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Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net La primera condición.....¡que creas!
Juan 6, 24-35. Tiempo Ordinario. Si yo creyera que Jesús está de verdad en la Eucaristía, nadie sería capaz de moverme del Sagrario.
La primera condición.....¡que creas!
Juan 6, 24-35
Cuando la gente vio que Jesús no estaba
allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y
fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús. Al encontrarle a
la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado
aquí?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo:
vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque
habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad,
no por el alimento perecedero, sino por el alimento que
permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo
del hombre, porque a éste es a quien el Padre,
Dios, ha marcado con su sello.» Ellos le dijeron: «¿Qué
hemos de hacer para obrar las obras de Dios?» Jesús
les respondió: «La obra de Dios es que creáis en
quien él ha enviado.» Ellos entonces le dijeron: «¿Qué
señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra
realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto,
según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.»
Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No
fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es
mi Padre el que os da el verdadero pan del
cielo; porque el pan de Dios es el que baja
del cielo y da la vida al mundo.» Entonces le
dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús:
«Yo soy el pan de la vida. El que venga
a mí, no tendrá hambre, y el que crea en
mí, no tendrá nunca sed.
Reflexión
Después de la multiplicación de los
panes, san Juan nos presenta el discurso eucarístico.
Juan nos
narra el milagro de los panes en función de la
Eucaristía y lo coloca precisamente antes del sermón eucarístico de
Jesús. Es posible que históricamente así haya ocurrido porque Juan
se preocupa más por la cronología de los hechos, pero
los otros evangelios no lo refieren. Mateo y Marcos nos
ofrecen esta narración dentro del ministerio público de nuestro Señor:
Jesús es visto como el gran Maestro y taumaturgo, entregado
en cuerpo y alma a la predicación del Reino; y,
en consecuencia, se dedica a curar a numerosos enfermos de
todos los males de los que padecían. Pero no sólo.
Jesús es el Hijo de Dios a quien todo le
está sometido, aun las fuerzas de la naturaleza, y se
muestra como el señor absoluto de la materia. Además, es
el Mesías anunciado por los profetas, descrito como el buen
Pastor del pueblo elegido. Es manso y misericordioso, y siente
ternura y compasión por todas esas gentes “porque andaban como
ovejas sin pastor”. La multiplicación de los panes es, pues,
una respuesta a esas necesidades de la multitud, una manifestación
de la infinita caridad y compasión de Jesús. Pero Juan
nos presenta el milagro a la luz de la
Eucaristía, de la que ahora nos va a hablar el
Señor con tonos sublimes e impresionantes.
La muchedumbre sigue entusiasmada a
Jesús. Pero El se da cuenta de que esa búsqueda
no es totalmente desinteresada. “Me buscáis –les dice con toda
claridad– no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido
pan hasta saciaros”. O sea, que lo buscan no porque
creen de verdad en El, sino por conveniencia personal; más
por lo que esperan recibir que por la Persona misma
de nuestro Señor. ¡Cuántas amistades humanas se fundan precisamente en
intereses materiales y en cálculos egoístas! Diría yo que casi
infinitas.... Como aquel rey persa que cruzaba el desierto, con
sus camellos cargados de joyas y de diamantes.... ¿Recuerdas en
qué acaba la historia? Pues sí, aquel ministro fiel, que
prefirió seguir a su rey en vez de quedarse con
los tesoros, afirmó: “Me importa más mi rey que todas
las perlas de mi rey”. ¡Qué pocos son este tipo
de hombres!
Pero, volviendo al evangelio, Jesús, en todo el
discurso que viene a continuación, con un esfuerzo colosal de
paciencia, va a tratar de “elevar” a esa gente a
un plano superior: les va a hablar de otro pan
muy distinto al que han comido, del “pan que no
perece, sino que perdura, que baja del cielo y da
la vida eterna”.
Al multiplicar los panes, Jesús les quiere hacer
ver que El tiene el poder para saciar su hambre;
pero habla del hambre que anida en lo más profundo
del corazón humano. Y con este milagro nos ofrece un
“signo” para que creamos en El. Juan, en su evangelio,
habla más de “signos” que de milagros, porque las obras
de Cristo son, precisamente, “signos” para suscitar la fe de
sus oyentes. Y es necesario querer creer para poder creer.
Por eso, les dice a los que lo buscan: “Esta
es la obra que Dios quiere: que creáis en aquel
que El ha enviado”. Es la primera condición para poder
buscarlo y seguirlo, porque bien sabe lo que va a
decirles a continuación. Y sólo si tienen FE, van a
escuchar y acoger sus palabras, pues van a ser palabras
muy fuertes... Y sin fe, seguro que se van a
escandalizar; como, de hecho, sucedió a muchos de esos judíos.
Sólo
con una fe auténtica, profunda y sincera podemos acercarnos a
este misterio sacrosanto de la Eucaristía. De lo contrario, nos
sucederá lo que casi siempre nos ocurre: que no nos
damos cuenta del misterio que celebramos, ante quién estamos o
qué es lo que sucede allí en el altar... Tristemente,
somos a veces tan superficiales y nos hemos acostumbrado a
fuerza de rutina, que ya no nos dice cada
nada la presencia de Jesús en el Sagrario o en
la Santa Misa... ¡y el que está allí es Dios
mismo! “Si nos acercáramos con fe a la Eucaristía –afirmaba
santa Teresa– estoy segura de que obtendríamos milagros”.
Concluyo con un
breve recuerdo: en una ocasión en que fui de misiones
a la sierra de Puebla, me decía una señora protestante:
“Si yo creyera que Jesús está de verdad en la
Eucaristía, nadie sería capaz de moverme del Sagrario”. Y tú
y yo, querido amigo, ¿lo creemos de verdad?
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