La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: . | Fuente: Catecismo de la Iglesia No robarás
La ley moral prohíbe los actos que, con fines mercantiles o totalitarios, llevan a esclavizar a los seres humanos, a comprarlos, venderlos y cambiarlos como si fueran mercaderías
No robarás
El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener el bien del
prójimo injustamente y perjudicar de cualquier manera al prójimo en
sus bienes. Prescribe la justicia y la caridad en la
gestión de los bienes terrenos y de los frutos del
trabajo de los hombres. Con miras al bien común exige
el respeto del destino universal de los bienes y del
derecho de propiedad privada. La vida cristiana se esfuerza por
ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes
de este mundo.
El destino universal y la propiedad privada de
los bienes
Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos
a la administración común de la humanidad para que tuviera
cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se
beneficiara de sus frutos. Los bienes de la creación están
destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra
está repartida entre los hombres para dar seguridad a su
vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia.
La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad
y la dignidad de las personas, para ayudar a cada
uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de
los que están a su cargo. Debe hacer posible que
se viva una solidaridad natural entre los hombres.
El derecho a
la propiedad privada, adquirida por el trabajo, o recibida de
otro por herencia o por regalo, no anula la donación
original de la tierra al conjunto de la humanidad. El
destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la
promoción del bien común exija el respeto de la propiedad
privada, de su derecho y de su ejercicio.
‘El hombre, al
servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que
posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes,
en el sentido de que han de aprovechar no sólo
a él, sino también a los demás’. La propiedad de
un bien hace de su dueño un administrador de la
providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros,
ante todo a sus próximos.
Los bienes de producción -materiales o
inmateriales- como tierras o fábricas, profesiones o artes, requieren los
cuidados de sus poseedores para que su fecundidad aproveche al
mayor número de personas. Los poseedores de bienes de uso
y consumo deben usarlos con templanza reservando la mejor parte
al huésped, al enfermo, al pobre.
La autoridad política tiene el
derecho y el deber de regular en función del bien
común el ejercicio legítimo del derecho de propiedad.
El respeto de
las personas y sus bienes
En materia económica el respeto de
la dignidad humana exige la práctica de la virtud de
la templanza, para moderar el apego a los bienes de
este mundo; de la justicia, para preservar los derechos del
prójimo y darle lo que le es debido; y de
la solidaridad, siguiendo la regla de oro y según la
generosidad del Señor, que ‘siendo rico, por vosotros se hizo
pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza´.
El
séptimo mandamiento prohíbe el robo, es decir, la usurpación del
bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño. No
hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si
el rechazo es contrario a la razón y al destino
universal de los bienes. Es el caso de la necesidad
urgente y evidente en que el único medio de remediar
las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido...) es disponer
y usar de los bienes ajenos.
Toda forma de tomar o
retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones
de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento. Así,
retener deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos, defraudar en el
ejercicio del comercio, pagar salarios injustos, elevar los precios especulando
con la ignorancia o la necesidad ajenas.
Son también moralmente
ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar
artificialmente la valoración de los bienes con el fin de
obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la
cual se vicia el juicio de los que deben tomar
decisiones conforme a derecho; la apropiación y el uso privados
de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal
hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas,
los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a
las propiedades privadas o públicas es contrario a la ley
moral y exige reparación.
Las promesas deben ser cumplidas, y
los contratos rigurosamente observados en la medida en que el
compromiso adquirido es moralmente justo. Una parte notable de la
vida económica y social depende del valor de los contratos
entre personas físicas o morales. Así, los contratos comerciales de
venta o compra, los contratos de arriendo o de trabajo.
Todo contrato debe ser hecho y ejecutado de buena fe.
Los
contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los
intercambios entre las personas en el respeto exacto de sus
derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la salvaguardia de
los derechos de propiedad, el pago de las deudas y
el cumplimiento de obligaciones libremente contraídas. Sin justicia conmutativa no
es posible ninguna otra forma de justicia.
La justicia conmutativa se
distingue de la justicia legal, que se refiere a lo
que el ciudadano debe equitativamente a la comunidad, y de
la justicia distributiva que regula lo que la comunidad debe
a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a
sus necesidades.
