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Autor: . | Fuente: Catecismo de la Iglesia No habrá para ti otros dioses delante de mí
El primero de los preceptos abarca la fe, la esperanza y la caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente justo.
No habrá para ti otros dioses delante de mí
Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado
del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No
habrá para ti otros dioses delante de mí. No te
harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay
arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo
en la tierra, ni de lo que hay en las
aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas
ni les darás culto (Ex 20, 2-5).
Está escrito: Al Señor
tu Dios adorarás, sólo a él darás culto (Mt 4,
10).
Dios se da a conocer recordando su acción todopoderosa,
bondadosa y liberadora en la historia de aquel a quien
se dirige: ‘Yo te saqué del país de Egipto, de
la casa de servidumbre’. La primera palabra contiene el primer
mandamiento de la ley: ‘Adorarás al Señor tu Dios y
le servirás... no vayáis en pos de otros dioses’ (Dt
6, 13-14). La primera llamada y la justa exigencia de
Dios consiste en que el hombre lo acoja y lo
adore.
El Dios único y verdadero revela ante todo su gloria
a Israel (cf Ex 19, 16-25; 24, 15-18). La revelación
de la vocación y de la verdad del hombre está
ligada a la revelación de Dios. El hombre tiene la
vocación de hacer manifiesto a Dios mediante sus obras humanas,
en conformidad con su condición de criatura hecha ‘a imagen
y semejanza de Dios’:
No habrá jamás otro Dios, Trifón,
y no ha habido otro desde los siglos sino el
que ha hecho y ordenado el universo. Nosotros no pensamos
que nuestro Dios es distinto del vuestro Es el mismo
que sacó a vuestros padres de Egipto ‘con su mano
poderosa y su brazo extendido’. Nosotros no ponemos nuestras esperanzas
en otro, que no existe, sino en el mismo que
vosotros: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.
(S. Justino, dial. 11, 1).
“El primero de los preceptos
abarca la fe, la esperanza y la caridad. En efecto,
quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable, siempre el
mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue que nosotros
debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en El una
fe y una confianza completas. El es todopoderoso, clemente, infinitamente
inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en
él todas sus esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando
todos los tesoros de bondad y de ternura que ha
derramado en nosotros? De ahí esa fórmula que Dios emplea
en la Sagrada Escritura tanto al comienzo como al final
de sus preceptos: ‘Yo soy el Señor’” (Catec. R. 3,
2, 4).
La fe
Nuestra vida moral tiene su fuente en la
fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo
habla de la ‘obediencia de la fe’como de la primera
obligación. Hace ver en el ‘desconocimiento de Dios’ el principio
y la explicación de todas las desviaciones morales . Nuestro
deber para con Dios es creer en El y dar
testimonio de El.
El primer mandamiento nos pide que alimentemos y
guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos
todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras
de pecar contra la fe:
La duda voluntaria respecto a la
fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios
ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria
designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las
objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad
suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se
fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.
La incredulidad
es el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo
voluntario de prestarle asentimiento. ‘Se llama herejía la negación pertinaz,
después de recibido el bautismo, de una verdad que ha
de creerse con fe divina y católica, o la duda
pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de
la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al
Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de
la Iglesia a él sometidos’ (CIC can. 751).
La esperanza
Cuando Dios
se revela y llama al hombre, éste no puede responder
plenamente al amor divino por sus propias fuerzas. Debe esperar
que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor
y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad.
La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la
bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender
el amor de Dios y de provocar su castigo.
El primer
mandamiento se refiere también a los pecados contra la esperanza,
que son la desesperación y la presunción:
Por la desesperación, el
hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el
auxilio para llegar a ella o el perdón de sus
pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su
Justicia -porque el Señor es fiel a sus promesas- y
a su Misericordia.
Hay dos clases de presunción. O bien el
hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la
ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia
o de la misericordia divinas (esperando obtener su perdón sin
conversión y la gloria sin mérito).
