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Autor: H. Alfonso Blanca | Fuente: Catholic.net
Los discípulos de Emaús
Lucas 24, 13-35. Pascua. Puede pasarnos lo mismo que a los discípulos de Emaús: nosotros esperábamos… Dios, padre bondadoso nos enseña el camino de salvación eterna.
 
Los discípulos de Emaús
Los discípulos de Emaús
Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.» El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Oración introductoria

Señor quiero ponerme en tu presencia, quiero estar delante de ti, necesito estar contigo. Esta vez no vengo a hablarte, vengo a escucharte. Dame fe para oir tu palabra, aceptarla y vivirla. Anima mi esperanza y enciende mi corazón con tu amor para que pueda vivir según tu Corazón.

Petición

Señor, que descubra tu presencia en cada paso del camino de mi vida.

Meditación

«Queridos amigos, Dios ciertamente marca la diferencia... Más aún, Dios nos hace diferentes, nos renueva. Ésta es la promesa que nos hizo Él mismo: "Ahora hago el universo nuevo" (Ap 21,5). Y es verdad. Lo afirma el Apóstol San Pablo: "El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo" (2 Co 5,17-18). Al subir al cielo y entrar en la eternidad, Jesucristo ha sido constituido Señor de todos los tiempos. Por eso, Él se hace nuestro compañero en el presente y lleva el libro de nuestros días en su mano: con ella asegura firmemente el pasado, con el origen y los fundamentos de nuestro ser; en ella custodia con esmero el futuro, dejándonos vislumbrar el alba más bella de toda nuestra vida que de Él irradia, es decir, la resurrección en Dios[…]

Pienso en tantas lágrimas que muchos de vosotros habéis derramado por la pérdida de vuestros familiares, y no es difícil imaginar las sombrías nubes que aún cubren el cielo de vuestros mejores sueños... Leo en vuestro corazón una duda que me planteáis: "Esto es lo que tenemos. Lo que nos dices, no lo vemos. La promesa tiene la garantía divina - y nosotros creemos en ella - pero ¿cuándo se alzará Dios para renovar todas las cosas?". Jesús responde lo mismo que a sus discípulos: "No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí». (Discurso del Papa a los jóvenes de Angola, 21 de marzo de 2009)

Reflexión apostólica

A lo mejor en tu vida todo va bien: en la casa, en los estudios, en el trabajo, con los amigos, no hay ningún problema, incluso rezas y vas a misa los domingos, hasta que algo pasa: una sacudida fuerte en la vida, puede ser una enfermedad, una dificultad en la familia, la muerte de un ser querido. Todo se derrumba, todo se ve oscuro, sin salida y sólo nos preguntamos ¿Por qué?

Puede pasarnos lo mismo que a los discípulos de Emaús: nosotros esperábamos…

Ojalá que no se nos olvide que Dios, padre bondadoso y maestro sapientísimo, nos enseña que el camino de salvación eterna es el que Él mismo recorrió en la tierra: cargó su cruz, subió al monte y murió crucificado. Esa cruz es el sello del cristiano.

La vida no es fácil, afrontar los problemas y las dificultades, la tristeza y la desilusión es algo muy difícil si se está solo. Pero en este camino de nuestra vida, Cristo se acerca para acompañarnos, para caminar con nosotros, es más, viene para quedarse con nosotros en la Eucaristía, justo donde lo reconocieron los discípulos de Emaús.

Propósito

Participaré con más frecuencia en la santa misa y comulgaré para dejar que Cristo me acompañe en mi caminar.

Diálogo con Cristo

Ahora sé, Jesús, que estás junto a mí y que caminas conmigo. Quiero pedirte que no me abandones para que en mi vida brille siempre la luz de la esperanza, de la alegría y de la felicidad que sólo tiene quien se sabe amado y acompañado por ti.

“Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo”. (Benedicto XVI, Spe salvi, 37)





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