En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de
la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a
su propietario:
Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: ‘Si
en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo’. Los
que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de
un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver
el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa
ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su
propietario hubiera obtenido legítimamente de ese bien. Están igualmente obligados
a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio
obtenido, todos los que han participado de alguna manera en
el robo, o que se han aprovechado de él a
sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o
encubierto.
Los juegos de azar (de cartas, etc.) o las
apuestas no son en sí mismos contrarios a la justicia.
No obstante, resultan moralmente inaceptables cuando privan a la persona
de lo que le es necesario para atender a sus
necesidades o las de los demás. La pasión del juego
corre peligro de convertirse en una grave servidumbre. Apostar injustamente
o hacer trampas en los juegos constituye una materia grave,
a no ser que el daño infligido sea tan leve
que quien lo padece no pueda razonablemente considerarlo significativo.
El séptimo
mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u
otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a
esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos,
a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado
contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales
reducirlos por la violencia a la condición de objeto de
consumo o a una fuente de beneficio. San Pablo ordenaba
a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano
‘no como esclavo, sino... como un hermano... en el Señor’.
La
doctrina social de la Iglesia
‘La revelación cristiana... nos conduce a
una comprensión más profunda de las leyes de la vida
social’. La Iglesia recibe del Evangelio la plena revelación de
la verdad del hombre. Cuando cumple su misión de anunciar
el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su
dignidad propia y su vocación a la comunión de las
personas; y le descubre las exigencias de la justicia y
de la paz, conformes a la sabiduría divina.
La Iglesia expresa
un juicio moral, en materia económica y social, ‘cuando lo
exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación
de las almas’. En el orden de la moralidad, la
Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las
autoridades políticas: ella se ocupa de los aspectos temporales del
bien común a causa de su ordenación al supremo Bien,
nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas
en el uso de los bienes terrenos y en las
relaciones socioeconómicas.
La doctrina social de la Iglesia se desarrolló en
el siglo XIX, cuando se produce el encuentro entre el
Evangelio y la sociedad industrial moderna, sus nuevas estructuras para
producción de bienes de consumo, su nueva concepción de la
sociedad, del Estado y de la autoridad, sus nuevas formas
de trabajo y de propiedad. El desarrollo de la doctrina
de la Iglesia en materia económica y social da testimonio
del valor permanente de la enseñanza de la Iglesia, al
mismo tiempo que del sentido verdadero de su Tradición siempre
viva y activa.
La enseñanza social de la Iglesia contiene un
cuerpo de doctrina que se articula a medida que la
Iglesia interpreta los acontecimientos a lo largo de la historia,
a la luz del conjunto de la palabra revelada por
Cristo Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo. Esta
enseñanza resultará tanto más aceptable para los hombres de buena
voluntad cuanto más inspire la conducta de los fieles.
La doctrina
social de la Iglesia propone principios de reflexión, extrae criterios
de juicio, da orientaciones para la acción:
Todo sistema según
el cual las relaciones sociales deben estar determinadas enteramente por
los factores económicos, resulta contrario a la naturaleza de la
persona humana y de sus actos.
Una teoría que hace
del lucro la norma exclusiva y el fin último de
la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de
dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de
las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden
social.
Un sistema que ‘sacrifica los derechos fundamentales de la persona
y de los grupos en aras de la organización colectiva
de la producción’ es contrario a la dignidad del hombre
(cf GS 65). Toda práctica que reduce a las personas
a no ser más que medios con vistas al lucro
esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y
contribuye a difundir el ateísmo. ‘No podéis servir a Dios
y al dinero’.
La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y
ateas asociadas en los tiempos modernos al ‘comunismo’ o ‘socialismo’.
Por otra parte, ha rechazado en la práctica del ‘capitalismo’
el individualismo y la primacía absoluta de la ley de
mercado sobre el trabajo humano. La regulación de la economía
por la sola planificación centralizada pervierte en su base los
vínculos sociales; su regulación únicamente por la ley de mercado
quebranta la justicia social, porque ‘existen numerosas necesidades humanas que
no pueden ser satisfechas por el mercado’. Es preciso promover
una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas,
según una justa jerarquía de valores y con vistas al
bien común.
El respeto de la integridad de la creación
El séptimo
mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación.
Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están
naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente
y futura . El uso de los recursos minerales, vegetales
y animales del universo no puede ser separado del respeto
a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador
al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos
no es absoluto; está regulado por el cuidado de la
calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las
generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de
la creación.
