando
la muerte se avecine. Si yo no puedo tomar parte
en las decisiones concernientes a mi futuro y no hay
expectativa razonable de una recuperación de condiciones de invalidez física
o mental, yo solicito que no se empleen medios extraordinarios
para prolongar mi vida”. Otras iniciativas similares surgieron después, como
la propuesta de “testamento vital” hecha por el Comité episcopal
para la defensa de la vida de la Conferencia Episcopal
Española[31].
Sin embargo, sobre el procedimiento del Living Will[32] quedan incertidumbres
relevantes, principalmente sobre la validez jurídica y moral de una
voluntad testamentaria expresada con anticipación, fuera de las condiciones concretas
de la enfermedad, sobre un bien, que es la vida
y que no es una cosa. Pero queda también la
incertidumbre de fondo sobre la interpretación en el caso concreto
de aquellos que son llamados medios de soporte vital y
sobre la determinación de las condiciones de irreversibilidad:
¿son también
entendidos como medios de soporte vital la ayuda a la
respiración, la nutrición, la higiene personal, la hidratación? ¿Son éstos
realmente los medios de los que habla la Declaración de
la Congregación para la Doctrina de la Fe o los
medios extraordinarios de los que habla la Christian Affirnation of
Life? ¿Es lícito “excusar” al médico de tener una valoración
propia aún en contra del paciente? ¿Cómo podría el médico,
en estas condiciones, ser autónomo en la propia conciencia y
en el papel de “prestador de mano de obra intelectual”
cuando su inteligencia es la que debe valorar los medios
idóneos para asistir al enfermo terminal? Alguno ha señalado que
el living will parte del presupuesto que el médico quiere
siempre, a toda costa, practicar terapias heroicas.
Criptoeutanasia y analgesia
Usualmente hablamos
también de una forma escondida o encubierta de eutanasia, la
criptoeutanasia, que consiste en acciones u omisiones que tienen un
valor eutanásico, pero que son presentadas como procedimientos normales de
asistencia.
Para no alargarnos excesivamente, nos referiremos en este ámbito al
debate que actualmente se está desarrollando en torno a la
terminal sedation. El uso de narcóticos en la fase pre-exitus
de la enfermedad puede considerarse como una intervención farmacológica lícita
y debida para disminuir la intensidad del sufrimiento, o como
una sedación farmacológica desproporcionada que incluye también la interrupción de
la alimentación y de la hidratación del paciente que morirá
entonces, en estado de inconciencia, de hambre y de sed,
o por efecto de una sobredosis.
Naturalmente, la analgesia debe
ser “proporcionada” a la atenuación y soportabilidad del dolor. Entre
las analgesias idóneas se deberá elegir aquella que presente menores
riesgos de abreviar la vida[33]. Para el uso de la
analgesia que anula la conciencia de modo permanente, se requiere
el consentimiento del paciente y la verificación de que el
paciente haya podido realizar su última voluntad. Es siempre lícito
rechazar la analgesia para dar conciencia y significado al propio
sufrimiento.
Proporcionalidad de la terapia
A la luz de la visión ontológico-personalista,
la intervención a favor del paciente deberá hacer referencia al
principio de la proporcionalidad terapéutica, que puede ser así definido:
es éticamente aceptable cualquier terapia que se comporte como un
soporte positivo y que sea equilibrada en la relación riesgo/beneficio.
El Magisterio católico considera lícito sobre esta materia:
Ante la falta
de otras posibilidades recurrir, con el consentimiento del paciente, o
de quien haga las veces de éste, a tratamientos médicos
avanzados, todavía en vía experimental aunque presenten riesgos concretos. Interrumpir los
tratamientos antedichos, si éstos desilusionan las esperanzas, siempre con el
consentimiento del paciente. Contentarse con los medios normales ofrecidos por la
medicina.
Decidir, ante la inminencia de la muerte, renunciar a tratamientos
que alargarían en modo precario y penoso la vida, pero
sin interrumpir nunca los cuidados ordinarios.
Esto puede ser desarrollado y
clarificado haciendo referencia al principio de opcionalidad en el caso
de las terapias riesgosas y el encuadramiento de lo que
entendemos por cuidados ordinarios.
