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Autor: P. Sergio Córdova | Fuente: Catholic.net Una experiencia "a lo divino"
Mateo 17, 1-9. 2o. Domingo de Cuaresma. El día de la transfiguración dejó una huella profundísima en el alma de los apóstoles y en la nuestra.
Una experiencia "a lo divino"
Mateo 17, 1-9
En aquel tiempo toma Jesús consigo a Pedro,
a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva
aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de
ellos: su rostro se puso brillante como el sol y
sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto,
se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.
Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es
estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para
ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba
hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra
y de la nube salía una voz que decía: «Este
es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al
oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de
miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo:
«Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya
no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y
cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a
nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya
resucitado de entre los muertos».
Reflexión
Éste
es uno de los pasajes del Evangelio que más me
impresionan. Los evangelistas suelen ser bastante sobrios y discretos en
sus narraciones. Nos dicen muy poco y se abstienen cuidadosamente
de comentarios y ponderaciones personales como para no desvirtuar la
desnuda objetividad de los hechos. Así, es cierto, nos resulta
más difícil tratar de ponderar los acontecimientos que se nos
transmitieron.
Pero también adquieren más garantías de veracidad e historicidad.
En
el pasaje de la transfiguración del Señor –como en la
mayoría de las narraciones evangélicas— hemos de echar mano de
nuestra intuición y sensibilidad, de nuestra penetración psicológica y espiritual,
de nuestra capacidad de contemplación; pero, sobre todo, de nuestra
fe y de nuestro amor, si queremos comprender y gustar
algo del misterio de Jesús. Es, en efecto, “la fe
la única que puede franquear el misterio de aquel rostro”,
como dice el Papa Juan Pablo II en su exhortación
‘Novo millennio ineunte’ (n. 19). Hagamos, pues, un esfuerzo de
contemplación y coloquémonos al lado de Jesús y de los
apóstoles en esta escena.
“Jesús se transfiguró delante de ellos, y
su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se
volvieron blancos como la luz...”. Es sumamente difícil tratar de
describir lo que vieron y experimentaron aquel día Pedro, Santiago
y Juan al lado de nuestro Señor en la montaña
santa. ¿Cómo expresar aquella belleza, aquella grandeza y hermosura divina
de nuestro Salvador? No, no es poesía ni romanticismo fácil.
Si no conocemos mínimamente a Dios, entiendo que estas palabras
puedan sonarnos “cursis”.
Pero si ya hemos hecho alguna vez
una experiencia de nuestro Señor en nuestra vida, entonces se
quedan infinitamente cortas...
Muchos años más tarde, cuando Pedro era ya
viejo y escribía su segunda carta a aquella comunidad de
primeros cristianos, decía: “Porque no fue siguiendo artificiosas fábulas como
os dimos a conocer el poder y la venida de
nuestro Señor Jesucristo, sino como quienes han sido testigos oculares
de su grandeza y de su majestad. Él recibió de
Dios Padre el honor y la gloria cuando de la
magnífica gloria se hizo oír aquella voz que decía: ‘Éste
es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas todas
mis complacencias’. Y esta voz bajada del cielo la oímos
nosotros, los que con Él estábamos en el monte santo”
(II Pe 1, 14-18).
Está claro que Pedro se refiere a
la experiencia personal que nuestro Señor les permitió aquel día
de la transfiguración y que dejó una huella profundísima en
su alma.
Estas palabras, sumamente autorizadas porque son fruto de un
testimonio presencial, pueden abrirnos un poco a la realidad del
misterio. Sólo algo que queda indeleblemente grabado en la conciencia
y en el corazón de una persona puede luego recordarse
de una manera tan vívida y tan intensa después de
muchísimos años...
“¡Señor, qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré
aquí tres chozas: una para ti, otra Moisés y otra
para Elías”. Ésas fueron las únicas palabras que Pedro acertó
a pronunciar aquel día. No pudo articular ninguna más. Sólo
admiración, gozo intenso e indescriptible, éxtasis...
Y otro tanto hace san
Juan en su primera epístola: “Lo que era desde el
principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando
al Verbo de vida –porque la vida se ha manifestado,
y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos la
vida eterna, la que estaba en el Padre y se
nos manifestó—, lo que hemos visto y oído, os lo
anunciamos para que vuestro gozo sea colmado” (I Jn 1,
1-4).
¿Quién de nosotros es capaz de explicar lo que
Juan quiso decirnos y expresarnos en esta carta? Es algo
sumamente íntimo y difícil de comentar. Quien escucha estas palabras,
se siente invitado a tratar de entrar personalmente en el
misterio de Jesús para hacer una experiencia semejante. Sólo en
el contacto íntimo y directo con nuestro Señor, en la
oración y en los sacramentos, es donde aprendemos a conocerlo.
¡Él está vivo y hay que tratarlo y amarlo como
a una Persona realmente viva!
“Su rostro resplandecía como el sol
y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. ¿Hay
belleza humana semejante? El problema, para comprender todo esto, es
que no tenemos una experiencia humana análoga con la que
podamos establecer alguna relación. Esto es lo que suele ocurrirnos
en las cosas del espíritu y, porque no tenemos experiencias
sensibles ni puntos concretos de comparación, por eso nos es
tan difícil tratar de expresarlo. Los místicos hablan de lo
“inefable”, o sea, lo que no es capaz de poderse
explicar.
San Juan de la Cruz, en su bello “Cántico espiritual”,
describe con tonos líricamente maravillosos algo de esta experiencia. Habla
de la belleza del Amado –del Señor— y lo hace
simulando un diálogo con las criaturas y la respuesta que
éstas dan a su pregunta:
Pregunta a las criaturas: “— ¡Oh bosques
y espesuras, plantadas por la mano del Amado! ¡Oh prados de verduras de
flores esmaltados, decid si por vosotros ha pasado!
Respuesta de las criaturas: – Mil gracias derramando pasó por estos sotos
con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó
de su hermosura.
Expresión de la Esposa, o sea, del alma: Y
todos cuantos vagan de ti me van mil gracias refiriendo, y todas
más me llagan, y déjame muriendo un no sé qué que
quedan balbuciendo”.
Tal vez nos puede ayudar a atisbar este misterio
de la transfiguración el comentario que hace el Papa Juan
Pablo II en la exhortación apostólica ‘Vita consecrata’. Él aplica
estas palabras a las personas totalmente consagradas a Dios, pero
creo que, de alguna manera, también pueden aplicarse a todos
los cristianos: “¡Señor, qué hermoso es estar aquí! Estas palabras
muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida cristiana. Sin
embargo, expresan con particular elocuencia el carácter absoluto que constituye
el dinamismo profundo de la vocación a la vida consagrada:
¡qué hermoso es estar contigo, dedicarnos a ti, concentrar de
modo exclusivo nuestra existencia en ti! En efecto, quien ha
recibido la gracia de esta especial comunión de amor con
Cristo, se siente como seducido por su fulgor: Él es
‘el más hermoso de los hijos de los hombres’ (Sal
45, 3), el Incomparable” (Vita consecrata, n. 15).
En fin, ojalá
que esta sencilla y pobre reflexión pueda ayudar a quien
la lea a buscar con más ardor a nuestro Señor
Jesucristo y a pedirle a Él la gracia de conocerlo
y de amarlo con toda el alma para poder seguirlo
más de cerca, a partir de esta Cuaresma.
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