Los animales son criaturas de Dios, que los rodea
de su solicitud providencial . Por su simple existencia, lo
bendicen y le dan gloria. También los hombres les deben
aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san
Francisco de Asís o san Felipe Neri.
Dios confió los animales
a la administración del que fue creado por él a
su imagen . Por tanto, es legítimo servirse de los
animales para el alimento y la confección de vestidos. Se
los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus
trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos
en animales, si se mantienen en límites razonables, son prácticas
moralmente aceptables, pues contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.
Es
contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los
animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno
invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la
miseria de los hombres. Se puede amar a los animales;
pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido
únicamente a los seres humanos.
La actividad económica y la justicia
social
El desarrollo de las actividades económicas y el crecimiento de
la producción están destinados a satisfacer las necesidades de los
seres humanos. La vida económica no tiende solamente a multiplicar
los bienes producidos y a aumentar el lucro o el
poder; está ordenada ante todo al servicio de las personas,
del hombre entero y de toda la comunidad humana. La
actividad económica dirigida según sus propios métodos, debe moverse no
obstante dentro de los límites del orden moral, según la
justicia social, a fin de responder al plan de Dios
sobre el hombre.
El trabajo humano procede directamente de personas creadas
a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y
para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la
tierra . El trabajo es, por tanto, un deber: ‘Si
alguno no quiere trabajar, que tampoco coma’ . El trabajo
honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede
ser también redentor. Soportando el peso del trabajo, en unión
con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del
Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo
de Dios en su obra redentora. Se muestra como discípulo
de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad
que está llamado a realizar . El trabajo puede ser
un medio de santificación y de animación de las realidades
terrenas en el espíritu de Cristo.
En el trabajo, la persona
ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en
su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre
mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo
es para el hombre y no el hombre para el
trabajo.
Cada cual debe poder sacar del trabajo los medios para
sustentar su vida y la de los suyos, y para
prestar servicio a la comunidad humana.
Cada uno tiene el derecho
de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos
para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para
recoger los justos frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a
las reglamentaciones dictadas por las autoridades legítimas con miras al
bien común (cf CA 32; 34).
La vida económica se ve
afectada por intereses diversos, con frecuencia opuestos entre sí. Así
se explica el surgimiento de conflictos que la caracterizan .
Será preciso esforzarse para reducir estos últimos mediante la negociación,
que respete los derechos y los deberes de cada parte:
los responsables de las empresas, los representantes de los trabajadores,
por ejemplo, de las organizaciones sindicales y, en caso necesario,
los poderes públicos.
La responsabilidad del Estado. ‘La actividad económica, en
particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio
de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario
supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la
propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos
eficientes. La primera incumbencia del Estado es, pues, la de
garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce
pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por
tanto, se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente... Otra
incumbencia del Estado es la de vigilar y encauzar el
ejercicio de los derechos humanos en el sector económico; pero
en este campo la primera responsabilidad no es del Estado,
sino de cada persona y de los diversos grupos y
asociaciones en que se articula la sociedad’ (CA 48).
A los
responsables de las empresas les corresponde ante la sociedad la
responsabilidad económica y ecológica de sus operaciones (CA 37). Están
obligados a considerar el bien de las personas y no
solamente el aumento de las ganancias. Sin embargo, éstas son
necesarias; permiten realizar las inversiones que aseguran el porvenir de
las empresas, y garantizan los puestos de trabajo.
El acceso al
trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos
sin discriminación injusta, a hombres y mujeres, sanos y disminuidos,
autóctonos e inmigrados (cf LE 19; 22-23). Habida consideración de
las circunstancias, la sociedad debe por su parte ayudar a
los ciudadanos a procurarse un trabajo y un empleo (cf
CA 48).
El salario justo es el fruto legítimo del trabajo.
Negarlo o retenerlo puede constituir una grave injusticia. Para determinar
la justa remuneración se han de tener en cuenta a
la vez las necesidades y las contribuciones de cada uno.
‘El trabajo debe ser remunerado de tal modo que se
den al hombre posibilidades de que él y los suyos
vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo
en cuenta la tarea y la productividad de cada uno,
así como las condiciones de la empresa y el bien
común’ . El acuerdo de las partes no basta para
justificar moralmente la cuantía del salario.
