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Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net La semilla y la cizaña
Mateo 13, 36-43. Tiempo Ordinario. Cristo sembrador pasa junto al surco de nuestra vida y deja caer sus semillas.
La semilla y la cizaña
Mateo 13, 36-43
En aquel tiempo, Jesús dejó a la gente
y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron
a decirle: Acláranos la parábola de la cizaña en el
campo. Él les contestó: El que siembra la buena semilla
es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo;
la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña
son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra
es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo,
y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca
la cizaña y se quema, así será al fin del
tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y
arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados
y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto
y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como
el sol en el Reino de su Padre. El que
tenga oídos, que oiga.
Reflexión:
La semilla que el sembrador deposita
en tierra, durante días, incluso semanas o meses, permanece escondida
mientras se fecunda y fertiliza. Después, poco a poco, inicia
una pequeña planta que con el tiempo acogerá a las
aves del cielo, dará sombra al caminante cansado y lo
alimentará con sus sabrosos frutos.
Cristo sembrador pasa junto al surco
de nuestra vida y deja caer sus semillas de variadas
virtudes. Aunque para nosotros es imperceptible, Él deposita en nuestros
corazones el germen para ser caritativos, pacientes, humildes, fieles, sencillos,
generosos. Con el sucederse de los meses y de los
años nuestra personalidad se enriquece con las virtudes que afloran
en nuestro comportamiento cotidiano en beneficio de los que nos
rodean, familiares cercanos o personas con las que entramos en
contacto.
Es inevitable que, junto con el buen fruto, surja en
el campo de modo espontaneo abrojos y plantas silvestres que
el buen agricultor quitará oportunamente para que los frutos se
desarrollen con plenitud lozanía.
Discordias, malos entendidos, envidias, rencores, pereza,
pasiones, deseos desordenados son las plantas silvestres que anidan en
nuestra naturaleza y que afloran sin previo aviso. El buen
cristiano acude a la confesión donde Cristo jardinero toma todas
nuestras hierbas y actos malos y los arroja fuera de
nuestra alma para que nuestro corazón brille como un campo
limpio y abundante de frutos.
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