Opcionalidad y no obligatoriedad de las terapias
riesgosas o extraordinarias
El médico no puede imponer al paciente tratamientos
que podrían serle ventajosos sólo en un cierto porcentaje de
los casos, pero que podrían también presentar un riesgo elevado
de resultado negativo: al paciente o a quien lo representa
debe dejarse la libertad de elegir si acceder o no
a un programa terapéutico que presente tales características. Es este
un espacio en el cual la decisión última corresponde al
paciente o a quien lo representa: se trata de la
decisión de afrontar o no planes terapéuticos de resultado incierto
o extraordinario.
Cuidados ordinarios e indicaciones sobre alimentación e hidratación
Entre los
cuidados ordinarios se encuentran la hidratación, la alimentación, la higiene
corporal, la medicación y la limpieza de las heridas. Estos
cuidados deben considerarse un derecho del paciente también para no
aumentar el sufrimiento de la fase terminal de la enfermedad.
Cuidados
paliativos
En el estado actual de la ciencia médica y de
la enfermería, la asistencia al moribundo significa también la posibilidad
de intervenir, si bien sin la esperanza de sanar, con
la certeza de poder curar y de poder aliviar el
sufrimiento que puedan causar las últimas fases de la vida,
demasiado dolorosas. Nos referimos, como es sabido, a la terapia
del dolor, a las intervenciones con miras a aliviar al
paciente un síntoma (por ejemplo la radioterapia para reducir algunas
complicaciones de la enfermedad neoplásica, la recanalización del esófago, cateterismo,
etc.), al soporte psicológico y a tantas posibles intervenciones de
carácter sanitario que puedan ser bien organizadas también sobre la
base de estructuras para la asistencia domiciliaria del enfermo moribundo.
En
síntesis, como recuerda la Carta de los Agentes de la
Salud (Nº 117) “al enfermo terminal se le practica el
tratamiento médico que contribuye a aliviarle el sufrimiento del morir”.
El
concepto de cuidados paliativos no comprende solamente estas “medidas de
soporte”, sino también aquellas intervenciones de quimio y radioterapia o
quirúrgicas que tienen como objetivo no la curación, considerada imposible,
sino el alivio del sufrimiento, tal como son hoy utilizadas
especialmente en los hospicios y en los cuidados domiciliarios. La
Evangelium vitae se refiere más veces a los cuidados paliativos,
subrayando el “relieve particular” que están asumiendo para “hacer más
soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad
y, al mismo tiempo, aseguran al paciente un acompañamiento humano
adecuado” (n.65). En la misma Encíclica Juan Pablo II indica
también el valor que tienen los cuidados paliativos para las
familias, que “pueden encontrar gran ayuda en las estructuras sociales
de asistencia y si es necesario, recurriendo a los cuidados
paliativos (...)” (N1 88).
Verdad al paciente
A este punto es necesario
enfrentar una cuestión importante y difícil: cuándo y cómo decir
al paciente la verdad acerca de su estado de salud
y de la expectativa de vida que, dentro de lo
posible, se puede prever en su situación. También este aspecto
es parte de las obligaciones morales de la asistencia al
moribundo.
Naturalmente no es posible dar una respuesta estándar para todas
las situaciones; será necesario reflexionar caso por caso tomando en
consideración la situación concreta del enfermo, su situación relacional, su
estado psicológico, etc. De cualquier manera, se pueden individualizar algunos
principios éticos que pueden servirnos de guía:
Es necesario respetar la
verdad sabiendo transmitirla al paciente de modo tal que tenga
la posibilidad de prepararse para la muerte. Al respecto la
experiencia nos enseña que la reacción del enfermo es habitualmente
positiva tanto a nivel psicológico como espiritual.
La comunicación debe ser
una verdadera “comunicación humana”, que no se limite a hacer
conocer diagnósticos y pronósticos. Para que esto sea posible, es
necesario antes que nada saber escuchar al paciente. El objetivo
de la comunicación debe ser instaurar una relación de real
compartir.
La verdad a transmitir debe ser gradual y medida según
la capacidad del enfermo de conocerla. Para esto será importante
tener en cuenta la fase psicológica del paciente para no
agravar la fase depresiva, para ayudar a superar un eventual
negativismo y para saber aprovechar al máximo el momento de
contrición y secundar aquel de la aceptación. En cualquier caso, existe
la obligación de no esconder la gravedad de la situación
en su sustancia, especialmente cuando el paciente tiene el deber
de afrontar decisiones importantes como aquella de prepararse a una
buena muerte. Para saber dosificar la comunicación al paciente es
útil tener presente los varios estadios que enfrentan los pacientes
de enfermedades graves como un cáncer, según la clasificación ofrecida
por el trabajo sustancialmente válido de la estudiosa Kübler-Ross, reunido
en su obra “La muerte y el morir”: shock, negación,
depresión, negociación, aceptación.
