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Autor: Buenaventura Acero | Fuente: Catholic.net El amor a los enemigos
Mateo 5, 43-48. Cuaresma. Saber perdonar es un don y una gracia.
El amor a los enemigos
Mateo 5, 43-48
«Habéis oído que se dijo: Amarás a
tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os
digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que
os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial,
que hace salir su sol sobre malos y buenos, y
llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los
que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen
eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más
que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen
eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como
es perfecto vuestro Padre celestial.
Reflexión
Los espectadores que escuchan a Jesús
en este crescendo espiritual no dan crédito a sus oídos.
Por primera vez les habla de ser “hijos de vuestro
Padre celestial...” porque la experiencia de sentirnos hijos es lo
más valioso que podamos imaginar. Un Padre que nos llama
a asemejarnos a Él. A oponer a la ofensa el
amor que perdona y olvida, y más aún, el orar
por quienes nos ofenden y causan daño. Jesús ha encarnado
la máxima expresión del amor. Como dijo s. Pablo: “Apenas
habrá quien muera por un justo, ... por un hombre
de bien tal vez se atrevería uno a morir –
La prueba de que Dios nos ama es que Cristo,
siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5,7)
Él pasó haciendo el bien, sin tener en cuenta la
respuesta, las más de las veces ingrata, de los hombres.
Le pagamos con persecución y una muerte de cruz. Esa
fue nuestra moneda de cambio.
Desde esta perspectiva, el precepto
del amor alcanza su dimensión final: la del desinterés total,
la del amor sin límites, la de la oración y
el perdón para todos, y en especial, para quienes nos
injurien o maltraten. ¡Cuántos modos concretos de ejercer el verdadero
amor cristiano nos ofrece aquí Jesús!
No soñemos en grandes
proyectos u obras para el bien de los demás, si
no somos capaces de perdonar un descuido de nuestro compañero,
o una desconsideración de nuestros padres o hermanos. Pongamos los
pies en la tierra y démonos cuenta que sólo quien
ama sin buscar recompensa, o quien sabe responder con comprensión
a quien le maltrató primero, será capaz de levantar la
obra de Dios en su vida y entre los suyos,
como verdaderos hijos del Padre celestial. Es un don y
una gracia, pero está al alcance (¡aunque nos parezca imposible!),
de quien lo pida con la fe de hijo.
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