Autor: H Francisco Rosas | Fuente: Catholic.net Jesús perdona a la mujer pecadora
Juan 8, 1-11. Cuaresma. El encuentro con la misericordia de Dios no nos puede dejar indiferentes porque es un encuentro que transforma.
Jesús perdona a la mujer pecadora
Del santo Evangelio según san Juan 8, 1-11
Mas Jesús
se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada
se presentó otra vez en el Templo, y todo el
pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso
a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer
sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés
nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú
qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de
qué acuasarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con
el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en
preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que
esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E
inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír
estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por
los más viejos; y se quedó solo Jesús con la
mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer,
¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor».
Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en
adelante no peques más».
Oración introductoria
Confío mi pasado a tu misericordia,
el presente a tu amor y el futuro a tu
providencia. Jesús, en este día vengo a pedirte la paz,
la prudencia, la fuerza, la sabiduría y la humildad para
ser un mejor cristiano. Revísteme de tu gracia, Señor, y
haz que en este día yo te glorifique con mis
buenas obras.
Petición
Señor, concédeme la gracia de valorar tu amor misericordioso.
Concédeme, Dios mío, la fuerza para no caer en las
tentaciones y la humildad para pedir perdón por mis pecados.
Meditación
del Papa
El evangelista san Juan pone de relieve un detalle:
mientras los acusadores lo interrogan con insistencia, Jesús se inclina
y se pone a escribir con el dedo en el
suelo. San Agustín observa que el gesto muestra a Cristo
como el legislador divino: en efecto, Dios escribió la ley
con su dedo en las tablas de piedra (cf. Comentario
al Evangelio de Juan, 33, 5). Jesús, por tanto, es
el Legislador, es la Justicia en persona. Y ¿cuál es
su sentencia? "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que
le arroje la primera piedra". Estas palabras están llenas de
la fuerza de la verdad, que desarma, que derriba el
muro de la hipocresía y abre las conciencias a una
justicia mayor, la del amor, en la que consiste el
cumplimiento pleno de todo precepto (cf. Rm 13, 8-10). Es
la justicia que salvó también a Saulo de Tarso, transformándolo
en san Pablo (cf. Flp 3, 8-14). Cuando los acusadores
"se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más
viejos", Jesús, absolviendo a la mujer de su pecado, la
introduce en una nueva vida, orientada al bien: "Tampoco yo
te condeno; vete y en adelante no peques más". Es
la misma gracia que hará decir al Apóstol: "Una cosa
hago: olvido lo que dejé detrás y me lanzo a
lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para
alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo
alto en Cristo Jesús" (Flp 3, 13-14). Dios sólo desea
para nosotros el bien y la vida; se ocupa de
la salud de nuestra alma por medio de sus ministros,
liberándonos del mal con el sacramento de la Reconciliación, a
fin de que nadie se pierda, sino que todos puedan
convertirse (Benedicto XVI, Ángelus, 21 de marzo de 2010).
Reflexión apostólica
El amor de Dios está por encima de
nuestro pecado. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Cristo
dio su vida por nosotros en la cruz, pero cuántas
personas ignoran o desconocen esa realidad. Cuántas personas aún no
han experimentado el verdadero amor. El encuentro con la misericordia
de Dios no nos puede dejar indiferentes porque es un
encuentro que transforma.
Propósito
Aprender a perdonar las molestias que me puedan
causar los defectos de los demás.
Diálogo con Cristo
Jesucristo, gracias por
el infinito amor que me tienes y por todas las
veces que me has perdonado. Somos débiles y con facilidad
nos alejamos de Ti. Ayúdame, Señor, a caminar por el
sendero de tu amor y extiende tu mano para levantarme
de la caídas. Te ofrezco mi esfuerzo y la lucha
de cada día por ser un mejor cristiano.
“Sólo quien ha
experimentado primero la grandeza puede ser convincente anunciador y administrador
de la misericordia de Dios”. (Benedicto XVI, 11 de marzo
de 2010)
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