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Autor: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net ¿Cómo nos tienta el demonio?
Mateo 4, 1-11. 1er. Domingo de Cuaresma. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que Cristo venció la tentación?
¿Cómo nos tienta el demonio?
Mateo 4, 1-11
Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al
desierto para ser tentado por el diablo. Y después de
hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al
fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si
eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan
en panes». Mas él respondió: «Está escrito: No sólo de
pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale
de la boca de Dios». Entonces el diablo le lleva
consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero
del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios,
tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará,
y en sus manos te llevarán, para que no tropiece
tu pie en piedra alguna». Jesús le dijo: «También está
escrito: No tentarás al Señor tu Dios». Todavía le lleva
consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra
todos los reinos del mundo y su gloria, y le
dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras». Dícele
entonces Jesús: «Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu
Dios adorarás, y sólo a él darás culto». Entonces el
diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos
ángeles y le servían.
Reflexión:
“Dos amores quisieron construir dos ciudades –escribe
san Agustín en su famosa obra teológica ‘De Civitate Dei’—:
el amor de Dios hasta el desprecio del mundo y
de sí mismo, y el amor del mundo y de
sí mismo hasta llegar al desprecio de Dios”. Ésta es
la historia de cada ser humano, de cada uno de
nosotros: o escogemos a Dios y renunciamos a todo lo
demás –al pecado, al egoísmo, a los vicios del mundo—,
o nos preferimos a nosotros mismos hasta negar y rechazar
a Dios. Como aquellos hombres que quisieron construir la torre
de Babel para escalar al cielo y destronar a Dios.
Esto
es lo que nos enseña el Evangelio de hoy, con
el que iniciamos este período litúrgico de la Cuaresma: las
tentaciones de Jesús en el desierto. En los ejercicios espirituales se
presenta esta meditación como “las dos banderas”: la bandera de
Cristo está representada en las bienaventuranzas y en el Sermón
de la montaña, que acabamos de meditar hace apenas dos
domingos; y la bandera de Satanás, cuyo programa de vida
se resume en las tentaciones.
Jesucristo nuestro Señor, a pesar de
ser Dios, no quiso verse libre de las tentaciones porque
quiso experimentar en su ser todas las debilidades de nuestra
naturaleza humana y poder, así, redimirnos: “Se hizo semejante a
nosotros en todo, excepto en el pecado –nos dice la
carta a los hebreos (Hb 4, 15)— para poder expiar
los pecados del mundo”. Pero no sólo. Además, padeciendo la
tentación, quiso darnos ejemplo de cómo afrontarlas y vencerlas. Nos
consiguió la gracia que necesitábamos y nos marcó las huellas
que nosotros debemos seguir para derrotar a Satanás, como Él,
cuando se presente en nuestra vida.
San Agustín, en efecto, nos
dice: “El Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en
el desierto y en Él eras tú también tentado. Cristo
tenía de ti la condición humana para sí, y de
sí la salvación para ti; tenía de ti la muerte
para sí y de sí la vida para ti; tenía
de ti ultrajes para sí, y de sí honores para
ti. Y también tenía de ti la tentación para sí,
y de sí la victoria para ti. Si en Él
fuimos tentados, en Él venceremos al diablo. ¿Te fijas en
que Cristo fue tentado, y no te fijas en que
Cristo venció la tentación? Reconócete, pues, a ti mismo tentado
en Él, y reconócete también a ti mismo victorioso en
Él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero
entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras
aprendido de Él a vencerla”.
¿Y cuál ese ejemplo que Cristo
nos dejó para que nosotros aprendamos de Él? El Evangelio
de hoy es sumamente elocuente y pedagógico en este sentido.
Veámoslo.
Ante todo, el demonio es un hábil oportunista que sabe
sacar el mejor partido de las ocasiones peligrosas y de
nuestras debilidades. Después de que nuestro Señor había ayunado cuarenta
días y cuarenta noches –en la Biblia el número cuarenta
es simbólico, y quiere decir “bastante tiempo”, un tiempo de
plenitud y perfección— el demonio lo tienta por el lado
débil: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras
se conviertan en pan”.
Siempre juega con premeditación, alevosía y
ventaja. Y, además, quiere que Jesús use sus poderes divinos
para satisfacer sus propias necesidades personales; o sea, quiere que
cambie e invierta el plan de Dios para poner a
Dios a su servicio y comodidad.
Pero nuestro Señor no se
deja vencer. Él no dialoga ni un instante con el
tentador ni se pone a considerar si esa propuesta es
buena o interesante... No. Jesús rompe enseguida, y usa como
único argumento la Palabra de Dios: “Está escrito: No sólo
de pan vive el hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios”.
El segundo asalto de Satanás:
la vanagloria, la ostentación, la búsqueda de triunfos fáciles y
rápidos. El demonio quiere que Jesús use ahora su poder
para impresionar y “apantallar” a toda la gente. Si se
tira del pináculo del templo y los ángeles de Dios
lo recogen en sus manos, todo el mundo sabrá que
de verdad Él es el Hijo de Dios y quedará
conquistado en un instante.
Pero Jesús vuelve a ser tajante
con el tentador y de nuevo usa como arma la
Palabra de Dios: “También está escrito: No tentarás al Señor,
tu Dios”. Está claro que Dios puede hacer lo que
quiera, porque es Omnipotente, pero Cristo sabe que no debe
“obligarle” a actuar de determinada manera haciéndole peticiones inoportunas que
no están dentro de su plan de salvación.
Tercer asalto: la
ambición del poder, la apostasía, el tratar que Jesús renuncie
a la total dependencia de Dios. El demonio lo lleva
ahora a una montaña altísima y le muestra todos los
reinos del mundo y su esplendor, y le dice: “Todo
esto te daré si te postras y me adoras”. ¡Esta
tentación era mucho más terrible, insolente y descarada que las
dos anteriores! Así es siempre Satanás. Primero se insinúa y
provoca con una hábil y sutil estratagema; luego es un
poco más atrevido; y después, cuando ve que Jesús ha
resistido los primeros intentos, se vuelve tremendamente avasallador y descarado.
Diríamos que esta vez “va por todas” con tal de
vencer. Es su última oportunidad y va a poner todas
sus baterías para hacer caer a Jesús. Ahora pretende que
Jesús se postre a sus pies y lo adore.
Tal cual. ¡Tamaña desfachatez! Si algo no podía hacer Jesucristo
era precisamente eso: ir en contra de Dios, sucumbir al
pecado de idolatría. Eso fue lo que hizo Luzbell cuando
cedió a la tentación de rebeldía contra Yahvé: “¡No lo
serviré!”. Y ahora quiere que Jesús haga otro tanto...
Pero nuestro
Señor tampoco va a ceder esta vez. Si ahora es
más descarado y frontal el ataque del enemigo, Jesús también
se vuelve ahora mucho más enérgico y radical con el
tentador: “¡Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios
adorarás y a Él solo darás culto!”. Nuestro Señor pone
por tercera vez el argumento de la Palabra de Dios
y no se hace sofismas ni fáciles razonamientos para engañar
su conciencia. Dios no se equivoca.
Fijémonos en un detalle más:
el demonio siempre usa la mentira y el engaño para
tratar de seducirnos, y desafía nuestro orgullo y amor propio
para que nos rebelemos. Las tres veces comienza la tentación
con esta provocación: “Si eres Hijo de Dios...” y promete
unos reinos que no son suyos ni le pertenecen.
Ésta es
siempre la táctica de Satanás. Fue lo que hizo con
nuestros primeros padres en el paraíso. Y ésta es la
“psicología” de la tentación y de la caída. Aprendamos muy
bien la lección y no permitamos jamás que el demonio
nos aparte de Dios. Vigilemos y oremos para no caer
en la tentación. No juguemos con el tentador. Seamos tajantes.
Y con el arma segura de la Palabra de Dios
–o sea, con la Sagrada Escritura, el Evangelio, la enseñanza
autorizada de la Iglesia y la voz de nuestros pastores
y de nuestro director espiritual— no nos engañaremos y venceremos
al enemigo. Permanezcamos al lado de Cristo y aprendamos de
Él para ser buenos discípulos suyos.
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