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Autor: P Clemente González | Fuente: Catholic.net Las bienaventuranzas
Mateo 5, 1-12. Solemnidad de Todos los Santos. Debe ser para nosotros un día de paz y alegría.
Las bienaventuranzas
Mateo 5, 1-12
Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó,
y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra,
les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de
ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos,
porque ellos posseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que
lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre
y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados
los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan
por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de
ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando
os injurien, y os persigan y digan con mentira toda
clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y
regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues
de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores
a vosotros.
Reflexión
La conmemoración de todos los santos debe ser
para nosotros un día de paz y alegría; Cristo, que
el día de su Ascensión regresó a la morada definitiva,
no lo hizo solo. Fue el primero de un gran
cortejo que por su gracia seguirían todos los santos.
Nosotros
también somos miembros de ese honorable cortejo, somos Cuerpo Místico
y herederos del tesoro de la Iglesia que es la
Comunión de los Santos, a través de la cual queda
establecido un vínculo constante y recíproco de amor entre los
bienes que reciba cualquier miembro. ¡Cuántas gracias y dones nos
alcanzarán los santos mediante su intercesión! ¡cuántos hermanos, algunos de
ellos conocidos, y otros en el más absoluto anonimato, profundizaron
en Cristo y caminaron junto a Él hacia la Patria!
La misma senda que encontraron ellos ante sus pies, la
encontramos nosotros en nuestros días, unas veces llana y otras
empedrada.
Dispongámonos a emprender este viaje. El Camino es sólo uno,
Cristo. No necesitamos equipaje, sólo unas instrucciones que Él mismo
nos entregó allá en la montaña, donde nos subió, una
vez más, para mostrarnos el corazón del Evangelio, el programa
de vida de todo cristiano: las Bienaventuranzas.
Me pregunto si lo
que escucharon los discípulos allá en lo alto del monte,
era lo que esperaban oír. Cristo, que ya les había
conquistado con sus enseñanzas y sus sanaciones, había despertado en
ellos una especie de añoranza, añoranza de felicidad, de dicha,
de paz, en definitiva, de Dios. "Jesús, dinos cómo asemejarnos
más a ti. ¡Parece que nada te turba! Dinos, ¿dónde
está ese Reino del que tanto nos hablas? ¿Cómo podemos
encontrarlo? ¿Dónde se halla?"
Los que seguían a Cristo habían experimentado
su amor y sentían la inquietud de buscar el Reino
de Dios. Nosotros, detengámonos en este punto y preguntémonos: ¿cuánto
conozco yo a Jesús? ¿Le sigo de modo que despierte
en mí el deseo de buscar el Reino de Cristo?
¿Me maravillan su presencia, sus palabras, sus acciones? Para poder
profundizar en las bienaventuranzas hay que subir primero la montaña
siguiendo a Cristo. No se escoge un camino ascendente si
no es porque realmente, en la cumbre, se espera alcanzar
el éxito. Por eso, me imagino la sorpresa de sus
discípulos al escuchar las pautas para alcanzar tan deseado éxito,
¡nada que ver con sus expectativas! Y es que el
Reino de Cristo no es de este mundo; para
hallarlo, tenemos que vencer al mundo. Cristo ya lo ha
hecho y es el auténtico Bienaventurado.
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