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Autor: catecismo | Fuente: catecismo No codiciarás... nada que sea de tu prójimo
Se refiere a la intención del corazón, y al destierre de la envidia
No codiciarás... nada que sea de tu prójimo
No codiciarás... nada que sea de tu prójimo.
No desearás... su
casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey
o su asno: nada que sea de tu prójimo.
Donde esté
tu tesoro, allí estará también tu corazón.
El décimo mandamiento
desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia
de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz
del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por
el séptimo mandamiento. La ‘concupiscencia de los ojos’ lleva a
la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto.
La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la
idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley
. El décimo mandamiento se refiere a la intención del
corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la
Ley.
El desorden de la concupiscencia
El apetito sensible nos impulsa
a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear
comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene
frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con
frecuencia no guardan la medida de la razón y nos
empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y
pertenece, o es debido a otra persona.
El décimo mandamiento prohíbe
la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de
los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la
pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe
también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual
se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:
Cuando la
Ley nos dice: ‘No codiciarás’, nos dice, en otros términos,
que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos
pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa,
infinita y jamás saciada, como está escrito: ‘El ojo del
avaro no se satisface con su suerte’.
No se quebranta
este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre
que sea por medios justos. La catequesis tradicional señala con
realismo ‘quiénes son los que más deben luchar contra sus
codicias pecaminosas’ y a los que, por tanto, es preciso
‘exhortar más a observar este precepto’:
Los comerciantes, que desean
la escasez o la carestía de las mercancías, que ven
con tristeza que no son los únicos en comprar y
vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y
comprar a precio más bajo; los que desean que sus
semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles...
Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan
causas y procesos importantes y numerosos...
El décimo mandamiento exige
que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el
profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le
contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja,
a la que trataba como una hija, y del rico
que, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero
y acabó por robarle la oveja . La envidia puede
conducir a las peores fechorías . La muerte entró en
el mundo por la envidia del diablo.
Luchamos entre nosotros,
y es la envidia la que nos arma unos contra
otros... Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo
de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de
Cristo... Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos
devoramos como lo harían las fieras.
La envidia es
un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien
del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea
en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave
es un pecado mortal:
San Agustín veía en la envidia
el ‘pecado diabólico por excelencia’. ‘De la envidia nacen el
odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el
mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad’.
La envidia representa una de las formas de la tristeza
y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado
debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede
con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por
vivir en la humildad:
¿Querríais ver a Dios glorificado por
vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y
con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado
-se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia
poniendo su alegría en los méritos de otros.
Los deseos del
Espíritu
La economía de la Ley y de la Gracia aparta
el corazón de los hombres de la codicia y de
la envidia: lo inicia en el deseo del Supremo Bien;
lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia
el corazón del hombre.
El Dios de las promesas puso desde
el comienzo al hombre en guardia contra la seducción de
lo que, desde entonces, aparece como ‘bueno para comer, apetecible
a la vista y excelente para lograr sabiduría’.
“La Ley confiada
a Israel nunca fue suficiente para justificar a los que
le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de la
‘concupiscencia’. La inadecuación entre el querer y el hacer manifiesta
el conflicto entre la ‘ley de Dios’, que es la
‘ley de la razón’, y la otra ley que ‘me
esclaviza a la ley del pecado que está en mis
miembros’.
‘Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios
se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas,
justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos
los que creen’. Por eso, los fieles de Cristo ‘han
crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias’; ‘son
guiados por el Espíritu’ y siguen los deseos del Espíritu.
La
pobreza de corazón
Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a
El respecto a todo y a todos y les propone
‘renunciar a todos sus bienes’ por El y por el
Evangelio. Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo
la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio
todo lo que tenía para vivir . El precepto del
desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el
Reino de los cielos.
‘Todos los cristianos... han de intentar orientar
rectamente sus deseos para que el uso de las cosas
de este mundo y el apego a las riquezas no
les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar
el amor perfecto’.
‘Bienaventurados los pobres en el espíritu’. Las bienaventuranzas
revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza
y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres,
a quienes pertenece ya el Reino:
El Verbo llama ‘pobreza
en el Espíritu’ a la humildad voluntaria de un espíritu
humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo
la pobreza de Dios cuando dice:
‘Se hizo pobre por
nosotros’ .
El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran
su consuelo en la abundancia de bienes.
‘El orgulloso busca
el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el
Reino de los cielos’ .
El abandono en la providencia del
Padre del cielo libera de la inquietud por el mañana.
La
confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres:
ellos verán a Dios.
Resumen
El décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado,
nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del
poder.
La envidia es la tristeza experimentada ante el bien
del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un
pecado capital.
El bautizado combate la envidia mediante la caridad,
la humildad y el abandono en la providencia de Dios.
Los fieles cristianos "han crucificado la carne con sus pasiones
y sus concupiscencias"; son guiados por el Espíritu y siguen
sus deseos.
El desprendimiento de las riquezas es necesario para
entrar en el Reino de los cielos.
"Bienaventurados los pobres
de corazón".
El hombre que anhela dice: "Quiero ver a Dios".
La sed de Dios es saciada por el agua de
la vida .
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