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Autor: P. Sergio A. Córdova | Fuente: Catholic.net ¿También los ricos se salvan?
Marcos 10, 17-30. Tiempo Ordinario. Lo importante es no usar nuestros bienes para servirnos a nosotros mismos y a nuestros caprichos sino para ayudar a los demás.
¿También los ricos se salvan?
Marcos 10, 17-30
En aquel tiempo, cuando Jesús se ponía
ya en camino, se le acercó corriendo un hombre y
arrodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de
hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo:
«¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo
Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio,
no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra
a tu padre y a tu madre.» El, entonces, le
dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.»
Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le
dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y
dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el
cielo; luego, ven y sígueme.» Pero él, abatido por estas
palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando
a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es
que los que tienen riquezas entren en el Reino de
Dios!» Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas
Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué
difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más
fácil que un camello pase por el ojo de la
aguja, que el que un rico entre en el Reino
de Dios.» Pero ellos se asombraban aún más y se
decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?» Jesús,
mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para
Dios, porque todo es posible para Dios.» Pedro se puso
a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo
y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Yo os aseguro:
nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos
o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin
recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos,
hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el
mundo venidero, vida eterna.
Reflexión
Esta pregunta parece superflua o tonta,
pero no lo es tanto. Al menos, a juzgar por
las palabras de nuestro Señor: “¡Qué difícil les va a
ser a los ricos entrar en el Reino de los
cielos!”. Los mismos discípulos se quedaron extrañados al oírle expresarse
así. Y Jesús, con su conducta habitual, en vez de
apaciguar el tono de sus sentencias, lo hace todavía más
rotundo: “Sí, hijos, más fácil le es a un camello
pasar por el ojo de una aguja que a un
rico entrar en el Reino de Dios”. Los discípulos se
espantaron aún más –nos refiere san Marcos— y comentaban: “Entonces,
¿quién puede salvarse?”.
Hace no mucho tiempo algunos teólogos católicos, así
llamados de la “teología de la liberación”, trataron de manipular
el mensaje de Cristo –sobre todo en los países de
América Latina— diciendo que la Iglesia debía ocuparse sólo de
los pobres y marginados; e, inspirándose en la filosofía marxista,
preconizaban la lucha de clases dentro de la misma Iglesia.
¡Qué aberración! Y, tristemente, todavía hay muchos sectores eclesiásticos que
siguen pensando y opinando lo mismo….
Sin embargo, hay que
hablar con la verdad del Evangelio: nuestro Señor nunca condenó
la riqueza ni los bienes terrenos por sí mismos. Es
más, entre sus amigos y discípulos se encontraban José de
Arimatea y Nicodemo, que eran hombres ricos; Jesús se hospedó
en la casa de Zaqueo y de Simón el fariseo,
que también tenían grandes riquezas; entre sus apóstoles se contaba
uno que había sido publicano, o sea, recaudador de impuestos.
Y además, aceptaba en su compañía a “algunas mujeres que
le asistían y le ayudaban con sus bienes” –nos refiere
san Lucas—. Lo que nuestro Señor condena es, pues, el
apego desordenado a las riquezas y a los bienes terrenos,
el “hacer depender de ellos la propia vida” y el
“acumular tesoros sólo para sí mismos” (cfr. Lc 12, 13-21).
Y
es que el apego desmedido al dinero lleva al hombre
a la avaricia y a la más completa ceguera hasta
el punto de olvidar lo más importante en la vida:
“¡Necio! –llamó nuestro Señor en una de sus parábolas a
un avaro—; esta misma noche te van a reclamar el
alma. Todo lo que has acumulado, ¿para quién será?” (Lc
12, 20). La avaricia hace mucho más difícil la entrada
al Reino de Dios no por las riquezas en sí
mismas, sino porque se convierten en una idolatría. Por eso
dijo Jesús que “no se puede servir a dos señores,
porque se ama a uno y desprecia al otro; no
se puede amar a Dios y al dinero” (Mt 6,
24). Y esto fue lo que le ocurrió al joven
rico del evangelio de hoy. Y eso fue también lo
que le pasó a Judas Iscariote, que entregó a Cristo
por treinta miserables monedas de plata.
Pero está claro que tanto
los ricos como los pobres son hijos de Dios, y
tanto unos como otros pueden ser no sólo buenos cristianos,
sino también santos. Ha habido muchos reyes y reinas, príncipes
y nobles que han sido ejemplos preclaros de virtud y
de santidad, y sus riquezas no les han impedido su
camino hacia Dios. Allí están san Enrique, san Luis de
Francia, santa Isabel de Hungría, santa Brígida de Suecia, san
Francisco de Borja, santa Margarita de Escocia, san Wenceslao, san
Casimiro y miles más.
Las riquezas son algo accidental, y
deben ser un medio más para vivir y para servir
mejor a Dios y al prójimo. Cuando el dinero no
se usa para eso, es entonces cuando comienzan los problemas…
y ahora sí nuestro Señor condena. De aquí nace la
prepotencia, la soberbia, la avaricia desenfrenada, el maquiavelismo, la injusticia
diabólica y la corrupción de muchos ricos y poderosos de
la tierra que sólo se sirven a sí mismos y
a sus propios intereses… Es entonces cuando la riqueza se
convierte en un gravísimo peligro y un obstáculo para la
propia salvación. Y así se cumple la palabra del Señor:
“es más fácil a un camello entrar por el ojo
de una aguja que a un rico entrar en el
Reino de los cielos”.
Lo importante es, pues, cómo usamos de
los bienes: si le damos gracias a Dios porque nos
da elementos para vivir y descansar, y con ellos ayudamos
a nuestros semejantes, o si sólo nos servimos a nosotros
mismos y a nuestros caprichos. Pero, ¡atención!, no hay que
ayudar a los demás sólo con las migajas que nos
sobran y que caen de nuestra mesa, sino con verdadera
generosidad. Sólo así vamos por el recto camino.
Para que
reces muy bien el rosario, consulta El Santo
Rosario Qué es el rosario, cómo se reza, historia, oraciones,
promesas, bendiciones y beneficios.
Vamos a meditar las palabras del Ave María, para que al repetirlas disfrutemos mas el
Rosario. Y también las palabras del Salve
Regina
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