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Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net La sabiduría de la vida y la muerte
Mateo 25, 31-46. Conmemoración de los fieles difuntos. La muerte nos enseña a vivir mejor y a valorar el poco tiempo del que disponemos para hacer méritos que perduren.
La sabiduría de la vida y la muerte
Mateo 25, 31-46
Cuando el Hijo del hombre venga en su
gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en
su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas
las naciones, y él separará a los unos de los
otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.
Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a
su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su
derecha: ´Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del
Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque
tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y
me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba
desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la
cárcel, y vinisteis a verme. Entonces los justos le responderán:
Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer;
o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos
forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo
te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a
verte?. Y el Rey les dirá: ´En verdad os digo
que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis. Entonces dirá también a
los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego
eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve
hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y
no me disteis de beber; era forastero, y no me
acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en
la cárcel, y no me visitasteis. Entonces dirán también éstos:
Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o
desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te
asistimos? Y él entonces les responderá: En verdad os digo
que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más
pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo. E irán éstos a
un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.
Reflexión
Amigo lector: permíteme que te haga una confidencia personal. ¿Sabes?
A mí me gusta mucho meditar sobre la muerte. Y
no por ser un tipo melancólico, pesimista o lunático, ni
de carácter fúnebre o taciturno. Francamente no. Más bien, me
considero una persona alegre y optimista, amante de la vida
y de la aventura. Lo que sucede es que nos
hemos acostumbrado a considerar la muerte como algo tétrico y
negativo, y cuyo pensamiento debemos casi evitar a toda costa.
Y, sin embargo, si tenemos una certeza absoluta en la
vida es, precisamente, que todos vamos a morir.
Pero a mí,
en lo personal, esta certeza no me atemoriza, para nada.
Al contrario. Me hace pensar con inmenso regocijo y esperanza
en el “más allá”, en lo que hay después de
la muerte. Y también me ayuda a aprovechar mejor esta
vida. Pero no para “pasarla bien”, sino para tratar de
llenar mi alforja de buenos frutos para la vida eterna.
Alguien
dijo: “Morir es sólo morir; morir es una hoguera fugitiva;
es sólo cruzar una puerta y encontrar lo que tanto
se buscaba. Es acabar de llorar, dejar el dolor y
abrir la ventana a la Luz y a la Paz.
Es encontrarse cara a cara con el Amor de toda
la vida”.
Es verdad. Lo importante de la muerte no
es lo que ella es en sí, sino lo que
ella nos trae; no es el instante mismo del paso
a la otra vida, sino la otra vida a la
que ella nos abre paso. Para quienes tenemos fe, la
muerte es sólo un suspiro, una sonrisa, un breve sueño;
y para los que vivimos de la dichosa esperanza de
una felicidad sin fin, que encontraremos al cruzar el umbral
de la otra vida, ésta no es sino un ligero
parpadeo y, al abrir los ojos, contemplar cara a cara
a la Belleza misma; es exhalar el más exquisito perfume
–el de nuestra alma, cuando abandone el cristal que la
contiene— para iniciar la más hermosa aventura y gozar del
Amor en persona… ¡ahora sí, para toda la eternidad! La
muerte no debería llamarse “muerte”, sino “vida” porque es el
inicio de la verdadera existencia.
El libro del Apocalipsis nos dice
hermosamente que allí, en el cielo, después de la muerte
“ya no habrá hambre, ni sed, ni calor alguno porque
el Cordero que está en medio del trono, Jesús, los
apacentará –a los que han entrado en la gloria—
y los guiará a las fuentes de las aguas de
la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos”
(Ap 7, 16-17). Ya no habrá tristeza, ni dolor, ni
sufrimiento, sino amor completo y dicha sin fin. ¿No es
emocionante y apetecible?
Nuestra Madre, la Iglesia, nos ha enseñado a
ver con ojos muy distintos la realidad de la muerte,
a mirarla con gran serenidad y a aceptarla con paz
y esperanza; incluso con alegría y regocijo –si es viva
nuestra fe— porque aquel bendito día será el más glorioso
de toda nuestra existencia: el de nuestro encuentro personal con
Dios, el Amor que nuestro corazón reclama.
¡Claro!, sólo es
posible hablar así cuando tenemos fe. Por eso, los santos
se expresaban de ella –de la muerte— con un lenguaje
desconcertante para el mundo. San Francisco de Asís la llamaba
“hermana muerte”, y deseaba que llegara pronto. San Pablo afirmaba
que para él la muerte era una ganancia porque así
podría estar ya para siempre con el Señor (Fil 1,
21-23); y santa Teresa de Jesús también se consumía por
el anhelo de que ésta no se demorara tanto en
venir: “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida
espero que muero porque no muero” –decía en uno de
sus poemas místicos— que, en nuestro lenguaje común, podríamos traducirlo
con un “me muero de ganas de morirme”. Y hallamos
la misma experiencia en tantos otros santos y mártires, que
veían en la muerte no precisamente un castigo o una
maldición, sino el momento dichoso de su definitivo y eterno
encuentro con el Señor.
Fue Jesucristo quien nos enseñó a ver
así las cosas. Durante su vida pública muchas veces nos
habló de este tema, y en el Evangelio encontramos páginas
muy bellas que robustecen nuestra fe y alimentan nuestra esperanza.
Como aquella parábola de las diez vírgenes, en la que
nos exhorta a vivir “esperando la llegada del esposo” –o
sea, de Cristo el Señor—. La parábola de los talentos,
de las minas, de los invitados a la boda, del
rico epulón y del pobre Lázaro y muchas otras enseñanzas
tienen esta misma temática.
Y es que, si nos tomamos en
serio esta meditación, la muerte nos enseña a vivir mejor
y a valorar el poco tiempo del que disponemos para
hacer méritos que perduren. Nos educa en la justa consideración
de las cosas y de los bienes terrenos: a la
luz de la eternidad aprendemos que todo es pasajero, relativo,
accidental y caduco; y nos ayuda, en consecuencia, a no
poner nuestro corazón y nuestras seguridades en cosas tan baladíes
y efímeras. Nos da, en definitiva, la auténtica sabiduría, esa
que no engaña y que nos hace vivir según la
Verdad, que es Dios mismo.
Entonces, es muy saludable pensar de
vez en cuando en la muerte. Y si la tenemos
siempre presente en nuestra vida, tanto mejor. Ahora sí nos
damos cuenta de que celebrar a los fieles difuntos tiene
mucho sentido y de que, en vez de temer a
la muerte, de rehuirla o de reírnos de ella, es
mucho más provechoso aprender las lecciones de vida que ella
nos ofrece.
Conoce más acerca de la
historia, costumbres y tradiciones de la Fiesta de losFieles Difuntos
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