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Autor: P. Sergio Códova LC | Fuente: Catholic.net Todos anhelamos ser felices
Mateo 5, 1-12. Tiempo Ordinario. Las bienaventuranzas son el fiel reflejo del alma de nuestro Salvador. Vivía lo que decía.
Todos anhelamos ser felices
Mateo 5, 1-12
Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se
sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la
palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados
los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados
los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que
tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán
saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los
limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados
los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados
hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan
con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi
causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en
los cielos; pues de la misma manera persiguieron a
los profetas anteriores a vosotros.
Reflexión
La mayoría de los sistemas
filosóficos de la antigüedad eran “eudemónicos”. Existían muchas y diversas
escuelas de pensamiento con diferentes programas. Pero estas diferencias concernían
a los diversos modos de alcanzar el fin común del
ser humano: la “eudaimonía”. Todas coincidían en la búsqueda de
la felicidad. Los estoicos la cifraban en la “ataraxia” o
serenidad y quietud del alma frente a los reveses de
la vida; los epicúreos la buscaban en un equilibrado placer;
otros en el ejercicio de la razón o en el
vivir “secundum naturam”.
Pero no sólo los filósofos se preocupaban de
estos temas. Todas las religiones de la humanidad han buscado
dar respuesta a este profundo interrogante del ser humano y
han pretendido, por diversos caminos, hacer feliz al hombre en
esta vida y asegurarle la felicidad y la paz en
el más allá.
Santo Tomás de Aquino, el exponente y conciliador
más elevado de la filosofía aristotélica y de la teología
católica, no podía dejar de lado este tema fundamental. Al
comenzar su tratado de moral, en la Suma Teológica, aborda
en primer lugar la cuestión del fin último. Todo hombre
busca, en su actuar, un fin último; y éste, en
fin de cuentas, es la felicidad, la “beatitudo”.
Pero sólo
la obtiene cuando alcanza la satisfacción plena de su naturaleza
espiritual en el ejercicio máximo de sus facultades superiores. En
definitiva, es feliz cuando posee a Dios totalmente y para
siempre, el único Ser capaz de colmar todas las aspiraciones
de su corazón, el único objeto digno de su inteligencia
y voluntad (S.Th. I-II, q. 1-5).
El hombre, pues, ha sido
creado por Dios para ser feliz, en esta vida y
en la otra. “Y sólo en Él encontrará la verdad
y la dicha que no cesa de buscar” –como nos
recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.C., n. 27)—.
Jesucristo
conocía perfectamente el corazón del hombre, sus ansias y anhelos
de eternidad, y era imposible que hiciera caso omiso de
esta realidad tan fuertemente arraigada en el fondo de su
ser. Y nos dio la clave para que llegáramos a
ser felices.
Pero, a diferencia de los filósofos, de los
políticos, de los sociólogos y de tantos otros personajes que
se llaman a sí mismos “pensadores”, o que quieren pasar
como “bienhechores de la humanidad” –y que tantas veces tienen
una visión bastante miope y achatada de las cosas— nuestro
Señor nos indicó un camino seguro, aunque arduo, para alcanzar
la felicidad: el Sermón de la montaña. Abre su discurso
con las “bienaventuranzas”, la solemne proclamación del proyecto de felicidad
que Él nos traía.
El Papa Pablo VI decía que “quien
no ha escuchado las bienaventuranzas, no conoce el Evangelio; y
quien no las ha meditado, no conoce a Cristo”. Palabras
fuertes, pero totalmente ciertas. El Sermón del monte es como
la “Carta magna del Reino”, el núcleo más esencial del
mensaje de Jesucristo.
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos
es el Reino de los cielos”. Cristo proclama dichosos a
los pobres, a los mansos, a los que lloran, a
los que sufren, a los pacíficos y a los misericordiosos,
a los limpios de corazón, a los que tienen hambre
y sed de justicia, y, en fin, a los que
padecen persecución por Su causa. Es un programa desconcertante y
en radical oposición a lo que nuestros políticos nos ofrecen
a diario, deseosos de aplausos y amantes de halagos y
de la aprobación popular.
Nos hemos acostumbrado a pensar –a fuerza
de publicidad u obedeciendo a las propias tendencias e instintos
de nuestra naturaleza caída— que la felicidad se encuentra en
el placer, en el poder, en la riqueza, en los
lujos y vanidades, en la honra o en la concesión
a nuestro cuerpo de todos los goces posibles. Los epicúreos
paganos se quedaban cortos. Hemos llegado a un hedonismo agudizado
y sin fronteras.
Sin embargo, Cristo nos asegura que la verdadera
alegría la encontraremos en la pobreza, en la humildad, en
la bondad, en la pureza del corazón y en la
paciencia ante el sufrimiento. ¡De veras que el Señor va
siempre a contrapelo de la mentalidad mundana! Por eso hay
tan pocos que lo entienden, lo aceptan y lo siguen.
Pero es esto lo que da la auténtica paz al
corazón. Y lo que transforma al mundo.
Son dichosos no los
que no tienen nada, sino los que no tienen su
corazón apegado a nada, a ningún bien de esta tierra.
Por eso gozan de una total libertad interior y pueden
abrirse sin barreras a Dios y a las necesidades de
sus semejantes. Los mansos son los hombres y mujeres llenos
de bondad, de paciencia y de dulzura, que saben perdonar,
comprender y ayudar a todos sin excepción. Por eso pueden
poseer la tierra.
El que es dueño de sí mismo es
capaz de conquistar más fácilmente el corazón de los demás
para llevarlo hacia Dios. Y vive feliz y en paz.
En su corazón no hay lugar para la amargura.
Y por
eso, porque vive en paz, puede repartir la paz entorno
suyo. Como Francisco de Asís, que podía dialogar, sin armas
en la mano, con el terrible sultán de los sarracenos,
que hacía la guerra a los cristianos. Los pacíficos son
también pacificadores. Porque son misericordiosos y rectos de corazón.
Y los
que aceptan de buen grado la persecución por amor a
Cristo y a su Reino son personas que viven en
otra dimensión, que tienen ya el alma en el cielo.
Y nadie es capaz de quitarles jamás esa felicidad de
la que ya gozan. Han entrado ya en la eternidad
sin partir de este mundo. Nada ni nadie puede perturbar
su paz. ¡Ésos son los santos!
Estas bienaventuranzas son el
fiel reflejo del alma de nuestro Salvador. Son como el
retrato nítido de su Persona: “Aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras
almas” (Mt 11, 29). Él vivía lo que decía. Por
eso predicaba con tanta autoridad y arrastraba poderosamente a las
multitudes tras de sí.
Hoy en día el mensaje de
Jesús en la Montaña sigue plenamente vigente. ¡Sólo se necesitan
almas nobles, valientes y generosas que quieran ser auténticamente felices
y quieran poner por obra su mensaje! Serán realmente dichosas.
Y el mundo cambiará.
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