Acompañamiento pastoral
El hombre sufriente, que se encamina hacia
la muerte, tiene sin embargo necesidad de madurar aquella plenitud
de conciencia que debe unir al fruto de la razón
humana la sabiduría de la fe. Con palabras traídas de
la última Encíclica de Juan Pablo II, Fides et ratio,
podemos decir que “el verdadero punto central, que desafía toda
filosofía, es la muerte de Jesucristo en la Cruz. En
este punto todo intento de reducir el plan salvador del
Padre, a pura lógica humana está destinado al fracaso”[34]. Justamente
por esto, la asistencia pastoral del enfermo grave no podrá
nunca limitarse a los últimos momentos; al contrario, la enfermedad
será para recorrer una continua búsqueda del sentido profundo de
la propia vida que encuentra o puede encontrar, en el
sufrimiento, una plenitud misteriosa y profundísima. Siguiendo con las palabras
extraídas de Fides et ratio “la relación entre Fe y
filosofía encuentran en la predicación de Cristo crucificado y resucitado
el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima
del cual puede desembocar en el océano sin límites de
la verdad”[35]. Además, a veces la enfermedad será la ocasión
para tomar un camino de iniciación cristiana, o también de
retorno a la casa del Padre: es frecuente observar enfermos
que redescubren su fe justo durante los últimos meses de
enfermedad y de dolor. “El deseo que brota del corazón
del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y
la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en
la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre
todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en
la prueba. Es petición de ayuda para seguir esperando, cuando
todas las esperanzas humanas se desvanecen”[36].
Se hace evidente que la
preparación de aquellos que se ocupan de los cuidados pastorales
de los enfermos moribundos deberá ser profunda desde el punto
de vista doctrinario, psicológico y pastoral, porque lo que contará
será sobre todo la capacidad de acercarse al enfermo con
la conciencia de que se trata de facilitar el encuentro
entre la Gracia y aquel alma, que será, por tanto,
para acompañar en primer lugar con la caridad fraterna y
con la oración.
Naturalmente la asistencia no podrá limitarse al paciente
como si la enfermedad fuese un evento aislado, separado de
toda la real racionalidad que cada vida comporta. La enfermedad
y la muerte de un hombre incluyen también el sufrimiento
y el luto para muchos otros que tendrán necesidad de
poder elaborar todo lo que están viviendo. Desde el punto
de vista pastoral, estas personas deberían ser objeto de particulares
cuidados pastorales puesto que, mas allá de tener que hacer
frente a la necesidad contingente, estarán en mejores condiciones para
afrontar en el mañana su propia muerte. Es común decir
que, para saber afrontar la muerte de una persona querida,
es necesario haber resuelto el problema de la propia muerte.
Por lo tanto, entender bien la muerte de otros es,
tal vez, la mejor preparación para saber afrontar en el
mañana el fin de la propia existencia terrena. En un
cierto sentido, la asistencia pastoral del enfermo tiene en la
cabecera del hombre moribundo la tarea más urgente, pero en
la asistencia de los parientes un rol formativo de indudable
eficacia[37].
Este tipo de asistencia pastoral necesita, naturalmente, la presencia de
sacerdotes que puedan administrar los sacramentos, pero al mismo tiempo
necesita que los profesionales laicos se involucren en un modo
fuerte, real y preparado. En efecto, el enfermo muy frecuentemente,
y en esta sociedad secularizada cada vez más, abre su
corazón al médico o al personal de enfermería aún acerca
de sus necesidades espirituales: en este marco se podrá realizar
una eficaz cooperación pastoral entre laicos y presbíteros, que logrará
una asistencia espiritual más vasta y continua. Es así como
se configura, luego del paciente y su familia, la tercera
dimensión del cuidado pastoral de la salud, que es la
formación espiritual de los Agentes de la Salud para que
puedan, ellos mismos, reelaborar en sentido completo el fenómeno de
la muerte y ser agentes activos de la asistencia pastoral
del enfermo y de la familia.
