La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P. Sergio A. Córdova | Fuente: Catholic.net El desierto: un camino difícil, pero necesario
Marcos 1, 12-15. 1er. Domingo de Cuaresma. Nuestra vida cristiana tiene que pasar por el desierto, por el silencio, el desprendimiento, el sacrificio y la oración.
El desierto: un camino difícil, pero necesario
Marcos 1, 12-15
En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús
a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue
tentado por Satanás. Vivió allí entre animales salvajes, y los
ángeles le servían. Después de que arrestaron a Juan Bautista, Jesús
se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios
y decía: "Se ha cumplido el tiempo y el Reino
de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el
Evangelio".
Reflexión
Cruzado el umbral del miércoles de Ceniza, nos encontramos ya
en pleno período cuaresmal. El Evangelio de hoy es muy
cortito, pero muy rico de significado. Vale la pena detenernos
un momento en la primera frase: “El Espíritu empujó a
Jesús al desierto, y se quedó en el desierto cuarenta
días”. ¡Esto es la Cuaresma: 40 días de desierto!
La palabra
“cuaresma” deriva del latín: “quadragesima”, que quiere decir precisamente “cuarenta”.
El pueblo cristiano desde siempre ha vivido con especial intensidad
este período, que precede a la celebración anual de los
misterios de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Este
tiempo evoca antiguos acontecimientos bíblicos de gran simbolismo espiritual: 40
fueron los años de peregrinación del pueblo de Israel por
el desierto hacia la tierra prometida; 40 los días de
permanencia de Moisés en el monte Sinaí, en pleno desierto,
en donde Dios renovó la alianza con su pueblo y
le entregó las Tablas de la Ley; los días que
recorrió Elías por el desierto hasta llegar a encontrarse con
el Señor en el monte Horeb, también fueron 40; y
40 los días que nuestro Señor Jesucristo transcurrió en el
desierto orando y ayunando, antes de iniciar su vida pública,
que culminaría en el Calvario, en donde llevaría a término
nuestra redención.
La coincidencia numérica es interesante. Pero mucho más significativo
aún es el marco geográfico en el que tienen lugar
todos estos acontecimientos: el desierto. En la literatura bíblica aparece
muy a menudo el tema del desierto, no sólo como
un lugar físico, sino también como un simbolismo de carácter
espiritual. Parecería que Dios tuviera una predilección especial por este
escenario para llevar a cabo sus obras de salvación. Vayamos
juntos al desierto y veámoslo.
Se trata de un lugar árido
e inhóspito. No hay nada, ni lo más elemental. Allí
se sufre todo tipo de incomodidades: la sed y el
calor, las inclemencias del tiempo, los cambios bruscos de temperatura,
las molestias de la arena, las privaciones y carencias materiales
no ya de las cosas fútiles, sino también incluso de
las más necesarias. El desierto es un paraje solitario y
silencioso. Es lo opuesto al ruido y a la algarabía,
al consumismo, a la molicie, a la vida fácil y
placentera de nuestras ciudades modernas. Es para gente austera y
templada.
Por eso, la realidad física del desierto puede ser como
un símbolo de la vida espiritual: es el lugar del
desprendimiento de todo lo superfluo; una invitación a la austeridad
y al retorno a lo esencial. Es allí en donde
el hombre experimenta su fragilidad y sus propias limitaciones; el
lugar de la prueba y de la purificación. Pero también
el escenario más apropiado para la búsqueda y el encuentro
personal con Dios en la oración, en el silencio del
alma y en la soledad de las creaturas.
El libro
del profeta Oseas nos ofrece un pasaje muy hermoso a
este propósito: Dios habla al pueblo de Israel como a
su esposa del alma, que ha sido infiel a su
promesa de amor; y la conduce al desierto para renovar
con ella su pacto de amor y fidelidad: “Por eso,
yo voy a seducirla y la llevaré al desierto –dice
el Señor– y le hablaré al corazón... y allí cantará
como cantaba en los días de su juventud” (Os 2,
16-17). El desierto se nos presenta como el lugar más
apropiado para el encuentro con el Dios del amor y
de la alianza. El ambiente exterior favorece el recogimiento e
invita a la oración. Por eso, antiguamente, los monjes se
retiraban al desierto para hablar y unirse con Dios; a
los primeros eremitas y anacoretas se les llamó con el
sugestivo nombre de “padres del desierto”.
Pero el desierto no es
poesía, y no hay que interpretarlo en una clave meramente
intimista. Es arduo y difícil, pero necesario. Y nuestra vida
cristiana tiene que pasar necesariamente por el desierto. Es decir,
por la experiencia del silencio y de la soledad, del
desprendimiento de las cosas materiales, del sacrificio y, sobre todo,
de la oración y del encuentro íntimo y personal con
Dios. Más aún, todo lo anterior es sólo como una
preparación para que el alma se encuentre a sus anchas
con su Creador. A muchos hombres y mujeres del siglo
XXI estas palabras podrían tal vez resultar incómodas, y hasta
incomprensibles. Y no es de extrañar. Pero es un camino
por el que tenemos que entrar si queremos llegar a
la Vida.
Sin embargo, todos los seres humanos –independientemente de nuestro
credo, cultura, edad, sexo o condición social– absolutamente todos, tenemos
nuestras horas arduas de aridez y de cansancio, de fatiga
y de derrota; de soledad, de sufrimiento, de desolación y
de ceguera interior. Y todo esto es también el desierto.
Y estas horas amargas pueden ser sinónimo de fecundidad y
de vida si sabemos vivirlas unidos a Dios. Entonces sí,
el desierto será el camino que nos lleve hasta la
tierra prometida, el lugar privilegiado para el encuentro con Dios
y el escenario de nuestra redención al lado de Cristo.
La experiencia del desierto nos conducirá al gozo pascual de
la resurrección.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la sección Acompañamiento y ayuda espiritual. Dudas acerca de la oración y la vida espiritual en general; problemas de fe y de cuestiones morales y éticas. En general, cualquier duda acerca del desarrollo espiritual y apostólico en tu vida
Ver todos los consultores