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Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net ¿Tú te subirías a la carretilla?
Juan 6, 55. 60-69. Tiempo Ordinario. Maestro, ¿a quién vamos a seguir si no te seguimos a ti? Tú tienes palabras de vida eterna.
¿Tú te subirías a la carretilla?
Juan 6, 55. 60-69
Porque mi carne es verdadera comida y
mi sangre verdadera bebida. Muchos de sus discípulos, al oírle,
dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Pero sabiendo
Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto,
les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al
Hijo del hombre subir adonde estaba antes?... «El espíritu es
el que da vida; la carne no sirve para nada.
Las palabras que os he dicho son espíritu y son
vida. «Pero hay entre vosotros algunos que no creen.» Porque
Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no
creían y quién era el que lo iba a entregar.
Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede
venir a mí si no se lo concede el Padre.»
Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y
ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los
Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Le respondió Simón Pedro: «Señor,
¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el
Santo de Dios.»
Reflexión
El discurso eucarístico de Jesús llega a
su fin. Pero, como hemos ido meditando en estas últimas
semanas, cuando no se escuchan las palabras de nuestro Señor
con fe, sino que se las interpreta de un modo
humano, demasiado “carnal”, “tierra-tierra”, las cosas acaban mal. Querer interpretarlas
al pie de la letra es un absurdo y una
locura. Y es lo que les pasó a los judíos.
Pero no por culpa de Jesús, sino por las malas
disposiciones de sus oyentes. Ya El se lo había anunciado
y les había insistido, más de una ocasión, en la
necesidad ineludible de la fe. Pero fue inútil. Y ahí
tenemos los resultados...: el escándalo, la deserción y el abandono
del Señor: “Duras son estas palabras –concluyen escandalizados–. ¿Quién puede
oírlas? Es inaceptable este discurso. ¿Cómo hacerle caso?”.
Pero a nuestro
Señor no le preocupa “la opinión pública”, ese tirano que
esclaviza a tantos hombres, incluso a aquellos que se consideran
más inteligentes y libres. ¡Cuántos de nosotros somos víctimas de
la opinión de los demás! Jesús no se retracta ni
mitiga sus palabras para que sus discípulos no se le
vayan. El quiere gente convencida, no admiradores fáciles, y menos
aún aduladores engañosos y frívolos.
Se cuenta que cuando Cronwell hacía
su entrada triunfal en Londres, alguien le hizo notar la
enorme afluencia de pueblo que acudía de todas partes para
verle. “La misma habría – respondió él fríamente– y
mucha más aún para verme ahorcar”. ¡Así de veleidosas son
las multitudes! Jesús lo sabía muy bien y, por eso,
no se dejaba impresionar por la respuesta de las masas:
ni el aplauso de los hombres le hacía sentirse más
“importante”, ni se alteraba por la más o menos frecuente
“impopularidad” de su mensaje. Por ello gozaba de tanta libertad
de espíritu: porque no se peocupaba por lo que los
demás pensasen de El.
Nuestro Señor sabía que mucha gente –incluso
entre sus discípulos– no creía en El. Sabía que era
piedra de escándalo para muchos y “signo de contradicción”. Pero
eso no lo amedrentaba ni le hacía echar marcha atrás:
“¿Esto os hace dudar? ¿y si vierais al Hijo del
hombre subir a donde estaba antes?”. Y enseguida invita a
sus oyentes a “subir” otra vez a la esfera de
la fe: “El espíritu es el que da la vida;
la carne no aprovecha para nada. Las palabras que os
he dicho son espíritu y son vida. Pero algunos de
vosotros no creéis”. Volvemos otra vez a la primera condición,
indispensable, para seguir a Jesús: tener FE en El, querer
creer en El, tener el valor de jugarse el todo
por el todo por El.
En la santa Misa, inmediatamente después
de la consagración, el sacerdote dice: “Mysterium fidei, ¡Este es
el sacramento de nuestra fe!”. Y enseguida toda la asamblea
aclama: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!”.
La Eucaristía es, ante todo, un misterio y un
sacramento de fe en la Pasión, muerte y resurrección del
Señor. Juan Pablo II, en su última encíclica, dedicada al
tema de la Eucaristía, nos dice que estas palabras se
refieren a Cristo en el misterio de su Pasión, pero
revelan también el misterio de la Iglesia. Ella, en efecto,
tiene su fundamento y su fuente en el “Triduo pascual”,
pero éste está como incluido, anticipado y “concentrado” en el
don de la Eucaristía.
Pero tener fe no es un mero
sentimiento de la presencia de Dios, ni creer solamente en
los dogmas y verdades que nos enseña la Iglesia Católica.
Creer es confiar ciegamente en Jesús, entregarse a El, ponerse
en sus manos, sabiendo que con El estamos seguros, en
medio de todas las dificultades de la vida. Como la
historia de aquel equilibrista de Nueva York. Para sus espectáculos
solía atar un cable entre dos edificios, a gran altura,
y luego caminaba por dicho cable con una barra de
equilibrio. Al bajar, era ovacionado por todo el mundo. En
una ocasión, durante uno de sus espectáculos, dice a los
presentes: “Subiré nuevamente, pero ahora con una carretilla. Sólo necesito
que crean que lo puedo hacer”. Hay un silencio sepulcral
entre la multitud. Al fin, uno grita: “Sí, adelante, yo
creo que tú puedes”. A lo cual el equilibrista responde:
“Si en verdad crees que lo puedo hacer, ¡ven y
súbete en la carretilla!”... Algo así es la fe.
¿Serías
capaz de subirte tú a la carretilla con Jesús? Si
de verdad creemos en Cristo, debemos ser capaces de hacerlo,
sin pensarlo dos veces. El no falla. Sólo entonces podremos
afirmar, como Pedro al final del discurso de Jesús: “Maestro,
¿a quién vamos a ir si no te seguimos a
ti? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos
que tú eres el Mesías, el Santo de Dios”.
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