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Recordemos, nuestra historia está todavía muy fresca. Ni el
nazismo ni el comunismo dudaban en realizar en cualquier
acción, incluso bajo la forma de ley, si ayudaba
la “la causa”, si ayudaba al movimiento. Nada era
bueno ni malo, sino útil o inútil para el
movimiento. Y lo que aquí estamos discutiendo es cómo
las personas somos mejores personas para construir una
sociedad más justa, más a la medida del hombre,
para construir una sociedad que propicie el bien común.
Pero, cuando iba en
este momento de la reflexión, caí en cuenta de
algo que es mucho más apremiante: no basta la
aceptación intelectual de la ética, no basta que nos
convenzamos intelectualmente de que, sin ética, el ser humano
queda abandonado a sus pasiones y al relativismo.
El
reto mayor es la educación, la formación de los
hábitos buenos; es, el reto mayor, la concreción de
la ética en la vida ordinaria de la comunidad.
Y es que, ni duda cabe, la ética está
hasta cierto punto desprestigiada, tanto porque aparece como un
sin fin de prohibiciones como porque muchos jóvenes ven
que los adultos hablamos mucho de ética, pero no
damos testimonio ético en nuestra conducta. Dice un pensador:
“tenemos el estereotipo de que la moral sólo puede
existir en aires clausurados de catacumba o de convento,
como los mohos; moral combina mejor con el color
morado de medio luto, que con el azul espléndido
y alegre de la vida”. Hemos desprestigiado la ética. Por
eso, necesitamos realizar dos grandes núcleos de acción: uno,
que consiste en recuperar los espacios de la ética
y, otro, que consiste en recuperar el compromiso personal
con la ética. Recuperar los espacios, primero que nada,
en la familia. No podemos aspirar a que haya
empresarios y políticos con una clara visión ética de
su responsabilidad social si no logramos –desde el principio
de su vida social que es la familia— inculcar
no sólo intelectualmente, sino los hábitos buenos de la
justicia, de la solidadaridad, del compromiso con la verdad,
de la honradez, de la responsabilidad social. La
familia, es la primera escuela de valores. La familia,
es la escuela de la forja de la libertad responsable.
La familia es el espacio en el que tenemos
el privilegio de poder orientar derechos y deberes de
todas y de todos. La familia es el espacio
privilegiado para que brote la responsabilidad personal, la capacidad,
el compromiso de responder por uno y por los
que le han sido confiados a uno. La familia es
el espacio privilegiado para enseñar y mostrar una
moral objetiva, formando la conciencia de los integrantes de
la familia para que nunca busquen comprar reconocimiento, riqueza,
poder, cualquier cosa, sacrificando la verdad. Tenemos que
recuperar el espacio de la educación y ensanchar allí
no sólo la transmisión de conocimientos, sino la forja
del carácter. A fin de cuentas, el ser humano
es mucho más ser humano, es mucho más espléndidamente
humano cuando es dueño de su parte más instintiva
que cuando se subordina y se abandona a los
instintos perdiendo el señorío de la conducción de su
vida. Familia y educación, como dos valores, dos espacios,
en donde cada una y cada uno de los
mexicanos y de los seres humanos, tenemos una responsabilidad
compartida. Y tenemos que recuperar el espacio de la
empresa, el espacio de la convivencia cívica, el espacio
de la política. En efecto, no es posible pensar
en justicia social sin salarios justos. No es posible
pensar en justicia social sin ganancia justa. No es
posible pensar, tampoco, en justicia social sin una política
comprometida con la construcción de consensos y, por lo
tanto, de paz, orden y de armonía para propiciar
el desarrollo del bien común. Es necesario recuperar y fortalecer
el espacio de la comunicación, particularmente los medios
electrónicos de comunicación que juegan un papel fundamental en
la formación o deformación del carácter, en la transmisión
de valores o en la transmisión de disvalores que
atentan contra la cohesión íntima de cada persona
y, por tanto, contra la cohesión social. Es necesario recuperar,
con absoluta libertad de credo, la religión, como el
espacio que propicie la vinculación, la revinculación del ser
humano con su destino trascendente para que le dé
sentido a los valores éticos que han de comprometer
su existencia diaria.
Es necesario recuperar el espacio de la
globalidad. Al final, la globalidad no es más que
la suma de familias globales o, dicho de otra
manera, la globalidad no es más que la expresión
más amplia de la sociabilidad individual del ser humano,
que sólo en comunidad encuentra su plena realización.
Si bien
es necesario recuperar esos espacios, se requiere algo más
para recuperar el prestigio de la ética: necesitamos actitudes.
