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Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net Cuidado con la avaricia
Lucas 12, 13-21. Tiempo Ordinario. Solo vale la pena atesorar riquezas que nos llevan a Dios.
Cuidado con la avaricia
Lucas 12, 13-21
En aquel tiempo, uno de la gente le
dijo a Jesús: «Maestro, di a mi hermano que reparta
la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha
constituido juez o repartidor entre vosotros? Y les dijo: «Mirad
y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia,
la vida de uno no está asegurada por sus bienes».
Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico
dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré,
pues no tengo donde reunir mi cosecha?" Y dijo: "Voy
a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré
otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo
y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes
muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe,
banquetea." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te
reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?"
Así es el que atesora riquezas para sí, y no
se enriquece en orden a Dios».
Reflexión:
San Agustín dijo en
una ocasión una frase que viene muy a cuento con
este evangelio: “Nos hiciste Señor para Ti e inquieto está
nuestro corazón hasta que descanse en Ti”.. Tan inquieto
tenemos el corazón que de inmediato busca y se apega
a las cosas materiales como se apegan las raíces de
una patata a cualquier objeto que le rodee.
Debemos agradecer a
Dios el que nos haya dado un corazón demasiado grande
para poder amar a tantas personas y sobre todo para
poder amarle a ÉL. No acortemos nuestras capacidades de amar
“amando” otras cosas, atesorando riquezas que al final de la
vida no nos servirán de nada. Agrandémoslo, amando a Dios
que es amar a nuestro prójimo.
Este evangelio es una
señal en el camino que nos recuerda que solo vale
la pena atesorar riquezas en orden a Dios, es decir
por medio de la comunión frecuente, la confesión, la oración,
la divulgación del evangelio y la defensa de la fe
etc. No vale pues, ese “carpe diem” (aprovecha el día)
que los antiguos romanos solían decir para disfrutar mejor de
la vida sin ninguna responsabilidad que afrontar. Esta actitud es
para gente sin un ideal grande que conquistar y nosotros
como cristianos, discípulos de Cristo, contamos con una misión demasiado
grande que cumplir, que es la de atesorar riquezas espirituales
que al final de la vida nos den la entrada
en la vida eterna.
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