La caridad
La fe en el
amor de Dios encierra la llamada y la obligación de
responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El
primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las
cosas y a las criaturas por El y a causa
de El.
Se puede pecar de diversas maneras contra el amor
de Dios. Laindiferencia descuida o rechaza la consideración de la
caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza.
La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad
divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una
vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar
la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La
acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que
viene de Dios y a sentir horror por el bien
divino. El odio a Dios tiene su origen en el
orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega
y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.
“Las
virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad,
informan y vivifican las virtudes morales. Así, la caridad nos
lleva a dar a Dios lo que en toda justicia
le debemos en cuanto criaturas. La virtud de la religión
nos dispone a esta actitud.
La adoración
La adoración es el primer
acto de la virtud de la religión. Adorar a Dios
es reconocerle como Dios, como Creador y Salvador, Señor y
Dueño de todo lo que existe, como Amor infinito y
misericordioso. ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él
darás culto’, dice Jesús citando el Deuteronomio (6, 13).
Adorar a
Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la ‘nada
de la criatura’, que sólo existe por Dios. Adorar a
Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como
hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que El
ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo
. La adoración del Dios único libera al hombre del
repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y
de la idolatría del mundo.
La oración
“Los actos de fe, esperanza
y caridad que ordena el primer mandamiento se realizan en
la oración. La elevación del espíritu hacia Dios es una
expresión de nuestra adoración a Dios: oración de alabanza y
de acción de gracias, de intercesión y de súplica. La
oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos
de Dios. ‘Es preciso orar siempre sin desfallecer’ (Lc 18,
1).
El sacrificio
Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de
adoración y de gratitud, de súplica y de comunión: ‘Toda
acción realizada para unirse a Dios en la santa comunión
y poder ser bienaventurado es un verdadero sacrificio’ (S. Agustín,
civ. 10, 6).
El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser
expresión del sacrificio espiritual. ‘Mi sacrificio es un espíritu contrito...’.
Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los
sacrificios hechos sin participación interior o sin relación con
el amor al prójimo . Jesús recuerda las palabras del
profeta Oseas: ‘Misericordia quiero, que no sacrificio’ . El único
sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz
en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra
salvación. Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida
un sacrificio para Dios.
Promesas y votos
En varias circunstancias, el cristiano
es llamado a hacer promesas a Dios. El bautismo y
la confirmación, el matrimonio y la ordenación las exigen siempre.
Por devoción personal, el cristiano puede también prometer a Dios
un acto, una oración, una limosna, una peregrinación, etc. La
fidelidad a las promesas hechas a Dios es una manifestación
de respeto a la Majestad divina y de amor hacia
el Dios fiel.
‘El voto, es decir, la promesa deliberada y
libre hecha a Dios acerca de un bien posible y
mejor, debe cumplirse por la virtud de la religión’. El
voto es un acto de devoción en el que el
cristiano se consagra a Dios o le promete una obra
buena. Por tanto, mediante el cumplimiento de sus votos entrega
a Dios lo que le ha prometido y consagrado. Los
Hechos de los Apóstoles nos muestran a san Pablo cumpliendo
los votos que había hecho (cf Hch 18, 18; 21,
23-24).
La Iglesia reconoce un valor ejemplar a los votos de
practicar los consejos evangélicos.
La santa Iglesia se alegra de que
haya en su seno muchos hombres y mujeres que siguen
más de cerca y muestran más claramente el anonadamiento de
Cristo, escogiendo la pobreza con la libertad de los hijos
de Dios y renunciando a su voluntad propia. Estos, pues,
se someten a los hombres por Dios en la búsqueda
de la perfección más allá de lo que está mandado,
para parecerse más a Cristo obediente .
En algunos casos, la
Iglesia puede, por razones proporcionadas, dispensar de los votos y
las promesas.
