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Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net ¿Magia negra o magia blanca?
Marcos 7, 31-37. Tiempo Ordinario. Abramos nuestro corazón de par en par para escuchar a Dios y ver con la fe, los milagros de amor, que realiza cada día en nuestra vida.
¿Magia negra o magia blanca?
Marcos 7, 31-37
En aquel tiempo, Jesús se marchó de la
región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al
mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo
que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la
mano sobre él. El, apartándole de la gente, a solas,
le metió sus dedos en los oídos y con su
saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al
cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere
decir: «¡Ábrete!» Se abrieron sus oídos y, al instante,
se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.
Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero
cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban.
Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho
bien; hace oír a los sordos y hablar a los
mudos.»
Reflexión
¿Magia negra o magia blanca?... Los evangelios nos narran
muchos milagros realizados por nuestro Señor a lo largo de
su vida. Y sólo de dos o tres de ellos
se nos registra también una breve fórmula pronunciada por Jesús,
en su lengua original, que acompaña el milagro. Uno fue
cuando resucitó a la hija de Jairo: –“Thalita qumi” –le
dijo–; palabras que, según nos explica el mismo evangelista, significan:
–“¡Niña, levántate!”. El otro caso es el Evangelio de hoy,
cuando Jesús realiza la curación del sordomudo: –“¡Effetá!”, es decir,
“¡ábrete!”.
A un ignorante en materia de religión o desconocedor de
las Escrituras –cosa, por lo demás, no muy extraña entre
los católicos– estas frases le podrían sonar a una fórmula
mágica, algo así como el “ada-cadabra” de los cuentos de
hadas y brujas. Pero, obviamente, no es así. No se
trata de magia. Son expresiones cargadas no sólo de un
rico significado teológico, sino también de un profundo simbolismo espiritual:
son oraciones. Una especie de “sacramento”.
Cuando el sacerdote administra
un sacramento, pronuncia al mismo tiempo una breve oración que
acompaña el gesto, exactamente igual a como hace Jesús en
esta ocasión al obrar el milagro. Su palabra omnipotente es
eficaz porque produce lo que dice: Le ordena levantarse a
la niña, y ésta se levanta de su lecho de
muerte. Y al sordomudo le ordena que se le abran
los oídos y la lengua, y éstos le obedecen. Así
son también los sacramentos. El sacerdote dice, en nombre de
Cristo: “yo te absuelvo de tus pecados”, y los pecados
son perdonados; y afirma “esto es mi Cuerpo” y se
realiza el milagro de la transubstanciación, o sea, la conversión
real del pan y del vino en el Cuerpo y
la Sangre del Señor. Y en el rito del bautismo,
el sacerdote pronuncia al pie de la letra la palabra
“Effetá” para simbolizar que el recién bautizado ha sido ya
curado de su sordera y de su mudez espiritual. ¡Cada
sacramento es un auténtico milagro de la gracia, que realiza
un cambio profundo en el corazón del cristiano!
Pero aún hay
algo más. Nuestro Señor tiene el poder de curar enfermos,
de resucitar a los muertos, de devolver la vista a
los ciegos, la capacidad de oír a los sordos y
el habla a los mudos porque es Dios. Es Todopoderoso
y lo que El quiere, lo hace con su poder.
Pero, ¡atención! El es capaz de curar las enfermedades corporales
sin nuestra intervención, pero NO puede curar las enfermedades de
nuestra alma si nosotros no se lo permitimos; más aún,
si no colaboramos con nuestra voluntad y si no accedemos
con nuestra libertad a la acción de su gracia. Dios
respeta nuestra libre elección y no violenta a nadie a
escoger el bien a la fuerza. ¡Qué misterio!
Jesucristo, durante su
vida pública, devolvió la vista a muchos ciegos. Pero no
pudo librar de su ceguera espiritual a los escribas y
a los fariseos. Devolvió la capacidad de oír a este
sordo, pero no fue capaz de hacer oír su voz
ni el mensaje del Evangelio a muchos judíos de su
tiempo. Después de que el Señor curó al ciego de
nacimiento –nos cuenta san Juan– pronunció estas tremendas palabras: “Yo
he venido al mundo para un juicio: para que los
que no ven, vean; y para que los que ven,
se vuelvan ciegos. Si fuerais ciegos, no tendríais pecado: pero
como decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Jn 9, 40-41). Obviamente,
nuestro Señor se estaba refiriendo a los incrédulos fariseos y
saduceos, enemigos encarnizados de Jesús. Esos nunca se abrieron a
la fe ni quisieron aceptar jamás a nuestro Señor ni
su mensaje porque iba en contra de sus inconfesados intereses
egoístas y de su ambición de poder. ¡Qué tragedia!
Así pues,
las palabras de nuestro Señor en el Evangelio de hoy
no son una “fórmula mágica”; nos revelan todo un mensaje
de salvación. Ojalá que nosotros no cerremos nunca a Dios
los oídos de nuestra alma ni nos tapemos los ojos
para no ver la luz del sol. Más bien, abramos
nuestro corazón de par en par para escuchar su palabra
y para ver con la fe los milagros de su
amor, que realiza cada día en nuestra vida. “Ver”, en
lenguaje bíblico, significa creer; y “oír” es sinónimo de docilidad.
Ojalá que ya no seamos ciegos ni sordomudos, sino que,
viendo y escuchando, produzcamos frutos de buenas obras y de
caridad verdadera. Son las obras y no sólo las palabras
las que dan testimonio de nuestra fe, como nos recuerda
el apóstol Santiago: “Muéstrame tu fe sin las obras, que
yo por mis obras te mostraré mi fe”.
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