La huelga es moralmente legítima
cuando constituye un recurso inevitable, si no necesario para obtener
un beneficio proporcionado. Resulta moralmente inaceptable cuando va acompañada de
violencias o también cuando se lleva a cabo en función
de objetivos no directamente vinculados con las condiciones del trabajo
o contrarios al bien común.
Es injusto no pagar a los
organismos de seguridad social las cotizaciones establecidas por las autoridades
legítimas.
La privación de empleo a causa de la huelga es
casi siempre para su víctima un atentado contra su dignidad
y una amenaza para el equilibrio de la vida. Además
del daño personal padecido, de esa privación se derivan riesgos
numerosos para su hogar.
Justicia y solidaridad entre las naciones
En
el plano internacional la desigualdad de los recursos y de
los medios económicos es tal que crea entre las naciones
un verdadero ‘abismo’ . Por un lado están los que
poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro,
los que acumulan deudas.
Diversas causas, de naturaleza religiosa, política, económica
y financiera, confieren hoy a la cuestión social ‘una dimensión
mundial’. Es necesaria la solidaridad entre las naciones cuyas políticas
son ya interdependientes. Es todavía más indispensable cuando se trata
de acabar con los ‘mecanismos perversos’ que obstaculizan el desarrollo
de los países menos avanzados. Es preciso sustituir los sistemas
financieros abusivos, si no usurarios , las relaciones comerciales inicuas
entre las naciones, la carrera de armamentos, por un esfuerzo
común para movilizar los recursos hacia objetivos de desarrollo moral,
cultural y económico ‘redefiniendo las prioridades y las escalas de
valores’.
Las naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave respecto a
las que no pueden por sí mismas asegurar los medios
de su desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por
trágicos acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de
caridad; es también una obligación de justicia si el bienestar
de las naciones ricas procede de recursos que no han
sido pagados con justicia.
La ayuda directa constituye una respuesta apropiada
a necesidades inmediatas, extraordinarias, causadas por ejemplo por catástrofes naturales,
epidemias, etc. Pero no basta para reparar los graves daños
que resultan de situaciones de indigencia ni para remediar de
forma duradera las necesidades. Es preciso también reformar las instituciones
económicas y financieras internacionales para que promuevan y potencien relaciones
equitativas con los países menos desarrollados . Es preciso sostener
el esfuerzo de los países pobres que trabajan por su
crecimiento y su liberación. Esta doctrina exige ser aplicada de
manera muy particular en el ámbito del trabajo agrícola. Los
campesinos, sobre todo en el Tercer Mundo, forman la masa
mayoritaria de los pobres.
Acrecentar el sentido de Dios y el
conocimiento de sí mismo constituye la base de todo desarrollo
completo de la sociedad humana. Este multiplica los bienes materiales
y los pone al servicio de la persona y de
su libertad. Disminuye la miseria y la explotación económicas. Hace
crecer el respeto de las identidades culturales y la apertura
a la trascendencia.
No corresponde a los pastores de la Iglesia
intervenir directamente en la actividad política y en la organización
de la vida social. Esta tarea forma parte de la
vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia
iniciativa con sus conciudadanos. La acción social puede implicar una
pluralidad de vías concretas. Deberá atender siempre al bien común
y ajustarse al mensaje evangélico y a la enseñanza de
la Iglesia. Pertenece a los fieles laicos ‘animar, con su
compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos
y operadores de paz y de justicia’.
El amor de los
pobres
Dios bendice a los que ayudan a los pobres y
reprueba a los que se niegan a hacerlo: ‘A quien
te pide da, al que desee que le prestes algo
no le vuelvas la espalda’. ‘Gratis lo recibisteis, dadlo gratis’.
Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho
por los pobres. La buena nueva ‘anunciada a los pobres’
es el signo de la presencia de Cristo.
‘El amor
de la Iglesia por los pobres... pertenece a su constante
tradición’ . Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas
, en la pobreza de Jesús , y en su
atención a los pobres . El amor a los pobres
es también uno de los motivos del deber de trabajar,
con el fin de ‘hacer partícipe al que se halle
en necesidad’ . No abarca sólo la pobreza material, sino
también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa .
El
amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado
de las riquezas o su uso egoísta:
Ahora bien, vosotros,
ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están
para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros
vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados
de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y
devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos
días que son los últimos. Mirad: el salario que no
habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está
gritando; y los gritos de los segadores han llegado a
los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre
la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres;
habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza.
Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.
San
Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: ‘No hacer participar a los
pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la
vida. Lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los
suyos’. Es preciso ‘satisfacer ante todo las exigencias de la
justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de
caridad lo que ya se debe a título de justicia’:
Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les
hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es
suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que
hacemos es cumplir un deber de justicia.
Las obras
de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales socorremos a
nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales . Instruir,
aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también
lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de
misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento,
dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo,
visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a
los muertos . Entre estas obras, la limosna hecha a
los pobres es uno de los principales testimonios de la
caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada
a Dios :
El que tenga dos túnicas que las
reparta con el que no tiene; el que tenga para
comer que haga lo mismo . Dad más bien en
limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán
puras para vosotros . Si un hermano o una hermana
están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de
vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos o hartaos’, pero
no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué
sirve? .
‘Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta,
enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte-, la
miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita
en que se encuentra el hombre tras el primer pecado
y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello,
la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que
la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los
«más pequeños de sus hermanos». También por ello, los oprimidos
por la miseria son objeto de un amor de preferencia
por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y
a pesar de los fallos de muchos de sus miembros,
no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos.
Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre
y en todo lugar continúan siendo indispensables’.
En el Antiguo Testamento,
toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del
préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo,
pago cotidiano del jornalero, derecho de rebusca después de la
vendimia y la siega) corresponden a la exhortación del Deuteronomio:
‘Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te
doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu
hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y
pobre en tu tierra’. Jesús hace suyas estas palabras: ‘Porque
pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre
me tendréis’. Con esto, no hace caduca la vehemencia de
los oráculos antiguos: ‘comprando por dinero a los débiles y
al pobre por un par de sandalias...’, sino que nos
invita a reconocer su presencia en los pobres que son
sus hermanos:
El día en que su madre le reprendió por
atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa
de Lima le contestó: ‘Cuando servimos a los pobres y
a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de
ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús’.
Resumen
‘No robarás’ . ‘Ni los ladrones, ni los avaros..., ni
los rapaces heredarán el Reino de Dios´.
El séptimo mandamiento
prescribe la práctica de la justicia y de la caridad
en el uso de los bienes terrenos y de los
frutos del trabajo de los hombres.
Los bienes de la
creación están destinados a todo el género humano. El derecho
a la propiedad privada no anula el destino universal de
los bienes.
El séptimo mandamiento prohíbe el robo. El robo
es la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable
de su dueño.
Toda manera de tomar y de usar
injustamente un bien ajeno es contraria al séptimo mandamiento. La
injusticia cometida exige reparación. La justicia conmutativa impone la restitución
del bien robado.
La ley moral prohíbe los actos que,
con fines mercantiles o totalitarios, llevan a esclavizar a los
seres humanos, a comprarlos, venderlos y cambiarlos como si fueran
mercaderías.”
“El dominio, concedido por el Creador, sobre los recursos
minerales, vegetales y animales del universo, no puede ser separado
del respeto de las obligaciones morales frente a todos los
hombres, incluidos los de las generaciones venideras.
Los animales están
confiados a la administración del hombre que les debe benevolencia.
Pueden servir a la justa satisfacción de las necesidades del
hombre.
La Iglesia pronuncia un juicio en materia económica y
social cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona
o la salvación de las almas. Cuida del bien común
temporal de los hombres en razón de su ordenación al
supremo Bien, nuestro fin último.
El hombre es el autor,
el centro y el fin de toda la vida económica
y social. El punto decisivo de la cuestión social estriba
en que los bienes creados por Dios para todos lleguen
de hecho a todos, según la justicia y con la
ayuda de la caridad.
El valor primordial del trabajo atañe
al hombre mismo que es su autor y su destinatario.
Mediante su trabajo, el hombre participa en la obra de
la creación. Unido a Cristo, el trabajo puede ser redentor.
El desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad.
Se trata de hacer crecer la capacidad de cada persona
a fin de responder a su vocación y, por lo
tanto, a la llamada de Dios.
La limosna hecha a
los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también
una práctica de justicia que agrada a Dios.
En la
multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria,
hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la
parábola . En dicha multitud hay que oír a Jesús
que dice: ‘Cuanto dejasteis de hacer con uno de éstos,
también conmigo dejasteis de hacerlo’.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR