Autor: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net La debilidad de Dios
Lucas 15, 1-32. Tiempo Ordinario. Él siempre nos ama y nos acoge, aunque nosotros nos hayamos comportado como aquel hijo pródigo.
La debilidad de Dios
Lucas 15, 1-32
Todos los publicanos y los pecadores se acercaban
a él para oírle, y los fariseos y los escribas
murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con
ellos. Entonces les dijo esta parábola. ¿Quién de vosotros que
tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja
las noventa y nueve en el desierto, y va a
buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y
cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y
llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y
les dice: Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que
se me había perdido. Os digo que, de igual modo,
habrá más alegría en el cielo por un solo pecador
que se convierta que por noventa y nueve justos que
no tengan necesidad de conversión. O, ¿qué mujer que tiene
diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y
barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la
encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y
vecinas, y dice: Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma
que había perdido. Del mismo modo, os digo, se produce
alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador
que se convierta. Dijo: Un hombre tenía dos hijos; y
el menor de ellos dijo al padre: Padre, dame la
parte de la hacienda que me corresponde." Y él les
repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo
reunió todo y se marchó a un país lejano donde
malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado
todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó
a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno
de los ciudadanos de aquel país, que le envió a
sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre
con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se
las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ¡Cuántos jornaleros
de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo
aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi
padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y
ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame
como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, partió hacia
su padre. Estando él todavía lejos, le vió su padre
y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le
besó efusivamente. El hijo le dijo: Padre, pequé contra el
cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo
tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: Traed aprisa
el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su
mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo
cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este
hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida;
estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta.
Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver,
cuando se acercó a la casa, oyó la música y
las danzas; y llamando a uno de los criados, le
preguntó qué era aquello. El le dijo: Ha vuelto tu
hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque
le ha recobrado sano. El se irritó y no quería
entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó
a su padre: Hace tantos años que te sirvo, y
jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me
has dado un cabrito para tener una fiesta con mis
amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que
ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él
el novillo cebado! Pero él le dijo: Hijo, tú siempre
estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía
celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba
muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y
ha sido hallado.
Reflexión
Cuenta la famosa leyenda de la guerra de
Troya que el héroe de los griegos, Aquiles, era hijo
de una diosa y, por tanto, era inmortal. Pero sólo
tenía un punto débil, que era el talón. Y fue
precisamente allí donde fue herido, por una flecha, y murió.
Perdóneseme la analogía, pero yo creo que podríamos aplicar un
poco este símil a Dios nuestro Señor. Sabemos que Él
es Todopoderoso, pero también tiene Él –si podemos hablar de
un modo humano— su punto débil.
El ya fallecido cardenal
vietnamita Francois Nguyen van Thuan solía decir que, aunque pareciera
herejía, él amaba a Jesús por sus defectos. Y el
primer defecto –decía— es que Nuestro Señor no tiene buena
memoria. ¿Cómo era posible, si no, que sobre la cruz,
perdonara todos los crímenes a aquel ladrón que estaba crucificado
con él a su derecha, y de un plumazo le
cancelara toda su deuda? “En verdad te digo –le dijo
al ladrón— hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Y lo
mismo hizo el Señor con la pecadora pública, con Zaqueo,
con la adúltera, con la samaritana y con tanta gente
pecadora que se encontró a lo largo de la vida.
Si Jesús fuera como nosotros, les hubiéramos dicho: “Sí, te
perdono, pero antes tienes que expiar todas tus culpas con
20 años de purgatorio”…
Efectivamente, Dios nuestro Señor también tiene su
punto débil. Y es su infinito amor y su misericordia.
Nadie que haya acudido a Él con sinceridad y con
el corazón arrepentido, y le haya pedido perdón, ha quedado
jamás defraudado. Todo el Antiguo Testamento está lleno de gestos
de misericordia de parte de Dios. Accede a las súplicas
de Abraham y de Moisés, cuando interceden por su pueblo
y le piden perdón por sus pecados; los profetas –sobre
todo Isaías, Jeremías y Oseas— fueron fieles transmisores de la
bondad y de la ternura de Dios hacia el pueblo
de Israel. Pero es sobre todo con Jesús en donde
aparece mucho más patente el corazón infinitamente amoroso y misericordioso
de nuestro Padre celestial.
Todo el Evangelio es una prueba constante
del perdón generoso que Jesús nos alcanza de parte de
Dios. Toda su vida pública fue un acto ininterrumpido de
misericordia: la predicación del amor del Padre, los milagros y
curaciones sin número que obraba por doquier, movido sólo por
su gran bondad y compasión hacia toda clase de gente;
y, al final de su vida, la entrega más total
y desinteresada en su pasión y en su cruz para
salvarnos, para redimirnos del pecado y alcanzarnos el premio del
paraíso por medio de su muerte y su resurrección.
En el
pasaje evangélico de hoy, Jesús nos narra tres hermosas parábolas
de la misericordia: la oveja perdida, la dracma perdida y
el hijo pródigo, también perdido y luego encontrado. Nosotros, los seres
humanos, nos perdemos muchas veces a lo largo de nuestra
vida: perdemos el camino, la ruta, nos escondemos de Dios
y lo ofrendemos, tal vez gravemente. Y quizá en ocasiones
no hemos querido saber nada de Él, a pesar de
haber sido Él nuestro gran bienhechor.
Él nos ha dado todo:
la vida, el ser, la fe, la familia, la educación,
los sacramentos, la felicidad… TODO, absolutamente todo. Y nosotros, como
hijos malcriados y caprichosos, le hemos echado en cara, con
gran despecho e ingratitud, nuestros mismos errores y maldades, culpándolo
a Él de nuestra desgracia y ceguera voluntaria.
Ese hijo
ingrato de la parábola somos, definitivamente, cada uno de nosotros.
También tú y yo, como aquel hijo, hemos pedido al
padre la herencia y nos hemos “largado” de casa para
vivir a nuestras anchas, libres de la “esclavitud” del padre,
para derrochar sus bienes con malas compañías llevando una vida
libertina y disoluta. Pero todo lo material es caduco y
se acaba. Y, en poco tiempo, el hijo aquel se
encontró en la miseria, sin dinero y, obviamente, sin amigos.
Llegó
tan bajo en su prostración que se puso, en un
país extraño, a cuidar cerdos, en una pocilga; hubiese querido
llenar su vientre con las algarrobas que comían las bestias,
pero nadie se las daba. ¡Hasta dónde había llegado la
miseria de aquel que era un hijo de rey! Es
eso lo que nosotros, hijos amados de Dios, hemos hecho
con nuestra dignidad a causa de nuestro pecado.
El hijo,
entonces, comienza a pensar con inmensa nostalgia en la casa
de su padre. Y, para poder llenar su vientre –motivos
no del todo nobles, pero Dios se vale también de
eso para hacernos volver a Él—, se decide regresar a
la casa paterna. Seguramente sentiría una profunda vergüenza y confusión.
¿Con qué cara se presentaría ahora a su padre, después
de todo lo que había hecho? Pero su hambre y
su necesidad fue más fuerte que su vergüenza. Y se
puso en camino.
Pero lo mejor de todo viene a
continuación. Todos los días –continúa la narración— el padre aquel
se subía a la terraza del palacio para ver si
volvía su hijo. ¿Qué padre, aquí en la tierra, sigue
esperando el regreso de un hijo que se ha comportado
como un sinvergüenza y como un ingrato, y que ha
derrochado toda la herencia? Y, si acaso volviera, con rostro
adusto, seguro que le daría una buena reprimenda y un
castigo severo para que aprendiera a comportarse como se debe
y que todo hay que pagarlo a su debido precio.
Sin
embargo, cuando, después de meses y de años de espera,
por fin ve venir a lo lejos a su hijo,
a aquel bondadoso anciano se le conmueven las entrañas y
le da mil vuelcos el corazón; los ojos se le
convierten en un mar de lágrimas por la alegría y
el alma se le derrite en infinita ternura. Y enseguida,
como puede, aquel padre sale corriendo al encuentro de su
hijo y se le echa al cuello, lo abraza, lo
acaricia y lo cubre de besos. Y enseguida manda que
lo laven y le perfumen, le pongan el vestido más
rico y espléndido, calcen sus pies con sandalias y le
pongan un anillo en su mano, signos todos de su
dignidad y nobleza recuperada…
El hijo no se esperaba nada de
esto, ni soñó jamás con aquel recibimiento. Él sólo quería
un poco de pan y un techo donde cobijarse del
invierno, aunque el resto de sus días fuera como el
“último de los jornaleros”. Al fin y al cabo, él
se lo había buscado y se lo había merecido. Y
bien sabía que no era digno de nada más que
eso. ¡Y cuál no fue su sorpresa al encontrarse con
el corazón inmensamente tierno y cariñoso de su padre, que
lo perdonaba y lo seguía amando como siempre lo había
amado, a pesar de todo!
Así de maravilloso es nuestro
Padre Dios con nosotros. Él siempre nos ama y nos
acoge, aunque nosotros nos hayamos comportado como aquel hijo pródigo.
Él nos perdona todo, absolutamente todo, con infinita ternura, incondicionalmente,
e incluso nos ahorra la vergüenza de tener que humillarnos.
Su comprensión es tan gigantesca y tan misericordiosa que nos
hace más fácil el camino del retorno; y cuando, al
fin, nos postramos para reconciliarnos, Él nos levanta, nos recibe
con un fuerte y tierno abrazo, y nos cubre de
besos y de caricias.
Ojalá que nunca le tengamos miedo a
Dios y nos acerquemos con inmensa confianza al sacramento de
la reconciliación. Él siempre nos acogerá, infinitamente mejor que el
padre de la parábola. Sólo así descubriremos el corazón dulce
y bondadoso de Dios, nos daremos cuenta de que es
incapaz de resistirse a la misericordia y conoceremos, por propia
experiencia, ¡¡que Dios es Amor!!
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En nosotros está tanto el hijo pródigo, como el hijo mayor. Son dos maneras distintas de ser ingrato con Dios. Ambas deber abrirse a la misericordia del Señor.
Gracias por la reflexión.Muy buena.
Sólo me queda agregar que el poder de Dios es tan grande que no existe mayor castigo que el perder su gracia. Sólo la gracia de Dios y su Amor nos sostienen, incluso los pecadores cuentan con ella.
Esto es algo infinitmente maravillosos y nos habla del inmenso Amor de Dios.
Por otra parte sólo puedo concluir que Dios no tienen enemigos,además quien podría oponerse a su brazo, a su poder que es capaz de desestabilizar las almas, nos corrige duramente a veces.
Cuan grande es el amor de Dios hacia nosotros, tanto, que nos regala la libertad para que en su nombre seamos capaces de construir nuestras vidas.
Cuando somos pocos oidores de su Palabra, nos encondemos y queremos hacernos superiores, pero cuando nos damos cuenta que ese camino no es el verdadero y fallamos, Él con su amor misericordioso nos habre las puertas y nos espera anciosos y nos recibe con todas la fiesta.
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