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Autor: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net Y yo, ¿Por qué tengo que sufrir?
Marcos 8, 27-35. Tiempo Ordinario. Sólo podemos entender el lenguaje de la cruz por medio de la fe, que nos coloca en el punto de vista de Dios.
Y yo, ¿Por qué tengo que sufrir?
Marcos 8, 27-35
Salió Jesús con sus discípulos hacia los
pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo
esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que
soy yo?» Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista;
otros, que Elías; otros, que uno de los profetas.»
Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy
yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo.» Y
les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía
sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos
sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los
tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se
puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus
discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás!
porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los
de los hombres.» Llamando a la gente a la vez
que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir
en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su
cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la
perderá; pero quien pierda su vida por mí y por
el Evangelio, la salvará.
Reflexión
Cuenta una leyenda que, en una
ocasión, una mujer budista acudió al templo con su hijo
muerto. Su niño era una criaturita de seis años. Lo
llevaba en brazos y, con lágrimas en los ojos, le
gritaba a la imagen de Buda pidiendo que lo curase.
Y el Buda le dijo que se lo podría traer
de nuevo a la vida si ella le llevaba unas
semillas de mostaza. Pero con una condición: debían ser semillas
recogidas en la casa de alguna persona que no estuviera
sufriendo ningún dolor desde el año anterior. La mujer dio
un salto de júbilo y salió corriendo a buscar lo
que se le pedía. Fue de casa en casa hasta
que recorrió casi toda la Tailandia. Al poco tiempo volvió
a Buda con las manos vacías. Pero esta vez ya
no pidió la curación de su hijo. Había comprendido que
no hay ningún hombre sin sufrimiento en esta tierra.
¿A cuántas
personas conoces tú, amigo lector, que no sufran algo en
la vida? A veces nos puede dar la impresión de
que fulanito o menganito no tienen problemas ni sufrimientos... ¡Parece
que todo les sonríe y les salen las cosas como
ellos las habían planeado!: tienen dinero, gozan de comodidades, buena
fama, de una posición económica y social afortunada, amistades, etc.,
etc., etc.. Diríamos que son personas con bastante “suerte” o
que el “destino” les ha favorecido. Pero, en el fondo,
yo creo que esos juicios son demasiado ligeros y no
tienen ningún fundamento de verdad. Además de que, al hablar
así, están demostrando una fe no muy grande en la
Divina Providencia. También aquí se cumple el refrán de que
“el jardín del vecino siempre parece más verde”...
Yo diría,
más bien, que mucha gente “aparenta” ser feliz, como la
historia de Garrik de la semana pasada. ¿La recuerdas? ¡Son
máscaras de felicidad! Y no digo yo que no existan
personas verdaderamente felices. Por supuesto que las hay. ¡Y muchas,
gracias a Dios! Pero lo que quiero subrayar ahora es
que todos, absolutamente todos en esta tierra, tenemos que sufrir.
Y de hecho, sufrimos. ¿Quién no ha tenido, en efecto,
una enfermedad, un dolor, un accidente? ¿o una pena personal
muy honda por motivos económicos, familiares o espirituales? ¿Y quién
no ha sufrido alguna vez el dolor por un problema
de un hijo, una enfermedad del esposo, de la esposa
o de los propios padres; o la muerte de un
ser querido? Y, además, ¡cuántos sufrimientos morales invaden, a veces
de improviso, la casa de nuestra alma: pesares, tristezas, depresiones,
fracasos, angustias, tribulaciones por tantísimos motivos! La listas de posibilidades
es casi infinita....
Y lo curioso es que, cuando nos sobreviene
cualquier dolor, casi nunca estamos preparados. Siempre nos coge de
sorpresa, a pesar de que el sufrimiento es algo tan
común en todos los mortales. Es más, diría yo sin
temor a equivocarme que el dolor es un elemento esencial
en la vida de todo ser humano; y con mayor
razón de todo cristiano. De todo ser humano porque nadie
vive, de hecho, sin él; y de todo cristiano porque
la cruz es el signo de su identidad. ¿Cuál es,
si no, lo primero que una madre cristiana enseña a
su niño pequeño? A hacer la señal de la cruz.
Y es este signo, en efecto, lo primero que hacemos
todos cuando iniciamos una oración y, tal vez, hasta llevamos
una cruz colgada en nuestro pecho. Somos cristianos porque seguimos
a Cristo y somos sus discípulos. Y sólo existe un
Cristo: el Crucificado y el Resucitado por nuestra salvación.
El evangelio
de hoy, con su mensaje eterno, nos confirma esta enseñanza.
Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo,
nos cuenta san Marcos que Jesús comenzó a instruir a
sus apóstoles: “El Hijo del hombre –les dijo– tiene que
padecer mucho, ser condenado por los sumos sacerdotes y por
los ancianos del pueblo, ser ejecutado y resucitar a los
tres días”. El sabía muy bien que ése era el
camino de nuestra redención. Más aún, pudiendo haber escogido otros
caminos diferentes para salvarnos, quiso escoger precisamente éste. ¿Por qué?
Es un misterio. Pero, al menos, estamos seguros de que
el camino de la cruz es el más conveniente para
nuestra salvación porque fue el que eligió nuestro Redentor.
Cuando
Pedro quiso apartar al Señor de esta senda –pues, al
igual que nosotros, no entendía por qué su Maestro tenía
que sufrir– se llevó la gran “reprimenda” de su vida:
“¡Apártate de mi vista, Satanás! –le dijo el Señor a
su apóstol predilecto– porque tú piensas como los hombres y
no como Dios”. Es decir, que sólo podemos entender el
lenguaje de la cruz por medio de la fe, que
nos coloca en el punto de vista de Dios.
Y, al
final de este evangelio, nuestro Señor añade: “El que quiera
venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue
con su cruz y me siga”. Enseñanza contundente, clarísima, ineludible.
Si somos cristianos, hemos de seguir a Cristo abrazando con
fe y con amor nuestra propia cruz. Entonces, ¿por qué
nos extrañamos cuando ésta se presenta en nuestra vida? Hemos
de pedirle a nuestro Señor, más bien, la generosidad, la
fortaleza y el amor necesarios para ser cristianos de verdad,
siguiéndolo por el mismo camino que va recorriendo El, delante
de nosotros.
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Publicado por: DANIEL MARTINEZ
Fecha: 2009-10-25 18:32:07
LA CUESTION ES CLARA, CADA VEZ EL CAMINO SE HACE MAS ANGOSTO,SIEMPRE ES CUESTA ARRIBA Y LE VAN SALIENDO CADA VEZ MAS ESPINAS; DE AHI VIENE EL TEMOR, YA QUE EL FRACASO EN EL INTENTO ES POR LO REGULAR NORMAL; YA QUE UNO LO PASA POR LA MENTE Y ES DONDE SURGEN LAS DUDAS; PERO BIEN EL EJEMPLO ES CLARO Y PRECISO, HAY QUE TOMAR LA CRUZ Y CARGARLA, AUNQUE SIMPRE FALLO.
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