Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net La ruina de Jerusalén
Lucas 21, 20-28. Tiempo Ordinario. Cristo no nos pide lo que no le podemos dar pero sí que le amemos por encima de nuestras preocupaciones.
La ruina de Jerusalén
Lucas 21, 20-28
«Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed
entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén
en Judea, huyan a los montes; y los que estén
en medio de la ciudad, que se alejen; y los
que estén en los campos, que no entren en ella;
porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo
cuanto está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o
criando en aquellos días! «Habrá, en efecto, una gran calamidad
sobre la tierra, y Cólera contra este pueblo; y caerán
a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas
las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta
que se cumpla el tiempo de los gentiles. «Habrá señales
en el sol, en la luna y en las estrellas;
y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por
el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los
hombres de terror y de ansiedad por las cosas que
vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos
serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre
en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen
a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza
porque se acerca vuestra liberación».
Reflexión
El lenguaje escatológico empleado por
Cristo en este pasaje nos muestra dos cosas: que Él
es el Señor y dueño de la historia y de
los acontecimientos, y que todo cristiano tiene como consigna la
vigilancia, pues desconocemos el día y la hora en que
todo esto sucederá.
El Señor nos dice: "quien está en el
campo que no entre en la ciudad y quien esté
en la ciudad que se aleje". Cristo no nos pide
lo que no le podemos dar pero sí reclama un
seguimiento convencido por parte de cada uno: que le amemos
por encima de nuestras tribulaciones o en medio de la
perplejidad; que aguardemos con esperanza su segunda venida.
También nos
advierte que el camino de la cruz no es fácil
y que a veces cuesta, sin embargo sabemos que cuando
Dios pide algo, no hace más que requerir lo que
precisamente ha dado. Por lo tanto tenemos un modelo donde
reflejarnos. Él nunca nos deja solos. Repitamos las palabras de
Santa Teresa "Solo Dios basta" y seamos capaces de cobrar
el animo y levantar nuestra cabeza porque se acerca nuestra
liberación.
Liberación ante todo del pecado, de nuestra miseria, de nuestros
rencores e insatisfacciones.
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