Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net ¿Es hora de dimitir?
Juan 6,41-51. Tiempo Ordinario. Muchas veces renunciamos a nuestras responsabilidades y nos dejamos vencer por el desánimo.
¿Es hora de dimitir?
Del santo Evangelio según san Juan 6, 41-51
Los judíos murmuraban
de él, porque había dicho: «Yo soy el pan que
ha bajado del cielo.» Y decían: «¿No es éste Jesús,
hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede
decir ahora: He bajado del cielo?» Jesús les respondió: «No
murmuréis entre vosotros. «Nadie puede venir a mí, si el
Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo
le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas:
Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al
Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien
haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de
Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad
os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy
el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná
en el desierto y murieron; este es el pan que
baja del cielo, para que quien lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno
come de este pan, vivirá para siempre; y el pan
que yo le voy a dar, es mi carne por
la vida del mundo.»
Oración introductoria
Jesús, dame fe para
saber orar. No permitas que me dé miedo el silencio
y el sosiego. Haz que opte siempre por el camino
de la escucha de tu Palabra. Quiero reconocerte y adorarte
en la Eucaristía.
Petición
Espíritu Santo, enséñame a reconocer tu presencia
y acción en todo lo bueno que hay en mi
vida.
Meditación del Papa
El Señor Jesús, que por nosotros se
ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del
don de su vida nos asegura que "quien coma de
este pan vivirá para siempre". Pero esta "vida eterna" se
inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio
que el don eucarístico realiza en nosotros: "El que me
come vivirá por mí". Estas palabras de Jesús nos permiten
comprender cómo el misterio "creído" y "celebrado" contiene en sí
un dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva
en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto,
comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos
hace partícipes de la vida divina de un modo cada
vez más adulto y consciente. [...] No es el alimento
eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos
nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados
misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; "nos atrae hacia
sí". Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 70.
Reflexión
Algunos medios
de comunicación especularon sobre la posible dimisión del Papa Juan
Pablo II debido a su edad y a su salud.
Sin embargo, el Santo Padre nunca mencionó una sola
palabra sobre el tema. Después de esos absurdos pronunciamientos de
la prensa, el Papa expresó abiertamente su firme deseo de
continuar en la misión que Cristo le había encomendado al
frente de su Iglesia hasta su muerte. ¡Qué ejemplo tan
maravilloso de entrega y de fidelidad heroica nos dió Juan
Pablo II! A pesar de su edad y de su
quebrantada salud, siguió en pie, como un roble, conduciendo el
timón de la Iglesia, sabiendo que es el mismo Señor
quien la guió a través de él.
Sin embargo, muchos de
nosotros, a nuestra edad y llenos de salud, sí que
"dimitimos" tantas veces, presos del desaliento, la depresión y el
cansancio. Dimitimos de nuestras responsabilidades y nos dejamos vencer por
las crisis del desánimo. Nos asalta la tentación de la
derrota y claudicamos a la primera bajo el peso de
las desilusiones, las incomprensiones, los fallos, los fracasos, el ambiente
mezquino, injusto y podrido que nos rodea; bajo el peso
de la hipocresía, de la falsedad y de la desconfianza.
Y todo se nos acumula dentro, nos nubla la vista,
seca las energías de nuestro corazón y, finalmente, nos postramos
en tierra y desistimos de seguir avanzando.
A nosotros nos
pasa lo que le aconteció al profeta Elías. La primera
lectura, del libro de los Reyes, nos cuenta que Elías,
huyendo de la persecución desatada contra él por la reina
Jezabel, fatigado del camino, se tira bajo una retama, se
desea la muerte y luego se queda profundamente dormido. Ya
no tiene ganas de nada, se siente frustrado y completamente
derrotado. Ya no vale la pena continuar. ¿Para qué esforzarse
más? ¿Qué sentido tiene, si nadie lo reconoce, si lo
persiguen e intentan darle muerte por el bien que realiza?
Basta ya. Mejor quedarse tranquilo y olvidarse de todo. Y,
en medio de esta crisis mortal, se le aparece un
ángel del Señor, lo despierta, le da de comer y
de beber, y lo anima a seguir adelante: "Levántate y
come -le dice- porque el camino es superior a tus
fuerzas". Y con el vigor que le dio aquel alimento
–nos narra el autor sagrado– "caminó cuarenta días y cuarenta
noches hasta llegar al Horeb, el monte de Dios".
Recuerdo que,
cuando era niño -y después, cuando me fui haciendo menos
niño- con mucha frecuencia escuchaba –y también cantaba– durante la
Santa Misa aquel motete que dice: "No podemos caminar con
hambre y bajo el sol, danos siempre el mismo pan,
tu Cuerpo y Sangre, Señor". Y enseguida venía a mi
imaginación una estampa típica del desierto. Y me fortalecía pensando
en Jesús, a quien enseguida iba a recibir en la
Sagrada Comunión.
Esta es la enseñanza que nos trae el evangelio
de hoy: "Yo soy el pan de vida –nos dice
nuestro Señor–. Vuestros padres comieron el maná en el desierto
y murieron; éste es el pan que baja del cielo
para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo:
el que coma de este pan, vivirá para siempre". No
sólo tendrá la fuerza para caminar cuarenta días y cuarenta
noches, como Elías; ni sólo tendrá la fortaleza que necesita
para vencer las crisis de desánimo, de cansancio y de
derrota; sino que, además, tendrá vida ETERNA. ¿Qué más podemos
desear?
Pero aquí tenemos que preguntarnos: ¿Cómo recibo a nuestro Señor
en la Comunión? Si lo hago con verdadera fe, devoción
y amor, producirá sus frutos de vida eterna en mi
alma. Pero si lo recibo de modo indigno, distraído, con
el corazón tibio o mediocre... es obvio que no me
aprovechará para nada. Ojalá que, de hoy en adelante, procuremos
recibir a Jesús en nuestra alma como lo haría la
Santísima Virgen María después de que su Hijo subió al
cielo. Entonces, sólo entonces, muchas cosas cambiarán en nuestra vida.
Propósito
Visitar
a Cristo Eucaristía, o hacer una comunión espiritual, para agradecerle
su inmenso amor.
Diálogo con Cristo
Señor, el espejismo de las cosas
del mundo me deslumbran y me impiden reconocerte y darte
el lugar que te corresponde en mi vida. Gracias por
este momento de oración. Confío me lleve a valorar la
Eucaristía como mi lugar de luz, de esperanza, de conversión;
te pido la gracia de gozar sensiblemente de tu presencia
eucarística.
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