El deber social de la religión y el
derecho a la libertad religiosa
‘Todos los hombres están obligados a
buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere
a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida,
a abrazarla y practicarla’ . Este deber se desprende de
‘su misma naturaleza’ . No contradice al ‘respeto sincero’ hacia
las diversas religiones, que ‘no pocas veces reflejan, sin embargo,
un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los
hombres’, ni a la exigencia de la caridad que empuja
a los cristianos ‘a tratar con amor, prudencia y paciencia
a los hombres que viven en el error o en
la ignorancia de la fe’ .
El deber de rendir a
Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente
considerado. Esa es ‘la doctrina tradicional católica sobre el deber
moral de los hombres y de las sociedades respecto a
la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo’.
Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja
para que puedan ‘informar con el espíritu cristiano el pensamiento
y las costumbres, las leyes y las estructuras de la
comunidad en la que cada uno vive’.
Deber social de
los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el
amor de la verdad y del bien. Les exige dar
a conocer el culto de la única verdadera religión, que
subsiste en la Iglesia católica y apostólica. Los cristianos son
llamados a ser la luz del mundo . La Iglesia
manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación
y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII,
enc. "Inmortale Dei"; Pío XI, enc. "Quas primas").
‘En materia religiosa,
ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia,
ni se le impida que actúe conforme a ella, pública
o privadamente, solo o asociado con otros’ . Este derecho
se funda en la naturaleza misma de la persona humana,
cuya dignidad le hace adherirse libremente a la verdad divina,
que trasciende el orden temporal. Por eso, ‘permanece aún en
aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad
y adherirse a ella’ (DH 2).
‘Si, teniendo en cuenta las
circunstancias peculiares de los pueblos, se concede a una comunidad
religiosa un reconocimiento civil especial en el ordenamiento jurídico de
la sociedad, es necesario que al mismo tiempo se reconozca
y se respete el derecho a la libertad en materia
religiosa a todos los ciudadanos y comunidades religiosas’.
El derecho a
la libertad religiosa no es ni la permisión moral de
adherirse al error (cf León XIII, enc. "Libertas praestantissimum"), ni
un supuesto derecho al error (cf Pío XII, discurso 6
diciembre 1953), sino un derecho natural de la persona humana
a la libertad civil, es decir, a la inmunidad de
coacción exterior, en los justos límites, en materia religiosa por
parte del poder político. Este derecho natural debe ser reconocido
en el ordenamiento jurídico de la sociedad de manera que
constituya un derecho civil .
El derecho a la libertad religiosa
no puede ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI,
breve "Quod aliquantum"), ni limitado solamente por un ‘orden público’
concebido de manera positivista o naturalista (cf Pío IX, enc.
"Quanta cura").
Los ‘justos límites’ que le son inherentes deben
ser determinados para cada situación social por la prudencia política,
según las exigencias del bien común, y ratificados por la
autoridad civil según ‘normas jurídicas, conforme con el orden objetivo
moral’.
El primer mandamiento prohíbe honrar a dioses distintos del
Unico Señor que se ha revelado a su pueblo. Proscribe
la superstición y la irreligión. La superstición representa en cierta
manera una perversión, por exceso, de la religión. La irreligión
es un vicio opuesto por defecto a la virtud de
la religión.
La superstición
La superstición es la desviación del sentimiento religioso
y de las prácticas que impone. Puede afectar también al
culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se
atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas,
por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a
la sola materialidad de las oraciones o de los signos
sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer
en la superstición .
La idolatría
El primer mandamiento condena el politeísmo.
Exige al hombre no creer en otros dioses que el
Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único
Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los ‘ídolos,
oro y plata, obra de las manos de los hombres’,
que ‘tienen boca y no hablan, ojos y no ven...’
Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto:
‘Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos
ponen su confianza’. Dios, por el contrario, es el ‘Dios
vivo’ , que da vida e interviene en la historia.
La
idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del
paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en
divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el
momento en que el hombre honra y reverencia a una
criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de
demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de
la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc.