Como se puede ver, el
cuidado pastoral del enfermo moribundo abarca un horizonte muy vasto
de servicio respecto a toda la sociedad, en todos sus
niveles, yendo a desarrollar una preciosa acción, tanto en sentido
asistencial como preventivo y formativo. Esta cercanía y esta ayuda
para descubrir, a través del dolor, el sentido de toda
una vida puede alejar el abandono y la desesperación del
hombre frente a la muerte desconjurando esta capitulación, científica y
humana, que es el pedido eutanásico.
Conclusión
En síntesis, la asistencia al
paciente moribundo es un verdadero reto ético para la sociedad
civil. En primer lugar, solicita un profundo compromiso científico-técnico que
sepa ofrecer al enfermo las posibles respuestas a sus necesidades:
el tratamiento del dolor, el apoyo psicológico, la asistencia domiciliaria
y los cuidados paliativos son campos en los cuales se
pide cada vez más un esfuerzo de investigación e inversión
de recursos humanos y económicos. En segundo lugar, es necesario
afrontar con claridad las falsas soluciones que se proponen bajo
la forma de eutanasia, suicidio asistido y ensañamiento terapéutico. Estos
ámbitos aclaran la necesidad ineludible de un replanteamiento del sufrimiento
y de la muerte a un nivel francamente antropológico que
sepa interpretar al hombre sin reduccionismos, sino en la globalidad
que la realidad de la naturaleza personal del hombre requiere.
En fin, el misterio de la muerte compartida en el
recinto de la asistencia sanitaria podrá ser fuente, para todos,
enfermos y sanos, de un redescubrimiento del valor trascendente de
la propia vida, que sepa afrontar la muerte con realismo
pero también con la esperanza que impulsa a decir, con
alegría, que la muerte no es el fin sino el
inicio de una vida nueva y eterna.
Notas
[1] OMS, Salud para
todos en el siglo XXI, p. 4 de la traducción
de Giovanna Martini (al italiano) aprobada por la OMS. El
documento está en vías de aprobación. [2] Gayling, The perversion of
autonomy, New York Press, 1997. [3] Cfr. Herranz, G. Dramma dell´Eutanasia,
en Pontificia Accademia per la Vita, Evangelium Vitae, Encíclica y
comentarios, LEV. 1995, pp.232-236. [4] Recordamos que la terapia del dolor
bien usada logra controlar la mayor parte de la sintomatología
dolorosa. Las extremas situaciones de sufrimiento que antes acompañaban a
los enfermos terminales, sobre todo de tipo oncológico, ya no
se observan habitualmente. [5] Cfr. Reporte Remmenlink, donde se observa que
aproximadamente el 10 por ciento de las eutanasias en Holanda
(1990-95) fueron involuntarias. [6] Nos parece importante notar que tal postura
no es una novedad sustancial porque no es otra cosa
que la aplicación, en el paciente terminal, de la misma
mentalidad que guía el aborto eugenésico en el caso de
diagnóstico prenatal de enfermedad congénita. [7] Este panorama es aquel que,
ya en 1991, fue puesto en evidencia por los cardenales
reunidos en un consistorio extraordinario en el mes de abril.
Una de las conclusiones de la reunión, que había afrontado
el grave tema de las ofensas y los atentados contra
la vida en el mundo, fue el pedido del Santo
Padre de afrontar en una Carta Encíclica el tema del
respeto de la vida humana desde la concepción hasta la
muerte natural. [8] Fleming esquematiza este proceso con los siguientes puntos:
1) la publicidad a alta escala de “casos difíciles” que
necesitan una respuesta “compasiva”, y la autoacusación de algunos médicos;
2) el recurso a sondeos de opinión; 3) el uso
de tales sondeos para afirmar que la opinión de los
católicos es distinta de la del Magisterio Oficial; 4) la
confusión de conceptos claves como eutanasia-ensañamiento terapéutico-rechazo de terapias extraordinarias;
5) la afirmación de que aquellos que se opongan al
aborto y a la eutanasia en nombre de la sacralidad
de la vida son incoherentes, porque no se oponen a
la guerra y a la pena capital: Cfr. Fleming J.I.
Católicos y estrategias proeutanasia y proaborto. Medicina e Morale 1996/1:
103-4. [9] Cfr. Tettamanzi, D. Introduzione alla Encíclica Evangelium Vitae, Piemme,
1995, p. 20. [10] Evangelium Vitae, n. 21. [11] Idem, Ibidem. [12] V.
Marcozzi, Il cristiano di fronte all´eutanasia, “La Civiltá Cattolica”, 1975,
IV, p. 322. [13] Es ésta la paradoja de la cual
el Santo Padre habla en la Evangelium Vitae, recordando que
así “se produce un cambio de trágicas consecuencias en el
largo proceso histórico, que después de descubrir la idea de
los “derechos humanos” (...) incurre hoy en una sorprendente contradicción:
justo en una época en la que se proclaman solemnemente
los derechos inviolables de la persona y se afirma públicamente
el valor de la vida, el derecho mismo a la
vida queda prácticamente negado y conculcado, en particular en los
momentos más emblemáticos de la existencia, como el nacimiento y
la muerte” (EV. N. 18). [14] Pío XII, Discurso a un
grupo internacional de médicos: AAS 49 (1957), 129-147. [15] Paulo VI,
Mensaje a la televisión francesa: “Cada vida es sagrada”, 27
enero 1971); Enseñanzas IX (1971), 57-58; Discurso a el International
College of Surgeons, 1 junio 1972; AAS 64 (1972), 432-436. [16]
Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium
et spes, 27; Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium,
25. [17] Congregación del Santo Oficio, Decretum de directa insontium occisione,
2 diciembre 1940; S. Congregación para la Doctrina de la
Fe, Declaración sobre la Eutanasia lura et bona, 5 mayo
1980. [18] Juan Pablo II, Fides et Ratio, n. 43. [19] San
Agustín de Hipona, De civitate Dei, 1.10; CCL 47,22; Santo
Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q.6, a.5. [20] S. Congregación
para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinaria ilustrativa de
la fórmula conclusiva de la Professio Fidei, 29 junio 1998,
n. 11. [21] Evangelium vitae, n. 65. [22] Ibid, n. 2. [23] Cafarra,
C., La dignitá de la vita umana, en Pontificia Accademia
per la Vita, Evangelium Vitae, Rncíclica y comentarios, LEV, 1995,
p. 187. [24] Este es el punto cardinal del pensamiento personalista
de Karol Wojtyla que está bien expuesto, desde este punto
de vista, por Massimo Serretti (cfr. Wojtyla K., Perché l´uomo?,
Leonardo Milano, 1995, Introduzione). [25] Evangelium Vitae, n. 47. [26] Congregación para
la Doctrina de la Fe, Declaración sobre la Eutanasia, n.
2. [27] Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 12. [28] Concilio
Vaticano II, Constitución Pastoral “Gaudium et spes”, n.12. [29] Sgreccia, E.,
La persona e la vita, Dolentium Hominum 1988 (2): 38-41. [30]
Cfr. A. Puca, Il caso di Nancy Beth Cruzan, “Medicina
e Morale”, 1992, 5, pp. 911-932. [31] K. O´Rourke, The christian
affirmation of life, “Hospital Progress”, 1974, 55, pp. 65-72. Sobre
este argumento ver por ejemplo G. Perico, Testamento biologico e
malati terminali, “Aggiornamenti sociali”, 43/11 (1992), pp. 677-692; Conf. Episc.
Pennsylvania, Living Will an Proxy for Really Care Decisions, en
“Medicina e Morale”, 42/5 (1993), pp. 989-999. [32] Véase J.R. Wernow,
The Living Will, “Ethics & Medicine” 10 (1994), 27-35. [33] Respecto
a esto es necesario referirse también a la Recomendación n.
779/1976 de la Asamblea del Consejo de Europa sobre los
derechos del enfermo y del moribundo, que en la porción
correspondiente al tema de la analgesia se expresa con una
cierta ambigüedad. [34] Juan Pablo II, Fides et ratio, 14.9.98, n.23. [35]
Idem. [36] Evangelium Vitae, n. 67. [37] No sorprende constatar que en
algunos hospitales especializados en la asistencia de pacientes moribundos de
los Estados Unidos, el 100 por ciento de las familias
de los pacientes difuntos sean ayudados a reelaborar el luto
en la inmediatez del hecho y, en el caso que
sea necesario, también a distancia de tiempo.
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