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Autor: catecismo | Fuente: catecismo No consentirás pensamientos ni deseos impuros
Lo que se llama permisividad de las costumbres se basa en una concepción errónea de la libertad humana
No consentirás pensamientos ni deseos impuros
El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio
con ella en su corazón .
Ni codiciarás la mujer
de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni
su buey, ni su asno, ni nada que sea de
tu prójimo.
San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia:
la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos
y la soberbia de la vida. Siguiendo la tradición catequética
católica, el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia de la carne;
el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno.
En sentido etimológico,
la ‘concupiscencia’ puede designar toda forma vehemente de deseo humano.
La teología cristiana le ha dado el sentido particular de
un movimiento del apetito sensible que contraría la obra de
la razón humana. El apóstol san Pablo la identifica con
la lucha que la ‘carne’ sostiene contra el ‘espíritu’. Procede
de la desobediencia del primer pecado . Desordena las facultades
morales del hombre y, sin ser una falta en sí
misma, le inclina a cometer pecados.
En el hombre, porque es
un ser compuesto de espíritu y cuerpo, existe cierta tensión,
y se desarrolla una lucha de tendencias entre el ‘espíritu’
y la ‘carne’. Pero, en realidad, esta lucha pertenece a
la herencia del pecado. Es una consecuencia de él, y,
al mismo tiempo, confirma su existencia. Forma parte de la
experiencia cotidiana del combate espiritual:
Para el apóstol no se
trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el
alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad
personal, sino que trata de las obras -mejor dicho, de
las disposiciones estables-, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas,
que son fruto de sumisión (en el primer caso) o
bien de resistencia (en el segundo caso) a la acción
salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: ‘si
vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu’.
La
purificación del corazón
El corazón es la sede de la personalidad
moral: ‘de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos,
adulterios, fornicaciones’. La lucha contra la concupiscencia de la carne
pasa por la purificación del corazón:
Mantente en la simplicidad,
la inocencia y serás como los niños pequeños que ignoran
el mal destructor de la vida de los hombres.
La
sexta bienaventuranza proclama:
"Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos
verán a Dios" .
Los "corazones limpios" designan a los
que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las
exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios:
la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor de
la verdad y la ortodoxia de la fe. Existe un
vínculo entre la pureza del corazón, del cuerpo y de
la fe:
Los fieles deben creer los artículos del Símbolo
‘para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo
bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo
que creen’.
A los ‘limpios de corazón’ se les promete
que verán a Dios cara a cara y que serán
semejantes a El . La pureza de corazón es el
preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos
concede ver según Dios, recibir al otro como un ‘prójimo’;
nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el
del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación
de la belleza divina.
El combate por la pureza
El Bautismo confiere
al que lo recibe la gracia de la purificación de
todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra
la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con
la gracia de Dios lo consigue
– mediante la virtud y
el don de la castidad, pues la castidad permite amar
con un corazón recto e indiviso;
– mediante la pureza de
intención, que consiste en buscar el fin verdadero del hombre:
con una mirada limpia el bautizado se afana por encontrar
y realizar en todo la voluntad de Dios;
– mediante la
pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina
de los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo de
toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan a apartarse
del camino de los mandamientos divinos: ‘la vista despierta la
pasión de los insensatos’;
– mediante la oración:
Creía que la
continencia dependía de mis propias fuerzas, las cuales no sentía
en mí; siendo tan necio que no entendía lo que
estaba escrito: que nadie puede ser continente, si tú no
se lo das. Y cierto que tú me lo dieras,
si con interior gemido llamase a tus oídos, y con
fe sólida arrojase en ti mi cuidado .
La pureza
exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza.
El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el
rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado
a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y
los gestos en conformidad con la dignidad de las personas
y con la relación que existe entre ellas.
El pudor protege
el misterio de las personas y de su amor. Invita
a la paciencia y a la moderación en la relación
amorosa; exige que se cumplan las condiciones del don y
del compromiso definitivo del hombre y de la mujer entre
sí. El pudor es modestia; inspira la elección de la
vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo
de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.
Existe un pudor
de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este
pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios
de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de
comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira
una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones
de la moda y a la presión de las ideologías
dominantes.
Las formas que reviste el pudor varían de una cultura
a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición
de una dignidad espiritual propia al hombre. Nace con el
despertar de la conciencia personal. Educar en el pudor a
niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de
la persona humana.
La pureza cristiana exige una purificación del clima
social. Obliga a los medios de comunicación social a una
información cuidadosa del respeto y de la discreción. La pureza
de corazón libera del erotismo difuso y aparta de los
espectáculos que favorecen el exhibicionismo y los sueños indecorosos.
Lo que
se llama permisividad de las costumbres se basa en una
concepción errónea de la libertad humana; para llegar a su
madurez, ésta necesita dejarse educar previamente por la ley moral.
Conviene pedir a los responsables de la educación que impartan
a la juventud una enseñanza respetuosa de la verdad, de
las cualidades del corazón y de la dignidad moral y
espiritual del hombre.
‘La buena nueva de Cristo renueva continuamente la
vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina
los errores y males que brotan de la seducción, siempre
amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres
de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda,
consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las
bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad’.
Resumen
El noveno
mandamiento pone en guardia contra el desorden o concupiscencia de
la carne.
La lucha contra la concupiscencia de la carne
pasa por la purificación del corazón y por la práctica
de la templanza.
La pureza del corazón nos alcanzará el
ver a Dios: nos da desde ahora la capacidad de
ver según Dios todas las cosas
La purificación del corazón es
imposible sin la oración, la práctica de la castidad y
la pureza de intención y de mirada
La pureza del corazón
requiere el pudor, que es paciencia, modestia y discreción. El
pudor preserva la intimidad de la persona.
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