‘No podéis servir a Dios y al dinero’, dice Jesús
. Numerosos mártires han muerto por no adorar a ‘la
Bestia’ , negándose incluso a simular su culto. La idolatría
rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible
con la comunión divina divina.
La vida humana se unifica en
la adoración del Dios Unico. El mandamiento de adorar al
único Señor da unidad al hombre y lo salva de
una dispersión infinita. La idolatría es una perversión del sentido
religioso innato en el hombre. El idólatra es el que
‘aplica a cualquier cosa, en lugar de a Dios, la
indestructible noción de Dios’ .
Adivinación y magia
Dios puede revelar el
porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin embargo,
la actitud cristiana justa consiste en entregarse con confianza en
las manos de la providencia en lo que se refiere
al futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto.
Sin embargo, la imprevisión puede constituir una falta de responsabilidad.
Todas
las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán
o a los demonios, la evocación de los muertos, y
otras prácticas que equivocadamente se supone ‘desvelan’ el porvenir .
La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación
de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el
recurso a ‘mediums’ encierran una voluntad de poder sobre el
tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez
que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos.
Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados
de temor amoroso, que debemos solamente a Dios.
Todas las prácticas
de magia o de hechicería mediante las que se pretende
domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener
un poder sobrenatural sobre el prójimo -aunque sea para procurar
la salud-, son gravemente contrarias a la virtud de la
religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas
de una intención de dañar a otro, recurran o no
a la intervención de los demonios. Llevar amuletos es también
reprensible. El espiritismo implica con frecuencia prácticas adivinatorias o mágicas.
Por eso la Iglesia advierte a los fieles que se
guarden de él. El recurso a las medicinas llamadas tradicionales
no legítima ni la invocación de las potencias malignas, ni
la explotación de la credulidad del prójimo.
La irreligión
El primer mandamiento
de Dios reprueba los principales pecados de irreligión: la acción
de tentar a Dios con palabras o con obras, el
sacrilegio y la simonía.
La acción de tentar a Dios consiste
en poner a prueba, de palabra o de obra, su
bondad y su omnipotencia. Así es como Satán quería conseguir
de Jesús que se arrojara del templo y obligase a
Dios, mediante este gesto, a actuar . Jesús le opone
las palabras de Dios: ‘No tentarás al Señor tu Dios’.
El reto que contiene este tentar a Dios lesiona el
respeto y la confianza que debemos a nuestro Creador y
Señor. Incluye siempre una duda respecto a su amor, su
providencia y su poder.
El sacrilegio consiste en profanar o tratar
indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como
las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios.
El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es
cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo
de Cristo se nos hace presente substancialmente.
La simonía se
define como la compra o venta de cosas espirituales. A
Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del
que vio dotado a los apóstoles, Pedro le responde: ‘Vaya
tu dinero a la perdición y tú con él, pues
has pensado que el don de Dios se compra con
dinero’. Así se ajustaba a las palabras de Jesús: ‘Gratis
lo recibisteis, dadlo gratis’. Es imposible apropiarse de los bienes
espirituales y de comportarse respecto a ellos como un poseedor
o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo
es posible recibirlos gratuitamente de El.
‘Fuera de las ofrendas determinadas
por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada
por la administración de los sacramentos, y ha de procurar
siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda
de los sacramentos por razón de su pobreza’. La autoridad
competente puede fijar estas ‘ofrendas’ atendiendo al principio de que
el pueblo cristiano debe contribuir al sostenimiento de los ministros
de la Iglesia. ‘El obrero merece su sustento’ El ateísmo.
‘Muchos
de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna manera esta unión
íntima y vital con Dios o la rechazan explícitamente, hasta
tal punto que el ateísmo debe ser considerado entre los
problemas más graves de esta época’.
El nombre de ateísmo abarca
fenómenos muy diversos. Una forma frecuente del mismo es el
materialismo práctico, que limita sus necesidades y sus ambiciones al
espacio y al tiempo. El humanismo ateo considera falsamente que
el hombre es ‘el fin de sí mismo, el artífice
y demiurgo único de su propia historia’. Otra forma del
ateísmo contemporáneo espera la liberación del hombre de una liberación
económica y social para la que ‘la religión, por su
propia naturaleza, constituiría un obstáculo, porque, al orientar la esperanza
del hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de
la construcción de la ciudad terrena’.
En cuanto rechaza o niega
la existencia de Dios, el ateísmo es un pecado contra
la virtud de la religión. La imputabilidad de esta falta
puede quedar ampliamente disminuida en virtud de las intenciones y
de las circunstancias. En la génesis y difusión del ateísmo
‘puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en
cuanto que, por descuido en la educación para la fe,
por una exposición falsificada de la doctrina, o también por
los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede
decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y
de la religión, más que revelarlo´.
Con frecuencia el ateísmo se
funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada
hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios .
Sin embargo, ‘el reconocimiento de Dios no se opone en
ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta
dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios’.
‘La Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con
los deseos más profundos del corazón humano’.
El agnosticismo
El agnosticismo reviste
varias formas. En ciertos casos, el agnóstico se resiste a
negar a Dios; al contrario, postula la existencia de un
ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie
podría decir nada. En otros casos, el agnóstico no se
pronuncia sobre la existencia de Dios, manifestando que es imposible
probarla e incluso afirmarla o negarla.
El agnosticismo puede contener a
veces una cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar
un indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la
existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo
equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico. El mandamiento divino
implicaba la prohibición de toda representación de Dios por mano
del hombre. El Deuteronomio lo explica así: ‘Puesto que no
visteis figura alguna el día en que el Señor os
habló en el Horeb de en medio del fuego, no
vayáis a prevaricar y os hagáis alguna escultura de cualquier
representación que sea...’. Quien se revela a Israel es el
Dios absolutamente Trascendente. ‘El lo es todo’, pero al mismo
tiempo ‘está por encima de todas sus obras’. Es la
fuente de toda belleza creada.
Sin embargo, ya en el Antiguo
Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que
conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: la
serpiente de bronce, el arca de la Alianza y los
querubines.
Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo Concilio
Ecuménico (celebrado en Nicea el año 787), justificó contra los
iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las de Cristo,
pero también las de la Madre de Dios, de los
ángeles y de todos los santos. El Hijo de Dios,
al encarnarse, inauguró una nueva ‘economía’ de las imágenes.
El culto
cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento
que proscribe los ídolos. En efecto, ‘el honor dado a
una imagen se remonta al modelo original’, ‘el que venera
una imagen, venera en ella la persona que en ella
está representada’; El honor tributado a las imágenes sagradas es
una ‘veneración respetuosa’, no una adoración, que sólo corresponde a
Dios:
El culto de la religión no se dirige a
las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las
mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen
a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige
a la imagen en cuanto tal, no se detiene en
ella, sino que tiende a la realidad de la que
ella es imagen.
Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma y con todas tus
fuerzas’.
‘Al Señor tu Dios adorarás’. Adorar a Dios, orar
a El, ofrecerle el culto que le corresponde, cumplir las
promesas y los votos que se le han hecho, son
todos ellos actos de la virtud de la religión que
constituyen la obediencia al primer mandamiento.
El deber de dar
a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y
socialmente considerado.
El hombre debe ‘poder profesar libremente la religión
en público y en privado’.
La superstición es una desviación
del culto que debemos al verdadero Dios, la cual conduce
a la idolatría y a distintas formas de adivinación y
de magia.”
La acción de tentar a Dios de palabra
o de obra, el sacrilegio y la simonía son pecados
de irreligión, prohibidos por el primer mandamiento.
El ateísmo, en
cuanto niega o rechaza la existencia de Dios, es un
pecado contra el primer mandamiento.
El culto de las imágenes
sagradas está fundado en el misterio de la Encarnación del
Verbo de Dios. No es contrario al primer mandamiento.
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