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Autor: Jorge Loring | Fuente: Para Salvarte Murmurar es difundir defectos
La injusta difamación de una persona es un pecado contra la estricta justicia
Murmurar es difundir defectos
Murmurar es difundir defectos del prójimo en su ausencia.
Todo
ser humano tiene derecho a su buena fama, pues nadie
ha de ser tenido por malo hasta que sea evidente
que lo es. Por eso la injusta difamación de una
persona es un pecado contra la estricta justicia, y obliga,
en conciencia, a restituir».
En materia de murmuración es posible llegar
a pecado grave si se quita la fama, aunque las
cosas que se dicen sean verdaderas, si son graves y
no son públicas; a no ser que haya causa que
lo justifique, como sería evitar un daño.
Además, muchas veces,
después, no se puede restituir bien la fama que se
ha quitado.
Pasa como cuando se derrama un cubo de
agua, que nunca se puede recoger de nuevo toda el
agua.
Quien con sus preguntas, interés, etc., induce eficazmente a otro
para que difame injustamente al prójimo, peca, grave o levemente,
contra la justicia, según la gravedad de lo que se
diga.
Quien al oírlo se alegra, peca contra la caridad.
Quien
pudiendo impedirlo, no lo hace, peca si es un superior:
por ejemplo, el padre en la familia.
Un igual generalmente
no tiene obligación de impedirlo, al menos obligación de pecado
grave.
Y si prevé que su intervención sólo ha de
servir para empeorar la cosa, es mejor no decir nada;
pero desde luego, tampoco puede dar muestras de aprobación a
la falta.
Se puede mostrar desagrado guardando silencio, no prestando
atención, e incluso defendiendo o excusando al prójimo, si esto
no es contraproducente.
Dice San Bernardo: «La lengua es una
lanza que de un solo golpe atraviesa tres personas: la
que murmura, la que escucha y aquella de quien se
murmura».
Hay personas que tienen el mal gusto de estar siempre
revolviendo los defectos de los demás: se parecen a los
escarabajos peloteros.
En cambio, en una ocasión oí este elogio
de cierta persona: «Siempre habla bien de todo el mundo».
¿Verdad que esto segundo es mucho más bonito?
Siempre que puedas,
elogia lo digno de elogio.
A todo el mundo le
gusta verse estimado. Y, además, todos tienen derecho a que
se les reconozcan sus méritos. Hay que saber ver el
lado bueno de las cosas.
Ante media botella, uno se
entristece porque está medio vacía; pero otro se alegra porque
todavía le queda media botella.
Una persona a quien estaban
criticando de otra pidió una hoja de papel y
en el centro puso un punto.
Entonces preguntó a la
criticona: - ¿Tú qué ves aquí? - Un punto negro. - Pues yo
veo una hoja blanca.
No deberíamos hablar mal de nadie. A
no ser con causa justificada, como sería al aconsejar a
otro, prevenirle, etc. No es falta de caridad atacar al
lobo, sino caridad con las ovejas.
Eso de «piensa mal y
acertarás», aunque a veces dé resultado, es muy poco cristiano.
Es mil veces mejor esto otro: «piensa bien de todos
mientras no tengas razones claras que justifiquen el pensar mal».
Aparte
de que «la experiencia nos enseña que el hombre más
mentiroso dice mayor número de verdades que de mentiras, y
que el más malvado hace muchas más acciones buenas o
indiferentes que malas».
Por eso dijo Jesucristo: «No juzguéis
y no seréis juzgados».
Se trata naturalmente de un juicio
ligero.
«No se han de juzgar sin motivo desfavorablemente las
acciones de los demás o las intenciones de ellas»62 .
Es
muy difícil juzgar con justicia a los demás.
Las apariencias,
a veces, engañan.
La verdad queda oculta en el corazón.
Y sólo Dios conoce el corazón de los hombres.
Algunas personas
necesitan estar siempre en el candelero. Que todos las miren
y admiren.
Como los «Gigantes y Cabezudos» en algunas procesiones:
se buscan un armatoste para sobresalir y ser mirados
por todos.
Aunque este muñeco sea de cartón-piedra y por
dentro esté vacío.
Pero ellos quieren sobresalir, aparecer grandes, mayores
que los demás.
Por eso se meten dentro de esos
gigantes de feria.
Y si no encuentran el muñeco que
les aúpe, se ponen una gran cabeza de cartón como
los «cabezudos»: critican todo y a todos; porque sólo ellos
tienen siempre la verdad en todo. Los demás son ignorantes,
ingenuos o malvados.
Todos riegan fuera del tiesto.
Los únicos
que saben lo que hay que hacer para acertar son
ellos.
Lo malo es que hay una gran desproporción entre
su cabezota de cartón y su corazón, que, quizás, tiene
también mucho de cartón.
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