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Autor: P. Juan Gralla | Fuente: Catholic.net El Magnificat
Lucas 1, 46-56. Adviento. Nuestra pequeñez unida a la grandeza de Dios lo puede todo.
El Magnificat
Lucas 1, 46-56
En aquel tiempo, María dijo: Proclama mi alma
la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios,
mi salvador porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso
ha hecho obras grandes por mí; su nombre es Santo
y su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los
soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y
enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de
bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia
a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia como lo
había prometido a nuestros padres en favor de Abraham y
su descendencia para siempre. María permaneció con Isabel unos tres
meses, y se volvió a su casa.
Reflexión
Este es el
único “discurso” de María que se ha conservado hasta nuestros
días: una oración. De hecho, todos los “mariólogos” estudian cada
una de las palabras del “Magníficat” para penetrar en la
profundidad humana y espiritual de la Virgen.
¿Qué pensaba María de
su propia vida? ¿Qué papel ocupaba Dios? ¿Son importantes los
pobres para la Madre de los hombres? Todas estas cuestiones
quedan resueltas al contemplar esta hermosa oración de María.
Ella sabe
quién es y que todo lo que tiene se debe
a la bondad de Dios. Si ella es grande es
porque el Creador así lo ha querido. Siente por Él
todo el amor que puede sentir una mujer por su
esposo, pero comprende que al mismo tiempo es el Poderoso,
el Santo, el que tiene infinita misericordia. Se toma a
Dios realmente en serio. Porque sabe que Él es el
dueño de la vida y de la historia, que puede
colmar de bienes a los hambrientos y dejar sin nada
a los ricos.
Sin embargo, hay una palabra que, curiosamente, se
repite varias veces entre esas líneas: la humildad. Será porque
quizás sea la virtud característica de la Virgen.
La humildad cristiana
no consiste en considerarse poca cosa, lo último, lo peor,
sino en saber que nuestra pequeñez unida a la grandeza
de Dios lo puede todo, y que todo lo grande
que somos y tenemos es don de Dios. Por este
motivo, siendo María humilde, dijo que todas las generaciones le
llamarán bienaventurada.
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