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Autor: Xavier Caballero | Fuente: Catholic.net Ustedes son la luz del mundo
Mateo 5, 13-16. Tiempo Ordinario. Quien verdaderamente se ha encontrado con Jesús, no puede callar.
Ustedes son la luz del mundo
Mateo 5, 13-16.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la
sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no
sirve para nada más que para ser tirada afuera y
pisoteada por los hombres. «Vosotros sois la luz del mundo.
No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de
un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la
ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que
alumbre a todos los que están en la casa. Brille
así vuestra luz delante de los hombres, para que vean
vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está
en los cielos.
Reflexión
La gente que ama mucho sonríe fácilmente, porque
la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad a sí
mismo. Y atención porque se habla de sonrisa y no
de risa. “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”
(Hch 20, 35).
Esos a quienes llamamos santos lograron la
nota más alta en su vida porque se dedicaron
a servir. Porque se entregaron sin límites a sus hermanos.
La alegría del cristiano es una alegría verdadera, profunda que
está llamada a ser sal de la tierra. No puede
quedarse oculta. Siendo lo que es, debe calar y debe
motivarnos a transmitirla, a darla a conocer a los demás.
Está felicidad se halla en el encuentro personal con Cristo.
Sí, antes de salir a predicar, los santos se encontraron
con Jesús. Por ello, tan sólo les bastaba una sonrisa
para trasmitir a Dios, lo irradiaban, estaban rebosantes de Él.
Cuentan que un día, san Francisco de Asís le pidió
a uno de los frailes cofundadores que se preparara para
salir a predicar con él. Salieron y estuvieron caminando y
dando vueltas por todo Asís, durante una hora y media.
En un cierto momento, el fraile que lo acompañaba le
preguntó a san Francisco: “Padre Francisco, usted me dijo que
saldríamos a predicar. Hasta ahora, sólo hemos caminado y recorrido
todo el pueblo”. San Francisco le respondió: “Hermano, llevamos una
hora y media de predicación. No hay mejor predicación que
la sonrisa y el testimonio de una vida auténticamente cristiana”.
Ojalá que también nosotros prediquemos el mensaje de la felicidad,
de la sonrisa, de la plenitud cristiana. Que seamos sal
y luz para nuestros familiares y amigos. Quien verdaderamente se
ha encontrado con Jesús no puede callar, no puede encerrarse
en sí mismo, debe compartirlo con todo el mundo.
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