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Autor: P. Sergio A. Córdova | Fuente: Catholic.net La subida a la montaña: itinerario cuaresmal
Marcos 9, 2-10. 2o. Domingo de Cuaresma. El monte, lugar de oración, es donde Dios te quiere dar muchas gracias.
La subida a la montaña: itinerario cuaresmal
Marcos 9, 2-10
Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro,
Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte,
a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos,
y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que
ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de
ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban
con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús:
«Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas,
una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»;
pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces
se formó una nube que les cubrió con su sombra,
y vino una voz desde la nube: «Este es mi
Hijo amado, escuchadle.» Y de pronto, mirando en derredor, ya
no vieron a nadie más que a Jesús solo con
ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a
nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo
del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta
recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de
entre los muertos.
Reflexión
¿Has tenido alguna vez en tus manos
un diamante o una perla preciosa? Brilla por todas las
partes por donde la mires. Pues así es el Evangelio
de hoy. Podríamos mirarlo desde muchísimos ángulos y descubriríamos una belleza
y un brillo muy singular en cualquier dirección. Pero hoy
tenemos que contentarnos con una sola mirada.
La semana pasada
meditábamos en la realidad del desierto como imagen y camino
de la vida cristiana. Hoy, el Evangelio nos ofrece un
escenario distinto, pero que es como otro símbolo paradigmático de
nuestro itinerario cuaresmal: la montaña.
En el lenguaje bíblico y espiritual,
la montaña, al igual que el desierto, es un lugar
privilegiado para la oración y para el encuentro personal con
Dios. El Sinaí, el Horeb, el Tabor son nombres de
las montañas más sagradas que nos recuerda la Biblia. En
ellas tuvieron lugar acontecimientos decisivos del diálogo de Dios con
los hombres. Eventos de alianza, de salvación, de revelación divina
y de redención.
En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel
ofrecía sacrificios a Yahvéh en la cima de las montañas:
Abraham, en la tierra de Moriáh, sube a un monte
para ofrecer a Dios en sacrificio a su hijo Isaac;
el Horeb es el lugar elegido por Dios para manifestarse
a Moisés y luego también a Elías; en el monte
Garizín los israelitas solían adorar y elevar oraciones al Señor.
Los mismos paganos preferían los picachos y las cumbres de
los montes para ofrecer allí el incienso a sus dioses.
Y en nuestras culturas americanas nos basta sólo recordar
ciudades sagradas como Machu-Pichu o Tajín, o las elevadas
cumbres de las pirámides para comprobar su predilección por los
lugares altos para sus sacrificios. Lo mismo sucede en la
espiritualidad cristiana oriental y occidental de todos los tiempos: sobre
las montañas se yerguen grandes monasterios, abadías, templos, ermitas y
santuarios: Subiaco, Montecassino, el monte Athos, el monte Carmelo, el
cerro del Cubilete, el Cristo del Corcovado y una infinidad
más de lugares santos.
Jesucristo nuestro Señor también solía ir al
monte a orar, en donde pasaba noches enteras a solas
con su Padre. Quiso escoger un monte para anunciar la
carta magna de su Evangelio: las bienaventuranzas; en el monte
de los Olivos sufrió aquellas horas terribles de su agonía,
y en la cima de un pequeño montículo derramó la
última gota de su sangre para redimirnos: el Calvario. Y,
una vez resucitado, escogió también un monte, en Galilea, para
despedirse de sus discípulos antes de ascender al cielo.
La montaña,
al igual que el desierto, es un lugar de silencio,
de soledad, de apartamiento del mundo y de las cosas
de la tierra. Exige un esfuerzo fatigoso de “subida” hacia
Dios. Allí arriba se está más cerca del cielo. Quizá
por eso nuestro Señor quiso escoger también una montaña para
realizar los eventos maravillosos de su transfiguración: el Tabor.
Jesús sube
con Pedro, Santiago y Juan a la cima de la
montaña. Y allí –nos dice el Evangelio– “se transfiguró delante
de ellos”. ¡Quién pudiera haber estado en ese momento con
Cristo! ¿Qué fue lo que vieron, lo que experimentaron, lo
que oyeron esos tres discípulos predilectos en esos momentos dichosos?
¡Fueron testigos presenciales de la gloria de Dios! Sí. Vieron
a Cristo en todo el resplandor y en la belleza
de su divinidad. Por unos instantes Jesús dejó brillar toda
la pureza y hermosura de su condición de Hijo de
Dios. Como hombre, siempre mantuvo oculta su divinidad. Ahora es
como si dejara “explotar” toda su gloria de Dios por
unos segundos. No hay palabras para expresarlo. Era mucho más
que un éxtasis o cualquier otra revelación. Era un arrebato
momentáneo al cielo. Era... ¡el paraíso en la tierra! Por
eso Pedro no se contiene y, extasiado: “Maestro –exclama– ¡qué
bien se está aquí!”. Y quiere de pronto hacer tres
tiendas, para quedarse para siempre en ese lugar bienaventurado.
“Y enseguida
se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús”. Los
representantes máximos de la Ley y los Profetas se presentan
al lado de Cristo, en quien toda la revelación divina
llega a su culmen y a su perfección. Ellos, los
más grandes del pueblo elegido, vienen a rendir veneración a
Cristo y a dar testimonio de Él como Mesías e
Hijo de Dios.
Pero, ¿sabemos de qué hablaban? Sí. De la
muerte de Cristo, que tendría lugar en Jerusalén. En medio
de su gloria, habla Cristo de su muerte en la
cruz. Ésa sería su “glorificación”. ¡Paradojas divinas! Y en medio
de la visión se deja oír la voz del Padre:
“Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”.
Imposible comentar en espacio
tan escaso algo tan sublime. Pero al menos quedémonos con
este mensaje: en esta Cuaresma Jesús nos invita a subir
con Él a la montaña para encontrarnos a solas con
Él y para descubrirnos los secretos inefables del misterio y
de la gloria de su divinidad. Pero se necesita hacer
silencio en el alma para entrar en oración y escuchar
la voz de Dios. Y necesitamos también “subir” y dejar
abajo las cosas de la tierra: el egoísmo, la vanidad,
la sensualidad, nuestros propios vicios y pasiones; en una palabra,
todo aquello que nos estorba para ir hacia Dios. Todo
esto es parte imprescindible del camino cuaresmal. Sólo dejando el
peso insoportable del pecado podemos subir. Y, una vez arriba,
en la montaña, contemplaremos el rostro bendito de Cristo y
escucharemos la voz del Padre, que nos invita a seguir
a su Hijo. ¿Por cuál camino? Por el de la
cruz. No hay gloria si no viene precedida antes por
la pasión y la muerte. Sólo así, muriendo al hombre
viejo y pecador que hay en nosotros, tendremos vida eterna.
Por la cruz llegaremos a la resurrección.
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