No podemos seguir pensando los padres de familia en
que la ética es ese recurso último que nos
permite fundamentar nuestra autoridad sobre nuestros hijos (“lo haces
así, porque yo sé que es bueno, porque lo
mando yo”). Es mucho más que eso: formar caracteres;
es mucho más que eso, comprometerse con esa obra
de arte, insustituible, única, la más grande que puede
existir sobre la tierra, que es forjar un alma
humana. Necesitamos todas y todos, transmitir una ética luminosa,
no una ética de diques, sino una ética de
causes. Todos los ríos requieren un cause. Lo que
nos ha pasado en Chiapas, recientemente, es que los ríos
rompieron su cause y se llevaron centenares, miles de
viviendas, de personas. Lo mismo sucede cuando la conducta
humana rompe los causes, se lleva el hábitat de
quienes le rodean, destruye el hogar íntimo de quienes
son su responsabilidad comenzando con los propios hijos. El
cause que te da la ética es esa manera,
decíamos, de ganar tiempo, de ganarle tiempo al tiempo,
para darle a tu vida un sentido, para ser
dueño de tu futuro, para ser difusor de valores
que enamoren a los demás del bien y de la
verdad. Estas conductas mínimas con las que tenemos que
enfrentar esta transmisión de la ética son, primero
que nada, el testimonio; no se vale exigir a otros
lo que uno no está dispuesto a hacer. El
testimonio es insustituible. El político, más que exigirle a
la comunidad justicia y verdad, lo que tiene que
darle a la comunidad es justicia y verdad. El
padre de familia, más que grandes discursos motivantes a
sus hijos, lo que tiene que dar es plena
concentración en la formación del alma de los hijos
haciendo aquello que pide de los hijos. El empresario,
más que hablar –quizás hasta para consolar su propia
conciencia de justicia social y de salario justo— lo
que tiene que hacer es pagar salario justo y
cobrar el precio justo. Y así, sucesivamente. El testimonio
es insustituible, porque hace tanto ruido lo que hacemos,
que no alcanzamos a lograr que se escuche lo
que decimos. Pero además, este testimonio tiene que darse con
alegría, no rociándonos un poco de ceniza en
la cabeza y poniendo cara triste porque “mira, qué
virtuoso soy”. Al revés, la virtud es una bendición
de la vida en la medida en la que
sirve para que seas mejor persona y sirvas mejor a
los demás. Esa alegría de participar de la fiesta
de la vida, para la vida. Esa alegría de
saber que estás construyendo en tí, y queriendo construir
en quienes de ti dependen, una persona humana plena,
una persona humana feliz en el sentido este de
la plena armonía con su creador, consigo mismo, con
los demás, con el entorno que le rodean. Pero
además, este transmitir una ética luminosa exige una búsqueda
incansable de la paz. La paz es el fruto
más precioso de los hombres y de las mujeres
libres. La paz, la armonía en la convivencia, es
el fruto más ovíparo de la convivencia humana cuando
se ejerce en libertad. La paz no es ausencia de
guerra. La paz es un estado permanente de construcción
de la armonía entre los seres humanos. Por eso,
por último, en mi opinión, se requiere recuperar de
una manera frontal, decidida, sin calumniarlo y sin secuestrarlo,
un valor fundamental que es el que le da
sentido y cohesión a toda la vida humana: necesitamos
recuperar el amor. El amor vuelve luminoso todo acto humano.
El amor le da sentido al ejercicio de la
ética. El amor le da contenido y fin al
ejercicio de la ética. El amor sobrenatural, por supuesto,
pero el amor al prójimo, al cercano. El amor
a uno mismo reflejado en servicio a los demás.
El amor a la naturaleza como administradores responsables. El
amor entre los hombres y entre mujeres de bien,
que permita construir una sociedad en la medida del
hombre.
Sí, también la política necesita recuperar el amor,
porque no se puede perseguir el bien común, si
no es justamente amando a aquellos cuyo bien quieres.
Amar no significa más que querer el bien de
los demás, de una persona concreta o de una
comunidad. El político tiene la grave responsabilidad de construir
el bien común y, ese bien común, es fruto
de un profundo amor al hombre como tal, a la
persona como tal, para consagrar todas las energías, todo
el esfuerzo, toda la capacidad personal para crear condiciones
para que cada persona y cada núcleo social, sepa
encontrar las oportunidades de su propio desarrollo para
alcanzar la felicidad alcanzable en esta existencia temporal. Así pues,
los invito a no quedarnos sólo en la reflexión
teórica. Los invito a pasar a la práctica.
Los invito a sumir el compromiso personalísimo. Los invito
a descubrir en cada alma que nos toca forjar,
principalmente como padres, el presente y el futuro de la
humanidad. Los invito a impregnar todos los ambientes,
con esta actitud de alegría, de testimonio, de búsqueda
de la paz, de amor, que nos permita pasar
por la tierra dejando huella, ganándole tiempo al tiempo,
para bien personal, para bien de la humanidad.
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